Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Duérmete, niño {Zachary Bowen}

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Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Evangeline Sainz el Dom Mayo 20, 2018 12:14 pm

Inmediaciones de Calais, Francia.



Duerme, mi amor.

La dulce voz de Evangeline sonaba tranquila y confiada, pero lo cierto era que ella, en su interior, se sentía agotada. Acababa de darle el pecho a su pequeña Hélène después de haberse despertado por quinta vez aquella noche. Tras las dos primeras veces en las que había intentado, sin éxito, hacer que la niña se durmiera en su capazo, terminó llevándosela con ella a la cama. Ahí se había despertado, pero al sentir la cercanía de su madre no había llegado a llorar, por suerte. Evangeline no podía imaginar de dónde había sacado su hija esa fuerza en los pulmones y, aunque agradecía que fuera una niña sana, los sustos que le daba cuando la despertaba por las noches le impedían dormir con tranquilidad.

Sonrió al escuchar los gorgoritos que hizo su bebé junto antes de bostezar. La tenía abrazada contra su pecho y no dejaba de acariciar la suave piel de sus pequeñas manos; era tan perfecta que a Evangeline le daban ganas de llorar cada vez que la miraba, y pasaba observando todos sus gestos y movimientos durante horas. Rozó la mejilla de Hélène con la nariz y sintió que se había quedado dormida, puesto que la respiración de la niña se ralentizó hasta convertirse en una tierna melodía para su madre. Con un cuidado exquisito, la llevó desde su cama hasta la cuna de mimbre, donde la arropó y la besó antes de volver a su cama. La tranquilidad de la noche hizo que entrara en un estado de duermevela que la durmió, al fin, sin preocupaciones.

No supo cuánto tiempo había pasado desde que perdió la consciencia. Podían haber sido minutos u horas, cuando algo en el exterior la despertó. Eran voces que gritaban en la lejanía, pero cada vez las sentía más cerca de la aldea. Con cuidado de no despertar a su hija, Evangeline se levantó y se asomó a la ventana que había junto a la puerta. Los gritos se intensificaron mientras unas antorchas resplandecían, lejanas, en la penumbra de la noche. Supo que, fuera lo que fuera, lo mejor para ellas sería que no la vieran fisgando.

Se apartó de la ventana en el momento en el que la figura de un hombre solitario cruzaba por el frente, por lo que no alcanzó a verlo. Volvió a la cama con una sensación de malestar en el estómago y se acurrucó en la esquina más alejada de la puerta, pero apenas se había cubierto con las mantas cuando la puerta se abrió de golpe, dejando pasar a un desconocido que la volvió a cerrar de inmediato. Evangeline gritó y la niña, irremediablemente, se despertó. El instinto de la madre hizo que saltara de la cama y corriera al lado de su retoño, al que sacó de la cuna de una manera demasiado violenta para cómo se comportaba normalmente y la pegó fuertemente a su pecho.

¿¡Quién es!? —gritó, caminando hacia atrás hasta chocar contra la pared—. ¿Qué quiere? No tenemos nada, ¡nada! —Hélène no dejaba de llorar a pesar de que su madre intentaba, por todos los medios, que se tranquilizase—. No le haga daño, a ella no.

Apoyó la espalda en la pared y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, rezando porque a su niña no le pasara nada malo. Siempre que fuera así, con ella podía hacer lo que quisiera.


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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Zachary Bowen el Vie Jun 15, 2018 12:40 am

Todo había salido mal. Los inquisidores se habían metido y, como siempre, cuando ellos estaban todo el esfuerzo de semanas y meses acababa arruinado. Zachary Bowen estaba frustrado, sentía deseos de romper todo a su paso pero no podía detenerse a liberar su furia, pues era perseguido.

Lo primero que pensó fue que era un alivio que los dos hombres no fuesen inquisidores condenados, pues de serlo adivinarían la naturaleza de sus poderes de hechicería de inmediato por culpa de su aura. Esos soldados eran humanos y, aunque eran letales, eso era cierta ventaja para el inglés que había viajado hasta Calais en busca de información y había quedado como blanco secundario de la inquisición. Ah, los Bowen siempre siendo segundones… ya lo tenía asumido, pero no iba a ser la presa consuelo de esos hombres que no habían querido atrapar a los verdaderos blancos de su misión, pero que podrían contentar a sus líderes temporalmente si le llevaban la cabeza de Bowen. No, no se despediría de la vida esa noche.

Zachary y su familia vivían de eso, de ponerse en riesgo, de correr por el bosque –como hacía en esos momentos- huyendo de la muerte segura. Los Bowen eran espías, vendían su información al mejor postor y era justamente eso lo que había llevado a Zachary a aquellas tierras. Se había descuidado, no era la primera vez que le sucedía, enfrascado en seguir de cerca al líder de los Devon no había notado que alguien más iba tras ese hechicero poderoso y lleno de secretos. Los inquisidores lo habían visto llegar justo cuando ellos aceptaban dinero de manos de Fernand Devon, Zachary suponía que era un trato entre el hechicero y los soldados, dinero a cambio de no entregarlo… Así comenzó la persecución porque, aunque lo habían visto desde lejos, era imposible de creer que Zachary no estaba fisgoneando. ¡Ah, lo que pagarían los verdaderos socios de Devon un secreto así! Ninguno –todos sobrenaturales- le perdonaría estar en tratos con los inquisidores.

