Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Lucciano Russo el Sáb Oct 06, 2018 8:48 pm



It's the moment of truth




Desde aquel fatídico encuentro con su Venus, quien ahora reconocía como Stella Milani, había estado evitando por completo a Annabeth. Al principio había sido por enojo, no con ella por supuesto, pero temía que su querida amiga terminase pagando los platos que otra había roto. Cuando la molestia disminuyó, llegó la vergüenza. ¿Cómo decirle a Ann lo que había estado por hacer por esa arpía mentirosa? ¿Cómo podía decirle sin provocar también la ira de su pequeña, que la mujer por la que había estado a punto de vender el alma, era el mismo diablo, y que se quedaba con todo? Porque sí, iba a quedarse con todo si llegaba a hacer lo que había planeado. Se quedaría con el dinero, los viñedos, y con su corazón. Seguía preguntándose una y otra vez cómo había podido ser tan idiota para caer en su juego.

Desde incluso el día siguiente a que descubriese la verdad, había llegado a la mansión de Annabeth pasada la media noche y salido de ella incluso antes del alba, sin haber podido pegar el ojo en todos esos días. Su refugio desde entonces había sido la pequeña pérgola en donde finalmente había aceptado que quería más a esa mujer de lo que se había atrevido a aceptar. En donde, con besos apasionados, ella le robase hasta el aliento.

Cuando llegó el lunes, día en que se suponía que iba a encontrarse nuevamente con su Venus, aunque estuvo allí, aunque la esperó por horas, cuando finalmente llegó el momento del encuentro, no pudo enfrentarla. Permaneció escondido tras unos arbustos, por el camino a la izquierda, el camino opuesto al que habían recorrido juntos. La vio llegar y devolverse, la vio esperar e incluso vio la decepción en sus ojos cuando, una hora más tarde, se dio cuenta que él no llegaría. ¿Tan ansiosa había estado por restregarle en la cara lo iluso y estúpido que había sido con ella?

Y después… Después vino lo peor…

Otro hombre se apareció en la escena, acercándose a ella por detrás, con un cariño y una camaradería típicos de alguien que le conoce muy bien, hace mucho tiempo. Y ya no pudo seguir mirando. Negó con la cabeza y se marchó. Sin importar lo que ella hiciera con ese sujeto, ella terminaría por sucumbir a su ambición y casándose con él. Estaba totalmente convencido de eso. Aunque no sabía cuál, si el gozo o el dolor, era el sentimiento que con más fuerza lo embargaba ante la expectativa.

Por primera vez en días llegaba a la mansión con el sol aún en alto y, aunque su primer pensamiento fue irse directo a su habitación, decidió que ya era tiempo de enfrentar a su amiga y contarle todo. Ya había tenido sus días de debilidad, pero no podía seguir siendo tan patético. Stella lo había engañado, sí, debía aceptarlo y enfrentarlo con toda la dignidad que pudiese. Y, si en el proceso lograba hacer a la mujer si quiera la mitad de miserable de lo que se sentía, sería ganancia. Así pues, desvió su camino y enfiló sus pasos al despacho de Annabeth, encontrándola, como era usual, sumergida en un mar de papeleo.

Ya con la puerta abierta, notando que estaba tan concentrada para siquiera notar su presencia, tocó la puerta tres veces y la miró desde el marco. – Hola, Annie. – Saludó antes de adentrarse, cerrándola tras su paso. – ¿Tienes un minuto? – Aunque claro, era más de un minuto lo que tardaría. Estaba seguro ella lo comprendería tan solo de ver su semblante sombrío por la determinación, reflejo del más puro orgullo Russo herido.

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Re: It's the moment of truth | Private

Mensaje por Annabeth De Louise el Lun Oct 08, 2018 2:29 am




Te pongo mi hombro, llora conmigo.





Desde que Lucciano fuese con su prometida, algo pasó porque de pronto, se esfumó de la mansión. Los sirvientes le indicaron que había llegado muy tarde por la noche y se fue muy temprano en la mañana. Eso provocó que el típico gesto Moncrieff apareciera en su semblante: juntaba las cejas por el centro hasta intentar hacer de éstas una línea. Lo que sí se formaban en su entrecejo, eran tres gruesas arrugas demostrando su descontento. ¿Qué pasaría para que tuviera tal semblante? Intentó buscarlo al otro día, nada. La misma mecánica. Entendió que no quería hablar, así que se dedicó a continuar investigando para un joven griego que intentaba descubrir algo sobre la Grecia Antigua y qué mejor que Phoenix para ayudar.

Estuvo divagando por dos días con la investigación de este griego, visitando antiguos vampiros como Aglaia que era espartana a ver si sabía algo al respecto. Molestó a algunos hechiceros para ver si podían invocar algunos espíritus para hacer pesquisas. Nada. No había algo que pudiera ser tan viejo como para que le diera tal información. Se quedó sentada un día frente al porshe de la casa pensando cómo hacer para investigar. Eso de que encuentre un muro, le disgusta. Miraba sus zapatos como si fueran la cosa más interesante del mundo cuando decidió hacer una locura. Contactar a uno de sus ayudantes en la Grecia. Mandó telegramas uno tras otro, con un código secreto para obtener los datos. Parecía que funcionaría de no ser porque la comunicación se cortó.

