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beyond the invisible — l. ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Gisselle d'Auxerre el Lun Ago 03, 2020 10:56 pm

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Desde el momento en que aquella misiva había llegado informándole acerca de la existencia de Alastor Dantès, Gisselle no podía dejar de sentirse intranquila. Y no, no era por el hecho de tener a alguien que hiciera de guardián (algo bastante común tratándose ella de un miembro de la nobleza); eso la tenía sin cuidado. El motivo real de su inquietud era Luciano, su esposo. En realidad, él había sido quien contratara a Alastor para seguridad de ella como de Olive, algo que a Gisselle le parecía medio absurdo tratándose de una vampira de más de mil años de existencia. Sin embargo, bien conocía a su marido y sus decisiones no eran por mero azar. Eso fue lo que más le dio vueltas en la cabeza durante varias noches; le intrigaba toda la situación. Lo peor, es que pese a sus responsabilidades en Italia, no podía trasladarse a Florencia tan pronto como pretendía.

Fue entonces que, en su espera por respuestas, otra carta llegó a sus manos. De alguna manera le tranquilizaba tener noticias de Luciano, aunque las que llegaron no eran precisamente las que esperaba. El corazón le dio un vuelco en su pecho cuando leyó atentamente las palabras que le dedicó su marido, y aunque por una parte se alegraba, por otro lado le generaba cierta preocupación. En ese instante Gisselle encontró más motivos para seguir rechazando la sangre que corría por sus venas. Se sentía impotente e incapaz de poder hacer mucho más allá de continuar huyendo como una cobarde. Aun así, no iba a rechazar la petición de él de que se vieran. El único problema era dejar a Olive, pero bien sabía que Alastor cuidaría de ella, así que no hubo mayor problema.

Así pues, después de haber preparado todo para que la niña estuviera segura, la inmortal se dirigió al teatro sin darle explicaciones a nadie (agradecía que Luciano hubiera elegido un lugar discreto para encontrarse, a decir verdad). Una vez ahí, condujo sus pasos hasta uno de los palcos. Al llegar ahí, se detuvo unos segundos antes de adentrarse en éste. La presencia de Luciano era portentosa, única.

No tuvo necesidad de anunciar su llegada, pues él ya lo sabría de antemano. Ambos eran capaces de percibir estas cosas sin necesidad de acudir a las palabras, era uno de los detalles que hacían única su relación, aunque en ese momento Gisselle sentía que había defraudado la confianza de su esposo.

—Lamento la demora. Fui difícil convencer a Olive de que no viniera conmigo; ya sabes cómo es —añadió apenas y cruzó el umbral que separaba el interior del palco del pasillo—. Siempre eliges la mejor vista, como siempre...

Se sentó a su lado, fijándose en la presentación que acontecía en ese momento. Pero no era aquella el objetivo de sus pensamientos sino el silencio sepulcral de su compañero, aun así, ella permaneció impasible en su lugar a la espera de lo que Luciano pudiera decirle tras su regreso.

—¿Por qué tan callado, querido? —preguntó finalmente, esta vez, mirándolo fijamente—. Para haberme pedido que no trajera a la niña conmigo, ha de ser muy serio el asunto a debatir.




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Mensaje por Luciano Tornabuoni el Dom Ago 16, 2020 7:23 pm

El teatro era un espacio que le permitía a Luciano repensarse una buena cantidad de cosas. Recordaba por supuesto cómo había comenzado, como una sala larga y estrecha y con galerías en el segundo piso a modo de palcos. En la parte baja, alumbraban a medias el lugar con velas de sebo y, en su momento, incluso los papeles femeninos estaban a cargo de los hombres. La clase alta no asistía a los inicios de tal arte, como tampoco las mujeres. La razón no era muy complicada, porque a diferencia de la actualidad, el lenguaje era expresamente soez y maleducado. Él, había ido por mera curiosidad una vez, no había sido difícil persuadir al encargado de la obra para verlo todo tras bambalinas, observando a lo lejos la decadencia de las gentes de esa época que reían con la violencia extrema allí representada. Era un lugar dedicado en forma y fondo a los necios, creía él.

