Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Joyeux Noël | Flashback {Yulia Leuenberger}

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Joyeux Noël | Flashback {Yulia Leuenberger}

Mensaje por Eliot Ferrec el Jue Dic 27, 2018 3:15 pm

24 de diciembre de 1795
Residencia Ferrec



Hacía exactamente nueve meses que el señor Ferrec había fallecido, y en la casa que había habitado durante toda su vida se vivía un clima triste, de luto. Esa sería la primera navidad sin su padre, y Eliot, aunque intentaba mantenerse entero para que su madre no sufriera más de lo que ya lo hacía, no podía evitar mirar con añoranza el sillón que siempre usaba antes de acostarse. Echaba de menos sus eternos consejos que, cuando se los daba, no veía el momento de ponerles fin; extrañaba su voz grave y pausada, como también su risa sincera mezclada con la melódica de Anna cuando le contaba algún chiste que sólo ellos entendían.

Cuando llegó a la base de la Inquisición saludó a todo aquel con el que se cruzó, pero no se detuvo en su camino hacia los laboratorios. Ese día de Nochebuena quería terminar todo lo antes posible para poder volver a casa, con su familia. Por un momento, se sorprendió de ver a Yulia sola, sin el maestro Beaumont, pero luego recordó que había salido de viaje hacía unos cinco días por algún asunto familiar. Saludó a su compañera y se dispuso a sacar todos sus libros, apuntes y diseños para continuar con el trabajo que llevaba semanas realizando. Intercambió con ella algunas palabras, siempre relacionadas con los proyectos que estaban haciendo hasta que dio el mediodía. Guardó sus cosas y fue a salir del laboratorio, pero, cuando estaba ya con la mano en el pomo de la puerta, se giró y se acercó hasta Yulia.

Leuenberger —la llamó, y esperó a que ella lo mirara—. ¿Tienes planes para la noche de hoy? —preguntó, pero sintió que había sido un poco brusco, así que continuó para poder explicarse—. Sé que siempre pasas la Navidad con el maestro, pero este año no está y me preguntaba si te gustaría venir a cenar a casa, con nosotros.

Esperó unos segundos para darle tiempo a contestar, pero tampoco quiso que se sintiera comprometida a responder un sí, así que se movió un poco en el sitio y alzó una mano para hacerle entender que iba a continuar hablando.

Si quieres venir, cenaremos sobre las ocho.

Alargó una mano para acercar un trozo de papel y escribió la dirección de su casa. Lo dobló y lo dejó sobre la mesa antes de despedirse y volver a casa.

Pasó gran parte de la tarde ayudando a su madre y a su hermana con los preparativos, entre los que se encontraba preparar los regalos que se repartirían después de la cena, antes de ir a la misa de medianoche.

Para cuando quiso darse cuenta, faltaban diez minutos para las ocho y había en el ambiente un aroma a cordero guisado que llegaba a cada rincón de la casa.

¿Sabes si vendrá finalmente, hijo? —preguntó Maureen, refiriéndose a Yulia.
No, madre, pero supongo que enseguida lo sabremos.

Maurice, el mayordomo, se asomó en ese preciso instante en el salón para anunciar la visita de Yulia Leuenberger, que esperaba en el recibidor. Maureen sonrió, aliviada, y Eliot, aunque no reprodujera ese mismo gesto, sí respiró tranquilo al darse cuenta que el regalo que había preparado para ella no quedaría olvidado en algún cajón.

Has decidido venir —constató cuando fue a buscarla—. Ven, aún faltan unos minutos hasta que la cena esté lista.

La acompañó de vuelta al salón y se acercó a las dos mujeres de su familia, que esperaban expectantes a la invitada de la que tanto habían oído hablar, pero que aún no habían tenido el placer de conocer.

Madre, Anna, os presento a Yulia —dijo—. Ellas son mi madre, Maureen, y mi hermana, Anna.

El semblante de todos se ensombreció cuando, en su presentación, no mencionó a Théodore Ferrec. Estaba claro que esa navidad no iba a ser como las que habían tenido hasta ese momento.



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Re: Joyeux Noël | Flashback {Yulia Leuenberger}

Mensaje por Yulia Leuenberger Ferrec el Dom Dic 30, 2018 4:09 am

Esas fechas eran siempre difíciles para ella. Primero por lo más evidente: era navidad y ella no tenía a su familia, ni cerca ni lejos, para pasar la fiesta cristiana por excelencia acompañada por sus afectos. Y luego porque el día 28 de diciembre era su cumpleaños, se hacía cada vez más grande, más mujer, pero continuaba con los mismos dolores de la niñez.

