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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Aina Cross el Sáb Abr 25, 2020 11:00 am

ADVERTENCIA
Este tema presenta contenido +18. Si se desea leer, será bajo su responsabilidad; las partes involucradas manifiestan pleno consentimiento sobre los temas aquí tratados y reconocen que este contenido se rige en el marco exclusivo de la ficción.



Aina se encontraba en su mansión situada a las afueras de París mirándose en el espejo de su tocador. Hacía unos días que había vuelto de Inglaterra, tenía que concienciarse en pasar más tiempo en esta ciudad, su trabajo y la empresa lo requerían.

LLevaba toda la semana trabajando sin parar pues había una actuación importante en la Ópera y la alta sociedad asistiría, ¡cómo no! Así que, por suerte para Industrias Cross había muchas mujeres que vestirían un traje de la última colección. Y las que no, podrían enamorarse de uno de los modelos y ser posibles clientas... Sin duda esta era Aina y su mentalidad empresarial.

Desde luego no era mujer común: era fuerte, independiente, trabajadora, con mucho carácter y libre, sin ataduras, por lo que podía viajar por trabajo o placer siempre que lo deseara. Era una de las ventajas de llevar las riendas de una empresa así, que siempre podía viajar para conocer otras culturas e inspirarse.

Continuaba con sus pensamientos mientras acababa de darse rubor en las mejillas. Resulta que una clienta le había regalado entradas para la Ópera y Aina, una mujer decidida, pensó en que no estaría mal asistir, eso si, no invitó a ningún hombre aquella noche sino que decidió asistir sola pues sería divertido y podría observar a las mujeres que no habían elegido a Industrias Cross para vestirse, pero también a los hombres, puesto que tenía una idea entre manos.

Observó la hora que era y cerró la agenda donde guardaba todas sus ideas. Era muy tarde.

Se vistió con un vestido negro largo hasta los pies, de tirantes, se puso unos zapatos italianos negros de tacón y los pendientes de rubí de su madre. Finalmente se pintó los labios de rojo... sin duda... Aina era atrevida y ya estaba lista. Cogió sus guantes largos, el abrigo negro y se encaminó hacia el carruaje que la estaba esperando.

Pasados unos minutos, en los que fue haciendo anotaciones en su agenda, ya estaba delante de la Ópera. Ese edificio era espectacular y pudo ver como muchas parejas entraban cogidas de la mano. Bajó del carruaje y se dirigió hacia el precioso edificio que tenía ante sí.

Todo allí era lujo, elegancia y parejas. ¡Vaya! Lo extraño era que ella estuviera allí sola, pero así era Aina y, sin lugar a dudas, eso no ensombrecería su noche. Dejó su abrigo en el guardarropa y tras dar unos francos al caballero que acababa de ayudarla a quitárselo y lo había guardado, se alisó el vestido mientras se disponía a caminar hacia la sala hasta que ... se tropezó con alguien. No se consideraba una mujer patosa, sin embargo, en ese momento iba mirando hacia otro lado, así que había sido culpa suya.

Rápidamente se dispuso a comprobar de quién se trataba pero no lograba verle la cara aunque, sin duda, se trataba de un caballero.

-¡Discúlpeme, por favor! -Dijo Aina mientras agarraba al caballero del brazo, intentando sostenerlo para que no cayera por el golpe que se habían dado.


Última edición por Aina Cross el Mar Jul 14, 2020 4:43 am, editado 1 vez
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Mensaje por Axe Jenssen el Sáb Mayo 09, 2020 5:22 pm

Observaba con atención desde la comodidad de mi biblioteca como las luces de la ciudad iban prendiéndose poco a poco conforme la oscuridad de la noche iba cerniéndose sobre París. La mansión que había arrendado y en la que habitaría durante mi estancia en la capital francesa estaba dotada de unas impresionantes vistas hacia la Catedral de Notre Dame y parte del centro de la ciudad. Lo cierto es que desde que llegué a mi destino me había gustado el lugar mucho más de lo que esperé en un principio, y empezaba a plantearme que tal vez mi estancia allí podría alargarse durante tiempo indefinido aunque llevase a cabo mi misión con prontitud.

Unos golpes en la puerta de madera noble me sacaron del ensimismamiento en el que me encontraba mientras observaba a los habitantes de la urbe saliendo del trabajo para dirigirse con premura a sus hogares donde seguramente les estaría esperando su dócil esposa. Me giré en dirección a la puerta justo en el momento en que una de las doncellas que había contratado como servicio entró en la estancia.- Mi señor, tiene el traje que deseaba ponerse esta noche preparado en su alcoba. EL cochero no tardará en llegar para llevarle a la Ópera .- pronunció mostrando un respeto aceptable antes de retirarse de nuevo tras mi asentimiento. Apenas conocía a nadie de clase alta de la ciudad, razón por la cual pensé que asistir aquella noche a dicho evento podría ayudarme a entablar amistad con figuras notables que me pudiesen resultar útiles en la búsqueda de mi padre.

Dejé el vaso de coñac que portaba en la mano, y cuyo líquido había estado saboreando durante la última hora, sobre una de las mesitas de la biblioteca situada entre dos cómodos sillones de piel que invitaban a la lectura. Desde que había llegado a esa casa encontraba aquella estancia como un pequeño refugio donde podía descansar y relajarme tras un largo día de búsqueda infructuosa. De alguna forma mis padres habían conseguido borrar su huella mágica, y me estaba resultando más complicado de lo que pensaba seguir sus pasos.

Tras asearme a conciencia y vestirme con un esmoquin negro de gala confeccionado para la ocasión, comencé a descender las escaleras justo en el momento en que el timbre de la puerta repiqueteó con la llegada del cochero. El trayecto hasta la Ópera me resultó bastante ameno mientras me dejaba enamorar por aquella ciudad que me seguía sorprendiendo cada día que pasaba; y antes de que pudiese darme cuenta, me encontré en el Hall del local con una copa de champagne en mano y hablando de trivialidades con varios empresarios conocidos de París.

Entre risas y el humo de varios puros encendidos fueron pasando los minutos anteriores a la representación mientras la amistad con varios caballeros comenzaba a emerger. Mi introducción en la alta sociedad estaba siendo más fácil de lo que pensé y todo parecía ir fluyendo a las mil maravillas justo cuando alguien tropezó contra mí a mis espaldas y estuve a punto de derramar el champagne de mi copa. Con calma para no parecer ansioso tratando de controlar mi ira, me giré con el ceño fruncido para descubrir quien me había propinado tal empujón, cuando sentí una pequeña mano sujetando mi brazo para protegerme de la caída. ¿Es que acaso no había visto mi tamaño? Parecía ser que no. Y fue entonces, después de sentir su tacto, cuando escuché su angelical voz como un canto de sirena.

-No tiene por qué disculparse, no ha sido nada.- apunté cuando finalmente nuestras miradas se cruzaron y descubrí frente a mí a la mujer más hermosa que había visto en mi vida.- ¿Usted está bien? ¿No ha sufrido ningún daño?- pregunté sintiéndome realmente preocupado al pensar que tal frágil ser se había topado con mi espalda. Desde luego que iba a alargar mi estancia en París, aunque solo fuese por volverla a ver.Le tendí mi brazo con la intención de acercarla hasta la barra para conseguir un poco de intimidad, mientras buscaba con disimulo al hombre que probablemente la habría acompañado y estaría al acecho si yo trataba de tomarme demasiadas libertades.- ¿Me aceptaría una copa en una zona más tranquila?


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Mensaje por Aina Cross el Dom Mayo 10, 2020 8:51 am

Mantenía la mano sobre el brazo del caballero contra el que, en un descuido mientras caminaba alisándose el vestido, había finalmente chocado.

Cuando él aun no se había dado la vuelta Aina le observó, era alto, más alto que ella y eso que llevaba tacones. Tenía la espalda ancha y, por lo que notaba bajo la mano con la que lo sujetaba su cuerpo, era fornido y cuidado.

Además, hubo otra cosa que llamó la atención de Aina y era que aquel aun misterioso hombre portaba un largo cabello color azabache que en aquel momento cubría su cara por lo que ella aun no podía conocer su identidad, además de por su postura pues se encontraba de espaldas a ella.

Aprovechó esos instantes para observar el exquisito esmoquin negro que estaba claramente hecho a la medida de su cuerpo y cuya suave tela tenía bajo su mano. Por lo tanto, concluyó que se trataba de un caballero elegante y distinguido… y aun desconocido para ella. Era una apreciación que Aina, por su profesión y su pasión por la moda, no podía pasar por alto en aquel reconocimiento previo que estaba teniendo oportunidad de hacerle.

Sintió como el humo de los puros entraba por sus filas nasales y la verdad, era un olor que no le molestaba y al que estaba bastante acostumbrada, pues continuamente acudía a reuniones en las que no faltaba ni el tabaco ni el alcohol. De hecho, podría afirmar que este último era el motivo por el cual muchos se habían decantado por llegar a acuerdos quizás no tan ventajosos. Y, para que negarlo, si ella misma había conseguido muchos de ellos haciendo uso de ese truco.

Aina volvió de sus pensamientos y alzó su mirada que por el momento estaba depositada en su esmoquin para volverla hacia su cabello y por fin escuchó la voz salida de los labios de aquel hombre que se estaba dirigiendo a ella en ese momento. No pudo obviar el tono de la misma pues era varonil, intenso, sin duda pertenecía a un hombre serio, de habla pausada y añadiría que grave y con un acento que ella no logró descifrar.