Gracias a su capacidad de crear un barrera de energía que lo protegía, Zachary llegó al bosquecillo, lo atravesó a toda velocidad y acabó en medio de una pequeña aldea. Si hubiera tenido un momento para detenerse a observar habría notado la humildad del lugar, pero no podía desperdiciar los segundos que tenía a favor porque sabía bien que lo seguían. Zachary ingresó en la casa más alejada sin pensarlo demasiado, solo abrió la puerta –que mala costumbre la de dejarla sin seguro- y la cerró tras de él. No lo habían visto entrar, podía jurarlo.


-Tranquila, tranquila –le pidió a la mujer con los brazos extendidos-. No te haré daño, lo prometo, pero necesito tu ayuda. –La visión de la mujer tomando a su hijo en brazos lo sacudió, tenía que pensar rápido o eso sería solo la añadidura de un problema mayor. -¿Dónde está tu esposo? ¿Cómo pudo dejarte sola?

Allí no había nadie más. Solo la mujer y su pequeño… pequeña, su aura era el de una niñita. Zachary se acercó a ellas y pensó rápido mientras los sonidos del exterior le llegaban. Se sentó en la cama y se quitó el abrigo, lo mismo hizo –sin usar las manos- con las botas.

-Ayúdame, te lo ruego. Te daré dinero y… solo ayúdame, esos hombres que oyes son gente peligrosa, asesinos. No querrás que me maten pudiendo ayudarme. Por favor, solo dí que estás con tu esposo y que él está enfermo en la cama –se acomodó debajo de las mantas, la cama estaba caliente y olía a limpio, le hubiera gustado poder cerrar los ojos y relajarse como si en verdad esa fuese su cama y ellas su familia, pero no podía hacerlo ante la inminencia de la llegada de sus enemigos-. Ayúdame, si te creen se irán pronto y pronto estaremos los tres a salvo –le dijo desde la cama, pero con la mano en el mango de su revolver porque si tenía que luchar por su vida lo haría.

Un golpeteo en la puerta lo sobresaltó, pese a que era lo que esperaba… al menos los inquisidores golpeaban, estaban siendo más educados de lo que él había sido.
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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Evangeline Sainz el Sáb Jun 23, 2018 4:25 pm

El llanto de Hélène se estaba empezando a convertir en gritos agudos y desesperados. La niña estaba, sin duda, sintiendo el temor de su madre, aunque ésta intentara tranquilizarse por el bien de las dos. No podía apartar los ojos del intruso, que había entrado como si la casa fuera suya y que, aunque le aseguraba que no les haría daño, Evangeline no se atrevía a asegurarlo.

¡¿Que le ayude?! —exclamó, con los ojos como platos mientras intercalaba palabras de amor con su hija—. Se ha metido en mi casa, sin permiso, y pretende que le ayude. ¿Acaso se ha vuelto loco?

Abrazó más al bebé hasta que se quedó pegada a su cuerpo. Más que asustada, ahora se sentía insultada, lo que le producía una indignación que la hizo levantarse de golpe y enfrentar al hombre. No había un varón en aquella casa, pero, en realidad, a Evangeline nunca le había hecho falta.

Nos ha asustado a mi hija y a mí. Quiero que se vaya de mi casa. Ahora.

Las voces fuera no tardaron en escucharse, y la mujer se sobresaltó. No hacía falta ser extremadamente hábil para saber que las dos estaban en peligro. Se mordió el labio inferior con fuerza mientras mantenía los ojos fijos en la puerta de entrada. Sonaron unos golpes fuertes y decididos, seguidos de unas voces graves que pedían atención. Evangeline miró al hombre, dudosa por un momento sobre cómo proceder, pero parecía que él ya había tomado la decisión por las dos: se había metido bajo las sábanas, en concreto en su lado de la cama.

¿Qué hace? —preguntó, en voz baja esta vez—. Usted no es mi esposo, salga de la cama.

Unos nuevos golpes le hicieron darse cuenta de que ya era demasiado tarde para todo. Hélène parecía que se había calmado algo, pero su llanto seguía siendo intenso. La acunó antes de apoyarla en su hombro y se acercó a la puerta. Respiró hondo mientras que una de las manos envolvía el pomo y, cuando encontró el valor suficiente, abrió.

Buenas noches, señora —saludó uno de los hombres, que frunció el ceño al ver que era ella, y no el hombre, quien abría la puerta—. ¿Está sola?

Evangeline tardó en contestar el tiempo exacto que tardó en valorar sus opciones. Eran dos: contar la verdad o seguir el juego al que le había obligado a jugar él. ¿Había alguna posibilidad de que, estando en la cama como estaba, se creyeran que ella no había tenido nada que ver? Se imaginó la peor de las situaciones y se vio a ella presa junto a él y a su hija abandonada en algún orfanato de mala muerte. Empezó a temblar.

