Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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This is Love | Privado

Mensaje por Gino della Rovere el Miér Nov 14, 2018 12:46 pm

Siento el calor de toda tu piel en mi cuerpo otra vez
Estrella fugaz, enciende mi sed, misteriosa mujer
Con tu amor sensual, cuánto me das.
Haz que mi sueño sea una verdad.

Rata Blanca – Mujer Amante



La semana había sido eterna y extenuante, Gino tendría que viajar a España en pocos días pues las cosas comenzaban a complicarse en la misión que como espía estaba apoyando. El tiempo que pasaría allí sería indeterminado y era eso lo que más le molestaba, no poder saber con certezas cuando volvería a estar cerca de Anna. ¿Qué le había hecho esa muchacha que Gino no hacía más que pensarla y basar en ella sus decisiones a futuro?

Faltaban unos minutos para que se cumpliese el horario estipulado, pero él no podía esperarla más allí adentro, se sentía ahogado… La idea de la inminente separación lo asfixiaba. Descendió de un salto del carruaje –los caballos se removieron, pero el cochero no dijo nada- y se dirigió al camino, esperaría allí los minutos que quedaban.

Pensaba en la misión, en su hermana desaparecida, en su abuelo tan afectado de salud –al que definitivamente trasladaría a París en cuanto presentase una mejoría, porque no tenía paz al saberlo tan lejos- y en su futuro con Anna cuando vio movimientos. Tenía que ser ella que se acercaba a la cita, tan puntual como a él le gustaba. Gino corrió a su encuentro y la levantó del suelo en cuanto pudo abrazarla.


-Anna. Anna, amor mío –le susurró y giró con ella bien pegada a su cuerpo. Caminó hasta el árbol más próximo y la dejó en el suelo, contra el tronco-. No imaginas cuánto necesitaba verte, cuánto he deseado que este día llegue –le confesó, ansioso por tocarla y besarla.

La luz de la luna le daba de lleno en el rostro y revelaba ante los ojos de Gino la belleza de los rasgos de la mujer, esa boquita, esa mirada… La besó porque, ¿qué otra cosa podía hacer? Nada, era un hombre débil cuando de ella se trataba y por eso la culpaba.

Hablar allí no era seguro, tampoco estar besándola de ese modo… pero Gino tardó en recordarlo. Cuando lo hizo volvió a cubrirla con la capucha –no quería, siquiera, que Jerome descubriese la identidad de Anna- y tomó su mano cálida para conducirla al coche. El cochero se giró un momento, justo cuando Gino ayudaba a Anna a subir, y él aprovechó para decirle:


-Vamos a la laguna, Jerome –el hombre asintió y descendió para guardar la escalerilla-. Annita mía, ¿cómo has estado? –le preguntó cuando ya estuvo en el interior del carruaje junto a la muchacha, pero no era mera cortesía, en verdad quería saber todo de ella.

La ayudó a quitarse la capa y la sentó en su regazo a horcajadas, como la anterior vez. Lo hizo con naturalidad, sin pensar esa vez en que pudiera ser inapropiado. Gino la abrazó con fuerza y acarició su espalda mientras inhalaba su aroma dulce, necesitaba sentir su calor, disfrutar de volver a estar allí, agradecerle que hubiera concurrido otra vez, arriesgándose.


-Gracias por estar aquí, Annita. No puedo vivir ya sin la idea de verte cada jueves, aunque un día a la semana me sabe a tan poco –le confesó y apretó el abrazo. Su boca rodó por su cuello, llegó a su mentón para acabar en sus cálidos labios.


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Re: This is Love | Privado

Mensaje por Anna Ferrec el Sáb Nov 17, 2018 1:33 pm

«If you were the wood, I'd be the fire
If you were the love, I'd be the desire
If you were a castle, I'd be your moat
And if you were an ocean, I'd learn to float»
Barry Louis Polisar



Era jueves. Todavía no lo creía, pero así era. Había terminado la semana más larga que Anna recordaba haber vivido, y ninguno de los múltiples eventos que había tenido habían conseguido atenuar el recuerdo de los besos compartidos con Gino en el coche. No fueron pocas las ocasiones en las que Maureen le había tenido que llamar la atención por estar mirando al vacío cuando alguien se había dirigido a ella, y tampoco habían faltado los momentos en los que, tumbada sobre el diván de su habitación, había soñado despierta con las caricias del inquisidor.