Cuando finalmente se volvió hacia ella quedó petrificada, como si la profunda mirada proveniente de esos ojos la hubiera paralizado por completo y Aina, para no perder el equilibrio por las sensaciones que le había provocado ese primer contacto, le apretó el brazo e intentó recomponerse. -Yo estoy bien, sí-Logró responder haciendo un esfuerzo por concentrarse mientras continuaba con sus iris azules sobre los ojos castaños de él. No pudo evitar estudiar su rostro que era de un hombre aparentemente de gesto serio, delatándole su ceño fruncido, aunque también podría ser por que le hubiera molestado su torpeza, lo cual era perfectamente posible, dado que había interrumpido su conversación y además podría haberle tirado la copa de champagne que sostenía sobre aquel esmoquin, arruinándole seguramente la velada. Agradeció que no hubiera sido así, pues no se lo habría perdonado y entonces reparó en que era un hombre de aspecto muy cuidado, con la barba perfectamente arreglada y la tez morena.

En ese instante, él le tendió su brazo y antes de que ella reaccionara creyó verlo mirar alrededor y dudó un instante ¿comprobaba si Aina llevaba acompañante o esperaba a una dama y no quería que lo encontrara en esa situación? Aina, intentando borrar de su mente la segunda opción, tendió la mano cogiendo su brazo y asintió. -Por supuesto -le sonrió entonces abiertamente aunque ciertamente se sentía intimidada por él por razones evidentes: era bastante más alto que ella, con cierto aire adusto y tenía los ojos clavados en los suyos.-Acepto su amable proposición aun siendo consciente de que debería ser yo quien le invite, para que olvide mi torpeza. -Dijo mientras caminaba de su brazo para llegar a la barra. Ciertamente deseaba beber algo pues notaba sus labios secos tras el encuentro y entonces de soslayo miró el chocolate que había sobre unos cuencos en la barra, pues le encantaba, pero no era el momento. Pronto volvió a mirarlo a él, intentando disimular de todas las formas posibles lo que él le provocaba, por dentro se sentía muy nerviosa y eso que solo tenía su mano sobre su brazo, de hecho, tan si quiera había rozado su piel pero deseó hacerlo por lo que le tendió la mano con la esperanza de que pudiera conseguir que rozara con sus labios su piel, con eso se conformaba, pues Aina debía admitir con seguridad que se encontraba ante el hombre más atractivo con el que se había topado nunca. -Soy la señorita Aina Cross. Un placer haber tropezado con usted - sonrió abiertamente esperando que hubiera apreciado que había indicado “señorita” a propósito, claro está, dejando clara su soltería. Ahora solo faltaba saber quién acompañaba al hombre enigmático a la ópera o qué le había llevado allí, lo cual, casi con toda probabilidad supondría una decepción para ella pues esperaba que en cualquier momento les interrumpiera la que imaginaba como la espectacular acompañante de él.


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Mensaje por Axe Jenssen el Jue Mayo 21, 2020 1:22 pm

El incesante murmullo de voces del resto de invitados embargaban  cada centímetro de aquel gran hall, donde los gruñidos de hombres y mujeres se confundían entre sí, siendo imposible sacar una conversación  en claro de todo aquello. Todo eran frases livianas y fruto de la cortesía más que una conversación interesante o normal, por lo que opté desentenderme de éstos y centrarme en la deslumbrante dama que había osado empujarme; reí para mí unos segundos por lo inverosímil de la situación, sabiendo que solo había sido un fortuito tropiezo. En aquellos momentos no había nada más que clamase mi atención como ella. La conversación con aquellas morsas moribundas fumadoras de puros había sido bastante trivial, y podría retomarla en cualquier momento en el club para hombres durante la noche siguiente.  

Pero ella…ella era digna de toda mi atención.  Mi mirada continuaba perdida en esos preciosos ojos claros, que parecían mostrarse en  cierto modo desconcertados, tal vez porque la situación en la que nuestros caminos se habían cruzado  había sido un tanto peculiar. La rabia que se había posado en el centro de mi pecho cuando me sentí empujado y había estado preparada para lanzarse sobre el cretino que se había atrevido a tocarme,  se esfumó por completo cuando aquellos preciosos rasgos angelicales aparecieron místicamente frente a mí, y todo mi mundo cayó al suelo con su hermosa mirada.  Podía sentir el nerviosismo en ella, aunque no sabía si podía deberse a que en realidad se había lastimado al toparse con mi espalda, o era más bien la vergüenza del hecho en sí. No debía estar nerviosa, no había pasado nada, y las mujeres acostumbraban a dar algún que otro traspiés por la incomodidad de esos zapatos de tacón que tanto les gustaba ponerse. Siendo sincero, me agradaba la idea de que hubiese tropezado conmigo. Y la ingenuidad de sus palabras me estaba volviendo loco, me estaba descolocando por momentos. Aina no parecía una  doncella común; ella era mucho más que eso y tenía pensamiento descubrirlo esa noche.

-Tomémonos entonces esa copa, seguro que le calma los nervios antes de entrar en la sala a disfrutar de la ópera. Me han dicho que quien entra en esa sala, sale siendo otra persona. – apunté caballerosamente guiándola de mi brazo hasta una barra cercana donde vi un asiento disponible.- Tome asiento, por favor. Esperemos que sus pies no haya sufrido ningún daño- le indiqué el taburete que estaba vacío, soltándole de mi brazo muy a mi pesar. El camarero no tardó en servirnos dos copas de champagne, dejando un platito con chocalatinas sobre la barra. Le tendí una de las copas de champagne, cogiendo yo la otra.- ¿Por qué brindamos?- pregunté esbozando una cálida mirada que bien sabía que podía derretir cualquiera de los dos polos. A pesar de que se había proclamando como señorita, mis ojos de vez en cuando buscaban a su posible acompañante. Debería preguntarle si esperaba a alguien, pero prefería la ignorancia a un rotundo si.

Juntamos nuestras copas con un suave tintineo, tras lo cual dimos buena parte del líquido dorado que se encontraba en el interior de las mismas. Deposité mi copa medio vacía sobre la mesa,  cogiendo el plato que portaba los dulces de chocolate y acercándoselo a ella.- Me han dicho que el chocolate tiene unas propiedades muy interesantes mezclado con el champagne.- apunté con una pícara sonrisa y los ojos medio achinados para ver su reacción. Estar con aquella dama me hacía sentirme bien; menos preocupado,  más jovial.- Si lo desea puedo masajearle el pie por si se ha torcido el tobillo, aunque no quiero abusar de su amabilidad.- apunté finalmente. Si se había hecho algo podría notarlo tan solo con el tacto, y un pequeño hechizo de curación dejaría a su pie nuevo como antes del accidente.


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Mensaje por Axe Jenssen el Jue Mayo 21, 2020 1:26 pm

El incesante murmullo de voces del resto de invitados embargaban  cada centímetro de aquel gran hall, donde los gruñidos de hombres y mujeres se confundían entre sí, siendo imposible sacar una conversación  en claro de todo aquello. Todo eran frases livianas y fruto de la cortesía más que una conversación interesante o normal, por lo que opté desentenderme de éstos y centrarme en la deslumbrante dama que había osado empujarme; reí para mí unos segundos por épico de la situación, sabiendo que solo había sido un fortuito tropiezo. En aquellos momentos no había nada más que clamase mi atención como ella. La conversación con aquellas morsas moribundas fumadoras de puros había sido bastante trivial, y podría retomarla en cualquier momento en el club para hombres durante la noche siguiente.  

Pero ella…ella era digna de toda mi atención.  Mi mirada continuaba perdida en esos preciosos ojos claros, que parecían mostrarse en  cierto modo desconcertados, tal vez porque la situación en la que nuestros caminos se habían cruzado  había sido un tanto peculiar. La rabia que se había posado en el centro de mi pecho cuando me sentí empujado y había estado preparada para lanzarse sobre el cretino que se había atrevido a tocarme,  se esfumó por completo cuando aquellos preciosos rasgos angelicales aparecieron místicamente frente a mí, y todo mi mundo cayó al suelo con su hermosa mirada.  Podía sentir el nerviosismo en ella, aunque no sabía si podía deberse a que en realidad se había lastimado al toparse con mi espalda, o era más bien la vergüenza del hecho en sí. No debía estar nerviosa, no había pasado nada, y las mujeres acostumbraban a dar algún que otro traspiés por la incomodidad de esos zapatos de tacón que tanto les gustaba ponerse. Siendo sincero, me agradaba la idea de que hubiese tropezado conmigo. Y la ingenuidad de sus palabras me estaba volviendo loco, me estaba descolocando por momentos. Aina no parecía una  doncella común; ella era mucho más que eso y tenía pensamiento descubrirlo esa noche.

-Tomémonos entonces esa copa, seguro que le calma los nervios antes de entrar en la sala a disfrutar de la ópera. Me han dicho que quien entra en esa sala, sale siendo otra persona. – apunté caballerosamente guiándola de mi brazo hasta una barra cercana donde vi un asiento disponible.- Tome asiento, por favor. Esperemos que sus pies no haya sufrido ningún daño- le indiqué el taburete que estaba vacío, soltándole de mi brazo muy a mi pesar. El camarero no tardó en servirnos dos copas de champagne, dejando un platito con chocalatinas sobre la barra. Le tendí una de las copas de champagne, cogiendo yo la otra.- ¿Por qué brindamos?- pregunté esbozando una cálida mirada que bien sabía que podía derretir cualquiera de los dos polos. A pesar de que se había proclamando como señorita, mis ojos de vez en cuando buscaban a su posible acompañante. Debería preguntarle si esperaba a alguien, pero prefería la ignorancia a un rotundo no.

Juntamos nuestras copas con un suave tintineo, tras lo cual dimos parte del líquido dorado que se encontraba en el interior de las mismas. Deposité mi copa medio vacía sobre la mesa,  cogiendo el plato que portaba los dulces de chocolate y acercándoselo a ella.- Me han dicho que el chocolate tiene unas propiedades muy interesantes mezclado con el champagne.- apunté con una pícara sonrisa y los ojos medio achinados para ver su reacción. Estar con aquella dama me hacía sentirme bien; menos preocupado,  más jovial.- Si lo desea puedo masajearle el pie por si se ha torcido el tobillo, aunque no quiero abusar de su amabilidad.- apunté finalmente. Si se había hecho algo podría notarlo tan solo con el tacto, y un pequeño hechizo de curación dejaría a su pie nuevo como antes del accidente.


