Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Federicca della Rovere el Sáb Ago 18, 2018 7:56 pm

Ya no soportaba a Joseph Noher, no toleraba siquiera sentir en el ambiente su perfume dulzón y de mal gusto, detestaba oír su voz… Pero Joseph Noher era su esposo y Federicca debía soportar aquello porque necesitaba el dinero, nada tenía propio, todo se lo habían arrebatado al quitarle la vida, y debía valorar todo lo que a costa de Noher conseguía.

Había sido idea de Romeo, por supuesto, como todas las buenas ideas… él era un hombre único, tan inteligente como encantador y seductor, no había mujer que no cayera a sus pies –de hecho Federicca estaba allí y hasta se arrastraba por él- y todo lo que planeaba le salía bien. Romeo d’Aosta había sido su gran bendición en el último tiempo. Él había hallado a Joseph, detectando enseguida la fascinación que el cincuentón tenía por los vampiros; tenía colecciones de libros que hablaban sobre aquella raza, conseguía sangre de vampiros que compraba por sumas desorbitantes de dinero… ¿Qué mejor que darle una esposa vampiresa, bella y vividora? Necesitaban poder y poco a poco lo tenían, necesitaban estabilidad económica y Joseph se las daba. Todo era perfecto… excepto por los momentos en los que el hombre quería intimar con Federicca que la mayoría de las veces lo persuadía –aunque no todas- y hasta había llegado a usar hierbas para dormirlo mezclándolas con la sangre que se sacaba de la muñeca para servírsela al hombre en una copa.


-Joseph, querido, es tan tarde y tú trabajas tanto, sin descanso… ve a dormir –le pidió, porque eran cerca de las dos de la madrugada y ella quería tener unas horas para estar sola y en paz, para pensar en Romeo.

Pero el hombre no quería retirarse de la biblioteca, pretendía darle charla sobre sus aburridos negocios y Federicca se desesperaba. ¿Qué era ese horario para un hombre que necesitaba descansar varias horas por noche? Con tal de que se fuera a la cama pronto, Federicca cedió a su pedido de masajearle las sienes y así estuvo durante varios minutos… pero Joseph no se relajaba, hablaba de hacer un viaje juntos a la España, de la posibilidad de adoptar un niño allí, y Federicca no dejaba de preguntarse por qué tenía todo que ser tan difícil para ella.


-Dame un momento, cariño –le dijo y, tras darle un beso en los labios, salió de la habitación. Deseaba romper todo allí y no podía hacerlo, él no podía verla perder el control.

Estaba abrumada, deseaba irse muy lejos y no tener que ver a ese hombre nunca más, no tener que besar sus labios ni volver a sentirlo en su interior. Recorrió el pasillo de la planta baja hasta el final, se entretuvo contemplando el exterior, deseando que el viento que mecía las ramas de los árboles la arrastrase a ella también… pero si se iba, ¿cuándo volvería a ver a Romeo? Y, como si lo hubiese invocado, Federicca oyó sonidos en el exterior. La puerta de servicio se abrió y Romeo d’Aosta ingresó en la casa.


-Oh, llegas en el momento justo –le dijo y se acercó a él, sin reprimirse lo abrazó con fuerza y confianza.

Se conocían hacía tiempo, ella había sido su asistente y con él había sido asesinada –entre muchas otras cosas-, podía decirse que había pocas cosas que Romeo no supiera de ella. Federicca lo amaba, ese amor no había muerto cuando ellos sí, ahora el sentimiento era más intenso y poderoso en su interior.