Su plan era pasar la noche en el laboratorio hasta que el sueño la venciera. En caso de que sucediera solo tendría que caminar un corto tramo hasta las habitaciones de los tecnólogos, le habían asignado una recientemente. Antes había vivido en casa de su maestro porque él y Marianne –su esposa- la habían acogido como a una hija, pero en verdad pasaba más tiempo allí en la base que en la casa, por eso pidió que se le asignase un dormitorio.

Ese día sintió algo extraño en su compañero, quizás las fechas lo pusieran así, sentimental. Siempre trabajaban en un silencio estudiado, que se rompía solo por motivos profesionales cuando alguno necesitaba la ayuda u opinión del otro, aunque Yulia no perdía de vista que estaba codo a codo con su rival, con su competencia más directa. Pero ese día algo era diferente y Yulia confirmó que su instinto no se equivocaba cuando él la invitó a pasar la noche buena en su casa. ¿Era una broma?

Yulia quería contestar algo hiriente, ser desafiante y decirle que no necesitaba la lástima de gente como él… pero algo en la voz de Eliot le dijo que estaba siendo sincero, que el hombre no la invitaba para recordarle lo sola que estaba, sino que su gesto era sincero. Estiró la mano y tomó el papelito que él le dio.


-Gracias, Ferrec –fue toda su respuesta que no aseguraba ni negaba su asistencia a la cena. No podría en esos momentos porque la sorpresa la dominaba y no quería tomar la decisión todavía.

Maldito Ferrec. Le había arruinado el día con aquel gesto porque Yulia ya no pudo volver a concentrarse en sus esquemas, el papel que se había guardado en la manga de su vestido le quemaba. Acabó dejando el laboratorio cerca de las cuatro de la tarde, ¿quién le diría algo si estaba sola en aquel edificio? Todos se habían tomado el día. Se sentó en el borde de la cama y leyó por vez decimonovena el papelito, la letra prolija y masculina de Ferrec aparecía allí y no era una burla, eso era lo que más la conmovía. Hizo un bollo con el papel y lo lanzó lejos antes de tirarse de espaldas en la cama para mirar al techo y meditar.

En cuestión de una hora, Yulia pasó por las dos decisiones posibles una y otra vez, hasta que cansada de ser su propia enemiga se incorporó y comenzó a buscar el papelito por todos lados. Cuando lo halló le dio un beso, sin detenerse a pensar en lo que hacía y corrió a su ropero para ver qué podría ponerse. Tenía muchos vestidos, a Marianne le gustaba ir a comprar ropa una vez al mes y era muy generosa con Yulia, por eso ella tenía de todos los estilos pese a que no tenía ocasiones especiales para lucirlos.

Acabó eligiendo un vestido rojo con bordados dorados –porque recordó que una vez, en los primeros tiempos, Eliot le había dicho que el rojo le quedaba muy bien y ella como niña tonta se había sonrojado al pensar que lo decía de verdad-, era de mangas largas y anchas y se cerraba por delante con tiras en el escote –lo que era una bendición, pues no tenía quien la asistiese-, Yulia se recogió el cabello en un rodete apretado en lo alto de su cabeza, se puso carmín en los labios y perfume en el cuello y manos.

Afortunadamente quedaban los cocheros en la base y se estaban aprontando para festejar juntos junto a otros trabajadores. No les gustó que Yulia los interrumpiese para que la llevasen a la casa de Ferrec, pero uno se puso en pie para hacerlo y ella, murmurando una disculpa, lo siguió.

Durante todo el trayecto se arrepintió de haberse puesto tan bonita para él. ¿Por qué quería demostrarle que, en efecto, el rojo le sentaba? Tenía que dejar de competir en una noche tan especial o lo arruinaría todo.

Caminó hasta la puerta con muchas dudas, pero se sintió realmente mal luego, una vez que ya le habían abierto y la estaban anunciando, al darse cuenta que había ido a la cena navideña con las manos vacías.


-Buenas noches, Ferrec –lo saludó, era realmente extraño verlo fuera del laboratorio, vestido con tanta elegancia-. ¿Es tarde? Siento mucho no haber traído nada, es que no sabía qué.

