Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Éferon Gianetti el Lun Mayo 21, 2018 3:26 am

“Tempo.”




Nada había cambiado desde entonces, seguía siendo el mismo hombre que negociaba entre las sabanas, picaras sonrisas y se perdía entre fogones, olvidándose del mundo. Un mundo que sólo lo veía como un “acompañante”, el perfecto caballero que llevar del brazo. Éferon Gianetti se había convertido en invitado imprescindible a cada evento o fiesta que se celebraba en la alta sociedad, según la madame, era tan solicitado que en una noche ganaba más que las diez cortesanas de lujo que disponía. Para él no sólo era perderse entre las sabanas, el trato caballeroso,  una buena conversación y hacer a la otra persona sentirse dichosa y especial, aunque fuese ese instante.

En su oficio era una diamante en bruto, poco a poco conseguía deshacerse de deudas, podía afirmar que se encontraba en un descanso después de tantos meses, un suspiro a su vida, en la que tranquilo... por fin podía acudir a ciertos eventos por méritos propios y no porque alguien le reclamase. Sus compañeros de profesión le respetaban, en aquel lugar se consideraba una gran familia, no importaba de dónde procedieses con tal de empezar de cero y labrar tu propio futuro, allí...nadie estaba obligado a ejercer el oficio.

-Sophie, grazzie por recogerme mi preciado
piccolo:
, sí...me refiero a mi traje ¿a quién si no? La señora Gilbert tiene buen gusto y también me consiente demasiado, para algo soy su favorito
-la eterna amiga de la familia, había creado un entrañable vínculo con el italiano, lo conocía desde niño y no pudo pasar por alto ciertas necesidades, a ella le sobraba el dinero y como no tenía hijos ¿por qué no gastarlos en él? El traje negro perfectamente planchado, colgaba en el perchero del armario, esperando a ser tomado para esta noche -¿Quién será la afortunada, Gianetti? Oh vamos, no vas a ir así por nada...¿o esperas que alguna jovencita bonita y rica te eche el lazo? Se acabarían todos tus problemas aunque...también te aburrirías, nadie quiere una vida como esa -el italiano se echó a reír, iba de impoluto negro elegante, el color que más le resaltaba.

Terminó de colocarse la chaqueta y admirarse en el espejo, estaba listo para divertirse, ser quién acudiese sin ninguna señora a su alrededor. Hoy la noche era suya, descansaría por unas horas de sus obligaciones y se sumergiría en una cara botella de champagne francés., en eso pensaba al cruzar la calle, su eterna sonrisa no aparecía de sus labios, se ensanchó más cuando cruzó el portal tras entregar su invitación.

El salón decorado con tonos dorados, parecía brillar por sí solo, los presentes se giraron al ser anunciado, recibiendo reverencias y respondiéndolas a la par que su sonrisa dejaba claro que no era de nadie esa noche. Y como no, sus dedos atraparon una copa, llevándosela a los labios...una fiesta como esa costaba más de un mes de sus servicios, lo que no cayó en la cuenta fue en...¿quién serían los anfitriones? Tanto tiempo alejado de ese mundo sin ser él mismo...

-Tendremos que buscar alguien conocido pues... -buscó con la mirada felina cuando antes tan siquiera alzar la mirada entre la gente, un grupo de señoras lo arrinconó en una de las paredes decoradas , iluminándolo aún más si cabe -Signorinas, per favore... prometo un baile a todas -la sonrisa impecable y seductora de quién acaba de prometer el cielo.

La larga cabellera rubia captó su atención, brillante como una estrella. Sonrió dirigiendo con un gesto de cabeza, la atención hacia la joven desconocida, ajena a todas, la única que no se había girado para reclamar la atención del italiano.

-Me esperan...-sonrió haciéndose paso entre las señoras, en cuanto oyese los murmullos a sus espaldas y la atención se dirigiese a otro pez del lago dorado. Tomó otra copa de la bandeja y la bebió de golpe, en otro tiempo habría elegido la afortunada para pasar la velada pero esa noche, sólo quería tomarse un respiro.

Un olor en particular le hizo relamerse, frutas salvajes...un recuerdo de una tarde en una cafetería de París.



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Re: · Tempo · Privato.

