Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Revenge II ~ {Le Retour}

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Revenge II ~ {Le Retour}

Mensaje por Friðþjófr Yngvarr el Jue Ago 23, 2018 12:33 am

Hambre

Sed

Desesperación

Frustración...




IRA



Tantas emociones unidas, entremezcladas, que se me hace complicado centrarme en una cuando ya estoy sintiendo la siguiente. Me molesta. Me jode. Me enfada. Porque ya no sé controlarlas. Hace mucho tiempo, muchos milenios, que perdí la capacidad de manejarlas, porque ya no tienen utilidad para mi. O al menos, no la tenían. Ni siquiera estoy seguro de cómo he conseguido deshacerme de las cadenas, o cómo he sacado la estaca que me atravesaba el pecho, desangrando mi corazón poco a poco, debilitándome lenta, pero inexorablemente. Todo está confuso en mi memoria, me muevo más por instinto de supervivencia que por fortaleza propia. Mis sentidos están entumecidos. Soy consciente de que el ataúd está lleno de agua, y que me va a suponer un puto infierno salir de aquí, pero eso no detiene mis intentos. Golpeo, araño, noto la piel de mis dedos desgarrarse como si estuvieran hechos de papel mojado. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuándo fue la última vez que me alimenté? Sólo sé que si no salgo de aquí, voy a momificarme, y en el fondo del oceano no hay modo de que nadie conciba la idea de despertarme de mi letargo. Eso, o moriré, si sigo desangrándome. La muy puta no ha querido matarme de forma instantánea. No, ha escogido rozar el órgano para así dejarme sentir el dolor en el proceso hasta mi final definitivo. Ahora tengo que encargarme de que recuerde lo que ha hecho. De que se arrepienta.

Cuando la tapa finalmente cede, probablemente porque las cadenas del exterior se han aflojado a causa del ir y venir de la marea, salgo del cubículo a toda prisa, nadando en dirección al primer ser vivo cuyo aroma percibo. Una ballena. Odio la sangre de animales, siempre la he odiado. No sabe a nada. O peor, sabe a sangre no humana, y eso me molesta casi más que el hecho de no beber. Pero si no recupero algo de mi fuerza, el trayecto de ascenso va a ser una auténtica tortura, si es que soy capaz de conseguirlo. No desperdicio ni una gota del animal, que muere casi al instante. Honestamente, tengo tanta sed que ni siquiera me sabe tan terrible, algo que indica claramente lo deplorable de la condición en que me encuentro. Comienzo a bucear en dirección a la superficie. Me cuesta, me cuesta más de lo que estoy dispuesto a reconocer, y eso me cabrea todavía más de lo que ya estoy. También está el problema de que, desde tan hondo, no soy capaz de discernir si es de día o de noche, y nada me tocaría más los cojones que morir a causa del Sol después de liberarme de mi trampa submarina. La suerte, esta vez, está de mi lado.

Cuando llego a la orilla puedo oír algunas voces. Una pareja que flirtea como si no tuvieran ninguna preocupación más en el mundo. Lo siento por ellos, porque no sospechan que un demonio hambriento piensa utilizarlos como cena. Puedo saborear su sangre desde una distancia de casi treinta metros, tal es mi sed, mis ansias, mi desesperación. Cuando mi sombra, creada a causa de la luz de la luna, se dibuja sobre ellos, ni siquiera tienen tiempo de voltearse para ver de quién se trata cuando sus cuellos crujen bajo la presión de mis manos. Hoy no quiero víctimas gritando, no las soportaría. Quizá mis siguientes presas no tengan la misma suerte, y sufran la tortura venida a causa de mi frustración. Bebo de ellos con tanta rapidez que ni siquiera soy capaz de apreciar todos los matices. Qué importa la calidad, para recuperar mi estado necesito cantidad. Ingentes cantidades. De cualquiera que se cruce en mi camino. Son jóvenes, y eso sí que lo noto, como si su vitalidad lograra avivar mis sentidos, regenerar mis tejidos maltratados por los días de abstinencia y el parcial estado de momificación. Por fin puedo notar la textura de mis propias manos, mis músculos se sienten más llenos, mi mente más clara. Pero no es suficiente.

Aún no.