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Mensaje por Aina Cross el Jue Mayo 21, 2020 2:44 pm

Aquella noche estaba siendo especialmente bulliciosa en la ópera, lo cual le resultaba un fastidio puesto que desde un primer momento no le apetecía asistir a aquella cita. Lo cierto era que tenía diversos motivos para no querer ir: Había trabajado todo el día sin descanso, de hecho, se sorprendía por haber sacado tiempo para poder arreglarse y asistir. Además, lo hacía porque una de sus clientas le había regalado las entradas y si no la encontraba allí desde luego se molestaría. Y también, para que negarlo, porque notaría las miradas ajenas clavadas sobre ella al asistir sola. Era algo a lo que estaba acostumbrada pero que no dejaba de molestarle pues le juzgaban sin conocerla y los que la conocían, por desgracia, la juzgaban igualmente. Maldita hipocresía.

Era consciente de que tenía veintiocho años, lideraba una empresa, vivía sola y no se le había conocido nunca pareja. Eso traducido al idioma muy poco indulgente y vulgar de la alta sociedad implica lo siguiente: “que se iba a quedar para vestir santos”. Esto, en realidad, le importaba más bien poco. Sin embargo, le afectaba cuando entraba en una sala llena de hombres y se encontraba con caras de sorpresa o reproche al ver que ella lideraría la propuesta. Eso, por no hablar de la recurrente pregunta: ¿Y el señor Cross? Aquel era su día a día y estaba más que acostumbrada, sin embargo, otros hacía que la invadiera una inseguridad abrasadora y el castillo de naipes que tanto le había costado construir se derrumbaba ante ella.

Pero allí estaba Aina, una dama poco frecuente entre la crème de la crème de la alta sociedad parisina, atrevida, arriesgada, impulsiva e independiente. Desde luego no estaba hecha para caminar por aquellos pasillos tras los pasos de un caballero, no, definitivamente no. Y allí estaba, con un vestido de tirantes que dejaba a la vista su espalda y que podría ser reprobado por muchos pero deseado por otras muchas. Valiente pero sola, así fue como había entrado en aquella sala llena por tantos, con olor a tabaco, perfume y alcohol.

Pese a todo, había que reconocer que había tomado una gran decisión. Si hubiera seguido el plan inicial, es decir, darse un baño con la compañía de una copa de vino tinto, leer y quedarse dormida mientras tanto, nunca habría llevado a sus patosos pies hasta aquel lugar. Y, por ende, nunca se habría tropezado con aquel hombre que clamaba toda su atención.

El destino, a veces, nos pone en nuestro sitio y aquella velada a Aina la había traído junto a él, junto a aquel hombre cuyo nombre aun desconocía pero el cual la abrasaba con solo mirarla. Con aquellos ojos, su inicial ceño fruncido, su perfecta barba y ese cabello largo que lo convertían en inusual y cautivador.

Se dejó guiar por él, vaya si lo hizo. De hecho, tomó su brazo en cuanto vio que su rostro se relajaba, quizás porque había olvidado su enfado inicial ante el traspiés de ella pero… ¡bendito traspiés!

Aina, muy valiente si, pero nerviosa ante el simple roce con la tela de su traje, lo acompañó hasta la barra agradecida de que no hubiera podido ver aun su espalda porque si llegase a notar que él observa aquella zona se derretiría cual chocolate ante un calor inminente porque, sin duda, aquel hombre había creado en ella una tensión desde el primer instante en que sus miradas se habían cruzado. Todo sea dicho, cuando vio aquellos expresivos ojos castaños presididos por un ceño fruncido que le resultó tan sugerente, pues lejos de intimidarla la había provocado anidando más interés, si cabía, por él, había perdido interés en todo lo demás centrándose únicamente en él.

Cuando le señaló la silla llegó el inevitablemente momento de colocarse delante de él para poder tomar asiento, a lo que él sin duda repararía en la sugerente espalda de su vestido. A ella le recorrió un escalofrío pues, aun sin su contacto, sentía su intensa mirada.

Se sentó al fin y respiró. Quizás el champagne la reconfortara y él parecía entender lo que le ocurría pues comentó que quizás aquella bebida les calmase los nervios. Tragó saliva ante el poderoso tono de su voz. No es que se amedrentara ante él, sino que le tenía un efecto en ella casi inexplicable porque el cosquilleo que le recorría el cuerpo ante aquello le cortaba la respiración. Pero a penas pudo parpadear contestó a su pregunta.

-Por nuestro tropiezo -dijo sin tan si quiera pensarlo y bebió. Realmente era el acto más desafortunado y a la vez aventurado que había cometido nunca pues lo que habitualmente habría quedado en un “lo siento” al menos para Aina podría ser más. De momento, el tenerlo allí concentrado en ella casi en todo momento, porque de vez en cuando desviaba la mirada, decía mucho. ¿Qué buscaba? Aina estaba convencida de que esperaba a alguien así que estaba dispuesta a aprovechar aquel azar del destino mientras durara.


Realmente, desde su encuentro, para ella había desaparecido todo a su alrededor y solo estaban ellos pues no podría perder la concentración ni aunque se lo propusiera verdaderamente. Él, que era amable, educado y considerado, no había perdido detalle y había percibido la mirada de Aina irse hasta el chocolate, así que se lo acercó tentadoramente. Además, venía acompañado de su atenta mirada que podría derretirla. Río ante su comentario abiertamente, desviando su cabeza hacia el lado derecho encontrándose sus ojos de nuevo con el chocolate. Entonces lo decidió, debía comprobar su teoría.

Cogió una chocolatina, se puse de pie, pues él era bastante más alto que ella pese a los tacones, colocó la mano izquierda sobre el brazo que hacía unos instantes había soltado, ansiando de nuevo contacto y necesitando un punto de sujeción y estabilidad, para sentirlo así más cerca e introdujo sin previo aviso el chocolate en sus labios -Dígame… ¿realmente tiene esas propiedades?-Aina clavaba sus solicitantes, deseosos y penetrantes ojos en la mirada de él mientras disfrutaba viéndole degustar el chocolate. No pudo contestar a su siguiente pregunta pues no sabía si le dolía el pie o el tobillo, no sentía nada, nada excepto a ese constante cosquilleo en su vientre. -Confiésemelo porque, de ser así, deseo probarlo aunque sea a manos de un desconocido-anexó desviando la mirada unos instantes a sus labios y resistiendo las ganas de morderse su labio inferior siendo esta una manía de Aina.

Aunque estaba inmersa en aquel pequeño contacto de su mano con el brazo de él y había vuelto la vista a su mirada, percibió como la gente comenzaba a abandonar la sala, sin duda, la ópera iba a comenzar. Aquello la apenó al instante pues, pese a que quería comprobar si lo que él había dicho era cierto y tras salir de la sala se sentiría como otra persona, ahora deseaba quedarse en el lugar al que ni se habría acercado aquella velada, pues habría ido directa a la sala. Al menos deseaba quedarse unos instantes más, deseaba conocer al menos su nombre y permanecer junto a él hasta que su acompañante llegara, aunque no le veía preocupado en ese sentido. Lo cierto era que aquella mujer se estaba retrasando demasiado, eso era algo inaceptable para Aina y algo que nunca habría ocurrido si ella lo hubiera sido. De hecho, cuando llegara, si los veía juntos se arrepentiría al instante. Pero Aina no quiso reparar en esa evidencia, en que su encuentro finalizaría en minutos pues prefería ignorarlo y mirarle unos segundos más a esos ojazos que tanto le transmitían.

Por unos instantes, Aina esbozó un pequeño gesto de dolor pues, en efecto, debía haberse hecho daño en el tobillo izquierdo aunque hasta ese momento ni había reparado en ello. Sin embargo, no desvió la mirada de él salvo cuando esbozó el pequeño deje de dolor. No sería nada, sin duda, únicamente se trataba de la consecuencia del tropiezo que la había llevado a estar ahí, frente a él.

Y Aina no lo pudo remediar más y se mordió el labio inferior mientras lo observaba atentamente.


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Noche de gala... {Axe|Aina} +18  Empty Re: Noche de gala... {Axe|Aina} +18

Mensaje por Axe Jenssen el Sáb Mayo 23, 2020 5:28 pm

Ajeno a lo que estaba sucediéndose a nuestro alrededor, cerré los ojos durante unos instantes mientras nos encaminábamos hacia la barra del hall que distaba pocos metros de donde nos encontrábamos, apartada sutilmente del bullicio del resto de asistentes para aquellos que deseasen un poco más de intimidad durante la espera antes de la actuación.  A lo largo del corto trayecto que nos separaba y que recorrimos con los brazos entrelazados como cualquier pareja, me dejé embriagar por ese aroma tan dulce con matices frutales que la dama emanaba por cada poro de su piel y que me estaba volviendo loco desde nuestro particular encuentro. Había algo en aquella bella doncella que me obligaba a orillarme a su lado sin concesión, sin que me plantease si quiera oponer resistencia. Claro que tampoco era mi intención alejarme de su cálida piel ni un ápice mientras ella me lo permitiese. Más no solo era eso, su mística aura se había revelado ante mí como un misterio más que descubrir aquella noche que esperaba que no tuviese fin.