Lo siguió nerviosa y medio escondiéndose detrás de él. ¿Qué pensaría su familia? Afortunadamente le parecieron dos mujeres muy cálidas y amables y entre sus saludos y abrazos, Yulia se fue relajando.

-Les agradezco mucho la invitación. Ha sido todo un detalle que Eliot se diera cuenta que iba a pasar sola esta noche de navidad y que me haya invitado –les sonrió, pero al cabo de un momento se giró hacia él y cayó en la cuenta de que era la primera vez que lo llamaba por su nombre-. Les agradezco una vez más, a los tres.

El mayordomo no tardó en asomarse para anunciar que podían pasar al comedor y Maureen tomó de la mano a su hija e hizo una seña para que Eliot le ofreciera el brazo a su invitada. Incómoda, Yulia se prendió del brazo de su compañero y caminaron hasta el salón comedor donde la mesa estaba dispuesta. Tomó asiento en la silla que Eliot le indicó, pero le extrañó que la cabecera quedase vacía. Su gesto tuvo que ser muy notorio, pues al descubrirla, Maureen le explicó:

-Mi esposo ha fallecido hace pocos meses, el bueno de Eliot se siente incómodo al tener que ocupar el lugar de su padre y yo se lo respeto. El tiempo todo lo acomoda, también los dolores.


-Lo siento mucho, señora Ferrec –dijo con sinceridad y le sonrió tímidamente. Bien sabía ella que el tiempo no acomodaba nada, pero la dejaría con sus esperanzas.

Lo que sí la apenó fue saber que Eliot había pasado por un momento duro en el último tiempo y ella no se había enterado, él había ido al laboratorio seguramente con mucho dolor, pero ella ni siquiera lo había notado. Ahí estaba, bien ganado tenía el mote de fría. Claro que no lo habría podido consolar, pero sí habría sido menos malvada con sus comentarios y sus peleas.



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Re: Joyeux Noël | Flashback {Yulia Leuenberger}

Mensaje por Eliot Ferrec el Lun Ene 07, 2019 8:17 pm

El vestido de Yulia era el toque de color que le hacía falta a aquella casa, oscurecida por el respetuoso luto que toda la familia le guardaba a Théodore. En Eliot no se apreciaria, puesto que casi todos sus trajes de fiesta eran de color oscuro; Anna había empezado a llevar vestidos de un color que no fuera negro cuando pasaron seis meses desde la muerte de su padre, pero no había abandonado el tono oscuro —en esa ocasión, su vestido era de un hermoso terciopelo azul marino—. Maureen era la única que seguía guardando el luto a rajatabla, y pensaba hacerlo, según les había dicho a sus hijos, hasta al menos un año después de la muerte de su señor esposo. Ninguno de los dos la obligó a cambiar de opinión, pues entendían bien la posición de su madre.

No te preocupes —la disculpó cuando dijo que no había traído nada—. Que hayas decidido venir es suficiente. Si te digo la verdad, no estaba seguro de si aceptarías, pero me alegro de que así haya sido.

No lo decía para quedar educadamente con ella, realmente se alegraba de tenerla allí. Por un lado, porque no se habría perdonado el no invitarla sabiendo que pasaría la Nochebuena en el laboratorio; no se llevaban tan bien como cabría esperar, pero no le deseaba algo así, era demasiado cruel y, en el fondo, sentía cierto aprecio por su rival. Por otro lado, creía que tanto él como su familia agradecerían tener a alguien más en la mesa. Sería la cara feliz de aquella cena.

Su nombre le sonó extraño en los labios de Yulia, pero le agradó. Estaba tan acostumbrado a que lo llamara Ferrec que alguna vez llegó a pensar que lo había olvidado.

Gracias a ti por venir, cariño —dijo Maureen—. Al fin hemos podido conocerte. Ahora, cada vez que Eliot hable de ti ya no serás una desconocida.

El hombre apretó los labios, puesto que no estaba seguro de si quería que Yulia supiera que la mencionaba durante las reuniones familiares. Fingió que aquello era algo normal y le tendió el brazo, como su madre le había pedido mediante gestos, para pasar al comedor.

El servicio comenzó a sacar los entrantes, divididos en fríos y calientes. Por un lado, el micuit cortado en rodajas, con sus panecillos recién tostados y mermelada de diversos sabores para acompañarlo; bacalao desmigado rociado de una mezcla de ajo, perejil y aceite; por último, pequeños taquitos de jamón y queso de cabra sobre cuadraditos de pan artesano. Los calientes eran verduras braseadas, crema de guisantes con virutitas de jamón y fritos de crema de queso envuelta en pasta brie.