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Re: Revenge II ~ {Le Retour}

Mensaje por Ophelia M. Haborym el Vie Ago 24, 2018 3:40 am

Las emociones son como una delgada línea de aceite frente a la mano temblorosa que sostiene una cerilla. Prenden rápidas, quizá demasiado, y se propagan aún más rápido. Sin posibilidad de detenerlas. No hay ninguna posibilidad de tenerlas... Ladeó el rostro de forma casi mecánica, dejando que un leve crujido se oyera proveniente de su cuello, sin inmutarse. Casi parecía una muñeca articulada en medio de la oscuridad. Una ruidosa oscuridad que le taponaba los oídos de forma más que molesta. Dentro de ella, percibía una sombra que no hacía más que retorcerse, luchar por salir, por expresarse. Por estallar. Si no fuera porque notaba el ruido que hacían sus pies al caminar, bien podría haber sentido que iba levitando. Demasiado por encima del suelo. Estaba perdida. Lejos, muy lejos de aquellas calles parisinas aún infectadas de transeúntes que de no ser por lo cerca que se hallaban unos de otros, hubieran sido simples presas para aquel animal hambriento, aquel monstruo contra-natura, aquella bella joven -que de joven nada tenía-, de ojos sombríos y corazón marchito, que caminaba parsimoniosamente con una sonrisa de suficiencia en sus hermosos labios.

Sentía que una parte de aquellos sentimientos que siempre logró controlar, lograban escaparse por el vaho que se filtraba por entre sus labios al exhalar. Aquella noche estaba demasiado vacía. Un destello rojizo en la mirada. Sangre y más sangre. Era cuanto veía y cuanto necesitaba ver, sentir o percibir. Descontrol. Caos. Gritos. ¿De dónde venían aquellos gritos? ¿Por qué narices gritaban tanto? ¿Por qué no se callaban de una maldita vez tras morir? Un leve temblor en los labios hizo que el cigarrillo se le cayera al suelo. O lo que quedaba de él. Ni siquiera sabía que fumase. Era una manía insalubre para los humanos, ¿pero para ella? Un simple hobbie, no podría morir por ello. No podía morir por nada. Ella navegaría por las eras por toda la eternidad, mientras las civilizaciones iban quemándose lentamente. Eso le agradaba. Sería testigo del fin del mundo. Sí, seguro, tendría una silla en primera fila. ¿Y luego qué? Esa era la gran pregunta. Qué se suponía que debía hacer ahora, a qué debía aspirar, cuando Él ya no estaba en el mundo, cuando su venganza había sido concedida.

De pronto, se detuvo. Aun siendo la suya la única sombra que la acechaba, sus ojos aún se dirigían hacia atrás de vez en cuando. Fruto más bien de la curiosidad que del miedo. ¿Miedo? ¿A qué podía temerle ella? Un ser de la noche, fuerte y capaz de infligir dolor con su simple mirada... ¿Podía temerle a algo? Y Él ya no estaba. Sonrió siniestramente. Por supuesto que no. El miedo es un rasgo típicamente humano. Ella no podía sentir miedo, es más, su naturaleza implicaba provocar miedo a otros seres, no sentirlo. Ella era una pesadilla andante... Y no iba a negar que le encantaba. Se volteó rápidamente, al tiempo de observar a sus dos perseguidores. Simples niños de la calle, ladronzuelos quizá. Hizo un amago de sonrisa y les dio lo que buscaban: dos sacos medianos de monedas de oro. ¿Qué significaba el dinero para ella? No podía morir, viviría eternamente... Como si eso le importase lo más mínimo. Bah. Se marcharon corriendo con una sonrisa en la cara, y en cuanto los perdió de vista volvió a su siempre imperturbable semblante. Recio, tranquilo, sereno, como si nada se ocultara bajo esa fachada de calma que ninguna justicia le hacía a su verdadera personalidad, a su verdadera forma, a su verdadero ser.

Las noches en las calles parisinas eran frescas, y algo alegres. La gente habla a gritos mientras se topan con conocidos o gente a la que admiran. O quizá fuera esa noche la que era diferente. De igual modo, no podía negar su disgusto. No entendía cómo aquellos seres, los humanos, podían simplemente abandonarse a actuar día a día, sin pensar en el futuro venidero. Podrían morir en cualquier momento, es más, ella, a la que muchos veían como objeto de envidia o deseo, podría matarles en menos de lo que dura un parpadeo. Que existencia tan insulsa la suya... ¡Qué cruel destino les aguardaría! Y ella, por suerte, estaría allí para verlo.

