Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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El sueño que nadie soñó | Privado

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El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Ilanka Kratorova el Dom Feb 25, 2018 7:28 am

Estaba de pésimo humor, y eso no era algo difícil de creer teniendo en cuenta el carácter endemoniado de Ilanka Kratorova. Cuando se ponía así era mejor no cruzarse con ella, no mirarla a los ojos, no hablarle...

-Le caerá el mayor sufrimiento de su vida al inútil -murmuró Ilanka mientras recorría con prisa las callejuelas de la zona más baja de la ciudad.

Se vengaría del estúpido cochero que la había abandonado allí, ya la oiría cuando llegase al hotel y se acordaría de ella cuando el dolor recorriera su cuerpo. ¡Hablaría con los dueños! ¡Exigiría una remuneración económica y una compensación por lo que él le había hecho!

Hacía algunas semanas que había llegado a esa ciudad que tanto detestaba, pues la juzgaba sobrevalorada si se la comparaba con su San Petersburgo natal, y ya estaba necesitando de algunos insumos para sus hechizos. No le costó saber de una negra liberta que vivía en el barrio bajo y que tenía toda clase de hierbas. Hacia allí fue en cuanto anocheció, junto al cochero del Hotel Des Arenes a quien le pidió que la aguardase afuera en tanto ella hacía “unas compras”. Cierto era que se había entretenido intercambiando consejos con la liberta, que había resultado ser una bruja bastante popular entre los suyos, el tiempo voló y cuando Ilanka salió a la calle eran ya las once de la noche y el cochero la había abandonado.


-Que placer dejarlo impotente de por vida -continuó diciendo, segura de que sería una magnífica venganza. Sabía como hacerlo… Pobre hombre, no tendría más de veinte años y ahora ella se había propuesto acabar con su vida sexual. Por un momento casi se compadeció de él, pero en esencia Ilanka era inmisericorde.

Una delicada llovizna comenzó a caer sobre las calles, producto de su enojo seguramente, e Ilanka se ajustó su capa de seda, no tenía frío –pese a que era invierno-, la adrenalina le daba calor. En una esquina tres hombres bebían y al verla pasar cerca de ellos comenzaron a lanzarle los halagos más soeces que ella había oído jamás. Agradeció no comprender del todo el idioma. Uno de ellos se acercó e intentó tocarla, pero Ilanka se detuvo y lo miró a los ojos antes de que pudiera cernirse sobre ella. Utilizó su ilusión para confundirlo y asegurarle que, en realidad, él no deseaba meter su pene en la boca de ella –tal como le había dicho segundos antes-, sino que la amaba profundamente y por eso la dejaría caminar tranquila por la calle, impidiendo que sus compañeros la siguieran también. Se alejó de allí justo cuando los golpes de puño comenzaban entre aquellos tres detestables. Ah, qué dura sería la vida de las mujeres sin magia.

Lo peor no era la lluvia ni el barro que se adhería a sus zapatitos, tampoco las calles sucias ni los hombres vulgares que la amenazaban… Lo peor era no saber dónde estaba. Ilanka caminaba con paso seguro, pero sin saber si estaba yendo en la dirección correcta. Un motivo más para vengarse del cochero. Caminó unas cuatro o cinco cuadras, apretando la bolsita con todos los polvillos y las hierbas que había adquirido. Esperaba que ellos valieran la pena porque estaba pasando una noche terrible.

De improviso sintió un galope detrás suyo. Estaba por hacerse a un lado para darle paso al solitario jinete nocturno y así evitar que la atropellase, cuando sintió claramente –como si ya lo tuviese delante- que aquél hombre era Saratov; hacía al menos cuatro noches que soñaba con él, con él y con su caballo. Ilanka se apuró para acomodarse el cabello y dio un resignado suspiro… Dios la amparase, porque moriría antes de suplicarle ayuda a ese hombre y segura estaba de que él querría verla rogar.


-Buenas noches, ¿estás de paseo? –lo saludó con una sonrisa cuando él detuvo su caballo a su lado-. Siempre supe que te gustaba frecuentar prostíbulos en los barrios bajos, Saratov… Tienes cara de disfrutar de las cosas baratas, ¿te lo han dicho ya? –Se rió de su propia burla, mientras con disimulo intentaba secarse un poco el rostro-. ¿Te has perdido? Me temo que no puedo ayudarte, no podré orientarte puesto que tengo gustos más exquisitos que tú. Lo siento, querido.

Debería pedirle su ayuda, que la dejase al menos en las inmediaciones del hotel en el que se hospedaba, pero Ilanka era tan orgullosa como la mismísima zarina y prefería vagar por esa zona de París durante días antes que pedirle un favor al engreído de Nikolai Saratov.



Pues ya todo está escrito en el cielo.

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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Nikolai Saratov el Sáb Mar 03, 2018 5:00 am

Esa era ya la cuarta noche que soñaba con ella, y no tenía ni la más remota idea de por qué. Se la encontraba en los barrios bajos de París, una zona que visitaba en contadas ocasiones y que sabía que Ilanka no pisaría ni aunque le fuera la vida en ello. La hechicera odiaba la ciudad tanto como lo hacía él mismo, y si Nikolai seguía viviendo ahí era por la comodidad que había conseguido con el paso de los años. Allí tenía amigos —la mayoría, extranjeros como él, junto con los pocos franceses que había encontrado simpáticos—, un hogar agradable en el que le gustaba pasar el tiempo y un trabajo que le proporcionaba un buen sustento, mejor que el de muchos otros de su mismo estatus.

Pasó el día en su estudio, respondiendo algunas cartas, escribiendo unas nuevas y leyendo distintos libros de su biblioteca. O intentándolo, al menos, porque esos sueños recurrentes no dejaban de atormentarlo. Sentado en su sillón, se pellizcó el puente de la nariz y suspiró. Myshka subió de un salto al reposabrazos y el hechicero lo rascó entre las orejas mientras se recostaba contra el respaldo.

¿Qué crees que significan, Myshka? —le dijo, en ruso. El gato ronroneó y se subió al regazo del hechicero—. Quizá sea sólo porque ha vuelto a la ciudad. Hacía años que no la veía.

El animal maulló y se acomodó panza arriba sobre el cuerpo de su dueño. Nikolai no se movió hasta que la oscuridad en la calle fue suficiente para salir. Una de las cartas que había recibido era de un viejo conocido suyo que poseía una pequeña tienda de antigüedades en los suburbios de París. Pocos eran los que entraban en el local, para empezar, porque los que visitaban las inmediaciones no tenían dinero para adquirir lo que el hombre ofrecía. El segundo motivo era que nada de lo que allí se veía era atractivo al ojo humano; lo que verdaderamente interesaba al brujo era lo que guardaba en la trastienda: una colección de libros y utensilios relacionados con la hechicería, tan inmensa que ni los mejores colegios de magia de su amada Rusia podrían competir con ella. Ese, y no otro, fue el motivo por el que Nikolai Saratov ensilló su caballo alazán y salió con las últimas luces del ocaso.

Cabalgó al paso sin demorarse demasiado, por lo que no tardó en llegar a su destino. Ató las riendas en una herradura anclada en la pared y acarició el cuello del animal antes de adentrarse en la tienducha.

Buenas noches, Evgeniy —saludó—. He recibido tu carta.
Nikolai —contestó el otro—, ven, pasa. Como te decía, tengo algo que creo que te interesará.

Y así fue. El hombre le mostró un libro de lo más peculiar, sin título alguno, con la cubierta desgastada y cuyas páginas estaban bañadas de letras en cirílico; los márgenes estaban garabateados de comentarios que complementaban los escritos, y le faltaban un par de hojas sin importancia. Nikolai se sentó en una silla y leyó las primeras páginas, maravillado.  El tendero lo dejó solo un buen rato, sabiendo que podía confiar en él. Cuando se convenció de que aquello merecía la pena, salió con el libro bajo el brazo y los francos que costaba en la mano. Dejó las monedas sobre el mostrador, guardó su recién adquirido tesoro en la bolsa que llevaba y se montó en el caballo con la intención de volver a casa. El cielo se había nublado en el tiempo que había pasado dentro y lo último que deseaba era mojarse aquella noche; lo mismo le había pasado algunas semanas atrás y ni las mejores infusiones lograron mejorar el constipado con el que terminó.