La ausencia del que siempre había sido el anfitrión se hizo notar enseguida, ya que la cabecera de la mesa vacía llamaba mucho la atención. A pesar de que Maureen quiso hablar del fallecimiento de su esposo de la manera más natural, la tristeza se hizo notar enseguida en la mesa. Hubo un silencio que Anna intentó romper cambiando el tema de conversación a uno más agradable.

Llevas un vestido hermoso, Yulia. Te sienta muy bien —dijo—. ¿Verdad que sí? —Miró a su madre primero y después a su hermano, buscando la aprobación de ambos.

Maureen coincidió con ella y halagó a la inquisidora, pero Eliot se atragantó con la crema de guisantes y tuvo que carraspear antes de hablar.

Te queda muy bien —fue lo único que dijo, bastante avergonzado.

La llegada del primer plato —menestra de verduras con huevo— permitió que la conversación no se centrara en él, como sentía que estaba pasando.

Siéntete como en tu casa, Yulia. Si algo no te gusta pediremos que saquen más entrantes. Anna, hija, pásame la sal.
No se me ha ocurrido preguntarte si algo de lo que se iba a servir no te gustaba —comentó Eliot en voz baja, para que sólo ella lo escuchara—. Espero que sí. Después de esto hay cordero guisado, y seguido el postre, así que dudo mucho que te quedes con hambre.

Permitió que le sirvieran su plato de menestra y esperó a que se templara un poco para poder pinchar el primer trozo. Mientras tanto, comió algún panecillo más con micuit y mermelada de frambuesas mientras las mujeres hablaban de algo que no llegó a escuchar del todo. Sólo esperaba que no estuviera relacionado con él.



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Re: Joyeux Noël | Flashback {Yulia Leuenberger}

Mensaje por Yulia Leuenberger Ferrec el Vie Ene 11, 2019 11:52 pm

La familia de Eliot era hermosa. Sin dudas él no sabía lo afortunado que era al tenerlas a ellas, tan amables y unidas. Por un instante fugaz, Yulia deseó ser parte de ese mundo, sentarse más a menudo a esa mesa, seguir viendo a esas mujeres. Pero el pensamiento no duró demasiado, enseguida lo rechazó y siguió con interés la conversación.

Los comentarios sobre su vestido de parte de las mujeres le parecieron halagadores, pero viniendo de parte de Eliot la hicieron sonrojar. Yulia no sabía bien qué decir, en su entorno no había hombres que la halagasen, ella no se permitía ese trato cercano con ninguno. En el pasado había tenido un breve romance con uno de los bibliotecarios, pero eso no había prosperado y había sido el fin para esa etapa en la que Yulia se permitía coquetear.


-Gracias, Ferrec. Eres muy amable conmigo –y, en voz muy baja solo para que él la oyese, agregó-: y eso no hace falta.

La comida estaba exquisita, era casi tan buena como la compañía. Yulia comenzó a relajarse poco a poco, a reír de los comentario y a aportar con confianza cuando le preguntaban algo.

-Todo está delicioso, no se preocupen por mí, por favor. Estoy muy a gusto junto a ustedes –lo dijo mirando a las dos mujeres, no se atrevía a buscar la mirada de su compañero, aunque a él debía agradecerle todo eso.

-Yulia, mandaré a que preparen una de las habitaciones para ti –le dijo Maureen-, así te puedes quedar a dormir. Llegaremos muy tarde de misa y a veces los jóvenes van a bailar algunas piezas en la casa de los Fortier, es tradición. Aunque no sé si este año mis niños están para bailes –agregó, refiriéndose a su estado de duelo, por supuesto.


-Oh, no es necesario. Puedo volver a la base luego de la misa y…

-No, por favor. Tu eres nuestra invitada… Además en esta casa los regalos se abren en la mañana, debes quedarte –insistió Maureen-. Por favor, Yulia, dame ese gusto. Sé nuestra huésped esta noche.

No tenía ropa de cama, tampoco había llevado regalos. Desde ya que bailar estaba fuera de toda discusión… pero aun así Yulia moría de ganas de aceptar la invitación. No quería que esa visita se acabase, estaba pasando una noche hermosa, con personas que la hacían sentir cómoda pese a cargar con un gran dolor.


