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Amanecer en el faro... {Baltazar Z.Morózov} Flashback {+18} ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Amanecer en el faro... {Baltazar Z.Morózov} Flashback {+18}

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Mensaje por Aina Cross el Vie 24 Abr 2020, 22:41

ADVERTENCIA
Este tema presenta contenido +18. Si se desea leer, será bajo su responsabilidad; las partes involucradas manifiestan pleno consentimiento sobre los temas aquí tratados y reconocen que este contenido se rige en el marco exclusivo de la ficción.



Unos pequeños pies daban pasos certeros por un pasillo. De fondo se escuchaba el llanto de un niño. Los pasos eran lentos pero certeros. Sabían a donde se dirigían. La dueña de esos pequeños pies posó la mano sobre la puerta que tenía en frente y la abrió. De pronto notó como un reguero de sangre tocaba sus pequeños pies. La pesadilla estaba frente a sus ojos.

Aina se despertó sobresaltada. Notó el frio entrar por la ventana. Era de noche, no sabía qué hora era. El pulso le iba rápido. ¡Maldita sea! Maldijo en voz alta y apretó los puños con fuerza. Una rabia inmensa recorría su cuerpo y, también mucha tristeza. Ese sueño de vez en cuando la atormentaba y cuando lo hacía, los recuerdos de ese fatídico día volvían. No importaba cuántos años pasaran porque ahí seguían.

Sin pensarlo, se levantó de su cama. Estaba descalza y con su camisón pero eso no la detuvo. Fue a la entrada de su mansión, situada a las afueras de París ,se puso sus botas de montar y su abrigo negro. Inmediatamente fue hasta Tristán, su precioso cabello al que saludó, acarició y montó. Salió de allí despavorida, creyendo que un poco de viento en el rostro le ayudara a despejarse.

Continuó cabalgando cuando notó un frescor proveniente del mar, y sintió alivio y libertad. Se dio cuenta de que llevaba cabalgando más de lo que pensaba, de hecho, estaba amaneciendo y se dio cuenta de que era el momento de parar. Bajo de Tristán y tras acariciar a su querido caballo que siempre la acompañaba en sus escapadas, caminó lentamente hacia el filo del barranco, donde a lo lejos se veía el faro. Se cerró el abrigo, pues hacía frío. Sin duda, en ese momento agradeció estar tan alejada de la civilización puesto que ¡iba en camisón! En realidad, los impulsos eran normales en ella, a veces no pensaba, sino que actuaba. Y sin más cerró los ojos y siguió caminando mientras escuchaba el romper de las olas del mar y aspiró el olor. De pronto, sintió que perdía el equilibrio y es que casi se precipita por el barranco pues, estaba tan ensimismada por sus pensamientos y por el evocador lugar que la rodeaba que no se daba cuenta de que se dirigía al barranco, que estaba más cerca de lo que pensaba. Por suerte, se agarró a la rama del árbol que crecía a su lado y respiró. Respiró hondo. Luego pensó, si realmente se hubiera precitado por el barrando... ¿alguién la habría echado en falta? Sí, sabía que en su empresa notarían su ausencia pero... ¿no se estaría centrando demasiado en sus obligaciones y olvidando su vida personal? Aina, desde el fatídico día que vivió y sufrió en su infancia, ese día que rememoraba en sus sueños muchas noches, cerró su corazón y alejó a todo aquel que podría cruzar esa barrera y años después estaba allí. En un barranco, sola y abatida.


Última edición por Aina Cross el Vie 03 Jul 2020, 18:33, editado 1 vez
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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Mar 05 Mayo 2020, 10:49

¿Cuánto tiempo tiene en que había llegado a Francia? Debe de suponer más de un mes porque tuvo la luna llena llego a parís, bañándolo con su ilumina redondez, sabía perfectamente por el simple hecho que cuando ingreso a tierras parisienas fue cuando tres días después de su metamorfosis en Rusia. En efecto, un mes ha pasado desde su llegada. Calculando. Padre, madre, y sus tres hermanas con sus respectivos maridos tenían apenas dos semanas que se habían retirado a la capital de su nación; él tendría que haberse ido junto con ellos, Ninette de igual manera, pero ambos se quedaron, claro, por diferentes motivos. Baltazar aun así, no sentía la necesidad de estar preocupado, su corte, padre y su guardia real está al pendiente de todo. Cualquier anomalía sería llamada inmediatamente, cada semana manda una carta y al día siguiente tiene respuesta, pidiendo informes, pidiendo como está la situación, se lo dicen en claves, por si la carta es retenida o cae en manos ajenas.  

El tiempo en parís siempre se le iba de las manos, como si se tratase de agua; cada día que pasaban era algo nuevo, diferente, le han contado muchos rumores, que es la ciudad que tiene más personas con el mismo don que él, oh seres de la noche, le consta eso, y sobre todo hechiceros, sus enemigos no aceptados, Baltazar desea nunca tener que convivir con uno, son personas que no sabe qué cara te va mostrar, la vida da muchas vueltas. Puede que hasta le muerda el culo por lo que piensa. Hasta podía decir que espera reirás en su cara. Rusia puede ser que encuentres varios de ellos, de diferente especie, pero en parís es como si fuera la ciudad misteriosa, que fue creada precisamente para ellos, tal vez por eso no ha querido desprenderse, porque es como vivir su mundo. Sacudiendo su cabeza en modo de negación, era una locura lo pensaba. Tonterías, suspiro y dio media vuelta por el salón, era tiempo de salir un rato a refrescar su mente, estar encerrado en casa le afectaba más de lo normal.

Ninette, la menor de los Morózov, creía que no se daba cuenta cuando salía, cada noche su presencia desaprecia ¿A dónde iría cada vez que el astro rey desaparecía? Nunca hablo con eso con ella, tampoco le cuestiona sus salidas, es lo bastante grande para poder cuidarse por sí sola, aunque era un hombre posesivo con lo que quería, su hermana era una. Sabía que no haría una barbaridad, o arriesgar su vida. Aun así, la preocupación de los suyos era latente. Para unas cosas era adulta para otras una niña. Es como pensaba Baltazar. Tiene la sangre real Rusia recorriendo su cuerpo, sabe muy bien que la princesa Morózov no era ninguna damisela en apuros, se defendía muy bien. Hasta podía decir que mejor que él. Nuevamente veía movimiento nocturno por las calles, era como si en la mañana los humanos reinaran el lugar, puestos esperando a tener buenos ingresos, negocios con la mejor prosperidad, tanto hombres como mujeres apresuradas, niños jugando en las orillas de las calles y cuando caía la noche parís se convertía en ciudad que albergaba a seres con dones especiales. Los movimientos eran menores, olía mucho más a los vampiros, que a los licántropos, cambiantes. Claro, para ellos la noche era su día, y el día era su noche. Cosa misteriosa.

El llamado de las olas hizo que viniera al lugar. El olor a mar lo tranquilizaba a veces, de cómo escuchar el mar, de como el agua viene y va, como una danza lenta, un vals íntimo. Dos lugares exactos donde podía ir; Faro y playa. Ambos le llamaban la atención. La playa por la arena, Morózov pensaba que era mejor ir de noche, donde la gente no se amontonaba, detestaba la multitud, o el Faro, donde puede ir, y es mucho más tranquilo regularmente está solo. La mayoría de la gente no iba por el pequeño barranco, el faro por supuesto y la pequeña cabaña abandona.  Llego a su destino, lamentablemente el lugar tenía a otro visitante, deseaba darse la vuelta, no parecía estar con alguien más, lo pensó, lo analizo para después seguir con su andar, lento es como llego a la esquina del faro, ocultándose, sus pasos fueron silencioso que no noto que alguien más se encontraba junto con ella.

Mujer estúpida. Pensó al ver como avanzaba sin darse cuenta, por poco cae hacia el barranco, pero dio la fortuna que estuviera un árbol que podía agarrase. Negó con la cabeza, viendo hacia el mar, la oscuridad era quien reinaba, era maravilloso. -¿Vino a este lugar a suicidarse? O simplemente la estupidez le gano. -Era como Baltazar trataba a cualquier persona, mujer u hombre, niño o anciano. No tenía modales de todos modos. Un defectos que desde hace tiempo lo tiene. No espero respuesta, avanzo, quedando en la orilla, y viendo la altura. –No, no hubiera muerta, simplemente hubiera perdido el conocimientos, un par de magulladuras. En fin, nada grave, sobreviviera, si fuera el caso. –Aun en la sombras sin revelar su identidad comunico, no estaba en la mira de la luz que proyectaba el faro, por ende simplemente era como si la oscuridad le estuviera hablando. Otro punto para venir a este lugar.


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Mensaje por Aina Cross el Miér 06 Mayo 2020, 19:06

Aina estaba sobreponiéndose del susto que se había llevado por ser tan descuidada y por dejarse llevar. Si se hubiera caído ahí habría quedado, pues esa zona normalmente tenía poca afluencia y más de noche. Negó con la cabeza intentando alejar los malos pensamientos que esa noche la estaban atormentando y observó el faro a lo lejos, cuya luz se movía e iluminaba de vez en cuando aquella zona. Continuaba sintiéndose atormentada por la pesadilla de esa noche y, más aun sentía rabia porque tanto años después aquello la persiguiera y la hiciera huir, pues, ciertamente era lo que había hecho aquella noche.

En un momento dado y, ante el ruido de las olas que rompían contra el barranco, Aina creyó escuchar una voz masculina cerca, ¿era eso posible? Daba por hecho que estaba allí sola, pero no así que… perfecto, alguien más había admirado su torpeza. Giró la cabeza, buscando al dueño de aquella voz pero todo estaba demasiado oscuro y su respiración se aceleró por momentos al no encontrar al propietario. No, no se estaba volviendo loca, alguien le había hablado pero ¿dónde se ocultaba? Escuchó de nuevo y estaba vez dijo “o simplemente la estupidez le ganó” y ella frunció el ceño. ¡¡Lo que le faltaba!! Encontrarse a un arrogante aquella noche, eso acabaría por desesperarla y, quizás si, fuera mejor lanzarse al mar. En ese momento negó con la cabeza, intentando desviar esos pensamientos absurdos. Desde luego que no iba a suicidarse.

-¿Quién se esconde valientemente entre las sombras? -Dijo firmemente poniendo una media sonrisa, en tono jocoso.

Entonces al fin alcanzó a ver un hombre que se acercaba hacia la vertiginosa orilla del barranco, justo por donde por poco no se precipitó ella. Así que ¿había estado ahí observando? ¡Valiente caballero! Le observó, frunciendo el ceño de nuevo y este volvió a hablar en tono de burla, o así lo apreció ella.

-Pues menos mal que se encontraba aquí usted para rescatarme, ¿me equivoco? -Contestó mientras daba dos pasos hacia él para ver con más claridad al dueño de aquella voz pues a penas lo vislumbraba. Solo podía ver que era un caballero alto y de cabello oscuro.

Aina cruzó entonces los brazos, esperando respuesta del hombre que, impertinente sí, pero también de gran porte, o eso parecía.
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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Miér 13 Mayo 2020, 05:05

Al escuchar como las olas se rompían entre ellas, fue de las primeras razones del porque no se daba la vuelta, caminar de regreso, irse a otro lugar donde podía estar en paz consigo mismo. La idea de venir aquí no era para poder ver si encontraba a una persona o para conocer, tampoco era para entablar una conversación amena como si de dos viejos amigos se tratase. Morózov no era de esa manera, tampoco era amistoso, de hecho era muy selectivo para ese tema, no tiene la confianza necesaria para interactuar rápidamente con alguien desconocidos, ahora al ser un personaje importante, ya no era simplemente Baltazar, el hijo del Zar. Ahora era el Zar. De hecho, ahora que recuerda su único confidente y podría decir su mejor amigo, es Venka, el viejo herrero.  Hace poco descubrió quien era verdaderamente Boris, no un simple pueblerino, si no el mis mismo Zar de Rusia. El descubrimiento fue épico a veces de gritos, pero el lobo no sentía enojo, ni miedo, sabía que con él su secreto estaría a salvo. Para Venka, el siempre será Boris, su hijo adoptivo.

Aun no era tiempo para que él se mostrara. Necesitaba analizar a la persona antes de revelar su rostro o para mencionar su nombre. Ladeo un poco su rostro, observando cada movimiento, era torpe la mujer, a decir verdad. Parecía inofensiva, aunque no se fiaba de ninguna mujer. Dos de sus dedos rosaron su mejilla, ahí, donde tenía un par de arañazos que quedaron en cicatriz, era pequeñas pero profundas. Aunque claro, no iba a comprar la fuerza que la loba tenía con la de esta humana, eran dos mundos diferentes, dos fuerzas sin igual. Cerró sus parpados por un momento, dejaría que el sonido del mar relajara su mente, que se llevara la humillación, el ego pisoteado nuevamente, dos veces a lo largo de su vida, por dos mujeres. Más rabia tenía. Sacudiendo un poco su cabeza para poder quitarse esos pensamientos, esos recuerdos que solamente hacia hervir su sangre, tampoco tenía sentido en enojarse por algo que, francamente ya paso.