Mensaje por Astártē el Miér Jun 13, 2018 2:14 pm

La decisión había resultado tan repentina como lo había sido, de igual modo, su fugaz encuentro. La oposición no tardó mucho en aparecer tampoco. Les había dado la buena noticia a sus progenitores de que estaba pensando seriamente en contraer matrimonio, haciendo caso a sus deseos... Para luego lanzarles la noticia, como si de un jarro de agua fría se tratara, de que su prometido no era nada más y nada menos que alguien como ella. Uno de esos traficantes del amor entre las sábanas. Poco había faltado para que su padre sufriera un infarto allí mismo, y su madre, dramática como siempre, había perdido el conocimiento en cuanto había revelado las noticias. Su hija, no contenta con haberse convertido en algo tan grotesco como una puta, ahora pensaba ultrajar y pisotear el nombre de su familia al querer desposarse con alguien de su misma calaña. ¡¿En qué estaría pensado?! Después de recuperar el conocimiento, la rabia era todo cuanto le quedaba. Gritó, pataleó e incluso la abofeteó, pero la única reacción que consiguió sacarle a Adrianne, quien ya únicamente respondía al nombre de Astártē  -en su empeño por martirizarla, claramente-, fue una sonrisa burlona y de suficiencia. Conocía la mirada en los ojos de su hija, y lo que ésta significada: había tomado su decisión, y probablemente ésta había sido precipitada por su continua insistencia en que se casara. ¡Pero si el remedio iba a ser peor que la enfermedad, entonces prefería que las cosas se quedaran como estaban! La joven no dio su brazo a torcer, por supuesto, anunciando a voz de grito mientras salía de la casa que recibirían noticias en cuanto la ceremonia de compromiso fuera a tener lugar.


Dos semanas después...


No le costó demasiado encontrar información acerca de su "objetivo", ni tampoco a las personas necesarias para conseguirla. Después de todo, ambos eran bien conocidos en el mundo de la noche, y como tal, las conexiones que mantenían con personas de la élite eran amplias y profundas. Parece mentira, pero cuando compartes tu tiempo entre las sábanas con alguien, por más que éste sea un desconocido al que pagas por un servicio, un tipo de vínculo se establece. La confianza, esa de la que tanto le había hablado a Éferon hacía apenas un mes atrás. Astártē no había perdido el tiempo: antes de dar el paso y lanzarse, necesitaba saber qué era lo que podía esperar y lo que no por parte del que iba a ser su cómplice. No le gustaba deber favores, y mucho menos a sus clientes, pero el beneficio que obtendría si todo aquello salía bien sería más que satisfactorio, así que no le dio más importancia. Gracias a su labia, y a su carisma, consiguió saber no solamente con quién se codeaba, sino también cómo y con quién vivía. Había resultado ser una persona mucho más simple de lo que había supuesto, y eso la sorprendió en el buen sentido. Probablemente si le hubiese hablado de esa faceta de sí mismo no hubiera tardado tanto tiempo en tomar una decisión. Pero ya no importaba. Ahora que sí se había decidido, ya no había marcha atrás. Para ninguno de los dos.

Le hizo llegar la misiva de forma anónima, suponiendo que de ese modo captaría su interés de forma más efectiva. Tras citarlo en el Palacio Royal el jueves de la semana entrante, antes de las siete de la tarde, firmó la carta con el nombre de la bebida que había tomado en su primer y único encuentro, donde ambos no solamente habían discutido aspectos de su vida bastante íntimos, sino también la posibilidad de formar un casamiento que les resultara beneficioso a ambos a largo plazo. Lo que no le dijo era que la naturaleza de aquella fiesta no sería nada más y nada menos que una especie de pedida de compromiso en sociedad. La élite parisina se reuniría a fin de identificar quién sería el afortunado que iba a hacerse con la única heredera de los Foix-Grailly. La velada prometía ser un auténtico espectáculo, teniendo en cuenta que los padres de la jovencita habían sido invitados sin saber tampoco para qué se les citaba exactamente. La fecha coincidía con su cumpleaños, así que los más cercanos a ella no sospecharían. Era demasiado perfecto, la burla, el ridículo en que dejaría a ambos, a unos padres que únicamente se preocupaban por un dinero que ella no les permitiría heredar, apenas si podía contener su excitación. Pero antes tenía que ver si el susodicho aparecía realmente, y mucho más importante, si recordaría la naturaleza de su conversación, y finalmente accedía a cumplir con sus demandas. No es que fuera a aceptar un no por respuesta, sin embargo: ella siempre conseguía lo que quería. 

