Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Mensaje por Jacqueline Perkins el Sáb Dic 22, 2018 11:24 pm

"Tu boca ríe y promete curar mi corazón."
Kazachok - Patricio Rey y sus redonditos de ricota

Nunca fue dueña de una gran belleza. De hecho, Jackie, cuando se miraba al espejo, no veía más que a una joven como todas las otras, con nada que destacar. Había muchos aspectos de sí misma que no le gustaban y que, de haber podido, los hubiera cambiado de raíz. Entendía que debía volver a nacer para ello, y terminaba por resignarse a ser eso que era. Nada más, ni nada menos. Tal vez por ello se esmeraba tanto en hacer que las actrices quedaran tan estupendas, porque quería que ellas se vieran absolutamente perfectas. Trazaba con delicadeza y pericia, les sonreía y las alentaba a hacerlo, les mostraba sus mejores perfiles y las instaba a sentirse hermosas, pues lo eran. No había una sola dama allí dentro que, a ojos de Jacqueline, no fuera bella. Algunas, tal vez, no eran tan agraciadas, pero eran talentosas, otras tenían ambas virtudes, a otras se le sumaba una personalidad encantadora. Luego, las instaba a salir a escena y lucirse, mientras ella se quedaba a un costado, contemplando ese sueño que jamás cumpliría.

Tras limpiar todo y dejar acomodado a su manera, y siempre siendo una de las últimas, Jackie se retiraba a su hogar, donde lo que la esperaba era incierto. A veces, sus padres estaban de buen humor y tenían largas y amenas charlas; otras, desde varios metros solía escuchar las peleas. Parte del trayecto era agradable gracias a la compañía de Émeric, ese hombre con el cual había terminado haciendo buenas migas en un momento de mucha soledad. No era que a la joven se le diera mal estar sola, pero el humor y el encanto del guionista habían terminado por cautivarla. No había nadie, en todo el Universo, que la hiciera reír tanto como él. Una risa sincera, sonora, de esas que le quitaban la respiración y le provocaban lágrimas. Junto a él, con él, se divertía y se liberaba, se quitaba todos los velos y era más ella que nunca. Si estaba de mal humor, Émeric era el objeto de sus dardos venenosos, si estaba de buen humor –la mayor parte del tiempo- la sintonía entre ambos era perfecta.

Aquella noche, Jackie lo había invitado a cenar. Luego del trabajo, se irían juntos a su casa a compartir la velada con los padres de ella que, dicho sea de paso, lo adoraban. Sabían el buen amigo que había sido con su hija desde el principio, y ella no paraba de repetirles que lo veía como a un hermano mayor. En parte, esto era cierto, aunque muy en lo profundo de su ser, Jacqueline tapaba con todo lo que estuviera a su alcance, la atracción irrefrenable que sentía por su compañero. Pero sabía, a la perfección, que darle rienda suelta a esas emociones, sólo le traerían desgracia. Que Émeric fuera un hombre casado, era argumento suficiente para que ella dejara todo en el tintero y se aferrara fuertemente a la hermosa amistad que tenían, a esa confianza tan profunda que los mantenía conectados.

Conversaron a lo largo del trayecto sobre la jornada laboral, ya que no se habían visto desde la mañana temprano. En el horizonte, el Sol desaparecía dejando unos pocos vestigios de su luz. Al llegar a casa, sus padres se estaban alistando para salir. Le explicaron que había surgido una invitación de último momento –generalmente, esas invitaciones improvisadas estaban vinculadas a un aquelarre- y que debían abandonarlos, que los disculparan. Jackie tragó saliva cuando se fueron, era la primera vez que estaba completamente a solas con Émeric.

Bueno, creo que mis promesas de cocinar algo rico para ti se harán realidad ésta noche —comentó con una sonrisa enorme, mientras lo tomaba de un hombro y lo guiaba hacia la cocina. —Pero ni pienses que lo haré sola —añadió, risueña.
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Jacqueline Perkins
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