-Odio a este hombre, ya no lo soporto. No quiere irse a la cama, quiere obligarme a ser madre –le soltó todo aquello de golpe, sin ver que tal vez carecía de sentido al ser solo frases desordenadas-. Ya no lo aguanto, quiero que se muera, quiero que me deje todo y se muera. –Sí, desde que la habían convertido, Federicca se había vuelto mucho más cruel, pocas cosas la sensibilizaban y su esposo no era una de ellas.
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Re: Our Purpose | Privado

Mensaje por Romeo d'Aosta el Dom Sep 30, 2018 6:53 am

A pesar de que hacía algunos años ya que había cambiado su naturaleza, Romeo no se terminaba de acostumbrar a sus poderes. No tenía claro si le gustaban o si, por el contrario, los detestaba; había momentos en los que se sentía tan poderoso que creía que nada podría con él, mientras que, otras veces, se sentía como un gato en mitad de una jauría de perros. De no haber sido por su tía, Ramiara d’Aosta, no estaba seguro de haber podido comprender la magnitud de su situación. Lo cierto era que todavía no terminaba de creer la suerte que había tenido al encontrar a la vampira. Claro que tenía a Federicca, su fiel compañera desde la noche del desastre, pero ella estaba como él: perdida en un mundo nuevo.

Ramiara había sido siempre una leyenda en su familia, puesto que participó en la batalla que estuvo a punto de terminar con el apellido que portaba. Gracias al hijo que engendró uno de sus hermanos antes de morir es que Romeo llegó al mundo, guerrero como toda su familia. Fue Ramiara, también, quien le demostró que su condición de inmortal no disminuía su capacidad para luchar, al contrario; conocía la técnica, conocía a sus enemigos y, ahora, tenía unos poderes que podía usar a su favor para conseguir ventaja sobre aquellos a los que quería perseguir. Poco a poco, la visión que Romeo tenía sobre los vampiros fue diluyéndose y convirtiéndose en otra mucho menos dura.

Ahora que lo veía todo desde esa perspectiva era el momento de actuar. A pesar de que ser un vampiro tenía sus ventajas, el proceso por el que le obligaron a pasar fue tan traumático que, para el italiano, no había un día en el que no soñara con volver a ser un humano corriente. Sabía, por supuesto, que eso era imposible —Ramiara se lo había explicado todo—, como sabía muchas otras cosas que habían cambiado para siempre en él y en Federicca.

Pensar en ella le producía un cosquilleo en el estómago y tensión en la entrepierna. Esa mujer había trabajado para él desde el mismo día que lo nombraron líder de la cuarta facción, pero nunca se fijó en su persona hasta el día en el que se despertó, convertido, a su lado. Desde entonces, se sentía unido a ella por algo que no comprendía. No era amor —o eso creía él—, sino una atracción explosiva que hacía que quisiera poseerla continuamente. Sentía que Federicca la pertenecía y no soportaba que Joseph la tocara, pero, al mismo tiempo, no hacía nada para quitarse del medio al hombre que tan bien les había venido. ¿Qué era, entonces, lo que la vampira producía en él?

Entró en la casa ajena, que tan bien conocía, y se coló entre las habitaciones del servicio hasta llegar a la planta baja. A pesar de que era un hombre silencioso —gracias, en gran parte, a los años de entrenamiento en la Inquisición—, el oído de Federicca era extremadamente agudo, así que lo encontró antes de que él tuviera que presentarse.

Yo siempre llego en el momento justo —puntualizó, agarrándola de la cintura con descaro y acercándola a él.

¡Oh, Federicca! Su olor lo cautivaba y, cuando la mujer separó el rostro, él acercó el suyo para atrapar los labios jugosos de ella con los suyos. La besó profundamente sin importarle que su marido estuviera en la habitación contigua. Tenía al estúpido de Noher, ese pirado de los vampiros, comiendo de la palma de su mano, pero imaginaba que no le gustaría ver cómo Romeo d’Aosta la besaba de aquella manera tan posesiva.

Sabes a él —dijo, escupiendo en un jarrón que encontró en una cómoda—. Que se muera sería lo mejor, Fede, pero todavía nos viene bien que siga respirando. Entra en el salón y finge que vas a darle un masaje en el cuello. Cuando se relaje, aprieta en el punto que te enseñé —se colocó detrás de ella y pasó sus dedos por la piel de su cuello, apretando cerca de la clavícula—: ahí, con fuerza, hasta que pierda la consciencia.