Dispuesta a causar impresión desde el mismísimo momento, saltándose toda clase de protocolos, escogió el rojo como el color principal de su vestido, mientras optó por dejar su larga cabellera rubia cayendo en cascada libremente, en todo su esplendor. Con paso firme, y decidido, la "anfitriona" hizo acto de presencia un poco más tarde de lo acordado, dejando a todos entre sorprendidos y maravillados. Su presencia solía surtir ese efecto, y a quién quería engañar, le encantaba ser el centro de atención. No tardó mucho en identificar entre el gentío al que sería el invitado de honor de aquella fiesta con doble intención, pero sin querer desvelar la "sorpresa" más importante de la noche, no hizo intento alguno por acercarse a él, sino que se dirigió hasta una de las salas más apartadas consciente de que el hombre la estaba siguiendo de cerca. No pudo evitar sonreír, complacida. Todas las miradas y murmullos iban dirigidos a sus dos figuras. ¡Estaba segura de que no se imaginaban lo que estaba a punto de pasar!

Monsieur Gianetti, un placer volver a verle. Ha pasado algún tiempo... -Dijo en cuanto la puerta se cerró tras ambos, y quedaron a solas en el cuarto. Era el momento del todo o nada. 


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Re: · Tempo · Privato.

Mensaje por Éferon Gianetti el Dom Jun 24, 2018 10:49 pm

La sorpresa, se vio reflejada en los rostros de los asistentes al evento. No esperaban que la señorita de Foix Grailly hiciese tal aparición, ocasionando los incesantes murmullos, bocas abiertas por la sorpresa y pensamientos impuros. Él no fue menos en observar a la dirección en donde se encontraba el suculento bocado para esos señores que sólo deseaban un florero bonito para adornar sus caóticas vidas, el italiano sin embargo, la miraba con un deje divertido tanto en su mirada como en la sonrisa que se ensanchó al tenerla frente a él, lanzándole una mirada cómplice, él no veía nada malo en absoluto.

En cuanto las puertas se cerraron, él aún de espaldas, comenzó a aplaudir con entusiasmo, seguido de una risa de lo más contagiosa. Le resultó divertido, sublime, hacía tanto tiempo que nadie le arrancaba una verdadera risa, no forzada y totalmente sincera. Tan diferente a todas las jovencitas del lugar, hermosa y radiante, peligrosa y letal como el veneno. Los padres de la joven, se dedicarían a excusarla ¿para qué? Terminarían comiéndose sus propias palabras, amargas y sin sentido, el mismo que los canapés preparados de la noche anterior.

-Signorina Fox-Graily, es un honor haber recibido su invitación y...me esperase entre tanto desconcierto -tomó su mano, deslizando el índice por la palma como solía hacer y dejar un roce de labios en el dorso, los ojos gatunos del hombre, no la perdieron de vista en ningún instante -Preciosa y delicada, realmente creía que sacariais una lanza para clavar a todos en fila en una de las paredes... hubieseis hecho un favor a la humanidad ¿soy un monstruo? Por pensar en ello? no... no lo creo, al menos los murmullos cesarían y...¿dónde están mis modales? -le dedicó una reverencia sin perder la sonrisa -No vine de vacío. Tampoco es una joya o un vestido de los que creen, apropiados para usted

Buscó en uno de los bolsillos de su piccolo, hallando una pequeña libreta de terciopelo rojo con unas letras en cursiva en tonos dorados, no era oro pero tampoco hacía falta en este caso. Se la entregó con total naturalidad, para él era el mejor regalo que podía ofrecer a la anfitriona. En su interior, en medio de las hojas color ocre, una flor disecada, una rosa amarilla, si ella recordaba la llevaba prendida en el traje del italiano aquella tarde en la que se conocieron.

-Es mi obsequio, no es de gran valor pero me gustaría tuviese un agradable recuerdo de la tarde en la que por primera vez tomó un café acompañada sin que la juzgasen, además de que me hizo pasar un momento muy divertido -los labios se le resecaron, estaba hablando demasiado por lo que, los perfiló con la lengua, su sonrisa se ensanchó al comprobar que no fue un espejismo ni un agradable sueño, la señorita seguía siendo la misma que en aquel entonces.

