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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Udyat «The Horus' prodigal son» [Ubbe Cannif & Sabah]

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Udyat «The Horus' prodigal son» [Ubbe Cannif & Sabah]

Mensaje por Kefrén Tausret el Vie Oct 19, 2018 10:15 am

"Para ver un mundo en un grano de arena y un cielo en la pequeña flora,
sostén el infinito con la mano abierta y detén la eternidad en una hora.
Busca a las dos hermanas, una de las cuales engendra a la otra,
y ésta a su vez engendra a la primera.
La caja del Udyat, fragmento."

Cuando los dioses se empeñan en algo, no hay voluntad humana que se oponga, plazo que no se cumpla, ni barreras que lo contengan. Y el Udyat está deseando ser liberado para volver con aquél al que pertenece. Los siglos han transcurrido y su poder está completo. Al tiempo que despierta las mentes humanas, hay maquinarias de las que no hay formas de esconderse. Los dioses son caprichosos en sus maneras y determinaciones, moviendo todo lo que está a su alcance para crear las condiciones propicias para sus venideras llegadas al mundo después de siglos sin pisar la tierra. Algunos más bondadosos que otros, permiten que sus elegidos se reúnan. Otros, más determinados, buscan la manera de reobtener lo que les pertenece y mandan a sus hijos incitándolos a la guerra. La maldición egipcia atacará París, llegará a imponerse en la ciudad creando grandes catástrofes y mientras haya un solo cuervo para enviar su mensaje, Odín intervendrá para regresar a Mimir lo que es suyo y que Loki se llevase tan lejos, deseando venganza, que eligió un lugar caliente para que los dioses nórdicos no se atrevan a pisar estas tierras. Con lo que no cuenta el Dios del Engaño, es que el Dios Tuerto no necesita caminar para hacer su voluntad, para eso tiene a quien mandar. Y como tal, el guerrero está en movimiento.

En contrapartida, justo cuando el Udyat apareció ante los ojos de una humana causando su curiosidad, un enemigo extiende la mano para crear una tormenta de arena y así dificultar la visión de los dioses que protegen la tierra. A lo lejos de las ciudades europeas, pasando el mar Mediterráneo, los ojos se mueven hacia las profundidades de una vieja pirámide erigida para la gloria del Faraón Kefrén. Es en ese lugar, en la inmensa oscuridad de las cámaras todavía sin explorar, un mar de reptiles sinuosos se despiertan lentamente. Uno a uno, van recuperando la movilidad, se despegan del suelo rompiendo los capullos que los contuvieron en hibernación durante siglos. Llamados por el amo a quien sirven sin barreras, sus cuerpos se arrastran hasta un sarcófago semiabierto donde se introducen, buscando las telas de la mortaja, hincando los colmillos repletos de veneno para darle a este sirviente la fuerza en sus venas. El líquido que para los humanos sería mortal, rellena cada arteria y el resto del sistema circulatorio, dando alimento al cuerpo.

Una voz a lo lejos, de otro tiempo y espacio, se escucha en el sitio. Es una orden que al penetrar por los oídos del cuerpo embalsamado, produce una descarga eléctrica que trae a la vida el latir de dos corazones simultáneos. Uno en la zona tradicional del cuerpo. El otro, oculto a la misma altura del primero, en el lado contrario. El amo quiso que su guerrero fuera inmortal y se aseguró de ello. Le dio facultades que pocos en la tierra pueden tener, como la regeneración de sus miembros, incluyendo la cabeza. Personalmente lo diseñó para que ningún guerrero de su enemigo mortal lo destruyera. Su objetivo: el Udyat. Su poder: la magia. Desde la atmokinesis, hasta la nigromancia, este ser tiene la facultad de invocar a las más grandes bestias a su beneficio y de dominar las mentes para hacer su voluntad. Pocos pueden escapar de su control.

