Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Je vais le faire, je vais obéir | Privado

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Je vais le faire, je vais obéir | Privado

Mensaje por Josette du Maurier el Sáb Nov 24, 2018 5:07 pm

Era la misión más difícil de su vida. Josette ya había servido a Dios en otras, incluso había pasado dos años en África, pero la incertidumbre de no saber con qué se iban a encontrar ellas en ese continente tan nuevo e inexplorado la atemorizaba y hacía que rezase mucho más de lo que tenía acostumbrado.

Las hermanas clarisas que viajaban a las Ámericas eran seis, su misión era dar apoyo a los franciscanos que ya trabajaban en aquella tierra hacía un año, evangelizando a los nativos, enseñándoles de la decencia y valores cristianos. La madre superiora, Anne Clément, era una mujer muy mayor –de setenta y siete años- que deseaba embarcarse en aquella misión aunque fuese la última de su vida. Anne Clément siempre estaba al borde de la muerte, pese a tener más salud que Josette, Claire, Ninette, Dominique y Marie-Noël, las cinco juntas, la madre superiora hacía más de diez años que pensaba que estaba en los últimos días de su vida.

Pese a que la madre superiora era Anne, Josette era madre maestra de las jóvenes Ninette y Marie-Noël, además de ser la encargada de cuidar de la anciana madre. En el barco, en el que cruzarían los peligrosos mares hasta llegar a la nueva tierra que Dios le había dado al mundo, Josette decidió que compartiría camarote con las más jóvenes –quería cuidarlas de las tentaciones-, mientras que Claire y Dominique viajarían junto a la madre superiora.


****

Era la tercera noche que pasaban en el barco y, afortunadamente, ninguna había sentido en su estómago el denominado mal del mar. Josette dormía tranquilamente en su litera cuando un golpe en la puerta la sobresaltó. Por cuestión de cercanía, Marie-Noël abrió la puerta y se encontró con Claire que pedía por la madre Josette, pues la madre Anne estaba mal.

-Dame un momento, hermana. Ya estaré allí –dijo, levantándose en busca de su hábito con el que vestirse-. Marie, querida, no puedes abrir así la puerta. ¿Y si era un desconocido? Cuando algo así sucede estando yo debes esperarme a mí, pero si ocurre cuando no estoy debes preguntar quién es antes de abrir –le enseñó mientras se cubría el cabello-. ¿Y si se trataba de un hombre? Estás con ropa de cama, querida, esto no es como nuestro convento, aquí los hombres pueden estar demasiado cerca, puedes cruzarlos en los pasillos... debes tener especial cuidado antes de actuar.

Ya le contaría cuando regresase lo que fuese que sucediera en el camarote contiguo. De manera amorosa, como era natural en ella, la instó a volver a la cama y le besó la frente, la joven era muy voluntariosa, pero impulsiva, la otra en cambio ni siquiera se había despertado pese a las voces...

Lo que encontró fue lo que esperaba: la madre Anne Clément aseguraba que Dios estaba por llevársela, pese a que no acusaba ningún dolor. Quería que un sacerdote la confesase antes de partir al cielo. Josette no pudo evitar poner los ojos en blanco ante el dramatismo de la mujer. Estaba acostumbrada a sus planteos, pero cada vez tenía menos paciencia.


-Iré por el cura del barco, tendré que despertarlo pues es medianoche –dijo, pues iba a tener que pasar vergüenza con el hombre por algo que no era más que una idea absurda de una mujer sana-. Ya regreso. Hermana Claire, hermana Dominique, ¿por qué no rezan con nuestra madre hasta que regrese con el sacerdote? Eso le infundirá paz.

Salió de la zona de camarotes y la golpeó el frío de la cubierta. Tendría que haber llevado su mantilla –de lana marrón, mismo color que las seis monjas vestían en su hábito pues eran pertenecientes a la orden clarisa-, ¿dónde podría encontrar al sacerdote del barco?

-Ilumíname, Señor mío –le pidió a Dios.

