Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Once mil pedazos | Privado

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Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Yulia Leuenberger Ferrec el Dom Mar 04, 2018 12:49 am

Interludio de Los que aman, odian



No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad.
Gabriel García Márquez


Embozada hasta la coronilla, Yulia Leuenberger salió de la sede inquisitorial de París –su hogar, aunque fuese patético aceptarlo- rumbo a la zona residencial de la ciudad, montada en uno de los caballos de la Orden. Estaba en problemas, necesitaba ayuda como nunca antes la había necesitado. Desesperada, desahuciada de su propio cuerpo, sin poder entender lo que vivía, Yulia solo vio un rostro cuando supo que debía pedir socorro a alguien más y ese era el de Eliot Ferrec.

Cualquiera que la viese podría decir que Yulia Leuenberger tenía todo para ser feliz, era joven y bella, sobresalía por su trabajo valioso en un mundo de hombres, había sido discípula de un gran tecnólogo, era parte del grupo de Inquisidores a los que se les pagaba por sus servicios… pero Yulia no era feliz, no podía disfrutar de todo aquello porque no tenía con quién compartir sus logros, no había quien se alegrase genuinamente por lo que ella alcanzaba. Sabía que ese había sido su problema desde el principio de su carrera, desde el inicio mismo de su desarrollo como mujer porque desde muy temprana edad le faltaban sus padres. No los tenía para compartir sus triunfos ni llorar en sus brazos las penas –que habían sido muchas a lo largo de esos años en la Orden-, Yulia creció con una ausencia acuciante y con preguntas jamás expresadas. Y de pronto, como si no hubieran pasado más de diez años de silencio, su madre reaparecía en su vida y de la forma más cruel: nada menos que confrontándola con lo que ella misma era ahora, una inquisidora de renombre.

Necesitaba hablar con alguien, deseaba oír consejo, que alguien le indicase qué camino debía seguir… si mirar hacia otro lado mientras la Inquisición juzgaba a su madre o si se arriesgaba por ella, pese a que esa mujer la había abandonado. Pero más que nada en el mundo, Yulia necesitaba poder confiar, poder llorar sintiendo que a la otra persona le importaba lo que ella estaba viviendo… Y no había nadie más, solo Ferrec la conocía un poco más que el resto. Solo él podía llegar a tenerle un poco de cariño, como quién se ha encariñado con un íntimo enemigo.

Conocía bien el camino. Había sido invitada a algunos de los cumpleaños de su compañero e incluso la madre de Ferrec la había convidado a pasar con ellos una de las últimas navidades. Sabía que no era horario de visitas, a esas horas de la noche las familias decentes ya se aprontaban para ir a la cama, pero no le importaba quedar como una sin modales porque cosas mayores estaban en juego.

Tras una larga cabalgata, agotadora en extremo, Yulia llegó a la residencia de los Ferrec. No se atrevió a tocar la puerta de entrada de la casa, sino que dio un rodeo para llamar a la de servicio, con un poco de suerte podría mantener en secreto aquella visita, lograr que la familia de Eliot no supiera que ella había ido en su busca.


-Por favor, que esté aquí –rezó al cielo, angustiada, mientras desmontaba.

Luego de atar al caballo a la rama de un árbol Yulia se dirigió a la entrada trasera. Llamó a la puerta dos veces, impaciente pero decidida, y tardaron a abrirle. Lo hizo una mujer cuarentona que ella nunca había visto, supuso que era una empleada que se esforzaba por acabar pronto la jornada de trabajo.


-Buenas noches –saludó, descubriéndose y dejando a la vista su rostro y el brillante cabello rubio que no había tenido tiempo de trenzar de manera prolija, varios mechones escaban del apurado peinado-. Soy compañera del señor Ferrec, necesito verlo con urgencia. ¿Podría llamarlo? Dígale que su compañera está aquí y que tiene una urgencia –no deseaba darle su nombre a aquella desconocida-, él entenderá.


Última edición por Yulia Leuenberger el Jue Mar 29, 2018 1:39 pm, editado 1 vez



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Eliot Ferrec el Mar Mar 06, 2018 4:05 pm

Ya era la tercera vez que leía el mismo párrafo de esa carta. Los negocios de su familia iban más que bien; extraordinariamente, se podría decir. Cuando su padre vivía, era él el que se encargaba de todo, pero, al morir éste, fue Eliot, como heredero de la fortuna Ferrec, quién tuvo que tomar el mando. Desde el inicio supo que la Inquisición iba a restarle demasiado tiempo como para dedicarse por completo a las finanzas, reuniones y decisiones que implicaba un negocio. Por eso mantuvo en el cargo a los asesores de su padre, dándoles un aumento en sus salarios y dejando que tomaran las decisiones del día a día. Había puesto toda su confianza en ellos, y parecía que lo sabían, porque, desde entonces, los beneficios habían sido cuantiosos. Las decisiones importantes, no obstante, seguían estando en manos de Eliot, y esas, casi siempre, se transformaban en correo pesado que tenía que atender.

Dejó el papel sobre la mesa del escritorio y se frotó los ojos con una mano, sabiendo que hasta la mañana siguiente no tendría capacidad para decidir nada. Ese día había sido más largo de lo normal, puesto que los asuntos que llevaba en el laboratorio se habían complicado un tanto. Además, desde hacía unos días no había podido dejar de pensar en Yulia, y esa noche no estaba siendo la excepción. Podía ser su mayor rival, podía ser arrogante cuando estaba con él, podía ser infinidad de cosas y ninguna buena, pero eso que le había hecho el imbécil de Vaguè no era justo. Ni justo, ni ético. Ese momento fue en el que Eliot se dio cuenta de lo mucho que había tenido que trabajar ella, en comparación con él, para llegar donde estaba. ¿Y para qué? ¿Para que la tiraran al pozo con un simple rumor barato? Él no quería ganar así. Si se quedaba con el puesto de maestro sería porque hacía las cosas mejor que ella, no porque otros la quitaran de su camino. Había pensado en qué podía haber hecho él para ayudarla, pero desmentir esos rumores no sólo no la ayudarían en absoluto, sino que lo podrían a él en el punto de mira, y era algo que tampoco deseaba. Aún así, unos comentarios que le había escuchado a Benedetti le habían dado una idea que, aunque sonara extremadamente absurda, podía poner fin a todo aquel infierno. El problema era cómo planteársela a Yulia, porque estaba seguro de que se negaría en redondo a aceptar.