Los ojos se abren, amarillos en su totalidad, con una pupila propia de los bífidos seres que le rodean y siguen mordiendo para darle su esencia vital con cada gota de veneno, pereciendo y haciéndose cenizas en tanto el horrendo espectáculo se desarrolla. Una vez lista la primera parte de la regeneración, la figura embalsamada se sienta en su sarcófago. La cubierta de metal de su prisión cae al piso creando un horrible sonido en el eco de la enorme cámara cuasi vacía. El siseo que emerge de su boca, crea una corriente de aire que llega hasta las bestias que todavía se encuentran en el sitio, avanzando hacia su nido, serpenteando por el suelo. Se cuelan entre los huecos sagrados, sacrificando sus vidas para activar la maquinaria, dejando que con el peso de sus cuerpos, la balanza se desequilibre y con ello, las cadenas se muevan al unísono de las grandes ruedas permitiendo que la zona repleta de trampas, forme un camino hacia la salida.

Los colmillos ahora repletos de veneno del elegido, aparecen de entre sus labios, cortando la mortaja creando un hoyo en su boca, la fuerza de sus brazos se incrementa, con un crujir de la tela, el enemigo se deshace de sus amarras. Poniéndose en pie, camina con paso lento, con el cuerpo moviéndose como si serpenteara en el aire. La cabeza imita este sinuoso compás que podría verse aterrador a ojos extraños, más las sierpes a su alrededor se apuran a llegar a donde les corresponde. Las vendas caen al piso, dejando su cuerpo al descubierto. La piel marchita y escamosa parece papiro, el ente se acerca a la enorme fuente donde las serpientes están entregando sus vidas, sumergiéndose en otros orificios para ser trituradas y su sangre va llenando lento esa estructura donde nuestro protagonista introduce primero un pie, luego el otro, dejando que el líquido carmesí envuelva su piel. Se acuesta en el estanque, la sangre forma un nuevo capullo, enorme para el tamaño de la bestia que mide más de dos metros. Y antes de cerrar los ojos, un nuevo siseo se escucha por todo el sistema de ventilación de estas catacumbas.

En otras habitaciones, ocultas a la vista de los exploradores humanos, el proceso se repite. Los capullos empiezan a romperse, las sierpes a dividirse para cumplir sus funciones. Esta vez, sus esbirros recibirán la energía para regresar a la vida y dejar a la vista de la humanidad, sólo una pequeña fracción del ejército que emergerá de las tinieblas como el Udyat termine en poder de este enemigo.

PARÍS, TRES DÍAS DESPUÉS


Un vikingo sale de su hogar, sin saber a dónde dirigirse, ni por dónde empezar con un perro pegado a sus talones obedeciendo sus órdenes. Un cuervo agazapado en las ramas de un árbol, le observa con interés. Grazna para ser escuchado, extiende las alas sacudiéndolas para llamar la atención. Eleva el vuelo para dirigir a la figura que deberá seguirlo. Le conducirá hacia donde debe estar, lo demás será cuestión de la habilidad cuasi nula de socialización de Ubbe. A Odín le importa un comino cuán difícil le sea al guerrero convencer a quien deba para salir airoso de esta misión. En cuanto el pájaro se aleja, el perro ladra empezando a perseguirlo como si las órdenes de Ubbe sirvieran para dos cosas: para nada y para ignorarlas. El ave va de techo en techo, dejando que el perro le dé alcance para seguir su camino hasta una gran plaza donde se posa en el respaldo de una banca agitando el plumaje, graznando una y otra vez para el fastidio y la sorpresa de los hombres y mujeres que le observan.