Él lo hizo, apretó con fuerza y probablemente le hizo daño, así que retiró la mano y rozó la piel con los labios para suavizar la molestia.

Pero hazlo rápido para que no se entere de lo que pasa. Si tardas demasiado se levantará y perderás la oportunidad. Déjalo dormir en el butacón con un libro abierto; así creerá que se ha quedado dormido leyendo. —Romeo nuna proponía, siempre ordenaba—. Yo te esperaré en tu habitación —susurró en su oído, apretando una nalga por encima del vestido.
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Re: Our Purpose | Privado

Mensaje por Federicca della Rovere el Sáb Oct 13, 2018 7:05 pm

-Lo siento, Romeo –dijo de inmediato y se llevó una mano a la boca en un gesto que intentaba ocultar que Joseph había estado allí, pero también atrapar el beso de su amado.

¡Qué poder tan inmenso tenía ese vampiro sobre ella! Cuando él aparecía, Federicca se sentía segura, respaldada y dirigida. Sin decir más, ¿qué hacía falta agregar?, se dirigió rauda a la biblioteca. Necesitaba dormir al viejo para poder estar con Romeo a solas y tranquilos.


-He vuelto, esposo mío –le dijo y contuvo el aire ante el recuerdo de la noche de bodas-. Volveré sobre los masajes, en eso habíamos quedado, ¿cierto? Oh, querido, debes descansar así mañana puedes darme tu sangre –le susurró y comenzó a masajear la zona que Romeo le había indicado, no podía fallar, tendría solo una oportunidad-. Yo te noto tan cansado, Joseph. ¿No estás agotado? ¡Es que no duermes bien! ¡Duérmete, duérmete! –le dijo y presionó el punto que su amado le había enseñado.

Y funcionó. Su esposo se desvaneció y ella esperó que ya no se volviera a despertar, pero para su desgracia estaba vivo. Tomó uno de los libros de la mesilla y lo abrió en una página al azar, por el centro, y se lo dejó abierto en el regazo.

Se alejó unos pasos para servirse una medida de whisky, lo bebió de un solo trago para quitarse el gusto que tanto había molestado a Romeo porque quería que la volviese a besar, quería sentirse viva como cuando lo había visto por primera vez. Se sirvió dos veces más y tragó el líquido caliente que no le causaba demasiado efecto. Tomó la botella y dos vasos más para dirigirse a su habitación, esa que se había vuelto su refugio pues no permitía que ingresara nadie, ni siquiera Joseph. Solo ella, ella y Romeo, por supuesto.

Joseph había acondicionado el gran sótano para Federicca, para cuidarla del sol. Claro que el hombre había creído que lo compartiría con ella, pero la vampira se había negado rotundamente, le había puesto llave y la única copia que había se la había dado a Romeo d’Aosta. Pese a que habían pasado dos años donde todo había cambiado irremediablemente, ella seguía viéndolo como quien estaba al mando, seguía sintiéndose su asistente. Solo a él le era leal.

No sin dificultad, por todo lo que tenía en las manos, Federicca abrió la puerta de su dormitorio y descendió por las escaleras. Al ver a Romeo tuvo que reprimir los deseos de correr a él, pues ella nunca lo buscaba, siempre esperaba a que él se acercase a ella, a que propusiera. Era parte de la idea de jerarquías que le había quedado de su vieja vida.