Apenas había cabalgado unos pocos metros cuando sintió una fina lluvia sober la piel del rostro. Echó un vistazo perezoso al cielo y tiró de las riendas del caballo para tomar un atajo, callejeando por los barrios bajos de la ciudad. También azuzó al alazán hasta ponerlo al trote, e iba a seguir haciéndolo hasta galopar cuando vio una mujer de cabellera rubia frente a él. No le hizo falta acercarse para saber de quién se trataba. Ya la había visto en sueños.

Buenas noches —contestó cuando llegó a su altura—. Es un poco tarde para andar de paseo, ¿no crees? —Acomodó la bolsa que llevaba sin poder evitar reírse ante el comentario de la hechicera—. Siempre te han gustado los chistes fáciles, Kratorova, pero fíjate qué casualidad, que para ser de gustos tan exquisitos, bien que estás aquí, igual que yo. —Sonrió ampliamente—. Puedes estar tranquila, sé bien a dónde voy. Al contrario que tú, me temo —comentó, inclinándose hacia delante en la silla, tomando un aire más confidencial con ella—; ibas directa a la calle de los prostíbulos baratos que dices que tanto me gustan. —Volvió a erguirse y se pasó una mano por el cabello, quitando el exceso de agua—. Pero parece que has tenido suerte. A pesar de la lluvia, hoy me siento generoso. ¿Necesitas que te lleve a algún sitio? ¿O acaso estoy interrumpiendo tu momento de disfrute? —se ofreció, sabiendo bien que el orgullo de Ilanka Kratorova no le permitiría aceptar una oferta de tal calibre.


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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Ilanka Kratorova el Jue Mar 08, 2018 12:32 pm

Saratov. Maldito Nikolai Saratov, engreído como si fuese el mismísimo zar. Ilanka lamentaba tener que contar con él para sus proyectos futuros, lamentaba que no hubiese otro hechicero en la ciudad con los conocimientos que él tenía y que se moviese bajo parámetros parecidos a los de ella, pues se habían criado de modos muy similares.

Los Saratov y los Kratorov eran amigos desde hacía años, socios también, por lo que Nikolai e Ilanka se conocían desde niños. Y, ahora que lo observaba de cerca, Ilanka notaba que el brillo en sus ojos no se había opacado, era el mismo que en la adolescencia cautivaba a las señoritas parisinas, estúpidas amigas de sus estúpidas hermanas. Y su lengua… rápida y hábil para retrucar sus burlas, buscaba ponerla en aprietos como siempre había hecho. Fastidiada, lanzó la primer frase:


-¿No tienes alguna mariposa que atrapar? No ando de paseo, Saratov. A diferencia de ti, yo trabajo y muy duro –le señaló el paquete que cargaba para mostrarle que hablaba en serio-. Ando por aquí porque recogí un encargo, perdona si te descubrí en alguna de tus recorridas nocturnas. Prometo no comentar con nadie que gustas de las prostitutas bajas –le dijo, en tono de confidencia pese a que no había nadie más que pudiera oírles-, ¿de los prostitutos también? Ah, no. Mejor no me lo digas porque no quiero saberlo, sería un secreto muy jugoso que no podría guardarme –le pidió, con un movimiento de manos-. Ah, pero ten cuidado porque se dice que muchas de esas personas contagian enfermedades, se ha sabido de hombres a los que se les ha caído el miembro a trozos luego de yacer con trabajadoras, o trabajadores, de estos sitios. ¡Que valiente y arriesgado eres, Nikolai!

Se giró un poco y rió, le divertía molestarlo. Ilanka se posicionó en el medio de la calle, estiró la mano que tenía libre y, con movimientos delicados de sus dedos, le ordenó a la tormenta amainar. Ya había estado bien de tanta agua; Ilanka ya no estaba enojada -como hacía unos minutos atrás-, sino que reír de Saratov le había mejorado considerablemente el ánimo. Además quería –como siempre había querido, aún siendo una niñita- que él la admirase. Sabía que no era tan poderosa como él, que a ella le había costado trabajo, entrenamiento y estudio dominar lo que a Nikolai le salía naturalmente, por eso ansiaba demostrarle su poder porque aunque él no dijera nada al respecto sabía que luego pensaría en eso. Todas las personas que la conocían acababan pensando en ella, Ilanka no dudaba de que era una mujer que impactaba.

Claro que se debatía entre aceptar la ayuda de Saratov o pasar de ella y seguir su camino. Si le pedía que la llevase, lo más probable sería que en media hora ya estuviese dándose un baño caliente. ¿Pero a qué costo? No quería deberle nada a él, aunque la idea de subir a su caballo era tentadora. Estaba empapada y con los zapatos llenos de barro… ¿cuánto más tendría que caminar?


-No, por favor. No me perdonaría jamás interrumpir tus urgentes asuntos. Cuando la necesidad física apremia, hay que oírla. Yo no cortaré tu noche –le aseguró, queriendo ser amable pero sin poder ocultar su enorme sonrisa-. Solo dime cuál es el camino más corto para llegar al Hotel des Arenes, estoy tomando el largo, me temo –mentía, pues no tenía idea de dónde estaba-, pero prefiero ir por el atajo. Estoy agotada, ha sido una noche larga.



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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Nikolai Saratov el Sáb Mar 31, 2018 10:05 am

Ilanka, Ilanka… ¿De verdad iba a tener que aguantar todas esas burlas incesantes lo que le quedaba de vida? No llevaban ni dos minutos de charla y ya se había reído de él más veces de las que Nikolai lo hacía con sus hermanas en todo un mes. Ahora menos, claro, puesto que sólo visitaba la casas donde vivían en fechas muy concretas. La relación con su familia se limitaba a escuetas charlas durante las comidas en las que el hechicero sólo hablaba por compromiso; su padre tampoco se interesaba demasiado por lo que hacía en su día a día, y Angeline estaba obsesionada con los esposos de sus dos hijas y los nietos que éstas le habían dado. Nikolai no hacía más que ignorar los comentarios que hacía sobre su soltería, que parecía una ofensa para la francesa, así que se limitaba a comer y callar, literalmente.

No creo que a ti, precisamente, te preocupe demasiado si se me cae a trozos, ¿verdad? —comentó, recordando un pasado juntos, bastante lejano ya pero que Nikolai no había olvidado—. De todas formas, agradezco tu preocupación; no sé qué haría sin ella.

Se llevó una mano al pecho y fingió agradecimiento cuando lo único que quería era pasar al galope a su lado y salpicar de barro esa cara bonita. El animal pareció sentir lo mismo, puesto que resopló y se agitó en el sitio cuando Ilanka se colocó en el centro de la calzada para parar la lluvia. El ruso agradeció el gesto. La lluvia era una de las cosas que menos soportaba, pero no dijo nada. No quería darle ese placer.

Debí imaginar que esos nubarrones eran cosa tuya. Recuerdo que siempre se nublaba cuando estabas de mal humor, es decir, casi siempre —comentó, y azuzó al caballo para acercarse hasta ella—. Ya he terminado mis asuntos, estaba de camino a casa, así que no te preocupes. No estás cortando mi noche.

Se bajó del caballo y lo sujetó de las riendas. Nikolai, que había venido cabalgando, no sentía el cansancio de ella y caminar le sentaría bien, así que se colocó a su lado, dejando al animal a su otro, quedando él en el centro.

Vamos, te acompañaré al hotel. Mi casa está de camino —mintió— y nunca está de más hacer el viaje acompañado. Además, estas callejuelas son muy traicioneras. Puedo darte indicaciones para que sigas el camino corto, pero es muy probable que termines perdida igualmente. Y créeme, hay calles en las que es mejor no pasar más tiempo del necesario.

La miró un momento, quizá demasiado largo. Su preocupación, esa vez, fue genuina. Conocía a Ilanka demasiado bien como para saber que tenía el genio y los métodos necesarios para que nadie se aprovechara de ella, pero, a su vez, conocía el tipo de gente que se movía por esa zona, y sabía que si querían ir a por la rusa nada se lo impediría. Se la veía confiada, y eso estaba bien, pero no eran calles seguras, y menos para viajar solo y a pie.

Es por aquí —dijo, señalando con la cabeza la calle que quedaba a su derecha—. Por si te pierdes la próxima vez, recuerda esa piedra de la esquina. —Señaló una roca cuyas irregularidades recordaban al perfil de una mujer—. Gira en esta calle y continúa recto hasta la casa de los farolillos. Ahí, gira de nuevo a la derecha. Para el resto del camino, será mejor que prestes atención; no hay señales que poder seguir y tendrás que memorizarlo bien.

