Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Sin mirar atrás {Privado}

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Sin mirar atrás {Privado}

Mensaje por Tiziano M. Graziani el Mar Oct 09, 2018 4:36 am

Podía palpar su intranquilidad en el ambiente, y no simplemente gracias a las pistas que su actitud, el hecho de que estuviera paseando de un lado a otro de la habitación constantemente, me estaba concediendo, sino también por el modo en que sus ojos, una vez más, volvían a evitar los míos de forma más que evidente. Era algo que hacía cuando se encontraba excesivamente nerviosa o preocupada por alguna razón. La agitación, sumada a su característica timidez o retraimiento, hacía que cuando algo le generaba inseguridad se escondiera dentro de sí misma, en su propia mente, saltando de un pensamiento a otro sin orden ni concierto. Yo lo encontraba en cierto modo entrañable: la pequeña arruga en su ceño, los labios fruncidos, las manos cerradas en puño alrededor de las mangas -demasiado largas- de sus ropajes. Me recordaba tanto a ella que casi debería ser doloroso. Pero ya no lo era. Porque estaba frente a mi, real y más llena de vida que nunca, y cuando se metía de lleno en esos eternos pozos de dudas seguía necesitando de mi ayuda para salir de ellos. La dejé deambular por el cuarto durante algunos minutos, antes de pararme en seco frente a ella y sujetarla, firme pero amablemente, por los hombros. Sólo entonces se atrevía de nuevo a alzar la vista, y mirarme directamente a los ojos, y recuperaba la consciencia de que, en efecto, no estaba sola en la habitación, ni tampoco tenía que resolver por ella misma los problemas que la estaban desestabilizando.

Ya no.

- Vamos, siéntate. El té se está enfriando y estoy convencido de que después de tanto rato dando vueltas, con los pies y en tu propia cabeza, debes estar más que sedienta. -Mi pequeña broma hizo que una leve y dulce sonrisa asomara a sus labios, remarcando una vez más su imposible belleza. Era tan extraño, tras más de un siglo soñando con ella, deseando volver a tenerla cerca, imaginando nuestra vida juntos de nuevo, aún era capaz de sorprenderme con lo poco merecedor que me sabía de su compañía. Siempre tan fuerte, siempre tan pura. Incluso más ahora que su alma reencarnada había sido librada del dolor sufrido en la vida anterior. Y aunque en su nueva existencia el dolor también ha sido engranado en cada uno de sus poros, a diferencia de antaño, éste no la cambió en absoluto. Heike es la Eider sin mancillar, con su inocencia intacta. Más pasiva de lo que fue. Más obediente de lo que jamás habría reconocido. Y más necesitada de mi ayuda de lo que nunca habría sido en otras circunstancias. Y aunque eso me apenaba en cierto modo, también me cargaba de orgullo. Porque convertía mi presencia en algo más que una simple casualidad.

Una vez recuperada su compostura, hizo tal y como le dije y comenzó a beberse el té que la sirvienta había preparado dándole pequeños sorbos. Los modales eran algo que le había sido inculcado desde el inicio de su forzosa estancia en la sede de la Inquisición en Roma. La brutalidad de las enseñanzas recibidas, y la crueldad con la que siempre la trataron, eran sin duda culpables de su forma de ser, pero había que reconocer que la habían moldeado de tal modo que era imposible no encontrar elegante incluso el simple batir de sus pestañas. Y a medida que crecía, su aspecto recatado, así como su mirada analítica, no dejaban de perfeccionarse. Además, ahora que contaba con mi apoyo y protección para servir de filtro ante los malos tratos por parte de sus "dueños" (que se autoproclamaban sus mentores, como si tuvieran el derecho a semejante título), estaba en cierto modo protegida. - ¿Puedes decirme qué es lo que te preocupa tanto? Apenas llevamos instalados una semana y no han habido noticias por parte de nuestros superiores. Aclimatarse a este nuevo entorno también forma parte de nuestra misión, así que puedes permitirte relajarte un poco... -Mi tono era conciliador, y aunque logró que parte de la tensión en sus hombros se disipara levemente, su ceño seguía fruncido, así que había algo que se me estaba escapando.