Señora —la llamó otro hombre—. ¿Está sola o no?
No —contestó, tragando saliva—, mi esposo está enfermo en la cama —ya estaba hecho—, y creo que la niña también lo está. ¿Qué quieren?
Estamos buscando a un fugitivo que ha huído hace poco. Su rastro nos ha traído hasta aquí. ¿Ha oído algo?

Evangeline negó con la cabeza al tiempo que uno de ellos echaba un vistazo al interior de la casa. La tensión en los músculos de la mujer debió alertarlo, puesto que aguzó la vista y vio las botas llenas de barro fresco que había junto a la cama. Hizo un gesto a su compañero, que vio lo mismo que él.

¿Podemos echar un vistazo?

Aunque lo preguntó, no esperó respuesta por parte de ella, sino que la apartó con educación pero sin cuidado —teniendo en cuenta que cargaba con un bebé en los brazos— y se adentró en la intimidad de la casita.

Señores, por favor —suplicó Evangeline—, mi esposo está muy enfermo y nuestra hija no hace más que llorar. No hemos oído nada, se lo juro.

Se acercaron a la cama sin decir palabra e inspeccionaron las botas y el abrigo del hombre. Evangeline, pensando que su fin se acercaba, se apoyó en el marco de la puerta para no caer desmayada en el sitio. Se abrazó a Hélène tanto como pudo y rezó para que Zachary supiera mantener la farsa. Ahora todo dependía de él.
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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Zachary Bowen el Vie Jul 13, 2018 2:25 pm

Los hombres ingresaron en la casa como si la palabra de la mujer no contase. El más viejo se acercó a la cama y Zachary cerró los ojos y fingió temblar, deseando que no lo tocase para comprobar su temperatura porque de hacerlo estaría perdido. La energía del hombre chocó contra la de Zachary y el hechicero tuvo una de sus frecuentes premoniciones –gracias a ellas podría decirse que había sobrevivido a los muchos percances que en la vida había atravesado-; en ella ese hombre, con las manos manchadas de sangre, envolvía a la niñita y salía con ella en brazos de la casa. La aldea entera ardía y las llamas medían cerca de dos metros, todo era ruina y humo.

-Luce muy mal, debería ir en busca de un doctor –sugirió el tipo, pero su voz evidenciaba que se alejaba de la cama. Al parecer los ruegos de la mujer y el temor a contagiarse habían convencido al hombre de que el objetivo de su búsqueda no estaba allí y que solo estaban perdiendo tiempo precioso.

-Si así lo desea, daremos aviso de su necesidad al doctor del pueblo mañana, cuando hayamos llegado –se ofreció el otro hombre, todo caballeroso, pero Zach sabía que mentía-. Dios bendiga su casa, señora. Espero que rece para que podamos hallar al prófugo y llevarlo ante la justicia, a él y a cualquiera que lo esté ayudando –dejó caer esa frase y Zachary leyó en ella una amenaza para la joven madre-. Buenas noches.

No se movió, pese a haber oído la puerta cerrarse y sentir poco a poco el alivio que le daba saber que el peligro se alejaba. Zachary se tomó dos minutos para relajar el cuerpo allí, en esa cama cómoda y desconocida, mientras su mente iba a toda velocidad sopesando opciones, alternativas, caminos que se abrían frente a él. Frente a él y frente a ellas, porque estaba seguro de que no podían permanecer allí. Sus visiones lo acompañaban desde pequeño y siempre que las había desoído había acabado arrepentido, arrepentido y en problemas.

Se incorporó poco a poco, sin despegarse del todo del estado de alerta, y buscó la mirada de la mujer. Por supuesto que la irrupción en su vivienda no le había gustado nada, pero a pesar de eso lo había ayudado y Zachary debía valorar eso respetándola y advirtiéndole del peligro. Aunque todavía no sabía cómo haría para darse a entender.


-Gracias por su ayuda –se inclinó para volver a calzarse-. Ha sido muy valiente e hizo lo correcto, se lo aseguro. Son hombres peligrosos y no estamos a salvo aquí, sus vecinos tampoco lo están.

Se puso en pie y caminó hacia la ventana, observó la noche con cuidado de no exponerse pues no sabía quién podría estar viendo. Debía marcharse, pero no sabía cuál sería el mejor momento, aunque sí tenía la certeza de que los hombres regresarían a esa casa para causarle dolor a aquella mujer, lo había visto así. Estaba atrapado.

-¿Dónde está tu esposo, mujer? –le preguntó, y cerró las cortinas para proteger la intimidad del hogar-. ¿Tienes otro lugar a donde ir? ¿La casa de tus padres queda lejos de aquí? Mírame, tienes que creerme y no hacer preguntas –le dijo, abandonando las formalidades, y la tomó por los codos, quedaron cara a cara-, este no es un lugar seguro para ustedes, esos hombres regresarán y traerán muerte con ellos. ¿Puedes entenderlo? Debes irte de aquí, tú y todos tus vecinos… la aldea desaparecerá pronto, pero ellos no me importan porque no les debo nada, en cambio a ti y a tu pequeña les debo la vida por lo que has hecho por mí.