Aquella tarde, su madre había decidido ir a visitar a unas tías que vivían a las afueras de Saint-Denis, a una hora de viaje desde la mansión Ferrec-Leuenberger. Anna intentó excusarse, temiendo no llegar a tiempo para la tan ansiada cita, pero no tuvo forma de lograrlo; Maureen insistió en que la tía Charlotte había invitado a un viejo amigo y a su hijo, un joven poco mayor que Anna al que estaban intentando casar. La joven decidió que no iba a hablar en toda la velada, y así fue; Louis, el muchacho, intentó en varias ocasiones iniciar una conversación, pero la actitud cortante de Anna fue motivo suficiente para dar la impresión de ser una mujer muy antipática.

No me ha gustado, madre. Era muy flacucho, tenía la nariz muy grande y los labios tan finos que ni se veían —explicó cuando Maureen le recriminó su actitud, en el viaje de vuelta—. No quiero compartir el resto de mi vida con un hombre que no me atrae. Quiero que mi esposo sea fuerte y apuesto, y tierno. Sobre todo, tierno.

Anna miró por la ventana y Maureen se frotó los ojos, frustrada. ¡Si tan sólo pudiera explicarle que ella ya tenía el pretendiente perfecto! Pero los encuentros con Gino eran un secreto, y así debían mantenerse, de momento.

El viaje de vuelta se retrasó más de lo normal, puesto que, en una de las puertas, había unos gendarmes examinando los coches que entraban en la ciudad. Al parecer, había corrido un rumor sobre unos contrabandistas que venían del norte, y las órdenes de busca y captura estaban frescas en todas las comisarías. Anna veía cómo la luz se iba apagando poco a poco, dando fin al día y la bienvenida a la noche. Temía no llegar a tiempo y, como si hubiera sido capaz de ver el futuro de manera momentánea, tuvo que correr para poder estar lista a la hora convenida.

Se quitó el ostentoso —e incómodo— vestido que su madre le había obligado llevar para elegir uno más discreto y que le sentaba mejor, a su parecer. También buscó, en el fondo del cajón de su cómoda, la ropa interior corta que escondía de la mirada indiscreta de Maureen. Si su madre descubría que la tenía, pondría el grito en el cielo, puesto que, según ella, aquello no era ni decoroso, ni elegante. Anna tenía otras opiniones al respecto, pero prefería no compartirlas con ella. Usaba esa ropa interior a escondidas los días de calor, y ahora también en aquella ocasión.

Salió por la puerta trasera con cuidado de no ser vista y corrió un trecho del camino hasta que, a lo lejos, vio el carruaje parado en el punto donde debía reunirse con Gino. Apuró el paso cuando vio que estaba fuera, esperándola, creyendo que llegaba tarde.

Gino —susurró, agarrándose a él y girando al son de sus movimientos—. Yo también he ansiado tanto que llegara este momento… Me he asustado al verte aquí fuera, he creído que llegaba tarde. Madre ha querido ir a ver a la tía Charlotte y la entrada en París ha sido un infierno. ¡Ni tiempo he tenido de peinarme!

El beso llegó en el momento justo para hacerla callar y disfrutar de las pocas horas que estarían juntos. Se dejó llevar hasta el coche y subió, nerviosa por poder estar, al fin, entre los brazos de Gino.

Ansiosa y emocionada —contestó a su pregunta—. Ha sido una semana tan larga… Creía que el jueves nunca iba a llegar. He pensado en ti cada día, cada minuto. Me gustaba imaginar qué estarías haciendo; que cada vez que yo te pensaba, tú estarías haciendo lo mismo; que cuando yo lanzaba un beso al aire, llegaba a tus labios y lo sentías como si yo estuviera allí, contigo. —Le dio un beso rápido y lo miró—. Pero dime, ¿cómo has estado tú?