-Se ha dormido, o eso creerá. He traído esto –lo apoyó en una de las mesillas para poder servir-, es su tesoro pues asegura que se lo regaló la reina de Francia en una visita que él hizo a Versalles. ¿Puedes creer el descaro con el que me miente? Se cree que lo aborreceré menos si aparenta ser parte de un círculo social selecto… Que lo es, yo sé que sí –le aclaró-, sino no lo habrías elegido para mí, pero dice ser más de lo que es en verdad y eso me fastidia. Eso y que desee tocarme todo el tiempo, no me gusta, me da asco –se abrazó el cuerpo, como si pudiera borrar las caricias que el hombre siempre le daba. Aún así, ella sabía que había cosas peores.
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Mensaje por Romeo d'Aosta el Mar Oct 30, 2018 2:50 pm

No esperó a verla desaparecer por la puerta del salón, sino que se dirigió al sótano convertido en habitación que el bueno de Joseph le había preparado a Federicca. Debía admitir que no era un lugar que le desagradara demasiado, pese a ser pequeño, húmedo y con un ligero olor a moho. Estaba decorado con gusto, probablemente el de Federicca, y tenía los muebles necesarios para hacerlo útil: un sofá bastante cómodo frente a una estufa —Romeo siempre pensó que para qué quería Federicca una estufa, pero debían ser alguna de las tonterías de su esposo—, una cama grande, una cómoda y una estantería con varios libros de diversos temas. También había una mesita, parecido a un escritorio, pegada a la pared, y una silla.

Se dejó caer en el sofá, tumbado a lo largo y con el tobillo apoyado en el reposabrazos, y así esperó, mirando al techo, a que llegara la vampira. En realidad, él también estaba un tanto asqueado con la idea de que Joseph estuviera vivo. Al principio les había sido de mucha ayuda, puesto que su dinero les había venido muy bien cuando no tenían absolutamente nada, pero ahora que Federicca se había ganado su favor, que él tenía a su tía Ramiara, se imaginaba a sí mismo como dueño de aquella casa, junto a la viuda, y manejando una fortuna que, si bien no le pertenecía, estaba seguro de que Fede no dudaría en compartir. El plan había sido suyo, ¿no? Se merecía una parte.

Desde donde estaba, veía perfectamente la escalera que descendía al sótano. Escuchó pasos en la planta superior, después el chirriar de la puerta y, finalmente, vio la figura de Federicca bajar las escaleras con las manos muy ocupadas. No se molestó en ayudarla, pero sí se levantó para acercarse a ella cuando ésta se acercó al escritorio.

Siempre tan atenta, tan detallista. No me extraña que tu marido no quiera separase de ti.

La besó y detectó el sabor del alcohol en su boca. Eso le agradó, le agradó mucho y, para hacérselo saber, volvió a besarla con deleite, abriendo bien los labios para poder jugar con su lengua sin pudor. Después, tomó la botella y la levantó para poder ver la etiqueta de la botella. Era un buen whisky, pero no uno que la mismísima reina tendría en su palacio a la espera de regalárselo a un cualquiera como Joseph.

La reina de Francia, menudo imbécil —murmuró, dejando la botella sobre la mesa y aceptando el vaso que le tendió—. Claro que pertenece a un círculo social selecto, pero no se codea con reyes ni condes. Si conoce algún barón, creo que será afortunado. Además, ¿no se da cuenta que un rey tendría algo mejor que esto en sus bodegas? No te ofendas, Federicca, pero tu marido es estúpido.

¡Y eso que lo había elegido él! Se bebió su vaso de un trago y lo dejó sobre la mesa, junto a la botella, antes de pegar su cuerpo al de ella. Le quitó el vaso de las manos y lo apartó para poder pasar los brazos de ella en torno a su cuello, y los suyos envolviendo la cintura de la vampira, pegando ambos cuerpos entre sí.

A mí también me da asco, pero no podemos quitárnoslo de encima sin un plan —susurró mientras se balanceaba, como si estuviera bailando con ella—. ¿Tú cómo te desharías de él, Fede? Vamos, sé que has pensado en ello cientos de veces cada noche, que esa cabecita tuya debe tener millones de planes. Cuéntame el mejor, demuéstrame lo que te he enseñado todo este tiempo y haz que me sienta orgulloso de ti.