¿Lo estaba comprendiendo? Era demasiada información y le hubiera gustado que todo fuese distinto, poder explicarle con tiempo y en detalle, pero los minutos pasaban y con ellos se agigantaba la sombra del regreso de esos hombres sobre la casilla.

-Toma las cosas indispensables, aquellas que más ames, y márchate con la niña a la casa de algún familiar. Mañana no quedará nada de esta aldea, yo mismo me marcho ya… Puedes venir conmigo, tengo a mi caballo en el bosque y no me importaría llevarte a donde tú quieras porque te lo debo, o puedes irte sola. Pero no deberías permanecer aquí.
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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Evangeline Sainz el Jue Jul 19, 2018 12:22 pm

¿Ya estaba? ¿Sería así de fácil? Los hombres no hicieron caso de sus palabras, pero no les hizo falta mucho para creerse la mentira que Evangeline había soltado hacía apenas minutos, incluso se ofrecieron a llamar al médico de Calais al amanecer… La joven madre, apoyada todavía contra el marco de la puerta y su hija fuertemente agarrada en brazos, respiró hondo y parpadeó unas cuantas veces para disipar las lágrimas que la angustia había causado.

¿Harían eso? —preguntó, intentando sonar esperanzada—. Se lo agradecería tanto… Gracias, gracias. —Se apartó del marco e, inconscientemente, se colocó detrás de la puerta, tapando a la niña con ella—. Eso haré, espero que encuentren al fugitivo pronto. Que Dios los bendiga, señores. Tengan buena noche.

Cerró la puerta en cuanto el segundo de los hombres se dio la vuelta y echó el pestillo con tanta fuerza que se debió de escuchar desde fuera sin ningún problema. No le importaba; acababa de mentir a unos hombres peligrosos y se había puesto en evidencia, ella y su hija, mientras el hombre había pasado desapercibido cubierto por las sábanas de su cama. ¿Qué haría al día siguiente, cuando el médico fuera a su casa por mandato de los hombres? El desconocido ya no estaría allí y ella tendría que excusarlo, arriesgándose a que el hombre hiciera más preguntas de las que ella pudiera responder. ¿Y si el doctor volvía a cruzarse con esos hombres y les contaba lo ocurrido? Evangeline estaría perdida, puesto que descubrirían su mentira enseguida. No parecían tipos palurdos que no se enteraran de nada, al contrario, con lo que pronto atarían cabos e irían a por ella, tal y como habían prometido.

La angustia se volvió a alojar en su pecho y, cuando fue a recriminar al hombre por el problema en el que la había metido a ella y, sobre todo, a Hélène, se vio acorralada por él, que la sujetaba de los codos sin delicadeza.

¿Que he hecho lo correcto? —preguntó, llena de rabia y miedo—. ¿Se atreve a decirme que he hecho lo correcto cuando nos acabo de poner en peligro a mi hija y a mí? ¡Váyase!

Se zafó de su agarre y caminó hacia atrás hasta que chocó contra la pared. La niña, que se había calmado un poco, volvió a agitarse con los gritos de su madre, así que Evangeline tuvo que volver a mecerla para tranquilizarla.

Mi esposo está muerto —contestó con una voz totalmente neutra— y no tengo ningún otro sitio al que ir.

La resignación se apoderó de ella y su garganta emitió un quejido ahogado que dio paso al llanto. Sus hombros convulsionaban y sus piernas le fallaron, haciéndola caer hacia atrás. La pared evitó que se diera un fuerte golpe, y descendió con la espalda bien pegada a ella hasta quedar acurrucada en el suelo.

Ya, mi amor, ya ha pasado todo —susurró con dulzura acercando a la niña a su rostro—. Esta es la casa de mis padres, y ella es la única familia que me queda. —Aunque continuó con sus labios pegados a la frente de Hélène, hablo lo suficientemente alto como para que Zachary la escuchara—. Si me marcho no tendré ningún sitio al que ir, como tampoco tendré uno al que volver, pero si me quedo dice que ellos volverán y traerán el horror. ¿Aún sigue creyendo que he hecho lo correcto al ayudarlo?

Elevó los ojos y lo buscó en la oscuridad de la casita, pero las lágrimas le impedían ver con claridad. Los ruiditos que hacía la niña eran lo único que la mantenía cuerda en un momento en el que todo su mundo se desmoronaba a su alrededor. Consiguió levantarse de nuevo y, tras sujetarse hasta conseguir mantener el equilibrio, se acercó a la mesita de noche y abrió un cajón. De su interior sacó dos saquitos que entraban en la palma de una mano: uno contenía los ahorros que guardaba con tiento, mientras que el otro conservaba las pocas joyas que tenía —entre las que se encontraban su alianza y las de su difunto marido—. Los guardó en los bolsillos de un abrigo que no tardó en ponerse sobre el camisón y, tras envolver al bebé en una gruesa manta, se acercó hasta el hechicero.