Tomó su rostro con ambas manos e intentó verlo a la luz de las farolas de la calle para encontrar signos de cansancio, pero apenas podía apreciar la sombra de la barba que ya comenzaba a crecer.

Ojalá pudiera estar aquí todos los días. Un día es poco tiempo —confesó, besándolo después—. He traído la ropa interior que me pediste —susurró contra sus labios.

Quería preguntarle si él había cumplido con su parte del trato, esa en la que le prometió que no llevaría ninguna mujer en ese coche, pero no se atrevió. No quería hacerlo enfadar desconfiando de él.


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Re: This is Love | Privado

Mensaje por Gino della Rovere el Sáb Nov 17, 2018 4:35 pm

Por Dios, que nunca lo alejaran de ella o tendría que matar. Gino no podía dejar de tocarla, de buscar sus labios para besarlos. Definitivamente un día era muy poco tiempo, pero no tenía más… los buenos espías escaseaban y Gino trabajaba mucho, a eso se sumaba la investigación, que jamás abandonaría, para saber dónde estaba Federicca y qué había sido de ella.

-He tenido mucho trabajo, amor mío –se excusó, mientras la recostaba en su hombro y enredaba en su cabello los dedos de una mano-. He pensado mucho en ti también y lo siento, pero no te devolveré el pañuelo que me has dado. Lo han cosido a mi almohada así que duermo abrazado a él cada noche –sonrió, era un idiota enamorado y ya no podía ocultarlo.

Su Annita era tan dulce… Gino creía que nada era mejor que sentir sus manos alrededor de su rostro, que sus labios buscando los de él. Poco a poco iba perdiendo la timidez, ya no le temía como la primera vez que hablaron, cuando él la acorraló contra un árbol deseando poder besarla en ese mismísimo momento. Seguía siendo la misma, pero ya no era una muchachita, había crecido en ese tiempo.


-¿Sí? –le preguntó, sorprendido de que ella hubiera recordado aquello-. Han pasado tantas cosas el jueves que creí que lo olvidarías –le confesó y la instó a elevarse para que él pudiera pasar sus manos por debajo del vestido. Cuando lo hizo, los senos de Anna quedaron a la altura de su rostro y Gino soltó un suspiro, qué difícil sería esa noche-. Es muy suave, casi tanto como tus piernas –acarició su piel y cerró los ojos, Anna sentiría su erección y ojalá le preguntase qué era aquello, quería que supiera que era deseo vivo y que ella se lo provocaba-. ¿Me la mostrarás? ¿Dejarás que vea tu ropa interior?

En lugar de contribuir a la calma de su cuerpo, Gino avivaba el fuego. ¿Quién lo salvaría de aquello? Pues Jerome lo hizo, el hombre detuvo los caballos y Gino della Rovere fue consciente de que habían llegado a la laguna. ¿Tan rápido? Descorrió las cortinas y lo comprobó, estaban frente al espejo de agua que reflejaba a la luna. Era una bendición.

-Hemos llegado –le anunció y la besó profundamente, mordisqueando su labio inferior-. El viento te incomodará, debes recogerte el cabello. ¿Me permites hacerlo?

La instó a ubicarse de espaldas a él, sentada en el mismo asiento que compartían. La luz era escasa, pese a que abrió las cortinillas de ambos lados, pero podría guiarse bien. Había hecho aquello cientos de veces.

-Tu pelo es precioso, una delicia es peinarlo y ni siquiera me es necesario tener un cepillo –dijo, mientras comenzaba a separarlo para armar la trenza-. Mi hermana tenía muchos rulos, se le enredaban con mucha facilidad y yo debía ayudarla. Nuestra madre había muerto y en esa época no teníamos personal de servicio, vivíamos con algunas privaciones –le contó y eso, esa parte de su historia, era algo que ni siquiera sus amigos conocían-. A ella le gustaba estar siempre bonita y decía que su cabello era horrible, por eso lo escondía en pesadas trenzas, pero tendría que habérselo dejado suelto, siempre se lo dije, su cabello suelto la hacía parecer mucho más hermosa de lo que era –susurró esa última parte mientras entrelazaba los mechones.