Una de las cualidades (o maldiciones) de mi particular condición sobrenatural era que mis capacidades auditivas iban mucho más allá que la de cualquier mortal, permitiéndome captar conversaciones de cualquier parte de aquella inmensa sala. Y en esos precisos momentos hubiese arrancado la cabeza a más de uno por las erróneas y anticuadas opiniones que estaban ofreciendo a diestro y siniestro sin habérselas pedido. Claro que sus palabras me ayudaron a descubrir que la joven había llegado sola a la ópera, y que era algo normal en ella el acudir sin compañía a otro tipo de encuentros similares; razón por la cual me tranquilicé levemente y dejé para más tarde el castigo que les impondría a esas antiguallas sociales haber hablado así de tal bello ángel.

Finalmente llegamos a aquel deseado refugio de miradas indiscretas, y entonces muy a mi pesar nuestros brazos tuvieron que separarse para que ella pudiese tomar asiento en el único taburete disponible de la sala a un lado de la barra. Todavía estaba pendiente de cada uno de sus sensuales movimientos a la hora de caminar hacia su asiento, cuando un jadeo estuvo a punto de escapar de entre mis labios al percatarme de la  erótica abertura de aquel vestido diseñado para pecar, y  que dejaba a la vista su deslumbrante espalda. Lancé un rápido gruñido preso de la pasión tratando de recomponerme antes de que ella se diese cuenta de lo que estaba consiguiendo en mí, consciente de que no borraría esa imagen de mi memoria durante mucho tiempo.  

Haciendo acopio de valor me coloqué a su lado de nuevo, apoyándome en la barra para recuperar la compostura y tomé esa copa de champagne que necesitaba más que el respirar.- Buen brindis, mon cherie. Por repetirlo cuantas veces haga falta.- apunté con una pícara sonrisa, elevando mi copa y acercándola con suavidad hasta la suya para brindar mientras mi mirada no se desviaba un ápice de sus preciosos ojos azules. Con una cálida sonrisa dibujada en los labios le propiné un buen trago a mi copa, que tras dejarla de nuevo en la barra, el camarero no dudó en rellenar.

-Debo disculparme, puesto que antes con los nervios del momento se me olvidó presentarme.- susurré acercándome ligeramente a ella, en busca de su mano que había sido liberada del guante.- Mi nombre es Axe Jenssen, a su entera disposición.- apunté tomando su delicada mano entre la mía, para depositarle un dulce beso sobre el dorso de la misma, mientras mis ojos no perdieron en ningún momento cada detalle de su angelical rostro. Deseaba saber que podía estar pasándose por su cabeza, si deseaba lo mismo que yo, si nuestro encuentro le había impactado tanto como a mí. Alargué mi beso más de lo socialmente aceptable, pero poco me importaba. Adoraba la sensación de tener mis labios rozando su dulce piel. Aunque finalmente tuve que devolverle la mano; quedármela como recuerdo hubiese sido raro.

Divertido por la mirada desconcertada de la joven sobre mi comentario acerca de las propiedades del chocolate mezclado con el champagne, no pude más que sonreír con dulzura, esperando que su curiosidad la llevase a probar tan mística mezcla. Claro que lo que no me esperaba fue su siguiente movimiento, que me dejó en estado de shock durante unos segundos. Tenerla de nuevo tan cerca era lo más parecido a tocar el fuego del mismísimo infierno y el cielo al mismo tiempo. Su mano apoyada en mi torso abrasaba todo mi ser, y que se inclinase sobre mí fue la forma más cruel que tenía la vida de hacerme tocar el cielo. Enarqué una ceja, sintiéndome totalmente perdido cuando la joven sin vergüenza alguna introdujo en mi boca una onza de chocolate, dejándome ojiplático por completo.
Su cercanía no ayudaba en nada a que mi corazón se recompusiese, y el dulce sabor del chocolate que comenzaba a derretirse en el interior de mi boca junto los amargos resquicios del champagne, hacían una combinación deliciosamente afrodisiaca. Sonreí con picardía planeando mi próximo movimiento, que no sería menos que su osada acción. Acostumbraba a pagar con la misma moneda, y la casualidad de que el hall comenzase a despejarse y que el resto de invitados empezasen  a acudir a sus asientos me dio una idea.

- Es…espectacular.- murmuré de forma enigmática, sin poder de dejar de mirar ese carnoso labio que no paraba de morder cada vez que se sentía nerviosa, y que me excitaba por momentos.- ¿Quiere probarlo entonces, aunque sea de manos de un desconocido?- pregunté de forma inocente, colocando mis manos sobre su cintura para obligarla a retroceder un par de pasos hasta que su espalda rozó la pared, sonriéndole con complicidad. La miré con deseo, con lujuria, preso de un sentimiento que no creía que existiese en mí, y antes de que contestase a mi pregunta, tomé su nuca con una mano y hundí mi lengua en su boca en un profundo beso, mezclando el sabor del chocolate y el champagne entre ambos, mientras mi cadera presionaba la suya en una declaración de intenciones.- Tengo un palco privado donde podemos seguir nuestra conversación si no le está esperando nadie. - susurré frente a sus labios, intentando tomar un poco de aire y deseando que me eligiese a mí.


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Mensaje por Aina Cross el Dom Mayo 24, 2020 3:46 pm

Por primera vez Aina se encaminaba entre la alta sociedad parisina del brazo de un hombre y, que hombre. Bien pensado no hacían mala pareja pues a simple vista él era altísimo y Aina para ser mujer también y ambos tenían su atractivo. Ante los ojos de cualquiera pasaban como una pareja más que había ido aquella noche a disfrutar del espectáculo. Además, se movían en perfecta coordinación hasta aquel lugar en el que encontrarían una mayor intimidad.

Ya en la zona de la barra que les ofrecía una mayor discreción, él se animó a presentarse. Aina sonrió al escuchar su nombre: Axe, un nombre corto pero con carácter. Por su apellido no distinguió su origen pero esperaba llegar a saberlo de sus labios. Agradeció que reconociera que había sentido nervios ante su encuentro pues ella había sentido lo mismo. Ahora, podía mantenerle la mirada y sentirse más tranquila pero ante sus movimientos y, sobre todo, ante su voz el cosquilleo volvía a nacer en la zona del vientre y permanecía ahí de forma incesante, torturándola.

Fue en el momento en el que sus pieles se rozaron por primera vez en el que la electricidad recorrió el cuerpo de la inglesa de principio a fin. Primero un simple roce, su mano con la suya y luego el casto beso de cortesía que nunca en su vida había deseado más. Sintió sus jugosos labios y también el roce de su barba sobre su delicada piel. Además, el beso duró unos segundos que fueron como una tortura a manos del verdugo. Incesante. Ella suspiró, le daba igual si él lo notaba, no podía evitar sus reacciones pues eran naturales y ni tiempo a pararlas tenía. Había ansiado el roce de su piel desde que tropezó con él y vio sus ojos por primera vez. Y allí estaba ese primer contacto que no la había dejado indiferente. Cuando la soltó fue como si la hubieran empapado con agua fría y entonces cayó en la cuenta de que la verdadera tortura era no sentirlo.

Ella fue la siguiente en provocar un contacto. Bien es cierto que primero apoyó su mano sobre su brazo rozando únicamente la tela de su traje pero fue en el momento en el que introdujo la onza de chocolate cuando llegó a rozar sus delicados labios. Lo hizo con mucha sutileza, pero de nuevo sentía el roce de su piel y eso le bastaba aunque a penas duró unos segundos, pequeños instantes que le hicieron conectar con él de nuevo.

Claramente Axe no esperaba ese atrevimiento por parte de Aina y ella vio dos opciones. La primera era que volviera a aparecer su ceño fruncido y, la segunda, que simplemente tomase el chocolate y sonriera creyendo que se había topado con la dama más atrevida del establecimiento pues ese gesto no era habitual entre las doncellas y, mucho menos, en público. Pero Aina, siempre se dejaba guiar por los impulsos y sin duda Axe estaba siendo su perdición aquella velada. Y eso que no había hecho más que empezar.

Observó su reacción aun sin descifrarla y poco después él enarcó una ceja lo que la hizo sentirse insegura acerca de su decisión pues también podía ser que él se molestara por tal osadía cuando a penas se conocían desde hacía unos minutos. Sin embargo, ahí se mantuvo. Totalmente erguida y muy cerca de él, pudiendo ver como saboreaba el chocolate. Aina, mientras tanto ardía en deseos de escuchar su voz de nuevo y no digamos cuánto ansiaba el mero roce de su piel con la suya, aunque fuera un segundo más.

La tortura le estaba pareciendo demasiada larga. Lo que fueron unos segundos, es decir, ¿cuánto puede tardar en disolverse en la boca de alguien una pequeña chocolatina? Unos instantes. Pero a ella le parecieron horas hasta que al fin su voz sonó de nuevo y repiqueteó en el interior de Aina que permanecía atenta a cualquier movimiento. Bueno, creía que en su cabeza estaban todas las posibilidades hasta que él resultó ser mucho más atrevido que ella, que ya era decir.

Entonces el tormento de Aina llegó a su fin. De repente. Sin previo aviso. Sin dilación. Con decisión. Con descaro. Con osadía. Sin indulgencia. Con deseo. Quizás con premeditación. Con alevosía. Con sensualidad. Con ensañamiento.

Sintió sus fuertes, cálidas y seguras manos recorrer su cintura y ella dejó de respirar de inmediato. Lo que vino después jamás lo imaginó. Bien es cierto que lo deseaba. De hecho, lo anhelaba desde que lo había visto por primera vez. Había que reconocerlo, engañarse no le iba a llevar a ningún lado. Así que lo aceptó. Ella lo había tentado y él solo respondía. Era la otra cara de la moneda que ella había lanzado al aire previamente. El verdugo no era indulgente y la hizo retroceder dos pasos con él.

Notó como se acercaba a ella lenta pero decididamente y con un objetivo claro en su cabeza: ella. En su piel sentía el calor y en sus ojos veía las llamas. Como si de una cerilla se tratara, Axe había ardido ante los actos de Aina y ahora le respondía, vaya si lo hacía.