-Como no sabía a ciencia cierta si era su cumpleaños, su ansiada pedida de mano...por sus padres o su puesta de largo, opté por lo más simple. -guardó las manos en los bolsillos, sin dejar de observarla, su belleza le eclipsaba, era tan bonita y delicada como una de esas rosas disecadas a las que a nadie le importaría mantener viva entre hojas, por siempre.-¿Cómo ha estado? El hecho de que me encuentre en una habitación a solas con vos es un privilegio...¡qué pensarán! A ninguno de los dos nos importa

El descarado Éferon, ¿él cambiar? Nunca.



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Re: · Tempo · Privato.

Mensaje por Astártē el Sáb Jul 14, 2018 3:21 pm

A pesar de que su intención nunca fue intentar parecer divertida, o hacer una broma, no pudo negarse a sí misma el hecho de que le complaciera que su actitud, desafiante y transgresora, arrancara semejante reacción en el que, si todo marchaba bien, se convertiría en su prometido. Él aún no lo sabía, y pensaba mantenerlo en secreto por un rato más, mientras se ponían al día, pero aquello la alegró sinceramente. Después de todo, ¿quién no quiere llevarse bien con su cómplice, o con la persona con la que vas a compartir una parte importante de tu vida? Entre ellos no había otro sentimiento más allá de la camaradería, pero era precisamente eso lo que buscaba, lo que necesitaba. Al menos, hasta que llegase el momento de recibir la herencia prometida. 

- Es muy amable, monsieur. Me alegra saber que a pesar de que os envié la misiva de forma anónima, como tratando de probarle, no le resultase difícil asumir que venía de mi persona. Parece que le causé una gran impresión, ya que usted no me parece de los que se apegan a las personas, mucho menos a las que sólo han visto una vez... -Sus palabras estaban calculadas, estaba tanteando las aguas, testando el terreno, a fin de averiguar en que página se hallaban ambos. ¿Recordaría Éferon las palabras, el pacto del que habían hablado hacía algunas semanas? ¿Sería capaz de percatarse de que todo aquel espectáculo no era más que su excéntrica manera de gritar en sociedad que iba a contraer un enlace ilícito, siendo este otro modo de mostrar su absoluta falta de escrúpulos? Lo cierto es que tenía curiosidad, quería saber hasta qué punto aquel hombre era capaz de leerle la mente, de descubrir la verdad implícita entre sus mentiras, entre su máscara de farsante. No es que eso la fuera a hacer cambiar de opinión, pero la meretriz siempre había sido calculadora, y sin duda, le gustaba jugar con sus "presas". Aunque en aquel caso no esperaba que el Gianetti se convirtiera en una más de sus víctimas, sino más bien lo contrario. Juntos podrían hacer temblar muchos aspectos propios del convencionalismo de las altas esferas parisinas, y oh, eso la excitaba enormemente. ¿No es que le gustaba llamar la atención? No se le ocurría un modo más extremo de hacerlo. 

La joven recibió el regalo para luego dibujar una sonrisa agradecida, pero también divertida. No, el hombre no tenía idea de por qué estaba allí, ni para qué había sido invitado, ni los motivos que la habían llevado a guiarlo hasta una habitación en la que ambos estaban a solas. Sin duda Astártē era tan descarada como para estar con un hombre que no era su prometido sin testigos, pero en aquella ocasión no trataba de sorprender a nadie con su actitud. Estaba jugando con Éferon, previamente a la gran noticia. - Le agradezco el regalo, en efecto, esta celebración tiene que ver con mi cumpleaños, pero también con el anuncio de mi compromiso ante la élite de la élite. Claro que esto es un secreto que ni siquiera mis padres conocen. Ellos saben de mi intención por casarme, pero nunca les dije el modo en que lo anunciaría, ni tampoco el cuándo. -Se aventuró a decir, sin dejar de examinar su rostro, esperando adivinar sus reacciones. 

¿Qué sería lo primero que pensaría, ahora que le había dicho que pensaba en casarse? Lo más probable era que la felicitara, y así fue, lo que le arrancó una sonrisa de oreja a oreja a la rubia. - Felicidades a usted también, monsieur Gianetti, ya que está a punto de ser presentado en sociedad como el prometido de la heredera de los Foix-Grailly. En un rato voy a anunciar nuestro matrimonio, así que espero que no tenga a muchas conquistas entre el público, o van a sentirse tremendamente decepcionadas... -Dijo la mujer con una sonrisa entre divertida y coqueta, para luego tenderle una copa de champagne recién servida. - Espero que esté preparado para convertirse en mi cómplice, porque a partir de hoy vamos a ser uno de los temas más candentes de Paris. ¡Estoy deseando ver el rostro de los invitados!