Terminó de peinarla en silencio, recordando su infancia y adolescencia, pensando en las veces que peinaba a Federicca; ella siempre cantaba mientras él luchaba con sus rizos. Como no tenía con qué sujetarle el final de la trenza, Gino tomó el broche de su camisa y lo cruzó sobre el cabello de ella.


-Yo tengo tu pañuelo y tú mi broche –observó, dejando la trenza sobre uno de los hombros de Anna-. ¿Vamos a caminar un poco? El viento fresco nos vendrá muy bien –hablaba por él, claro que sí.


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Re: This is Love | Privado

Mensaje por Anna Ferrec el Dom Nov 18, 2018 12:32 pm

Deseó fervientemente que algún día Gino pudiera dormir abrazado a ella en vez de a su pañuelo. ¿Sería eso posible? Él ya le había dejado claro que no ocurriría nada entre ellos salvo que llegaran a contraer matrimonio, pero Anna no sabía si él estaba dispuesto a comprometerse de esa manera con una mujer. La amaba, eso le había dicho y lo demostraba cada minuto, pero ella no tenía forma de saber si el alcance de esos sentimientos coincidía con el de los suyos.

¿Cómo iba a olvidarlo? —preguntó, y dejó que él metiera las manos por debajo de su vestido—. No he olvidado nada de lo que ocurrió el jueves. ¿Tú no lo recordabas?

Temía que no, que el trato que habían hecho fuera ya humo en su mente. Si eso era así, si había olvidado su propia petición, nada impedía que hubiera llevado mujeres en aquel coche, o las hubiera invitado a su casa. El estómago de Anna se cerró de la angustia y tragó la poca saliva que tenía en la boca, de pronto seca de los nervios. Su mente estaba dividida entre las caricias de Gino y su preocupación sobre lo que habría hecho durante aquella semana, y tanto fue así que tardó más de lo normal en reaccionar a sus palabras.

Abrió los ojos como platos al escuchar sus preguntas. ¿Cómo iba a mostrarle su ropa interior? ¡Para eso tendría que subirse el vestido! Anna se sonrojó mucho, y se incomodó también. Ya estaba dejando que le tocara las piernas más de lo debido, no podía dejar que se las viera. Quiso levantarse del regazo de Gino; todo lo que su mente estaba pensando empezaba a angustiarla, pero, afortunadamente, el coche se detuvo antes de que ella hiciera alguna tontería.

Asintió como respuesta a sus preguntas y se sentó en el banco para que peinara su cabello. Era agradable sentir los dedos jugueteando con él, y eso calmó su cuerpo y su alma. El relato sobre su familia ayudó, y mucho, a que la angustia que estaba sufriendo se disipara. Quiso darse la vuelta y abrazarlo al notar que hablaba de su hermana en pasado. ¿Qué habría sido de ella? Estuvo tentada de preguntarle al respecto, pero recordó el gesto de dolor de la vez anterior y se guardó sus palabras, para cambiarlas por otras más alegres.

Aunque llevas el pelo corto, el tuyo parece rizado también. —Se giró hacia él, acariciándose la trenza y el broche—. Tus hijos serán unos hermosos niños de pelo rizado.

Deseó poder ser la madre de esos niños, y ese pensamiento le produjo cosquillas en el vientre y un calor agobiante en las mejillas. El aire fresco también le vendría bien a ella, al parecer.

Después de ponerse la capa, bajó del coche, ayudada de la mano del inquisidor, y se tomó de su brazo para comenzar el paseo. La luna estaba hermosa en el cielo, y el reflejo de ésta en la laguna hacía que el lugar se volviera como de cuento. La brisa le rozó el rostro y Anna cerró los ojos para respirar profundamente. El aire olía a humedad, pero no era desagradable, al contrario; era frescor lo que se notaba, y la baja temperatura hizo que se pegara al cuerpo de Gino para recibir su calor.

