Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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El final es en donde partí | Privado

Mensaje por Ginevra d'Altrui el Mar Oct 16, 2018 10:35 pm

La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose
Julio Cortázar

El viento golpeaba con afán los vidrios de las ventanas. Se avecinaba una tormenta, y pampero traía consigo la lluvia y los relámpagos. A Ginevra la envolvía la oscuridad de la mansión, de su ropa y la de su alma. Durante la tarde, se había escabullido en la residencia del detective que la ayudaría a llevar a cabo su venganza. Había visto y escuchado a las tres Di Bari desde cerca, y eran unas muchachitas alegres y encantadoras. Un nudo doloroso y punzante se le había alojado en la garganta, y no la había abandonado hasta que las luces se apagaron y se retiraron a dormir muy tarde, pues se habían quedado esperando, sin éxito, a su padre. Querían un beso de las buenas noches. Ella se había mantenido oculta en un armario, tan quieta que cuando pudo salir, sintió los músculos entumecidos y estuvo a punto de quejarse de dolor.

Con sigilo, recorrió la sala, y sintió la tristeza que reinaba en el ambiente. Se notaba la ausencia de Minna, como había escuchado que se llamaba la difunta esposa de Filippo. Se preguntó si, en alguna oportunidad, alguien se había sentido triste de perderla. ¿Si quiera se habían percatado de su fuga? Sus padres habían decidido castigarla, la aislaron del mundo y le quitaron su amor. No era digna. Ginebra se repitió tanto a sí misma ese discurso, que terminó por creérselo, y se convirtió en una sombra, en una persona oscura y sin motivación. En más de una oportunidad se preguntó si valía la pena el sacrificio que le significaba levantarse todas las mañanas y respirar. Y el rostro de sus violadores le daba la fuerza para tomar envión y sobrevivir.

Se sentó en un sillón y observó hacia la ventana. Las tormentas le recordaban a los días de soledad y reclusión, cuando tenía miedo que un rayo se colara por su ventana y la matara. Tenía miedo porque lo deseaba. Había deseado a la muerte como a ninguna otra cosa. Pero ésta se había negado a llevársela, y Ginevra transformó su anhelo de morir, en uno de venganza, de hacer justicia por sí misma, por aquella niña a la que mataron en un bosque, a pocos metros de sus guardadores.

El reloj dio la medianoche. Estaba poniéndose ansiosa. ¿Dónde estaba el policía? ¿Acaso lo habían matado? Cientos de cuestionamientos la hicieron desesperar, y se puso de pie, incapaz de contener su mente en la inmovilidad del sillón. Escuchó cuando Di Bari metió la llave en la cerradura, y se detuvo. Se quedó quieta en el medio del salón, reprimiendo la ansiedad que la carcomía. Estaba segura de que al detective no le gustaría encontrarla allí, saber que había invadido su intimidad. Pero Ginevra no reunió el valor suficiente para volver a la estación de policía luego de haber salido corriendo de allí. Se había detenido un instante, y varios pares de ojos masculinos se habían posado en ella, más por curiosidad que por animosidad. Intimidada, huyó como si hubiese estado rodeada de monstruos. Volver a ese sitio no era opción.

Soy yo, Ginevra —susurró, cuando lo vio aparecer. Mínimamente, eso le garantizaba que no sacara su arma reglamentaria y le diera un tiro en el pecho. —Espero pueda disculparme por haber huido de su oficina y por haberme metido aquí ésta noche —y se adelantó dos pasos. Un trueno hizo vibrar los vidrios, y a la joven la recorrió un escalofrío doloroso por la espalda. Por unos segundos, la sala se iluminó con el relámpago. Y el chaparrón se desató furiosamente. Parecía que la tormenta había estado esperando que Di Bari se encontrara a salvo en el calor de su hogar. Era un hombre de suerte…


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Re: El final es en donde partí | Privado

Mensaje por Filippo Di Bari el Mar Dic 04, 2018 11:47 pm

Cada vez le costaba más darse cuenta de la hora, eso se agravaba con el paso del tiempo. Filippo trabajaba hasta cansarse, pero el problema era que jamás se cansaba. Cuando el sueño se me haga imposible de resistir iré a casa, se decía, pero eso nunca sucedía porque se apasionaba tanto investigando para sus casos que perdía la noción del paso del tiempo.