Justo cuando el vikingo se detiene, en tanto el perro está ladrando al cuervo con la cola agitándose de izquierda a derecha con efusivos movimientos, alguien choca con él sin proponérselo. Lo interesante es que ambos caen al suelo. Uno con el dolor de la muñeca al rojo vivo por el brazalete que Odín le diera. Y el otro, sujetándose el rostro con fuerza, ocultando a la vista sus facciones. - Por Ra - gruñe el desconocido en tanto el tatuaje en su siniestro ojo se ilumina con un halo dorado, con el dolor de como si estuviera congelándose. Se mantiene en el piso. Sus ropajes son tan sencillos como unos pantalones, una camisa blanca, botas pesadas y un abrigo que le cubre en este otoño incipiente. Y justo cuando se mueve un poco para paliar el dolor de su rostro, Ubbe puede notar una espada en su cintura que ocultaba bajo las ropas. Algo que ahora, tras la caída, es un poco imposible de mantener en el anonimato. Y tampoco pasa de su observación, el cinturón con varios compartimientos y dagas bien ocultas.

Thor, su perro, ladra acercándose a ambos, moviendo el rabo mirando al desconocido ahora que el cuervo desapareció. Corre entre ellos con tal alegría, como si estuviera ante Naitiri y no ante este hombre en situación precaria. - Horus, por favor, basta - ruega a su Dios quitándose las manos del rostro esperando que el aire disminuya la sensación de congelación. La marca en su ojo, al contrario, sigue mostrando rastros como si hubiera estado durante mucho tiempo expuesta al frío intenso. Para fortuna de ambos, el brillo dorado se desvaneció, lo que evita miradas curiosas. Kefrén sacude la cabeza apretando el párpado izquierdo en tanto el derecho se levanta con la intención de mirar qué pasó, fijándose en el vikingo y el perro que sigue corriendo a su alrededor, feliz de la vida.

Los dioses no hacen las cosas fáciles, cada vez que Ubbe toque a Kefrén, se quemará como si estuviera expuesto al sol en su máximo esplendor. Cada que el egipcio toque al vikingo, se congelará como si estuviera en una tormenta invernal.



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Re: Udyat «The Horus' prodigal son» [Ubbe Cannif & Sabah]

Mensaje por Ubbe Cannif el Dom Oct 21, 2018 7:53 am

Elevé la mirada hacía el cuervo negro que fuera como una sombra esperaba que saliera a su encuentro, conocía las leyendas de mi pueblo, ladeé la sonrisa cuando Thor salió tras el batir de alas corriendo. Odin no era de lso que dejaban todo a la suerte y decidió sin duda poner guia a su guerrero.
Hugin y Munin viajaban alrededor del mundo recogiendo noticias e información para Odín. Hugin es el pensamiento y Munin es la memoria, fuere cual fuere la orden era clara.

Afiancé las correas a mi pecho antes de salir corriendo tras mi belga que mas enjugatado que de caza corría tras el pajarraco negro.
-¡No lo pierdas! -ordené enarcando una ceja al verle dar un par de saltos moviendo la cola, maldita egipcia tantos mimos a mi perro acabarían haciéndolo medio tonto si es que ya no lo era.

Tras cruzarme medio París corriendo por el adoquinado suelo, haciendo al lado a indignadas damas de paraguas emplumado y a caballeros que por defender su honor se crecían moviendo aquella tercera pierna que por desgracia para ellas no era su verga si no un bastón de mierda. Llegamos a una plaza bastante amplia, allí estaba el teatro y la opera, no habíamos salido de la zona de clase alta, aunque admito que a mi me gustaba perderme en los suburbios, me sentía mas como en casa.

Iba algo distraído buscando a Thor que había dado con su presa y le ladraba esperando que soltara el queso, cuando sin esperarlo un tipo chocó conmigo yendonso ambos de bruces al suelo.
-Se hvor du er drittsekker. (mira por donde andas gilipollas) -maldije apretando los dientes al sentir que el brazalete prendía vida alrededor de mi muñeca y como si el mismo reino de Muspellheim se alojara dentro, aquel brazalete parecía la tierra de fuego gobernada por gigantes -¡Basta! -ordené a Odin para que me diera descanso mientras apretaba mi muñeca con la otra mano como si de un torniquete se tratara sintiendo que me acababa de cercenar la otra mano.