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Re: · Tempo · Privato.

Mensaje por Éferon Gianetti el Jue Jul 19, 2018 7:59 pm

El apego. Esa palabra tenía tantos significados para el italiano...no pudo controlar una sonrisa divertida en referencia a ese tema en particular, los dos eran simples espectadores de una fiesta más en la que sólo las bandejas plateadas y las copas llenas de champagne...eran de sumamente importancia a esa muchedumbre, más hambrienta y sedienta de rumores y escándalos. Y cierto, Éferon no solía apegarse a nadie, los que creía que se encontraban a su lado, terminaron traicionándolo como un vil ladrón, curioso cuando el ladrón enterrado bajo tierra descansaba y él tuvo que lidiar después con todo lo demás.

-A veces mi querida signorina, las primeras impresiones cuentan más que un sin fin de quedadas a tomar el té o paseos por el verde prado-secundó sin perder la sonrisa, sabía que no le invitó por casualidad, algo de suma importancia para la joven y si estaba equivocado, el presente sería perfecto para cualquier tipo de evento, un regalo a la anfitriona para dar las gracias por tenerle como asistente. Hacía mucho no era invitado a fiestas por simplemente ser de la clase alta, sólo por ser acompañante o por algún tipo de interés...de pagar ciertas deudas.

Parpadeó, ¿acababa de nombrar compromiso? Insólito. Silbó por lo bajo, carraspeando y no perder la compostura, alguien tan elegante y caballeroso como él no solía mostrar su faceta más cercana, ese carácter carismático y cómplice que no solía tener con nadie, de algún modo veía a esa rubia hermosa como alguien más que compañera de profesión, sólo a él se le ocurriría exactamente lo mismo que a la signorina, eso era...lo más divertido de todo.

-Sus padres estarán más que ...espantados cuando se enteren de sus intenciones, piccola diavola -se acercó a ella, un par de pasos, acortando las distancias para simplemente disfrutar de su voz e intención, así que fue llamado para nada más y nada menos que...¿prometerse? Ni en un millón de años lo hubiese imaginado, su cara de sorpresa y diversión al mismo tiempo, le daban ese toque divertido y aniñado al elegante y atractivo italiano, un buen partido para él ¿para ella? Eso a la signorina parecía darle exactamente igual.

-Nací preparado, querida -tomó la copa, ofreciéndole su brazo, la verdad esa noche estaba siendo de lo más diferente, todos sus problemas podían disolverse con un simple “sí, acepto” y ya lo había hecho. Esperó estuviese preparada para con una sonrisa dirigirse hacia la puerta aún cerrada -Sólo espero seguro disfrute al igual que yo de este instante, está claro que todos pensarán que lo hemos celebrado antes de anunciarlo y así ha sido, de un modo muy diferente.... ¿preparada? Es la mejor noche de mi vida -hizo un puchero como un niño desamparado, esa sonrisa traviesa...el italiano estaba dispuesto a aceptar, era el indicado y ella...digna de cualquier hombre pero sólo podía elegir quién fuese capaz de seguir sus pasos.

Las puertas se abrieron, Éferon sonrió y las personas que asistían enmudecieron al verlos salir juntos. Ahora sí que comenzaba la verdadera fiesta.



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Re: · Tempo · Privato.

Mensaje por Astártē el Dom Sep 16, 2018 5:55 am

El rostro de la joven se iluminó de inmediato al apreciar la reacción del hombre que tenía frente a ella, y con el que acababa de pactar la unión (provisional) de sus vidas, con prácticamente el único propósito de escandalizar a todos los presentes y garantizarse a sí misma la obtención de una más que suculenta fortuna, así como el privilegio de patear a sus fastidiosos padres en sus pomposos y estereotipados traseros. Y es que cuando Astártē sonreía, cuando lo hacía de verdad, en sus rasgos se podía apreciar la verdadera juventud que descansaba bajo tantas y tantas capas de rechazo hacia los convencionalismos y deseos de romper con las normas establecidas. En muchos aspectos, la joven prostituta no había conseguido escapar del todo del molde de "adolescente rebelde", tópico en el que en su momento cayó sin remedio, y del que no había conseguido deshacerse del todo. Sí, sin duda hubiera sido más sencillo callar y acatar los planes que las personas a su alrededor habían establecido para ella desde el inicio. Pero eso no la hubiera hecho sentir precisamente mejor. Porque Astártē, incluso cuando todavía era simplemente "Adrianne", jamás se había identificado con nadie de su entorno, y mucho menos con otras jóvenes de su misma condición.