Se pasó ambas manos entre el pelo, peinándolo hacia atrás, y, con los codos bien clavados en la mesa, dejó que la cabeza reposara sobre las palmas. Miró el montón de cartas que aún le quedaban por abrir y suspiró. Leería las importantes, y aquellas que necesitaran respuesta las guardaría en el cajón. El resto tendrían que esperar hasta el día siguiente.

Estaba leyendo los nombres de los primeros sobres cuando alguien tocó a la puerta.

¡Adelante! —indicó sin levantar la vista.
Eliot, hijo, deberías acostarte ya —dijo su madre cuando se asomó, vestida con camisón y batín.
Enseguida voy, madre. Debo terminar algunas cosas primero. —Levantó la mirada, cansada, y sonrió—. Vuelva a la cama y no se preocupe. No tardaré.

La mujer cerró la puerta y volvió a su habitación, dejando a su hijo a solas de nuevo, aunque esa soledad no duró mucho. Apenas llevababa leídas un par de cartas cuando alguien volvió a tocar a la puerta.

Vuelva a la cama, madre —le pidió a la persona que ahora abría y que, por supuesto, no era la que él esperaba—. Bernadette. ¿Ocurre algo?
Hay una mujer en la puerta del servicio, señor —explicó la mujer—. Dice ser su compañera y que necesita verlo con urgencia. —Por la expresión de extrañeza de Eliot, la mujer supuso que tampoco entendía qué estaba pasando—. ¿Le digo que se marche?
No —contestó, aunque con un poco de retraso—. No se preocupe, yo me encargo.

La mujer asintió y se escabulló entre los pasillos para terminar sus tareas antes de retirarse. Eliot, sin embargo, cruzó la cocina y llegó hasta el pequeño recibidor donde el servicio dejaba sus enseres para salir al exterior. Allí, parada en al puerta, había una Yulia envuelta en una capa y con una cara de preocupación que caló muy hondo en su compañero.

Yulia —dijo a media voz—. ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Preocupado porque realmente le hubiera pasado algo a ella, se asomó a la calle y el frío lo azotó con fuerza. Se frotó los brazos, pero sabía que la camisa de algodón y los pantalones que llevaba no lo mantendrían entero mucho más.

Hace un frío de mil demonios. —El vaho que salió de su boca lo corroboró—. Ven, la chimenea del estudio sigue encendida. Sea lo que sea lo que hayas venido a decirme, cuéntamelo allí.

Agarró su brazo con suavidad y tiró de ella para meterla en el interior y guiarla de vuelta a la habitación que había estado ocupando.

Puedes sentarte —dijo, señalando su butaca—. Espera, dame tu capa primero. Si no, te morirás de frío al salir.


Última edición por Eliot Ferrec el Mar Ago 14, 2018 5:12 pm, editado 1 vez



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Yulia Leuenberger Ferrec el Jue Mar 29, 2018 5:38 pm

Eliot la tomó del brazo para hacerla ingresar en el calor de su hogar, Yulia transformó ese agarre en otra cosa mucho más reconfortante, porque movió su mano hasta dar con la de él y así, con la confianza que no tenían, acabaron avanzando entre pasillos tomados de las manos. Era algo realmente nuevo para ella, nunca había necesitado de alguien, nunca había corrido a refugiarse en nadie, pero lo cierto era que no se había enfrentado antes a algo como aquello… ¿su madre en la ciudad? ¿atrapada en las celdas subterráneas de la base? ¿a punto de ser torturada con la maquinaria que la misma Yulia había diseñado?

Ingresaron en la habitación y con la obediencia que nunca le había tenido a su compañero, ella fue a ubicarse donde él le dijo. Le dio su capa casi sin pensarlo y, a pesar de que el fuego ardía en el estudio, Yulia sintió frío.


-Eliot, disculpa que haya venido hasta aquí. Esto es… es realmente importante. No es Jean Vaguè con sus inventos denigrantes, no son los estúpidos novatos peleando por quitarme de en medio. Esto es real, es… -Se llevó una mano a la boca como si estuviese arrepintiéndose de hablar, pero ya estaba allí, ya había importunado a su compañero, y no podía volverse atrás. –Es algo realmente personal, algo muy importante para mí.

Poco duró en la butaca y como si fuera la dueña de esa casa se movió con libertad por el lugar. Dio unas vueltas por el estudio, sin reparar en lo ordenado que estaba ni en la cantidad de libros que había -algo que sí habría llamado su atención si otras fuesen las circunstancias-, mientras pensaba qué decir y acabó plantándose cerca de la chimenea para que el fuego se llevase frío.

-Qué ironía –pensó en voz alta-. Todos me llaman la mujer de hielo y yo necesito acercarme al fuego –extendió las manos para calentarlas también-. Eliot, ¿puedo confiar en ti? –le preguntó y se volvió hacia él, no acostumbraban a llamarse por sus nombres pero era imposible negar que algo entre ellos había cambiado-. Ven, por favor. Acércate. No quiero alzar demasiado la voz, lo que tengo que decirte es privado, algo que solo yo sé.

Había cabalgado hasta allí con la seguridad de que solo él podría darle consejo, que solo él estaba a su altura. No era algo que pudiese hablar con alguien de rango inferior y mucho menos con un superior, solo su par podría ayudarle. Ahora que lo tenía tan cerca, Yulia no veía a su competidor de tantos años, no veía a Eliot Ferrec su rival. Veía al hombre que la había consolado, lo tenía cerca y recordaba el abrazo que habían compartido y eso le daba la seguridad absoluta de que estaba haciendo lo correcto.

-Ferrec, he visto a mi madre hoy. Hace solo unas horas bajé a las celdas a comprobar que estuvieran utilizando bien lo que les hemos entregado y… -otra vez sus manos viajaron directas a su boca para acallarla, como si le recordasen que ella no era dada a confiar así en nadie. Yulia se inclinó hacia delante para apoyarse en el pecho de su compañero y así, sin mirarlo a los ojos, dijo lo que más avergonzada la tenía-: ella es una sobrenatural. ¡Me da tanta vergüenza confiarte esto, Ferrec! -Una pausa de algunos segundos que no le sirvió para calmarse-. La van a torturar con el rotador de falanges que yo misma he ideado –soltó con una voz que comenzaba a ser dominada por el llanto-, ¿entiendes? Es mi madre… me ha abandonado, me dejó sola todos estos años. La odio, pero es mi madre.