El otro desgraciado se quejaba del ojo, en inicio no me fije, ya era suficiente mi desgracia, mas pronto me percaté de que sin duda aquel era el hombre que necesitaba para abrir el sello, por Ra, decía, esa frase me sonaba en demasía.
Solo cuando ambos nos liberamos de aquel dolor que nuestros dioses habían decidido infligirnos como diversión me alcé para enfrentar al egipcio.
-Soy Ubbe y tu vienes conmigo -dije tan directo como solía ser ,en el norte no habían medias tintas, ya le explicarían esas mujeres que necesitaban del tipo, mi trabajo era solo encontrarlo y me había resultado sencillo.

La cara del tipo era un poema, pero la verdad es que a mi como si era un verso o una prosa, se venía conmigo aunque fuera a rastras.
Me había percatado de que iba armado y por los cayos de su mano sabía usarla, mas no igualaba en tamaño mi acero, aun así, no era tan necio como para subestimar al enemigo por eso era general y no un mero raso.
Ladeé ligeramente esperando su respuesta mientras Thor daba vueltas a nuestro alrededor en forma pacifica, pero no debía olvidar nadie que a ese chucho lo había criado yo y sabía atacar y morder carnaza.
-¿Y bien? Tu decides, a las buenas o a las malas pero no se porque motivo nuestros dioses han decidido que nos convirtamos en socios, así que mueve tu culo egipcio.


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Re: Udyat «The Horus' prodigal son» [Ubbe Cannif & Sabah]

Mensaje por Kefrén Tausret el Vie Oct 26, 2018 7:04 am

Dejando afuera la visión de los dioses y los distintos escenarios, nos concentraremos en Kefrén, quien la noche pasada tuvo una experiencia interesante con una vampiresa al atrapar a uno de los esbirros del enemigo que la Liga le ordenó eliminar. A pesar del cansancio, tiene demasiadas pesquisas que hacer todavía, considerar quedarse más tiempo en la cama no es algo que pueda hacer. Desde muy temprano está revisando algunas zonas, rastrillando otras para encontrar los datos que necesita. Concentrado está en la labor que le pasa desapercibido el perro que se le atraviesa como previo aviso a lo que se viene a continuación. El golpe, el dolor en el ojo, la caída al piso, la quemadura como si fuera hielo que sólo en los Himalaya podía sentir y que entrenó para mitigar la sensación, se instala en su ojo. En realidad, en el tatuaje que fuera un recuerdo de una de sus misiones en su propia vida. Creyó que no volvería a reaccionar. Su error.

Sacude la cabeza cuando parece aminorar. El zumbido en sus oídos es lo que permanece. El otro con el que se golpeó, se pone en pie, su pinta dista de ser normal. Desde la larga trenza, los ojos tan azules y la piel blanca, el fornido cuerpo acostumbrado a la batalla, Kefrén entiende que está con un guerrero. Uno que tiene una espada más grande que la suya cuya ventaja reside en la fuerza bruta que imprime con cada golpe por el tamaño y la forma en que sus bíceps están marcados bajo la ropa. Se pone en pie, sacudiendo sus ropas por inercia, con tal de tener unos instantes meditando sus palabras - soy Kefrén - responde al educado saludo, incapaz de dejarlo así. Sus ojos son desconfiados, el resto de la conversación le da un panorama diferente. En primera, no es cualquier salvaje, entiende que es un egipcio por lo que pudo estar en su natal país o es erudito.