Y, como inmediata respuesta, vio a un hombre en la cubierta completamente vestido de negro. Un cura que al parecer meditaba en la noche… y ¿fumaba? No podía ser.


-¿Padre? –lo llamó, acercándose a él lentamente, no había nadie más allí, estaban completamente solos ante la inmensidad oscura del mar-. ¿Es usted el sacerdote del barco? Mi madre superiora necesita hablar con un sacerdote…

Cuando el hombre se dio vuelta, Josette descubrió la cruz de plata y piedras brillantes que colgaba de su pecho, brillaba gracias al reflejo de las farolas en ella. Se santiguó, pues estaba frente a un hombre santo, y apretó la cruz de madera que ella llevaba, tan humilde en comparación a la ostentosa de él. Era un jesuita, por su ropa, por ostentación, ella podía estar segura de eso.
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Re: Je vais le faire, je vais obéir | Privado

Mensaje por Alphonse Theroux el Lun Ene 07, 2019 2:12 pm

El mar no lo mareaba, pero tampoco le gustaba demasiado. Alphonse prefería los transportes terrestres, como el tren o los coches de caballos, pero era imposible llegar al nuevo continente por carretera. Había un océano que separaba esa tierra desconocida con la vieja Europa, así que no había otro remedio que zarpar y aguantar los días que la travesía durase hasta llegar a buen puerto.

Sus otros dos compañeros, jesuitas de su misma orden y monasterio, dormían plácidamente en el camarote que había sido designado para ellos tres. Uno de ellos ya había navegado por las aguas del Mediterráneo para visitar las tierras del norte de África, así que el bamboleo de la nave no era nada nuevo para él. El otro, sin embargo, era un muchacho más joven que Alphonse y aquella era su primera misión como sacerdote. La juventud de la que disfrutaba debía ser lo que le permitía dormir a pierna suelta en esos malditos coys, mismos a los que Alphonse no se conseguía acostumbrar. ¿Por qué no podían ponerle una cama, como sabía que otros camarotes tenían?

Terminó descendiendo de su trozo de tela, intentando no hacer demasiado ruido —algo difícil puesto que siempre se caía cuando se levantaba— y rebuscó, en la oscuridad, uno de los paquetes de cigarrillos que se había asegurado de llevar con él. Aunque tenían una fecha aproximada de llegada a puerto, las condiciones del mar, las tormentas, los días sin viento y un largo etcétera de circunstancias podían, o bien adelantarlo, o bien retrasarlo, y lo que el sacerdote no podía concebir era estar en mitad del océano sin un mísero cigarro que llevarse a la boca.

El cielo estaba despejado, así que la noche se había vuelto muy fresca. Observó las estrellas y se asombró de lo abundantes que eran. En tierra firme, con la luz de las ciudades, no se podía apreciar el cielo en todo su esplendor. Se acercó a la barandilla de estribor y apoyó los codos sobre ésta. Se colocó el cigarro en los labios y encendió una cerilla para prenderlo, tirándola después al agua.

Dio una calada honda y disfrutó del sabor del tabaco mientras la brisa del mar le acariciaba el rostro. Era en esos momentos de soledad en los que más pensaba en el destino que les esperaba. Les habían dicho que su misión allí era evangelizar a los habitantes de una tierra que no conocía a Dios. Ahora que se había convertido en un fiel súbdito del Altísimo, Alphonse no podía dar crédito a esas afirmaciones, pero para eso se había embarcado en aquel navío, para extender los conocimientos que él había adquirido sobre su Señor.

Unos pasos en la cubierta llamaron su atención. Era medianoche, ¿quién, salvo la tripulación de guardia, estaría levantado a aquellas horas? Giró la cabeza y fijó los ojos en la oscuridad de la noche hasta que vio la figura de una mujer que se acercaba hacia él. Le dio una última calada al cigarrillo y lo tiró al mar antes de volverse hacia ella.

Soy sacerdote, pero no el del barco —contestó—. El padre Antoine está durmiendo. Si no necesita de él explícitamente, yo puedo hablar con ella. ¿Qué le ocurre, exactamente?
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