Finalizó el acercamiento y comenzó el allanamiento.  Primero su mano en su nuca que la estremeció por completo, despertando sus instintos más ocultos y luego su aroma que la inundó por completo. En último lugar sus perfectos labios se unieron a los suyos seguidos por su rápida y experta lengua con la que recorrió la boca de Aina encontrándose con la de ella que por suerte respondió de inmediato, enlazándose con la de él y sintiendo su aliento, el exquisito sabor del chocolate mezclado con el champagne, fue toda una explosión, seguido del roce de todo el cuerpo de él contra el de una forma arrolladora. Agradeció a los dioses haber diseñado la espalda de ese vestido que le ofrecía tregua ante el tacto de la fría pared, pero no era suficiente porque Aina ardía. Axe acababa de incendiarla y ella… ella no sabía si podía parar el fuego que acababa de desatarse en su interior.

Y de pronto, el martirio. Separó sus labios de los suyos. Se quedó cerca pero se lo arrebató todo. Aina suspiró y luego tragó saliva, degustando todos los sabores que él había dejado en ella. Quería que no desaparecieran nunca de su ser, que la acompañaran cada día. Como su olor que la embriagaba por completo. ¡Maldición! Se sentía hechizada. Y estaba, sin duda, colgando en sus manos.

Cuando habló ella centró su mirada en la suya y tardó al menos dos segundos en contestar. No podía concentrarse, ¿era eso un sueño? Si lo era no quería despertar jamás -Delicioso -confesó y gracias que su boca articuló palabra.

Cuando escuchó sus palabras decidió que el incendio debía apagarse de inmediato. Debía controlarse. Era su obligación comportarse. Por dios, cualquiera que les hubiera visto sin duda estaría poniendo el grito en el cielo. O quizás por dentro se estuviera carcomiendo. Lo cierto es que poco le importa esto último pues lo único que la atormentaba era la distancia que él acababa de establecer entre ellos y que tuvieran que adentrarse en esa sala. ¿Disfrutar de la ópera con él? No. Eso le pareció el mayor de los castigos, la pena capital que le había sido impuesta y ¿qué podía hacer ella? No podía rechistar así que dijo -Sí, será un placer acompañarle, si es que ya se ha cansado de esperar a su acompañante. Yo, en cambio, no espero a nadie. Iba a ver el espectáculo sola -Y sintió sus labios ahora resecos protestar mientras por dentro se castigaba por mentirle tan descaradamente. No sería un placer porque sería como cumplir una pena. Se imaginaba allí, teniéndolo tan cerca y sin poder rozarlo. Eso la destruía.

Se armó de valor y lo separó de ella lentamente. Ya no estaba atrapada entre su cuerpo, considerablemente más grande que el suyo, ya no se sentía una muñeca entre sus brazos, pero ella sufría ante la distancia.

Fue hacia la barra que estaba a tres pasos de la pared y tomó de un trago pero pausadamente el champagne restante. Necesitaba recobrar el aliento. Entonces, Aina giró el cuello mirándole de soslayo, estando él aun detrás de ella, tentándole con la visión de su espalda al aire -¿Venís? -preguntó y comenzó a caminar delante de él hacia la puerta principal de la sala donde comenzaba a sonar el preámbulo contoneándose a su paso. El espectáculo iba a comentar. Y su castigo.


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Mensaje por Axe Jenssen el Jue Jun 18, 2020 8:03 am

El incesante bullicio originado por la multitud de asistentes a la ópera que se encontraban junto a nosotros en el hall de la entrada, envolvía de forma cargante toda la sala del teatro, comenzando a provocar en mi mente cierto nerviosismo perturbador que terminaría por convertir a todos los humanos en conejos silenciosos. Me consideraba una persona tranquila y comprensiva, pero los lugares tan abarrotados de gente y además con especímenes tan escandalosos, terminaban con la poca paciencia que poseía. Afortunadamente, y gracias a aquella preciosa mujer que me acompañaba y parecía ser capaz de apaciguar mis demonios, este sentimiento perturbador comenzó a disminuir tras la consecución de ese apasionado beso donde la señorita Cross y yo habíamos descubierto que aquella velada sería el principio de algo inusualmente místico entre ambos. Todos mis sentidos se hallaban ahora centrados en ella, en su inconfundible aroma, en el sonido de su voz, como si una enorme burbuja imaginaria nos hubiese aislado del resto de los asistentes, regalándonos un momento de intimidad que en realidad no existía.

No era necesario ser brujo o clarividente para percibir la tensión sexual existente entre nosotros, ni para afirmar como nuestros cuerpos  reclamaban la cercanía del otro con gritos de desesperación cuando se separaban el uno del otro. Desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron tras aquel bendito tropiezo, habían saltado chispas de atracción entre nosotros, chispas que bien podían ser percibidas por miradas ajenas. No podía dejar de pensar en la suavidad de aquellos preciosos y carnosos labios, ahora húmedos por la mezcla de chocolate y champagne que habíamos compartido de forma tan deliciosa. Un leve suspiro exhaló de mis labios, anhelantes de volver a hacerse dueños de los ajenos.

Creía percibir el remolino de emociones enfrentadas que se iban sucediendo en el interior de la preciosa Aina, donde su parte consciente y racional le exigía terminar con aquella locura de gestos inmorales y reprochables desde el punto de vista del resto de la sociedad; además que de por sí, mi presencia allí parecía llevarla a límites infranqueables para el resto de los mortales. Su subconsciente, por el contrario, aquello que emergía de lo más profundo de su ser, le suplicaba incesamente que se dejase llevar por sus deseos más secretos, que la vida eran dos días y debía disfrutarla todo lo que pudiese sin cohibirse por lo que dijesen los demás. Me había visto en muchas ocasiones envuelto en esta tesitura, pero mi personalidad rebelde y testaruda siempre había optado por ignorar al resto de la humanidad y obrar en beneficio propio. Avancé un paso hacía ella, tomándome la libertad de sujetar de nuevo su mano derecha y llevarla hasta mis labios, tras lo que deposité un suave beso en el dorso de éste.- Anímese y acepte, será agradable disfrutar de su angelical compañía durante la actuación. Prometo satisfacer todas sus necesidades durante la misma.- apunté sin separar mis labios del dorso de su mano, sabiendo que sería capaz de sentir el calor de mis palabras. La sentía indecisa, y esperaba que aquella última jugada surtiese su efecto. Además, ¿había una promesa con tantas intenciones implícitas en tan pocas palabras?

Sonreí plenamente cuando por fin la dama aceptó la invitación, más no solamente por saber que las próximas horas disfrutaría de su compañía, sino por el mensaje subliminal en su contestación. ¿Estaba celosa pensando que yo había  acudido acompañado a la ópera, y que la invitación era para sustituir a aquella otra mujer inexistente que parecía no haber acudido a la cita? Negué con la cabeza. Cada vez aquello ser tornaba más cómico y absurdo a la vez. Al menos había podido confirmar que ella tampoco había ido acompañada al lugar, hecho que removió todo mi interior, llenándolo de esperanzas. Todas las cartas jugaban a nuestro favor. Aquella noche podríamos hacerla nuestra, conseguir que nunca acabase y que obedeciese a nuestra merced. Nadie nos esperaba despierto, nadie se percataría de nuestra ausencia.- Me siento afortunado por poder disfrutar de su compañía, ya que si no hubiese aceptado mi invitación  debería haber asistido a la ópera yo solo.- mis ojos buscaron su mirada, atento a su expresión. Ambos habíamos confirmado de una forma u otra que un tercero no aparecería estropeando nuestro momento, puesto que ambos estábamos solos.

Observé con atención cada uno de sus pasos cuando la dama acudió en búsqueda de un último refrigerio antes de entrar a la ópera, contoneándose frente a mi estupefacta mirada. Las líneas de su silueta parecían estar esculpidas por un habilidoso ángel, cuyo objetivo no era otro que volver locos a los hombres con aquel cuerpo digno de una diosa. Me sorprendió mirándola anonadado desde unos escasos metros atrás cuando giró su bello rostro para instarme a acudir a nuestro palco. Asentí con la cabeza, incapaz de decir nada, cuando ella comenzó a caminar hacia la entrada principal donde unos cuantos sirvientes apartaban el cortinaje para facilitar el paso de los asistentes. Tras dos considerables zancadas, alcancé la altura de la joven, pasando mi mano con delicadeza por su cintura, dejando ésta sobre la abertura de su vestido a la altura de su baja espalda. Mi intención no era otra que indicarle cual era mi palco privado, aunque el simple tacto de su piel era el mejor regalo que podía tener aquella noche.- Permítame  que os guíe por estos caminos tan oscuros, no quiero que os perdáis…todavía.- susurré al oído con un tono sensual, tras lo cual dejé que mi nariz rozase el lóbulo de su oreja.- Cuando nos hallamos acomodado en nuestros asientos traerán más champagne, si se ha quedado con sed, y unas fresas que encargué. Usted pida lo que desee, y lo tendrá.- añadí en la penumbra del pasillo anexo al escenario donde tendría lugar la ópera y por el que nos acercábamos hasta los palcos principales. Sentía el fuerte palpitar de mi corazón por tenerla tan cerca, por ser capaz de percibir su olor y tener que mantenerme inmóvil por no asustarla por mis intenciones; la deseaba.

Deseaba hacerla mía allí mismo y saltarme todo el protocolo social que lo único que nos haría sería perder un tiempo precioso. Y sin esperar un solo segundo más, la tomé de la cintura para detenerla, y tomándola del cuello con suavidad, tomé sus labios con una pasión desmedida, saboreando cada parte de su boca que quería hacer mía de formas infinitas aquella noche. La deseaba como jamás había deseados a nadie.- Disculpe, pero no podía aguantar ni un segundo más sin sentir de nuevo el sabor de sus labios.- murmuré frente a sus labios, mientras jadeando por aquel apasionado beso esperaba que me propinase algún golpe por mi osadía.