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Eliot Ferrec el Dom Abr 01, 2018 11:22 am

«When your eyes are red
And emptiness is all you know
With the darkness fed
I will be your scarecrow»
Imagine dragons



Dejó la capa sobre una silla que había junto a la puerta y se volvió hacia Yulia, pero, para cuando se acercó hasta ella, la inquisidora ya se había levantado de la butaca. Dejó que vagara por la habitación sin molestarla en ningún momento. Estaba claro que algo le pasaba; la preocupación de Eliot no hacía más que crecer, y su mente pensaba rápidamente en posibles problemas que hubiera podido tener. No era en absoluto normal que se presentara así ante él, y menos aún en su propia casa y a esas horas. ¡Yulia Leuenberger nunca se mostraba débil delante de nadie!

Llegó hasta la mesa y se apoyó en ella, cruzando los brazos frente a su pecho. Su compañera terminó parándose frente al fuego y extendiendo las manos para absorber el calor que éste desprendía.

Eso es porque no eres de hielo, sólo lo aparentas —dijo, acercándose hasta ella—. Puedes confiar en mí, Yulia, pero dime qué está pasando porque me estás empezando a preocupar.

Se quedó cerca, tal y como ella le había pedido. A esa distancia podía escuchar hasta su respiración sin ningún esfuerzo, así que no le haría falta alzar demasiado la voz para que él la escuchara. Lo que le contó, sin embargo, le resultó tan inverosímil que al principio no reaccionó. Sus ojos miraban al suelo y así, abrazada como la tenía, dejó que los segundos pasaran mientras intentaba contener el llanto de ella. ¿Su madre, una sobrenatural?

Fue en ese instante en el que se dio cuenta de que no sabía mucho sobre la mujer que había sido su compañera durante todos aquellos años. Sabía que no estaba casada —algo que Jean Vaguè había aprovechado para minarla frente a toda la orden— y que vivía en las residencias que la Inquisición disponía para sus miembros. El resto de su vida era un completo misterio para Eliot, igual que toda ella. Llevó una mano a la nuca de Yulia y enterró sus dedos en su cabello, haciendo que se pegara más a él.

Yulia, no entiendo… —dijo con voz ronca, empezando a creer lo que había escuchado—. ¿Cómo que tu madre es una sobrenatural? —La separó un poco para poder mirarla a los ojos; al hacerlo, parte del sufrimiento de ella se traspasó a él—. ¿Es un vampiro, un licántropo, o…? Espera, ¿y tú?

¿Sería Yulia también uno de ellos? Eliot quería creer que no, pero si la mujer que la había traído al mundo lo era, había posibilidades de que ella también. De pronto, el calor que desprendía la chimenea se volvió agobiante, así que se llevó a Yulia de vuelta a la butaca.

A ver —la sentó y él se colocó de cuclillas frente a ella—, voy a salir un momento a pedirle a Bernadette que te prepare una tila, o algo, para que te tranquilices —dijo, acariciando sus manos—. Espérame aquí, ¿vale?

Salió de la habitación como un rayo y fue en busca del ama de llaves, que ya se iba a acostar. Aceptó rápidamente el favor de Eliot, que, sin dejar de agradecérselo, volvió al estudio. Cerró la puerta tras de sí y colgó la capa de Yulia en un perchero cercano para poder usar la silla, que colocó frente a la butaca. Se sentó con el cuerpo inclinado hacia delante, de manera que pudiera tomarla de las manos y la miró a los ojos.

Cuéntamelo todo, desde el principio —le pidió—. Nadie nos oye, esto quedará sólo entre tú y yo.

Unos golpes en la puerta anunciaron que la infusión estaba lista. La mujer entró y dejó la taza humeante sobre el escritorio, mirando a la pareja de inquisidores con curiosidad pero sin hacer comentarios al respecto. Anunció que iba a retirarse, cerró la puerta y desapareció por el pasillo.

Eliot acercó la bebida y la dejó cerca de Yulia. La removió con la cucharilla y comprobó la temperatura envolviendo la taza con una mano. La otra todavía sujetaba una de las de ella.

Si has venido hasta aquí, será por algo, ¿no? Vamos, Leuenberger, no se lo diré nadie, confía en mí. —Apretó su mano para hacerle saber que estaba de su lado—. Necesito comprenderlo del todo, porque creo que algo se me escapa.



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Yulia Leuenberger Ferrec el Vie Jul 06, 2018 10:36 pm

No sabía cómo podía soportar su presente. De tener una vida calma, sin demasiados sobresaltos ni eventos inesperados, ahora Yulia había pasado a tener dos frentes abiertos y no creía que su cabeza pudiese resistirlo. Primero Jean Vaguè con sus mentiras y ahora su madre siendo torturada. Era demasiado para ella y ahora veía que había vivido una mentira, que se había creído siempre una mujer fuerte y resuelta, independiente y superior… pero no era nada de eso. ¿Fuerte? Había llorado más en los últimos tres días que una viuda en día de entierro. ¿Independiente? No podía creerse eso si no hacía más que recurrir a su compañero –su rival directo- para pedirle ayuda para resolver sus problemas. Yulia no solo había vivido en una mentira, ella misma era la mentira.

Se dejó conducir de nuevo a la butaca, Eliot se acuclilló frente a ella para hablarle, para decirle cosas que ella no llegó a comprender porque las palabras le sonaban confusas, como si fueran dichas en un idioma que ella hacía tiempo que no hablaba. Quiso acariciarle las mejillas, pero no lo hizo. Se sentía cansada y hambrienta, sabía Dios cuántas horas había dormido en las últimas horas y lo poco que había ingerido.

Tan rápido como se había ido, Ferrec regresó y esa vez tomó asiento frente a ella. Quizás era muy evidente su pésimo estado, pues él le había tomado las manos en un gesto cariñoso que le recordó la seguridad con la que él la había abrazado y contenido al enterarse las mentiras que Jean había inventado sobre ella. Yulia quería recordarse quién era y qué representaba Eliot Ferrec en su vida, quería volver a la rivalidad, necesitaba regresar el tiempo atrás… pero no podía. La persona más inesperada la estaba ayudando, no podía ser ingrata con eso. Si había algo que en esos momentos podía confortarla aunque solo fuera un poco, eso era saber que no estaba completamente sola.