¿Recatarla? Por favor, claro que no, si ella quería saltar del barranco que lo haga, es su respetabilidad, evidentemente no llego para cuidar a una mujer, que, aparentemente sabía hacerlo por si sola. -No, no voy a mover un dedo por usted. No sé quién es. No sé su nombre, tampoco me interesa saberlo a decir verdad, aparte no sé que intenciones tiene al venir aquí, sola. –Tampoco visualizo el rostro de la mujer, la oscuridad era una amiga o enemiga, dependiendo de la situación, por el momento era su aliada, de ambos. –Soy un simple mortal que pasa por estos lugares, no es necesario que se me interrogue del porqué de mi visita. Mire, podemos estar los dos, mientras usted mantiene su boca cerrada. Sin decir nada, usted no notara mi presciencia, y yo no notare la suya ¿Un trato? –Esperando la respuesta, y con deseo que aceptara. Era bueno el lugar. No deseaba a decir verdad irse. Era mujer tal vez era sensata, y prudente, y no una cotorra. De esas mujeres que le gustaban hablar hasta por los codos, las odiaba.


Última edición por Baltazar Z. Morózov el Mar 26 Mayo 2020, 20:42, editado 1 vez


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Mensaje por Aina Cross el Vie 15 Mayo 2020, 00:13

Permanecía con gesto serio y los brazos en jarras mientras solo vislumbraba una figura si poder visualizar ningún rasgo característico.

De momento, su voz, tenía un acento familiar para ella pero aun no lograba distinguirlo. Era una voz masculina, áspera perteneciente sin duda a un hombre adusto y extremadamente severo.

Además, apreciaba que era esquivo, evidente puesto que permanecía entre las sombras lo que no hizo más que avivar la curiosidad de ella, ¿por qué no se mostraba?

De fondo, el sonido de las olas la acompañaba pues, pese que había un caballero allí resguardado, a unos metros de ella, se sentía igualmente sola en ese faro.

Finalmente escuchó como aquella voz sonaba de nuevo y se mostraba hosco, lo imaginaba con el ceño fruncido y, a decir verdad estaba siendo hasta mezquino con ella sin motivo alguno pues únicamente eran dos personas que por casualidad se habían encontrado en ese lugar. Vaya, quizás era de esas personas que disfrutaban molestando al otro e incluso podía ser de esas que se quedarían mirando mientras ella se caía al vacío. Frunció el ceño molesta, mucho de hecho, pues lo que menos le apetecía era enfrentarse a aquello. Se sentía agotada.

De pronto dijo en tono desesperado -Puede salir de entre las sombras, caballero. Tan solo le espera aquí una dama inofensiva. -Dio un paso al frente bajando los brazos y continuó -¿Acaso me tiene miedo?-sonrió de medio lado. Sabía que estaba allí por mantener el misterio pero no por temor, quizás porque buscaba sencillamente soledad.

Entonces, ella se había propuesto inicialmente buscar una reacción en aquel hombre que parecía inquebrantable y desaborido, tras dejar pasar unos segundos negó con la cabeza y desistió en su idea.

Esta situación era absurda y ella necesitaba despejarse así que suspiró y sentenció -Acepto su trato -Posteriormente se sentó dejando caer sus piernas en el precipicio y respiro hondo. De hecho, se olvidó de que él estaba cerca. Tal y como había pedido iba a dejarlo tranquilo, consigo mismo, pues quizás era un ser atormentado que necesitaba su propia soledad para estar en paz.

Se mantuvo en silencio intentando ahuyentar de ella aquel sueño que la atormentaba y que la perseguía. Cerró los ojos unos instantes y escuchaba al mar, de vez en cuando notaba la luz del faro enfocar cerca, pero no los abría, sino que respiraba buscando una paz que quizás ella también necesitara. Y ahora comprendía por qué aquel hombre se mostraba así, pues debía haber ido a aquel lugar por el mismo motivo que ella, lástima que ambos hubieran tenido la misma idea.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Miér 27 Mayo 2020, 05:38

¿Perdón? ¿Acaso insinuó que él era una persona miedosa? Por favor, si no le tiene miedo a la muerte, mucho menos a una mujer que por estúpida cae al barranco provocándose la muerte. Aunque pensándolo mejor, no sería una mala idea en arrojarla, así no se interpusiera en su camino y finalmente podría tener ese momento de paz que tanto anhela. Una sonrisa ladina apareció en el rostro del varón, uno de sus piernas se movió como reflejo pero su cerebro le gritaba que no lo hiciera, que no tenía la culpa de estar en el mismo lugar que el Zar, aparte, no era dueño del lugar para hacerle ese desaire a la dama que, al parecer tiene problemas internos y externos a la vez, su rostro mostraba diferentes gestos. Tampoco podría hacerle algún daño, solo una vez lastimo a una mujer y era para defenderse de sus ataques, de hecho aún tiene la marca en su rostro, va desvaneciéndose pero lo más seguro quedaría cicatriz, otro punto, ambas era completamente diferentes.

Una es tan salvaje como lo que tiene encerrado en su interior y se hace presente cada luna llena, es su igual, una licantropa, por ende difícil de matar o dañar, mientras tanto, esta persona es una mera humana que cualquier movimiento brusco terminaría muerta y claro, no era su plan inicial. Como Baltazar no era un asesino de humano o de otras especies, pero no puede defenderse cuando está en su forma lobuna, ahí, nunca ha recordado que ha hecho; si ha transformado alguien o matado. Es un enigma, que nunca será descubierto. Sin más camino, dio sus pasos lentos, precisos, y sobre todo cuidadoso, llego hasta colocarse a su lado pero a una distancia consideradamente prudente que si Morózov estirara su brazo, aún así no podría tocarle el hombro.

Cruzo sus brazos enfrente de su pecho, alzando la barbilla, su vista enfocada en el mar, es como quedó, le gustaba cuando la otra persona aceptaba gustosamente los términos, así ambos están en plena conformidad, sin armar una disputa, aparte Baltazar no tiene ningún interés en iniciar una pelea tibial, ni mucho menos proviniendo de una mujer. En hogar tiene a dos que prácticamente hace que le den dolores de cabeza, aunque no podría vivir sin ellas, era su familia; una era su hermana, y otra, su esposa.


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Mensaje por Aina Cross el Miér 10 Jun 2020, 21:24

El silencio resultó muy gratificante para Aina. En esa ocasión no era esclava del mismo sino que era lo que necesitaba. Y aquel hombre que se mantenía oculto había decidido no importunarla por lo que finalmente logró su objetivo: sentirse en paz en medio de la tormenta. Tormenta, de emociones, claro. Pues aquella noche había revivido los momentos más ácidos que recordaba, aquellos de los cuales no lograba desprenderse, aquellos que la perseguía, aquellos que eran sus fantasmas más oscuros.

El agua y el viento eran su refugio aquella noche. Sin duda, allí había encontrado la tranquilidad que necesitaba y había conseguido dejar la mente en blanco por unos minutos, unos instantes que rara vez Aina encontrara diariamente. Quizás por eso en sus sueños parecían los peores momentos, los más oscuros. Quizás su mente quería liberar la ponzoña que guardaba. Quizás y solo quizás ansiaba liberarla de aquel yugo que la mantenía atada, que la ahogaba.

Volvió a centrar su vista en el faro cuando un sonido cercano la trajo de vuelta. Las olas secas chasqueaban bajo los pies del caballero que se escondía en la oscuridad. Ella, ni se inmutó, por decir que desvió levemente sus iris azules, pero finalmente decidió no observarlo. No de momento. Percibía como se acercaba sutilmente aunque con precisión y finalmente se sentó a su lado. ¿De verdad aquellos modales iniciales habían sido necesarios para acabar orillándosela a ella? Puso los ojos en blanco y suspiró sintiendo su aroma, muy masculino. Sentía su gesto serio aun sin verlo, no era necesario. El ambiente estaba tenso. Él no había dado muchas opciones a decir verdad y Aina únicamente había aceptado su trato. Permanecerían en silencio cuanto el quisiera.

Desvió de reojo la mirada al caballero que tenía buen porte, era adusto y elegante. Mantenía sus brazos cruzados, lo cual lo volvía aun más enigmático pero a la vez llamativo para ella que al final giró levemente su rostro y sonrió. ¿A quién sonreía? A un hombre con cara de higo arrugado, a decir verdad, pero con unos ojos que deslumbraban.

Mantuvo su gesto amable unos instantes para luego volver la mirad al faro y sentir la brisa en su rostro. Por algún motivo finalmente, después de la tensión le había sonreído, aunque quizás ni lo había apreciado pues podía ser que simplemente deseara la soledad y ella para el ni estuviera presente. Aina pasó en aquel momento de querer tirarlo por el barranco a mirarlo de nuevo de reojo.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Vie 12 Jun 2020, 10:15

Pocas cosas sorprenden al Zar de Rusia. Esta vez fue la mujer que casi caer por el barranco para poder ver cuán hondo era; por un momento Baltazar pensó que haría una rabieta, típica de una hembra, pero no, lo dejo con la boca callado, aceptando el trato tranquilamente, sin oponerse, de hecho, la actitud de ella le agrado, aunque por supuesto no lo diría, sus pensamientos y sus acciones no eran para entablar una conexión de “amistad” entre ellos. Lo que está sucediendo era un encuentro causal entre dos individuos que deseaban alejarse de sus tormentos. El único sonido que seguía escuchando era el mar, y algunos animalillos nocturnos que con desesperación huían ante la presencia de dos esencias humanas; Baltazar, y ella.

¿Sería bueno retirarse? ¿Encontrar otro lugar? Si lo hiciera, ante verificaría que no se encontrara otra persona que pudiera interponerse entre su meditación que realmente necesitaba hacerlo. Frustrado es como estaba, todo en su vida paso tan rápido, menos de uno año se encontraba casado, no se arrepentía, se encapricho con ella, la obtuvo de una manera que no espero. Todo nuevamente llegaba a su mente, eso es lo que deseaba olvidar, por eso salió de su hogar, sin decir o dejar una nota de su paradero. De todos modos no importaba mucho, al parecer, en esa casa se hace lo que uno dicta. Si no puede controlar a su mujer, hermana y sobrino ¿cómo piensa hacerlo con toda una nación? Otro dile más en su cabeza. Que difícil han sido las cosas desde que tuvo esposa. Mejor se hubiera quedado soltero. Era mucho mejor.

No era una persona evitaba los problemas, era fuerte, y leal con su gente, con su familia, pero llegaba un punto en que deseaba estar consigo mismo, pensar solamente en él, olvidar y por ello está en este lugar. Olvidar por un par de horas sería lo mejor, ahora reconociéndolo, podía entablar una conversación, no era bueno haciendo eso, mucho menos si no la conocía, mirándola de reojo fue como la analizo detallándola, el olor a mujer le llego a su nariz, por inercia lo respiro. Olía bien. A decir verdad las pocas mujeres que ha conocido en parís, su esencia, si aroma es decente. No huelen mal, como debe de ser ¿Pero qué clase de cosas ha estado pensando? Y ahora ¿Interactuar con la mujer? ¿Se atrevería de romper sus palabras impuestas? Movían afirmativamente su cabeza y tomando una decisión, fue como se dio media vuelta, bajando sus brazos y dando un paso hacia ella, cauteloso, evitando caer, si no el estúpido será alguien, y no precisamente la fémina.  

Tenía que pasar con cuidado, la tierra no estaba muy firme para caminar, Morózov caminaba cercas de la orilla del barranco, aunque como había dicho, no estaba ni muy alto, pero tampoco bajo, si cayera, aunque fuera una persona común y corriente lo único que ocasionaría fueran rasguños, una contusión tal vez en la cabeza, nada más, la muerte no. Definitivamente. Su cabeza solo indico que fuera con ella, para tener una plática amena, sin ninguna intención de otro nivel. Él estaba casado, y de seguro ella tenía una pareja, esposo, prometido, e inclusive pudiera tener hijos. Su nombre no sabía, aunque no le interesaba mucho ¿o sí? Por estar pensando cosas sin sentido fue como sintió su pie hundir en la orilla de este, haciendo que se fuera hacia tras, iba a caer, y lo único que tena para “sostenerse” era a la mujer, no lo termino de pensar cuando su brazo se estiro automáticamente tomando de su mano, halándola hacia él, atrayéndola y ahí todo se empezó a mover despacio.

Ambos rodaron, el camino estaba inclinando Baltazar la encerró en sus brazos para evitar que se golpeara de todos modos tenia consecuencias en esto, lo sabía. Parecía que fueron horas y no segundos de lo que paso, llegaron hasta la orilla del mal, abrió los ojos cuando ya no sintió moverse, mirando de reojo. Cercas del mar, esperando que no llegara una ola pequeña y lo mojara sería el colmo. La mujer se encontraba encima de él, no quería ver su aspecto, lo más seguro era terrible, de ambos a decir verdad. -¿Esta bien?-Quería verificar, muerta no estaban escuchaba su corazón y su respiración sobre su cuello, pero si algo le pasara seria nada más culpa del ruso ¡Maldita sea! Era un irresponsable, como se le ocurrió traerla consigo mismo, no pensó, como siempre, como lo ha estado haciendo por varios meses atrás.