Yo ya lo he ayudado —dijo—, ahora ayúdeme usted a mí.

¿De verdad podía fiarse de él? La respuesta era sencilla: no, pero, ¿acaso tenía otra opción?


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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Zachary Bowen el Lun Ago 13, 2018 11:23 pm

Entendía su enojo, estaba en todo su derecho de ofenderse así ya que él había llegado para arruinarle la noche, para cambiarle la vida. Y para salvarla. Todo ardería y ella junto a los demás habitantes de la aldea si no se iba ya mismo con él, aunque no lo viera de momento, Zachary había llegado para salvarla.

-¡Claro que me voy! Yo no deseo morir, ¿tú sí? Tu hija ya está en peligro, tu… -se concentró unos instantes, creía que si ponía la suficiente atención a la energía pura de la niña podría descubrir su nombre-: tu Hélène merece vivir tanto como yo merezco tu desconfianza.

Dentro de cada casa se esconde un mundo, eso era algo que su madre siempre decía y ahora él espiaba solo un poco del mundo que había allí adentro: una mujer sola, una viuda sin nada más que su beba. Una mujer tan desesperada como lo estaba él, pero la diferencia era que Zachary Bowen tenía a donde ir, sabía qué hacer a continuación. Ella no.

Al parecer, todo lo que le había dicho surtía el efecto deseado: abrirle los ojos. Ella se movió buscando las pocas cosas con las que podría cargar y, mientras lo hacía, Zachary se acercó a la cama y tomó una manta liviana pero de tejido apretado. La necesitarían. Quiso ayudarla con la niñita mientras ella buscaba sus pocas cosas, pero estaba seguro de que por nada del mundo esa mujer dejaría en sus manos el tesoro de su vida: Hélène. Por eso ni siquiera se ofreció a cargarla.


-Te ayudaré, te devolveré el que me hayas salvado la vida salvado la tuya –le prometió-. Vamos, tengo el caballo del otro lado. Debemos movernos rápido.

Abrió la puerta solo tras asegurarse de que no había nadie cerca. La parte trasera de la casita daba al bosque y por eso les fue fácil y rápido adoptar como aliadas a las sombras de los árboles que los ocultaron. Zachary avanzaba dando zancadas, pero se daba la vuelta a cada instante para comprobar que ambas lo seguían, que se encontraban bien. Y ellas allí estaban.

-Shhh –indicó y se volvió bruscamente para abrazarlas, atrapándolas contra el tronco de un árbol-. Hay algunos animales salvajes –le dijo en voz muy baja, sin comentarle que lo que había visto era a dos serpientes enredadas justo delante de ellos-, no queremos ponernos en su camino. Ya se irán y podremos continuar, no estamos lejos –dijo, sin dejar de mirar hacia uno y otro lado porque lo que menos le preocupaba eran las serpientes.

Tuvo una sensación de lo más extraña al estar allí, así, abrazando a una mujer y a una niñita que no eran suyas, que ni siquiera conocía. De hecho, no sabía cómo se llamaba la mujer.


-¿Cómo te llamas? –le preguntó con suavidad, no quería asustarla-. Soy Zachary, Zach. No tengo malas intenciones, solo pretendo ayudarte.

Una explosión se oyó a lo lejos, muy a lo lejos pero con el suficiente estruendo como para alertarlos. Zachary se volvió hacia el camino que habían dejado atrás y vio que una columna de fuego se elevaba. Hacía quince minutos que caminaban por el bosque.

-Hemos salvado nuestras vidas por quince minutos –dijo, asombrado pese a haberlo visto todo con claridad antes de que ocurriese-. Vamos, vamos –la instó y esa vez tomó su mano para conducirla lejos de lo que había sido su hogar.

Esa vez no tuvo consideración, no pudo hacer más lentos sus pasos porque ellos hacían la diferencia entre la vida y la muerte. Ya no se detuvieron ante nada, Zachary tenía un objetivo en mente y ese era alcanzar su caballo. La idea de que no estuviera donde lo había dejado lo impacientaba, pero prefería no detenerse en ella pues de momento era solo una pérdida de energía.


-Oh, estás aquí –dijo aliviado cuando, media hora después, llegaron junto a su fiel Tom-. Sube, por favor –le dijo a la mujer y la ayudó a hacerlo, tras eso soltó la amarra del animal y pasó las riendas para poder sostenerlas-, yo iré delante para poder hacer que Tom vaya al galope. Será un poco duro al principio, y sé que estás cansada, pero te prometo que en cuanto no haya peligro nos detendremos a refrescarnos. Hablo en serio cuando digo que ellos son peligrosos, ya lo has visto –dijo, y montó delante, entre el cuerpo de la mujer y la espalda de él iba la niña-, lo mejor será correr.

Su plan era llegar a París, allí tenía conocidos que podrían ayudar a la mujer. Él, por su parte, tenía que volver para exponer a Devon. Pero eso podría esperar unas semanas, primero quería que los inquisidores salieran del plano.