-Mis padres eran hechiceros –le confesó en voz muy baja y justo cuando lo dijo una mujer ingresó. Yulia se asustó por un momento, pero luego comprendió que Eliot había pedido para ella una tisana-. Te lo agradezco tanto –dijo, aceptando la taza que le daba con la mano izquierda, porque no quería soltar la mano derecha del agarre de su compañero. No bebió de momento, pero se llevó la taza cerca del pecho para que el calor y el aroma obraran en ella-. Mis padres eran hechiceros –repitió la declaración y su corazón aceleró su latir porque había puesto en palabras algo que toda su vida había callado-, es mi secreto mejor guardado, ¿qué más da ahora? Ya no soy nadie, pronto me expulsarán de la orden, lo presiento… Mis padres fueron perseguidos allá en nuestra tierra, ellos me enviaron a estudiar aquí, a París. Uno de mis maestros vio en mi potencial para el diseño y fue así que acabé en la Inquisición –era parte de su historia, pero muy resumida pues no era lo que importaba-. Mi padre murió y mi madre tardó años en decírmelo. Años, ¿entiendes? Nunca me enviaron dinero para poder viajar y yo creía que lo hacían por cuidarme, pero la verdad era que ella no quería tener que decirme que mi padre estaba muerto… ¡ella no quería verme! Era como si quisiera olvidar mi existencia –en ese punto las lágrimas volvieron a sus ojos, pero su voz no se quebró-. No la veía desde mis doce años y ahora… -hizo una pausa y no solo tomó aire profundamente, sino que bebió de su té. –Hoy la he encontrado en las celdas, después de tanto llorarla, después de tanto odiarla y de convencerme de que debía hacer como que estaba muerta. ¿Cómo puedo dejar morir a mi propia madre? Dios me va a castigar…

En eso pensaba, en que Lorraine no podía morir gracias a la intervención de los artefactos que Yulia misma –su hija- había ideado. Dios iba a castigarla porque, como decían las escrituras sagradas, había maldición para quien se volviese contra su propia sangre. Además del temor santo, lo que no quería Yulia era que muriese su madre sin que tuviesen oportunidad de tener la charla que se debían.

-No, no temas. Yo no he heredado nada de mis padres, ni el dinero ni los poderes. Todo lo que tengo es fruto de mi esfuerzo, he trabajado duro para comprar cada una de mis posesiones y tú lo sabes, ¡si ni siquiera tengo una casa propia! Vivo en las instalaciones de la Orden porque, aunque podría comprar una casa con mis ahorros no tendría como mantenerla. Y en cuanto a los poderes… creo que Dios quiso protegerme al no hacerme heredera de una maldición así, sin dudas quería otra vida para mí. –Volvió a beber y se llenó de la dulzura de la infusión-. Gracias por oírme, Ferrec. Siento que últimamente no hago más que llorar cuando estamos juntos.



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Eliot Ferrec el Mar Jul 10, 2018 3:55 pm

Eliot escuchó atentamente, casi sin pestañear. Aunque sus ojos no estaban fijos en un lugar en concreto, no abandonaron el rostro de Yulia en ningún momento; vagaron desde sus labios hasta su frente pasando por los hoyuelos que se le formaban en las comisuras de la boca al hablar, las marcas de las lágrimas sobre sus mejillas y los ojos anegados que no dejaban de llorar.

¿De verdad sus padres eran hechiceros? Había sido una confesión demasiado importante como para no ser cierta. La conocía, sabía que Yulia no necesitaba inventar cuentos para llamar la atención, y mucho menos algo como aquello. Si ya tenía suficientes problemas dentro de la Inquisición por culpa de Jean Vaguè, ¿para qué acudir a su casa, a altas horas de la noche, e inventarse una historia de semejante calibre? No, definitivamente, lo de sus padres debía ser cierto, y Eliot no pudo más que admirar la elegancia con la que Yulia lo había conseguido mantener en secreto aun estando dentro de la orden. Todos los que conseguían entrar pasaban un minucioso examen del que no se daban cuenta. Eran investigados a conciencia, pero nadie sabía exactamente cómo, cuándo ni donde los vigilaban, con lo que cualquier fallo, por mínimo que fuera, era detectado sin problema.

Alzó las cejas y se pasó la mano libre por el mentón, mesándose la barba. Nunca había sabido cómo comportarse con su compañera, y aunque en esos últimos días sentía que la relación entre ellos había cambiado de alguna manera, aquel fue un momento en el que no supo bien qué decirle. ¿Que todo se iba a arreglar? Menuda falacia, nadie se lo creería. Sabía bien cómo funcionaban las cosas en las celdas de la Inquisición y, si era cierto que su madre seguía allí, no le esperaba nada bueno. Y menos si tenían el rotador de falanges de Yulia Leuenberger para torturarla.

Eso sí que no me lo esperaba —terminó diciendo, al fin—. Llevamos años trabajando juntos y nunca habíamos hablado de nosotros, entre nosotros. —Acarició su mano con el pulgar y la miró—. Seguirá siendo tu secreto. Nadie aquí lo ha escuchado, y si lo han hecho, sé que no dirán nada. Y yo tampoco.

Quería dejar claro que no había cometido un error al acudir a él. De pronto, recordó la primera vez que la vio, hacía mucho tiempo, cuando entró por al laboratorio donde habían trabajado desde entonces. Él sólo llevaba un par de meses allí y, aunque el maestro Beaumont siempre dejó claro que tendría un compañero, nunca especificó su género. Le sorprendió ver entrar a una joven Yulia por la puerta, y lo primero que pensó fue que qué hacía una mujer tan guapa en un lugar como aquel. Cuando enseguida demostró de lo que era capaz lo entendió, pero nunca dejó de sorprenderle la dinámica de vida que había elegido —dedicándose, exclusivamente, a la Inquisición— cuando todas las mujeres que había conocido, en su situación, habrían optado por un matrimonio fructífero que las mantuviera. Esos pensamientos se fueron aplacando en la medida en la que la frialdad entre ambos se iba haciendo cada vez más grande, pero, ahora que la tenía frente a él buscando consuelo, volvió esa sensación de la primera vez, la que sintió cuando la vio cruzar la puerta: qué hacía una mujer tan guapa en un lugar como aquel.

No sé que puedo decirte, Yulia —confesó—. Es una situación con la que nunca esperas encontrarte, ni a uno mismo ni a la gente de tu alrededor. —Su corazón latía con fuerza; aunque ya estaba al corriente de lo que pasaba, su preocupación no había mermado—. Si me dejas que te dé mi opinión, creo que una madre nunca haría algo malo a sus hijos sin creer que es lo mejor para ellos. Con esto no quiero decir que le esté dando la razón a ella —aclaró—, porque lo de tu padre… es algo que creo que debía haberte contado. —Le apretó la mano—. Has dicho que te mandaron lejos cuando comenzaron a perseguirlos. ¿Nunca has pensado que quizá tenía miedo de que, si se ponía en contacto contigo, terminaran encontrándote?

Lanzó la pregunta con la intención de poner un poco de sentido a todo lo que estaba ocurriendo allí, en su estudio, porque aquella estaba siendo la noche más extraña de su vida.

