Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Walls Within

Mensaje por Eithne F. de Sauveterre el Sáb Jul 21, 2018 8:37 pm

El mundo resulta ser un lugar de lo más hostil para aquellos que no están dispuestos a acatar sus reglas. En el año 1800, lo que se esperaba de una mujer, especialmente de una en su misma posición, resultaba ser bastante simple. Que fuera recatada, que no alzara la voz, que siempre estuviera presentable y con una sonrisa afable para aquellos que se le acercaban, que supiera cantar, tejer y entretener a sus invitados pero sin excederse nunca, que fuera una esposa ejemplar, de las que no se quejan por los deslices de su esposo ni proclaman a los cuatro vientos lo que ocurre en sus vidas privadas. Y por último, y siendo lo más importante, que se convirtiera en una madre lo antes posible, para así inculcar esos mismos valores a la siguiente generación. Siendo objetivos, Eithne era la mujer perfecta en muchísimos aspectos. Su forma de ser, de actuar, no había mejor modo de ser descrito que con el término "ejemplar". Era agradable, pero sin resultar llamativa. Sabía permanecer a la sombra de su marido, pero sin embargo era bien versada en casi todos los temas de actualidad...

Y sin embargo, a pesar de que nadie pudiera sacar falta alguna a su personalidad o a su naturaleza, a ojos de otras muchachas de su misma clase y condición, era la única inepta en lo que a obligaciones maritales se refería. Porque con veinticinco años, y después de haber pasado con su esposo casi una década, no sólo no tenia ningún hijo, sino que ni siquiera había estado encinta en ninguna otra ocasión aparte de aquella primera vez hacía años. Las noticias, los cotilleos, circulaban entre la nobleza a una velocidad pasmosa, y aunque no pudiera hacer nada para evitarlo, eso no la hacía sentir mejor. Se sentía avergonzada, pero también terriblemente frustrada, como si el hecho de no ser madre invalidara el resto de sus virtudes. Y si bien era consciente de que su marido jamás le recriminaría algo como eso, no podía evitar ponerse en su lugar. Sin duda, él desearía un hijo, un heredero, puede que incluso una familia numerosa... Pero había algo en ella, algo que estaba mal, que no funcionaba correctamente. No solamente era la inhabilidad para quedarse encinta, sino también el hecho de que, a pesar de ser mujer, de tener la edad que tenía y de que los niños le gustaran, no sentía esa llamada, esa sensación de la que tanto había oído hablar, que las empujaba a decirse a sí mismas, "¡quiero ser madre!". Y por más que se preguntara cuál era el motivo tras esas diferencias con el resto, no era capaz de encontrar una respuesta.

Aquella mañana había despertado, como era costumbre desde hacía algunas semanas, a solas en el lecho. Una parte de sí misma no podía evitar preguntarse si las palabras ajenas, que sugerían que sus faltas la llevarían a perder a su esposo, estarían finalmente haciéndose realidad. Aquella idea le causaba temor, indudablemente, pero también una cierta sensación de alivio. Quizá si Jérôme terminaba por perder el interés por ella, la carga que tenía sobre sus hombros se haría más liviana. Le aterraba pensar de aquel modo, pero no podía evitarlo: aunque saber que has empujado a tu propio marido a los brazos de otra resultaría indudablemente el peor fracaso que cualquier esposa podía imaginar, tal vez ello ayudaría a deshacerse un poco de la culpabilidad que la corroía por no ser capaz de cumplir las expectativas que el hombre, aunque no lo dijera en voz alta, había depositado en ella.

Otra parte de su persona, sin embargo, reconocía que lo más probable era que simplemente se tratara de una mala racha en los negocios. No era la primera vez que sucedía. A pesar de que Jérôme trataba mayormente de ser cuidadoso y afectuoso con ella, en su interior se ocultaba una parte violenta, incluso cruel, que alguna vez había hecho acto de aparición, dejándolos luego a ambos acongojados. Ella, por sentirse vulnerable, impotente, y dolida; y él, porque se daba cuenta de que una vez más le había hecho daño a la mujer de la que había estado enamorado desde el primer momento en que la vio. La única forma que conocía para impedir aquellos arrebatos era alejarse de ella tanto como le fuera posible. Pero eso era algo que dejaba Eithne con una profunda sensación de vacío, de decepción. Si soportar su rabia era algo que lo ayudaba, aunque fuera mínimamente, gustosa se hubiera ofrecido a aceptarlo. Pero su incapacidad para transmitir sus ideas propias se interponía. Eso, y el inherente miedo que acompañaba el hecho de que tanta ira se acumulara en el interior del hombre con el que se había casado.

