Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Netanya Itzik el Lun Jul 09, 2018 1:12 am

Eh, tú, zorra, creía haberte dicho que no te alejaras nada más que para traerme más bebidas. ¿O es que disfrutas llamando la atención de todo el mundo? ¡Recuerda quién ha pagado por ti! -Vociferó el hombre de forma grotesca, burlona, para luego tomar al joven por el brazo y atraerlo hacia sí sin un ápice de delicadeza. Tomó los labios ajenos por sorpresa, con brusquedad, haciendo que el chico, vestido como una joven para la ocasión, se sobresaltara y tensara de forma más que evidente, aunque finalmente no hizo nada por separarse del ebrio cliente al que le había tocado acompañar aquella noche. Eso era lo que esperaban de él, después de todo, que mantuviera la boca cerrada e hiciera cuanto le pidieran. Para eso le pagaban, y eso era lo que le permitía comer aunque fuese una vez al día, y las sobras de los otros trabajadores del burdel. Una vez el cliente le hubo soltado, Netanya se separó un par de pasos y volvió a respirar con normalidad. Muchas veces sentía la necesidad imperiosa de echarse a llorar, o ponerse a gritar a los cuatro vientos, pero siempre había algo que se lo impedía. En aquella ocasión, eran las ruidosas risas de los acompañantes de aquel que lo había contratado. A decir verdad, estaba aterrado. Por si su decepción al comprender que su cuerpo no iba a cambiar, que seguía siendo un chico, no fuera poca, cuando lo vestían de aquella forma su confusión no hacía más que ir en aumento. Se lo mirase como se lo mirase, su aspecto era el mismo que el de una adolescente en plena pubertad. Los rasgos delicados de su rostro, su cintura delgada y estrecha, sus largas extremidades, el sedoso cabello que le caía en cascada por la espalda... Todo gritaba "mujer" a los cuatro vientos, pero había algo que seguía sin encajar. Lo sabía. Su Señor también lo sabía. Pero aún así, lo mandaba a trabajos que requerían que siguiera siendo una mujer. ¿Qué era? ¿Quién era? ¿Qué querían de él?

Por si todo aquello no bastara para hacerlo sentir mareado, el licor que lo habían obligado a tomar como entretenimiento estaba subiéndosele a la cabeza a una velocidad alarmante. Le costaba distinguir derecha de izquierda, e incluso entender lo que le estaban diciendo. Una sensación de náusea le había ascendido desde la garganta desde hacía un rato. Estaba confuso, mareado y extremadamente cansado. Pero eso no hacía que las demandas de aquel borracho se hicieran menos frecuentes precisamente. Como pudo, se dedicó a servirles ronda tras ronda de bebidas, tratando de no quejarse cuando sentía que era manoseado. Cada vez que quería emitir alguna señal de disgusto, recordaba lo sufrido en aquella primera noche en París, la misma noche en que se convirtió en propiedad de aquel proxeneta. No tenía derecho a quejarse. La marca grabada con fuego en su piel era indicativo de ello, y todos aquellos que lo miraban, tocaban y reían eran conscientes de ello. 

Los otros clientes de la taberna, ajenos a la celebración que se realizaba, podían pensar muchas cosas. Que el joven daba pena, o que los otros se estaban excediendo. Honestamente, él no lo sabía, pero pensaran lo que pensaran, ninguno movió ni un dedo para ayudarlo. Probablemente también eran conscientes de la situación en que se encontraba. El hombre del centro, el que acaparaba la atención de todos y el que más agresivo se mostraba a la hora de manejarlo, era un comerciante muy conocido que estaba a punto de casarse. Si bien la forma que había escogido para divertirse era despreciable, lamentable incluso, no era algo que se saliera demasiado de la norma. Al final, todas las prostitutas no eran más que eso, prostitutas. Por muy dulces o inocentes que parecieran, estaban mancillados, y como tal, no eran merecedores de ser atendidos como cualquier otro. Era la triste, cruda y cruenta realidad en la que le había tocado vivir a aquel chico que soñaba con ser chica. O aquella chica cuya evolución se había detenido en la de chico. A medida que el alcohol se seguía acumulando en su escuálido cuerpo, sus movimientos se fueron haciendo más y más torpes, lo que incrementaba el volumen de las risas y lo retorcido de los improperios que eran dirigidos hacia su persona. Pero no había escapatoria posible, no para él. 