La invitación había llegado a su residencia dos noches atrás. No había un nombre, ni pista alguna que sugiriera de qué se trataba. En el papiro, aparecía un lugar y una fecha, siendo la máscara que había dibujada en el grueso papel lo único que parecía arrojar algo más de información. No le importaba. Aunque una voz en el fondo de su mente le sugiriera que algo no iba bien, prefirió ignorarla. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Nada podía ser peor que la sensación de descontrol que llevaba arrastrando desde aquella noche, la noche en que se suponía que todo había acabado. Iría, como espectadora, porque no tenía nada mejor que hacer, y porque un baile siempre le aseguraba una buena cantidad de presas.



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Re: Revenge II ~ {Le Retour}

Mensaje por Friðþjófr Yngvarr el Jue Ene 10, 2019 11:24 pm

No sé exactamente cuánto tiempo ha pasado, antes de que puedo volver a sentirme como yo mismo, como alguien o algo que rezuma fortaleza e inmortalidad. Como debe ser. Como nunca debió dejar de serlo. La sangre que sigo consumiendo, dejando cadáveres por doquier sin pararme a pensar en nada más que en satisfacer el hueco, el nudo, el vacío que tengo en el pecho, me sabe agria a causa de mi enfado. Y es que mi ira no ha hecho más que crecer y crecer a medida que me voy recuperando, que la vitalidad va resurgiendo de mi interior y mis tejidos y aspecto vuelven a ser lo que eran. ¿Cómo se atreve esa furcia a querer librarse de mi, y de una forma tan rastrera? No puedo decir que no me había esperado algún tipo de intento de asesinato, ni que hubiera sido la primera vez, pero normalmente sus intentos no dejan de ser eso: intentos, que carecen de seriedad, de planificación, y de auténtica malicia. Es de esperarse, por mucho que me odie, nuestro vínculo es sagrado. Yo la cree. Ophelia es mía. Que se haya atrevido a querer poner fin a mi existencia de forma deliberada y esta vez tan directa, me hace hervir la sangre. No puede ser cierto, me niego a creer que sea eso lo que realmente desee. Después de toda una eternidad persiguiéndome, buscando mi atención, finalmente se ha cansado. No puedo permitirlo. Que uno de mis juguetes se revele es el colmo de los colmos. ¿Acaso no lo entienden? Una criatura tan antigua como yo tiene costumbres de las que no puede deshacerse. Poseer aquello que deseo, y dejarlo de lado cuando me canso, no implica que deje de ser de mi pertenencia. Y ese sentimiento, esa posesividad, jamás será recíproca. No puede serlo. El mundo es mío, mi coto de caza. Ninguna cadena emocional, ninguna criatura concreta puede aspirar a ser más, a tenerme de vuelta. Así no es como los vínculos funcionan. No para los inmortales.

De lo que sí estoy seguro es que, después de más de cinco semanas de descontrol, de consumir sangre en cantidades que no recordaba desde mis tiempos como neófito, estoy finalmente listo para la retribución. Oh, porque pienso hacérselo pagar. Y aún no estoy seguro de cómo, de cuál sería el castigo más conveniente para semejante acto de traición, pero tengo que hacerla sufrir, o si no jamás comprenderá que incluso aunque la muerte definitiva me llegara, ella no dejaría de ser un objeto más de mi colección de cosas exóticas. Y nunca, jamás al contrario.

La pomposidad de las fiestas y celebraciones es algo que siempre le ha atraído, supongo que por ser algo, una deficiencia que arrastra desde su humanidad, donde la pobreza era todo cuanto conocía. Y sé que está convencida de que ha conseguido acabar conmigo. Lo primero que hice al regresar fue seguirla, vigilarla, para ver cómo mi ausencia se había comportado. Está desquiciada, desatada y rota, y eso me satisface, pero también alimenta mi enfado. ¿Acaso no sabía desde antes de intentar acabar conmigo que era así como iba a sentirse? Uno jamás puede deshacerse de los vínculos sanguíneos, y lo que yo le di, no fue simplemente una nueva vida: fue la posibilidad de tener toda una eternidad ante sus ojos. Le abrí las puertas al infinito. ¡¿Y así es cómo me lo paga?! Así que no me compadezco de ella, ni de su sufrimiento autoinfligido, ni tampoco pienso tomármelo con calma con mi venganza. Se merece la tortura que estoy hilando, que llevo hilando desde que salí de esa tumba submarina. Y será en una fiesta, como esas que tanto ama, el cebo perfecto para atraerla, porque aún no ha aprendido a mirar más allá de sus propias narices. Tanta confianza en sí misma no es buena, no cuando se enfrenta a una existencia mucho mayor y más furibunda que la suya propia.