-Está bien, me quedaré –dijo y bebió un poco de vino para aclararse la garganta-. Es usted tan amable, señora Ferrec. Gracias por todo una vez más.

No sabía en qué momento el tiempo había volado de esa forma. Cuando volvió a apoyar su copa en la mesa descubrió que ya estaban sirviendo el postre, era evidente que la medianoche se acercaba a pasos agigantados y ella lo lamentaba, quería prolongar esa cena, que durase meses enteros su visita a esa casa.



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Re: Joyeux Noël | Flashback {Yulia Leuenberger}

Mensaje por Eliot Ferrec el Lun Ene 14, 2019 10:17 pm

Cuando se decidió a invitarla a pasar la Nochebuena con ellos, Eliot no estaba seguro de que fuera a ser buena idea. No por tener una invitada, eso sabía bien que a su madre le encantaba, sino por la extraña relación que había entre ellos. No creía que Yulia se fuera a poner a la defensiva estando los cuatro sentados en la mesa, pero tampoco podía estar seguro. Él, por su parte, haría lo que estuviera en su mano para hacer de aquella una velada agradable; bastante sufrimiento habían tenido ya los meses anteriores.

Es Navidad, Leuenberger —apuntó—. Si no soy amable en esta época, ¿cuándo podré serlo? —sonrió—. Además, es verdad que te queda bien.

Se apartó para que retiraran los platos sucios y pudieran servir el segundo. Era tal el aroma que expulsaba el cordero que podía olerse incuso con las puertas que daban a las cocinas cerradas, lo que hizo que a Eliot se le hiciera la boca agua. Si esa era una de las noches que más disfrutaba del año no era por otra cosa que la fabulosa comida con la que se deleitaban. Esa receta, heredada de su abuela materna, era el plato típico de aquellas fiestas y que sólo mandaban preparar el veinticuatro de diciembre.

No habló mucho, puesto que su plato lo tenía muy entretenido, pero sí compartió la conversación que las mujeres estaban teniendo entre ellas. Al ver a Anna y a su madre reír junto a Yulia, todas sus dudas se disiparon: invitarla, en el fondo, había sido buena idea. No sabía si la inquisidora era consciente de la paz que había llevado a esa casa, pero esperaba que se diera cuenta en algún momento.

Anna, cuando regresemos, buscarás algo de ropa de cama que puedas prestarle a Yulia —dijo Maureen—. Dormirá en la primera habitación, la del papel de flores.

La joven asintió, encantada de tener una invitada, al igual que su madre. Eliot disimuló una sonrisa y se dispuso a probar su postre: una tarta de queso cubierta con mermelada de frambuesa. No tardaron demasiado en terminar y, tras una última copa —con la que brindaron de nuevo—, Maurice anunció que la medianoche estaba a punto de llegar. Eliot se levantó y esperó a que lo hicieran las mujeres para dirigirse a los coches. Viajarían en los dos que poseía la familia Ferrec puesto que ambos tenían sólo dos plazas. En uno de ellos irían Maureen y Anna, mientras que en el otro Eliot y Yulia.

Salió el último de la casa y, una vez en la calle, le volvió a tender el brazo a su compañera para acompañarla hasta el vehículo. Él se sentó a su lado —el sitio que quedaba vacío— y dio la señal para que Jonás arrancara.

Gracias por venir —le dijo—. Hacía meses que no las veía reír así.

La miró un segundo, con una carga en los ojos mucho más emotiva de lo habitual en él, y giró el rostro para mirar el trayecto desde la ventanita. La iglesia no estaba demasiado lejos, siempre acudían a las misas que se celebraban en la que quedaba en su mismo barrio residencial, así que el trayecto no fue largo, incluso si los caballos no llegaron a galopar en ningún momento.

Cuando el coche se detuvo, Eliot esperó a que Jonás abriera la puerta y bajó para tenderle la mano a Yulia. Congregados frente a la iglesia, había ya varias de las familias que acudían, cada domingo, al mismo lugar a rendir culto a Dios. Familias que, por supuesto, no pudieron apartar los ojos de la mujer del vestido rojo que había acompañado a Eliot Ferrec en su coche.

Madre y Anna están en la entrada ya —comentó—. Les gusta estar siempre en la primera fila, dicen que todo se siente mejor desde ahí. —Se encogió de hombros—. Pronto será medianoche y el párroco no espera. Vamos.



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Re: Joyeux Noël | Flashback {Yulia Leuenberger}

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