Última edición por Axe Jenssen el Mar Jul 07, 2020 10:22 am, editado 1 vez


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Mensaje por Aina Cross el Miér Jun 24, 2020 11:05 am

Pese a todas las personas que se encontraban aglomeradas a su alrededor manteniendo insulsas conversaciones sin sentido y parloteando sin parar haciendo más ruido que otra cosa de provecho, Aina únicamente estaba con Axe. Allí para ella había desaparecido la gente desde el momento en el que se puso de pie para introducir la chocolatina en su boca y le observó mientras la degustaba. Ya después cuando la llevó hasta la pared para ofrecerle aquel beso cargado de sensaciones se olvidó hasta el día que era o por qué estaba allí pues para ella simplemente estaban ellos, envueltos por aquel hechizo que parecían haberles lanzado. La inglesa desconocía qué había ocurrido entre ellos, que les había unido pues podía haber sido el destino, el azar o la suerte, pero daba gracias porque fuera como fuese él estaba allí, con ella, regalándole esos momentos.

Deseaba que él se quedara con ella, sin importarle el tiempo, el lugar ni qué harían. Únicamente ansiaba su compañía y el placer de tener una conversación con él aunque claramente sentía hacia él una atracción desmedida. Podría jurar que nunca se había fijado en un hombre de aquella forma y mucho menos había sentido aquello de inmediato pues a penas llevaban minutos juntos, pero para ella era como si hubieran pasado horas, pues parecía conocer sus gestos y sus intenciones con tan solo mirarle fijamente a esos ojos castaños que acabarían por enloquecerla por completo. Eso por no hablar de aquellos brazos que la habían aprisionado contra la pared o de esos labios que la habían impregnado de su sabor. Pero definitivamente lo que más le llamaba la atención era su gesto serio pues aunque le sonreía, notaba que era un hombre mesurado y reflexivo. Aquello último lo tenían en común pero Aina, tras las dudas previas había decidido que aquella noche acabaría como ambos desearan, sin pensar en terceros ni en dónde se encontraban. Para ella solo eran ellos dos y eran suyos, lo serían al menos durante esa velada. En efecto, estaba convencida en hacerle ver que había sido el mejor traspiés que tendría en su vida.

Ansiaba de nuevo su contacto, su mirada abrasadora sobre la de ella, que no se apartara de ella: que se quedara y no decidiera huir. Deseó que aquella sensación la acompañara para siempre y no la abandonara pues junto a él se sentía en paz, como si las obligaciones hubieran desaparecido por fin y pudiera ser simplemente ella: una mujer joven que se encuentra con un elegante caballero y se deja llevar. Al día siguiente no habría lugar para los arrepentimientos y si no volvía a verlo nunca más siempre tendría algo muy preciado: sus recuerdos pues ya lo había memorizado. Esa idea que estaba cobrando forma en ella, pronto se afianzó cuando le confirmó que había asistido solo al evento. Sin duda, a los ojos de la sociedad parisina ellos eran los raros allí, pero que así los llamasen si lo deseaban, porque aquellos dos extraños que habían decidido aquella noche ir solos ahora caminaban del brazo gozando de una conexión que ya les gustaría a muchos poseer y compartir.

El cielo lo tocó muy de cerca con sus dedos Aina cuando él de nuevo tomó su mano y la rozó con sus labios, aquellos que le habían dado el mejor beso de su vida. De hecho, aunque él lo repitiera de nuevo creía que no sería capaz de mejorarlo pues lo que había despertado en ella era tan evocador que difícilmente lo creía superable. Y volvió a la realidad quedándose un instante hasta sin respiración cuando el cosquilleo de nuevo apareció en la zona baja de su vientre al escuchar aquella voz que acabaría enloqueciéndola pero más aún sus insinuaciones, o incluso se les podría llamar confesiones cubiertas de finas palabras para no intimidarla pero ella lo había entendido a la perfección y contestó en un susurro -Todo lo que deseo lo tengo junto a mí -Más clara no podía ser. Lo reconoció sin tapujos ni vergüenza pues ya no habría reparos en continuar lo que habían empezado en la sala contigua pues ya habían cruzando la línea roja por lo que nada le impediría disfrutar de una noche única junto a él porque no sabía si volvería a repetirse por lo que decidió disfrutar del momento ahora que estaba en sus manos hacerlo.

Se dejó guiar hasta que él paró en seco y, cuando ella pensó que se había arrepentido de su invitación y que le diría que lo disculparse, a penas cuando ella se hacía la idea del rechazo que veía venir, él la sorprendió cumpliendo con sus anhelos. La tomó de nuevo de la cintura y del cuello, lo que solo precedió a un apasionado beso que fue la antesala al temblor que se instaló en el cuerpo de ella hasta que de nuevo sintió su lengua en sus labios y eso la tranquilizó. Ahora, al fin, se reconocía en sus brazos pues Aina había estado hasta ese momento anonadada por la rapidez con la que habían ocurrido los hechos y también por sentir aquello por él. Sin embargo, la tregua se había terminado y ahora fue ella la que ante su disculpa reaccionó sin soltarlo, recorriendo el brazo derecho de él con su mano izquierda para acabar esta en su espalda la cual recorrió en una declaración absoluta de intenciones, para llegar a su cabello que era muy suave y atraerlo de nuevo a sus labios, siendo ella ahora quien lo besaba con deseo y quizás desesperación, pues se había estado reprimiendo en cierta forma pero aquello había quedado en un segundo plano porque en medio de la oscuridad que les regalaba ese rincón se dejó de llevar en sus brazos y disfrutó de nuevo de sus sabor -Me muero por probar estos labios con sabor a fresa -confesó en sus labios aun con los ojos cerrados. Tras eso y ya sabiendo a dónde tenía que dirigirse lo tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los de él, imagen poco común pero ella ni reparó en ese detalle, sino que comenzó a caminar sonriéndole y depositando pequeñas caricias en ella hasta que al final llegaron a su palco cuya situación no podía ser mejor pues era bastante discreto. Aina había decidido disfrutar de la ópera, sí, pero centrando toda la atención en su acompañante.

Cuando le permitió pasar, tomó asiento del lado derecho y escuchó como el espectáculo comenzaba siendo la luz tenue, esperando a que su acompañante se sentara a su lado, mientras un camarero llegaba para abrir el champagne y dejar las fresas que estaban cubiertas de chocolate crujiente y helado. Aquello no podía ir a mejor ¿o quizás sí? Aina miró entonces al caballero que acababa de tomar asiento a su lado y le sonrió abiertamente, acortando la distancia entre ambos y clavando sus ojos sobre los suyos, al amparo de la dichosa penumbra que les ofrecía tanta intimidad y sin más depositó una caricia en su mentón, justo en la zona que no estaba cubierta por barba para después llevar su dedo pulgar a sus labios, separándolos mientras ella misma abría los suyos y los humedecía suspirando después. No hacían falta más palabras, no entre ellos que con solo mirarse se lo decían todo.


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Mensaje por Axe Jenssen el Lun Jul 13, 2020 1:52 pm

El casi imperceptible tintineo de unas campanillas provenientes de la cortina de acceso a mi palco, reservado noches antes con la intención de asistir solo a la obra y que ahora disfrutaría de mil formas inimaginables con la preciosa dama que me acompañaba, nos avisaba de que el comienzo de la ópera estaba próximo y que debíamos apresurarnos hasta allí si no queríamos llegar a nuestros cómodos asientos cuando la penumbra se hubiese cernido ya sobre éstos. Sonreí frente a los labios de Aina antes de comenzar aquel apasionado beso en el que le entregué cada molécula de mi alma; mostrando cierto aire de perversión en mi sonrisa por el pensamiento que durante unos segundos cruzó por mi mente. Y es que en realidad lo que de verdad anhelábamos ambos era que la oscuridad mantuviese cada una de nuestras ardientes muestras de deseo ocultas de curiosas miradas.

Más fueron esas precisas palabras acariciadas por sus sedosos labios, esas que segundos después de comenzar a caminar por aquellos laberínticos y oscuros pasillos habían confesado sus deseos más íntimos, las que me hicieron comprender que aquella mística atracción que había surgido entre los dos de forma tan repentina, había liberado en nuestro interior sensaciones hasta entonces jamás percibidas. Emociones que nos orillaban a los labios ajenos y que controlaban de forma inconsciente cada uno de nuestros movimientos, como dos imanes de carga opuesta que se atraen sin condición y sin querer evitarlo. Podía sentir como el cuerpo de Aina se estremecía por completo entre mis brazos, que de forma instintiva rodeaban todo su ser atrayéndola al máximo hacia mí por el simple hecho de sentirla mía. Y es que tenía que confesar que más allá de los mundanos placeres que gritaban por emerger en esos instantes de mi interior y mostrarle cuanto de especial era para mí, era ese sentimiento de saber que no estaría con nadie más aquella noche el que golpeaba mi pecho en cada palpitar de mi corazón.

Durante unos segundos esperé el siguiente movimiento de aquella diosa griega que nada tenía que envidiar a Afrodita de forma expectante, con el nerviosismo de un adolescente que regala su primer beso sin saber cuál será la reacción de la dama que tiene delante, con la incertidumbre de haber acertado en su atrevimiento y con el anhelo de que sus sentimientos sean correspondidos. Y he de reconocer que la preciosa mujer que me acompañaba respondió a cada una de mis incertidumbres de forma magistral, puesto que antes de que consiguiese recuperar el aliento que la excitación del primer beso había provocado en mí, me correspondió con un apasionado beso que superaba al mío con creces. El sabor de su boca en el interior de la mía era tan refrescante como un oasis en medio de un desierto, y a la vez tan ardiente como bajar al mismísimo infierno y salir de copas con el demonio. Aina era una mezcla explosiva de sensaciones imposibles de describir, y la única mujer que había conseguido sorprenderme de forma continua a cada minuto que pasaba .- Yo deseo saborear cada centímetro de su aterciopelada piel, cherie.- susurré con una pícara sonrisa, observando anonadado lo tremendamente increíble que era; agradeciendo una vez más a los dioses haberme dado la oportunidad de conocerla de aquella forma tan poco común.