Acercó su rostro al de ella, tentador, pero no llegó a besarla. Hasta que no le contara el plan no sabía si se merecía ese beso.
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Re: Our Purpose | Privado

Mensaje por Federicca della Rovere el Miér Nov 14, 2018 2:14 am

Ante el cumplido de su amado, Federicca agachó la cabeza y sonrió ligeramente. Esas palabras de parte de Romeo hacían que todo lo que estaba soportando en aquella casa valiera la pena. Aunque haría falta más que una frase bonita para poder convencerla de que siguiera soportando a Joseph y todavía mucho más que eso para que Federicca volviera a compartir con él la cama.

El beso le pareció demasiado corto, porque cuando estaban así, tan juntos, Federicca odiaba que el tiempo pasase. ¡Qué ironía! Una inmortal queriendo detener el tiempo… no tenía sentido, pero era justo lo que sentía. Él tomó la botella y habló, pero Federicca no quería oír nada… Apoyó las palmas de sus manos en el pecho frío de él y cerró los ojos por un momento para disfrutar de su voz profunda que tanto la excitaba.


-Mi único plan es estar contigo, alejarme de él siempre que me sea posible para que podamos estar juntos, Romeo –le confesó, moviéndose al ritmo que él proponía-. ¿Por qué no podemos estar juntos? ¿Por qué tenemos que permanecer tanto tiempo separados? Padezco tanto las noches en las que no vienes a mí… Me siento tan sola –le confesó.

Quería pedirle que no la tentara, que no fuera cruel con ella, que no la incitara si no iba a tomarla… pero él era así y así le gustaba jugar el juego seductor. Federicca se despegó de él, caminó hacia atrás dos pasos y se sentó sobre el escritorio de madera. Se estiró para tomar la mano de él y tironeó para que quedase entre sus piernas.


-He fantaseado tanto, Romeo. Que Dios me perdone –dijo, porque aunque ya no creía en Él le había quedado la costumbre de nombrarlo-, pero he pensado en tantas posibles maneras de deshacernos de él…

¿Iba a decírselo? ¿En verdad le contaría sus pensamientos más oscuros? Ella que luchaba para no ser cruel, que intentaba resistirse a su naturaleza de vampira joven que la instaba a destruirlo todo… Sí, sí iba a decírselo porque tal vez hacerlo fuera el primer paso para acabar al fin con Joseph, Dios acompañase su deceso.

-Mi deseo más profundo es arrojarlo al mar –le confesó-, quiero que muera ahogado, que sienta lo que es que el aire no pueda entrar en él a pesar de sus esfuerzos –mientras lo decía, Federicca recordaba aquellos días de largas torturas en las que los hombres jugaban a quitarle el aire, con fuerza apretaban su cuello y ella luchaba por atrapar un poco de oxígeno en vano, podían estar horas enteras así, jugando con la respiración de ella-. Me gustaría que estuviera bien atado de pies y manos, con cuerdas finas, pero con esos nudos que solo tú sabes hacer –en ese punto, los recuerdos eran terribles y avivaban su deseo de venganza, pero también había otros placenteros que convivían dentro de su mente perturbada.

Federicca giró el rostro hasta el rincón más alejado de la habitación, allí donde las cuerdas descansaban. Sobre su regazo juntó las palmas de sus manos y entrelazó sus dedos como si estuviese pronta a rezar con fervor, pero en lugar de hacerlo elevó sus manos juntas y las pegó al pecho de él. Era un ruego que él entendería bien.
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Re: Our Purpose | Privado

Mensaje por Romeo d'Aosta el Dom Nov 25, 2018 2:56 pm

Cómo le gustaba que dependieran así de él. Cada vez que Federicca le decía que lo necesitaba, algo dentro de él se removía, gustoso, y su lado más cruel deseaba marcharse para que ella le rogara que no lo hiciera.

No podremos estar juntos hasta que no te quedes viuda. Ya lo hemos hablado —contestó—. Hay mucho que investigar, Federicca. ¿Qué crees que hago las noches que no vengo a verte? ¿Crees que yo no te echo de menos? Lo hago, pero tenemos un objetivo común, y debemos avanzar con él. Tú estás haciendo tu parte aquí, deja que yo haga la mía ahí fuera.