O tiene alguien muy cercano que le ayuda en eso porque por la pinta, dista de ser un estudioso de las culturas. El mango de la espada, el brazalete que utiliza, la barba, la trenza. ¿Vikingo quizá? Por el idioma con que dijo el insulto -que lo fue, así se oyó-, pareciera ser que sí. Se cruza de brazos en posición de franca defensa - ¿Y por qué he de ir contigo, Ubbe? Dices que nuestros dioses nos quieren de socios, explícame, pero que sea en un lugar diferente a éste, ¿Quieres? Vamos a un callejón donde no seamos interrumpidos o escuchados - es desconfiado de nacimiento. Mira al perro con poco interés, cómo los rodea, cómo sigue al vikingo. El egipcio enfila deshaciendo su camino recordando que por ahí hay un sitio que podría servir para hablar de ésto. No va a ir así como así. Procura cuidarse las espaldas, teme que sea un enviado del enemigo y quiera apuñalarlo a traición.



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Re: Udyat «The Horus' prodigal son» [Ubbe Cannif & Sabah]

Mensaje por Ubbe Cannif el Dom Oct 28, 2018 12:54 pm

El egipcio era desconfiado, no lo culpaba a fin de cuantas no me conocía de nada y mi aspecto no invitaba a venirse conmigo a nadie a la primera de cambio, bueno quizás si a las féminas, pero en este caso eso no venia a cuento.
Ladeé la sonrisa enarcando una ceja cuando me pidió que lo acompañara a un callejón para poder hablar sin ser interrumpidos, como si eso fuera posible por los medio hombres que caminaban bastón en mano a nuestro alrededor.
-Bien -escueto emprendí camino hacia ese famoso callejón donde al parecer el egipcio hacia sus negocios.
No era un necio, los egipcios eran buenos con los venenos, tenía que estar atento. Ser el marido de una me convertía en ligero conocedor de su cultura y ellos como yo temían y adoraban a sus dioses así que dudaba el egipcio quisiera contradecirlos.

Me detuve a mitad del callejón, una farola rota medio iluminaba las enladrilladas paredes arrojando sobre nuestros cuerpos un millón de luces y sombras.
Kefrén sin cambiar aquel gesto defensivo esperó que hablara, si esperaba una deserción sobre el asunto se equivocaba.
-Mi dios me ha pedido que te busque, el dios tuerto no acepta una negativa y ademas no escatima en amenazas, cosas de mi cultura -añadí restando a la situación importancia -al parecer tu dios también está en el ajo -dije señalandole la marca de su ojo que se había incendiado al chocar conmigo -así que si quieres saber mas tendrás que acompañarme, hay una caja que te espera y solo tu puedes abrirla ¿que suerte he tío? -le dije dándole un manotazo en el hombro ladeando la sonrisa -vamos, que si llegamos pronto aun nos da tiempo a irnos de jarras.

-Joder -rugí al sentir de nuevo mi mano arder al tocarlo, apreté los dientes sujetando mi muñeca con la zurda mientras de nuevo su ojo se iluminaba lo que lo hizo aullar de dolor – acabemos con esto cuanto antes -rugí maldiciendo a los dioses.
Thor empezó a ladrar sacando los dientes, gruñía hacia la boca del callejón.
-No estamos solos -aseguré justo antes de que la luz se apagara por completo dejándonos en penumbra.
Desenvaine la espada que quedaba anclada a mi espalda sintiendo el rugoso mango amoldarse a mis dedos.


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Re: Udyat «The Horus' prodigal son» [Ubbe Cannif & Sabah]

Mensaje por Kefrén Tausret el Miér Nov 07, 2018 1:57 pm

El otro pareciera ser de un lugar demasiado lejano de París. En primera, por las galas que porta. Desde el tipo de peinado, los rasgos faciales y las cicatrices visibles, denotan que es un guerrero. En segunda, es tosco. Los refinados movimientos de los franceses son dispares a lo que él muestra. En tercera, la raza del perro. Grande, capaz de ser tanto de ataque, de defensa y búsqueda. En cuarta, su acento. Incluso Kefrén lo tiene. Alejándose de la vista de los curiosos, guiándole hasta un callejón donde pueden tener privacidad, se cruza de brazos recargando la espalda en la pared esperando que él empiece a hablar. A finales de cuentas, es este extranjero quien parece buscarlo y no al revés.