Su inconformismo no se limitaba a normas estéticas, roles de género, ni siquiera a cánones de belleza previamente establecidos. Surgía desde algo mucho más hondo, una necesidad innata de romper con todo aquello que significaba limitar la libertad de elección de otros. ¿Quién decidía a quién se podía amar, y a quién no? ¿Por qué las mujeres eran consideradas como inferiores, cuando realizaban tantas (o más tareas) que los hombres a los que suponían debían someterse? ¿Por qué separarla de su alma gemela, de la única persona capaz de satisfacer sus necesidades más espirituales y físicas, por la simple razón de compartir un vínculo de sangre que ella no había elegido? Sí, en cierto modo su plan, el compromiso que estaba a punto de desvelar a fin de causar una oleada nueva de chismes y rumores, así como los deseos de arrebatar absolutamente todo cuanto sus padres tenían y apreciaban, tomando una herencia que cualquier otro hijo hubiera compartido sin pensar, era una forma (absolutamente retorcida, por supuesto) de escupirles en la cara. De hacerles pagar las consecuencias de sus actos. Primero, habían "perdido" a su hija, quien se había desviado claramente del camino (estaba claro para ellos, al menos, ella nunca consideró que ser puta y abandonarse a los placeres carnales tuviera nada de malo; al contrario, era afortunada, no solamente disfrutaba de un acto que complacía a cualquiera, sino que además, cobraba por ello), y ahora también serían despojados de todos los bienes materiales a los que estaban tan aferrados.

Y no tenía ni un átomo en el cuerpo ni deseoso, ni capacitado, para sentirse mal al respecto. De hecho, aunque era consciente de que, al principio, todos esos motivos fueron la que la hicieron comenzar a conformar su estrategia, había llegado un punto en que dejaron de importar. No sentía deseos de vengarse de nadie, ni siquiera esperaba recibir palabras de disculpa, o mucho menos sentirse mejor una vez todo marchara según lo planeado. Ese sería el mayor acto de rebelión posible, algo que sin duda marcaría un antes y un después en el modo de vida, de actuar, de otras señoritas que, igual que ella en su momento, estaban cansadas de ser categorizadas y tratadas como objetos. Les demostraría a todos aquellos incapaces de ver más allá de sus propias narices que las jóvenes, no sólo eran capaces de pensar por sí mismas, sino también de quitárselo todo a aquellos que se interpusieran entre ellas y sus objetivos. Bebió de la copa al mismo tiempo que su futuro prometido, y le dedicó una honesta sonrisa, menos divertida e infantil que la anterior, pero igualmente amable. Probablemente nada de lo que ella estaba pensando significara demasiado para Éferon, pero no era eso lo que necesitaba. Sabía que el camino estaría lleno de baches, de obstáculos, muchos de ellos únicamente capaces de ser comprendidos por alguien en sus mismas circunstancias. Los dos tenían mucho que ganar con aquel acuerdo, y realmente nada que perder, aparte de su dignidad, en caso de que las palabras de terceros -algo que ocurriría, inevitablemente- estuvieran más cargadas de veneno de lo que habían supuesto. No es que las opiniones ajenas respecto a su modo de vida le importaran mucho, pero tener un apoyo moral en ese tipo de casos supondría una considerable mejora. Y por su parte, daría lo mismo que esperaba recibir. Apoyo incondicional: ninguno de los dos necesitaba esconder nada. En eso se basaba la "confianza". Su relación no sería una basada en el amor, ni siquiera en la atracción, sino que sería una unión en la que ambas partes podían mostrarse tal y como eran, sin juicios, sin recriminaciones.

