Victorian Vampires
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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Bénédicte Rivérieulx el Jue Abr 09, 2020 5:05 pm

“La muerte es una quimera
Una serpiente fanfarrona a la que le gusta morder
Y espera paciente a que le devolvamos la mordida
¿Para qué esperar?”
Bénédicte Rivérieulx


Degolló al prisionero más joven primero, motivando los gritos de pánico de los demás. A Bénédicte le gustaba cuando sus presas presenciaban la muerte del primer desafortunado; así sabían que serían los siguientes. Clamaban piedad, pero el vampiro no los oía, no los veía. Contemplaba su propio placer, sin más. Los miraba con rostro extasiado, insinuada en sus labios no una mueca de placer, sino la muerte hecha sonrisa. Si le daba la gana los empujaba, jugando con ellos como si fueran ratas. Susurraba sus destinos, igual que un secreto entre ellos y él:

Dolor… Sangre… Destrucción…

Pero el humano que dejó para el final recibió un trato diferente. No se trataba de la salvación, como quizás añoró, sino de una lenta y sinuosa transición hacia la guillotina. Y el vampiro tenía un plan para ello, uno corto y efectivo, pero no por eso menos brutal.

Tras lo que parecieron horas, los alaridos dejaron de oírse en los calabozos del vampiro. Bénédicte le había desmembrado los brazos uno por uno al desgraciado, haciendo uso únicamente de su fuerza sobrenatural. El fluido rojo se esparció por el piso hasta dejar al hombre inconsciente. Todo parecía indicar que aquél sería su fin, pero Demetrius vendo sus heridas antes de que la parca acabara por llevárselo; la paz no le arruinaría la diversión.

...

Una puerta del carruaje se abrió y apareció el dueño del cementerio, quien oteó en torno con mirar minucioso. Hacía tiempo que no inspeccionaba su propiedad, por lo que su improvisada visita no descolocaría a los trabajadores. Se bajó de inmediato, ordenándole a sus sirvientes que vigilaran la carga.

Pero lo cierto era que Bénédicte venía con un propósito concreto: enterrar a alguien, lo cual no constituía nada fuera de lo común en un jardín de tumbas, pero el vampiro se sentía antojadizo y no quería que cualquiera se encargase. Fue así que ubicó al enterrador más joven del cementerio puliendo sus utensilios a los pies de la escalera de un mausoleo.

Lamento interrumpir tu romántica velada con tus herramientas, Le Brun, pero tengo un trabajo para ti. — dijo Bénédicte con volumen jocoso. Era incapaz de perder la oportunidad de marcar su jerarquía frente al enterrador. Tanto así que ni siquiera lo saludaba apropiadamente, porque ese deber lo tenía el empleado con el patrón. No al revés.

Le Brun tenía una particularidad: era un cambiante. Ninguno de los dos se lo había comentado al otro, pero lo sabían porque era propio de sus naturalezas conocerlo. Percibían cosas que los mortales sólo podían imaginar. El anonimato constituía un pacto implícito entre ambos. Un trato de caballeros.

Preciso de tus servicios. Uno de mis más antiguos sirvientes falleció hace pocas horas. Era pobre, pero honrado. Trabajó con afán y sin descanso. Hombre de bien, pero lamentablemente sin familia. Sin mujer ni hijos reconocidos. Lo mínimo que puedo hacer como gratitud a sus servicios es darle una digna sepultura que, de no ser por mí, no existiría. No soportaría que sus restos fuesen arrojados por ahí, en cualquier lado, así que te encargo extremo cuidado. Su cajón está en afuera, en una carreta.

Sus palabras derrochaban lástima, pero sus ojos centellaban dichosos por una muy especial razón: El hombre en el féretro estaba vivo.


Última edición por Bénédicte Rivérieulx el Miér Abr 15, 2020 5:54 pm, editado 3 veces


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Mensaje por Olivier Le Brun el Vie Abr 10, 2020 3:34 pm

Olivier había tenido una semana un poco agotadora. Entre muerto y muerto apenas había tenido tiempo para buscar suerte en el mundo del espectáculo. Llevaba ya diez años en París y lo cierto es que cada vez veía más lejano cumplir su sueño, pero él la esperanza no la perdía. Era ya de noche y estaba deseando llegar a casa para prepararse un papel para una audición que iba a tener lugar dentro de un par de días y luego dormir plácidamente hasta su siguiente turno en el cementerio.

Se puso a limpiar un poco las tumbas para que los muertos descansaran algo más tranquilos y se fijó en una que le gustaba especialmente. Siempre se detenía unos segundos ante ella cuando pasaba por ahí.

Nunca dejes de pensar en mí
Yo no lo he hecho, ni siquiera en esta otra vida
Que Dios me ha obligado a vivir

Marie-Louise Lumière 1753 - 1775

Se preguntaba si las palabras las había elegido ella justo antes de morir o si lo había hecho otra persona en su nombre. Pensó que a él le gustaría tener la opción de poder hacer lo primero, aunque todavía no sabía qué palabras se grabarían en su lápida, pero era algo a lo que siempre daba vueltas. Quizá algo dedicado a su hermana, seguramente.

Fue a guardar los utensilios de limpieza, pero antes de marcharse decidió dejar listas las herramientas de trabajo para la próxima jornada. Se sentó en las escaleras del mausoleo rodeado de todos los instrumentos y comenzó con el pico. Cogió la piedra de afilar y empezó a sacarle filo. Lo limpió con un trapo y lo engrasó para evitar que se oxidara y lo dejó a un lado. Era el turno de la pala cuando oyó llegar a un carruaje y alzó la vista hacia él.

Cuando el vehículo paró, bajó de él una figura masculina. Era Bénédicte, su jefe, el dueño del cementerio. No sabía muy bien por qué, pero se olía que esa noche no iba a poder volver a casa temprano. Olivier llevaba diez largos años trabajando para él y, aunque no solía verlo muy a menudo, sobre todo al principio, cuando tan solo era el aprendiz del antiguo enterrador, sabía que si venía, era por algo importante. Efectivamente, ambos conocían la condición sobrenatural del otro. No podía obviar su pálida aura en la oscuridad de la noche, pero era algo que nunca se mencionaba. Los vampiros tenían muy mala fama y el cambiante no quería darle ninguna excusa para que aquel le partiera el cuello. O algo peor.

En cuanto lo vio acercarse, dejó la pala aparcada y se puso en pie. Se sacudió el polvo de la ropa y le miró, pero no directamente a los ojos. Al fin y al cabo, no dejaba de ser superior a él en la jerarquía. Escuchó la exposición de su problema y la petición que le hizo.
Sí, señor Rivérieulx, como usted diga —le respondió, con obediencia y determinación.
Olivier era muy cuidadoso con sus relaciones personales, siempre guardaba el respeto hacia la otra persona, y más si esta era un inmortal que podía matarlo en un abrir y cerrar de ojos.