No fue sino hasta después de 1630 que el público del teatro cambió por completo y la clase alta tuvo lugares privilegiados no sólo para ver lo presentado, sino para ser el punto principal al que las actuaciones querían llegar. Adaptaron obras de griegos y romanos y, pese a que en la mayoría de los casos las conocían mal, tenía un tinte distinto para sus espectadores. Esa noche, la ópera de París hacía gala de sus dotes musicales y actorales, y era justamente allí, en un palco reservado para dos personas, que esperaba a Gisselle. Su esposa era una mujer de una gracia excepcional, una mezcla de elegancia y sofisticación propias de la realeza y, pese a que en efecto ella pertenecía a dicha categoría, él estaba seguro que lo que en realidad refulgía, era su propia esencia. Sin embargo, aquella cita no era como los encuentros convencionales luego de cada largo viaje, en los que tras pasar un lapso ausente, dedicaba múltiples atenciones no sólo a ella, sino también a Olive. Quizás era justamente eso lo que les permitía continuar unidos luego de tanto tiempo, eran casi cuatrocientos años de un matrimonio estable, donde convergían largas ausencias por negocios múltiples y luego una devoción propia de los de su especie ¿Por qué motivo entonces Gisselle había dejado Florencia sin dejar siquiera una carta? Desapareció en silencio, sin motivos claros, dejando incluso cosas de importancia sin llevar. Definitivamente, creía él, el haber contratado al Dantés para estar cerca de su familia era una decisión acertada, ese era el motivo por el que ahora, luego de moverse a París, tenían una cita no consensuada.

Luciano llegó varios minutos antes de la hora programada, observaba en completo silencio a cada uno de los asistentes que iban llenando el recinto, mientras pasaba entre sus dedos una moneda de un franco, en cuyo reverso se notaba el relieve de una rama de olivo. Era una distracción sencilla que a menudo le favorecía concentrarse y, pese a que no lo necesitaba, podía vérsele de tanto en tanto en medio de aquel movimiento. En cuanto Gisselle llegó, no hubo necesidad de palabras, reconocía el perfume que emanaba de ella sin lugar a dudas, pero permaneció impávido en su sitio. No cabía duda que dicha desaparición le inquietaba, por más de una razón.


—Regresé a Florencia hace varios días. No había rastro alguno de ustedes— respondió por fin, aunque con una calma tal que podía resultar incluso confuso dada la gravedad que escondían sus palabras —Sospecho ampliamente el motivo de tu estadía en París. Sin embargo, prefiero escuchar de tu boca las razones de tan radical cambio— su rostro se giró para mirarla a los ojos al decir esas últimas palabras. En sus cartas, había preferido no preguntar nada a Alastor, porque no necesitaba palabras para recordar lo que allí pasaba. Una vieja historia llena de sangre la perseguía a ella y, pese a que iba a respetar la decisión que ella tomara con respecto a su linaje, no estaba dispuesto a arriesgarla ni a ella ni a Olive. Luciano no iba a interferir en lo absoluto en las determinaciones de Gisselle, al menos hasta que alguien se atreviera a ponerle una mano encima. La calma era en él una constante, pero cuando se trataba de ellas, podía convertirse en la peor de las bestias.


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Mensaje por Gisselle d'Auxerre el Lun Ago 31, 2020 12:31 am



Luciano siempre había sido testigo del constante disgusto que Gisselle sentía hacia la familia d’Auxerre, una que la había tomado como miembro sin siquiera cuestionarle nada. Verse enjaulada en semejante maldición era algo que lamentaba día tras día; aquello se había convertido en una sempiterna condena. Sin embargo, entre toda esa oscuridad podía ver siempre algo de luz, así fuese una tenue llama. Luciano y Olive se habían convertido para ella en ese sutil albor que cambiaba muchos aspectos de su eternidad. Desde luego, Mirage lo fue en su momento, pero, tras su partida, Gisselle sintió que lo perdía entre las penumbras. Tal vez se equivocaba, mas no dejaba a un lado esa sensación tras tanto tiempo de ausencias constantes.