La echaba de menos, sí, pero no era menos cierto que buscara, de vez en cuando, otras diversiones que no fueran ella. Antes de su transformación era un hombre bastante asiduo a los burdeles y lugares de placer, y lo cierto es que se conformaba con bastante poco. Desde que se convirtió en inmortal, sin embargo, cada vez le costaba más hallar el placer si no era con Federicca. De alguna manera, ella entendía lo que buscaba sin necesidad de que él hablara, eso sin contar con que su cuerpo y su mente eran mucho más resistentes que las de cualquier mujerzuela de la ciudad. Los gustos del vampiro habían cambiado y habían adoptado un tono ligeramente más oscuro y perverso que la norma establecida.

Se colocó entre sus piernas y hundió la nariz en su sedoso pelo negro, salvaje como ella. Llevó la boca hasta su oído y le lamió la oreja antes de hablar.

Cuéntamelas —susurró—, quiero conocer tus fantasías, sabes bien lo que me gusta que te vuelvas cruel y despiadada.

Remangó la falda de su vestido tanto como pudo y observó las piernas desnudas de Federicca. Las acarició, sintiendo el frío de su piel. Llevó las manos hasta el final y acarició sus ingles y su trasero, elevándola ligeramente para poder acariciarlo en todo su esplendor. ¿Cómo no había podido haberla visto antes, cuando trabajaba para él? De haberlo hecho, estaba seguro de que habría sido suya hacía mucho tiempo ya.

No está mal. No está nada mal —comentó, y volvió a buscar sus labios para besarla. Se lo había ganado—. Ahora no, Federicca.

Separó sus manos y las dejó a los lados, pero no se alejó. La agarró con fuerza y la acercó a su cuerpo, pegando su cadera contra la de ella, como si quisiera tomarla. Lamentó que llevara ropa interior, puesto que no le hubiera importado ver su sexo ofrecido. Quizá luego se la quitara.

Ahogarlo es una gran idea, pero, ¿no te gustaría ver cómo lucha por respirar? ¿Cómo boquea en busca de un aire del que está siendo privado, como un pez fuera del agua? Si lo lanzamos al mar, perderás esa visión, la de ver cómo se apaga el brillo de sus ojos.

Le volvió a masajear las piernas una última vez y la bajó del escritorio. Le dio la vuelta con violencia y le agarró las manos para apoyárselas sobre la mesa. Pegó su pecho a la espalda de ella y su cadera a las nalgas femeninas y buscó su oído de nuevo.

¿Y qué harías antes de ahogarlo? ¿No te excita la idea de hacerle sufrir por todo lo que te ha hecho sufrir él? Cuéntame qué le harías antes de todo eso, antes de ahogarlo en el mar, en la cama, o dónde te apetezca. Si me gusta tu idea, te concederé un deseo, el que tú me pidas.

Le unió las manos y le entrelazó los dedos, envolviendo ambas muñecas con una de sus manos —eran tan grandes que podía hacerlo sin problema— y pegó su cadera todavía más a ella, incitándola.
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Re: Our Purpose | Privado

Mensaje por Federicca della Rovere el Sáb Dic 08, 2018 9:12 pm

Sí que creía que él no la echaba de menos, al menos no como ella a él cuando pasaban varios días sin verse. No era solo por el amor que le tenía –y que nunca se había atrevido a confesarle, aunque suponía que él lo intuía-, sino porque Romeo d’Aosta era ya otra parte de ella. Juntos habían renacido a la inmortalidad y por eso solo él podía comprenderla, entender de sus miedos y hastíos, saber qué le sucedía.

¿Por qué se empeñaba en hablar de Joseph Noher mientras estaban juntos y tan cercanos? ¿Por qué le negaba lo único que en esos momentos quería, lo que tanto había esperado? Si deseaba saber sus pensamientos más oscuros que se los leyera. Romeo tenía esa habilidad pero, al igual que ella con las suyas, recién estaba ganando seguridad.