Los mencionados farolillos se veían al fondo, iluminados tenuemente con velas perfumadas. La calle estaba aparentemente desierta, pero Nikolai sabía que no era así. Aprovechaban las sombras para pasar inadvertidos, y uno sólo era capaz de saber que estaban ahí, a veces, cuando ya era demasiado tarde.

¿Estás segura de que no deseas montar? Puedo llevar al caballo de las riendas si no quieres que me suba contigo.


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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Ilanka Kratorova el Mar Abr 03, 2018 10:34 pm

-Ay, Saratov, Saratov –exclamó en un suspiro-. No me digas que te has quedado prendido a tu adolescencia… Míranos, somos adultos y tenemos trabajo que hacer juntos. –Se alivió al ver que él parecía dispuesto a ayudarla, al parecer la noche iba a mejorar y a terminar por fin. –Oh, entonces me alegra no molestarte. Espero que estés relajado, liberado y… limpio –se rió a carcajadas solo por recordar que entre ellos siempre había sido así, no se lo reconocería jamás a él, pero Ilanka disfrutaba de eso: de que esa pica perdurase en el tiempo.

Agradeció sin palabras el gesto de Nikolai al bajar de caballo y orientarla, al menos ahora tenía la certeza de que llegaría a su habitación de hotel para darse un baño y dormir. Oh, claro que no se olvidaría de comer porque pese a que ya había cenado, el estómago le rugía. Estaba trabajando mucho en el proyecto que pronto comenzarían en la ciudad y no era solo papelerío, sino que requería desde visitar edificaciones en las zonas alejadas hasta la compra de ciertos elementos en el mercado clandestino, como lo que llevaba en su bolsa. Ilanka se ocupaba de todo, desde lo importante hasta lo que podía esperar, pues si había algo que la rusa no hacía jamás era delegar. Solo confiaba en ella misma.


-Cuanto sabes de estas calles, me dejas admirada… Te contrataré como mi cochero personal, supongo que necesitas unas monedas extra.

Caminaban en la noche con paso lento, como si tuvieran toda una vida que gastarse en ese camino. Ilanka casi se permitió disfrutar de la compañía de ese hombre en el que confiaba -de cierto modo, porque era más un mero decir-, pero al que no le gustaba tener cerca. ¿A qué se debía? El pasado estaba superado, ella así lo creía, habían vivido cosas de importancia pero cuando eran adolescentes y eso había quedado atrás. Tal vez se debiera a que soñaba con él a menudo, a que las pocas veces que se había imaginado a sí misma formando una familia había sido con él.

Salió rápidamente de sus pensamientos al reparar en que Nikolai –Nisha, como en otra época lo llamaba- insinuaba, muy al pasar pero con intensión porque ella lo había notado, que pasar tiempo en esas calles podía ser peligroso para ella. ¿Acaso pensaba que no podía defenderse? ¿Dudaba de sus poderes? ¡Ah, qué enojo tenía! Tenía ganas de arrancar de cuajo, y mentalmente, uno de los malditos faroles solo para golpear a Nikolai en la cabeza y demostrarle así que de todo ella podía cuidarse.

Ilanka respiró y no dijo nada. La verdad sea dicha: le costó muchísimo no abrir la boca, y apretó tanto los labios que éstos le dolieron. Una piedra, una casa de construcción extraña, Nikolai actuando como un sabelotodo… ya se estaba poniendo de muy mal humor.


-¿Hay mejor fragancia que la que trae la lluvia? –le preguntó, porque el olor a tierra mojada se mezclaba con la de las velas perfumadas-, yo no lo creo. Ya está bien de tanta charla… quiero llegar pronto al hotel, que muero de hambre. Vamos Nisha –le dijo y cuando se oyó llamarlo así se sorprendió, pero siguió hablando como si no hubiese usado el apodo cariñoso del hombre-, ya hemos caminado suficiente. ¿Para qué seguir si tenemos el caballo? Vamos, vamos. Si llegamos pronto te invito un buen trago de vodka. –Puso el pie derecho en el estribo y se subió de un salto. Ya en la altura una sensación de inseguridad la invadió e Ilanka supo que no estaban solos en esa calle, había quienes los observaban esa noche y ella no atinaba en hallar la ubicación de esos ojos-. Ya sube, Nikolai –le pidió y se ubicó con el cuerpo en la parte delantera para que él pudiese subir con comodidad detrás de ella-. Debemos irnos.



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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Nikolai Saratov el Dom Abr 15, 2018 2:39 pm

Nikolai siguió hablando sin darse cuenta de que Ilanka se había quedado completamente callada, algo para nada habitual. Para todo lo que él decía, ella siempre tenía una respuesta mordaz que terminaba sacando de quicio al ruso —aunque no lo dejara entrever— y para la que siempre buscaba una respuesta del mismo calibre, pero no podía negarlo: a veces era imposible, con lo que optaba por callarse y cambiar de tema. No contestar a las provocaciones de Ilanka suponía darle a ella el puesto ganador, con todo lo que ello traía consigo: soportar el orgullo de la rusa al sentirse vencedora.

Su voz fue la que lo sacó de su ensimismamiento, más en concreto la forma en la que se refirió a él. Nisha. ¿Hacía cuánto tiempo que no le llamaban así? Mucho, tanto que Nikolai había olvidado que una vez ese apodo cariñoso era la forma de referirse a él. Su madre era, sobretodo, quién más lo utilizaba. Su padre, por el contrario, siempre había sido mucho más frío en el trato con su hijo. Creía que con ese apodo lo reblandecería y haría de él un hombre débil, así que siempre lo llamaba por su nombre completo, sin adulterar.

Vamos, sí —dijo.

Esperó a que Ilanka se acomodara sobre el caballo para subirse. La silla no estaba preparada para que cabalgaran dos personas, así que el acercamiento entre ellos fue inevitable. Por mucho que Nikolai quisiera mantener su cuerpo separado del de ella, los movimientos del animal acababan deslizándolo hacia delante. No quería reconocer lo reconfortante que le resultaba sentir el calor del cuerpo de la hechicera, y menos aún delante de ella, así que agarró firmemente las riendas y azuzó al caballo para que se pusiera a un paso ligero.

Al igual que la hechicera, él también sentía los ojos observándolos en la oscuridad, pero no quiso decirlo en voz alta. Simplemente se limitó a guiar la montura entre las callejuelas que tan bien conocía para entonces —de tantas y tantas veces que había visitado a Evgeniy— sin decir palabra. Podía apreciar el aroma de Ilanka a pesar de la lluvia de hacía un momento, y eso hizo que su mente reviviera momentos contradictorios para él que quiso dejar de recordar. Por suerte, su caballo se sabía parte del camino; si hubiera sido por la concentración de Nikolai, ya se habrían perdido hacia rato.

No falta mucho para salir de aquí. Esta calle lleva a la avenida que recorre el Sena y, una vez allí, es sólo recorrer el río en dirección este durante media hora, aproximadamente —explicó—. Créeme, yo también quiero llegar. Me muero por ese trago de vodka.

Miró a Ilanka un momento —que apenas fue un segundo— y, cuando llevó los ojos de nuevo al camino, vio la figura de un hombre que se acercaba. Parar el caballo fue un error, pero tampoco tuvo muchas más opciones; al tipo se le había unido otro que cerró el paso a los dos hechiceros, y a su espalda escucharon los pasos de otros dos o tres, no pudo saberlo bien. El animal relinchó nervioso y golpeó el suelo de tierra con los cascos.

¿Tenéis prisa? —preguntó uno de ellos con voz ronca.
¿Qué queréis? —contestó Nikolai—. No tenemos nada de valor, dejadnos marchar.

Los hombres se rieron y él se acercó a Ilanka de manera instintiva, como si quisiera protegerla, aunque bien sabía que a la hechicera no le iba a gustar aquello. El caballo estaba nervioso, probablemente, producido por los nervios del propio Nikolai, que, aunque se mantenía aparentemente tranquilo, los nudillos blancos delataban que no era así.