No había olvidado el caso de Ginevra, de hecho pensaba en ella durante buena parte del día desde que la había conocido -se preocupaba por su bienestar, por su alimentación y abrigo, nada sabía de la muchachita-, pero en esos momentos tenía otro entre manos… el de una viuda que aseguraba que su esposo no había muerto en un accidente al montar, sino que había sido un asesinato. Pobre mujer, él la entendía porque sabía lo que era perder a su amor y buscar explicaciones y culpables. Todo apuntaba a que en efecto se había tratado de un accidente producto de la imprudencia del hombre, eso era terrible pues enfrentaría a la mujer con la idea de tener que culpar a su propio esposo de lo que había ocurrido.

Sintió los primeros truenos y por ellos salió del ensimismamiento en el que estaba. Así fue que se sorprendió al ver la hora que era, ¿en qué momento había ocurrido aquello si la última vez que había visto su reloj no era ni medianoche? Suspiró y se incorporó, algunos huesos le sonaron porque había pasado demasiado tiempo en la misma posición… por eso y por la edad que tenía, claro, aunque eso intentaba no pensarlo demasiado. Filippo apagó las lámparas y salió rumbo a su casa.

Solo tenía que cruzar la calle para llegar a la pequeña edificación que compartía con sus niñas. Siempre se esmeraba por hacerlo en silencio, pues no quería despertarlas. Sabía que debería pasar más tiempo con ellas, siempre estaba pensando en cómo hacerlo, pero nunca llevaba nada a cabo. Cada día se convencía más de que se había vuelto un padre ausente al que seguramente ellas no extrañaban. En esas cosas pensó cuando una voz –ajena por completo a la familia Di Bari- lo sorprendió. Ginevra. Era ella, Ginevra.


-¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? –se acercó a ella, temiendo por sus hijas-. ¿Dónde están mis niñas? Ginevra, ¿por qué no has ido a verme al trabajo? ¿Por qué te presentas aquí de esta manera?


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Re: El final es en donde partí | Privado

Mensaje por Ginevra d'Altrui el Mar Dic 18, 2018 8:54 pm

Dio un paso atrás porque se sintió amenazada ante el avance del investigador. Había imaginado que le molestaría –y mucho- encontrarla allí, pero nunca imaginó que creería que le había hecho algún daño a seres inocentes. ¿Eso era lo que veía la gente cuando se topaba con ella? Ginevra se sintió triste, profundamente triste y, también, muy sola. Un poco decepcionada. No era una mala persona, no era capaz ni de matar una mosca; evitaba, de todas las formas posibles, sociabilizar con cualquier ser humano y, la vez que lo lograba, éste desconfiaba de esa forma. Quiso salir corriendo, pero ya había huido anteriormente, y no habría una oportunidad más. El haber contactado a Di Bari fue el paso más grande que había dado en toda su vida, irse significaría retroceder y volver al mismo lugar de siempre, al del dolor y la reclusión. Y, lo peor de todo eso era que ya no podría salir.

Se detuvo cuando se topó con el sillón, y se aferró al respaldar de éste. Miró hacia todos lados, aguzó el oído: nadie se había despertado. Si las hijas del investigador se levantaban, a ella no le quedarían más opciones que escapar, y ya no quería pensar en esa posibilidad. Se irguió y se quitó la capa, con enorme tranquilidad, a sabiendas de que eso alteraría aún más a Filippo.

Sus hijas están bien, ¿qué clase de monstruo cree que soy? —y a pesar de hablar en susurros, se notaba que estaba ofuscada, su tono era sumamente firme y su postura acompañaba. —No saben que estoy aquí. Estuve escondida y no me vieron. Ahora duermen, o lo seguirán haciendo si baja la voz —se quejó y se cruzó de brazos, aunque era más que nada para insuflarse valor. La tormenta castigaba con dureza y le recordaba la cantidad de tempestades que había pasado sola y encerrada, muerta de miedo, sintiéndose una paria.