Todo marchaba en completo orden en su mundo hasta que, cierta noche, Vito llegó para arrancarla de esa paz que, con tanto esfuerzo, se había forjado en Florencia. Ella, por supuesto, no era simpatizante de los asuntos de la familia, y mucho menos de esa guerra que, aún, consideraba absurda. La venganza sólo traía consigo más venganza; era un ciclo de eterno retorno, sin, siquiera, motivo a cambios. No obstante, lo que más lamentó Gisselle en momento tan crucial, fue no haberle comunicado nada a su esposo. Era la primera vez, después de varios siglos juntos, que ella no le hacía participe de sus decisiones.

Aquel remordimiento le abrasó desde su interior en cuanto la invitación llegó a sus manos, y con más razón, al ver las lágrimas de Olive al no poder acompañarla a ver, a quien desde hace un tiempo, consideraba su padre. No había experimentado tanta angustia desde hacía muchísimo tiempo, y ésta se hizo casi insoportable en el instante que enfrentó a su marido; aun así, tuvo el coraje suficiente para sostener su mirada. Hubo un largo silencio, ni siquiera hacía falta intentar leer pensamientos cuando aquel gesto se convertía en un lenguaje confidente entre ambos. Gisselle extendió una mano para colocarla sobre la ajena, estrechándola ligeramente.

—Luciano —pronunció con lentitud mientras cerraba los ojos—. Lamento muchísimo todo esto, pero ni yo imaginé tal imprevisto. Lo que más me duele es que Olive se vea involucrada de manera tan indirecta.

Apartó entonces la mano y su visión se enfocó en los actores, en sus agraciados movimientos y en los gestos perfectamente tallados en sus semblantes. Se mantuvo así durante largos segundos.

—Sabes lo mucho que detesto meterme en los asuntos de los d’Auxerre, pero recuerda que aún le tengo aprecio a Mirage. Quizá por él podría tolerar un tanto la situación —empezó a explicar con calma, teniendo la firme certeza de que Luciano comprendería todo—. Aun así, toda esta guerra me parece... No encuentro las palabras para definirla, sinceramente. Me siento atrapada, y tampoco quiero involucrarte en algo carente de sentido alguno. Pero me alegra tanto que estés en París, aquí, conmigo, con Olive. De alguna manera me tranquiliza.

De repente frunció el ceño como si recordara algo de suma importancia. Y así fue.

—Espero que las cosas en la Corte estén marchando bien. ¿Pudiste averiguar algo antes de partir? Ischirione ha depositado su entera confianza en mí y mira ahora —espetó, completamente disgustada.




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Mensaje por Luciano Tornabuoni el Jue Sep 17, 2020 9:27 pm

En aquél encuentro no estaban incluidos saludos formales, ni siquiera una cercanía propia de quien ve por fin, después de un largo tiempo, a aquél con quien ha elegido compartir su existencia. La tensión se sentía en el aire y la ópera rezumaba en el fondo como el telón de una tensa charla; pero no podía ser de otra manera, la aparición de los demás d’Auxerre no podía significar algo distinto a un inminente riesgo para los suyos, una exposición en un campo de batalla en el que ni siquiera deseaban estar. Luciano conocía bien sobre estrategias de guerra, no por nada había servido en la república y sus escritos, decretos, registros y despachos fueron una importante guía a la hora de gobernar. Desde luego, cada uno de esos archivos yacían ahora con un nombre que ya no usaba, al igual que muchos otros, pero lo que operaba en su mente permanecía constante y se fortalecía tanto con la experiencia como con el paso de sus inmortales años.