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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Ilanka Kratorova el Lun Jun 04, 2018 11:51 pm

Ilanka deseaba relajarse y apoyar su espalda en el pecho de Nikolai. No quería estar rígida, con el cuerpo en tensión, y si hubiese sido cualquier otro el hombre que se hallaba a sus espaldas ella no hubiese dudado en recostarse sobre él de manera seductora, pues era algo que le solía divertir. Pero no le parecía bien hacerlo con él, creía que no era correcto y… Un momento. ¿Que no era correcto? ¿Y cuando ella había hecho lo correcto?

No podía relajarse, el nerviosismo la dominaba como una premonición y eso no tenía que ver con Nikolai, sino con el camino que se abría para ellos en la noche y que seguían confiados; pero eso no la detendría. Ilanka se apoyó en Nisha –como en otro tiempo, cuando acababan de dejar la niñez, lo había llamado- y, no contenta con eso deseó incomodarlo, mostrarle que ella podía dominar sus sensaciones si se lo proponía. Apoyó su mano izquierda sobre la izquierda de él –que mantenía con firmeza las riendas- y jugó suavemente con sus nudillos.


-Varios tragos de vodka –le respondió, en tono de obviedad, sin dejar de acariciarlo-, y un baño caliente. Que manos grandes tienes, Nikolai, ¿cuándo te han crecido tanto? No las recordaba así de…

La voz cortó su intento de seducción, Ilanka confirmó una vez más que su instinto nunca fallaba, por mucho que quisiera ignorarlo a veces, y que solo en sí misma debía confiar siempre. Quiso incorporarse, pero ni haciéndolo su cuerpo se separó del de Nikolai. Ella apretó la mano del hechicero, quería protegerlo.

-Hay dos más atrás –le susurró a su compañero porque al intentar volverse los pudo ver-, todos son humanos. Al menos tenemos algo de suerte. Calla, déjame a mí.

Por un momento pensó que podía bajarse y usar su don de encandilamiento con ellos, no sería la primera vez en esa noche que lo hacía. Pero algo la instaba a luchar, a querer lastimarlos, a deshacerse de ellos de forma hiriente. Estaba cansada, mojada, hambrienta y enojada… ¿qué otro motivo necesitaba para atacar?

-¡Apártense si no quieren sufrir mi ira! –les dijo impostando la voz, dándose aires de mujer importante-. ¡Ya, muévanse si no quieren conocer la furia de la diosa del clima!

Los hombres rieron y ella también, porque todo aquello le sonaba ridículo hasta a la mismísima Ilanka que, apoyando los pies en los estribos –y soltando a Nikolai- se paró. La llamaron loca, borracha, puta y amenazaron con asesinarla, pero Ilanka abrió la palma de la única mano que le quedaba libre y como respuesta la lluvia llegó… Tarde, pues uno de los hombres ya tiraba de Nikolai para hacerlo descender y otro se apostaba a su costado para aprisionar su tobillo.

-¡Suéltame, cerdo! ¡Puaj! Esas manos sucias y llagadas, que horrible eres…

Los truenos sonaron, pero también el sonido de las navajas de los hombres intentando cortar las correas que sostenían los paquetes que Nikolai había cargado llegó a sus oídos. Ilanka no pensó demasiado, de allí se iban a ir ambos enteros y con todas sus cosas, pero finalmente el hombre fue más fuerte y tiró hasta hacerla caer. Ella soltó su bolsita y en vano intentó aferrarse a Nikolai, pero acabó en el embarrado suelo. Nadie reparó en ella, les interesaban los bolsos.

A Ilanka la vida humana le importaba poco, solo contaba la de ella misma y la de sus pocos seres amados. Por eso no tuvo reparos en respirar profundo -todavía estando tendida en el suelo- e invocar la fuerza poderosa de los rayos; con el primero acorraló a uno de los cuatro asaltantes y con el segundo rayo lo asesinó.



Pues ya todo está escrito en el cielo.

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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Nikolai Saratov el Sáb Jun 09, 2018 1:37 pm

¿En qué momento se había complicado tanto la situación? Hacía apenas un minuto tenía la espalda de Ilanka pegada a su pecho, mientras su suave mano le acariciaba los nudillos, gestos ambos que el cuerpo de Nikolai no podía ignorar. Él iba tenso, pero no por el peligro que los rodeaba; se dio cuenta de que, por mucho que se autoconvenciera de que no, la rusa seguía siendo una debilidad. A pesar de la lluvia que había caído momentos antes, su pelo seguía desprendiendo ese aroma tan característico en ella que activaba en Nisha hermosos recuerdos, al menos para él. Se contuvo para no pegar su mejilla a la cabeza de ella y cabalgar así, pegados como si fueran amantes, porque ganas, desde luego, no le faltaban.

Esa tensión inicial, producida por el contacto con Ilanka, se convirtió en otra mucho más distinta, y no por ello mejor. Él sabía que en aquellos callejones no se podía bajar la guardia y, de haber ido solo, lo más probable hubiera sido que algo le advirtiera de que el primer maleante iba a salirle al camino. La presencia de ella lo desconcentró, y ahí estaban ahora, rodeados por ladrones cuyo único interés era llevarse lo que habían ido a buscar.

¿Qué piensas hacer? —preguntó, entre susurros también.

Si conocía a Ilanka la mitad de bien de lo que creía, sabía que, si uno quería salir ileso, nunca, nunca, debía retarla, mucho menos amenazarla, puesto que bajo ese aspecto de muñeca frágil se escondía una mente retorcida y peligrosa. Los hombres no sabían que se enfrentaban a dos hechiceros, y eso les daba cierta ventaja. Al menos hasta que Ilanka habló.

¿La diosa del clima? —Él era el único que no se había reído con aquello—. Ilanka, se trata de que salgamos de aquí de una pieza.

Seguía hablándole entre susurros, porque no deseaba que los otros supieran de su inseguridad. Ya bastante tenía con sujetar al caballo para mantenerse alejado de ellos… Algo que, en cuanto sintió el primer tirón de su bolsa, supo que no había logrado. En el lado izquierdo había dos hombres, uno que tiraba de él y otro que había sujetado a Ilanka del tobillo. Tiró de su bolsa —puesto que parecía que eso era lo que realmente les interesaba—, pero Nikolai tenía parte de su atención puesta en lo que ese desgraciado hacía a su compañera. Cuando la vio caer, soltó sus manos para agarrarla, pero sólo sintió el roce de sus dedos en las palmas de las manos. Después, todo pasó demasiado deprisa.

La correa de su bolsa cedió ante el filo de la navaja y dejó de sentir el peso que ejercía sobre su cuerpo. Cuando ya tuvieron lo que querían en su poder, todos echaron a correr, pero dos rayos que impactaron sobre uno de sus compañeros los dejó anclados en el sitio, atemorizados. Nikolai aprovechó ese instante para bajarse del caballo y acercarse a Ilanka.

¿Estás bien? —preguntó, tendiéndole la mano. La tranquilidad con la que actuaba en mitad de ese caos daba miedo—. Levanta, ven. Voy a necesitar tu ayuda.

Mientras los hombres miraban el cadáver chamuscado del tipo, el ruso aprovechó para caminar unos pasos en su dirección.

Tenéis algo que me pertenece —dijo, extendiendo las manos y dando unos pocos pasos más—. Dádmelo. Ahora.

El hombre que cargaba con el paquete lo miró y, por lo que Nisha pudo apreciar, había miedo en su mirada, aunque pronto se transformó en odio. No obstante, ya se habían dado cuenta de que no estaban en condiciones de pelear contra ellos, así que escupió en el suelo, soltó una sarta de improperios y echaron a correr para salir del callejón. Con lo que no contaban era con que el ruso no pensaba dejarlos marchar tan fácilmente. Nikolai estaba furioso. Furioso porque los habían asaltado, furioso porque se habían llevado algo que no les pertenecía y, sobre todo, furioso porque se habían atrevido a agredir a Ilanka Kratorova.

Caminó tras ellos mientras murmuraba palabras incomprensibles y, de pronto, los ladrones se pararon en seco al llegar al final del callejón. Palpaban algo que tenían en frente, invisible para todos salvo para ellos. Nikolai los había conseguido retener haciéndoles creer que la salida estaba cerrada con un muro de ladrillo infranqueable. Se dieron la vuelta para buscar otro camino, pero se dieron de bruces con los dos hechiceros.

Dadme el libro y os dejaré ir —mintió. No pensaba dejar que se marcharan de allí sanos y salvos, y esperaba que Ilanka le ayudara a conseguirlo.