Ante el peso de los tres el animal se quejó, pero tendría que acostumbrarse, no había alternativa. Zachary tomó, ahora sí, la manta que había llevado bajo su brazo la última hora y la pasó a la mujer para que pudiesen cubrirse los tres. Lo hizo de forma rápida, no tenían tiempo para perder en detalles, y tiró de las riendas para darle aviso a Tom de que debería correr esa noche.
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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Evangeline Sainz el Sáb Ago 18, 2018 7:26 am

Evangeline se preparó rápido, movida en parte por el miedo que le habían producido las palabras del hombre, pero también porque había pronunciado el nombre de su hija. Ella no lo había llegado a decir en ningún momento, así que, ¿cómo era posible que aquel hombre lo supiera? En la casa no había nada donde se pudiera leer; la niña no tenía sábanas con su nombre bordado, ni baberos con sus iniciales desde donde poder empezar a indagar. Su madre era la única que sabía su identidad y, ahora, también aquel hombre extraño.

Lo siguió sin decir palabra con Hélène bien pegada a su pecho. Intentaba mantener un ánimo tranquilo para que la niña no sintiera el nerviosismo de su madre y se echara a llorar, puesto que eso sería fatal para los tres. Evangeline no consiguió controlarse, puesto que de sus ojos no dejaban de caer lágrimas densas que le mojaron todo el rostro. La pequeña, sin embargo, parecía que había captado la delicada situación en la que se encontraban, ya que el único ruido que hizo fueron unos pocos gorgoritos inocentes que no podrían alterar ni al sueño más liviano.

No supo cuánto tiempo anduvieron, pero el acercamiento del hombre la pilló completamente desprevenida. Ella iba mirando el suelo para no tropezar y, de pronto, se vio atrapada entre el tronco de un árbol y el cuerpo de Zachary. Al principio se pegó todo lo que pudo a la madera, asustada, pensando que las intenciones que traía eran otras. Cierto era que, si hubiera querido abusar de ella, bien podía haberlo hecho en la intimidad de su casa; para él habría sido todo mucho más cómodo, y no ahí, en mitad del bosque. Él pareció leerle el pensamiento, puesto que enseguida le aclaró —por enésima vez— que sólo pretendía ayudarla. Aún así, Evangeline seguía pareciendo reacia a terminar de confiar en él.

Movió los labios con la intención de decirle su nombre, pero una explosión la sobresaltó. Se agarró, con una de las manos, a la camisa de Zachary y se pegó a él mientras veía una columna de humo negro ascender hacia el cielo. Sus ojos estaban abiertos como platos. ¡Tenía razón! ¡La había tenido todo el tiempo y ella había estado a punto de no creerlo! Ahogó un sollozo y se cubrió la boca sin poder apartar los ojos del resplandor del fuego que se iniciaba a lo lejos.

Todavía estaba mirando el desastre cuando sintió un suave tirón de mano. Era Zachary, que las instaba a seguir caminando. Esta vez, Evangeline no dudó ni un sólo segundo; consiguió seguir el paso de él a pesar de que cargaba con una niña cada vez más inquieta, pero sabía que era eso o morir allí mismo. Subió al caballo con una habilidad asombrosa tratándose de alguien que jamás había cabalgado. Su familia no tenía apenas recursos, y los francos que conseguían reunir eran para pagar el sustento de sus miembros. Los caballos eran cosa de ricos, sobre todo los de monta. Uno de carga les habría facilitado mucho las cosas, pero no dejaba de ser otra boca más que alimentar.

No supo durante cuánto tiempo cabalgaron. El dolor de trasero empezó pronto y Evangeline no terminaba de encontrar una forma de ir cómoda sobre el animal. Con una mano debía sujetarse al cuerpo de Zachary, mientras que, con la otra, tenía que cargar con su hija, que ya empezaba a impacientarse por el hambre. La madre notaba los senos cargado de leche y eso, sumado a los lloros y quejas de la pequeña, hicieron que una sensación de agobio se empezara a alojar en su pecho.

Zachary, tenemos que parar. No aguanto más —dijo, tras mucho tiempo en silencio. Su voz sonó realmente angustiada—. Ya no me quedan fuerzas para llevar a la niña y sujetarme al mismo tiempo, y pronto empezará a llorar; tiene hambre, lleva horas sin comer. —Como si la estuviera entendiendo, Hélène empezó a llorar con fuerza—. Para, por favor.

Encontraron una zona tranquila llena de árboles, pero la distancia entre cada uno era lo suficientemente grande como para poder descansar sin sentirse abrumado por la espesura del bosque. No muy lejos de allí debía haber un riachuelo, puesto que se oía el rumor del agua correr.

Cuando Evangenline bajó del caballo, buscó un lugar donde poder acomodarse para dar el pecho. El bebé estaba muy inquieto, pero se tranquilizó en cuando su madre se sentó y la acercó al seno desnudo.

Me llamo Evangeline —se presentó, puesto que no había tenido ocasión de hacerlo antes—. Y ella es Hélène, pero eso ya lo sabes. —Un escalofrío le recorrió la espina dorsal de arriba a abajo—. ¿Cómo…?