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Mensaje por Aina Cross el Dom 14 Jun 2020, 15:48

Se mantuvo estoica, se decidió a no mirarlo, a reprimir aquel impulso que estaba surgiendo dentro de su interior. Quizás fue el hecho de que aquel hombre le diera la impresión de estar tan atormentado como ella. Quizás eran dos almas predestinadas a encontrarse aquella noche, en medio de la nada. Quizás el destino los había cruzado en medio de la inmensidad del mar por algún motivo. Quizás no hicieran falta las palabras sino la mera compañía. Quizás se sostendrían el uno al otro para evitar caer al vacío que hallarían al fondo del barranco. Quizás necesitaban ser ellos mismos en cualquier parte y habían acabado allí, frente a un faro que iluminaba levemente  la zona en la que se encontraban.

El mar se movía, las pequeñas olas se acercaban a la orilla. Aina cerró los ojos y de nuevo la imagen volvió a ella, helándole al alma. Pudo ver la sangre acercarse sin detenimiento a sus pies desnudos, los de una niña inocente que estaba a punto de presenciar la peor de las tragedias. Allí estaba la verdadera pesadilla, frente a sus ojos. De pronto, abrió los párpados, de par en par y apretó las manos contra el suelo cubierto de hierba y tierra, ciertamente poco firme. Le daba igual estar allí, en medio de la nada a punto de precipitarse. Solo Dios sabe que en ocasiones en su vida se lo había planteado porque se había sentido sola, desahuciada. Pero allí estaba, al frente de todo como siempre había hecho, casi sin tomarse un momento para respirar.

Esa noche en la que la luna brillaba y lo iluminaba todo a su paso se dio cuenta de que brillaba más el miedo a su pasado, que parecía perseguirla. Estaba claro que pesaba toneladas, la estaba rompiendo, le oprimía el pecho desesperadamente y deseó poseer el poder de desaparecer, de ser invisible. Ojalá tuviera un disfraz y se pudiera camuflar. Aprender a volar, alzarse y finalmente no dejar rastro.  El viento contra su rostro de piel cálida le recordó que estaba viva, que solo imaginaba. Chocó contra su pecho parcialmente a la vista porque iba en comisión y el abrigo estaba abierto. Aquel soplo le quitó la careta de golpe, justo en el momento en el que lo sintió más cerca. Creía que no se había movido, pero claro, por un instante ella había desaparecido de allí. Lo hizo, estaba cerca de ella, que inhalaba su olor y cerró los ojos manteniendo su rostro hacia el frente, dirección al faro. De pronto lo que apareció ante ella fueron los penetrantes ojos de él. Aquello la paralizó. Parecía no querer perderlo de vista. Y por qué, si él era todo un enigma ante ella. Ni la palabra le regalaba. Se maldijo. Abrió los ojos de nuevo y entonces lo tenía al alcance de su mano, mano que él tomó cuando por poco se precipitó ladera abajo. Claro que él, siendo mucho más fuerte y pesado la arrastró. No tuvo posibilidad de reacción más que verse atraída hacia él. Pensó lo peor pero él antes de caer la recibió entre sus brazos, la protegió y así fue como rodaron hasta llegar a la orilla del mar, por suerte, no mucho más lejos pues Aina no sabía nadar.

El corazón de ella se iba a salir del pecho, notaba como sus latidos se habían acelerado en aquellos segundos que habían pasado, al igual que su respiración. Cuando recobró los cinco sentidos, notó los brazos de él rodeándola por la zona baja de su espalda, la cogía con fuerza como si no pudiera dejarla escapar, y ella estaba acurrucada en su cuello, notando su caliente piel y sus latidos que también tenían un ritmo fuerte. Su olor. Ahora nunca podría olvidarlo porque impregnaba su piel. Lo imaginó con su gesto serio, enfadado. Seguramente fuera a perder los estribos, a echarla de encima de él. Pero había algo que la retenía allí. Quizás era el hecho de que antes que él nadie la había protegido así, abriendo sus brazos para ella. Bien es cierto que estaban allí por un tropiezo de él pero aun así había priorizado en el bienestar de ella, aun sin conocerla, dándole espacio en su pecho que estaba irremediablemente unido al de ella que en ese momento estaba cubierto únicamente por la fina seda de su camisón de tirantes pues llevaba puesto el abrigo pero no cerrado. Ni eso le importó. Se mantuvo allí unos segundos, en calma, en paz. No quería alzar la vista y encontrar aquellos ojos que la habían deslumbrado porque quizás y solo quizás no pudiera despegar los suyos de aquellos. No obstante, él habló y ella dio señales de vida. Parecía preocupado. Movió su rostro y quedó rozando con su nariz su cuello y sus manos sobre los hombros de él, justo antes de susurrar en su oído -Lo estoy y ¿vos? -Se obligó a salir de allí pues se sentía presa en sus brazos, claro que cuando alzó su cuello irremediablemente vio todo de él: su barba totalmente cuidada, su cabello oscuro, su piel dorada, su nariz perfilada, un provocador lunar, aquellos jugosos y serios labios y por último sus ojos que dieron de lleno con los de ella. Irradiaban luz. Podía sentir la fuerza de su mirada, el valor que escondía. Tragó saliva y se dio cuenta, tarde, de que se mordía el labio inferior siendo esta una de sus manías y entonces logró hablar -Perdóneme porque deseé lanzarlo por el barranco. Sin duda, esto lo ha provocado el karma. -Se mantuvo allí, impertérrita. El antifaz se había caído y allí estaba ella, frente a él, cobijada entre sus brazos. Y, de pronto, dejó de sentir miedo.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Mar 16 Jun 2020, 11:01

Y pensar que hizo un trato que conlleva guardar silencio, sin articular palabras, sin tener el menor interés en conocer la voz de la dama, de ese modo no ocasionaría ningún problema, no deseaba liarse con otra persona en parís ni mucho menos que fuera mujer, tenía bastantes inconvenientes para tener otro o tener una de esas batallas verbales o inclusive llegar a los golpes, que desde que ingreso a tierras francesas han estado revoloteando sin cesar en su alrededor ¿Quién le mandó caminar hasta ella? ¿Por qué la tomó del brazo sabiendo perfectamente que ella no lograría evitar su caída? ¿No pensó que con ese acto lo único que obtendría fuera que los dos cayeran por aquel sitio? Evidentemente que no, no pensó, no actuó con prudencia, fue demasiado rápido para la mente del Zar, ahora las consecuencias vendrían ¿O no? Ella sobre él, sus brazos aun alrededor del cuerpo de la fémina, Sin tener ninguna intención de soltar, de protegiéndola pero… ¿De qué? si ya no estaba en peligro. Sus ojos directamente dirigidos hacia el cielo, la oscuridad y las pequeñas luces que brillaban en lo alto, estrellas, eran.

Los engranes de su cabeza no paraban de trabajar sin tener ninguna intensión de parar, que lo más seguro es que le produjera un dolor de cabeza tan intenso, que desataría algo más que gruñidos y rezongos, y como si alguien le leyera sus pensamientos fue como le llego la esencia que desprendía la humana golpeando su olfato, recordándolo, en segundo se le clavo en su nariz y eso que tenía más olores en el lugar; como la sal del mar, la tierra mojada, el césped, los peces que salían a flote, siendo lo que era y la distancia que estaban no logro escapar, era una mujer. El y su bestia interna lo sabían, no negaría que era hermosa, que por un momento llego interesarla del porque estaba en este lugar tan solitario, no dejo que hablara, solo impuesto, ordeno el silencio total, ella, aceptando, agradecido, ahora no tanto. Dilema total.

El destino es tan incierto que claramente no puedes ver lo que te pasa a tus alrededores, viene como una bofetada bien dada; no potaba una bola de cristal para lograr visualizar las cosas y poder prevenirlo, no era un hechicero o un gitano que ellos por sus dones aprendidos lograría hacerlo, lo sabía perfectamente por ello no deseaba que ninguno de ellos se acercara a su persona, los detestaba, Baltazar los tenía en su lista de enemigos, ya no los vampiros, que anteaños fueron los numero uno de sus enemistades. El, por ser un licántropo. Aunque se le hacia absurdo sus pensamientos ¿Leer el futuro? ¡Patrañas! Era lo que vociferaba el hombre ruso cada vez que uno de ellos se acercaba a su persona siendo como El Zar o como Boris.

Era hombre y animal al mismo tiempo, sus sentidos desarrollados estaban tan despiertos en estos momentos sin creer que fuera por esta mujer, los movimientos de ella, como el corazón ajeno estaba palpitando aceleradamente, Zair eso sentía con el suyo, valdría la pena, protegió a un inocente que no tenía por qué sufrir algún daño por las irresponsabilidades de uno. De un ser tan bruto como es el Zar de todas las Rusas. Aunque no diría en voz alta cuan feliz se sentía por el simple hecho de saber que estaba intacta, se lo guardaría, como tantas cosas. Su voz, nuevamente al escucho, ahora mucho más clara, una voz dulce, llamativa como lo atraía como las abejas a la miel, eso evidentemente no le pareció, sus labios no se despegaron, no dijeron nada, no respondieron ante la pregunta, pero su mente respondía; Claro, estoy bien, gracias por preguntar, me alegro profundamente que no te pasara nada por mis estupideces. Sí, eso deseaba decir, pero no se atrevía su orgullo era mucho más grande.

Morózov juraría que en cualquier momento se alejaría como si fuera la peste, pero todo lo contrario, se quedó sobre él, acomodándose como si fuera el mejor lugar de todo, cerrando sus ojos al sentir como ella rozaba su rostro en su cuello en como las manos caliente estaban puestas en sus hombros, carraspeando, esto no estaba bien, definitivamente no. No comprendía porque su cuerpo reaccionaba ante una simple e insignificante caricia que lo más seguro la hizo intencional, nada más quería ver el modo de levantarse pero los brazos aferrados en la cintura de la dama eran más fuerte, presionando el agarre sin pensarlo dos veces. En poco alzo su mirada, finalmente la miró detalladamente, sus ojos, sus mejillas sonrosadas, bajando un poco y hasta mirar sus labios, esos que al parecer hablaba y decían que se acercara a ellos, pero resistiría, no cometería una estupidez. Quería reír ante lo decía “porque deseé lanzarlo por el barranco” si Baltazar fuera ella, él no lo pensaría dos veces, y lo aventaría por lo idiota y poco caballeroso que fue. Otra cosa que no reconocería. Su mano fue hacia el antebrazo de ella, para recorrerlo, sus yemas de los dedos solamente hasta llegar el cuello. Extendió su mano para tomarlo, pero sin ninguna intención de hacerle otra cosa que acercarla a su rostro, el alzando su rostro de igual manera, sus ojos viajaban desde los ajenos hasta los labios, no logro evitar abrir un poco su boca. No lo pensó ni un segundo cuando corto la distancia, capturando aquellos labios que no paraban de gritarle que los probara hipnotizado ante aquella belleza fue devoro toda su boca, su lengua adentrando sin pedir permiso alguno, acomodándola sobre él, sentándose, abriéndola para él, y acomodándola ahorcadas, ahí, solamente eran ellos, sin testigos. Olvidadnos que ambos tienen un presente, alguien que lo mejor los esperan en casa. Solo el mar es testigo de esto.


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Mensaje por Aina Cross el Mar 16 Jun 2020, 12:36

Su alma sola y desordenada tras el paso del tiempo vagaba sola por las noches buscando su porvenir. Así fue como llegó hasta la orilla de ese barranco, teniendo bajo sí el mar, ansiando que si las lágrimas salían de sus ojos cayeran en él y se las llevara, se perdieran en la inmensidad del agua salada, que desaparecieran. Maldita sentía su alma, esquivaba los demonios pero a veces la atrapaban y se veía inmersa en el laberinto de donde no podían salir. Perdida, ahogándose en medio de la oscuridad, sin encontrarse en el camino, dejando pasar los días, desordenada. En esos momentos no se reconocía, su mundo dejaba de girar. Por consiguiente, allí había acabado hasta que el caballero silencioso había aparecido de entre las sombras para negarle hasta la palabra. En un primer momento ella creyó que ansiaba entablar conversación, que aquello sería su alivio ante la congoja instalada en su pecho, pero no. En cierta medida agradeció el ambiente tranquilo que se había creado, solo con la presencia de ambos en aquel páramo. Claro que no imaginaba que acabaría a su lado, entre sus brazos, soñando con volver a ver sus ojos de aquel hombre que hablaba por lo que callaba. Supo al instante que era un hombre varonil, fuerte, que no sentía miedo ante nadie, coraje le sobraba, probablemente estuviera acostumbrado a ganar cada partida. Ella había conocido a muchos valientes pero claro ellos no se parecían a los héroes y aquel hombre le pareció lo último, seguramente capaz de realizar cualquier sacrificio por los suyos, quizás por eso se mantenía tan pensativo y absorto aquella noche.

El desplante que le había hecho inicialmente probablemente viniera derivado por la propia preocupación que no podía controlar, y aquel hecho probablemente le desquiciaba más. El no tener la situación controlada, que algo se saliera de su dominio pues desde luego a Aina le había quedado claro que era alguien autoritario, tal vez en demasía. Había percibido también desasosiego en él, una intranquilidad latente, como si tuviera que tomar una gran decisión o alguna le pesara. Podría ser un error, un acto imprudente o un impulso que traía consecuencias. Lógicamente no podía descifrarlo hasta tan punto pero sabía que con solo mirarlo percibía infinidad de sensaciones.