Es sólo una idea. La única que puede darte respuestas es ella —dijo—. ¿Cuánto tiempo lleva en las celdas? Puede que no la vayan a torturar aún, hay algunos que consiguen hacer tratos con la Inquisición para liberarlos sin sufrir daños de ningún tipo. Sé que los dos trabajamos allí, pero sabes tan bien como yo que la honestidad no es algo muy común entre esas paredes, y menos aún en las celdas. Quizá podamos hacer algo para sacarla.

Se incluyó sin darse cuenta, porque sentía que, al haber acudido a él, ya era parte del problema de Yulia.



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Yulia Leuenberger Ferrec el Lun Ago 13, 2018 11:53 pm

Para alguien con una vida perfecta, como la de Eliot Ferrec, era difícil entender la disfuncionalidad en la que se hallaba Yulia desde que tenía alrededor de diez años de edad. Y ella no lo culpaba, ¿cómo iba a entender lo que era crecer despreciando a la propia madre si la de él era una mujer amorosa? ¿Cómo iba a ver el dolor que Yulia cargaba desde pequeña si todo en su mundo seguía los patrones ideales? Había crecido en una familia bien constituida, ella lo había hecho sola a medio mundo de distancia de sus padres. Definitivamente no lo culpaba, pero aquella idea de la perfección de él contra la vergüenza de la vida de ella era francamente abrumadora. Se sentía pequeña en comparación a él cada vez que se medían fuera del laboratorio, era como si solo allí Yulia pudiese estar igualada a él, pero en cualquier otro ámbito salía desfavorecida.

-No lo entiendes, Ferrec. No puedes verlo porque tu vida es demasiado perfecta, pero mi familia no… cielos, ni siquiera puedo llamarlos familia –pensó en voz alta-. Mi madre es… no sé cómo debería definirla para que pudieras entenderme. Siento que la cabeza va a estallarme –dijo y se llevó ambas manos a la frente, necesitaba tranquilizarse.

Se sentía perdida, y no era un simple sentir pues en verdad lo estaba. Vagaba sin rumbo dentro de ella misma, pensaba y volvía a pensar las mismas cosas pero no le hallaba a nada el sentido.


-Sí, lo he pensado –le reconoció-. De hecho es lo que siempre deseé creer, lo primero que pensé cuando supe lo ocurrido… pero el tiempo es cruel, Ferrec, el tiempo agiganta a cualquier demonio y le da alas a los miedos.

Qué semana horrible estaba teniendo, ¿qué estaba haciéndole pagar Dios con todo eso? Deseaba tanto abrazar a Ferrec, volver a sentir su perfume bien cerca de ella, que le dijese palabras amables susurradas como lo había hecho el día que ella había peleado con Jean Vaguè. Sí, que le susurrara cuánto la admiraba, que le dijese cerca del oído lo valiosa que era… sentirse cercana a él era lo que más necesitaba y quizás fuese por eso que había cabalgado hasta allí, pero Yulia Leuenberger era demasiado orgullosa –o demasiado cobarde- como para pedirle aquello a su compañero, aunque tuviese la certeza de que él no le negaría su abrazo. Habría dudado de aquello hacía un mes atrás, pero ahora podía asegurarlo: Ferrec le tenía cariño después de todo y eso era tan extraño como maravilloso. Lo valoraba, aunque no pudiese decirlo.

-Solo dos días, quizás tres. La han interrogado ya, pero no han ido fuerte con ella de momento –le dijo e hizo lo único que se animaba a hacer: tomó sus manos-. Sé que allí no es conveniente confiar en nadie, todos hemos traicionado alguna vez y seguro lo volveremos a hacer… pero yo sí confío en ti. Espero que sepas que acabo de poner en tus manos el secreto que mejor había guardado en mi vida, puedes destruir lo poco de mí que queda si sabes usarlo a tu favor, pero si me ayudas, si me cuidas las espaldas, te estaré siempre agradecida y te deberé un gran favor, Ferrec.



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Eliot Ferrec el Mar Ago 14, 2018 5:47 pm

Escuchar a alguien decir que no podía llamar a su familia como tal era desolador para Eliot. Ver a Yulia tan perdida y derrumbada también ayudó a que el nudo de su estómago se apretara más y más. Si había cabalgado hasta su casa en mitad de la noche, era porque realmente no tenía a nadie más a quién acudir, y eso sólo reafirmaba lo que la propia Yulia le acababa de confesar. Quiso abrazarla —porque, verdaderamente, no encontraba palabras para consolarla—, pero estando sentados uno frente al otro era complicado hacerlo. Se limitó a acariciarle los brazos y a esperar a que se le pasara un poco la congoja.

Si sólo lleva dos o tres días, todavía tenemos tiempo de hacer algo. Suelen tenerlos una semana, como mínimo, antes de pasar a lo siguiente.

Eso si los presos aguantaban el dolor, pero se abstuvo de decirlo en voz alta. Lo que Yulia necesitaba eran opciones y buenas noticias, no malos augurios.

Te he dicho que puedes confiar en mí, y eso has hecho —dijo, sujetando sus manos—. No voy a contarle esto a nadie, primero porque te lo he prometido, y, segundo, porque si gano quiero que sea por ser mejor que tú, no porque te hayan quitado del medio —dijo—. Yo no soy como Vaguè, no me gusta el juego sucio.

Se frotó los ojos y miró la chimenea. El fuego se iba consumiendo poco a poco, y ya sólo quedaban unas pocas ascuas entre la ceniza. Eliot se levantó y se acercó para atizar los troncos, avivando el fuego un poco, pero no lo suficiente. Si quería que no se apagara debería meter más madera seca, pero lo cierto era que el sueño se había adueñado de él y sólo pensaba en meterse bajo las sábanas y dormir.

Es tarde, no puedo pensar con claridad. —Volvió a acercarse a ella y la tomó de una mano para ayudarla a levantarse—. Hay una habitación de invitados en la planta de arriba. Siempre está preparada, por lo que pueda pasar.

Ni siquiera le preguntó si quería quedarse a dormir. No pensaba dejar que cabalgara sola y a esas horas por la ciudad, por muy fuerte y decidida que fuera. París de noche no era segura, eso sin contar con que hacía un frío que podía matar a los mismos muertos.

También hay una cómoda con algo de ropa de Anna. Seguro que encuentro algún camisón que puedas utilizar. —La miró de arriba a abajo un momento—. Creo que te valdrán. Ven, te acompañaré. Además, hay algo de lo que quiero hablar contigo. Tiene que ver con lo de Vaguè.