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Re: Sin mirar atrás {Privado}

Mensaje por Heike E. von Kleist el Jue Oct 11, 2018 6:30 am

Ignoraba la cantidad de veces que había escrutado cada rincón de la residencia que habían establecido para ambos a su llegada a París. Había perdido la cuenta tras la décimo segunda, y a juzgar por la expresión, entre desconcertado y divertido, de su vigilante, él tampoco estaba muy seguro de cuántas veces había recorrido la sala, atenta a todo, como si simplemente por estar mirando las cubiertas de los libros, o las paredes llenas de cuadros, algo fuera a cambiar por arte de magia. Su nerviosismo no estaba injustificado. Desde que entró a formar parte de la Inquisición, cuando aún era muy joven como para haber intentado resistirse a ello, su vida había consistido en acatar órdenes directas procedentes de superiores. La mayoría de esas órdenes llegaban sin pausa entre ellas, y aunque al principio le resultaban complejas, o incluso sintiera deseos de rechazarlas, con el tiempo había aprendido a automatizar sus respuestas a las diferentes situaciones en las que solía ser requerida. Su habilidad con las lenguas, y las letras en general, era probablemente lo que le había procurado un lugar tan específico como el de bibliotecaria y traductora dentro de una organización que siempre la vería como una forastera. Como una intrusa. Tener una labor concreta hacía que menos problemas surgieran con otros miembros, lo cual ayudaba mucho a su paz mental. Los conflictos no eran algo de lo que disfrutara, precisamente.

De pronto, algo había cambiado. Incluso ella lo había notado, simplemente por la forma de actuar de los otros inquisidores, especialmente los de mayor rango, en la urgencia de sus movimientos por la santa sede, y también en la poca atención que comenzaban a prestarle cuando normalmente sus pasos eran observados con absoluta precisión -jamás confiarían en ella, lo tenía asumido, y no es que le molestara-; así que el cambio no le pasó desapercibido a pesar de su preferencia por mantenerse alejada de asuntos que no le concernían. Algo en el horizonte se había alzado, amenazante, y las tropas de soldados y de espías habían comenzado a movilizarse con números muy superiores a lo que ella antes hubiese visto. Y había vivido los bastantes años allí, y presenciado suficientes crisis, como para darse cuenta de que lo que estaba ocurriendo -o estaba por ocurrir- era de mucha más gravedad. Heike había supuesto que con la revuelta sus funciones serían intercambiadas por la típica orden de "mantente al margen, en tu recámara, y no te entrometas, bruja", algo en lo que era una auténtica experta. Nadie deseaba más que ella poder separar su mente todo lo posible de cuanto atañía a la organización a la que pertenecía. Al menos de vez en cuando. Así que su sorpresa -y terror- fue mayúscula cuando lo que le dijeron, en lugar de que tendría que pasarse un tiempo encerrada, era que iba a ser trasladada a París donde recibiría instrucciones. Una reubicación en medio de una crisis solía significar que la persona estaría metida de lleno en el conflicto en ciernes.

Y Heike estaba lo opuesto a preparada para algo semejante. Y mucho menos si eso significaba lo que ella pensaba. El uso de unos poderes a los que había aprendido a aborrecer.

Tiziano logró calmarla tomándola abruptamente del brazo y obligándola a detenerse. De algún modo, el hombre sabía siempre cuándo y cómo ejercer qué tipo de presión necesaria para hacer detenerse su círculo sin fin de preocupaciones, dudas y pensamientos. A veces con palabras, y otras veces, como en aquella ocasión, con el simple gesto de sostenerla. Esa era la palabra, sostener. A veces se preguntaba cómo habría sido su vida de haber tenido a un vigilante como él a lo largo de sus años de cautiverio. No creía que hubiera terminado por convertirse en una chica diferente, pero sin duda, su capacidad para relacionarse con otros hubiera dejado mucho menos que desear. La joven se enfocó lo bastante para obedecer a lo que el hombre le decía, asentir e incluso dibujar una pequeña sonrisa. Seguía preocupada, pero saber que tenía un apoyo a su lado la ayudaba a tranquilizarse enormemente. Tiziano no la dejaría caer, no a propósito. Pero eso no hacía la posibilidad de terminar cayendo menos terrorífica en su cabeza. - No me importaría tanto esperar si al menos tuviera alguna pista acerca de por qué me han hecho venir hasta aquí, o en qué consistirá mi siguiente misión... -Era difícil explicarse con tantos pensamientos cruzándose en su cabeza en paralelo, pero ese era un buen resumen. La muchacha terminó su té despacio, mas calmada pero aún sumida en sus pensamientos. - ¿De verdad que vos tampoco lo sabéis? Os nombraron mi mentor, después de todo. -A decir verdad eso era lo más extraño, la sensación de tranquilidad que le transmitía aquel hombre, teniendo en cuenta que apenas si lo había conocido hacía unas semanas.



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Heike E. von Kleist
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