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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Ilanka Kratorova el Jue Sep 06, 2018 2:38 pm

Estaba un poco aturdida, pero eso no le impidió seguir a Nisha. Iba tras él completamente confiada porque, a pesar del tiempo que tenían sin verse, lo conocía, sabía que era todo lo que ella no. A Nikolai no le ganaban las emociones, no era impulsivo como Ilanka. Incluso en los momentos difíciles –como esos- el hechicero podía hacer uso de su inteligencia sin cegarse.

Sonrió al ver como Nisha los estaba enloqueciendo con ilusiones, hacía tiempo que no lo veía usar sus habilidades y debía reconocer que sentir su poder era verdaderamente energizante. Caminó lentamente hasta donde ambos hombres estaban y se acercó al que tenía la bolsa que Nikolai tanto quería para descubrir la maravillosa coincidencia: era el mismo que la había tomado del tobillo para hacerla caer. Ilanka le sonrió con pena, podía ver en sus ojos que el tipo tenía una hija muy pequeñita.


-No temas –le susurró muy cerca, usando su poder de encandilamiento con él que ya se mostraba rendido ante ella-, Fleur no te extrañará… ni siquiera te recordará. –Acarició su rostro horrendo y bajó suavemente la caricia hasta tomar de la mano del hombre aquello que a Nisha le había robado.

El otro seguía gritando confundido chocando contra la nada, pero no se acercaba a ellos dos que parecían estar a salvo del entorno en una capsula privada. Ilanka abrió su boca -y le esquivó a tiempo el rostro al hombre que creyó que eso era señal para besarla- y comenzó a decir las palabras que había aprendido de pequeña de su madre. Mientras las repetía, el rostro del hombre se transformaba y pasaba de la fascinación al miedo en tanto su garganta se cerraba impidiéndole el paso al aire. Sus ojos se inyectaban, su piel cambiaba de color y, aterradoramente, a Ilanka le daba igual. Cuando el hombre cayó muerto, Kratorova sonrió y caminó hacia Nikolai. Le tendió el bolso, que al parecer contenía el libro que tanto le importaba, y tomó su mano para guiarlo al caballo.


-Deja que ese se marche, Nikolai. Necesito tomar vodka hasta perder la razón. Vamos, lindo, no perdamos más tiempo aquí.

Sin contar con que cualquiera podría llegar y ver los dos muertos que ella había dejado en aquellas calles embarradas… Ilanka ya no quería problemas. y se inclinó para recoger su propia bolsita con las hierbas compradas a la liberta. Subieron al caballo y esa vez a Ilanka no le importó en lo absoluto apoyar la espalda en el pecho del hechicero. Su cuerpo caliente le transmitía una muy buena energía, ¿qué estaría proyectando ella? No podía saberlo, solo él podría percibir eso, lo único seguro era que lo estaba ensuciando porque ella iba llena de barro… ¿qué más daba? Ilanka estaba convencida de que los había salvado a ambos.

Cabalgaron en silencio, el movimiento del caballo hacía que los cuerpos de los hechiceros se mecieran juntos y eso trajo recuerdos a la mente de Ilanka. Con sus manos abrazó el brazo grueso de Nikolai –cruzándoselo sobre el pecho-, haciendo que él solo dominase las riendas con la otra mano. Le había mentido a ese hombre con una mentira muy cruel. Eran pequeños, recién estaban descubriéndose y descubriendo el mundo… no tenían experiencia, pero Ilanka ya mostraba su carácter egoísta y engreído. Le había mentido y quería disculparse, pues ahora se preguntaba si le había dado problemas o creado inseguridades a causa de su frase estúpida. No, Nisha era fuerte y de seguro no recordaría nada de aquella noche, ella misma no la tenía todo el tiempo presente… cada tanto, cuando hallaba placer sobre el cuerpo de algún amante recordaba la primera vez, cerraba los ojos y veía el gesto de inocente alivio de Nikolai Saratov para luego oír sus crueles palabras de mujer herida.

En cuanto llegaron, Ilanka se adelantó para ingresar al hotel mientras Nikolai dejaba en las caballerizas al animal. Una vez en la recepción la hechicera armó un escándalo diciendo que había sido robada en las calles por culpa del maldito cochero que la había dejado sola en una zona peligrosa. Tenía muy buena memoria, principalmente para recordar a los que la habían perjudicado en algo… esperaba que el muchacho en cuestión perdiera el empleo y que no tuviese la mala fortuna de cruzarse con ella en lo que le quedaba de vida.


-Súbanme cena para dos a la habitación –ordenó, justo en el momento en el que ingresaba Nikolai al recibidor- y preparen la bañera, también para dos. –Ante la mirada de asombro del empleado, por el evidente descaro de Ilanka, ella agregó-: ¿por qué me mira así? Estoy con mi esposo –se movió para tomarse del brazo de Nikolai-, acaba de llegar a la ciudad. Subamos, amor mío –le dijo al hechicero y, en cuanto pronunció aquello, le sobrevino una oleada de premonición… casi podía asegurar que repetiría aquella frase cariñosa en el futuro y esa certeza se aunaba a los sueños que hacía algunas noches que tenía.



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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Nikolai Saratov el Lun Sep 10, 2018 2:27 pm

Nikolai no terminó la ilusión de la pared hasta que Ilanka regresó con su libro y le aseguró que podían dejar marchar al ladrón restante. Aunque había estado concentrado en mantener el muro que dejó atrapados a los malhechores, no había quitado ojo de las acciones de su compañera que, para su sorpresa, no lo alteraron lo más mínimo. Había matado a dos hombres en menos de cinco minutos y él no se había escandalizado, al contrario. Era exótico ver cómo la rusa usaba sus poderes para atraerlos y terminar con ellos. Su aspecto frágil y delicado era el reclamo perfecto para que cayeran en sus redes, pero sólo aquellos que la conocían bien —como Nikolai— sabían de lo que era verdaderamente capaz.

Yo también lo necesito —admitió—. Odio esta ciudad.

Subió al caballo y dejó que Ilanka se apoyara contra él con sumo gusto. Usar sus poderes de la forma en la que lo había hecho lo dejaba exhausto y satisfecho, como una buena tarde en el burdel. Relajado, tampoco puso trabas a que la hechicera tomara su brazo y lo pasara en torno a su cuerpo, al contrario; aprovechó la situación para terminar de envolverla posando la mano en su cintura, pudiendo así recordar las formas de su cuerpo que no había olvidado. ¡Oh, Ilanka! Si ella supiera lo que había padecido por culpa de esas palabras, tan dañinas como las intenciones que ella tuvo al decírselas.

El camino hasta el hotel fue tranquilo, y no dijeron nada incluso cuando ella entró en la recepción mientras él llevaba a su caballo a los establos. Pagó una suma razonable al mozo para que alimentara y diera de beber al animal y, tras palmearlo en el cuello, salió en busca de Kratorova. La encontró discutiendo con el hombre del mostrador, asegurándole que todo lo que le había pasado era por culpa del cochero que la había abandonado, aunque se podía decir que se lo esperaba.

Las intenciones de Nikolai eran sólo tomar ese vaso de vodka —porque sabía bien que Ilanka jamás bebería alcohol barato y él hacía mucho que no probaba uno bueno— y marcharse de allí, pero parecía que ella tenía otros planes para él. Intentó ocultar su cara de asombro cuando pidió la cena para ambos, pero no lo consiguió cuando escuchó que el baño también sería para dos. Le tendió el brazo antes incluso de que ella se lo pidiera, como si supiera que lo iba a hacer, y subieron las escaleras juntos.

¿Amor mío? —no pudo evitar preguntar, sorprendido de que hubiera usado esas palabras—. No pensé que tuvieras un lado romántico. —Se rió. ¿Ilanka romántica? ¡Por favor!—. Nunca dejas de sorprenderme, Ilashka —susurró, acercándose a ella.

¿Cuánto hacía que no la llamaba así? Demasiado tiempo como para que su piel no se erizara al recordar la última vez que lo había hecho, años ha, cuando una joven Ilanka visitó la casa de su familia en París.

La habitación donde se hospedaba era lujosa, pero Nisha no esperaba menos de una mujer como ella. Ilanka amaba la buena vida y hacía gala de que podía obtenerla sin esfuerzo, algo que, en realidad, nunca le había importado demasiado a él. Divertirse junto a ella era divertirse a lo grande, porque nada era suficiente.