No sabía si ese era el mejor momento para contarle sus planes, pero ¿cuándo lo haría, si no? ¿Cuándo tuviera que vaciar su recámara porque la habían expulsado de la orden por ligera de cascos?

Eliot pasó una mano por los hombros de ella y la acercó hacia sí para reconfortarla. Después, la tomó de la mano y la guió en silencio por los pasillos de su casa. No quería que ni su madre ni su hermana se despertaran, porque, si la veían allí y conociéndolas, no dejarían de hacer preguntas incómodas que ni él ni Yulia estarían dispuestos a contestar. Por suerte, la habitación estaba al inicio del pasillo, mientras que las habitaciones de las mujeres estaban al fondo. Anna tenía el sueño profundo y su madre, por cosas de la edad, no oía bien, así que creía que no se darían cuenta de la presencia de Yulia hasta que la vieran a la mañana siguiente —eso, si ellos no se marchaban antes a la sede de la Inquisición—.

Nada más entrar en el cuarto, Eliot encendió una vela y la dejó sobre la cómoda. Después abrió un cajón y rebuscó entre las ropas hasta encontrar un camisón.

Puedes usar esto para dormir. Creo que es mejor que te quedes hoy, es tarde, hace frío y la ciudad no es segura a estas horas. No dejaría que ni Anna, ni mi madre salieran solas, así que tampoco voy a dejar que lo hagas tú. Y, no te voy a engañar, tengo demasiado sueño como para acompañarte hasta la base. —Se frotó los ojos y sonrió—. Mañana podemos ir a los laboratorios desde aquí, así tendremos tiempo para pensar y hablar sobre qué hacer con lo de tu madre.

Después se calló un momento y se rascó la barba, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra, pensando en cómo enfocar el asunto de los dichosos rumores. Decidió que lo mejor sería ir al grano, así que respiró hondo, se humedeció los labios y la miró a los ojos. Aquello era peor que acompañar a Samuele en sus misiones de soldado.

He estado pensando en el asunto de Vaguè estos días, en si hay algo que pueda hacer para desmentir esos rumores —explicó en voz no muy alta; aquello no podía salir de esa habitación por el momento—, pero sólo se me ha ocurrido una cosa —tragó saliva y carraspeó para aclarar la garganta, que se le había secado de pronto—: que te cases conmigo.



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Yulia Leuenberger Ferrec el Vie Ago 17, 2018 12:31 am

Quedarse en la casa de su compañero estaba mal, si alguien se enterase de aquello podría alimentar las habladurías en su contra, pero volver a esas horas a la base también podía ser peligroso porque estar a esas horas fuera de las habitaciones no eran correcto para una dama como ella. Si fuese una soldado o una espía podría tener la excusa de las misiones… pero su única misión estaba en los laboratorios por lo que ni siquiera tenía con qué justificar lo que hacía a esas horas fuera de la base. Como fuera, hiciera lo que hiciera, la gente hablaría de ella, así que como igual daba decidió aceptar la invitación cordial de Ferrec. Simplemente lo siguió a través del pasillo –de su mano, como si hubiese cierto cariño que los uniese-, esperando que él le dijese a donde entrar y qué hacer, estaba cansada de pensar y tener solo que obedecer le supuso un extraño alivio, aunque simplemente fuese algo momentáneo.

¿Hablar sobre Vaguè? Era lo último que quería hacer, aunque tampoco podría decir que lo de su madre le importaba más que el honor que Vaguè se había encargado de pisotear, la verdad era que en esos momentos tenía la mente dividida y ninguno de sus pensamientos le daba paz.


-¿Qué pensará tu madre de mí? –dijo al ingresar junto a él en la habitación, pero en realidad ya nada le importaba. -No te culpo, tampoco creo posible que pueda cabalgar de vuelta… me duele el cuerpo, no resisto una mala noticia más en mi vida –le confesó, mostrándose más sincera que nunca con él.

Su mente había buscado distenderse, pensar en cosas de menos importancia –como la ropa de cama o la cabalgata que no realizaría-, pero la seriedad de Eliot y la propuesta fueron un cimbronazo para Yulia Leuenberger que se puso de pie de inmediato sin poder cerrar la boca –abierta de asombro-, pero sin hallar tampoco qué decir. ¿Le estaba proponiendo matrimonio? ¿Veía eso como solución? ¿Y por qué él haría algo así por ella? Su mente, siempre ágil, repasaba las nuevas opciones que se abrían ante ella… sin dudas un matrimonio entre ellos solucionaría muchas cosas, acabaría la rivalidad -¿sí?- y sería una alianza que dejaría a Vaguè, y a todos, muy en claro de quien era ese laboratorio. Además podía ser una solución que apaciguara las habladurías con respecto a su honor pero, ¿de verdad era tan fría como para usar de ese modo a Eliot Ferrec?


-No sé qué decir, yo… No sé si lo entendí bien, ¿casarnos? ¿Por qué harías algo así por mí? No lo entiendo, Ferrec. Vaguè nos odiaría mucho más de lo que ya nos odia –sonrió, eso era lo mejor de todo-, no podrían quitarnos el laboratorio si estamos así de… bueno, así de unidos. –Sí, en verdad lo estaba considerando como una buena opción, y no podía creer que así fuera. –Es un sacrificio demasiado grande para ti, ¿no quieres casarte por amor? ¿No quieres casarte con la heredera de alguna familia adinerada? –Se acercó a él para sostenerle de cerca la mirada. –Eres inteligente, generoso y apuesto, puedes tener a la mujer que desees, ¿por qué te sacrificarías por mí? –volvió a preguntarlo porque todavía no creía que fuese cierto-. Si he de serte sincera, nunca he pensado en el matrimonio como algo bueno para mi vida. Criar niños, mantener una casa… no, todo eso no es para alguien como yo, sabes bien que todo lo que hay para mí está en ese laboratorio. Nunca había pensado en el matrimonio como una opción para mi futuro hasta este momento, Ferrec, te lo confieso.

Deseaba acariciar su rostro, tomar otra vez su mano en agradecimiento porque, aunque no podía creerlo, algo le decía que Ferrec estaba siendo desinteresado en su propuesta, lo estaba haciendo para ayudarla, Yulia podía verlo en su mirada y no acreditaba que alguien quisiese hacer algo así por ella que solo pensaba en sí misma –motivos tenía, si no se cuidaba a sí misma nadie más lo haría-.