Romeo la manipuló y ella se dejó, como siempre. La movió como quiso, la ubicó en la posición que se le ocurrió y Federicca no se quejó porque todo lo que él hacía le parecía bien, incluso había sido así cuando estaban vivos. Por eso se dejaba doblegar; no luchaba para escapar de su agarre, sino que lo disfrutaba. Federrica movió lentamente su cuerpo para incitar la pelvis de Romeo, separó un poco más las piernas, quería que la tocara, y luego habló:


-¿Quieres saber qué deseo para él? Pues velo tú mismo, velo porque no puedo ni decirlo, Romeo –susurró y cerró los ojos como invitación para que ingresase en su mente.

La imagen era terrible. Aquello era lo peor que le había pasado en la vida y, sin dudas, había sido el comienzo de su muerte. En su recuerdo, Federicca estaba atada a una pared helada. Como todavía podía sentir, sentía el dolor en sus brazos por haber estado horas en lo alto sobre su cabeza. La sed era insoportable y acentuaba el vacío de su estómago, aun así quería pensar palabras de consuelo para decirle a Romeo que estaba en similar condición frente a ella, en la otra pared.


-Alguien vendrá a rescatarnos –le aseguró, pero esas palabras le rasparon en la garganta.

Mantenía su optimismo pese a que los habían encadenado, golpeado, insultado y desangrado –ya que sus captores eran condenados vampiros, habían aprovechado a alimentarse de ellos dos-, ¿cómo podía tener, entonces, pensamientos positivos? Porque veía que Romeo la necesitaba entera, que debía ser su apoyo en esos momentos y no su debilidad. Ellos todo lo hablaban con él, a ella ni siquiera le dirigían la palabra. La habían interrogado el primer día, pero ahora al ver que nada más sabía ella ya no les importaba… eso le hacía pensar que tenía chances de ser liberada. Ser ignorada era su esperanza.

No fue así, nunca la liberaron. Esa misma noche el líder del grupo la abusó sin piedad y Federicca quedó sin voz de tanto gritar y pedir misericordia. Al principio el miedo se mezclaba con la vergüenza de saber que Romeo, el hombre al que amaba hacía años, estaba siendo testigo de aquello, que veía su desnudez y oía sus súplicas, pero cuando llegó el dolor ya no hubo espacio para ningún otro pensamiento.


Eso era todo lo que ella estaba recordando, era lo que Romeo podría ver –tal vez con poca nitidez producto de la inexperiencia- al leer su mente. No era que desease eso puntualmente para Joseph, sino que lo deseaba para todos los que no fueran ellos dos. Necesitaba que todos entendieran lo que ellos habían vivido sin necesidad de que ella lo recordase para tener que decirlo… Deseaba volver a ser una mujer normal y como no podía volver el tiempo atrás deseaba que fuera normal para todos haber pasado por lo que ellos pasaron, de esa forma se sentiría una más y no una mujer arruinada.


-Quiero arruinarlo como me arruinaron a mí, desoír sus súplicas como nadie oyó las mías. ¿Tanto es su deseo de ser vampiro? ¿En verdad quiere que yo lo transforme? Bien, que pase por lo que pasamos nosotros entonces. Luego de eso se ganará mi abrazo. –Se tomó un instante antes de seguir hablando-: Por eso digo que ahogarlo en el mar es cruel, pero en el fondo un acto de clemencia que podría tener hacia mi amado esposo. A mí me hubiera gustado tenerlo como opción.

Sacudió la cabeza, pero una capa de rulos pequeños, largos y salvajes le impedían que pudiera verlo, aunque lo sentía. Gino siempre le había dicho que tenía un cabello hermoso, pero ella lo odiaba. Ahora, en cambio, lo dejaba siempre suelto e indomable, rompiendo toda norma estética de la época. No le importaba, sentir como los rizos le enmarcaban el rostro y le cosquilleaban la espalda y los hombros le hacía sentir a su hermano cerca.
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