El Palacio Royal es un lugar que está siempre demasiado concurrido para mi gusto, pero eso precisamente lo hace uno de los sitios más interesantes también. Un exceso de humanidad junta implica un campo de ganado más que suculento. Y me gusta ofrecer un espectáculo siempre que me resulta posible. Después de todo, nuestro reencuentro se merece una fiesta. ¿Y qué es una fiesta sin gritos, sin sangre? Sé que sabrá apreciarlo, al menos hasta que comience a sacarle las tripas y siga sacándoselas mientras su cuerpo se regenera al mismo tiempo que la estoy lastimando. Sin dejar de introducir imágenes y recuerdos en su subconsciente, por supuesto. La dañaré hasta el punto de que comprenda que todo lo que tiene, lo único que le queda, son los brazos del ser al que odia y del que jamás podrá deshacerse.

Nuestros destinos están unidos. La condené a un infinito a mi lado. Y no tengo intención de liberarla.


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Re: Revenge II ~ {Le Retour}

Mensaje por Ophelia M. Haborym el Dom Ene 20, 2019 2:25 am

No se había equivocado en lo numeroso de las presas posibles que, en efecto, se había encontrado una vez hubo llegado al lugar en que ya se había dado comienzo a las celebraciones. Lo que había dado por hecho, sin embargo, era que entre tantas posibilidades era que hubiera más de un par que le llamaran lo bastante la atención, o que tuvieran la calidad suficiente como para despertar su apetito. Decir que estaba decepcionada era quedarse terriblemente corto.

A pesar de que Ophelia tenía por costumbre alimentarse de miembros de la élite, de la nobleza, más por principios que por otra cosa, el odio que sentía hacia ese grupo era tal que no podía decirse que disfrutara de alimentarse de ellos. De hecho, en más ocasiones de las que estaba dispuesta a reconocer, se limitaba a asesinarlos sin tocar su sangre siquiera: no eran dignos de su tiempo, ni tampoco de pasar a formar parte de su “cuerpo”. Muchas veces, tras una cacería especialmente desagradable, solía buscar en callejones más apartados del centro de la ciudad, donde sabía que encontraría a seres mucho más puros, que claramente no encajaban en lo miserable de sus inmediaciones.

Pues, sin haber pasado más de diez minutos entre aquellos humanos, vestidos de gala y alardeando de sus logros y posesiones, con sonrisas falsas y el ego por bandera, ya estaba convencida de que tras aquel evento necesitaría al menos dos presas para quitarle el mal sabor de boca que cualquiera de aquellos hipócritas con vidas “perfectas” iban a dejarle. El exceso de títulos nobiliarios pesaba en la sala, haciendo extremadamente tediosas todas las presentaciones. Porque, por supuesto, aquellos que tenían un condado, o un apellido prestigioso, por mucho que sus finanzas jamás lograran siquiera rozar la magnitud de las suyas, necesitaban mencionarlo para quedarse contentos. Ser conocida no siempre era una ventaja, especialmente no cuando tu contacto con la sociedad es forzado. A Ophelia le desagradaba tener que fingir, tener que esforzarse por integrarse entre seres inferiores a ella en todos los sentidos -eso era, después de todo, lo que la venía motivando a tratar de quebrar toda aquella farsa-, y en momentos como ese, en que se encontraba tan inestable, lucir una sonrisa y pretender que le interesaba nada de lo que le decían, se convertía en una tarea de lo más complicada. Honestamente, casi preferiría desangrar al Duque de LeFevre en lugar de congratularle por el reciente compromiso de su hija. Hija a la que, sin embargo, estaría más que encantada de conocer.

La cosa mejoró notablemente en cuanto la recepción formal se dio por completada, y la música comenzó a sonar. Era bien sabido que la señorita Haborym era un hueso duro de roer en lo que se refería a aceptar las invitaciones ajenas, así que pocos eran los valientes que se atrevían a acercarse, optando por conformarse con compañeras de baile claramente menos reacias a aceptar estúpidos halagos, tan repetidos y pocos imaginativos como insulsos. Con una copa de vino en la mano, la vampiresa se quedó sentada en una de las mesas más alejadas del centro de la pista, ojeando la multitud, en busca de algo, de alguien, que diera algún tipo de significado a su presencia allí.




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Re: Revenge II ~ {Le Retour}

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