-¿Soy una mala mujer, Ferrec? Dime, ¿qué piensas de mí? ¿Puedo ser capaz de dejar morir a mi propia madre? -Ella sabía que sí, que era capaz de algo así, pero en realidad lo preguntaba porque deseaba saber qué pensaba Ferrec de ella. Necesitaba saber qué era lo que lo había llevado a querer hacer tal sacrificio como era casarse con su mayor rival. -¿Sería capaz de casarme contigo solo por salvar mi honor? Te agradezco la propuesta –tardó dos segundos en dar con la palabra-, no me negaré pero tampoco puedo aceptar, no sin tomarme el tiempo de pensar bien.



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Eliot Ferrec el Dom Ago 19, 2018 4:59 pm

¿Por qué se sacrificaba por ella? Esa era una buena pregunta a la que iba a intentar dar respuesta. En realidad, aunque aparentemente la que salía ganando de todo aquello era Yulia, él tampoco se iría con las manos vacías. Su soltería era conocida por todos los que lo rodeaban y, aunque Eliot no tenía ninguna intención —ni ganas— de contraer matrimonio, sabía que tarde o temprano debía hacerlo, pero sólo el hecho de recordar la actitud pasiva y tradicional de las mujeres que había conocido le daba mucha pereza. Pocas le causaban tan buena impresión como para dedicar unas horas a conocerlas mejor y, aunque esas le resultaran mujeres agradables con las que hablar, todas tenían algo que él detestaba: ninguna le llevaba la contraria, sino que aceptaban lo que él decía sin rechistar. Todas tenían claro que su cometido en la vida era traer hijos al mundo y cuidar la casa, exactamente lo que la sociedad les había enseñado y para nada lo que Eliot deseaba de un matrimonio. Quizá por eso no se había casado aún, porque encontrar una mujer que tuviera sus propias opiniones era imposible de encontrar.

Se sentó en la esquina de la cama y apoyó los codos sobre las rodillas, dejando escapar el aire que había mantenido retenido en los pulmones.

Casarme con una rica heredera ¿para que? ¿Para tener más asuntos que gestionar? —la miró un momento y apoyó la cabeza en las manos—. Mi padre ya me dejó bastantes cosas cuando murió, no tengo tiempo para nada más —se peinó hacia atrás con los dedos de ambas manos—, y hace tiempo que me resigné a casarme por amor. Las mujeres que he conocido no me atraen tanto como para siquiera planteármelo.

¿De verdad estaba hablando con Yulia sobre sus gustos en lo referente a mujeres? ¿Con Yulia Leuenberger? Debía estar volviéndose loco, o el sueño le estaba jugando una mala pasada.

Si no te casas, teniendo en cuenta los rumores del estúpido de Vaguè, enseguida no tendrás ningún laboratorio al que ir —dijo, de forma muy seria—. Oí a Benedetti hablar con un superior hace un par de días. Están bastante ofendidos con todo ese asunto, Yulia, y todo apunta a que le creen a él. Si no te han expulsado todavía, no creo que falte demasiado para que lo hagan. —Suspiró y se frotó los ojos. Estaba cansado—. Y, aunque quiera, no puedo ir a donde Benedetti y decirle que todo lo que dice Jean es falso, porque una de dos: o no me cree y se ríe de mí, o se piensa que tú y yo nos hemos —se calló de pronto y carraspeó— acostado sin estar casados, así que no solucionaría nada de ninguna de las maneras. De hecho, creo que hasta las empeoraría.

Se rascó la barba y la miró. Samuele era el único con el que se había sincerado así antes. Era una sensación extraña la de estar con Leuenberger en su casa, hablando de cosas que nada tenían que ver con el trabajo que hacían en el laboratorio, cuando habían sido rivales desde el momento en el que se habían conocido. Ahora, sin embargo, no estaban sólo tratándose casi como amigos, sino que le había propuesto que se casara con él. Eliot mentiría si dijera que se esperaba esa reacción por parte de su compañera; se lo había dicho seguro de que recibiría una negativa rotunda y que no dejara lugar a otras opciones. Por un momento, había olvidado lo ágil que era Yulia cuando se trataba de hilar ideas, y estaba claro que había captado enseguida la que él había tenido.

Llevo un tiempo pensando que somos mejores cuando trabajamos unidos que cuando rivalizamos —confesó—. Estoy cansado de intentar ser mejor que tú; no me lo pones nada fácil, Leuenberger —sonrió de medio lado antes de seguir—. Prefiero compartir el laboratorio contigo antes que dejar que esta estúpida carrera destruya el trabajo del maestro Beaumont. Y, sobre todo, antes de que se lo quede todo Vaguè. Tú lo has dicho: si estamos unidos no nos lo podrá quitar.

La Inquisición no lo era todo para Eliot, puesto que tenía muchos otros asuntos de los que preocuparse. Sí era, no obstante, lo único que hacía por verdadera vocación. Los negocios que llevaba habían sido primero de su padre, y de su abuelo antes. Ahora era su turno de gestionarlos, pero eran algo heredado y que no tuvo opción de elegir. El laboratorio era lo que él amaba de verdad, y perderlo por estar peleando por un puesto que podía conseguir casándose con Yulia era algo que no estaba dispuesto a permitir.

No te estaría proponiendo que te casaras conmigo si creyera que eres una mala persona —dijo—. A mí también me beneficia una boda, Leuenberger, así que, en realidad, nos estaríamos ayudando mutuamente. —Tragó saliva antes de continuar—. Mi padre no tenía hermanos, y si no me caso no tendré posibilidades de tener un heredero, lo que hará que los negocios se resientan. Una boda ayudará a que todo fluya y me dará unos cuantos años de tranquilidad. Mi familia vive de eso, no puedo mirar para otro lado. Esto funciona así. —Se encogió de hombros—. Puedo casarme con otras mujeres, es cierto, pero son pocas con las que consigo mantener una conversación interesante, y ninguna es como la que pueda mantener contigo. —Sonrió—. Además, a mí madre le gustas.

Se levantó y estiró la espalda, haciendo que las vértebras crujieran sonoramente, y se acercó a la puerta de la habitación. Agarró el pomo y se giró hacia Yulia.

Piénsalo, tómate el tiempo que necesites. Mañana saldremos pronto; cuanto antes lleguemos, antes podremos ver qué hacer con lo de tu madre. —La miró—. Descansa.

Abrió la puerta con cuidado y salió, cerrándola tras de sí.


***

Apenas había dormido unas horas; se acostó tarde y se levantó temprano para poder preparar algo de desayuno antes de que el resto de personas se despertara. Aprovechó que Bernadette ya estaba al tanto de la inesperada visita —y que era increíblemente discreta cuando de los asuntos de esa casa se trataba— para que le ayudara a preparar la bandeja que le subiría a Yulia a la habitación.