Son las doce del día, el sol está en el cenit, las personas siguen caminando yendo a algunos lugares para cumplir con mandados; otras, están avanzando para llegar a tiempo a sus almuerzos en sus casas o bien, en lugares ajenos o comercios. La ciudad está en pleno movimiento a estas diurnas horas. Kefrén no sabe que el vikingo tiene menos de tres horas desde que saliera de su hogar, visitado por Annabeth en cuanto dieron las nueve de la mañana y después de los intercambios de impresiones, el cuervo tardó sólo un poco en encontrar al egipcio que estaba haciendo diligencias y por ello, se movía de lugar en lugar, siendo complicado para el enviado de Odín ubicarlo en un lugar fijo. Es por ello que lo hallaron en plena calle. El sol de otoño no es tan fuerte, aún así, hace calor. Uno rico para un ser como Kefrén, acostumbrado a las altas temperaturas de Egipto. Fastidioso para Ubbe, criado en el frío de los glaciares.

Lo primero que atrae su atención es que menciona al dios tuerto. Para los egipcios, el único con esas características es Horus, dios al cual sirve Kefrén. Eso lo pone en tensión. El resto de las palabras tienen coherencia cuando le pone una mano en el hombro y vuelve a sentir que el tatuaje le quema como si estuviera expuesto a la materia congelada del norte. Gruñe zafando su hombro del contacto. - Sin roces, sin tocarme - parece que cada que este hombre lo hace, le quema. ¿Por qué? Es quemadura de congelación. - ¿Caja? ¿Dioses? ¿Cómo sé que ésta sensación no es producto de un hechizo? Tengo demasiados enemigos como para creer que mi señor está dispuesto a hacer un trato con un extranjero. ¿Por qué de entre...? - se interrumpe de pronto.

De reojo, observa a su siniestra, ruidos en el callejón. Pasos acercándose y podría jugar que escuchó también un par de objetos de gran peso caer a lo lejos. El maldito callejón tiene una bifurcación que está oculta a los ojos de cualquiera. El perro está en guardia, mostrando los colmillos. La advertencia del extranjero es atendida por el egipcio. - ¿Tus amigos? ¿Veniste a ponerme una trampa? Ubbe, eso sí que fue considerado - se sonríe con maldad sacando la cimitarra de su funda cuando aparecen tres figuras en lo profundo del callejón. Con la luz del sol tan fuerte, hace una sombra debido a algunos techos y mantas de otros edificios. Algo le pica en la nuca al egipcio que se rasca. - Tengo un mal presentimiento de todo ésto - susurra por lo bajo.

Una atmósfera lúgubre se instala en el callejón, el tufo a muerto asciende hasta sus fosas nasales aturdiendo su olfato con tales aromas. - Diablos, huele a...  - se queda callado, abre los ojos de inmediato mirando hacia el fondo. Ondulaciones avanzan más oscuras que la propia sombra. Tres cobras egipcias aparecen en el lugar. Thor se lanza a defender a su amo, plantando cara. - Saca a tu animal de ahí, una sola mordida y está muerto - advierte Kefrén.

Un par de instantes después, las tres sierpes empiezan a formar un capullo de piel muerta alrededor suyo que va creciendo conforme los segundos pasan. Los ladridos del perro intensifican su frecuencia y agresividad. - No sé qué sea eso, pero no quiero quedarme a comprobarlo porque si es lo que creo, necesitaremos refuerzos - da un paso atrás, mirando hacia sus espaldas. Sus ojos se abren como platos. - ¿Qué diablos? - la salida ha sido cubierta por ladrillo. Una pared lisa les impide la salida. El egipcio se acerca para tocarla. Es sólida - ¿Cómo pudo crecer una pared de la nada? - un siseo mayor se escucha del fondo, de los tres capullos que ahora tienen el tamaño de hombres y están haciéndose rojizos. Lo que sea que estén incubando, Thor considera que no es bueno porque sigue ladrando como endemoniado.