Se dirigió hacia la carreta que había indicado Bénédicte y, haciendo uso de su fuerza sobrehumana, cargó con ella hasta donde había comenzado la charla entre ambos.
Dígame. ¿Dónde quiere que lo entierre?


Última edición por Olivier Le Brun el Mar Abr 14, 2020 3:38 am, editado 1 vez


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Mensaje por Bénédicte Rivérieulx el Mar Abr 14, 2020 3:24 am

El pulso de la víctima disminuía, pero se mantenía allí, obstinado, tranquilo. Bénédicte esbozaba la sombra de una sonrisa, sintiéndolo caer. Caer con recogimiento, vibrando en su interior una nota sonora y grave, como anunciando una falsa calma antes de la catástrofe. Dentro del ataúd se libraba una batalla, y qué gracioso que el mundo exterior fuese ciego y sordo ante aquel subrepticio dolor.

Una de las cualidades de Le Brun era que no hacía preguntas; se limitaba a asentir y a obedecer. Indiscutiblemente quería conservar su trabajo. No obstante, el vampiro se preguntaba si acaso podía sentir la débil pero latente vida dentro del cajón, y allí yacía uno de los factores más relevantes para su diversión, pues no importaba si el cambiante protestaba; lo importante era encender la desazón en su corazón y tal vez la impotencia, y ojalá su frustración pudiera tocarse con los dedos.

Dale sepultura detrás del patio común, pasados los cipreses. No hace falta que le llegue sombra. Dudo que alguien más que yo lo venga a ver. — contestó el espectro llevándose una mano a la barbilla. No sonaba mal hacerle una visita al malaventurado en el futuro.

A diferencia de la mayoría, Bénédicte no era de esos asesinos que regresaba al sitio del suceso para asegurarse de que no hubiera huellas que lo delataran, sino de los que gozaba con verificar que su crimen había obtenido las consecuencias que él ansiaba, reconstruyendo los hechos en su mente para regocijarse en ellos una vez más.

Se encaminaron a la zona de destino en solemne afonía, junto con una creciente brisa de primavera. El viento retorcía los árboles, golpeaba contra los nichos y las criptas. En Atenas hubieran dicho que se trataba de un regalo de Eolo, quien con sus tempestades buscaba remecer a los hombres para sacarlos de su quietud, como una segunda oportunidad. Qué pena que sus aires no llegaran a los sepultados.

Arribados al sitio escogido, el vampiro se limitó a observar con atención a Olivier mientras se ponía a trabajar. Era de lo más soporífero que se podía hacer en un cementerio, por lo que no toleró más de un par de minutos sin que la cizaña se resbalara por su lengua.

Por cierto, Le Brun. No cualquiera toma este trabajo. Se requieren agallas y estómago. Un gran estómago. A alguien como tú le deben sobrar las historias. ¿No quieres contarme qué ha sido lo más raro que te ha pasado trabajando en este cementerio?

Allí estaba, lacerante, el filo de sus palabras.

Fueron de pronto sumidos en la penumbra y el silencio.


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Mensaje por Olivier Le Brun el Jue Abr 16, 2020 11:06 am

Cuando un vampiro indicaba que alguien había fallecido, lo más probable es que quisiera decir que lo había matado él, y más cuando se trataba de este. Había algo en él que le ponía nervioso: su rostro, esa forma de mirar y de hablar, la autoridad con la que siempre se le dirigía... Todo en él le daba escalofríos, aunque, obviamente, jamás se lo confesaría ni se lo haría ver. Se cuestionaba cuál había sido el fin real de aquella vida, si había pasado como el señor Rivérieuxl lo había contado, pero Olivier tenía un alto porcentaje de duda respecto a ello.

No obstante, dejó el carro y le puso las herramientas dentro. Asintió ante la indicación de su superior, cogió la carreta de nuevo y la empujó a la vez que caminaba hasta el sitio mencionado, en silencio. De vez en cuando, le daba por pensar en cómo creía que sería su muerte. Jamás se imaginaba muriendo solo, a la sombra de todo el mundo a quien había querido, sin que nadie se enterase. Al contrario: siempre se veía muy mayor, rodeado de su familia. Nunca había pensado en tener hijos, pero en sus fantasías siempre aparecían niños, así que de alguien tenían que ser... Quizá de su hermana, Amélie. A lo mejor añadiría estas locuras en la próxima carta que le enviara.

Era una lástima que aquel hombre hubiese muerto en la más absoluta de las soledades, y más junto a alguien como Bénédicte. Paró cuando vio que el inmortal detenía sus pasos. Con cierto esfuerzo, descargó la caja de madera en la tierra, pues a pesar de tener fuerza sobrehumana, no dejaba de ser un cuerpo en un ataúd, ligeramente voluminoso para el manejo de una sola persona.

Cogió el pico y marcó en el suelo un rectángulo del tamaño del féretro que debía sepultar. Comenzó a arrastrar la primera capa de tierra para facilitarle posteriormente el trabajo con la pala.
Bueno, después de una década realizando este oficio, uno ya se acostumbra.
Hablaba a la vez que trabajaba. Rascó un poco más en el terreno con el pico. Por suerte, no estaba mojado, pues habría sido más complicado realizar su labor. Cierto era que tenía historias a montones, pero con la mayoría de ellas estaba sujeto a un juramento que implicaba su silencio. Ni siquiera se lo podía contar a él. Muchas veces se preguntaba si en realidad Bénédicte no sabría ya todo aquello. Si, incluso, no le había hipnotizado en algún momento y obligado a contarle todo. Se preguntaba si no estaría tan dispuesto a realizar toda clase de cosas a cambio de dinero sin que le remordiera la conciencia porque en realidad el vampiro le había lavado el cerebro con esos poderes que tenían aquellas criaturas del mal. Hasta a él le sorprendía la facilidad con la que aceptaba todo tipo de encargos.
Claro que ha habido historias muy diversas en estos años. —Dejó el pico en la carreta después de quitarle los restos de tierra y lo cambió por la pala. Comenzó a cavar. No sabía qué podía contarle al señor, así que decidió dar algunos datos de algo que le había sucedido recientemente, sin entrar mucho en detalle—. No sé si es lo más raro, quizá a usted le parece algo de lo más trivial, pero el otro día tuve que desenterrar a un hombre para que le hicieran unas fotos. —Poco a poco, iba haciendo un montón de tierra al lado del agujero, que ya empezaba a parecer tal—. No era para un periódico ni para la policía, sino que su familia quería un recuerdo suyo. Digo yo que por qué no se les ocurrió retratarlo antes de muerto, pero bueno, supongo que hay gente para todo...