No fui a su trabajo porque…porque no puedo pasar demasiado tiempo en un sitio donde hay tantos hombres —se sinceró, y a ella misma la sorprendió la respuesta. No porque negara la realidad, sino porque nunca pensó que podría decírselo. Había mentido durante tantos años, que la verdad aún tenía un extraño efecto sobre su cuerpo. Cada frase honesta que expresaba, era una manera más de alivianarse la existencia.

Pero, si no le parece, me iré de aquí ahora mismo —tomó el abrigo que había depositado en el apoyabrazos. —He sido muy imprudente, tiene razón. Éste no es el lugar, ni tampoco la forma —intentando colocarse la capa, se le cayó la bolsita con el poco dinero que le quedaba. Se agachó para recogerla y, al levantarse bruscamente, se mareó y tambaleó, viéndose obligada a aferrarse a ese sillón que la contenía.

Ginevra hacía varios días que no comía, pues lo poco que tenía se lo había dado al perrito que la acompañaba. En parte estaba inapetente, tal vez motivada por la falta de alimentos en su pequeña casucha. Las monedas que tenía, quería guardarlas para pagarle a Di Bari por su investigación, eso le parecía aún más importante que comer. Pero el cuerpo comenzaba a jugarle una mala pasada, y su estado general de debilidad había ido agravándose con el pasar de las jornadas, y más bajo la presión que se encontraba esa noche. Detestó mostrarse tan absolutamente débil ante Filippo, y temió que él creyera que estaba fingiendo. Sin embargo, el malestar atravesó todo su cuerpo, la vista se le nubló y cayó desplomada en medio de la sala.


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Re: El final es en donde partí | Privado

Mensaje por Filippo Di Bari el Sáb Ene 05, 2019 8:31 pm

Filippo sabía que eso no estaba nada bien. Quería ayudar a la pequeña, de verdad que sí, pero su comportamiento era peligroso aunque ella no lo viera. No era normal, no estaba bien, que ingresase así a su casa aunque a ella le pareciese bien haberse mantenido escondida. Filippo estaba agotado y no empezaría una discusión allí, menos con sus hijas durmiendo.

-Sé que no les harás daño, Ginevra. La próxima vez avísame así puedo estar esperándote y no pierdes tu tiempo aguardando mi llegada, si hubiera sabido que querías hablar conmigo habría pospuesto algunas cosas del trabajo para mañana –le explicó, intentando restarle importancia al tema.

La muchacha se incorporó y sufrió un evidente mareo. Filippo estuvo allí al instante y la sostuvo, aunque sabía que a ella no le gustaba que la tocasen. En ese caso era inevitable hacerlo.


-¿Te encuentras bien, querida? Iré a buscarte un poco de agua… ¿Has comido? Porque yo no y muero de hambre, prepararé algo para los dos y podremos hablar. ¿Qué te parece? Quédate, Ginevra… no quise hacer que te sintieras mal –se disculpó, mientras la ayudaba a acomodarse en el sofá-. Espérame unos minutos y traeré algo.

Lo primero que hizo fue buscarle un poco de agua dulce para que se hidratase y el color le volviera al rostro. Le tendió el vaso y luego se dispuso a calentar la sopa que sus hijas habían preparado. Tenía verduras y pollo, ese caldo era receta de su esposa y a Filippo le encantaba, pero también le recordaba lo solo que se sentía.

Llevó ambos cuencos con las cucharitas hasta el sofá, donde la encontró con mejor color, aunque se notaba que hacía tiempo que no dormía bien. En eso estaban igual.


-Toma, te aseguro que es deliciosa. Mi esposa la preparaba y a las niñas les queda muy bien, casi igual. Esto te hará bien.

Se sentó frente a ella, porque no quería abrumarla con sus cercanía. Se dispuso a comer con tranquilidad, ¿qué apuro tenía? Estaba acostumbrado a dormir muy poco, podría quedarse varias horas hablando allí con ella.

-Avisame si quieres un poco más de sopa –le pidió-. ¿De qué te gustaría que hablemos, Ginevra? –le preguntó delicadamente, para que fuera ella quien sacase el tema-. ¿Cómo has estado estos días?


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Re: El final es en donde partí | Privado

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