De pronto, la luz colapsa. Están sumidos en la más absoluta oscuridad de la noche. ¿Cómo puede ser si hace unos instantes era mediodía?



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Re: Udyat «The Horus' prodigal son» [Ubbe Cannif & Sabah]

Mensaje por Ubbe Cannif Hoy a las 7:59 am

Enarqué una ceja mirando de reojo al egipcio cuando hizo ese comentario sobre mis amigos y el detalle de haberlos traído conmigo.
-No necesito amigos para matarte -ladeé la sonrisa con un deje de superioridad, como si poco me importara que fuera a atacarnos -y no tengo amigos en París -añadí divertido por la situación.

El egipcio desenvaina su cimitarra con rapidez dispuesto a enfrentarlos, ya era hora de una buena pelea, por mis venas corre el fuego de las fraguas de mi tierra, Thor ladra mostrando sus dientes, pegado a mi pierna derecha gruñe sin parar con el lomo completamente erizado esperando mi orden de atacar.
-¿Ahora también eres adivino? -pregunté cuando el tipo me asegura que algo le huele mal -es el hedor de los callejones de Paris, huelen a putas y a meados de medio hombres.

Kefren niega ante mis palabras, aunque veo como una media sonrisa se dibuja en sus labios por mis palabras, dura poco la diversión, sus ojos se abren como platos al ver tres serpientes serpentear por el empedrado, es Thor quien avanza dispuesto a que no nos den caza y el egipcio el que me advierte que retire a mi animal o lo mataran.
-En ese caso yo cenaré en le Valhalla y tu..donde vayan los egipcios que estiran la pata.

Thor pretende atacar, es rápido y puede esquivar los venenosos bocados, pero en ese momento los reptiles se unen formando un capullo rojizo que incuba en su interior no se que abominación.
-Apartá -rujo avanzando hacia aquello dispuesto a atravesarlo antes de que nazca.
La noche toma su lugar en el cielo, el egipcio preocupado ruge que no hay escape, como si yo lo necesitara, los vikingos no huimos, atacamos hasta la muerte.
-Si sabes usar ese arma que llevas en la mano es el momento -le aconsejé al ver que cuatro tipos se adentran por el callejón para cortarme el paso y que no llegue ante el capullo.

No me detengo, mi bastarda silva voraz, hambrienta y entre mis dedos baila dispuesta a morder carnaza, pero los otros no van desarmados, uno saca un par de tridentes con los que espera detener mi ataque, absurdo cuando cerceno su brazo de cuajo mientras la sangre salpica mi rostro, rujo enardecido,abro los brazos espada en mano y golpe con los puños mi pecho incitándolos a venir, intimidándolos mientras una risa sádica se dibuja en mi cara.
-¡Venid!



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Re: Udyat «The Horus' prodigal son» [Ubbe Cannif & Sabah]

Mensaje por Kefrén Tausret Hoy a las 9:59 am

Kefrén hace cuentas con rapidez, tres enemigos en el piso, las cobras que se envolvieron en capullos que van creciendo conforme el tiempo pasa. En tanto el vikingo está listo para atacar, el egipcio es más precavido conociendo las leyendas de su cultura, sabe que no se puede hacer el héroe porque en el pecado llevará la penitencia. - No estiramos la pata, llegamos a con Anubis, el Dios del Inframundo - corrige belicoso y socarrón. El ánimo de su compañero es bien recibido hasta cierto punto cuando se abalanza para enfrentar la batalla con gloria, pero también de forma inconsciente. - ¡Espera! La pelea no se irá, pero tienes que ser cuidadoso - le adiestra, más sus palabras caen en saco roto. El otro tiene ansias de sangrar tanto a los enemigos como recibir sus propias heridas. Como se muera, se ve enfrentando a estos tres entes solo y si son lo que supone, estará en aprietos.