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Mensaje por Bénédicte Rivérieulx el Sáb Abr 25, 2020 8:07 am

Le Brun. El correcto y optimista Le Brun. Se tomaba tan a pecho su trabajo que lo ejercía de adentro hacia fuera. El vampiro esperaba detalles sucios, cuentos de terror, o por lo menos una leyenda urbana con la cual molestarlo. Nada. Era de imaginarlo, considerando la personalidad del cambiante. Bénédicte aceptaba que cada individuo tuviera sus propios límites, pero eso no quería decir que no pudiese estirarlos.

Haciéndose partícipe de la inquietud que Olivier expresaba, Bénédicte avanzó un par de pasos más cerca de él, confabulando grotescamente con la lobreguez del cementerio.

¿Qué es “trivial”? Si hablas de lo común, desenterrar muertos no es algo que incluya dentro de mis actividades diarias, aunque sí lo es para los que pueden permitirse sólo una vez en la vida capturar un retrato familiar. Algunos dicen que es una muestra de devoción hacia la persona que ya no está; otros, que es negarse a aceptar… esta cosa tan curiosa como lo es el deceso de una persona.

Era pérfido lo cómodo que se sentía recitando sobre ese tema. La mayoría lo rehuía; incomodaba. Hacía pensar en la pérdida, por lo que no era pertinente para una conversación amena. Pero para Bénédicte era como susurrarle a un amante; casi podía saborear el gusto que le daba resbalar las frases por su lengua viperina.

Fue en medio de su discurso que empezó a oír un tamboreo sumamente familiar. Imperceptible para el oído humano, pero manifiesto para los sentidos de un no-muerto. Era el palpitar del hombre del féretro que, de un momento a otro, comenzaba a incrementar su regularidad. En aumento. Y en aumento. ¿Iría a despertar? A Bénédicte se le agrandaron las pupilas de sólo imaginarlo.

Pero si te refieres a lo que no tiene importancia, es menester que te corrija. La muerte es un tema que acapara toda mi atención. — dijo malicioso —. El día de nuestra coronación. El fin de la vida. Dios dice que el que cree en él no morirá jamás. Siempre me pareció curioso, considerando que soy dueño de un cementerio, pero creo entender el sentido del humor de nuestro Señor. Verás, Le Brun. Nuestra existencia implica, por definición, desarrollo y evolución. Tú, por ejemplo, tienes un empleo, y sabes más sobre él hoy de lo que sabías hace algunos años. Generas un impacto en el medio. Uno grande o uno pequeño, no tiene importancia. Entonces, si lo piensas más profundamente, puedes deducir que es posible concebir a alguien cuyo cuerpo funciona a la perfección, pero que por cuya insignificancia lleva un largo tiempo fallecido. Y por el otro lado, hasta un cadáver dentro de un ataúd puede seguir con… vida.

¡Bum! ¡Bum! Hizo el corazón.


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Mensaje por Olivier Le Brun el Mar Abr 28, 2020 4:52 pm

Continuaba agrandando la profundidad de la cavidad en la que iría metido el ataúd que, de momento, descansaba todavía junto a él. Mientras, escuchaba las palabras del dueño del cementerio. Debido a estas, en su cabeza comenzó a cuestionarse si en su día, cuando Bénédicte comenzó su nueva vida —ya después de muerto— tuvo un funeral por parte de su familia. ¿Habría tenido una o sería un huérfano de nacimiento? En parte, junto al temor o repugnancia, incluso, que le transmitían los vampiros, no podía evitar sentir pena por estos. Tantos años vagando por la tierra viendo a generaciones enteras morir tenía que ser tremendamente doloroso. Quizá para este vampiro en concreto no. Quizá disfrutaba de la propia muerte más que ningún otro y por eso había acaparado aquel negocio bajo sus garras.

Para él tampoco era común desenterrar muertos, aunque, desde luego, en aquella ocasión con la señorita Valentine no había sido la primera vez que lo había hecho. De vez en cuando, algún miembro de la terrible Inquisición acudía a él para exhumar un cadáver con la excusa de que precisamente este se iba a convertir en un chupasangre. También había otras veces en las que algún familiar quería mover los restos de sus muertos a otro sitio, ponerlos más cerca del hueco que, una vez que hubiese fallecido, ocuparía él, alimentando a la tierra con las células de su cuerpo.

Pero en aquel momento había sido para realizar unas fotos.
¿A usted le gustaría que le fotografiaran después de muerto?
Lo preguntó mientras cavaba, sin alzar la mirada hacia el señor Rivérieulx, como si ambos no supieran que él ya hacía mucho que había abandonado la vida tal y como se conocía comúnmente.
Yo, personalmente, preferiría que me inmortalizaran con vida.
En realidad prefería no mantenerse inmortal de ninguna de las formas, pero la verdad era que sentía cierta fascinación por el arte de la fotografía, casi tanta como por cualquier otra forma artística, aunque su devoción la dedicaba a las letras, tanto leídas como escritas.

Descansó unos segundos de la tarea que estaba realizando y clavó la pala en la tierra. Apoyó su peso encima del mango de la herramienta y miró a Bénédicte. Tras suspirar, le dijo:
O sea, que según usted, todos contribuimos, cada uno a su forma, para que el mundo siga funcionando tal y como lo hace actualmente ¿no? —Se limpió con el dorso de la mano derecha el sudor inexistente de su frente; simplemente era un acto reflejo provocado por la costumbre de hacerlo—. Considero que a ese que llaman «Dios» no habría que hacerle mucho caso. —Nunca había creído en él y, por ahora, no tenía razones para empezar a hacerlo—. Quiero decir, ¿quién querría ser inmortal?

Mentiría si dijera que no le daba cierto reparo lanzarle esas cuestiones a un ser que efectivamente lo era, pero Olivier solía opinar sobre las cosas según le venían sin otorgarle excesiva importancia al estatus de la otra persona. Eso sí, jamás perdía el respeto, pero aquel vampiro podía tomarse sus preguntas como quisiera. Para no tener que observar su reacción a las palabras que acababa de soltar por la boca, reanudó el trabajo y siguió apartando la tierra, pero añadió algo más:
Tiene razón respecto a esto último que ha dicho: hay mucho muerto en vida. Yo soy de la opinión de que la vida hay que vivirla al máximo.