No sabía cómo formular la pregunta porque, en realidad, no entendía nada de lo que estaba pasando.

También sabías lo que iba a pasar, tenías razón en todo, y yo… ¡Oh cielos! —exclamó—. He estado a punto de no creerte, es más, ni siquiera sé si te creía cuando nos hemos marchado. Pero ahora veo que son hombres horribles, sin escrúpulos. ¡Era gente inocente! —Respiró hondo y tragó saliva—. ¿Cómo sabías que ocurriría eso? ¿Quiénes eran ellos? —Lo miró con los ojos anegados en lágrimas—. ¿Y quién eres tú?


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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Zachary Bowen el Miér Sep 12, 2018 12:22 am

Nunca había visto a una madre alimentar a su hijo y la imagen lo conmovió y turbó por igual. Zachary había nacido y crecido en una familia de buena posición, había tenido una criandera –la llamaban así, pues a su madre el termino nodriza no le gustaba- igual que sus hermanos y sobrinos luego. El acto de amamantar era demasiado privado en la sociedad en la que él se movía y ahora entendía por qué: era tan admirable como hipnótico.

-Evangeline –repitió su nombre, intentando que su mirada no cayera sobre la boquita de la bebé que desesperada se alimentaba-. ¿Cuánto tiempo tiene de nacida tu niña? –le preguntó, mientras intentaba ordenar las respuestas que le daría.

Debería inspeccionar el entorno, asegurarse de que estaban a salvo. Pronto amanecería y él no podía decir con certeza cuanto les faltaba para llegar a París. Allí tenía amigos, estaba seguro de que Ladislav lo ayudaría –si es que podía encontrarlo-, a él podría dejarle a aquella mujer con su niña teniendo la plena seguridad de que él las protegería y ubicaría pronto en un lugar donde pudiesen recomenzar.


-Iré a buscar agua, supongo que debes tener sed –le respondió, porque alimentar a otro ser con su propio cuerpo debía de ser agotador-. No temas, regreso en un momento y te prometo que te contaré todo lo que quieras saber, aunque te advierto que debemos volver a cabalgar pronto. No estaré tranquilo hasta que lleguemos a un lugar habitado donde podamos confundirnos entre otras personas.

Caminó hasta Tom y guió al animal hasta el río que corría para que el animal –que ya había estado pastando- se hidratase. Aprovechó para inclinarse y beber directamente el agua fresca, lavarse el rostro y llenar con agua la bota que le ofrecería a Evangeline. Evangeline, que nombre tan bello… no la había imaginado dueña de un nombre tan dulce, habría apostado por uno más fuerte.

Antes de regresar a ella, Zachary rodeó el claro en el que se hallaban y constató que no había peligro. Si sus cálculos no fallaban, se encontraban ya a unas dos horas de llegar a las afueras de París. Esperaba que ambas aguantasen ese tiempo, aunque sea quería llegar al hostal que se encontraba en el acceso norte de la ciudad –creía que en una media hora podrían estar por aquella zona ya-, allí podrían descansar para luego volver a ponerse en marcha.


-Toma, Evangeline, bebe. Es agua fresca. ¿Estás bien? ¿Tienes frío? Yo estoy hambriento –le comentó, mientras oía a su estómago gruñir-. Creo que lo mejor que podemos hacer es llegar al hostal, descansar allí, comer bien y dormir –puntualizó-, para luego seguir camino hasta la ciudad. ¿Te parece bien? –Lo preguntaba por cortesía, pues él ya tenía el plan bien delineado-. En cuanto a todo lo que me has preguntado antes… Ellos son personas peligrosas y yo, para desgracia suya, he sido testigo de algo que puede darles problemas –adaptó la historia un poco, principalmente para que fuese fácil de explicar-, por eso estaban tan enojados. Y yo soy… ¿crees en la magia, Eva? –Lo preguntó dispuesto a decirle la verdad, ¿qué más daba? En cuestión de dos días, si todo salía bien, se separarían y no volvería a saber de ellas-. Soy algo parecido a un mago.

Tras la confesión, Zachary decidió que era momento de ponerse en marcha. La premura era real, pero también lo hacía porque no deseaba ser interrogado por la mujer. Preparó a Tom una vez más, esperando que al ser más corto el trecho viajase más cómoda la mujer.

-Puedes montar a mujeriegas esta vez y adelante mío. Iremos más despacio, lo prometo.
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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

Mensaje por Evangeline Sainz el Dom Sep 16, 2018 12:23 pm

Evangeline jamás había sentido nada más placentero como lo que sintió la primera vez que le dio el pecho a su hija. Notar la pequeña boquita succionar era una sensación extraña, pero pensar que no había nada más puro como que una madre alimentara a su retoño le llenaba de calor el pecho. También podía ser que, nada más nacer, el cuerpo de Evangeline era muy propenso a los cambios de humor, y cualquier cosa, por pequeña que fuera, le producía una honda emoción que casi siempre le saltaba las lágrimas.

Tres meses —contestó, sin apartar la mirada de la niña—. Te esperaremos aquí, no nos moveremos.