Cuatro enemigos más aparecen, haciendo un gran total de siete. Y el vikingo se lanza como si no hubiera mañana. Kefrén sacude la cabeza con molestia, intenta estar atento a lo que sea que salga de esos malditos capullos en tanto se lanza a apoyar al compañero esperando que sean lo suficientemente rápidos para hacerlos trizas antes de que lo que sea que contengan esos sacos, salga. Las espadas se trenzan contra los tridentes. ¿Tridentes? En su vida supo que fueran utilizados en Egipto, donde parece que por sus rasgos, estos hombres pertenecen. Las habilidades de los cuatro se equiparan a las de los protegidos por los dioses. Uno de los enemigos pierde una mano en tanto el vikingo alardea de su habilidad. - Déjate de estupideces y pelea, cuidado con los capullos - grita molesto porque ésto de atacar porque se mueve algo, es propio de un gato y no de un ser pensante.

El perro tampoco ayuda un ápice. Se dirige a toda velocidad para atacar a los rivales de su amo, procurando morder las piernas para incapacitarlos, jalando hacia atrás cuando tiene a su presa, impidiendo el movimiento. Kefrén se deshace del primero, hundiendo la cimitarra en su abdomen hasta la empuñadura, jala con rapidez para cortar los pies, sintiendo cómo una pesadez se instala en su pecho, el olor es insoportable cuando el primer capullo se abre. Es como vómito entremezclado con la carne putrefacta y otras lindezas. Provoca una arcada en el egipcio que contiene al tiempo que su cimitarra evita el golpe del segundo oponente. Aquél que Thor tomara del pie para jalar, que se soltara y ahora está combatiendo al egipcio. El perro ladra de un lado al otro, sin dejar de buscar una presa, hasta que un gemido lastimero emana de su boca.

Cuando Ubbe y Kefrén voltean, el primer capullo se ha abierto. De su interior, una mujer salió con una rapidez inusitada, atrapando al perro del cuello, apretando con tal fuerza que va constriñendo su tráquea. Los gemidos de dolor del animal aumentan cuando el otro brazo femenino aprieta el cuerpo haciendo que se oiga el crujir de los huesos. La piel de la mujer se desfigura, apareciendo manchas en los hombros y el resto de la epidermis, con el rostro transformado con unos colmillos que podrían parecer vampíricos de no ser por la forma y las manchas de sus facciones alteradas. Al abrir la boca, el ataque es brutal contra el cuello de la bestia que tiembla incontrolable cuando las dagas bucales perforan el pelaje y la piel succionando la sangre. Los ojos serpentinos los observan mientras bebe. - Por los dioses. Sirvientes de Seth - susurra Kefrén con cierto temor en la voz. Los otros dos capullos empiezan a abrirse. Las manos rematadas en garras los rompen emergiendo de ellos dos más.

La sirviente de Seth separa el rostro del cuello del animal antes de abrir las fauces desmesuradamente empezando a engullir la cabeza el perro. En un acto por completo sobrenatural, el que fuera Thor, va marchitándose conforme ella lo traga palmo a palmo. Los otros dos entes, varones al parecer, se levantan mirando con sus ojos serpentinos a los dos guerreros en tanto Kefrén sostiene bien la cimitarra. - Ten cuidado, no hay registro de cómo se les mata. Ni siquiera al decapitarlos dejan de moverse. Si te matan y te engullen, dice la leyenda que se apropian de tus recuerdos, por lo que van a tu casa adoptando tu figura para matar a los tuyos si tienen una suerte favorable, de lo contrario, los transforman y sirven a Seth por el resto de sus existencias que son muy largas - advierte pensando con rapidez en todos sus estudios sobre la cultura egipcia. Intentando encontrar una forma de salir vivos de esta maldita pesadilla.

Algo debe entender Ubbe, como falle en esta encomienda, Naitiri correrá un peligro mayor.



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