Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Horatio Coxon el Jue Abr 12, 2018 10:01 pm


“Cousins of the antichrist are hiding everywhere,
watching as we let our guard down smiling as we eat their lies.”
— Chelsea Wolfe, Cousins of the Antichrist


Jamás le había gustado la noche, pero debido a la naturaleza de su socia, no podían reunirse en otro momento del día. Tampoco le gustaban los vampiros, y ahí estaba ahora, esperando a una. A pesar de todo, Horatio no era de los que fueran tajantes, lograba ver con bastante claridad los claroscuros de una situación, como esa en la que se había metido hace tanto y que ahora era de lo que vivía. ¿Quién iba a pensarlo? Viéndolo tan correcto, dedicado a algo tan ilegal. Pero a tiempos desesperados, medidas desesperadas. Él sólo había hecho lo necesario para sobrevivir, y que su hija no sufriera… más de lo que ya lo había hecho, y mucho de ello por su causa, tampoco escondía la mano una vez lanzada la piedra. Era completamente inverosímil en ese ámbito, tan cabal, tan incorrecto al mismo tiempo. Horatio había aprendido a vivir con sus contradicciones.

Escuchó a algunos marineros beodos maldecir a lo lejos y la verdad no quería problemas, así que se ocultó en las sombras antes de seguir avanzando. Recibiría una carga de armas nuevas, disfrazada de telas de Oriente, pero un informante le había dicho que todo era una trampa. Y él solo habría podido lidiar con ello, pero si su sociedad había perdurado era por la transparencia. Eso era inherente a él, y no lo pensaba demasiado, pero la pregunta habitaba: ¿ella sabría el beneficio de tenerlo a él, precisamente a él, como socio? Es que otro ya habría tratado de verle la cara, sin éxito, claro, que engañar a un vampiro no era cosa sencilla. Pero no Horatio, ni con todo lo que tenía a su favor, como la magia. A la larga, creía, se obtenía más con una relación sólida que con una traición tras otras. No sólo en su negocio, sino en general, ya no existían hombres como él.

Al fin llegó al muelle indicado, donde el barco mercante holandés ya estaba anclado, pero no había movimiento. El primero a bordo se acercó, pero Horatio le dijo que esperaran a que llegara su socia. Desde ahí ya podía oler la pólvora, y no sabía si de las armas o de la trampa. Pero esta gente no sabía con quién se estaba metiendo, no lo creía por él, sino por su socia. Eso pasaba por probar nuevos transportistas, pero es que el capitán pasado que los ayudaba, un hombre portugués, quién sabe qué cosa le había hecho a la inmortal, porque un día sólo le avisó que estaba muerto; corrección: que lo había matado.

La sombra de la mujer llegó primero a él, proyectada en el suelo por las farolas. Horatio miró aquel contorno oscuro para luego alzar la vista y sonreír.

Amancay. —Alzó los brazos—. Tan hermosa como siempre —le dijo y cuando la tuvo cerca, tomó su mano helada y la besó. Horatio hace años que no salía con nadie, era un viudo enfocado a su hija, pero recordaba los protocolos y le gustaba desenpolvarlos cuando estaba con ella. Sin decir nada más, la tomó por un codo antes de que siguiera avanzando y la alejó del primero a bordo.

¿Leíste la carta que te mandé? La segunda —preguntó. Y es que le había mandado una primero, diciéndole cuándo y dónde, en ese momento aún no tenía el pitazo de la trampa, pero en cuanto lo supo, escribió una segunda misiva, urgiéndola a estar presente. Horatio no era de esos criminales sanguinarios, pero en ese negocio sólo así podían solucionarse las cosas, sino les seguirían viendo la cara—. Creo que creen que somos novatos, vamos a dejar que sigan pensando eso —le dijo al oído y al separarse, la miró con las cejas levantadas.


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Re: The Grime and the Glow → Privado

Mensaje por Amancay el Miér Jun 06, 2018 5:39 am

Hacía poco tiempo –y con poco se refería a unos treinta años- que Amancay había descubierto que amaba montar, pero sus caballos morían demasiado pronto como todas sus mascotas y eso la devastaba. Se encariñaba con un perrito, le daba lo mejor de sí y al cabo de diez años acababa muerto y ella con una depresión que orillaba a Boudica a tener que ponerle el cuello de un hombre bajo las narices, prácticamente, para que Amancay no muriese de inanición. Ahora que había aprendido la lección, solo se quedaba con los caballos dos años, luego de eso los regalaba a los amigos más queridos que se iba haciendo para que ellos los disfrutasen y para que ella misma no tuviera que verlos morir. Quería que los animalitos fuesen como ella, inmortales, pero eso no funcionaba así en ellos.

A lomos de Jerry, su frisón joven y hermoso, Amancay llegó al puerto, punto de encuentro con su querido socio y con los contrabandistas que habían contratado hacía poco. A decir verdad, Amancay iba solo para hacer acto de presencia, bien podía hacerlo todo Horatio pues confiaba en él enteramente. Ella solo ponía su cara más seria y segura, cuando en su cabeza entendía solo la mitad de las cosas que se decían. Amancay hacía lo que Horatio le recomendaba y se sentía afortunada de haber encontrado a un hombre como él, de seguro el único bueno que quedaba en Francia.