Y ahora, tras el recelo inicial, como no mirarlo a esos ojos que la dejaban sin respiración, cuando aun a sabiendas que no eran suyos la hacían temblar. No importaba la distancia impuesta porque al final estaba a su lado, como si la hubiera estado esperando en aquel lugar sombrío donde parecía buscar refugio. Pero lo que él no podía imaginar es que el amparo lo encontraría junto a otro ser que le brindaría ese momento tan cálido.

Sincronizó su gesto con el ajeno, ambos serios, él siempre en silencio pero había surgido una inexplicable conexión amparada por el cielo estrellado, el olor a sal, la suave luz que a veces acechaba y el sonido de los animalillos que los acompañaban. Era el lugar más tranquilo del mundo, sin duda, de no haberlo encontrado se habría recostado en el césped mirando el oscuro cielo y habría acabando por cerrar sus ojos abandonándose al en los brazos de Morfeo.

Recordó como inicialmente la miró y la trató con acritud, quizás, no… con toda seguridad llegaría a arrepentirse de aquello. Aina no merecía aquello, no solo por compartir el mismo espacio. Él no la conocía pero parecía haberla juzgado y meterla en el mismo saco que el resto de féminas. Lo que desconocía era como era ella, claro que no tendría que profundizar demasiado para darse cuenta pues el silencio que ella le regaló ante su petición demostraba su tesón.

Ahora el que inicialmente había deseado que ella se fuera, le diera espacio, lo abandonara, el que se hacía el fuerte ansiando calma, pausa, sombra, se encontraba contaminado por la luz de los ojos de ella clavados contra los suyos, sin piedad y mucho menos ofreciendo tregua. Sabía que él tenía arañazos, heridas que intentaba curar y ella de momento sería su alivio en medio de la inmensidad del mar. Era irremediable permanecer atada a él y no por sus manos situadas sobre su pie sino porque se sentía enganchada y entonces sus cordura se perdió entre sus brazos.

Cobijados por el resplandor de aquel faro, sintiendo que el tiempo se paraba y encontrándose ambas miradas, fue como notó todas sus tormentas cuando su sus ojos se unieron y perpetró en ella su tacto que la hizo arder, atravesando todo su ser cuando recorrió su antebrazo. Ella seria su calma o un huracán, lo que era seguro es que no le sería indiferente como él no lo era para ella que aun en silencio se lo demostraba al permitirle la osadía de acariciarla, porque era lo que hacía, indudablemente. Claro que pronto las yemas de su fuerte mano llegaron a su cuello, una zona demasiado sensible y luego la palma que la sujetó y le obligó a acercarse a su rostro mientras los iris claros de él viajaron hasta los labios de ella, quedándose ahí unos instantes mientras abría sus labios levemente y el impacto de su aliento contra los de ella le provocó un suspiro que ahogó y no reveló. La allanó entonces, sin previo aviso, sin demora, con necesidad y con pasión. Aina no pudo hacer más que sincronizarse a aquel baile en el que sus lenguas danzaban haciéndola sentir, resucitando algo en ella que creía muerto. Y él fue suyo, se entregó a ella, al menos en aquel momento, aunque antes no se hubieran tenido aquel beso llegó con fuerza, posándose en ella, dejando una marca a partir de ese momento imborrable y sembrando la armonía en ella que acabó por llevar una mano a la parte inferior de su mejilla poblada de aquella barba que sobre sus labios provocaba aquel cosquilleo constante y fue como se separó y volvió a la realidad aunque parecía que él no lo deseara, ahí colocada sobre él habiendo quedado este sentado sobre la arena sin importarle que sus ropas se desperdiciaran, solo centrado en la mujer que tenía entre sus brazos, tan cerca de sus labios. Él mantuvo los ojos cerrados y ella lo agradeció porque tenía claro lo que ansiaba que fue depositar sus labios sobre aquel lunar mientras envolvía ambas manos en su cabello, donde se deshicieron en caricias para después volver a los labios de él que seguían abiertos, expectantes y ella, que no pensó sino que actuó como siempre por impulso y con atrevimiento alzó su rostro hacia ella y capturó el inferior, lo degustó, sin prisa y aprovechó para pegar su pecho al de él. Lo que jamás creyó fue que se acabaría abandonando a los brazos de un hombre del que desconocía hasta el nombre pero eso era una batalla perdida.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Sáb 20 Jun 2020, 09:22

¿Qué es lo que haces? ¿Sabes que esto está mal? Muy mal. Su mente gritaba que detuviera sus acciones, que reaccionara y sobre todo, que se alejará. Comería un error y eso sería una estupidez de su parte, en casa su esposa lo esperaba o eso creía y ¿Ella, tendrá alguien? No lee su mente para poder hurgar en sus pensamientos y poder saberlo, que un repentino posesividad le llegó ¿Qué? ¿Por qué? Si hace un par de horas la conoció, eran desconocidos que fueron atraídos por el destino que quiso esté mismo que se encontraran en esté camino sin saber que pasaría tal magnitud. El cerebro del Zar vociferaba para que su cuerpo recapacitará y de ese modo tuviera las ganas y las fuerzas de alejarse, pero parecía que estuviera hechizado, y solamente ella estuviera en su mente, que su cuerpo anhelara la cercanía del otro; sus labios, sus manos no paraban de tocarla, de reconocerla y que su sabor se quedara registrado en su paladar para nunca olvidarlo, no sabía si este encuentro sería el último o el primero de muchos, ahora que le ha experimentado sería difícil olvidarlo. Si se lo propone podría encontrarla en donde estuviera, la esencia quedo impregnado en su olfato como si lo hubiera enfrascado y cerrado para evitar que se escapara, para perderla.

Las manos del hombre no se quedaron quietas, claro que no, también quiera ser participe en esto e igual que la boca y lengua del ruso. Era un dominador por completo. Sus besos no paraban ni mucho menos daba tregua alguna, alejaba su boca nada más para tomar aire, al verse y al verla que respiraban profundo volvía al ataque sin perder tiempo sin consideración alguna. La entrega era como si ella le perteneciera, fuera suya completamente, era raro, sumamente raro. Estaba otorgando un gran espectáculo hacia el ojo humano y no humano, que si lo llegaran a ver parecían dos amantes decesos de poseerse o una pareja de enamorados que aún tenían la fuego de la pasión tan latente, tan fuerte que no importaba el lugar, ni el momento para demostrarlo.

Con sus parpados cerrados fue como separó sus labios, dando un poco de tiempo, manteniendo quieto pero a la vez hambriento por seguir degustando aquella boca. Deseaba abrir sus ojos, poder visualizarla, analizarla, y aprender cada rasgo del rostro ajeno, porque podría jugar que en estos momentos era mucho más mujer que hace rato; ojos vidriosos y a la vez resplandecientes como las mismísimas estrellas que están sobre ellos, mejillas tan sonrosadas como una fresa, y sin olvidar los labios que apostaba que encontraban hinchado y rojos por los besos que ambos se dieron. De hecho pensó por un momento cuando la tomó de esta manera que iba hacer rechazado, empujado y abofeteado y no todo lo contrario, sorprendido por un momento, pero dichoso por otro, fue respondido con la misma intensidad y fiereza. Una locura es lo que se trataba. Quieto, pero impaciente es como quedo, una cosa es lo que tenía en mente, no le apetecía bajar o poner de lado a la mujer. Solo dejo que los segundos, minutos pasaran para saber cuál sería el siguiente movimiento de parte de la humana, si fuera adivino ganaría mucho dinero y le quitaría la profesión a sus enemigos, porque no esperó tanto, ella se volvió acercar a su rostro, acariciándolo con sus labios hasta llegar a los suyos, donde comenzó otra ronda de besos, caricias, sintiendo las fieras manos en su caliente rostro, más de lo normal por su condición lobuna.

Mordida, lamia y succionaba es como la ataco después de que ella diera el paso para continuar con el beso. Manos queriendo adentrarse por debajo de aquel ¿camisón? Si, puede que sea eso, de todos modos a Baltazar era algo que le tenía sin cuidado, no lo pensó mucho haciendo puño la orilla de la ropa fue como comenzó a subirla, poco a poco, hasta que estuviera por debajo de su trasero, ahí fue cuando tocó con las palmas de sus manos dándole una caricia, un roce, de su parte. Su conciencia hizo que despertará del ensueño que ella lo impuso sin darse cuenta, detuvo sus caricias, y alejo su rostro, abriendo sus ojos y finalmente clavo su mirada en ella, y como lo pensó y se lo imaginó fue como la miró; el brillo más intenso, pupilas dilatadas, un nuevo olor le llego a su fosas nasales, era el mismo olor de desprendía una mujer al excitarse, tirando su labio hacia un lado para formar una pequeña sonrisa, por supuesto. Y si era por él y para él, mucho mejor.

Frunció el ceño, arrugándolo tanto que parecía dolor, gruñendo y apretando su mandíbula, sus manos fueron hacia su rostro donde lo restregó y suspiro hondo y lo soltó. Esto definitivamente estaba mal. Tenía tantas preguntas, pero no salía nada de hecho lo hizo fue alejarla de él, colocándola a su costado para levantarse. Necesitaba huir, lejos de aquel aroma tan exquisito. La miro de reojo cuando se alejó, necesitaba algo frio, algo que le quitara lo caliente de su cuerpo, y miró el mar, sí eso serviría, pero no ira solo, claro que no. Tomándola de uno de sus brazos fue como la levanto, sin decir nada, ni articular ninguna palabra fue como se la llevó al mar, entrando, agarrando firmemente su brazo para que no escapara, porque sabía que lo haría, estaba loco, pero su calentura era peor. Quería bajar y esta era la única manera que encontró para ello, pero ella también tenía culpa era su castigo. No importa sus vestimentas se mojaran el agua era mucho mejor, helada y parecía que apaciguaba las ganas de tenerla, se dio vuelta y la sostuvo de sus brazos, porque no huir de él, no se lo permitiría. Bajo sus manos hasta posarlas en la cintura de la fémina, la apego a su cuerpo, sintiendo todo su cuerpo, sus pechos adhiriéndose al suyo, los pezones erectos por el frio o puede que no, aquí el dilema, llevando directamente sus manos a la espalda, trazando círculos con sus dedos. Quería hablar decirle algo, pero sus cuerdas bucales parecían dañadas porque abriera ay cerraba su boca como si se tratase de su pez. Nada.

Bajo su cabeza, pegando su frente con la de ella, cerró sus ojos, permaneciendo así, si la viera quisiera besarla. Era tan surrealista todo, primero; quería irse, segundo; que ella se fuera, tercero, que se callara, cuarto; aventarla al barranco que de echo fueron los mismo pensamientos de ella y por ultimo; besarla y poseerla, abrió los ojos ante lo último ¿Qué? ¿Cómo fue pensar aquello?

¿Qué diablos estaba pasando con Morózov?


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Mensaje por Aina Cross el Dom 21 Jun 2020, 13:50

En la prisión de sus brazos era donde más libre se había sentido nunca. Ella era atrevida e impulsiva por naturaleza pero, pese a todo, sabía que mantener su lugar en la sociedad, en aquel mundo lleno de costumbres arcaicas era una obligación. Ella, actuaba siempre respetando las ideas de la época aunque cierto era que solía revelarse y poner un punto de emoción, como cuando diseñaba los vestidos de sus clientas o los suyos mismos. Ejemplo de ello era el camisón que llevaba aquella noche, de tirantes, de seda, por encima de la rodilla, en efecto, no una dama cualquiera de la alta sociedad parisina se atrevería a llevarlo pues la ropa de cama que se consideraba apropiada era muy diferente y desde luego no estaba hecha con una tela tan suave al tacto y con un corte tan sensual como aquella prenda que Aina aun semi resguardaba bajo aquel abrigo que comenzaba a sobrarle. En consecuencia y sintiendo un calor abrasador recorrer las partes más profundas de su ser, apartó las manos de él para llevarlas a los lados de su cuerpo y así dejar caer el abrigo sobre la arena, sintiendo la brisa del mar impregnar sus brazos desnudos y el aire rozar su piel que en esos momentos no necesitaba el calor de un abrigo sino el contacto con aquel hombre que le estaba haciendo perder el sentido y el raciocinio. Él de nuevo la aprisionaba y ella creía perder hasta el equilibrio al sentirlo de nuevo como suyo pues él parecía conocer a la perfección el cuerpo de Aina, al menos, deslizaba sus suaves manos alrededor de todo su ser incluso con posesión, como si la ansiara, como si los momentos previos hubiese desaparecido. Desde luego había un por qué de lo ocurrido y desde el punto de ella era que la mera presencia de un tercero lo había desequilibrado y no solo porque esperaba estar solo en aquel lugar, como ella, sino porque ella le había le había llevado a límites insospechados, hasta el punto de tenerla pegada a su cuerpo y no encontrar las fuerzas para soltarla. Ella debía admitir que primeramente no reparó ni en su presencia pero una vez escuchó su voz, esa voz que tendría clavada para siempre, sintió como repiqueteó dentro de ella y la imaginó diciendo todo lo que ahora él callaba.