La calidez de su piel acariciando mi mano provocaba en mí un intenso escalofrío que recorría cada parte de mi cuerpo, instándome a volver a saborear sus dulces labios y la proximidad de su figura. Aquel gesto tan íntimo de pasear cogidos de la mano era algo totalmente nuevo para mí, más tenía que reconocer que me alegraba de haberlo experimentado con ella por primera vez. Mi necesidad por dejarme embriagar de nuevo por su olor aumentaba con cada paso que nos acercaba al palco, aunque tras comprobar que las luces del teatro se apagaban y que apenas faltaban unos minutos para que comenzase la ópera, decidí seguir el contoneo de las caderas de aquella preciosa mujer que me estaba volviendo loco hasta nuestros asientos, donde sin duda dispondríamos de una particular intimidad para dar rienda suelta a nuestros anhelos.

Observé cada movimiento del camarero, apremiándole con varios francos por su rapidez y discreción. Deseaba volver a disfrutar de la soledad con Aina, y cada segundo que pasaba mientras el empleado realizaba su trabajo se me convirtieron en horas. Tras un asentimiento de cabeza, y comprobando que por fin gozábamos de la intimidad que tanto deseábamos, tome sendas copas de champagne servidas junto a las fresas y el dulce chocolate, ofreciéndole una de éstas a Aina.- Brindemos por una noche digna de recordar.- propuse esbozando una pícara sonrisa antes de tender la copa para brindar. Cada gesto de ella me estaba volviendo loco; sus caricias cargadas de promesas, su tenaz mirada que era capaz de entenderse con la mía. Sin lugar a dudas aquella mujer era única, y no tenía pensamiento de desaprovechar ni un segundo de su compañía.

Las primeras notas de la ópera comenzaron a sonar de forma estridente, regalándome la distracción perfecta del resto de asistentes al lugar. Inclinándome ligeramente sobre Aina la tomé de la cintura, y sin esfuerzo alguno la icé colocándola sobre mis muslos. Necesitaba su cercanía, necesitaba sus besos….la necesitaba a ella.- Te deseo.- confesé en su susurro frente a sus apetitosos labios antes de deslizar la mano por su espalda desnuda y acariciar su cálida cintura, orillándola de nuevo hacia mí. Esta ocasión no tenía pensamiento de besarla de forma comedida; ella misma me había dado luz verde y pensaba hacerle saber cada uno de los sentimientos que despertaba en mí. Y así, con esa intención marcada a fuego en mi mente, comencé a besarla con una pasión hasta entonces jamás desatada.


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Mensaje por Aina Cross el Lun Jul 13, 2020 4:50 pm

El ambiente que se había creado entre ellos no podía ser más idóneo. Al menos ella sentía que estaban envueltos en una burbuja, que entre ellos no se interponía absolutamente nada ahora que ambos tenían claro que querían disfrutar de la velada sin pasar por alto la atracción desmedida que sentían el uno por el otro. Aina notaba que algo había cambiado en ella desde la primera mirada, momento en el que todo había temblado dentro de ella. Sintió como si el mismo universo hubiera predicho aquel encuentro inesperado en medio de un pasillo abarrotado de extraños. Y simplemente pasó. Se tenían el uno al otro y en aquellos instantes nada más importaba pues eran solamente suyos, sin reparar en el resto de mortales que se adentraban en aquella sala de ambiente tenue.

El mero tacto de la mano de él que ella misma había tomado sin tan si quiera pedir permiso hacía que su respiración se volviera entrecortada y es que poco más le hacía falta para sentir aquel cosquilleo instalado en la zona baja de su vientre. De hecho, creía haberlo notado desde los primeros instantes en los que se cruzó con sus penetrantes ojos castaños que a ella se lo decían todo aún cuando él permanecía callado. Sin poder dejar de tocar su piel fue como tomó sus jugosos labios entre sus dedos y los observó con descaro y deseo pero eso era precisamente lo que quería mostrarle por lo que ni se ruborizó al hacerlo, sino que tragó saliva y se centró luego en su mirada.

Parecía que él disfrutara del roce con la piel de ella, al menos, no se negaba y mientras la música comenzaba a envolverlos haciendo el ambiente más idílico y mucho más íntimo, ambos solo tenían ojos para el contrario y no por el simple hecho de encontrarse a solas sino porque se veían atraídos irremediablemente por el otro. Su mirada, su gesto ahora relajado y el ardor de su piel le indicaban que la necesitaba, que clamaba toda su atención y ella ansiaba ofrecérsela pero cómo sin ser demasiado descarada. Lo cierto y lo que ocultaba para sus adentros ya desde los primeros momentos del encuentro era que no soportaría estar ahí a solas con él sin poder rozarle, sin tentarle o peor aún, sin orillarse a su lado para nunca más separarse. De pronto, lo que antaño le parecía una duración exagerada para un evento ahora se le hacía demasiado efímero. En concreto, consideraba que el camarero estaba tardando demasiado en irse y es que no podía soportar un instante más solo mirándole sino que se moría por acercarse a él hasta el punto de sentir su aliento directamente sobre su piel.

Se contuvo, Dios sabe que lo hizo, pero eso le costó morderse el labio inferior sin poder remediarlo mientras que se acercó a él susurrando -Me moría por estar a solas con vos- y hasta ahí había logrado esforzarse por alejarse. No podía evitarlo más, era superior a sus fuerzas, pues cómo hacerlo si su cuerpo ya gritaba su nombre, anhelante de él. El flechazo había sido inminente y parecía que el mundo estaba a su favor pues ahí estaba de entre todas las habitantes de esa ciudad, él la había elegido a ella y algo le decía que no había sido únicamente por el mero hecho de haberse topado con ella en un pasillo por azar, sino porque realmente la ansiaba y aquello la reconfortó de inmediato y aparcó cualquier miedo. Se supo suya y así se declararía en cuanto pudiera o en cuanto el valor la acompañara y las palabras se animaran a aflorar de sus labios y, por supuesto, una vez le hubiera besado tanto que notara sus labios desgastados.

Axe parecía estar sintiendo lo mismo que ella, como si el deseo de tenerla más cerca fuera superior al ejercicio de contención, por no mencionar que aguantar toda la ópera sin tocarse habría sido una odisea que ninguno de ellos estaba dispuesto a afrontar y, de hecho, ¿por qué torturarse? Allí estaban, sin importar el resto, debían aprovechar cada minuto juntos pues no sabían cuál sería el último pero algo estaba claro y es que algo único y casi inexplicable había brotado y Aina quería recoger cada fruto, pero comenzó por la fresa que él le tendió y manteniéndole la mirada, la probó notando el chocolate y tuvo que cerrar los ojos porque aquella exótica mezcla la invadía y recorría su paladar dejando una sensación de desasosiego inmensa. Tragó y suspiró. Posteriormente brindó y bebió aquel líquido que fue como un bálsamo y supo que estaba preparada para lo que la noche les deparaba y, algo tenía claro, no se dejaría nada en el tintero pues a quién quería engañar si mientras le observaba disfrutar del champagne ella fantaseaba con poder beber sorbo a sorbo de sus labios.

Su acompañante no esperó más y en cuanto supo que al fin estaban solos, sin esfuerzo alguno y sin dilación, la tomó de nuevo con aquellas manos hechas para hacer tocar el cielo al contrario tan solo con una simple caricia y la colocó sobre él y Aina recorrió su hombro izquierdo con su mano derecha, pasando ese brazo por su cuello dejando a propósito una caricia sobre el mismo y respirando a su vez entrecortadamente. Sin quitar la vista de sus ojos fue como sintió la mano de él recorrer su espalda desnuda y ahí es como estaba entre sus brazos y sobre sus piernas, totalmente pegada a él pero sabía y reconocía que ansiaba más y él confesó lo que anhelaba. Aquellas dos palabras la hicieron suspirar y no se escondió sino que rozó los labios de él mientras ahogaba en aquellos, que estaban hechos para pecar, sus anhelos y sus profundos deseos. Nunca dos palabras habían significado tanto para ella y es que pronunciadas con aquella voz ciertamente grave pasaban de inmediato a ser delirantes pero no tanto como el tacto con aquella mano que recorría su espalda desnuda a su vez.

Aina no se quedó atrás sino que se pegó aún más a él arqueando levemente la espalda para acercarse y sentir más intensamente aquellas caricias, como si él fuera su maestro y la estuviera enseñando a pecar. Con sumo tesón y delicadamente ella llevó su mano a la pajarita de él y como experta de los tejidos que era reconoció la seda de inmediato y deslizó la misma deshaciendo aquella perfecta pajarita con un claro objetivo que era comenzar a desabrochar aquella camisa pues necesitaba sentir el calor que su pecho desprendía. Miró sus ojos pero no con temor sino avisándole de sus intenciones aun mientras permanecía en silencio pero es que no hacían falta las palabras, no entre ellos y es que ahí radicaba el orígen de esa conexión tan perfecta que estaban experimentando y es que solo con sentirse cerca lo tenían todo y sus corazones se habían convertido en menos cobardes, abandonándose el uno al otro, entregándose y ellos solo consumarían lo que en su interior había aflorado y es que aquello que había surgido entre ellos no moriría, no si lo cuidaban.