Todavía permanecía ajeno al hecho de que el cadáver que estaba a punto de enterrar en realidad no era un cadáver; que aquel hombre, a su manera, seguía respirando. Que su corazón aún no había cesado de latir. Ni siquiera se lo planteó cuando Bénédicte lo había dicho tan abiertamente. Ni siquiera entonces, así que continuó cavando.


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Mensaje por Bénédicte Rivérieulx el Vie Mayo 08, 2020 6:40 pm

¿Fotografiarse muerto? Por eso daba gusto quedarse cerca de Le Brun mientras trabajaba; tenía sentido del humor, algo que hacía contraste con su tétrico empleo. Por toda respuesta, Bénédicte se largó a reír, divertido con la ocurrencia. No sabía si el cambiante no era consciente de las diferencias socioeconómicas entre los dos o se hacía el tonto.

Esas son nimiedades que no me competen. No me es problema pagarles a los pintores que yo quiera para que me retraten. Sin embargo, como soy un hombre que disfruta con los avances de la modernidad, también tengo un par de fotografías. Una vanidad, nada más. Pero a ti podrían desenterrarle algún día, Le Brun. No importa lo que prefieras. Familias como la tuya no pueden costear más que una fotografía por generación; te querrán en ella, no importa cómo. — dijo casual, como si estuviese hablando de algo tan cotidiano como el clima — ¿Pero imaginas, Le Brun? Dejar que alguien más elija cómo me verán los vivos cuando yo ya no esté. Ni pensarlo. Por eso me he encargado yo mismo, en el presente, cómo será la primera imagen que tendrán de mí los hombres del mañana.

Vanidad. Eso era lo que lo había hecho fascinarse con la idea de ser un vampiro, ¿o no? Pudo haberse horrorizado tras haber sido transformado sin su voluntad, como cualquier persona normal, pero Demetrius nunca fue un hombre normal; ni siquiera su concepción lo fue. Olivier, en cambio, tenía una visión más optimista del mundo, casi ingenua a los ojos de Bénédicte. Con una vida larga y mucha suerte, esa inocencia se desvanecería, o quizás era propio de la naturaleza de los cambiantes querer hacerse uno con la naturaleza y aceptar la muerte como un amigable retorno al polvo. No como los humanos. Oh no. Si bien perecer era una certeza, ellos se empecinaban en buscar una manera de retardar el proceso hasta las últimas consecuencias.

Pregúntale a Dios. Él creó este mundo. De pronto decidió que sería el único con el derecho a vivir para siempre y que el resto terminaría aquí, bajo tierra. Es la regla de Dios. Naturalmente que el Diablo también tiene las suyas. — dijo con complicidad mientras se aproximaba al agujero con interés — ¿En cuánto rato crees que nuestro difunto amigo estará listo para el patio de los callados? Esperaba tener tiempo de hacerle una visita al resto del cementerio, pero… no quisiera perderme de nada.

La víctima ya tenía un pulso casi normal, pero todavía no recobraba la conciencia. ¿Y si se despertaba ahí mismo? ¿Y si conseguía reunir la fuerza suficiente para golpear el ataúd? Qué divertido. Sería impagable ver la cara de Le Brun, el correcto.


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Mensaje por Olivier Le Brun el Miér Mayo 13, 2020 6:14 pm

Olivier escuchó la risa proveniente del inmortal y aunque en principio no sonaba tenebrosa, a él sí se lo pareció, provocando que un leve escalofrío recorriera su cuerpo, desde la nuca hasta la parte baja de la espalda, donde la columna vertebral moría. No parecía que sonase enfadado, pero su mirlo interior, junto con las historias que había escuchado y vivido a lo largo de la vida, no dejaba que se fiara del ser que tenía delante.

Cierto era que no había contemplado la característica tan importante que los diferenciaba a ambos, más allá de que uno estaba vivo y el otro, muerto; o de que uno era empleado y el otro, patrón: el estatus socioeconómico. Olivier tenía que tener tres empleos al mismo tiempo para poder pagar el alquiler del piso en el que vivía y, aun así, debía compartirlo para no ahogarse todos los meses. Sin embargo, Bénédicte, probablemente, nadaría en francos. Y si no había sido así desde siempre, seguro que había encontrado el modo de conseguir lo que quería. Por lo que decían, los vampiros tenían esa capacidad.

No sabía muy bien cómo contestar a lo que le había dicho. Quizá su tono no lo era abiertamente, pero aquellas palabras sonaban muy condescendientes. Bénédicte se encargaba siempre de ponerlo en su sitio, por debajo de él en aquella jerarquía que había no solo dentro del cementerio, sino en la vida en general. Realmente, por más que su familia no se pudiera permitir tener una fotografía de él en su casa, no los imaginaba pidiendo que desenterraran su cadáver para obtenerla. Por suerte o por desgracia, él vería a su familia morir antes que él, al menos a su madre y a su hermana, que no eran cambiantes, como él, a diferencia de su padre. Enseguida dejó de pensar sobre aquello. Era curioso cómo aunque trabajara rodeado de muerte, no fuera capaz de imaginar siquiera la de sus seres queridos. Con el simple hecho de pensar en ello, un nudo se le formaba en el estómago y ascendía por su laringe hasta la garganta. Se forzó a boquear e inhalar parte del aire que lo rodeaba. Carraspeó y finalmente halló lo que él creía que era la frase más adecuada para responderle:
Totalmente de acuerdo, señor. Pudiendo permitírselo, es mejor elegir uno mismo cómo quiere que lo recuerden y lo conozcan las generaciones futuras. ¿Cómo es ese cuadro que ha encargado?
Tenía curiosidad real, cierto interés artístico. Quizá podría sacar ideas para iniciarse en la pintura e intentar hacerse un autorretrato. Podría pintar un cuadro de Sarah —su compañera de piso— y de él para decorar, todavía más, el preciado salón de su casa. No sería el mejor cuadro de la historia del arte, teniendo en cuenta que jamás en su vida había pintado, más allá de unos bocetos sueltos, pero lo que era seguro era que lo haría con todo el cariño del mundo.

Por eso, entre otras cosas, yo no puedo creer en Dios. Todo el mundo lo ve como una figura benevolente y yo, personalmente, no lo veo tan distinto al Diablo. ¿No es egoísta pretender que se le ame por encima de todas las cosas? —En todo este tiempo, el enterrador no había dejado de cavar y a esas alturas ya había casi más tierra fuera del agujero que dentro. Justo cuando su jefe lo dijo, consideró que su trabajo había llegado a su fin—. Ya está, señor, perdone la demora.
Olivier dejó la pala en la carreta tras limpiar la tierra que quedaba en ella con sus manos enguantadas. Era hora de poner el ataúd a dos metros bajo tierra. Normalmente, le ayudaba algún otro empleado del cementerio en aquellas tareas, por lo que estando él solo le sería más difícil cargar con la caja. De momento, se situó frente a ella y se agachó con intención de arrastrarla hacia el hoyo, pero en cuanto sus manos se posaron sobre la madera, le pareció escuchar el sonido de una respiración ronca, agónica, casi inaudible que procedía de su interior. ¿Sería algo real? Se giró momentáneamente hacia Bénédicte con extrañeza en la mirada para observar si en sus ojos también podía leer esa sorpresa.