La dominaba, lo sentía y en esos momentos una mujer a la que sus más allegados denominan indomable e ingobernable se dejó hacer únicamente por él. Dejó de pensar, de razonar y se centró únicamente en saborear aquellos suculentos labios que la estaban impregnando, como si quisieran memorizar su sabor y sentir la humedad de ella muy de cerca. Aina suspiró en ellos sintiendo como la temperatura subía y el corazón palpitaba a ritmo fuerte. Volvió a atrapar su oscuro cabello, dominándolo también pues su parte más fiera y el deseo que él había despertado eran ya imparables, ella lo sabía bien. Por ello, sin importarle el lugar en el que se encontraban se abandonó a él, a sus besos y a sus caricias que la llenaban por completo.

Cuando le dio espacio y finalizó el apasionado y anhelado beso ella jadeó sin pudor alguno claramente molesta por perder su contacto. En aquel momento ansió de nuevo devorar aquellos labios o de lo contrario quizás su cabeza le jugara una mala pasada pues ella era impulsiva, si, pero desconocía de él hasta su nombre y ¿si alguien estaba esperándole en casa? Cierto era que aquel hecho no era responsabilidad de Aina, no de ella que no tenía compromiso alguno pues nunca se había interesado en los hombres considerándolos por lo general demasiado conservadores y con la mente cerrada lo cual no iba para nada con el carácter de ella, que era una mujer independiente y había sabido sobrevivir sin un acompañante sin tan si quiera albergar un resquicio de necesidad, valiéndose perfectamente por sí misma. Claro que en aquel momento ansiaba, anhelaba y su instinto pugnaba por besar aquellos labios sin ofrecer compasión ni aliento al otro. Y los ojos de él se clavaron sobre ella, la recorrieron, deseosos, expectantes. Ella se sentía en un sueño por tenerlo frente así. Si se lo hubiera dicho hacía dos horas nunca lo habría creído pero el destino así lo había deseado y ella comenzaba a creer en la predestinación de esos seres que podían parecer polos opuestos pero que sin duda se atraían, quizás entonces en demasía pues ella reconocía que la situación podía írseles de las manos con suma facilidad si no lograban parar pronto.

Pronto volvió a ella, su delirio ganaría la partida pero ella desde que la había arrastrado con él hasta esa playa había olvidado la idea de resistirse y mucho menos lo haría tras sentir en sus piernas el contacto de las manos de él que se adentraban bajo la prenda. Otro jadeo escapó de sus labios y cerró los ojos pues sabía que él la recorría con los ojos aprovechando esos minutos, esa pequeña tregua, o casi inexistente pues ella se movió rozándole, como si aquellos dedos dejaran huella al acariciarla y le quemaran, sin duda, erizaron su piel haciendo mella en todo su ser. Aina estaba absorta en aquel íntimo e inesperado contacto cuando de pronto comenzó a imaginar lo que vendría después, claro que ni aun siendo adivina lo habría descubierto pues él paró, de inmediato, bruscamente. Ahí estaba la reacción que desde un principio imaginó en él. Quizás él había podido razonar, quizás se desconcentró del beso y dejó de concentrarse en lo realmente importante que era la mujer que tenía entre sus brazos, en aquel regalo que el destino le había otorgado. Mas nunca pensó que él la abandonara así, dejándola deseosa y sintiéndose rechazada. Él había comenzado la guerra y ahora mostraba un pañuelo blanco en señal de tregua. Y todo empeoró cuando la cara de higo arrugado de él se presentó, el ceño fruncido, sus labios apretados, como si sintiera incluso rabia porque aquello hubiera sucedido. ¿Se arrepentía? ¿Era eso lo que ocurría? La inseguridad hizo mella en Aina y por un instante sus manos en su rostro la reconfortaron pero finalmente se alejó de ella que sintió de inmediato la ansiedad en su pecho. Se maldijo, “Aina, ilusa, ¿qué estás haciendo”. Él se levantó, lo vio alejarse, observar el mar. Ella no lo habría tirado del barrando pero tenía algo claro, lo arrojaría al mar, así se ahogasen y se hundieran juntos. Entonces la agarró, con fuerza y determinación y ella no articuló palabra sino que lo siguió absolutamente desconcertada. Sintió como el agua helada empapaba sus piernas, cubriendo hasta sus rodillas y comenzó a ponerse nerviosa. Pese al frío, el fuego seguía allí, no sería fácil contenerlo y también en él seguía presente el incendio que ambos habían creado pues pese a que parecía que quería separarla, de nuevo estaba junto a ella. Alejarse había supuesto una tortura, la había dañado y ahora era ella la que fruncía el ceño claramente molesta por su actitud. ¿Por qué las dudas? ¿Por qué si aquella noche podían ser suyos, solo de ellos? Desconocía el motivo, si había segundas personas o su mente estaba puesta en otro lugar pero sabía algo a ciencia cierta y era que se moría por tenerla entre sus brazos, aunque quisiera negárselo. De pronto la sostuvo de nuevo y ella sintió el fuego expandirse por su pecho, su vientre, sus piernas. Él la protegía ahora entre sus brazos y ella notaba su calor latente. Parecía que se debatía, acariciando de aquella forma delirante la espalda de ella. No habló, no hizo falta, solo apoyó su frente en la de ella y cerró sus preciosos ojos permaneciendo junto a ella aunque a los segundos los abrió y entonces se cruzó con los de ella que se clavaron penetrantemente en los de él y entonces una voz salió de ella sin haberlo tan siquiera previsto y era sutil pero proveniente de una garganta demasiado seca por las sensaciones experimentadas -¿No veis que soy vuestra, que estoy en sus manos? -perpleja por la confesión de nuevo se sorprendió hablando, humedeciéndose antes sus labios -Decidme de una vez, ¿seréis vos mio? -Las manos de ella no se quedaron quietas sino que recorrieron la espalda de él y lo atrajo hacia ella -Si volvéis a alejarme por tercera vez me iré y jamás volveréis a verme, así que vos decidís -No era una amenaza, sino que quería que se centrara, que se concentrara solo en lo verdaderamente importante y que recapitulara, que pensara en todo su encuentro cuando quizás le pidió silencio porque la voz de ella era demasiado perturbadora para él, como la suya lo era para ella. Y se quedó expectante. La decisión estaba en sus manos.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Mar 23 Jun 2020, 06:34

Deseaba hacer tantas cosas en este preciso momento, a la vez algo lo detenía como si una muralla invisible estuviera enfrente de ellos, sobrepasarla marcaría un antes y un después entre ellos ¿Quisiera eso? Algo dentro, muy dentro de sí mismo le gritaba que abandonara todo, y se dejara arrastrar por lo que su cuerpo dictaba, que no pensara, que pusiera su mente en blanco, que solo se enfocara en esta mujer cuyo nombre aun no sabía, ese pequeño detalle le tenía sin cuidado, no era una pieza importante en esto, no se fijó en ella por su nombre o si tiene título o no. Solamente son dos personas, un hombre y una mujer que se sienten atraídos por el uno al otro. Sus manos se afirmaron en su cintura cuando dejo de acariciar la espalda, quería retenerla, aun sin que ella quisiera huir, sabía que no lo haría, tampoco se lo permitiría ¿Qué dices Baltazar? Mejor huye, todo de ella te está cegando, reacciona, pero su cuerpo o la esencia que desprende de este mismo, el olor que penetra sus fosas nasales hace que gire a su alrededor, era una invitación que ella nunca ofreció, a lo prohibido, no por su parte, sin la del Zar, el, un nombre que es no está libre. Es casado. Se repetía una y mil veces para ver si con eso recapacitaba. Que lo más seguro la estuviera esperando en casa, impaciente. Viendo el gran reloj de péndulo que tienen y preguntando ¿Por qué esta tarando? ¿Qué estará haciendo? ¿Vendrá o no vendrá?

Preguntas giraban como bailarinas en pleno cabaret, riéndose de sus dilemas. Una cosa era pensar, otra muy difícil reaccionar. Su mente y su cuerpo en estos momentos no conectaban como era debido, todo lo contrario volvió acercarla, sabiendo perfectamente que ellos estaban tan cercas que ni aguja pudiera caber entre ellos. Trago saliva nuevamente, sentía que su cuerpo en poco atreve seria el suyo como si fuera un fantasma y en ese momento fuera solo uno y no por un arranque a pasional. Vaya Baltazar en que estás pensandoNo veis que soy vuestra, que estoy en sus manos” Esas palabras se clavaron como dagas en su mente y en su cuerpo soltando un leve gruñido, no bestial, sino uno de un hombre que desea poseer a su mujer, pero no lo era, era una desconocida que la verdad no comprendió como sucedió todo esto, era tan raro. Sus ojos clavados en los ajenos, esa mirada que le decía todo, que no logro evitar mover un poco su rostro hacia abajo, con la punta de su nariz rozar la de ella, dándole movimientos lentos y precisos, y sin más besar cada parpado, bajando por su lado derecho, llegando al pómulo, solo un roce, una caricia fantasmagórica.

No logró despegar su mirada del rostro de la dama, un tirón en sus labios fue lo que formo una pequeña pero sincera sonrisa, Baltazar no es persona que sonrisa, o ríe a carcajadas por cualquier cosa, su semblante es serio, mirada penetrante, y sus palabras hirientes, cortantes es suficiente para que lo juzguen mal. Pero en realidad es simplemente una persona común y corriente, que siente, que desea, y vive como todo mortal o inmortal. A decir verdad solo su madre, sus hermanas y ahora su esposa lo han visto con ese gesto, ahora sin pensarlo o poner un porque se lo está otorgando a una desconocida sin que ella lo pidiera o lo provocara. Baltazar ¿Te estas ablandado? Por primera vez, de verdad estaba tranquilo, no había necesidad de tener una disputa, tampoco la necesitaba, esta ¿Feliz?  Parecía que encontró un lugar en donde no la necesidad de decir nada, era como un refugio que descubrió sin pensarlo, las palabras seguían saliendo de la exquisita boca que probo hace un par de minutos, y que tenía unas ganas de hacerlo por ¿tercera? Vez. Negó, sin decir palabra alguna él se partencia por sí solo, ni de su esposa era. Ahora ella le dice que si será suyo quería cometer un error, no deseaba que desapareciera, que fuera arrancada de sus brazos.

Error, en decir la última palabra, que hizo que el ceño fruncido de Baltazar apareciera, apretando su quijada, y el agarre se hizo más fuerte, aprisionándola. Y nuevamente alzándose, viéndola con una mirada feroz. -¿Es una amenazaba acaso? Mujer. –No respondió a las demás preguntas fue que se sintió amenazado aunque no fuera tal forma, en estos momentos su cabeza le jugaba cualquier cosa. Su voz sonó dura, enojada, pero a la vez con gracia, no se sabía explicar. Era el temperamental del Zar. Con un brazo comenzó a nadar hacia atrás, cada vez yendo a lo profundo, como siempre nunca pensaba lo que hacía, claramente no la dejaría irse, no ahora. –Nunca hubiera dicho tales palabras. Esto merece un castigo. –Sin más, hizo que se hundieran, sus ojos permanecieron abiertos, parecía más hermosa en ese estado, su cabello, su ropa danzando por las aguas, sabía perfectamente que eso es lo mismo que el reflejaba ante ella, que no evito acercarse para capturar aquella boca, para sentirla tan suya, dándole un profundo beso, pero no dejo que fuera correspondido alejándose un poco y volviendo a superficie no eran inmortales para respirar bajo el agua o animales acuáticos, y jadeando ante aquello no sabía si era por el beso por falta de oxígeno.

Bajo sus manos, pasando por los costados de su cadera, hasta afirmarse en los muslos que hizo que se abriera y se abrazaran a su cintura. –Espero que no se enferme al día siguiente. Ya que el clima está un poco frio, hace viento, pero en estos momentos es lo que menos me importa. –Ahora él era el platicador. Zair no era amante del agua, pero esta vez deseo con todas sus ganas permanecer un poco más sin importar que su cuerpo se arrugara como tal. –Esta noche la recordaras, aunque estes con otro hombre. –Al decir aquello hizo que los brazos de ella fueran a parar a su cuello, que la abrazara, que se aferrara como si de si dependiera su vida. –Baltazar…

En ese momento fue como sus labios se abrieron para decir su nombre. Quería que supiera que el hombre que la besaba, y la deseaba era el, Baltazar Morózov.


Última edición por Baltazar Z. Morózov el Miér 01 Jul 2020, 22:33, editado 1 vez


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Mensaje por Aina Cross el Miér 24 Jun 2020, 19:49

Se encontraba ante la evidencia de que aquel hombre la atraía irremediablemente, quizás desde el primer momento en el que escuchó su voz y dejó de sentir soledad en aquel lugar inhóspito y alejado del resto de humanos que por lo general nunca se acercarían allí y menos de madrugada. Lo que nunca esperó ella fue toparse con un enigmático hombre con el que pasó de estar a solas pero sin tan si quiera hablar a estar entre sus brazos sintiendo sus pulsaciones aceleradas. Claro que lo que más le impresionaba y destacaría de él era lo enigmático que resultaba pues parecía que su cabeza no paraba de pensar aunque él no pronunciaba a penas palabras. Algo en su interior le removía, eso Aina lo tuvo claro desde un principio, pero no podía juzgarlo cuando a ella le ocurría lo mismo. En efecto, ambos habían acabado en aquel lugar ante el faro por el mismo motivo: una intranquilidad latente en su interior.