Ira de la que, sin duda, ella también era causa.



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Re: The Walls Within

Mensaje por Jérôme C. de Sauveterre el Dom Sep 30, 2018 11:50 pm

Cuando la situación nos supera nuestra forma de reaccionar depende mucho de las fortalezas de cada uno, y también de los valores que nos fueron inculcados en el pasado, bien sea por nuestra familia directa, o por nuestros mentores. En el caso de Jérôme, dichos valores podían resumirse simplemente con un concepto: la necesidad de obtener éxito por encima de cualquier otra cosa. Su padre antes que él se había esforzado hasta la extenuación a fin de conseguir que la familia obtuviera un lugar aunque fuese mínimamente mejor que el anterior, con cada nuevo pacto, con cada nuevo plan, con cada nuevo viaje. Su cosecha de victorias parecía nunca detenerse, y éstas se prolongaron al primogénito y heredero cuando la muerte le llegó al exhausto cabeza de familia. No hubo tiempo para hundirse en la pena, ni siquiera para llorar las pérdidas que su fallecimiento pudiera acarrear. La frialdad de los negocios era otra de las cosas que se le habían inculcado, hasta el punto que hasta la aflicción debía ser sufrida en silencio y no interponerse en el camino de sus negocios. Visto desde fuera, su autómata forma de actuar parecía corresponderse a la de un ser frío y sin remordimientos. Y era precisamente en ese punto donde se equivocaban casi todos.

La incapacidad para reconocer el propio dolor y hacerse cargo de él de forma efectiva, es probablemente el peor defecto que el inquisidor pudiera padecer. Mostrando sus fortalezas en todo momento, tragándose su estrés, sus heridas, siendo el ego más consistente que la necesidad de desahogarse, no era difícil imaginar que incluso alguien tan aparentemente recto, firme y sin defectos como Jérôme terminara por explotar más tarde o más temprano. Todos lo suponían, pero por supuesto, nadie era partícipe de dichos momentos. Mostrar las debilidades a terceros jamás es una buena idea. Al menos, a otros que no fueran ella. Eithne era la excepción a la norma, probablemente en casi todos los sentidos que podía adquirir dicha expresión. Era con la única con la que se sentía lo bastante cómodo como para mostrarse tal y como era, sin máscaras ni sin tapujos, pero también aquella con la que descargaba sus frustraciones, el miedo a ofenderla o a que sus acciones provocaran represalias inexistente cuando estaban solamente ellos dos. No, Eithne era demasiado sumisa, y él estaba demasiado acostumbrado a aprovecharse de la situación. No era lo ideal. No se sentía orgulloso. Pero en gran medida, si se mantenía a flote en el resto de ámbitos de su vida era porque, en la intimidad de su hogar, podía derrumbarse sin que de ella surgieran más que palabras de aliento y ánimo.

A veces, realmente creía que no se la merecía.

Y probablemente eso fuera cierto en muchos más sentidos que en ese. Incluso desde el inicio, desde antes de conocerla, su matrimonio había sido para él un modo más de obtener beneficios. Claro que una vez la vio en persona su perspectiva cambió radicalmente, y su recelo y deseos de monopolizar salieron a flote casi con más fuerza en que existían los deseos por obtener los títulos nobiliarios que el matrimonio le brindaría. Una vez la tuvo entre sus brazos, muchas cosas dejaron de ser relevantes, salvo por el deseo de marcar, poseer, domar y obtener todo cuanto la muchacha, tan joven, tan pura y deliciosa, tenía para ofrecer. Y nunca, nunca, era suficiente. Nunca sería suficiente. Porque aunque él se esforzara por complacerla, era incapaz de conseguir que Eithne se entregara del todo, ya que ella misma había construido barreras que no sabía cómo destruir.

Aquel día en concreto, a pesar de lo que aparentara, su mal humor y frustración no tenían nada que ver con el mundo externo, ni siquiera con los problemas propios que solían traer consigo las misiones del Vaticano. Otra vez la había escuchado, llorando en sueños, rogando porque tras su último encuentro íntimo la vida siguiera sin crecer en su interior. No podía comprenderlo. ¿Acaso no ansiaba sellar su pacto de unión eterno del modo más maravilloso posible? Regalándole una vida, una forma de mirar al futuro de su familia, de una familia que deseaba formar con ella por encima de cualquier cosa.

¿A qué era a lo que temía?


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