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Mensaje por Bénédicte Rivérieulx el Miér Mayo 20, 2020 5:01 am

¿Qué le pasaba a Le Brun? ¿Acaso estaba cansado? No; los cambiantes apenas se inmutaban con las actividades físicas que agotaban a los humanos. Cavar una tumba era un esfuerzo despreciable, insuficiente para agitar su robusta respiración. Sin embargo, en algo los cambiantes se parecían demasiado a los humanos: la necesidad de construir lazos. Y los lazos entre los seres vivos podían derribar naciones enteras. Lo sabía. Lo había visto cien o doscientas veces, pero la raza humana insistía en depender emocionalmente de otros. Incluso, lo catalogaban como algo benigno y deseable. A propósito buscaban sumarse los problemas de los demás, como si no fuese suficiente con los propios. ¡Qué cosa más absurda!

El vampiro dio un rodeo por el agujero y se ubicó casi detrás del cambiante, haciendo que su voz tomase el tinte de un eco lejano.

El último retrato que encargué es un óleo sobre lienzo. Predomina la forma, no tanto el colorido. El fondo es liso. Hay una especie de luz iluminando mi rostro de un lado más que del otro. Apenas exhibo el asomo de una sonrisa. Nunca me había visto tan solemne. ¿Por qué lo preguntas? ¿Sabes de pintura?

Lo cierto era que Demetrius poseía retratos de distintas eras y estilos. De todos los trabajos, la obra de la que hablaba era la más distante del espectador. Gracioso, tomando en cuenta de que el paso de los siglos carcomía los fragmentos restantes de su humanidad. Nunca volvería a sentirse identificado con el término hombre.

De todas las declaraciones que habían salido de la boca de su empleado esa noche, hubo una que Bénédicte no pudo dejar pasar.

¿Es soberbia lo que escucho, Le Brun? Me impresionas. Pensaba que no había ser más obsequioso que tú en esta asquerosa ciudad. Cualquiera diría que la idea de servirle al padre celestial te agradaría. Me gusta descubrir esta clase de contradicciones. Ya me caes mejor. El pasado nos ata, por lo que lo primero que debemos hacer para crecer es matar al padre. Haces bien. — dijo con cierta sed de sangre. ¡Cómo hubiera querido Demetrius estrangular con sus propias manos a Lykaios, su progenitor!

De pronto sucedió. La agonía se hizo patente con su suplica lastimera. Débil, pero en proceso de fortalecerse. Lo suficientemente consistente para que Olivier la notara. El vampiro, lejos de inmutarse, ignoró la música siniestra deliberadamente.

Temo que te noto algo pálido. ¿Algún problema? Pareciera que te has topado con un fantasma. — susurró macabro, asomándose por la nuca de Le Brun —. Adelante. Está a punto. Ponlo en su lugar y te daré un momento para descansar. Ya verás que, para cuando termines el trabajo, te sentirás mejor.


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Mensaje por Olivier Le Brun el Jue Jun 04, 2020 4:42 pm

Cuando Bénédicte se colocó detrás de él, no pudo evitar que un escalofrío le subiera por la espalda. Era como si la columna vertebral entera, de arriba abajo, estuviera hecha de finos hilos que hubieran sido tensados en un telar. Incluso su postura se volvió más rígida de inmediato. Aquel hombre —que no era un hombre en absoluto, si bien alguna vez lo fue— le ponía los pelos de punta siempre que lo veía, aunque intentaba por todos los medios que no se le notase. Y la mayoría de veces lo conseguía, al menos eso creía él. Nunca tenía muy claro hasta qué punto Bénédicte era consciente de las cosas. Olivier había oído hablar muchas veces de que los vampiros poseían poderes extraordinarios, que algunos podían leer la mente o, incluso, borrar los recuerdos; que podían hacer que les obedecieras sin ser consciente de nada. Se preguntaba, una vez más, si su jefe tendría alguno de esos poderes y, en caso de ser así, si los había usado con él.

El cambiante imaginó el cuadro que le describía su interlocutor. Lo cierto es que le sonaba aburridísimo. Tampoco pretendía que alguien, y menos él, tuviera un retrato suyo en casa con una mueca graciosa, hasta burlona, pero todo lo que le contaba le parecía tan sobrio y tan alejado de él y de toda la luz que irradiaba siempre todo su ser. La calidez de Olivier se veía reflejada en cada acto de su vida, en cada rincón de su casa, que estaba enteramente decorada en tonos amarillos, avainillados. El corazón de Olivier se veía reflejado en aquellas paredes, en aquellos cuadros floridos, en aquella chimenea gigantesca... En la sonrisa que salía de su boca a pesar de que aquella situación le pareciera más que tensa.
No, la verdad es que no tengo mucha idea de pintura, pero tengo un interés profundo en todas las ramas artísticas que existen, y la pintura solo es una de ellas —respondió a la pregunta que él le hizo—. Seguro que aparece retratado muy solemne.
Le dio la razón porque, ¿qué otra cosa iba a hacer? ¿Se le puede llevar la contraria a alguien que te puede arrancar la cabeza en cualquier momento? ¿A alguien que podría comerse tu corazón? Desde luego, muchas veces Olivier lo hacía y hasta ahora, de alguna forma, le había ido bien, pero en aquel momento no tenía ningún interés en jugarse el cuello, no más de lo que ya le daba la impresión de haberlo hecho.
En ningún caso pretendía sonar soberbio... —lo dijo con la boca pequeña, casi avergonzado. ¿Y si finalmente sí lo había enfadado? Pero lo que vino después ayudó a que su preocupación desapareciera un poco, aunque nunca lo hacía del todo, no cuando lo tenía delante de él, y menos con el tono que había empleado al decir las últimas palabras de aquella frase—. Bueno, es que en mi casa nunca se ha tenido a Dios en alta estima, señor Rivérieulx. Creo que sobre todo por culpa de los fanáticos que en su nombre cometen actos atroces.