No obstante, con el paso del tiempo que estuvieron juntos y en silencio, al menos ella consiguió relajarse y dejar la mente en blanco lo cual ahora le da el tesón y la tranquilidad para dejarse llevar si esto fuese necesario pero primero él debía decidir pues parecía encontrarse ante un gran dilema. Ella, obviamente desconocía qué ocurría y prefería no imaginárselo porque si hacía sus cávalas y la conclusión la disgustaba entonces sería ella la que pusiera tierra de por medio. Por ello, le pidió que tomara una decisión: quedarse con ella o dejarla ir. Era fácil. Incluso no debía llevarle demasiado tiempo tomar dicha decisión pues claramente acababan de conocerse y tampoco conllevaría demasiadas consecuencias, salvo lo obvio, dejar escapar la oportunidad de conocerse y compartir aquellos instantes que el destino parecía haberse empeñado en regalarles. ¿Se opondría él entonces?

Mientras él parecía tomar una decisión ella lo observaba detenidamente confirmando lo evidente: aquel hombre tenía algo que la atraía en demasía, por no mencionar que ya olía a él y que en sus labios guardaba su sabor, a buen recaudo y en su memoria la sonrisa que hacía un instante se había dibujado en aquellos perfectos labios. La reacción de él si que no se la esperó pues la agarró más fuerte y se sintió en sus manos, sin posibilidad de huir claro que también podía optar por alzar la rodilla en dirección ascendente y ahí se acabaría todo, dándole tiempo suficiente para volver junto a Tristán que la esperaría en lo alto del barranco, aunque otra cuestión era como haría para llegar allí.

Sin embargo, contuvo sus ganas de golpearlo unos instantes e incluso le permitió que alzara la voz y la mirase ferozmente. Le dio un último voto de confianza pues le creía más inteligente que todo aquello, esa reacción desmedida que estaba teniendo sin duda era un arrebato y no lo que su cuerpo ansiaba hacer pues seguramente preferiría haber sido más delicado. Ella misma lo había comprobado pues al principio fue él quien exigió algo y luego él mismo rompió el trato, acercándose a ella y luego… luego era ahora y ahí estaban, el uno muy cerca del otro mirándose como si de una fiera y un gato se trataran, claramente él representando lo primero pues definitivamente era feroz, saltaba a la vista y eso era algo que estaba acabando por volver loca a Aina aunque no revelaría las ganas de devorar aquellos labios que tenía, aunque bien pensado quizás si lo hacía conseguía que desapareciera su ceño fruncido.

Cuando la palabra “castigo” salió de su boca ella alzó las cejas, dando ella por finalizada desde luego la interacción ¡por encima de su cadáver! Claro que… ¿qué tipo de castigo tenía él en mente, él que tenía la capacidad de sorprenderla cada vez más? Lo que vino a continuación le heló la sangre y le puso los pelos de punta pues de pronto él hizo que se hundieran en el mar y en ese instante en el que se vio inmersa en el océano, el corazón de ella se paralizó y los nervios se apoderaron de todo su ser. Sintió miedo, desesperación y congoja, instalándose todas esas sensaciones en su pecho irremediablemente, haciendo presión. Y ella nada pudo hacer más que mirarlo y verlo más relajado que en ningún otro momento para inmediatamente llegar a sus labios, quitándole así el poco aire que le quedaba ¡sería descerebrado! pensó pero tampoco se apartó pues ni tiempo le dio sino que los llevó de nuevo a la superficie.

Respiraba aceleradamente, no pudo reaccionar pues aún sus peores miedos se afianzaban junto a su corazón, y él entonces habló de nuevo y no solo eso sino que la tomó de los muslos colocándola alrededor de él y le hablaba del clima: maldito sujeto, pensó. Iba a bajarse de él, por supuesto que lo haría y entonces escuchó su nombre que caló hondo en ella, sin duda estaba a la altura del hombre que lo portaba. Y como si de una muñeca de trapo se tratara colocó sus brazos alrededor de su cuello y ella ante tal contacto con el cuerpo de él no pudo más que mirarle a los ojos y relajarse pues parecía que había hallado en él la calma. Aquello parecía un juego perfecto del destino que la estaba desconcertando por instantes, pues Aina había dejado de lado hacía muchos años la idea de interesarse por ningún hombre pues no se fiaba de ellos y tampoco los necesitaba para seguir adelante con su vida, claro que con lo que no contaba es con que llegaría a encontrarse atrapada por uno de ellos, como si estuviera presa de un hechizo. Su cuerpo temblaba en el agua por el miedo que había pasado, no por frío porque no lo sentía, no junto a su cuerpo que desprendía un calor que la templaba. El faro les iluminaba de cuando en vez y ella pasó de nuevo de querer matarlo a no querer desprender los ojos de aquella fija mirada suya -He deseado ahogaros con mis propias manos por lo que acabáis de hacer, no sabéis el miedo que he pasado… yo no sé nadar -frunció el ceño y posó su cabeza sobre la frente de él respirando aún entrecortadamente. Pero a quién iba a negar que en él halló su refugio... no lo haría.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Jue 02 Jul 2020, 09:01

Sus parpados se cerraron unos momentos, ni el agua, ni el viento que soplaba era un impedimento para tenerla así de cercas, su mente se volvió un caos. Indeciso por primera vez es como estaba. Aléjala, porque puedes cometer una locura, pero sus manos no dejaban de sostenerla para sí mismo, no deseaba que esas piernas se desenredan de su cuerpo, tenerla así tan cercas era como planeo estar. Apretaban cada vez más, aunque sin fuerza, sabía que debe de medirlo, sino, la lastimarían y es una cosa que, por supuesto no está en sus planes. Tampoco lo estuvo horas atrás, simplemente no espero encontrar alguien este solitario lugar. El al estar acostumbrando a estar solo en cualquier lugar que llega, sin esperar que alguien más esté junto con él. Baltazar haciendo lo que se le antoja, deshacer y hace a su antojo, sin medir consecuencias o ver a quien daña con sus actor, debería de pensar mucho más, abrir su mente, y decidir qué hará.

Sus ojos en ningún momento dejaron de verla, queria detallarla completamente hasta el último lunar, si tuviera pecas, si tuviera algo más en aquel rostro, bajando su mirada hacia su mentón, su cuello, al tenerla alzada, sus pechos resaltaban ¿Tendrá frio o es por el momento? Porque notaba claramente dos preciosidades que le gritaban, o eso creía, pero vaya, que se le antojo bajar su cabeza y apoderarse por lo mínimo de uno, y ahí, nuevamente su tirón que llegaba directamente hacia abajo, aun estando en el agua no podría evitar tener estas sensaciones, previamente pensó que sería lo mejor, que al estar en un lugar tan frio podría bajarle este calor que sentía por todo su cuerpo, se extendía en diferentes direcciones, llegando a las partes más sensibles del ser humano. Regresó nuevamente su mirada, haciendo el mismo recorrido hasta topar con los ojos ajenos, esos ojos que lo hipnotizaba, lo hechizaban, estaba cada vez más seguro que era una hechicera sin aun oler a una.

Una carcajada desde lo profundo de su pecho salió a flote, nunca se había reído de esta forma, no por la situación en que se le estaba presentando, se sentía tan libre, todo careta cayo como si el mar se lo hubiera llevado, se sentía pleno, tranquilo y cómodo con ella, para reír de esa manera era una locura. Negó con la cabeza. –Vaya madame, usted sí que desea mi muerte. –No paraba de reír, y de mostrarle una sonrisa. –Primero deseaba empujarme para que rodara por el barracón, que como le dije, no me haría nada, y mire. Caímos los dos, sé que por mi descuido, y pero no pediré perdón ni me disculpare, no soy de esas personas, así que de mi boca nunca tendrá un “perdón, discúlpeme por a vernos arrojado intencionalmente por el barranco–Alzo si ceja porque lo dijo, pero no lo dijo sinceramente, de ese modo para el Zar no contaba si no lo pronunciaba con honestidad.

¿Ahogarme? ¿Y porque el motivo? Creeré que me quiere matar, porque evidentemente yo no, porque muerta no me sirve de mucho. –Tan delicado, tan carismático como siempre que era Baltazar para tratar a una mujer. –No dejaría morir a una inocente, que su error o la suerte de a verse cruzado en mi camino. –Su mano subió hasta y con los dedos rozo su mejilla y con el pulgar acariciar aquel labio inferior que tenía unas tremendas ganas de morderlo, y succionarlo. –Esto está mal. –De un solo movimiento la alejo, queria desprenderse de ella, porque su calor lo estaba envolviendo como si se tratase de un burbuja que si llegara a entrar por completo no lograría salir hasta terminar su cometido, y eso. Es poseerla. Cuando se alejó vio que no se ahogara, porque recordó que no sabía nadar, nado hasta la orilla, sin mirar atrás pero algo lo detuvo, un impuso que se quedó a medio camino y ahí fue que la miro de reojo, mojada de pies a cabeza, como su cabellera se adraba a su cráneo o como la ropa se pegaba al cuerpo tan exquisito que podría apreciar, porque esa ropa era ligera.

Apretando sus puños, y a la misma vez su quijada, escuchando como sus dientes chocan entre ser la vuelta para regresar con ella, la toma del brazo, sin decir nada más, estaba hablando mucho, y Baltazar no era persona de que entablara mucha conversación con alguien, pero parece que sus labios se abrieran y expulsaban sus palabras, sin que ella se lo pidiera. A veces tiene un mal concepto de las personas, como fue este caso, creí que al ser mujer y pudieras conversar ella no pararía de hablar, pero realmente se equivocado, Zair era el que no paraba de hablar, se rio ante aquello llegando a la orilla, arrastrándola como si fuera una muñeca de trapo y ella, sin decir nada. Amenazas solamente y eso le gustaba.

Ambos salieron del mar. Sentía el frio calar en su cuerpo, y podía imaginar que lo mismo le pasaba a ella. Al estar alejados, la tomo de ambas brazo, al empujo, viendo como caía a la arena, no se lastimaría, debería de irse, alejarse de la tentación. Fue demasiado tarde para retractarse y huir al momento de ponerse sobre ella, sus piernas quedaron a cada lado de la cadera de la mujer, apoyando su peso en sus rodillas con ayuda de sus brazos, bajando, hasta estar tan cercas del cuerpo de la humana. –Esto no debe de pasar, no debe. –Se lo dijo a sí mismo y auto regañándose, pero no hacía nada para evitarlo, no sirvió de nada a verse metido al mar. Fracaso totalmente. –Mi única intensión de a vernos sumergido en el agua era para apagar este fue que siento por usted, porque aun no comprendo, porque está volviéndolo loco, siento deseo por usted, de probar más allá de sus labios, tocar cada parte de su cuerpo, no lo puedo deducir aun. Digamma ¿Por qué está pasando esto? –Poso sus labios en la mejilla de ella, dándole un beso, bajando, haciendo que echara la cabeza hacia atrás para apoderarse de su cuello, besarlo por completo, olvidándose de su pregunta y en todo lo que conlleva su vida, solo enfocándose en esto, en este momento que sin pensarlo se le está yendo de las manos.


Última edición por Baltazar Z. Morózov el Mar 07 Jul 2020, 06:11, editado 1 vez


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Mensaje por Aina Cross el Jue 02 Jul 2020, 22:04

Su frente estaba sobre la de él mientras respiraba esforzándose por no perder los nervios, mientras se encontraba aferrada a su cuello y sintiendo también su respiración y su aliento sobre su rostro, lo cual no hacía más que desorientarla aun más, teniendo en cuenta que él la envolvía entre sus brazos y además ella tenía sus piernas a su alrededor, mientras sus ropas se encontraban empapadas en medio del agua tibia y la inmensidad del mar.

Aina puso la mente en blanco por primera vez en mucho tiempo y se olvidó de todo, de lo que les rodeaba, de lo extraño de la situación o de la mera coincidencia y simplemente se relajó en sus brazos sintiéndose una vez más reconfortada aunque bien era cierto que de nuevo había sido él el que había provocado aquella peculiar situación. ¿Qué hacían en medio del mar? Quizás creyera que serviría para aclararse las ideas pero en el caso de Aina que cerró los ojos unos instantes y mantuvo su frente sobre la suya fue la antesala a la paz más profunda que había sentido nunca. Y fue en ese momento cuando le dio gracias a la vida por cruzarlo a él en su camino. Bien era cierto que había deseado tirarlo por el barranco pero ahora estaba entre sus brazos, quizás había acabado ahí de forma inexplicable pero algo tenía claro y era que él no la soltaba sino que la sostenía y la aferraba, como si necesitara su contacto, sentirla de él, como si fuera una parte que le faltaba, esa pieza del puzzle que había ido a encontrar aquel amanecer frente al faro.