- Oh, por supuesto que lo pensarán, y debemos darles motivos para que así sea. ¿No cree? -Avanzó un par de pasos, hasta atravesar su espacio personal, y robó un besos con absoluto descaro, sonriendo al apartarse cuando los labios ajenos lucían enrojecidos gracias al carmín de los suyos propios, y la fuerza de su roce. - Vayamos a mostrarles a todos esos patanes la buena pareja que hacemos. Estoy segura de que incluso ganaremos más clientes: el morbo de lo "prohibido", de intentar obtener aquello que pertenece a otro. No me extrañaría que mi querida madre se desmayase en el acto. -Tomándole por el brazo previamente ofrecido, se dirigieron hacia las puertas, tras las cuales algunos curiosos ya se habían reunido. Las expresiones de horror, sorpresa, diversión y completo disgusto dibujaron los rostros ajenos de forma dispar. Expresiones que se fueron extendiendo por el resto de invitados, cuando finalmente se dieron cuenta de que realmente era la cumpleañera la que avanzaba de la mano de un hombre (y aunque desconocía la popularidad de Éferon en lo que a su "empleo" se refería, no dudaba que muchos sabían a lo que se dedicaba), demasiado juntos para ser considerado decoroso. Peor era el hecho de que era palpablemente obvio lo que habían estado haciendo, juntos, y solos, dentro de aquella sala.

Por supuesto, fue la señora Foix-Grailly la primera en acercarse con la intención de cuestionar a su hija, a la que creía incapaz de avergonzarla aún más delante de otros, respecto a semejante despropósito. Pero la muchacha no le dejó hablar, alzando una mano justo frente a su rostro, y carraspeando un poco, a fin de captar toda su atención, y de paso, llamar la de su padre, quien se acercó también lo suficiente como para oír sus palabras, estas, de momento, únicamente dirigidas a ellos dos. - Padre, Madre, espero os agrade oír que finalmente vuestros deseos serán satisfechos, en tanto en cuanto voy a anunciar en apenas unos instantes mi compromiso con monsieur Gianetti, aquí presente. Y no, por supuesto que no pienso dejar mi trabajo, ni siquiera tenéis que preguntarlo. Porque en nuestra unión eso no será necesario. "La puta y el Don Juan", ¿cómo creéis que quedaría eso como título en las invitaciones? -La palidez en ambas caras se hizo palpable en menos de unos segundos, cuando finalmente fueron capaces de procesar lo que estaba a punto de ocurrir. Sin un ápice de vergüenza, de remordimiento, y claramente de aprecio, les guiñó un ojo y se dirigió al centro de la sala, donde se encontraba la mesa que se suponía estaba destinada a los familiares de la anfitriona. Sin más dilación, tomó un cuchillo, la plata recién pulida relucía bajo la elegante luz creada por las velas, y golpeó con él la copa que aún sostenía sobre las manos, haciendo que los rostros (los pocos que aún no miraban en su dirección) se voltearan hacia ella.

- Amigos, amigas, como muchos sabéis hoy os he invitado a esta fiesta de celebración de mi cumpleaños, como modo de acercamiento, por supuesto, y para disfrutar de una amena velada, pero también porque deseo anunciarles algo incluso más importante. Y eso es, mi compromiso con Monsieur Éferon Gianetti, aquí presente, quien espero acepte mi propuesta, nuevamente, ante todos ustedes, damas y caballeros, a fin de hacerlos también partícipes de este momento tan feliz y dichoso de nuestras vidas. -Probablemente, quien no la conociera lo bastante, no sería capaz de apreciar el tono de mofa y burla de su voz, que no tembló ni un ápice. Pero no se les escapó a sus progenitores, ni a sus primos, ni a las pocas compañeras de profesión que había invitado (probablemente las únicas que mostraron una sonrisa apreciando el chiste). El silencio se apoderó de la sala. Atónitos, expectantes, contrariados y algunos visiblemente furiosos. Aquella sin duda se convertiría en una de las mejores noches de su vida. Si deseaba provocar una reacción, lo había conseguido. Con creces. Se aguantó las ganas de echarse a reír a carcajadas. Pero le faltó muy poco, así que las disimuló bebiendo lo que le quedaba de champán de un trago, mostrando nuevamente y de otro modo distinto lo poco que le importaba la imagen que diera a todos los presentes.



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Mensaje por Éferon Gianetti el Mar Sep 18, 2018 3:59 am

Los murmullos de fuera dibujaron en los labios del veneciano una breve sonrisa, las mil y una suposiciones de los presentes, el nerviosismo creado por el simple hecho de encontrarse encerrados y solos, sin compañía de alguna dama entrada en años o un paseo en el jardín dónde quedaban a la vista sin faltar al protocolo. Ello no eran como los demás, disfrutaban de la clase alta de una forma que pocos comprendían y entre ellos esa conexión fue instantánea, por esa razón el trato era justo y perfecto para ambas partes, no se arrepentía de su decisión y no lo haría en el futuro, necesitaba alguien como ella.