Cuando sucedió aquello, es decir, cuando le pareció oír que el muerto no era tal, que respiraba, Olivier se quedó completamente paralizado y más cuando Bénédicte se alzó sobre él, como una presencia descomunal, una sombra terrorífica que apagaba la poca luz que allí hubiera. La oscuridad, incluso completa, jamás había sido un impedimento para que el cambiante pudiera ver, ya que tenía la capacidad de ver, literalmente, con los ojos cerrados. Mas en aquel momento, lo único que quería era cerrar los ojos y no tener que observar el rostro del vampiro, que ahora se le tornaba y aparecía similar al de la mismísima Muerte, su fiel y eterna compañera de trabajo. Olivier carraspeó de nuevo con intención de aclarar su garganta antes de hallar las palabras más adecuadas para contestar a la cuestión de su acompañante:
Verá, señor, es que... —De momento no lograba explicarse; tragó saliva, no sin cierta dificultad, y lo volvió a intentar—. Es que... Me ha parecido oír algo. Algo que proviene de este ataúd —añadió, preocupado, señalando a la caja que quedaba frente a él, todavía agachado.
Temía levantarse. Temía quedarse allí. En ese momento no sabía si quería salir corriendo o permanecer parado, expectante ante la explicación que pudiera darle su jefe. Sin embargo, sí había una cosa que tenía clara: si aquel hombre estaba vivo, no pensaba enterrarlo allí.


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Mensaje por Bénédicte Rivérieulx el Miér Jun 17, 2020 3:56 pm

Sí, a Bénédicte también le parecía oír algo. Un corazón que latía más fuerte que el del occiso atrapado: el del propio Le Brun. El vampiro cerró los ojos como si fuera a dormir e inhaló profundamente tras el cuello del cambiante. Su aroma despedía temor a rabiar y una impotencia que sólo un ser sobrenatural podía comprender. Un perfume de lo más atrayente para un sádico como el ateniense, porque le recordaba a sus primeras víctimas y le hacía hervir la sangre. No llegaba a ser tan intoxicante como el pavor de los niños, pero el similor bastaba para elevar incipientemente su apetito.

En definitiva, tenía al enterrador donde lo quería. Se veía enfrentado a un abismo entre la vida y la muerte, como si por haber mirado más allá del borde tuviera que pagar un alto precio. Su moral, su espíritu y su cordura podían verse manchados. ¿Y cómo podía el vampiro negarse a dejarle una mancha? O dos, o tres, o cien.

A lo mejor son ratas. Se apresuraron a comer y ahora están atrapadas junto a su festín. Tontas. O quizás no tanto. Dudo que hayan roído algo mejor que fruta podrida o granos rancios. — dijo sin emociones, carente de remordimiento. Estaba disfrutando tanto del pánico de la víctima como de la angustia de su trabajador —. ¿Por qué? ¿Quieres echarles un vistazo? Vaya que tienes un estómago de acero, Le Brun, o debería decir gustos extravagantes. Si querías estar solo con el cadáver, sólo tenías que decírmelo y te hubiera concedido cinco minutos.

Sonrió con malicia al tiempo que su alma rabiaba en oscuridad. Estaba en su reino. Era lo que le gustaba, atormentar a inocentes. Dos pájaros de un tiro. No sería tan interesante si Le Brun fuese un mercenario cualquiera, dispuesto a violar hasta a su misma madre con tal de llenarse los bolsillos de oro y plata. En cambio, era un buen chico. Un bobo con corazón, de esos cuyos vecinos suelen hablar con lástima, pues no le auguran una vida larga. Esa clase de individuos sí valía la pena desmoronar.

Sin permitirle reponerse del asombro, el vampiro continuó presionando:

¿No quieres salir de la duda? Adelante. Acércate y compruébalo. No seas tímido. Has hecho esto tantas veces. No te detengas sólo porque te estoy observando. — incitó ubicando una mano sobre los hombros de Olivier.

El féretro estaba sellado, por lo que no lograría abrirlo con facilidad. Tendría que usar una herramienta contundente, si se atrevía. Lo cierto era que Bénédicte no se apartaría de su lado sino hasta que terminase con el trabajo.


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Mensaje por Olivier Le Brun el Dom Jun 21, 2020 3:31 pm

¿Ratas? ¿Acaso lo tomaba por tonto? Después de llevar diez años trabajando para el señor Rivérieulx, pensaba que tendría mayor estima por él y lo creería lo suficientemente inteligente como para saber que no iba a tragarse eso. Olivier sabía que allí dentro no había ratas. Conocía perfectamente el sonido que estas hacían y no se trataba de eso. Estaba seguro de haber oído una respiración, una especie de estertor final, agónico, ronco, apagado y débil. ¿Es que quizá ya se había repetido esa situación en ocasiones anteriores y el vampiro le había hecho olvidarlas? ¿Era por eso que jugaba con él, que trataba de convencerlo de cosas absurdas que ni un niño se creería? ¿Cuántas veces, en realidad, se habría enfrentado a situaciones parecidas sin que su mente lo recordase? Intentó desechar esos pensamientos para centrarse en lo que allí acontecía.

Notaba el gélido aliento del vampiro tras su nuca, pero se esforzó en ignorarlo, en pasarlo por alto, en hacer como si nada. No obstante, había algo que no podía controlar y que lo delataba, que indicaba su estado real de inquietud: el corazón le martilleaba en el pecho de una forma frenética y no podía hacer nada por acallarlo. Él mismo lo percibía en sus oídos y le costaba escuchar cualquier cosa que no fuera eso. Tragó saliva e intentó respirar hondo, pero no sirvió de nada.

Señor, no creo que sean ratas. —Atinó a decir finalmente—. Lo que quiero decir es que... —Carraspeó de nuevo, aún sin atreverse a girarse para mirarlo de frente, pero lo hizo de reojo—. Que pienso que aquí no hay un cadáver, sino alguien que está vivo.
Hizo intención de ir a levantarse, pero justo en ese momento Bénédicte posó una mano sobre sus hombros, así que de momento se quedó allí clavado, agachado, intentando que el temblor de su cuerpo no llegase hasta la extremidad del vampiro. Pero seguramente ya era más que tarde para eso.

De alguna forma, sin embargo, encontró el modo de escapar de sus garras y se giró hacia él, poniéndose de pie.
Pues sí. Me gustaría abrir el ataúd, si no le importa —respondió.
Seguidamente, se dirigió hacia el carro con las herramientas y escogió la palanca, con la que arrancaría los clavos y quitaría la tapa de la caja de madera donde se hallaba aquel cuerpo mutilado que el propio Bénédicte había desmembrado.