Tenía que haber traído una capa más gruesa, no creí que la noche sería tan fría —comentó—. ¡Oh, Gino! ¡Es tan hermoso este lugar! Lo había visitado durante el día, pero de noche es aún más bonito. ¿Te has fijado en el reflejo de la luna sobre la laguna? Parece mágico.

Observó la masa de agua con un brillo especial en la mirada, y seguido los llevó hacia Gino. Él también parecía mágico bajo la luz plateada, y los ojos de Anna no pudieron ocultar sus pensamientos. Quería tanto besarlo en ese instante… lo quiso y lo hizo. Se colocó delante de él y, de puntillas, alcanzó los labios del inquisidor en un beso pausado y dulce.

¿Por qué has elegido este lugar? ¿Cómo sabías que me iba a gustar?


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Re: This is Love | Privado

Mensaje por Gino della Rovere el Miér Nov 28, 2018 11:54 pm

Sus hijos serían también los de Anna. Suerte que refrenó su lengua a tiempo, decirlo de esa manera tal vez la asustara… aunque ya se lo había expresado como deseo. No se reconocía, ¿cuándo le había importado eso a él? Ahora. Ahora sí que le importaba, no quería arruinar las cosas con ella, no quería que nada la incomodara, pero claro que eso no siempre podía controlarse, no en la vida de un hombre como él.

Gino no le tendió el brazo para caminar, sino que tomó su mano en un gesto que juzgó como mucho más íntimo. Se pararon cerca de donde comenzaba el límite del agua y él se quitó la chaqueta para apoyarla sobre los hombros de ella. Se ubicó a su espalda y con sus brazos la envolvió, entrelazando los dedos de sus dos manos sobre el vientre de ella.

La visión de la luna sobre la laguna era hermosa, pero Gino prefería concentrarse en el perfume de Anna, en el detalle de la trenza que le había hecho y que ahora, con la iluminación de las farolas del lugar, podía apreciar mejor. Le besó la sien y la mejilla, la disfrutó como hacía tiempo que no disfrutaba nada.


-¿Qué sientes? ¿Te sientes a gusto entre mis brazos? Dímelo –le exigió-, necesito oírte decir eso, que disfrutas estar conmigo, que te gusta sentirme pegado a ti. Dímelo, Anna –esa segunda vez, en cambio, ya no era una exigencia, sino un ruego.

Recibió feliz la iniciativa de Anna, disfrutó de sus besos y le acarició la espalda. Había elegido la laguna porque tenía una fantasía, un sueño que se había vuelto recurrente en sus noches y que provocaba que se despertase a media noche a aliviarse pensando en esa imagen… Si pudiera vivir lo que en el sueño ocurría, Gino la levantaría en esos momentos y le pediría que lo rodease con sus piernas, le besaría el cuello y los senos, en los que enterraría su nariz, le mordería el labio inferior y colaría sus manos debajo de su vestido hasta poder hundir los dedos en sus glúteos redondeados y llenos. No tardaría en tomarla allí mismo, de pie y frente a la laguna. Había elegido ese lugar por ese motivo, por su fantasía, pero no podía decírselo y lo lamentaba profundamente.


-Lo elegí porque es maravilloso, un poco menos bello que tú –le dejó en claro, con una sonrisa-. Tu mirada es mucho más mágica que esa luna reflejada en el agua, Anna, a mí me ha hechizado muy rápido, desde la primera vez en la que nuestros ojos se conectaron.

Inclinó el rostro y con el índice le sostuvo el mentón mientras con su pulgar le acariciaba los labios. Empujó un poco hasta que pudo entrar para acariciarle también los dientes… sonrió, no por ella ni por el gesto, sonrió porque era feliz en ese momento y lugar, con esa mujer.