Subió las escaleras despacio para que la vajilla que llevaba no hiciera demasiado ruido. Hasta que no salieran por la puerta principal, Eliot no tenía todas consigo de que algún miembro de su familia no los fuera a ver juntos.

Dejó la bandeja en la mesilla de noche y se acercó a la cama.

Yulia —susurró, posando una mano en su hombro y agitándolo con suavidad para despertarla—. Yulia, despierta. Tenemos que salir cuanto antes; sólo Bernadette sabe que estás aquí, y si alguien más te ve, se imaginarán cosas que no son —dijo, con prisa—. Te he subido algo para desayunar. Yo tengo que recoger algunas cosas, así que, cuando termines, te veré aquí fuera, en las escaleras.

Se incorporó y cogió un par de uvas de la bandeja —que se comió rápidamente— antes de salir hacia su habitación.



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Re: Once mil pedazos | Privado

Mensaje por Yulia Leuenberger Ferrec el Lun Ago 20, 2018 2:24 pm

Nunca había creído que Eliot Ferrec la admirase, alguna vez se lo había dicho –aunque no explícitamente-, pero ella había pasado de eso creyendo que se trataba de vana palabrería. Ahora, con todo lo que estaba diciéndole para respaldar su idea de matrimonio, Yulia sentía que él de verdad la consideraba especial y no sabía cómo sentirse al respecto.

Tembló al saber que su caso estaba en boca de Benedetti, estaba perdida y ya lo sabía, pero odiaba a Eliot por no habérselo contado antes, ¿qué había estado pensando como para no decírselo de inmediato? Tuvo que recordarse que no eran amigos, que Ferrec no le debía lealtad alguna, y eso solo le hacía dudar más de idea de él, algo debía ganar para sí con aquella apuesta y por eso se quería casar con ella… afortunadamente él le soltó una explicación perfectamente creíble.


-Antes que dejarle todo a Vaguè me caso hasta con el viejo Hokins, el bibliotecario –dijo, para distender. Al menos no era ese hombre tan desagradable el que le proponía matrimonio, sino Eliot.

De pronto, a través de lo que revelaban las palabras de él, se imaginó entrando de su brazo a la base. Llevando en su vientre los hijos de Ferrec. Sabía que eso no era para ella, que su vida estaba en el laboratorio y que nada de lo que ocurriese fuera de allí le importaba, pero la idea de tener una familia real de pronto dejó de disgustarle. Tal vez podían tener solo un hijo, un niño que aprendiese todo de ellos y que algún día continuase con su legado.


-¿Crees que Beaumont aprobaría esto? Nuestra boda… ¿crees que estaría de acuerdo? –preguntó, un tanto melancólica ante el recuerdo del gran maestro que ambos habían tenido-. Deja, no me respondas eso. Yo sé bien que en realidad nada habría ocurrido si él estuviera, Vaguè no habría inventado sus sandeces. –Hizo una pausa y lo miró directamente a los ojos, esos hermoso ojos que ella tanto había odiado pues muchas veces la habían mirado con aires de superioridad-: A ver si lo entendí bien. ¿Me salvas el honor casándote conmigo a cambio de que te ayude a tener herederos? ¿Es eso? ¿Quieres un hijo, un Ferrec que cuide todo lo que hoy cuidas tú? –El trato le parecía justo, aunque implicase absoluta confianza entre ambos y un compromiso total porque las dos cosas, el matrimonio y el heredero, eran para toda la vida-. Me parece un trato justo, pero me temo que no puedo darte una respuesta hoy, no con todo lo que acabo de vivir. Mi madre ocupa todo en mi cabeza en estos momentos… Te agradezco por todo, por cada cosa que hiciste y por cada cosa que harás por mí –dijo lo último sabiendo que más tarde o más temprano acabaría aceptando su idea-, pero hoy no puedo responderte. No estoy en condiciones de decidir si deseo o no atar mi vida a la tuya en estos momentos, pero agradezco el sacrificio, de verdad que sí.


****


Contra todo pronóstico, Yulia durmió muy bien. En su cabeza los pensamientos fatídicos que tenían como protagonista a su madre dieron paso a unos más felices, acabó aceptando aquello que siempre había querido negar porque, ¿qué hacía una mujer fría como ella deseando tener una familia? Sí, aceptó que siempre había soñado con ser hallada por un buen, pero que había tapado ese deseo con excusas porque ningún hombre iba a valorar su inteligencia, ninguno aceptaría que ella se dedicase a la Inquisición, no la querrían porque poco poseía –solo sus ahorros bien guardados en el Banco de París-; pero Ferrec de pronto había aparecido con esa idea, en el momento más necesario, deshaciendo todos los pretextos que ella siempre había tenido. Estaba tan confundida como ilusionada, necesitaba sentarse a solas y valorar la opción con una libreta para anotaciones frente a sí.


-Ferrec, no me toques –dijo, sin abrir los ojos pero sintiendo la presencia de su compañero a su lado. –Sí, te encontraré en unos minutos –le aseguró y se giró en la cama.

Yulia odiaba las mañanas, le costaba muchísimo despertarse temprano y en general era cuando más malhumor cargaba… pero no estaba en su habitación de la base, sino en la casa de Ferrec y no podía quedarse holgazaneando aunque quisiera. Lentamente, como si le doliera el cuerpo, se incorporó y tardó más en peinarse que en vestirse pues su cabello estaba enredado y no halló un cepillo adecuado, acabó recogiéndoselo en un rodete alto y algo desprolijo para su gusto, pero no podía hacer más. Cuando acabó, la infusión del desayuno estaba fría y Eliot ya la esperaba –había oído ruidos en el exterior-, pero comió las frutas y bebió el vaso con agua.

Con un hondo suspiro salió de la habitación y recorrió el pasillo que acababa en unas escaleras traseras, allí encontró a Ferrec. Lo saludó con una sonrisa y estiró su mano para tomarse de su brazo, pero no le dijo nada hasta que el frío del exterior se coló por un ventanal abierto y ella recordó algo:


-¡Me he dejado la capa! Está en tu escritorio, ¿cierto? –Se giró con ánimo de ir en busca de su abrigo y fue allí que descubrió que alguien los observaba-. Madame Ferrec, buenos días –saludó cortés a la madre de Eliot, aunque con las mejillas encendidísimas por la vergüenza. Ahora la mujer también tendría motivos para dudar de su moral.


TEMA FINALIZADO



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