Eso fue lo último que pensó antes de caer al suelo en el trayecto en dirección a los lavabos. Eso, y que aún a aquellas alturas no tenía del todo claro a cuál de los dos debía entrar.


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Re: · The Pain Within ·

Mensaje por Hedeon "Yakov" Demídov el Dom Nov 11, 2018 1:10 am

Mi búsqueda no estaba dando frutos, y eso no ayudaba a que mi humor dejara de ser tan terrible. Habían pasado dos meses desde que le volviera a perder el rastro a esa furcia. Otra vez. Desde que se me hubiera escapado tras humillarme y hacerme quedar como un imbécil ante mis hombres. Otra vez. La costumbre que se había instaurado comenzaba a ser desconcertante, por no decir irritante. Ya casi podía escuchar las mofas de mis subordinados, a mi espalda, simplemente con mirarlos al rostro. No es que los culpara; con todo mi poder, y mis malos humos, era incapaz de controlar a una simple chiquilla, y ésta se estaba riendo en mis narices. Lo peor de todo era que, aunque sabía que acabar con su patética existencia sería una solución definitiva que nos dejaría a todos contentos, algo me impedía hacerlo, llevar ese paso a cabo finalmente. No era algo que comprendiera, no realmente. En mi larga vida no han sido pocas las mujeres que llegué a considerar amantes, dentro de las cuales incluso llegué a apreciar a algunas. Pero jamás me lo pensé ni dos segundos antes de apartarlas, o terminar con su vida, cuando dejaran de serme útiles o me traicionaran de algún modo. Ciel nunca fue mi amante, y desde luego, sentía muchas cosas por ella, pero cariño no era una de ellas. Entonces, ¿qué me llevaba a dejarla ir, a no seguir su rastro, cuando aún era perceptible?

La cuarta vez que aquella noche me formulé esa pregunta, me dije que ya era suficiente, y decidí salir de la residencia en busca de algún tipo de diversión. Algo para despejar mi mente, para nublar mis sentidos, y para hacerme olvidar lo patético que era que una simple puta manejara mis estados de ánimo de forma tan ridícula. Una vocecita al fondo de mi mente me decía que tenía algo que ver con el linaje, con los licántropos, pero por extraño que parezca, evitaba pensar en el trasfondo de mi naturaleza tanto como me era posible. Eso implicaba pensar en mi familia, y no era algo que me apeteciera, precisamente.

Por suerte, la taberna era lo bastante ruidosa como para acallar cualquier voz que amenazara con salir de mi propio subconsciente. Tras los primeros tragos de whisky y ron, insuficientes para emborracharme, pero bastantes como para hacerme sentir algo más liviano, comencé a bromear con algunos de los frecuentes a los que ya conocía de otras noches en que había acudido a aquel antro con las mismas intenciones de evadirme como en esa. Un grupo captó mi atención poco después, no sólo por el escándalo que estaban mostrando, sino también por la "mercancía" que les estaba haciendo compañía, una que costaba muchísimo más de lo que ninguno de ellos pudiera permitirse. Al menos, en circunstancias normales. Aunque los ropajes de la ramera no eran nada del otro mundo, su belleza era absolutamente arrebatadora. Y la naturaleza que se escondía tras sus rasgos gráciles e infantiles la convertían en algo así como un animal exótico. Y nunca mejor dicho. Observé la escena con atención, esperando encontrar una pista de por qué alguien tan exquisito estaría en semejante sitio, pero simplemente parecía que la suerte no estaba de su lado. No era algo inusual, pero no pensaba dejar pasar la oportunidad.

En cuanto vi cómo la chica se alejaba en dirección a los servicios, la seguí, disimulando para no levantar sospechas, pero sin perderla de vista. Se tambaleaba de forma más que evidente, así que no debía estar muy acostumbrada al alcohol. Si era por juventud o simplemente porque llevaba poco tiempo en la profesión, era irrelevante, ya que tanto lo uno como lo otro me resultarían favorables. Me pilló un poco por sorpresa cuando la vi desplomarse, pero por suerte estaba lo bastante cerca como para atraparla antes de que cayera sobre el suelo. Tan ligera como ella, la cargué y nos metí a ambos en el almacén más al fondo del local, cerrando la puerta a mi espalda. No tardarían mucho en echarla de menos, así que tendría que examinarla lo más rápido posible.



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Hedeon "Yakov" Demídov
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