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Mensaje por Bénédicte Rivérieulx el Vie Jun 26, 2020 5:58 pm

Lo sentía. Le Brun estaba inquieto, casi carcomido por la ansiedad. Se veía hasta tierno y soberanamente patético, como las crías de los perros. Pero el cambiante se transformaba en ave; verse rodeado era angustiante para él y era capaz de impactarse contra su prisión hasta desangrar sus alas con tal de verse libre. Era lo que Bénédicte estaba esperando: que se atreviera a chocar con él.

El vampiro se hizo el desentendido y asintió a las deducciones de su empleado. No era bobo y no era casualidad; Bénédicte no le pagaba a los idiotas.

Puede que sean ratas muy grandes. — se burló. En el fondo, estaba convencido de que incluso la plaga más nociva sobre la faz de la tierra era aplastada por la peste humana —. Sí… es lo que debes hacer. Eres un buen chico, Le Brun. Y tan inteligente. Por favor, me ofendería si no lo abrieras.

Qué juego más interesante. La moral de Le Brun era inquebrantable, ¿o no? Ya la comprobaría. Seguramente era más sólida que los supuestos principios humanos, pero eso no lo hacía infalible; ¿quién lo era? Estaban a punto de descubrirlo.

Sin hacer el mínimo esfuerzo por evadir el hallazgo, el vampiro se ubicó junto al ataúd e hizo un gesto a Le Brun para que se acercara. Los ruidos dentro del cajón se incrementaron tanto en frecuencia como en volumen. Era un caos. Podía oírse un llanto y la violencia de unos arañazos. Bénédicte se sonrió; el pobre diablo debía estar haciéndose sangrar las uñas con tal de escabullirse. Con la adrenalina a tope, no debía ni sentirlo.

«Oh, ya lo sentirás.»

Desprendió la mirada del féretro para posarla nuevamente sobre el cambiante. Pobre ingenuo; ¿qué esperaba hacer si encontraba lo que sospechaba? Eso no lo salvaría, ni a él ni a aquel hombre.

Apresúrate. Ambos sabemos que puedes trabajar más rápido que eso. ¿No querías verlo? — preguntó inclinándose hacia adelante y ladeando el rostro, como si las facciones de Olivier pudiesen hablar. Estaba gozando con la urgencia con la que usaba sus herramientas —. Muy obediente. No te vayas a lastimar.

De pronto, un sonido hueco levantó la tapa y una voz humana emergió. Ahí estaba el arpegio ahogado del miedo, la supervivencia arrastrada a sus límites. Un hombre cuyo único pecado había sido toparse con Demetrius, y quien atado y amordazado rogaba por su vida mirando aterrado al cambiante.

Bénédicte, notando este contacto visual entre los dos, se interpuso ubicando una mano sobre la frente del supuesto occiso. Le acarició la cabeza con las gélidas manos y le arrulló.

Ya, ya. No te asustes. Compórtate, que estás en cementerio. Más respeto por los muertos. Vuelve a dormir. — dijo el inmortal con completa calma antes de dirigirse al enterrador —. Ahí lo tienes. Comprobaste lo que querías. Ahora termina el trabajo.


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Mensaje por Olivier Le Brun el Jue Jul 02, 2020 1:09 pm

Ante el gesto del vampiro, el cambiante no pudo hacer otra cosa que obedecer y se acercó a él y, por ello, también al ataúd que había entre ambos. Aquella caja le parecía ahora similar a la de Pandora. ¿Encerraría dentro de ella todos los horrores del universo o, por el contrario, era el propio Bénédicte un recipiente para el mal más absoluto de todos? No se atrevía a alzar la vista y mirarle directamente a los ojos. Su mirada se encontraba, por tanto, fija en la madera que arrancaría segundos más tarde y en la tierra que la rodeaba. Todo pareció oscurecerse más aún a su alrededor, como si las pocas farolas que había en el cementerio hubieran sido apagadas de golpe. Como si su jefe hubiera engullido la luz —toda la que existía en el mundo—. Asimismo, aquella oscuridad venía fomentada por la ansiedad que vivía Olivier bajo sus carnes y que se manifestaba no solo en un corazón desbocado e irrefrenable, sino también en unas manos que le comenzaban a temblar. Para evitar que aquello se evidenciara más, apretó los puños y asió con más fuerza la palanca que sujetaba en su mano derecha. En la izquierda, si no fuera por que llevaba las uñas cortas, se las habría clavado en la piel de la palma de la mano de la fuerza con la que esta permanecía cerrada.

Dio un par de pasos hacia delante hasta ubicarse justo delante del cajón. Incluso de pie era capaz de oír los ruidos que provenían de su interior. Por supuesto que no se trataba de ratas. Aquel ser proveniente del mismísimo averno —si normalmente pensaba que el infierno no existía, estar en presencia de él le hacía dudar de ello— estaba jugando con él, sin duda. ¿Qué conseguía Bénédicte con eso? ¿Simplemente diversión? ¿Vivir de forma eterna te hacía eso en la mente? ¿Te la retorcía hasta convertirte en un gusano putrefacto sin ningún tipo de escrúpulos? Cada día estaba más contento sabiendo que él no iba a pasar por esa situación, que no tendría que cargar con esa cruz. Al menos eso intentaría en lo que le quedaba de vida: no dejarse atrapar jamás por una de esas criaturas de la noche.

Se agachó allí mismo y hundió la palanca bajo la tapa, haciendo fuerza para arrancarla de allí. En todo ese rato no dijo nada, no se atrevió a despegar los labios. ¿Qué iba a decirle, de todos modos? Pero cuando abrió el ataúd no pudo retener un pequeño gritito de horror al presenciar lo que había dentro. La cara se le desencajó por completo. En su rostro se podía leer el pavor paralizante que no le dejaba moverse ni un ápice, que no le dejaba hablar; el pánico que no le permitía voltearse hacia el creador de tan horripilante y macabra obra. Sin embargo, ese estado de perplejidad que lo retenía quieto, se vio roto en el momento en el que el vampiro se metió en su campo de visión, tranqulizando al moribundo, que estaba igual o más asustado que él. En ese instante, miró a su superior a los ojos, ahora sí, pero no aguantó mucho tiempo así. Enseguida, tiró la palanca a la tierra y, aún agachado, apoyó las manos en el suelo, detrás de su cuerpo. Se desplazó hacia atrás, medio tropezándose, en aquella posición que le hacía parecer un cangrejo asustado, retrocediendo. Y entonces, y solo entonces, fue capaz de abrir la boca para decir:
No pienso enterrar a este pobre hombre que todavía sigue con vida.
¿Cómo de cara le saldría esa simple frase?


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Mensaje por Bénédicte Rivérieulx el Miér Sep 23, 2020 8:12 pm

Desesperanza, oscuridad que no daba tregua. Los bramidos de espanto de un pobre y desdichado. La prueba viviente de que las aves también chillaban.