En silencio, deseó que permaneciera así unos instantes más, pues ella se había calmado al fin y ahora solo disfrutaba de aquel contacto con aquel hombre cuyo aroma la estaba atormentando pues ansiaba ir de nuevo a sus labios, irremediablemente. Y entonces abrió los ojos y se despegó unos centímetros de él, lo suficiente para observar su rostro, intentando entonces despegarse definitivamente de sus brazos que con firmeza la arrullaban y la mantenían tan cerca. Fue en ese momento cuando se sintió caer al vacío de nuevo, en el preciso instante en el que sintió el embrujo de su mirada que había calado muy hondo en todo su ser produciendo un hormigueo en su cuerpo.

Como no mirarlo y clavar sus ojos claros sobre los suyos si lo contrario sería torturarse y llegar incluso al delirio. El mero hecho de mantener ese contacto que no suponía ningún roce adicional fue demasiado para ella que entreabrió los labios y suspiró concentrada en él, solamente en aquel hombre que no quería soltarla y decidió que aunque lo intentara no se lo permitiría pues el destino no les debía importar, sino ser ellos mismos ahora que estaban uno al lado del otro e innegablemente se anhelaban y ella… ella lo deseaba. A quién quería engañar si en los brazos ajenos había encontrado el consuelo y la fuerza para mantenerse a flote.

Una carcajada salió de él y provocó la sorpresa de Aina pues no lo esperaba, sino que le imaginaba con su rostro serio, al menos, unos instantes más. Pero allí estaba el caballero de las sorpresas cuya cara ya no le recordaba a un fruto, sino que en la misma se habían dibujado las facciones de aquel que sentía feliz, completo, hasta que abrió de nuevo la boca y ella alzó una ceja moviendo sus brazos, intentando zafarse de él para, de algún modo, lograr llegar a la orilla y poner de nuevo los pies en la tierra firme. No dijo nada, pues él le daba una de cal y una de arena, primero se la ganaba y luego la alejaba con su particular forma de dirigirse a ella que hacía que desease sumergirlo bajo el agua de nuevo. Claro, que luego él movió sus habilidosas manos de nuevo y llegó a acariciar el labio inferior de ella y se puso serio de pronto que era como ella le reconocía de nuevo. Ante sus palabras llevó una mano a su rostro, a su barba y acariciándola susurró -Esto simplemente se ha dado entre nosotros-Era cierto que no había pasado por la cabeza de ninguno pero aquello estaba ocurriendo y tenían dos opciones: perdérselo o vivir el momento y quedarse con aquel recuerdo. La decisión era fácil. Entonces Aina optó por la segunda pues ahí estaban y ella no se resistía a rozar aquellos de nuevo, por lo que fue hacia sus labios con una lentitud pasmosa, no había prisa, hasta que él de pronto tomó la decisión opuesta. Y omitió aquel beso pues él se apartó, evidentemente lo había hecho y aquello le heló de pronto la sangre haciendo que notara la humedad en su piel mucho más que antes. La decepción cobraba forma en ella, que no entendía a aquel maldito hombre que acabaría por volverla loca. Frunció los labios y se resignó. Se iría de allí en aquel preciso momento, tal y como dijo que haría si él volvía a separarse. Cuando la soltó, por suerte hizo pie en el agua aunque de puntillas y se recogió el camisón para salir de allí lo antes posible y no volver a mirar atrás, para olvidar que aquel cínico había recorrido con sus manos su cuerpo y había rozado sus labios. Sin embargo, mientras daba los primeros pasos, aun con miedo a hundirse si había algún desnivel, escuchó de nuevo el agua moverse pues él de nuevo volvía ¿a qué estaba jugando? Cuando la tomó del brazo y la arrastró con él, se dio cuenta de lo que ocurría pues no era tan patán para dejarla allí en medio del mar, no después de haberle confesado sus miedos más profundos, de haber sentido esa confianza con él.

Por supuesto, Baltazar actuaba con dominación y se podría decir que con posesión, llevándola sin preguntar y ella se zarandeó pues no lo necesitaba -¡Soltadme! -bufó ya harta de sus reacciones pues resultaba bastante más impulsivo que Aina y muy indeciso aunque en ese momento parecía que la decisión la tenía clara y era ponerla a salvo aunque la moviera como si de un juguete se tratara, lo que la enervó aun más. Lo que nunca esperó fue que tras sentir la arena bajo sus pies él la lanzara al suelo y su espalda tocara la zona arenosa de lleno, quedando allí expuesta para él. Ni tiempo a reaccionar tuvo pues se colocó sobre ella aunque seguía indeciso -Esto no va a pasar -afirmó ella y se intentó zafar de él lo cual fue en balde pues la tenía en sus manos literalmente, pocas opciones de huir tenía y ¿acaso quería? Obviamente aquel hombre la estaba trastornando, acabando con la poca energía que le quedaba. -Basta. He sido clara. Si os íbais me perderíais. Vos habeís decidido vuestro destino -lo dijo con firmeza y decidida a irse de allí, claro, hasta que él habló con más sinceridad que nunca y con la voz ronca y más grave en consecuencia y ahora la que quedó sin habla fue Aina que no dijo nada pues él de pronto comenzó a besar su piel provocándole que se retorciera bajo él levemente. La presencia de él sobre su piel hacía que se calmara cual bestia, fue instantáneo e inmediato: él la poseyó aun sin darse cuenta y Aina no opuso más resistencia pues parecía que fuera víctima de un amarre de amor, de un hechizo que la orillaba hacia el cuerpo de él cuyos brazos se negaban a abandonarla pero entonces ella cogió su rostro con ambas manos y lo atrajo hacia ella -Siento como fuego su respiración -dijo mirándole a aquellos ojos, observando luego aquel lunar y por último aquellos labios rodeados de la espesa barba. Sin más dilación llevó sus labios a los de él y los rozó con sutileza, poniéndose a prueba hasta ella misma que había prometido irse pero que no podía, que no quería. Así que se permitió sentir aquello y, en definitiva, vivir. Con posesión, sin indulgencia y con pasión llevó sus labios a los de él e introdujo su lengua en su boca queriendo saborearlo por completo, intentando transmitirle un poco de dulzura, quizás queriendo que fuera menos amargo pero a sabiendas de que aquel corazón estaba enjaulado.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Mar 07 Jul 2020, 06:53

Las oportunidades de poder escapar, de huir, de alejarse de ella fueron desaprovechadas, imaginándose que el mar se las llevaba, hundiéndose y quedándose en las profundidades del océano. Por ello puede que no fuera la idea perfecta en adentrarse al mar, para poder sosegar tanto su cuerpo como su mente, los auto regaños que el mismo se daban al darse cuento que era la visto verse a solas, con una mujer que no era su esposa, porque Baltazar parece que se ha olvidado del pequeño detalle; es un hombre casado, y la fémina que está en sus brazos se notaba que era una aristocrática, su forma de hablar, si piel tan delicada, tan cuidada todo de ella gritaba que vivía en una cuna de oro, y él, profanándola con sus actos, sus besos, sus caricias. Hubiera corrido al momento de salir del mar, el camino estaba despejado para ambos, no tenía obstáculos, tomando caminos diferentes, sin voltearse a ver, está noche la recordarían como un encuentro misterioso, unos cuantos besos robados, caricias dadas, sin llegar más allá. Si algún día se rencontrarían, se mirarían, sonreirían levemente, como dos críos que hicieron una travesura juntos, fueran buenos conocidos, pudiendo a llegar a una amistad linda, y sincera.

Desde el interior de su pecho comenzó a surgir un gorgoreo, nada bueno a decir verdad al solo pensar que ellos serían “simples amigos” saliendo un gruñido fuerte, como de una animal que detesta que toquen lo que suyo. Porque para Baltazar sería difícil verla de otra manera, sus retinas la miraban como mujer para poseer, para que fuera completamente suya. Aunque sabe que nunca lo será, pero en su mente, desde el momento que la beso, lo fue, lo es, y lo será, pero eso ella no tendría que saberlo, quedaría en lo más recóndito de su mente. Zair, debes de respetarla, es una dama, no una mujer que puedes hacer y deshacer a tu antojo, debes de ser el caballero que tiene dentro, detente, no cometas una barbaridad. Nuevamente, como se estaba siendo costumbre en este corto momento, su conciencia resucito ¡No! ella no se ira de aquí sin algo de mí. El mismo se respondía, era absurdo lo que estaba pasando en la cabeza del Zar.

No le apetecía que ella se fuera de sus manos, no ahora, determino que al ver el primer rayo del astro rey, sería suya, y por ende, él sería de ella. Ya no importaba nada más que estar cercas de la humana, su cuerpo no reaccionaba, era necesario que le dieran unas buenas bofetadas para ver si de ese modo entra en razón, y la única persona que pudiera hacerlo esta debajo suyo, sin las intenciones de alejarse o de que el ruso lo hiciera, al contrario, lo acercaba a su cuerpo sin pensarlo, se entregaba hacia él, erizándose ante los suspiros, que termino cerrando sus ojos, gravándose cada sonido que emitía su voz, su lengua deseaba memorizar el sabor, la piel que era tan deliciosa.

Ni la soltaría, ni la dejaría irse, aparte, su cuerpo se alza hacia el suyo, como pidiendo a gritos que sus manos pasen por todo su cuerpo, para adentrarse en lo más oscuro de su vestimenta, porque sabía que encontraría el tesoro perfecto, lo abriría solamente para él. Lo hurtaría, y no se lo regresaría jamás. Su boca se abría sobre el cuello de la mujer, donde su lengua le daba tregua alguna, marcando como suyo cada porción de este mismo y justo cuando iba hincar los dientes en esa piel, marca finalmente marcara como suyo, fue tomando improvisadamente su rostro, sin darse cuenta de los movimientos que hizo, alzándolo para verle, sus ojos se volvieron a encontrar. Escuchándola, su voz era como un canto, como un rezo para sus oídos, que lo hipnotizaban, estaba a su merced en este instante. Nunca creyó que esto pasaría, que una mujer lo sedujera nada más por ser ella, por su presencia, su aroma y porque no, su intrepidez.

Si usted siente eso solamente por mi respiración, imagínese yo, que su cuerpo para mí es un pecado. Es estar en el paraíso, que si la tuviera, partiría directamente hacia el infierno. Aunque gustosamente llegaría, impregnado de su olor, no me arrepentiría por tenerla, por hacerle mía. –Hablo con tanta sinceridad, aspirando hondo, algo más que su esencia le llego, algo que lo movió loco, que recorrió su cuerpo y llego directamente a su virilidad, que se removió dentro de su pantalón, soltando un gruñido, pero esta vez fue uno muy diferente, como un jadeo, haciendo que pasara saliva ante el acto. Sus labios se abrieron para ella, solamente para ella, cerrando sus ojos, recibiéndola con tanta ansiedad, la suya, haciendo acto de presencia. Aceptándola, delineándola con la punta, haciendo que retrocediera y fuera la boca contraria en donde se liberaría una batalla tan placentera, que de solo besarla sintiera un cosquilleo en su vientre, fuera hacia abajo, y se instalara en la unión de sus piernas.

No quiso esperar mucho tiempo para averiguarlo. Con una mordida, y la succión del labio inferior fue como se alejó. Arrodilla sobre la arena, fue como mano brío las piernas de la azabache, que las flexiono, se acercó, besándolas, sintiendo aun el agua salada en sus labios, acariciándolas con sus manos, sus pantorrillas hasta llegar a las rodillas femeninas, sonriendo ante ello, enderezándose. Viéndole recostada, y con ese rostro que mostraba cuan deseoso esta por él, seguramente se miraba de la misma manera. –Usted pudo escapar de mi agarre, pero es demasiado tarde para a ello. Ahora no tendré consideración alguna. –En lo poco que le queda de lucidez, aún no sabe su nombre, aunque tampoco es importante en estos momentos, lo que importaba es que ella supiera el suyo, y gimiera para él, lo llamara claro que lo hará, quería escucharla decirlo. Apretando su agarre fue como abrió las piernas de la humana, completamente finalmente estaba expuesta hacia él, y por el acto su camisón, esa vestimenta tan reveladora ¿Siempre estuvo a la vista esa ropa? ¿O traía algo más? No recordaba, aunque no le interesaba en esto momentos pronto desapareciera o se lo arrancaría, lo opción más fácil haría. Se inclinó, y lo último que ella pudo visualizar antes de perderse en sus piernas, fue como su lengua salía a flote, para darle el primer toque, en su zona más íntima, ese tesoro que Baltazar está descubriendo. En efecto. Tan húmeda y tan caliente la siente, lo volvió loco, devorando todo a su paso, aun sobre la ropa, mordidas, succione, es lo que le daba, quería escuchar esos sonidos tan excitantes para el Zar.  