Me gusta tu habitación —dijo, dejando su bolsa sobre una mesita y acercándose hacia las ventanas—, es tan… tú. ¡Fíjate! Las cortinas tienen hilos de oro, necesarios para poder dormir a gusto, ¿no crees?

Siguió caminando con las manos cruzadas en su espalda, examinando todo cuanto encontraba que le resultara curioso, pero enseguida se cansó. Aunque realmente le gustaba, tanta ostentación le resultaba abrumadora.

Creo recordar que me habías prometido un vaso de vodka —comentó, volviéndose hacia ella y sonriendo con picardía.


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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Ilanka Kratorova el Sáb Oct 06, 2018 8:33 pm

Ilashka. Solo sus padres la llamaban así. Nikolai lo había descubierto en el pasado, había comenzado a llamarla de ese modo tan íntimo cuando estaban solos y ella se lo había permitido porque en esa época le habría dicho a todo que sí.

-Sí, he dicho amor mío. ¿Es un problema para ti? Que no lo demuestre no significa que no pueda amar, Saratov. Claro que no te amo a ti, Dios me preserve de tal cosa –murmuró eso último.

Lo permitió que recorriese su habitación, no tenía nada que ocultar. Dejó a un lado la bolsa de las hierbas compradas a la liberta y se dispuso a quitarse el vestido. Iba tan sucio con barro que Ilanka pensaba que tendría que darlo por perdido… ¡Con lo cómodo que era! Lamentó tal cosa. Ni siquiera sus enaguas se libraron del barro… se las quitó también para acabar envolviéndose en una bata de seda rosada. Ya se ocuparía de su cabello luego.


-Sirve para mí también –le pidió-. La botella está en aquella mesa del rincón.

Tocaron a la puerta e Ilanka abrió. Entraron cuatro hombres y dos mujeres. Tres de los hombres traían una enorme bañadera que debía pesar muchísimo a juzgar por lo entrecortado de sus respiraciones, el cuarto hombre traía una bandeja con la cena y una de las mujeres se dispuso a preparar la mesa junto a la ventana para los dos comensales. La otra mujer cargaba dos grandes cubos de agua caliente. Con ella llenó la bañadera en el extremo de la habitación más alejado, agregó esencias –pese a que Ilanka no las había pedido- y luego cubrió con una tela gruesa la bañadera para que el calor del agua se mantuviese.

-Amor mío –tomó el vaso de vodka y de un solo trago bebió-, qué maravilloso es tenerte de vuelta junto a mí –todo lo dijo en francés, con voz de enamorada, y se acercó a Nikolai para abrazarse a su cuello-. Enciendan la chimenea antes de irse –ordenó a los hombres y dos de los que habían cargado la bañadera se quedaron, mientras que el otro se marchó tras la mujer que había llenado la tina.

Le sonrió a Nisha antes de besarlo como ya lo había hecho años atrás. No supo de decoro ni pudores, por el contrario, le excitaba que el personal del hotel estuviese presente. Le costó ingresar, pero finalmente se salió con la suya y jugó con su lengua sobre la de él. Quería reír de solo imaginar las cosas que él estaría pensando.


-¿Cuándo iremos a ver casas? Ya no soporto vivir aquí, quiero tener mi propia casa –seguía hablando en francés, resultaba obvio que quería ser oída por esas personas.

Antes de que el personal se fuese Ilanka besó una vez más a Nikolai, pero en cuanto dejaron la habitación se separó de él. Dejó el vaso vacío sobre la cama y se dirigió a la mesa atraída por el aroma de la cena.


-Hay que ver lo desagradable que eres a veces, Nikolai. Una mujer hermosa y poderosa te besa y tú tardas en responder lo que se tarda en llegar de aquí a las Américas. Ah, pero sí que frecuentas esos barrios del infierno para ir tras tus putas… Que misterio es tu mente.

Se sentó a la mesa y destapó su platillo. Era un caldo de pollo con verduras. Qué simple, que corriente… no importaba, tenía hambre y se dispuso a comer. Aunque había bebido del gran vodka, traído desde San Petersburgo, también dio buena cuenta del vino.

-Nisha, lo que te he dicho es cierto. Quisiera pedirte un favor, me lo debes puesto que hoy he salvado tu vida –le recordó con arrogancia-. Quiero que me acompañes a comprar una casa. He visitado tres, pero como no estoy casada no he logrado nada, ¿te lo crees? Así que serás mi esposo, qué honor, hasta que encuentre un buen hogar. ¿Qué tienes que hacer la semana próxima? Pospón tus planes, tu esposa te necesita –le sonrió.



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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Nikolai Saratov el Lun Oct 08, 2018 3:19 pm

¿Ilanka amando a alguien? ¡Ja! Antes se hubiera creído que habían encontrado la cura contra la ceguera producida por la extirpación de los ojos. Nikolai dudaba seriamente de que la rusa supiera, ni siquiera mínimamente, lo que era amar. Tampoco se podía decir que él tuviera demasiada experiencia, puesto que, además de a su madre, sólo había querido a su gato Myshka, y lo siguiente más cercano al amor que había sentido se lo había producido la propia Ilanka, años ha, cuando eran dos adolescentes que recién estaban descubriéndose el uno al otro. No hizo comentario alguno, sin embargo, sino que sonrió y se mordió el labio inferior para aguantar una sonora carcajada.

Una vez en la habitación, no se percató de que Ilanka se estaba cambiando de ropa hasta que se giró para darle su vaso de vodka. Se quedó mudo, eso no podría negarlo ni aunque quisiera. Había tenido el tiempo justo de ver su espalda desnuda, que terminaba en unos glúteos redondos y firmes, seguidos de las piernas más largas y definidas que Nisha había visto en toda su vida. Había estado con mujeres hermosas, con bastantes, a decir verdad, pero ninguna tenía unas piernas como las de Ilanka. Nora se acercaba bastante, pero era algo más baja en estatura que la hechicera. Nikolai era bastante alto si se le comparaba con los hombres de París, y su compañera era la única a la que podía mirar a los ojos sin agachar demasiado la cabeza.

Carraspeó al llegar a su lado y le tendió su vaso mientras él le daba un buen trago al suyo. En ese momento tocaron a la puerta y el servicio entero del hotel entró en la habitación para cumplir los deseos de su… ¿esposa? ¿De verdad iba a seguir con esa farsa? Nikolai observó cómo montaban la tina de agua con verdadero interés hasta que la voz de la rusa llamó su atención. Nisha frunció el ceño al oírla hablar francés, pero lo frunció aún más cuando ella le echó los brazos alrededor del cuello y lo besó. Cerró los ojos por costumbre, pero su cuerpo estaba tan tenso que si las personas del servicio no se dieron cuenta de la farsa, era porque no estaban prestando la atención suficiente. En realidad, Nisha no podía pensar en otra cosa que no fuera lo deliciosamente bien que besaba Ilanka. La dejó meter su lengua y disfrutó, sí que lo hizo, hasta que los dos últimos hombres del servicio cerraron la puerta tras ellos.

Como siempre, la hechicera se separó y fingió que nada había pasado, pero él se quedó en el sitio, quieto y, por qué no decirlo, ligeramente excitado. Aún así, el olor de la cena fue más cautivador, así que se acercó a la mesa después de que lo hiciera ella.

Que tarde en reaccionar contigo no significa que tarde en reaccionar con otras mujeres igual de hermosas y poderosas. ¿No te ha dado por pensar que puede que ya no me gustes? —Se colocó detrás de ella y se agachó hasta que su rostro quedó a la altura del ajeno—. Ha pasado mucho tiempo, y muchas mujeres también. No quiero ofenderte, Ilanka, pero no eres inolvidable —susurró.

En contradicción a sus mentiras, le dio un beso en la mejilla, se incorporó y se sentó en la silla que tenía enfrente. Él no la había olvidado en aquel tiempo, no del todo, al menos. Las palabras que la hechicera le dijo la última vez que se vieron seguían presentes en su mente, clavándose en el pecho como un puñal afilado. Cada vez que había compartido el lecho con una mujer, tarde o temprano terminaba recordándolas, lo que hacía que se esmerara mucho más con ellas, para deleite de las chicas.