La dejó sorprendida porque pocas veces le pasaba ésto. Fue cuando comenzaron los "accidentes": una de sus ruedas del carruaje perdió el torno que la mantenía sujeta y terminó mal parada cuando el cajón del vehículo cedió y cayó de lado, para su fortuna, nada malo le sucedió. El café de la señora Abbes se quemó justo un día que estaba ella disfrutando de uno de sus libros. Salió ilesa para su fortuna. Y uno de sus caballos, en tanto daba un paseo, perdió una de las herraduras y por poco cae encima de ella. Fue un gran dolor porque hubo que sacrificar al animal porque se rompió las patas en el suceso. Así que decidió quedarse en casa. ¿Quién quería hacerle daño? Porque ésto ya no era casualidad.

Justo cuando está revisando unos documentos, ya entrada la tarde, Lucciano se asoma a su despacho haciendo que la inglesa alce la mirada hacia él apreciando las ojeras que decoran su rostro que denota su sufrimiento. Otra vez el gesto Moncrieff aparece en su rostro sin comprender qué está pasando con su amigo. Dejó a un lado todo invitando a sentarse - Por supuesto, ¿Qué te aflige, Lucciano? ¿Qué pasó con tu prometida? ¿Es por eso que estás tan raro a últimas fechas y me evades como si tuviera rabia? - él desconoce todo lo que le sucedió. Tiene prohibido a todos en Phoenix hablar del tema y para su fortuna, ninguno de sus accidentes dejó alguna marca visible en su cuerpo. Puede caminar con algo de dificultad, pero fingir una torcedura es fácil. Ya que Lucciano indague por alguna herida en el rostro, sería más difícil de ocultar. Espera paciente a que su amigo abra la conversación dándole tiempo para desahogarse que al parecer, buena falta le hace.

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Re: It's the moment of truth | Private

Mensaje por Lucciano Russo el Dom Oct 14, 2018 11:59 am







Las preguntas se Annabeth llegaron en tropel, llenando su cabeza de la confusa mezcla de respuestas para todas ellas. Sintiéndose como un león enjaulado, extendió una de sus manos con la palma arriba hacia ella, pidiéndole sin palabras salir de allí y caminar, de lo contrario comenzaría con su molesto hábito de dar vueltas por la habitación mientras intentaba explicarle todo lo que había sucedido. Prefería llevarla de su brazo en una caminata por los jardines. – No te evado como si tuvieras rabia, Annie. Te evado como si yo tuviese rabia y no quisiera contagiarte. – Le explicó brevemente, guiándola hacia los perfectamente cuidados exteriores de la mansión, y no dijo una palabra más hasta que se hubieron alejado lo suficiente de la estructura arquitectónica.

Repasó rápidamente, tal como había hecho ya tantas veces en los últimos días, todos los momentos vividos con la verdadera y la falsa Stella. Había tenido muchas pistas, se daba cuenta ahora, simplemente había sido confiado y poco suspicaz; ese error le pasaba factura ahora. – Verás… – Quiso empezar a decir, pero no sabía realmente por dónde comenzar. Por lo que optó por ser directo. – La mujer por la que estuve a punto de aceptar tu oferta y endeudar al ducado por años, no es otra que la misma con quien iba a romper el compromiso. – Explicó, en pocas palabras, el meollo del asunto. – Fui taimado por un par de mocosas sin oficio, cuya mayor preocupación es la cantidad de dinero que papi puede gastar en sus vestidos esta temporada. – Hizo burla de la situación, sintiéndose avergonzado, pero mostrándose altivo ante las circunstancias.

Con la mirada perdida en el bosque con el que colindaba la mansión, intentó imaginarse lo terrible que hubiera sido si no lograba darse cuenta de la situación a tiempo, si no las hubiera descubierto. Era masoquista al castigarse mentalmente de esa manera, pero debía mantenerse cuerdo, sujeto a algo más poderoso que el dolor, y eso era su orgullo. Estaba herido y pisoteado, era cierto, pero lo mantenía funcionando en lugar de permitirle ir corriendo con Stella Milani y hacer una vergüenza mayor de sí mismo. Ya se imaginaba incluso lo que su madre diría si un día se enteraba de lo ocurrido. “Donato no habría permitido nunca que una mujercita lo burlara.” Como si no hubiese tenido suficiente ya de Donato toda su vida.

– Stella Milani buscó alguien que se hiciera pasar por ella, mientras se encargaba de jugar con mi mente. Todo lo que quería era precisamente lo que estuve a punto de hacer, para quedarse con toda la fortuna Russo. – No podía ser una explicación más breve y concisa, pero no tenía ánimos para explayarse en detalles, a menos no si su pequeña no preguntaba.

Detuvo su andar por un instante. Debía decirle a Annabeth lo que pensaba hacer, aunque no estaba seguro si ella le apoyaría o querría ponerle las manos al cuello para zarandearlo por su estupidez. Él mismo pensaba que debía dejar todo aquello atrás, darle a la ambiciosa chica lo que quería, y vivir su solitaria vida en medio de sus viñedos. El orgullo simplemente no se lo permitía. – Voy a casarme con ella. No voy a darle el gusto de verme derrotado. Si realmente le interesa tanto la fortuna Russo tendrá que casarse, y si no quiere casarse tendrá que renunciar, porque yo no lo haré. – Concluyó su reporte de daños, esperando reacción de su pequeña amiga.

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