Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Travis Halford el Jue Jul 26, 2018 9:15 pm


“You think I'm not a god?
Try me.
This is a torch song.
Touch me and you'll burn.”
― Margaret Atwood, Helen of Troy Does Countertop Dancing


Repasó con la yema de los dedos el estuche de uno de sus violines, su preferido, un hermoso Guarneri comprado directamente en Cremona. Pero no era el instrumento, era el virtuoso el que lo hacía sonar tan exquisito. Sin embargo, Travis se dio cuenta que metido en su empresa de escribir su primera ópera, hace mucho no se detenía a tocar, a tocar en serio sin pensar en nada más, esa habilidad que había significado su gloria y su caída, bendición y maldición a partes iguales.

Abrió la funda, tomó el violín y su arco, pero no comenzó a tocar inmediatamente. Alcanzó una bufanda del mismo color que la sangre en la oscuridad, se envolvió en ella y salió. Cuidó que nadie lo estuviera viendo, porque Nicholas tenía ojos por todos lados; tampoco es que se fuera a alejar demasiado, es más, ni siquiera planeaba salir de la propiedad, sólo quería calma y así recorrió pasillos y salones con la cautela que haber vivido en la calle le enseñó. Pasó como sombra, desapercibido y silencioso.

Al fin alcanzó el exterior, rodeó la casona, desde que había llegado no había salido y no recordaba lo grande que era, no obstante, no se detuvo a contemplarla porque no tenía tiempo y sus pasos lo llevaron hasta los establos. Uno que imaginaría que un chiquillo de sus caprichos y aires sentiría más repulsión por el olor a caballo y heno, sin embargo, encontró en ese sitio el lugar perfecto para tocar.

Una vez que miró a ambos lados, cerró los ojos, acomodó el instrumento y comenzó a tocar, a tocar con furia y entrega una pieza incendiaria: Nel cor più non mi sento de Paganini, tan compleja que muy pocos eran capaces de reproducirla, su autor y unos cuantos más, y ahí estaba él, tocándola de memoria, más de diez minutos de ires y venires. Apenas acabó, comenzó con una pieza menos compleja, más libre, había algo en el barroco que encantaba al chiquillo, el Concierto para violín en La Menor de Vivaldi era perfecto para el entorno pastoral que había elegido.

En sus facciones, en sus manos, en su postura, en todo él se podía apreciar el verdadero amor que sentía por el arte, que detrás del niño berrinchudo existía un verdadero genio, cuya capacidad para dominar ese instrumento, y todos, la música entera, era casi una venia a sus groserías y su actitud déspota. Porque ahí, con un violín en las manos, Travis era capaz de encender el mundo entero con pura pasión y rabia.

Cuando hubo terminado, dio un largo suspiro, escuchó a las aves cantar y las vacas mugir, al follaje moverse con el viento y el sonido de su propio corazón, acelerado y contento, por una maldita vez, alegre, y eso era porque había hecho lo único que deseaba: tocar, interpretar, escribir, hacer música.

Abrió los ojos de a poco y esperó encontrarse con lo mismo de hace unos minutos, los establos con caballos de tiro y deportivos, la paja acumulada a un lado, sus bebederos repletos de agua, no obstante, unos ojos claros lo miraron de vuelta y Travis alzó ambas cejas, más sorprendido que enojado.

¿Qué haces aquí? —espetó—, no eres capaz de entender lo que aquí acaba de pasar —continuó con condescendencia, en una mano el violín y su arco, y la otra libre, manoteando con desprecio a la pobre chica. Mathilde era una víctima de las circunstancias, casi tanto como él, se dijo, pero no se iba a permitir tener empatía por ella.


It was never Icarus' intention to make a myth of himself.
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Re: Torch Song → Privado

Mensaje por Mathilde Hewson el Dom Sep 23, 2018 12:17 am

"¡Música! Melancólico alimento para los que vivimos del amor."
Julio Cortázar

Ella lo había invitado. Él no había ido. Mathilde cargaba con la tristeza a cuestas, como si un amigo de la infancia la hubiese traicionado. Suspiraba por los rincones y contemplaba al joven Travis desde lejos, como si se tratase de una escultura. Se esmeraba en dejar su habitación brillante, siempre tenía flores frescas y cocinaba dulces para que tuviera a su disposición, mas nunca recibía un agradecimiento o una mirada displicente. Parecía que nunca lograría ganarse la amistad de ese muchacho que, a sus ojos, resultaba fascinante. También se preguntaba por qué el patrón tenía un trato tan especial a él, y cuando los veía juntos, sentía en el corazón una angustia difícil de explicar. No sabía cómo, ni por qué, pero había algo en el vínculo del adulto y el joven que le provocaba malestar, un escozor en la piel, un doloroso cosquilleo en la espalda. Estaba atenta, pero nunca notaba nada diferente. Simplemente, era un presentimiento que no se atrevía a compartir con su tía Anne, por temor a que no le permitiesen seguir atendiendo a Halford.

Un día a la semana era libre, y generalmente lo utilizaba para sus esculturas. En una pequeña garita abandonada, Mathilde y su madrina la habían acondicionado para convertirla en una especie de taller. Se escabullía y se encerraba durante horas, ya que a ese sitio nadie se dirigía. En aquella jornada, se encontraba especialmente creativa, y se mantenía concentrada y compenetrada con su labor. Con la última paga había logrado comprar nuevos materiales, y eso la tenía muy entusiasmada. Sin embargo, un sonido atípico llegó a sus oídos y la devolvió al mundo de los vivos. Aguzó el oído y distinguió la suavidad de un violín. Sonrió ampliamente, hasta que los ojos se le achinaron. Se llevó ambas manos al pecho, su corazón latía con fuerza. No podía ser otro que Travis.

Sigilosa, abandonó su refugio y dejó que el sonido la guiara hasta los establos. Los animales no se alteraron ante su presencia, por ende, no la delataron. Se acercó hasta donde pudo y lo escuchó, con los párpados bajos y experimentando una sensación de admiración y de paz a la vez. Nunca lo había visto tan compenetrado, tan relajado, tan sumido en sí mismo, sin ninguna de las máscaras que se ponía para repeler al mundo. Ese era el Travis que Mathilde podía ver cuando lo contemplaba, ese que había percibido que existía desde que lo vio por primera vez. Se sintió feliz de ser testigo de tan maravilloso momento; el muchacho parecía destilar magia. La pieza finalizó y la jovencita no pudo escapar antes de ser descubierta, se había quedado prendada de él, de lo diferente que se veía. En su vientre, miles de mariposas revoloteaban y la mantenían aferrada a la tierra bajo sus pies. También pensó en lo sucia que se veía y las mejillas se le colorearon de vergüenza.

Tal vez tiene razón —respondió, con cierta pena en la voz. No entendía por qué la trataba de aquella forma, como si se tratase de un pequeño insecto. Mathilde, después de haber sido espectadora de tan fascinante momento, se sentía unida a Travis por una fuerza sobrenatural. —Pero puedo decirle que es fantástico. Aunque, probablemente, ya lo sepa —de pronto, quiso irse. No pidió disculpas, tampoco permiso; giró sobre sus talones y comenzó a caminar en dirección contraria al músico. Pero se detuvo, regresó sobre sus pasos y se plantó muy cerca de él. La diferencias de estatura era notoria, pero Mathilde lo miró a los ojos con firmeza.

¿Por qué me odia tanto? ¿No se da cuenta que sólo quiero ser su amiga? —y se mordió el labio inferior porque no daría un espectáculo lacrimógeno.


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Mathilde Hewson
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