Claro que te lo debo. Era yo el que estaba perdido en esas calles, no tú. No quiero pensar en qué habría sido de mí si no llego a encontrarte —ironizó, llevándose una cucharada de sopa a la boca. Era insípida, pero caliente—. Quizá habría llegado mucho antes a mí casa y sin manchas de barro en la ropa, pero gracias por salvarme la vida.

Siguió comiendo la sopa, intercalando las cucharadas con pedacitos de pan recién horneado, mientras la escuchaba. ¿De verdad quería comprarse una casa en París? No dijo nada, pero Nikolai sabía el poco aprecio que Ilanka tenía por la ciudad. Exactamente el mismo que le tenía él.

En realidad, no tengo nada que hacer, así que supongo que puedo acompañarte.

Se encogió de hombros, como si le restara importancia al hecho de ir con ella a ver casas, pero, en el fondo, se sentía terriblemente feliz de que Ilanka tuviera que pedirle ayuda, puesto que significaba que, realmente, no podía hacerlo ella sola. Sabía lo orgullosa que era, lo demostraba en cada palabra que salía de su boca, así que sintió aquella petición como una pequeña victoria.

Y no, la verdad es que no puedo creer que no le vendan una casa a Ilanka Kratorova. ¿Acaso tus encantos están fallando? —Sonrió y tomó un par de cucharadas más—. Puesto que voy a ser tu esposo, espero poder opinar sobre las casas en cuestión. Imagino que me dejarás hacerlo, ¿no? Al fin y al cabo, la casa me la van a vender a mí, no a ti.

Se relamió los labios para quitar los restos de sopa y se limpió con la servilleta antes de dejarla sobre la mesa. Ya estaba saboreando el momento en el que lo volviera a presentar como su esposo por pura necesidad. Quiso sonreír delante de ella, pero se controló.

Dime cuándo quieres ir, querida mía. Estoy ansioso por acompañarte.


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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Ilanka Kratorova el Miér Dic 05, 2018 7:46 pm

Le gustaba verlo comer con gusto. Ilanka Kratorova tuvo que limpiarse los labios y el cuello más de una vez porque la sopa se le escurría, no prestaba atención a lo que hacía porque la mandíbula cuadrada de él, su boca perfecta, la tenía cautivada. Deseaba que él la mirase con la misma atención que ella le estaba dispensando, pero eso no ocurría y ella se desesperaba.

-Me pondré en contacto contigo, despreocúpate. Ya encontraremos un día que nos venga bien a los dos. Y sí –dijo, tras un silencio que se debió al par de cucharadas que Ilanka dio de la sopa, esa vez sin derramar nada afortunadamente-, te dejaré opinar si es lo que quieres, aunque dudo que seas asiduo visitante de mi nuevo hogar… Lo digo porque pareces estar fastidiado de mi presencia.

Que mentiroso era. Apuesto, no había dudas, pero mentiroso. Ya recordaba ella como se les cortaba el respiro a las muchachas cuando veían pasar a Nikolai; guapo, de estatura superior a la media de los muchachitos franceses de su edad. Sí, un hombre que a ella le hubiera gustado ostentar como suyo. Ah, pero se había vuelto tan mentiroso… Era imposible que una mujer como ella no cautivase a los hombres, no le creía que conociera a alguien más bella y poderosa que ella. ¿Acaso se refería a alguna cazadora de mariposas? Ilanka se reía en su cara ante aquel pensamiento, era imposible que hubiese una amante de esos bichos en toda la tierra, el único chiflado que conocía era él.

-¿Muchas mujeres? ¿Por qué sientes la enorme necesidad de recalcarme tu hombría y pericia sexual, Nikolai Saratov? Siento que desde que nos encontramos en la calle no dejas de insinuar que tu vida íntima es vibrante. No me importa lo que hagas, no es de mi interés saber si has ganado o no habilidades en este tiempo… Ya, relájate.

Que arrogante se había vuelto también. Lo recordaba más apocado, tímido y obediente. Lo había visto algunas veces a lo largo de esos años, pero nunca había compartido tanto tiempo a solas como lo hacía ahora. Nikolai le seguía gustando, pero lo prefería sumiso… así era como le gustaban los hombres en general.

-Me gustabas más antes, maridito –dijo cuando hubo acabado su cena-. Me estás obligando a recordarte cuánto te solía gustar tu Ilashka, las cosas que me decías, tus promesas… Qué desmemoriado te ha puesto el paso del tiempo –dijo y bebió de su copa de vino hasta vaciarla; tuvo que volver a servirse-, ¿acaso sufres del mal de edad avanzada? ¿Tan pronto? Si todavía eres joven, querido… pero bueno, si tengo que ayudarte a recordar lo haré.

Tomó entre sus dedos la copa de vino y se alejó de la mesa sin pedir permiso. Llegada al costado de la bañadera, Ilanka retiró con una mano la tela que la cubría y luego se soltó la bata de seda. Desnuda y bebiendo de su copa, se volvió hacia Nikolai antes de ingresar en el agua perfumada y caliente que tanto se merecía después de lo vivido.

-Ven, Nisha. Ven si eres en verdad valiente –con una sonrisa se metió en la bañadera y se recostó, cerrando los ojos, disfrutando de la calidez del agua-. Ven y déjame mostrarte mi poder, verás porqué soy más bella que todas las demás.



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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Nikolai Saratov el Sáb Dic 15, 2018 5:28 pm

La comida era simple, pero había que reconocer que estaba deliciosa. Nikolai comió a gusto, más de lo que creyó que lo haría estando en compañía de Ilanka. No le prestó demasiada atención —puesto que toda ella estaba puesta en el plato que tenía delante—, así que no se percató de que ella lo miraba fijamente, ni de que la sopa se le escurriera por la barbilla.

No estoy fastidiado. En realidad, me es indiferente estar aquí contigo —dijo, levantando la vista y clavándola en la de ella—. Aunque lo cierto es que eres la última persona con la que me hubiera gustado cruzarme aquí, en París.

Letal y dañino, como ella lo había sido con él hacía muchos años. Nikolai nunca había sido tan rencoroso como lo estaba siendo en ese momento, y todo se debía a una única cosa: su maltrecho ego.

No siento necesidad de nada, Ilanka. Sólo constato un hecho: me das lo mismo —mintió, pero con una sonrisa burlona en los labios—. Tómatelo como quieras. Si tanto te molesta y ofende, dejaré el tema. No quisiera hacer de este viaje tuyo uno terrible que desees olvidar.

Como el que ella hizo la última vez que se vieron, pero se abstuvo de comentarlo. Eso sólo le daría alas a la hechicera para seguir burlándose de él, y bastante tenía con lo que ya le había dicho.

Tú también me gustabas más antes, aunque no sé qué demonios pude ver en ti, porque no has cambiado nada, en absoluto —comentó, dejando la servilleta sobre la mesa—. No necesito que me ayudes a recordar nada, me acuerdo perfectamente de todo.

Pero eso parecía que a Ilanka le traía sin cuidado. Cuando Nisha vio que se quitaba la bata, su corazón comenzó a latir con una fuerza inusitada. Su cuerpo seguía siendo hermoso, más todavía de lo que el ruso recordaba. Deseó acercarse a ella y pasarle los brazos en torno a la cintura para acercarla hacia sí; quería volver a tocar esos senos y esas nalgas, apretarlas dentro de su palma hasta que ella gimiera de placer. Ansiaba besarla en cada centímetro de su piel y tomarla en la bañera, en la cama y en el suelo de la habitación, pero no haría nada de eso. Tenía una dignidad que mantener.

Se levantó de su silla y se acercó hacia la bañera, tal y como ella le había pedido. Primero se puso a un lado de ésta, de pie, y la miró desde toda su altura.

Bella eres, eso no te lo puedo negar —le concedió—, pero, ¿más bella que todas las demás?

Rodeó la bañera hasta quedar en el lado donde Ilanka tenía la cabeza y se agachó, poniéndose de cuclillas. Acercó la boca al oído de ella, tan pegada que podría sentir el aliento de Nisha chocando contra su piel.

He visto mujeres como tú, de piel clara y el cabello como el sol —tomó un mechón de su larga melena rubia y lo enredó en sus dedos—, pero también las he visto con la piel morena, y con el pelo rizado y rojo como el fuego, como Martina —susurró, jugueteando todavía con el mechón de Ilanka—. No puedes hacerte una idea de cómo cabalgaba. Maravillosa.