Desmontó a unos metros del punto acordado y se acercó a donde sabía que su socio se hallaba aguardando. Le gustaba ser esperada, era adrede que siempre llegaba unos minutos tarde a los encuentros.


-¡Horatio, mi querido! –exclamó con genuina alegría al verlo. El hechicero era una belleza de persona, siempre amable, siempre cortés, inteligente y sonrisal-. Recuérdame que te comente algo sobre mi caballo, por favor. –Quería regalárselo, pero estaba segura de que se olvidaría de aquello si él no se lo recordaba antes que la noche acabase.

Se apartó con él cuando el hombre se lo indicó, lo notaba nervioso y él no solía ponerse así. Las sombras los recibieron para cuidarles los susurros en los que hablaron. Lo notaba inquieto, pero Amancay sabía que si algo malo ocurría él ya sabía como solucionarlo, era una persona muy resolutiva.


-Oh, sí, tu carta… La leí, pero no la comprendí –le dijo con sinceridad-. ¿Qué ocurre? ¿Diogo ha…? Ah, ahora me recuerdo que Diogo está muerto. –Se privó de decirle que el portugués tenía un sabor horrible, una sangre excedida en ron barato. –Sí, que crean que recién empezamos, me parece bien mientras nos entreguen las armas. ¿El contacto que tenemos en la prisión no las espera para finales de mes? No podemos quedarnos sin ellas, caería la toma de la prisión y con ella nuestro negocio, Horatio. No van a arruinarnos nuestro plan, actuemos, finjamos, pero si la cosa se pone aburrida y extensa no me importaría comenzar una pequeña batalla. Además tú sabes hacer algunas cositas, estoy segura… nunca te he visto usar la magia, ¿acaso no confías en mí, querido?




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Re: The Grime and the Glow → Privado

Mensaje por Horatio Coxon el Sáb Ago 18, 2018 5:06 am


Sonrió y asintió, sin responder, apuntando mentalmente decirle a Amancay sobre su caballo al finalizar la noche, que esperaba, fuera más tranquila de lo que ya auguraba. Aunque siendo él, se dijo, seguramente todo iba a resultar peor. Suspiró, debía concentrarse.

Bajo otras circunstancias, habría puesto cara de duda ante los comentarios ajenos, pero a estas alturas ya conocía a la mujer y no dijo nada, al menos agradeció que no le diera detalles sobre cómo terminó el desdichado de Diogo. Aunque si era sincero, le daba curiosidad que había hecho el muy idiota como para merecer ese desenlace. En fin, quizá en otra ocasión se atrevería a preguntar, ahora tenían algo más urgente entre manos.

Finales de mes, sí. Lo que sucede es que recibí un aviso sobre que tal vez todo esto sea trampa, por eso quería que estuvieras. Por eso y porque me gusta cerrar estos tratos juntos. —Le guiñó un ojo—. Quería ver si tus habilidades nos podían ayudar un poco, no sé, ¿no ves, hueles, sientes o escuchas algo diferente? Yo sólo veo muy solitario el barco, debería haber más gente —dijo y volvió el rostro hacia el navío, donde sólo se veía la silueta del primero abordo y el punto rojo de un cigarrillo que había encendido.

Oh, Amancay, es que me sentiría intimidado usando mi magia frente a ti. —Tocó el brazo ajeno. No era momento de coquetear, se recordó, menos con su socia, aunque le era inevitable y al pasar de los años había estado haciéndolo, siempre de manera inocente, no quería ser receptor de la furia de su compañera—. En fin, era eso. Si queremos que esto salga bien, hay que andarnos con cuidado, sé que es mero protocolo, que peores cosas hemos enfrentado, pero… ya sabes, nunca me siento tranquilo cuando existen estos contratiempos. —Chasqueó la lengua porque sin duda esto era un problema con el que no le gustaba lidiar.

Entendía que en ese negocio eran más los que jugaban chueco, pero aún así no lo entendía. Para ser un contrabandista, Horatio resultaba demasiado íntegro. Tomó a Amancay del codo una vez más, para regresar a donde estaba el hombre esperándolos.

Eres más rápida para esto —le dijo al oído mientras se acercaban—, si detectas algo raro, actúa, no pienses mucho en mí, ¿de acuerdo? —terminó de decir y al momento siguiente esbozó una sonrisa, porque ya estaban frente al primero a bordo.

Hey, ¿y tu capitán? Queremos hablar con él —dijo con tono profesional y el marinero dio una calada a su cigarrillo, que ya casi se consumía por completo en su mano. Horatio fijó su vista en ese hecho.

El hombre sonrió y como acto reflejo, el hechicero se puso alerta. Casi se interpone entre Amancay y el otro, pero luego recordó que la mujer podía defenderse sola, es más, que si algo se salía de control, ella era la que tenía todas las de ganar.

Entonces el primero a bordo arrojó el cigarrillo hacia el barco usando sus dedos pulgar e índice, de ese modo logró que llegara más lejos, hasta cubierta, y fue como una señal, pues en ese momento aparecieron unos seis hombres, todos habían estado ocultos en el barco, y no parecían con intenciones de querer cerrar el trato.


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