Lo miró un momento mientras Zachary desataba las riendas del caballo y lo vio alejarse en busca del riachuelo que sonaba no muy lejos de allí. Era de noche y allí, entre los árboles, la poca luz que brillaba fuera era todavía más escasa. La mujer apretó a Hélène aún más contra su cuerpo y se colocó en una posición claramente defensiva. No creía que la falta de la compañía masculina fuera a suponerle ese estado de alerta. ¡Había vivido sola durante un año ya! Y había vivido bien, con pocos recursos, pero tranquila y segura en su hogar. ¿Qué le pasaba ahora con aquel hombre que acababa de conocer?

Mientras él había estado a su lado, Evangeline no había sentido el peligro que en realidad las rodeaba; algo le decía que Zachary las protegería a ambas, pero, ahora que esperaba su retorno con el agua fresca, sentía que cualquier movimiento a su alrededor era una amenaza para ella y su bebé. La niña sintió el nerviosismo de la madre y se revolvió sin soltar el pecho, así que la acunó y le cantó una melodía suave para tranquilizarla.

Comenzó a escuchar ruidos de animalitos a su alrededor, pero intentó no hacerles caso por el bien de ambas. De pronto, los sonidos se agravaron y se volvieron pesados, como si alguien se estuviera acercando. Eva giró el rostro para darse cuenta de que era Zachary.

Oh, gracias —dijo, tomando la bota que le tendía y bebiendo mientras seguía sujetando a Hélène—. Estoy cansada, pero estoy bien. La angustia de todo esto me ha quitado el apetito, pero debería comer algo para recuperar fuerzas porque esta niña se las está llevando todas.

Quiso bromear para hacer de ese ambiente que estaban viviendo uno menos tenso. Cambió a la cría de posición y le ofreció el otro pecho después de ayudarla a sacar los gases que había tragado al comer.

¿Al hostal? —preguntó, con la intención de corroborar lo que había entendido—. No lo sé, supongo que será lo mejor.

Ella preferiría dormir en algún sitio recogido que no implicara gastar un puñado de francos, puesto que lo que le había dado tiempo a llevar consigo era muy poco y lo iba a necesitar. Después del hostal, él quería ir a la ciudad. ¿Y qué haría ella allí, sola y con un bebé de tres meses? Sólo sabía trabajar la arcilla, y no se podía considerar buena en la materia. Hacía jarras, platos y vasos que conseguía vender en las posadas, pero esa era una profesión que tenía futuro en una aldea como en al que ella vivía, donde los alfareros eran escasos, si no inexistentes. La ciudad debía estar llena de gente que supiera trabajar la arcilla mucho mejor que ella, vendiéndola, además, a un precio muy competitivo. Evangeline no tenía nada que hacer allí, pero tampoco tenía el valor para decirle que ella no deseaba ir a la ciudad.

Quiso preguntarle más cosas sobre eso de la magia, pero no le dio tiempo. ¿Un mago? Debía estar tomándole el pelo, ¿o quizá no? Con toda su confusión, se levantó del tronco donde estaba sentada, se cubrió de nuevo el pecho y arropó a Hélène para acercarse al caballo.

Zach —lo llamó usando el apodo que él le había dicho—, no sé montar a caballo. Con las piernas separadas es más fácil, pero me duelen mucho —explicó—. He visto montar a mujeres, sé cómo se hace, pero tengo miedo de caerme. ¿Prometes ir despacio y sujetarme? Yo me agarraré donde me digas.

Terminó de acortar la distancia que la separaba de él y se plantó frente al hechicero.

Ayúdame con la niña mientras me monto —le pidió, tendiéndole al bebé, que lejos estaba de dormirse—. Cuando esté arriba, dámela, ¿de acuerdo?

Miró a su hija y le dedicó una caricia antes de girarse y encaramarse al caballo. Sin Hélène, montar sobre Tom le resultó mucho más fácil. Sentarse con ambas piernas hacia el mismo lado, no obstante, fue más complicado de lo que realmente parecía. Cuando se sintió segura, estiró los brazos para alcanzar a su hija y envolverla con el abrigo que llevaba, cerrando los botones para que quedara más sujeta a su cuerpo. Cuando Zachary montó tras ella, Evangeline sintió el calor que emanaba y se sorprendió a sí misma deseando que ese cuerpo la abrazara durante la noche. Parecía que llevaba demasiado tiempo estando sola.

Se está durmiendo —anunció con un susurró después de un trecho de camino recorrido—. Me alegro de que ella no sea consciente de todo esto que está pasando. Yo no sé si lograré dormir algo, ni esta noche ni las que están por venir —confesó—. Zachary, ¿qué es eso de que eres parecido a un mago? Una vez, cuando era pequeña, mi madre me llevó al circo. Allí había un mago que se guardaba una moneda en una mano y la hacía aparecer en la otra, o en el bolsillo de algún espectador. —Giró la cabeza ligeramente para poder mirarlo—. ¿Es esa la magia que tú haces?


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Re: Duérmete, niño {Zachary Bowen}

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