El tiempo se paró para Aina ante aquel beso que le fue robado de forma inesperada y ella gustosa lo recibió, abriendo sus labios para él mientras lo atraía aprovechando que había colocado su mano alrededor de su cuello mientras que con su otra mano había comenzado a desabrochar su camisa hasta llegar al quinto botón, esto es, lo suficiente para colar su mano y posar sus dedos sutilmente sobre su pecho ahora desnudo. Su piel, tan suave y caliente al tacto fue demasiado y ella jadeó aún estando en sus labios mientras apretaba las yemas de sus dedos delicadamente sobre él. Olvidó hasta respirar al estar entre sus brazos y sobretodo al sentirse suya, únicamente de él pero de pronto necesitó aire y se separó levemente y permaneció a milímetros de sus labios, aun rozándose, impregnada de él y del sabor de las fresas, el chocolate y el champagne, dichosa mezcla creada para perturbar a cualquier ser.

Ansiosa de él, de su olor y de su contacto hizo algo que había deseado desde el preciso instante en que su aroma la había invadido y simplemente fue hasta su cuello y comenzó a depositar suaves besos, realizando un perfecto recorrido que la llevó hasta el lóbulo de su oreja donde depositó un leve mordisco y susurró -Axe, soy vuestra -aquella confesión no podía tornarse en algo más cierto o más sincero pues Aina le pertenecía, quizás desde el preciso momento en que besó el dorso de su mano como un total caballero. Lo desconocía pero sabía que aquello se le había ido de las manos hasta el punto de encontrarse envuelta por las de él, a punto de cometer la mayor de las locuras, pero estaba decidida a perder hasta el sentido, siempre que él la acompañara en el camino.


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Mensaje por Axe Jenssen el Jue Oct 01, 2020 1:54 pm

Los primeros distinguidos y melodiosos cantes de aquellos reconocidos cantantes líricos comenzaron a resonar por ese precioso teatro que la ciudad había predispuesto para la representación de obras de Ópera en la capital francesa. Era la primera ocasión que acudía a un evento de esas dimensiones en la urbe, pero si de algo estaba seguro es que, por muchos otros acontecimientos que viniesen después, jamás olvidaría esa velada en la que como un regalo del destino había conocido a la hermosa dama que sostenía sobre mis rodillas. Era la mujer más radiante que jamás había contemplado mi delirante mirada; razón por la cual no había conseguido apartarme de ella desde que, de forma accidental, nuestros caminos se tropezaron por casualidad en mitad de los asistentes en la recepción del evento. Nunca me había considerado un hombre con suerte hasta esa noche; hasta que sus preciosos ojos verdes se cruzaron con los míos y supe que aquella sonrisa cambiaría mi vida para siempre.

Saboreaba la pasión de su boca entre ardientes besos idílicos en los que ambos mostrábamos el deseo más íntimo que sentíamos por el otro. Un deseo imperecedero que se mantendría intacto a lo largo de los años al menos por mi parte; porque si algo tenía claro es que los fuertes sentimientos que me estaba haciendo sentir Aina en tan poco tiempo serían imposibles de apaciguar. Era como si nuestras almas estuviesen predestinadas a conocerse, como si cada aventura que hubiésemos disfrutado ambos antes de encontrarnos solo hubiese sido un preludio para percatarnos al conocernos de que jamás nos habíamos sentido completos hasta que nuestros caminos se cruzaron.

Eminentes aplausos por parte de un público entusiasmado por la interpretación, y ajeno a lo que estaba sucediendo en un palco cercano, me alejaron de mi ensimismamiento en los labios de la joven, dejando unos centímetros entre ambos para retomar el aliento y dedicarle la más seductora de las sonrisas.- ¿Dónde te habías metido todo este tiempo?No te imaginas cuanto tiempo te he estado esperando.- susurré frente a sus labios, rozándolos con pequeños besos tentadores alrededor de su boca, disfrutando de la forma en que de forma sensual iba despojándose de mi ropa. Las cálidas y sedosas yemas de sus dedos abrasaban a su paso cada centímetro de mi piel, guiándome hacia una locura desmedida que pensaba saciar entre sus piernas. Más fueron sus palabras cargadas de deseo en las que me ofreció su alma, las que me hicieron tomar aquella repentina decisión y llevarla hasta el paraíso antes de que culminase la obra.- Invisibility Spell-dije para mis adentros, concentrándome intensamente para conseguir conjurar aquel eficaz hechizo solo con la mente, mientras mis labios dejaban de forma sinuosa un reguero de besos por el cuello de la dama. Esperaba que no hubiesen más sobrenaturales en la sala, puesto que esta liberación de energía al practicar mi magia podría haber captado su atención; aunque si no me equivocaba, cualquier riesgo merecería la pena.

Sonreí de medio al comprobar que el hechizo había surtido efecto, y que a pesar de que para cualquier ojo humano todo continuase sin cambios, en realidad nos habíamos hecho invisibles para el resto, gozando de una intimidad jamás antes vista en un teatro. Y sin más espera empecé a deslizar la mano izquierda por la parte interior del muslo de la dama que quedaba accesible por la abertura de su vestido, jadeando a cada centímetro que mi mano avanzada hacía el centro de su deseo y mis labios se hacían de nuevo dueño de sus besos.- Me estáis volviendo loco.- confesé frente a su dulce boca, anhelando cada caricia que Aina estuviese dispuesta a regalarme, sintiéndome por primera vez perdido y feliz al mismo tiempo.


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Mensaje por Aina Cross el Jue Oct 15, 2020 4:13 pm

Aina era conocida entre la sociedad parisina por sus negocios de moda, siendo ella la mujer que había diseñado muchos de los vestidos que aquella noche portaban las damas que aguardaban en sus asientos mientras daba comienzo la noche. Cierto era que podía considerarse a la inglesa como una mujer seria y comedida pero en no en aquella ocasión que estaba haciendo la mayor de las concesiones. ¿Quizás se estaba precipitando? Más bien y en su opinión estaba dejándose llevar en los brazos del hombre más atractivo con el que se había cruzado. Además y más allá de esa apreciación era como se sentía entre sus brazos el hecho que había propiciado la sucesión de acontecimientos de la velada que finalmente habían decidido compartir juntos.

Se sentía como en una nube pese a estar rodeada de cientos y es que entre sus manos simplemente ansiaba dejarse llevar sin pensar. Por una vez se permitía ser ella misma y dejarse llevar por el momento que se había creado sin importarle lo que ocurriera a su alrededor aunque cierto era que daba gracias por la música que comenzaba a sonar que estaba consiguiendo relajarla aún más. El hombre que estaba junto a ella se estaba deshaciendo en caricias con ella, como si Aina se tratara del ser más valioso o al menos así la estaba haciendo sentir.
La pasión que ambos sentían era latente y así lo estaban demostrando. Ella, sobre sus rodillas se sentía más segura que nunca antes y claramente estaba muy desinhibida. En absoluto se acobardaría por el simple hecho de que no estuvieran solos pues era consciente de que tanto su cuerpo como su mente gritaban que se quedara allí y continuara con el peligroso juego que ambos habían comenzado. Sin duda se sentía afortunada por haberse topado con semejante hombre que había demostrado solo tener ojos para ella pues todas sus atenciones desde que se habían cruzado eran para ella.

Pese a los aplausos ante los primeros minutos de ópera consiguió escuchar las palabras de Axe que no hicieron más que provocar un suspiro. Entreabrió los labios y le miró fijamente –Estaba correteando por esta ciudad sin saber que estaba demasiado perdida –confesó bajando la mirada hasta los labios de él como si se trataran de una fruta prohibida ¿es que acaso no lo eran? Para ella aquello era un pecado pero es que ella no era capaz de resistirse y en realidad se preguntaba ¿debía hacerlo? Demasiadas veces en su vida se había guiado por la razón, ¿por qué no dejarse llevar por una vez por su corazón? Se orilló más a él dejando un espacio mínimo entre ambos cuerpos y notando como el aroma de él, tan masculino, la invadía.

Por alguna extraña razón pese a ser muy consciente de que compartían el aire con otros muchos se sintió como en casa, esto es en absoluta intimidad con él. No es que solo tuviera ojos para él, sino que percibía que en aquel lugar no había espacio para nadie más y ella se decidió a devorar aquellos suculentos labios que la tentaban mientras que enredaba su cabello en sus manos. Que lo deseaba con todo su ser era un secreto a voces y no sabía cómo terminaría la noche pero una cosa si tenía clara y es que ansiaba continuar dejándose llevar por su instinto que únicamente le decía una cosa: sé valiente. No pensaba reprimirse, no en esa ocasión que la vida le otorgaba la oportunidad de estar junto a un hombre que parecía excepcional.

El beso continuaba y demostró en él la devoción que comenzaba a sentir por su acompañante que acabaría por quitarle el aliento y le haría perder hasta el sentido. Al fin se contuvo, por un instante y no abrió ni los ojos sino que acarició la mejilla de él con su nariz antes de depositar un beso en ella –Cariño, tú me harás perder el sentido y las formas –dijo firmemente para después dirigirse a su cuello mientras sentía una de sus manos muy cerca de su intimidad. Ya no era momento de parar y mucho menos de reprimir aquel deseo y el sentimiento de estar juntos aquella noche. El destino les había unido y no sería ella quien le llevara la contraria –Axe, os necesito –sus palabras no podían ser más sinceras y sus manos parecían no poder pararse quietas. Sonrió aun rozando su mejilla e introdujo la mano libre en su pecho acariciándolo de principio a fin. Necesitaba sentir su piel junto a la de ella que ciertamente clamaba aquel contacto tan íntimo. Sentía la suavidad de él mientras bajaba la mano hasta su pantalón donde se topó con un botón que desabrochó con delicadeza, ansiando más, mucho más de él. Cuando hubo acabado quedó colocada junto a su mano, sintiendo ahora el roce directamente con su centro de deseo que comenzaba a humedecerse ante el contacto de él. Sin duda las caricias de Axe quedarían grabadas para siempre en su piel.


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