El vampiro sintió su sed arder dentro de él, una tormenta inextinguible que se alborotaba cada vez que se alimentaba no de sangre, no de lágrimas, sino de almas. Torció su cuello y entrecerró los ojos, gozando con el caos. El prisionero suplicante, el empleado horrorizado. Estaban allí, siendo devorados por el halo de la muerte. Crujían sus alegrías, despedazadas por el suelo del cementerio como fantasmas.

El balbuceo del cambiante le hizo reír. Sin revestirse de decoro, Bénédicte enderezó el rostro, fijó la mirada en el enterrador y vertió todo su veneno en su lengua.

Ahí es donde te equivocas, miserable. Tú no tienes que pensar nada. Te pago para que des sepultura, no para que pienses, porque ¿sabes lo que pasa cuando piensas en el lugar y momento equivocados? — preguntó avanzando hacia la figura despavorida.

Apenas detuvo su paso, los ojos del inmortal adquirieron un destello que imitaba a los demonios y le infligieron al cambiante el más puro dolor. Filos lacerantes directamente clavados en su mente, astillando sus nervios, amenazando con volverlo loco. Que se retorciera en el suelo como el gusano que era.

Olvidas que el entorno que te envuelve es un cerdo traidor que lo único que espera para hacerte pedazos es que dejes de ponerle atención. — las palabras pronunció, deteniendo el efecto de sus poderes tras la última oración.

Sin miramientos ni decoro, Demetrius pusó su pie derecho sobre el cuello de Le Brun, presionando apenas para causar incomodidad. Daba gusto lastimar esa hermosa garganta, cortándole la respiración.

¿Qué crees que va a pasar ahora? ¿Piensas que lo salvarás si no lo entierras o si sales corriendo? Ni tú crees eso. No eres tan tonto. Las causas perdidas no son batallas que se puedan ganar. Mira a tu alrededor. Aquí yacen todas ellas. Esto es. Tumbas y nada más. — dijo apartando el pie y sonriendo con suficiencia —. No confundas la misericordia con la cobardía, Le Brun. Mejor para él si lo entierras ahora. Así morirá íntegro y en paz en un par de días. Huye de tu deber y lo mantendré vivo por semanas. Te sorprendería todo lo que se puede hacer con un cuerpo sano y turgente. La piel, las orejas, hay tanto que ver y cortar.

De pronto, el vampiro alzó al cambiante como si se tratase de una pluma y lo sostuvo de la nuca para obligarlo mirar al infortunado hombre que había sido maldito con el castigo del monstruo sádico.

No saldrá el sol sin que ese féretro esté tocando el fondo del agujero. — susurró con su aliento gélido sobre los oídos del cambiante —. De ti depende que contenga uno o dos cuerpos.


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Mensaje por Olivier Le Brun el Vie Oct 16, 2020 10:26 am

La muerte podía tener muchas formas y muchos nombres. Podía hallarse en objetos, lugares y personas de lo más variopintos; y en aquel momento, claramente se había personificado en Bénédicte Rivérieulx. Un halo de oscuridad rodeaba su silueta, su carne estaba hecha de sombras y sus huesos eran puñales que se clavaban en la garganta y en el estómago de Olivier. Se sentía presa y prisionero de una figura asfixiante y autoritaria que poco a poco se cernía sobre él, como un verdugo cada vez menos paciente, temeroso de que se acercase el alba y no deseando que comience esta para separar una cabeza de un cuerpo.

El enterrador comprendía que negarse era absurdo. Había oído decir que había vampiros que tenían el don de lograr que los demás hicieran lo que ellos quisieran con tan solo pronunciar unas palabras, pero lo que no podía asegurar era que ese poder no lo hubiera usado nunca su jefe con él. Pero es que incluso si aquel inmortal no contara con esa capacidad —que realmente sí lo hacía—, con el mero hecho de ser lo que era estaba en clara superioridad frente a él. Jerárquicamente, tanto dentro del cementerio como fuera de él, en el mundo, Olivier estaba muy por debajo de Bénédicte. En esa ocasión, además, se trataba de algo literal: el cambiante estaba en el suelo, prácticamente acorralado a pesar de tener un espacio abierto bajo sus manos y sus pies. Era como si hubiera caído en un pozo oscuro y profundo del cual no podría salir ni aunque se partiera todas las uñas en el intento.

Aun así, mantenía el empeño de huir de aquella tarea impuesta, de aquella criatura feral, pero esta lo había alcanzado. Las miradas de ambos se cruzaron y en ese preciso instante, Olivier se sintió como si todas las costillas se le retorcieran y se le clavaran en los órganos, como si se le rompieran todos y cada uno de los huesos de los dedos, como si los astrágalos se le hubieran convertido en cenizas. Gritó de dolor. Un dolor con la intensidad de mil agujas que se adueñó de su mente y, por ende, de su cuerpo. Se encogió en el suelo, haciendo que su postura recordara a la de un bicho bola.

Cuando pareció que aquel tormento había finalizado, antes de que lograra recuperar la compostura, el pie del vampiro se acomodó a lo largo de su esbelto cuello, ahogándolo. Llevó las manos a aquella extremidad de manera inútil porque por más fuerza que hiciera —que era bastante—, no lograría despegarlo de allí. Intentaba respirar, pero sin éxito. Se sentía como un pez que había sido arrancado del mar. Por suerte, aquella escena sofocante duró tan solo unos segundos. Antes de lo previsto, Bénédicte se había apartado de él y el cambiante jadeó. Quiso hablar, responderle, pero antes siquiera de que le salieran las palabras, el pajarillo había sido atrapado de nuevo. Obligado a mirar a aquel hombre —si es que se podía llamar así a aquel amasijo de musculatura mutilada y sangre—, se hallaba entre aterrado y asqueado y ambas eran dos sensaciones que no parecían querer abandonarlo pronto. Pero entonces una emoción se impuso frente a todas las demás. Un impulso que aún no se había apagado se elevó desde su interior y afloró en la superficie de su piel, en las ramificaciones que eran sus venas y en el motor que era su corazón: valor. A pesar de haber sido coaccionado a estar en aquella posición, logró escaparse, no sin cierto esfuerzo, del férreo agarre de aquella bestia sanguinaria.
Me da igual lo que diga, señor Rivérieulx. —De alguna forma, consiguió que no le temblara la voz al hablar y también conservar los buenos modales—. Mi propia moral —¿Qué moral?— me impide darle sepultura a un ser que aún vive. ¿Qué saca usted de esto? ¿Por qué enterrarlo así? ¿Por qué no acaba con su sufrimiento?

¿Por qué no acababa con el de él?


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