Soltó el pelo, pero no se apartó demasiado, sino que apoyó los brazos en el borde de la bañera y se inclinó un poco hacia delante para poder mirar a Ilanka al rostro.

Y, ¿sabes qué tenían todas ellas en común? —preguntó—. Que eran mucho más agradecidas que tú, y más humildes, también. Lo siento, Ilashka, pero vas a tener que convencerme mejor para que comparta este baño contigo.

No obstante, no modificó su postura ni un ápice, sino que se acomodó mejor para tener una mejor visión de Ilanka desnuda y hundida en el agua templada. Se atrevió a acariciarle la piel del hombro con las yemas de los dedos y acercó su rostro al de ella, de manera que sus labios quedaran bien pegados al oído de la rusa.

No obstante, Ilanka, hay algo que no termino de comprender —susurró sin dejar de tocar su piel—. ¿Por qué te empeñas en hacerme recordar algo que ambos sabemos que es mejor olvidar? Fuiste tú quien me lo dijo, que fue horrible todo, terrible.


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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Ilanka Kratorova el Sáb Ene 05, 2019 10:02 pm

La fingida indiferencia de Nikolai se le había vuelto, francamente, insoportable. ¿Se quería ir? ¡Que se fuera! Aunque sería tan maleducado como desagradecido de su parte. Ilanka suspiró, se estaba impacientando ya. Lo tenía tan cerquita ahora, pero no la intimidaba. Nikolai Saratov le gustaba mucho y que se mostrase tan educadamente grosero solo hacía que se empecinase más en volver a tenerlo a sus pies. ¿Por qué eso funcionaba con todos y no con él?

-No entiendo por qué dices que debería estarte agradecida, Nisha. Y si tanto importa saber de la intimidad… yo también he estado con algunas mujeres. De dedos firmes, lenguas ágiles y senos pequeños, nada me gusta más en una mujer que los senos pequeños –se giró y lo miró-, si los tienen iguales o mayores que los míos no me gustan. Pero a ti te importa tanto saber eso como a mí conocer si la tal Martina cabalga o no bien.

¿Convencerlo? Ella podía bañarse sola, lo había invitado porque suponía que necesitaba relajarse tanto como ella. ¡Acababan de matar a dos hombres! ¿Lo había olvidado ya? Aquella noche no había sido nada calma… pero si se quería ir que se fuera, a ella le daba igual porque podría vivir con ese momentáneo rechazo mientras planeaba un próximo encuentro.

Estaban realmente cerca y esa cercanía avivaba en ella los recuerdos. Momentos, frases, suspiros y risitas cómplices que ella no quería olvidar porque eran parte de un momento hermoso de su vida, de su edad más tierna. Había sido cruel, sí, pero así era ella en esa época. No podían culpar a la Ilanka del presente por las cosas que había dicho cuando era una niña tonta y malhumorada.


-¿Por qué quieres olvidarlo, Nisha? Aunque quisiera hacerlo, yo no podría porque fue muy especial. Además, ¿quién puede olvidar su primera vez? Ya no soy la niña tonta y engreída que era, tampoco tú eres ese muchacho que me besó tanto y me desnudó con manos temblorosas. ¿Por qué piensas en ellos ahora? Somos nosotros los que vivimos esto, los que estamos aquí ahora. Ellos ya han crecido, estoy segura de que las manos ya no te tiemblan, Nisha.

Se movió y el sonido del agua enmarcó la mirada que ambos se sostenían. Ilanka pegó su pecho a la bañadera y acercó su rostro al del hombre para besar sus labios, suavemente. Sus manos mojadas le sostuvieron las mejillas y luego se enterraron en su cabello hasta llegar a la nuca. Oh, los labios de Nikolai Saratov…

-Aquella Ilanka mintió, Nisha –le susurró-. Te he mentido. Todos estos años he pensado que fui muy afortunada. He estado con otros hombres y al conocerlos me di cuenta qué suerte tuve de que seas tú el primero. Fuiste muy amable y generoso conmigo aquella vez y yo… yo era mucho más cruel de lo que soy ahora, era una niña que nada sabía. ¡Por Dios, Nisha! ¿De verdad piensas en esas cosas todavía? Pues yo te estoy agradecida. –Estaba siendo demasiado sincera, hacía años que no desnudaba de esa forma sus sentimientos ante nadie y algo le decía que Nikolai no lo valoraría-. Si te quieres ir vete ya, pero a mí me gustaría que te quedases.

Como muestra de eso volvió a besarlo, esa vez con más fuerza. Ya no estaban con sus respectivas familias, no eran unos muchachitos dependientes de los adultos. Ahora eran responsables de sus vidas, estaban solos y podían decidir por sí mismos.



Pues ya todo está escrito en el cielo.

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Re: El sueño que nadie soñó | Privado

Mensaje por Nikolai Saratov el Vie Ene 11, 2019 5:48 pm

Espera un momento —dijo—. ¿Has estado con otras mujeres?

La imagen que se formó en su mente después de que Ilanka lo confesara hizo que no escuchara nada más de lo siguiente que dijo. No podía quitarse el cuerpo desnudo de la rusa jugueteando con el de otra mujer, de pelo negro y piernas largas como las de ella. A su mente acudían infinidad de rostros de mujeres hermosas que había conocido, pero sólo tenía ojos para Ilanka. Ilanka siendo besada por unos labios de mujer, Ilanka siendo acariciada por manos femeninas, Ilanka curvando la espalda por culpa de un orgasmo…

Tuvo que moverse en el sitio, inquieto, notando ya como el cosquilleo de su vientre empezaba a apretarle en los pantalones. Se colocó de rodillas y se desabrochó los primeros botones de la camisa; el calor que ascendía del agua estaba empezando a incomodarlo, y sumado al que generaba su propio cuerpo, estaba haciendo que su frente se perlara por el sudor. ¡Deseaba tanto meterse con ella en la bañera! Le extrañaba que Ilanka no lo hubiera echado ya de la habitación, merecido lo tenía.

No estoy pensando en ellos ahora, pienso en ellos todo el tiempo, Ilanka —dijo y, por primera vez en toda la noche, fue sincero—. Quiero olvidarlo porque, para mí, fue muy doloroso lo que me dijiste. Creía que para ti también lo fue, sinceramente.

¿Por qué todavía le dolía tanto, a pesar de los años que habían pasado desde entonces? Quizá fuera porque con ella quería haber sido perfecto, el hombre que cualquier mujer querría, pero Ilanka aseguró que no lo había conseguido. Las mujeres que llegaron después desmintieron sus palabras, no obstante, era como si a Nikolai eso le diera igual. Aparentaba que no, puesto que su intención era hacerla creer que había madurado y que nada de lo que la incumbiera a ella lo afectaba, pero era pura fachada. Su simple presencia lo rompía entero por dentro.

Su beso fue dulce y amargo; el roce de sus manos le erizó la piel y le dio escalofríos. Las señales que su cuerpo le enviaba cuando estaba con Ilanka eran siempre contradictorias, adictivas y tóxicas. ¿Por qué no podían estar las cosas claras? ¿Por qué no era amor u odio, pero no todo al mismo tiempo?

¿Cómo que mentiste?

Le agarró las muñecas y las retiró de su rostro para poder mirarla sin distracciones, con ojos confusos que esperaban una nueva explicación, puesto que no entendió nada incluso después de que ella se lo contara. ¿Había vivido engañado todos aquellos años? Engañado y dolido a partes iguales. Quería hacerle tantas preguntas… pero no había sitio para ellas en ese momento, su mente sólo podía pensar en los labios que ahora lo besaban con fuerza.

Sí pienso en eso, ya te lo he dicho —susurró contra su boca—. ¿Por qué, Ilanka? ¿Por qué me hiciste tanto daño?

No le dio tiempo a contestar, puede que por miedo a que ella se arrepintiera de retenerlo allí. Se acercó a la bañera y pasó los brazos en torno al fino cuerpo de la rusa, de manera que, al ponerse él de pie, pudiera levantarla. Estando ambos erguidos, Nikolai se acercó todo lo que pudo para poder pegar su cuerpo al de Ilanka. Una mano le rodeaba la cintura con fuerza, mientras que la otra le acariciaba la zona alta de la espalda. Hacía demasiado tiempo que no se mostraba tan posesivo ni dependiente de alguien.

No me quiero ir, Ilashka —susurró en su oído cuando al fin le dio un descanso a su boca—. ¿Dejarás que me bañe contigo?


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