No la conocía en profundidad pero lo suficiente para saber que nadie mejor que ella para ocupar el puesto de su esposa, una mujer con templanza y carácter, sabía lo que quería y deseaba y no le importaba lo que otros pensasen. Le recordaba mucho a sí mismo en algunos aspectos, él era de carácter más tranquilo, al igual que la ahora su prometida, no tomaba decisiones a la ligera prefería tenerlo todo atado antes de lanzarse al vacío y con ella, lo haría con los ojos cerrados. Le infundía respeto, complicidad y lo más importante, la cría ¿confiaba en ella? Sería la primera persona después del caos en su vida, un auténtico desastre del que cualquier otro lo hubiese sepultado en lo más hondo del pozo, él seguía en pie y dispuesto a enfrentar cualquier problema, situación y acontecimiento que surgiese, no se iba a achantar y correr en la dirección contraria por miedo y temor, lo afrontaría como su padre no hizo.

Admiró a la joven, le pareció realmente hermosa y aparte de su rostro y el curvilíneo cuerpo bajo esas delicadas telas, aún más le impresionó su decisivo paso a enfrentar a la muchedumbre que esperaba ansiosa el abrir de puertas. Muy breve pero intenso, saboreó el beso en sus carnosos labios, delineándolos un tanto con la punta de su lengua e intenta averiguar su sabor sin conseguirlo, no podía dejar el rastro. Una sonrisa picara, animó al italiano a deslizar un mechón del cabello dorado tras la oreja ajena, acariciando el cuello de la joven muy despacio a la atenta mirada de los presentes. Como si acabase de ser descubierto, su cara de sorpresa desviando su mirada felina entre los asistentes, sorpresa e incredulidad, otras los miraban con recelo, en ese salón se encontraban habituales clientas que aún lo miraban con más fervor y deseo.

- De encabezado es una frase perfecta, debajo de todo eso puede añadir pago en el acto o algún agradecimiento -secundó con una elegante y perfecta sonrisa, dando parte y asegurando de que conocía a qué se dedicaba y bien orgulloso se mostraba de su brazo, la cara de horror de sus padres casi le hizo romper en carcajadas, estuvo a punto hasta oír el tintineo de la copa. La siguió con la mirada, deteniéndose a un par de pasos de ella, asintió por él no habría problema, la reputación del italiano antes de dedicarse ya era todo un escándalo y ahora simplemente, acogió esa reputación para ganarse la vida y no perder la comodidad y lujos que poseía cuando tenía dinero.

Y tras el discurso, sonrió ampliamente y aplaudió, no se oía nada más que el eco de sus palmas, las miradas de los presentes se centraron en la pareja quien se acababan de proclamar protagonistas en el centro del salón. Éferon tendió la mano a la joven, él también tenía algo que decir por si no había sido bastante sorpresa, las féminas se agolparon en primera fila para oírlo, él…el italiano al que visitaban para calmar sus necesidades, saciar el fuego que en su lecho no encontraban…estaba comprometido con nada más y nada menos que con una Foix-Grailly.

-Acepto. Sin lugar a duda, no puedo sentirme más feliz y dichoso de mi futura esposa -besó su dorso , colocándose a su lado, el carmín rojo los delataba pero él aún no había acabado, cuando los murmullos parecían volver a su ser, su voz volvió a captar la atención de toda la sala -No voy a llenar los oídos con promesas, ni a mentir sobre una cosa o la otra, mi única verdad es que ser vuestro esposo me llena de orgullo -le dedicó una mirada cómplice, parecía realmente estuviesen enamorados, ambo eran tan buenos actores en una función que ellos mismos acababan de redactar -Pero sí he de prometedme una cosa, nadie apague vuestro espíritu libre es algo que admiro y respeto, prometedme otra cosa más que jamás dejareis que nadie apague vuestra esencia, ni cambiéis, sería demasiado aburrido…seréis como las demás -y dicho esto, sonrió con gracia, las mujeres no cabían en sí mismas pues parecía que al italiano lo habían hechizado, sintió cada palabra, para él era una mujer digna de admirar, él era el afortunado…encontrar a alguien tan auténtica.



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