Última edición por Baltazar Z. Morózov el Vie 10 Jul 2020, 12:40, editado 1 vez


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Mensaje por Aina Cross el Vie 10 Jul 2020, 08:08

Olvidó hasta el respirar solo por tenerlo encima de ella. Aquella sensación de rozar sus labios no hizo más que debilitarla ante él pero ¿qué podía hacer? Si ansiaba el roce de esos jugosos labios que ya habían sido suyos antes. No podía alejarlo y es que ¿acaso quería? Sabía sencillamente que quería aquello, su contacto y sentir el peso de él sobre su cuerpo pues la posesión que él  ejercía la había envuelto por completo y solo la hacía sentir segura. Había conseguido apartar sus miedos de una vez tan solo al pasar esos últimos minutos a su lado, en sus manos. Como un regalo, el destino había colocado a aquel misterioso hombre en su camino, ese ser que estaba sobre ella y al que simplemente le quiso regalar una sonrisa allí a la luz de la luna. Y eso hizo Aina que aun en silencio se sentía protegida por él, a sabiendas de que se llevaría esos recuerdos con ella para siempre y que de aquella velada juntos saldría una mujer más fuerte. Le sonrió y le miró fijamente mientras colocaba un mechón de su pelo. Posteriormente suspiró y borró su sonrisa pues él le provocaba mil sensaciones a la vez tan solo con observarla y no digamos cuáles por aquel roce tan directo que estaban teniendo, el de ambos cuerpos perfectamente ensamblados. Así fue como ella se olvidó de todo, de lo que les rodeaba y se centró únicamente en esos iris que le decían mucho más que los labios de él que ahora permanecían sellados.

¿Huir, escapar? En efecto fueron ideas que pasaron por su cabeza durante unos instantes, segundos en los que el enfado pudo más que el deseo o la necesidad de orillarse a él, a aquel hombre que pese a mostrarse como el ser más testarudo permanecía allí, incapaz de irse de su lado, pues en el fondo y aunque parecía negárselo deseaba yacer en aquella arena de la playa junto a ella y así perderse, pero juntos. Así como estaban difícilmente había vuelta atrás, excepto si Baltazar decidía optar por la vía fácil y escabullirse de nuevo. Era realmente impresionante para ella las múltiples ocasiones en las que había intentado alejarse de ella, sin más y desaparecer. Desde luego habría una razón pero había sido mucho más fuerte y había pesado más el motivo por el cual se había quedado allí. Unió su nariz a la de él y cerró los ojos. Había algo que ella no había confesado y no debía demorar por más tiempo pues anhelaba una cosa desde que lo había visto por primera vez y más ahora que la cercanía lo permitía y eso era escuchar su nombre pero salido de sus labios -Tenéis ante vos a la señorita Cross -abrió los ojos para mirar los suyos, así, estando quizás demasiados juntos y sin duda inhalando ella el varonil aroma de él mezclado con el olor del mar -Aina -clavó sus ojos en los suyos. Claramente había señalado “señorita” para dejarle claro que por su parte no había terceras personas. A ella en esos momentos le daba igual que él tuviera un regimiento de hijos en casa esperando y diez esposas. Aquello carecía de importancia por una sencilla razón: él la había elegido a ella. Con independencia de sus posibles ataduras u obligaciones, él en aquella noche en la que claramente había ido allí para olvidar o para reflexionar, se había encontrado con una mujer de la que finalmente no había logrado escapar pese a las múltiples barreras. De hecho, si hubiera sido capaz la decepción se habría apoderado de ella.

El sol comenzaba a surgir aquel amanecer en el que dos desconocidos se aferraban sin descanso, sin poder evitarlo pues ninguno deseaba lo contrario aunque sus mentes parecían haberlo intentado pero ¿qué podían hacer si se atraían cual imanes? Pues nada, orillarse el uno al otro y permanecer allí unidos ante la atenta mirada del sol naciente. La calidez que los primeros rayos la reconfortó y olvidó la humedad y el frío que comenzaba a sentir. Sus mejillas se tiñeron de rojo de inmediato tan solo por saberlo cerca, encima de ella además de que él desprendía un calor fuera de lo común y aquello la hizo sentirse en su hogar. Parecía que él pidiera a gritos aun en silencio tenerla allí para él, solo para él. Veía en sus ojos el sentimiento de posesión que por algún motivo se había creado en él y cuando escuchó su rasgada voz claramente proveniente de un hombre excitado llevó sus labios a la oreja de él y la acarició, pasándolos por el lóbulo que luego atrapó suavemente mientras cerraba los ojos y escuchaba que para él era un pecado, un paraíso -¿Y por qué no partimos juntos hacia el cielo? -susurró en su oído para después acomodar sus manos en su rostro y mirarlo fijamente -Sus palabras han llegado a este pobre corazón y lo han llenado de vida -confesó perdiéndose en su aroma una vez más -Hacéis que desee besaros hasta desgastar mis labios -lamió su labio superior y fijó la vista en los labios de él que permanecían ahí, al alcance de los suyos.

No sabía cuánto tiempo esperarían para dar un paso más pero sabía que prisa no tenía. Solo sentía que se moría por abrazarlo y que él a cambio la abrazara muy fuerte, ahí, mientras estaba acomodada en su pecho hasta que el sol apareciera. Y después, perderse en él, librando cualquier batalla que se interpusiera entre ellos, mientras de los labios de él surgen las palabras que provocan fuego en su interior, que la envuelven y la abrasan con aquel calor inminente. ¿Es que acaso estaba loca? No. Sabía que no, sino que se había cruzado con alguien que no le permitía razonar pero es que ¿no había pensado ya demasiado toda su vida? Quizás era el momento de mandarlo todo al carajo, aunque fuera solo durante el tiempo que durase ese amanecer en aquel faro.

Un gruñido de él la trajo de vuelta, lo cual le demostró otra vez que el placer era mutuo, no había estado en su imaginación ni era cuestión de un arrebato. Sin duda, una conexión inexplicable había surgido entre ellos y le parecía que iba más allá de la simple atracción. Y es que él no le daba tregua pues sin pensarlo dos veces atrapó el labio inferior de ella cumpliendo con aquel todas sus fantasías en el acto. Ella, que se encontraba anhelante tanto de él como de su cuerpo, solo jadeó ante aquello, sin poder evitarlo y sin desear hacerlo. No habría secretos y todo pasaría naturalmente. No se resistiría y mucho menos escaparía pues si el destino lo había puesto en su camino era porque tenía planes para ellos, al menos, durante esos momentos en aquella playa los tenía. Evitó la risa cuando mencionó que no sería considerado porque lo estaba siendo, en todo momento. De hecho, con su cara de higo arrugado y todo había conseguido excitarla, algo que Aina rara vez reconocía y en extrañas ocasiones experimentaba pues los hombres con los que solía mezclarse despertaban en ella muchas cosas pero no aquel cosquilleo que se había instalado en su zona íntima. Él, de pronto se escabulló y ella temió de nuevo que se alejara. Si lo hacía, bien sabía dios que ella se iría y nunca más regresaría; eso lo tenía claro. Pero no, aquel misterioso caballero se había colocado entre sus piernas atrapando ahora sus labios inferiores y haciendo que ella se retorciera por la sorpresa y la excitación cual culebra -Baltazar -susurró su nombre con su voz melosa, una que incluso desconocía, ¿de dónde había salido? Pero no le importó, no se contuvo solo gimió al sentirlo entre sus piernas, descubriendo su centro de deseó y entonces deseó que no tuviera consideración alguna y la hiciera suya en medio de aquella playa, que la hiciera suya hasta que se cansara.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Vie 10 Jul 2020, 14:56

El tiempo seguía su recorrido como era habitual, para las dos personas que se encontraban tan sumergidos en su burbuja en donde nadie podría entrar, era como si estuviera sellada por algo poderoso, que solamente ambos estaban, no se daban cuenta de lo que ocurría a su alrededor aunque tampoco importaba mucho en estos momentos. Si alguien intentara acercarse o simplemente revolotear en su entorno Baltazar gruñiría como el animal que es, porque es un hombre sumamente celoso y sobre todo posesivo con lo que el “según” cree que es suyo, porque sí, desde el primero momento que la probo, la marco sin necesidad de tener alguna evidencia de por medio. La única manera que hizo fue impregnar su olor en todo el cuerpo de la mujer.  La humana es suya y punto. Queriendo mentalizarse que no importaba si fuera solo una vez, una noche porque sabía que esté momento para ambas partes nunca se olvidaría, si se tocaran su labios, su cuerpo, sentirían las manos ajenas, porque ese el cometido del Lycan, que tan solo ella cerrara los ojos, viviera el momento y se removiera en su lugar al sentir la humedad que aparecerá en su zona intima, y sentir ese deseo que recorriendo su cuerpo por volverlo a tener entre sus piernas. Eso sería el pecado de no huir de él.

Ambos se habían dado la oportunidad de irse, de escapar de este vórtice que los arrastraba, eligieron entrar juntos y ahora están enredados al uno al otro. Se notaba que no deseaban alejarse porque no había forcejeos, empujones, al contrario, se aferraban como podían, sin saber nada del uno al otro comenzaron esta travesía, en su destino estaba escrito y predestinados a estar en este lugar, hasta la hora si puede decir y eso nadie puede contradecir y por ello fue que cayeron del barranco, jugarretas de la vida. Para un solo cometido. Su mente decía que hiciera algo con esa ropa interior que perdía el a atractivo de una mujer, para el Zar era un desperdicio, de verdad, hubiera preferido que no tuviera nada puesto aunque, de todos modos no duraría mucho tiempo sobre su cuerpo, pero justo en ese momento detuvo cualquier pensamiento, cualquier acción ante el gemido que Aina arrojo desde lo más profundo de su garganta.  

A decir verdad fue un sonido que su cerebro no registro, que al parecer nunca había escuchado que tuvo que cerrar sus parpados porque nuevamente ese mismo tirón que sintió hace poco regreso pero con más intensidad que fue directamente hacia su virilidad que con ello logró despertarlo por completo, ponerlo duro, que pensó que tenía que tocarte para aliviar un poco la agonía que comenzó a sentir al tenerlo confiscado en su pantalón, pero negó aun estando en la misma posición, viendo directamente el sexo de ella, pero tuvo que cerrar los ojos para poder pensar con la cabeza de arriba y no la de abajo. ¡Esa ropa debe de desaparecer inmediatamente! Soltó el aire que no sabía que tenía retenido en sus pulmones, aun con sus manos apoyadas en las rodillas ajenas, se levantó un poco, alejándose del centro de calor, pero regresara, no tarda mucho. Su mirada se deslizo por el vientre, sus pechos su cuello hasta llegar a su rostro, lamiendo sus labios por muchas razones, una al verla en ese estado y segunda por probar un poco de la esencia que obtuvo al estar en su centro.

Aina. –Su nombre salió sin más, era el nombre que fue dicho, le gustaba era sencillo, y sobre todo único, nunca lo había escuchado, le gustaba y era pocas cosas que le llamaban la atención al Zar de Rusia. Hasta él mismo se sorprendía. Pero no pensara en esas cosas en este momento. Sus manos se pasaron por los muslos de ella, despacio, rozando sus dedos y palmas al mismo tiempo, apretando delicadamente. –Espero que no le moleste por lo haré. – Alargo sus labios, formando una sonrisa y mostrando sus dientes. Callo, sus accione iban a decir todo, Sus manos llegaron a su destino y procedieron en hacer lo que su mente demandó. Con su fuerza que tiene tanto por ser hombre y ser bestia al mismo tiempo tomo la ropa interior y la rasgo sin más, liberándola, lo único que se escuchó en esa solitaria playa que estaba a una distancia de aquel faro que su luz desapareció al verse amenazando por los pocos rayos del astro rey, que apenas estaba queriendo aparecer, fue como ha sido rota la prenda, el enemigo, así era Baltazar, bruto y salvaje a la misma vez, es impaciente y más si se trataba de este instante que tanto deseaba. –No pediré perdón por lo que hice. –Demandó, acercándose más, al tenerla abierta, así, dispuesta, viendo toda de ella, su respiración se agito, tenía que tener el control, un poco más, verla desnuda es lo que quiere, delante de sus ojos examinarla desde su frente hasta la punta de los pies.

La tomo de la cintura, para sentarla y por ultimo ponerla sobre él. Él se acomodó con tanta facilidad en la arena, hizo que se pusieron ahorcadas, con sus piernas a cada lado de su cintura, la bajo e hizo que sintiera su dureza, que estaba así por ella, y para ella, mientras él le quitaba el camisón,  que dejo caer la prenda innecesaria, sus ojos no perdieron tiempo en recorrerla, como pensó que sería la trayectoria, comenzó por su rostro, bajando por su cuello, llegando a los perfectos pechos que son adornados por un par de pezones que pronto serán suyos, la abrazo por la cintura juntándola completamente hacia él,  y moviéndola lentamente sobre él, para que ambos zonas se rozaran, Baltazar gruño levemente, cerrando sus ojos, la sensación calma un poco el sufrimiento. Llevando sus manos hacia abajo, tomando ambos glúteos para aumentar la acción, no aguantaría mucho en este aspecto, necesitaba estar dentro de ella, una desesperación le invadió en todo su cuerpo, que lo único que hizo fue ir hacia el cuello de Aina; sus labios repartieron besos por aquí y por allá, su lengua queriendo saborearlo y sus dientes deseoso de perforar la piel, marcarla sin importar nada.

Aina es suya, en este lugar. Deseando que cada vez que pasara por aquí, recordara como se entregó, como ambos lo hicieron, olvidándose de todo. De su pasado, de su presente y de su futuro. Como fue su mujer.


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