-¿Cómo puedes ser tan perfecta, Anna? ¿Cómo has ido a parar a los brazos de un hombre como yo? –la apretó contra su cuerpo y la besó, lejos estaba de utilizar la suavidad que ella había empleado, era un beso posesivo que le recordaba que solo él podía invadirle así la boca-. Me enloqueces, solo contigo me siento así de pleno. Me gusta el hombre en el que me transformo cuando me esfuerzo por darte lo mejor de mí.


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Re: This is Love | Privado

Mensaje por Anna Ferrec el Sáb Dic 08, 2018 6:26 pm

Le agradó sentir el peso de la chaqueta de Gino sobre sus hombros, el calor que ésta transmitía y el olor a su perfume y a su cuerpo, tan varonil que a Anna se le aflojaron las piernas. ¿De dónde había salido aquel hombre y, sobre todo, qué hacía con ella?

Siento mucha dicha, tranquilidad y que este es el lugar donde quiero y debo estar. Eso siento, Gino —contestó, buscando sus manos para envolverlas con la suya—. Me gusta, me gusta mucho, y necesito sentirte aquí, conmigo. Esta semana ha sido tan horrible… hace un par de noches volví a leer tus cartas, ya no podía soportarlo más. Tenerlas entre mis manos hace que tu ausencia duela menos.

Apretó el agarre que sus brazos ejercían sobre su cuerpo y pegó su espalda al pecho del inquisidor antes de darse la vuelta para besarlo. Se sentía osada, así que fue más allá y posó las palmas de sus manos sobre el pecho de él para poder palpar los músculos que se escondían debajo de sus ropas. Deseó poder verle la piel, acariciarla de la misma manera que él lo había hecho con sus piernas, y ese pensamiento le generó calor en el rostro y el cuello. ¿Desde cuándo se comportaba como una auténtica mujerzuela? Desde que Gino della Rovere se había cruzado en su camino.

Yo podría hacerte la misma pregunta. ¿Cómo un hombre como tú, que podría tener todo lo que quisiera, ha ido a fijarse en una chica como yo? —Ella agradecía a Dios y a los ángeles que así fuera, pero jamás podría llegar a comprenderlo—. ¿Qué es lo que más te gusta de mí? Dímelo, por favor, quiero saberlo.

Le pasó los brazos en torno a su cuello y se puso de puntillas para poder acercar su rostro al ajeno. Lo miró bajo la luz de las farolas y se asombró de lo hermosas que eran las sombras que lanzaban sus rasgos. Gino se había convertido en el príncipe de sus sueños y en el salvador de sus pesadillas.

¿Quieres saber qué es lo que más me gusta de ti? —preguntó, entre susurros—. Tus manos, porque son fuertes y me mantienen pegada a ti; también tu mandíbula, es muy masculina —le dio una seguidilla de besos siguiendo el hueso desde la oreja hasta el mentón—; tus labios, porque son suaves y saborosos —también los besó, de manera pausada y dulce— y tus ojos, porque…

No le dio tiempo a terminar, puesto que la figura de un hombre se acercó a ellos de manera sigilosa. Habían estado tan distraídos el uno con el otro que no se habían percatado antes de su presencia, pero parecía que llevaba allí más tiempo del debido. Anna se asustó y se escondió entre los brazos de Gino sin quitar ojo del desconocido. Rezó para que se marchara y los dejara tranquilos, pero, esa vez, no parecía que sus deseos fueran a cumplirse. El hombre sacó una navaja y la apuntó hacia ellos, extendiendo la otra mano esperando recibir algo de su parte.

Dadme todo lo que tengáis —exigió—. Ya.

Anna no fue capaz de contestar, ni de moverse, y eso enfadó al ladrón, que alargó la mano libre y tiró del broche que sujetaba la trenza de la joven.

¡No! —gritó ella—. ¡Devuélvemelo!

Extendió su brazo para recuperar su broche, pero el ladrón fue más rápido y se apartó a tiempo. Ella estaba dispuesta a darle todo el dinero que llevara encima, sus joyas y hasta sus zapatos, si lo deseaba, pero no el broche. Nunca jamás podría deshacerse de él.


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