Un nuevo silencio se hizo presente, mientras él tejía un montón de estrategias posibles sobre lo que estaba sucediendo. Esa situación no era como las de siempre, porque sobre ese tablero sí había fichas que él no quería perder: Su reina en primer lugar, y una pequeña bruja que haría las veces de letal alfil si era bien formada en sus mágicas artes en segundo, pero también enormemente importante. Olive era su hija, porque pese a no tener nada que ver con su sangre, la había adoptado junto con Gisselle y como tal la quería. Ellas eran su familia y por lo mismo la situación le molestaba por completo. Pronto, la mano de Gisselle sobre la suya lo sacó de su letargo y bajó ligeramente la mirada hacia el anillo que yaciera en su mano. Ahí estaba su compromiso y, por más que le molestara el rumbo que había tomado aquella situación, no iba a aislarse.
—Hay muchas cosas que no sé de tu familia, pero si tengo algo claro, es que esa casa no es un lugar seguro para Olive. — afirmó sin el más mínimo asomo de duda. La niña no iba a ser otra cosa que un rápido bocado para los d’Auxerre, o sería incluso peor si la descubrían los de Bordeaux —Tus enemigos no van a jugar limpio, Gisselle, y si descubren a la niña la tomarán. Y sabes bien lo que opino con respecto a Mirage. — El inmortal tomó aire, llenando con él unos pulmones que no lo requerían, pero que hacía las veces de viento de calma para ordenar sus ideas. —Voy a ser claro contigo, no estoy de acuerdo en lo absoluto con esa forma abrupta de dejar Florencia y los asuntos que allí tenemos, como tampoco me importa en lo más mínimo lo que pueda ocurrirle a toda tu familia; pero no voy a dejarte a tu suerte. Conozco más que nadie lo implacable que puedes llegar a ser, pero pese a no tener arte ni parte en esa ridícula guerra, sé lo suficiente como para entender que no puedo alejarme y estar tranquilo al mismo tiempo— continuó. Luciano, en ese punto, sabía más al respecto de ambas familias de lo que aparentaba. No lo había ocultado deliberadamente, pero le restó importancia en su momento dada la reticencia de su esposa a verse involucrada en semejante tragedia. No obstante, él sabía un par de detalles importantes que no mencionaba, todo producto de haber conocido antaño a uno de los miembros de una batalla previa: Adriel.

—¿Sabe Ischirione que te moviste a París por tiempo indefinido? Su condición de bastardo no le facilitará las cosas a pesar de ser el rey. Los hombres cambian de buen grado de señor cuando piensan que así mejorarán, pero la fiscalización de los impuestos ha hecho que deseen hasta empuñar sus armas de ser necesario con tal de volver a sus antiguas costumbres. Así que tiene como enemigos a los que ha ofendido al invadir el modus operandi del viejo principado, por lo que a pesar de tener un ejército poderoso es necesario el apoyo de sus habitantes. Luis XII, rey de Francia, perdió Milán a manos de Ludovico con la misma rapidez con que la hubo ocupado, porque los que le habían abierto las puertas, al considerarse engañados por sus ideas y en el bien futuro que habían imaginado, no pudieron sobrellevar los inconvenientes del nuevo príncipe. Sin mencionar que unos de sus enemigos era un Papa: Julio II— la voz de Luciano sonaba casi en un mismo tono, porque narraba con cierto desgano aquello que ahora ocupaba un segundo lugar en su mente. Ahora, la guerra de familias de su esposa le preocupaba por una razón muy clara —Ya veremos que hacer sobre eso, por ahora tengo claro que entre más tarde la guerra en la que estás involucrada, más ventajas tendrán tus enemigos de indagar lo suficiente y contraatacar. Por eso ganaron en la anterior guerra, los d'Auxerre se confiaron demasiado. — declaró, dejando sobre la mesa la carta que hasta ahora estaba oculta. Él tenía más información y estaba dispuesto a compartirla ahora con su esposa.


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Mensaje por Gisselle d'Auxerre el Dom Nov 15, 2020 10:01 pm



Las razones del disgusto de Luciano eran completamente válidas, y ella no le restaba importancia, la verdad, compartía su misma opinión con respecto a la seguridad de Olive, y, aunque Vito llegó a asegurarle que la niña estaría bien, la desconfianza era el pan de cada día en la mentada mansión de los d'Auxerre. Gisselle sentía que se encontraba entre la espada y la pared, y eso sumaba más resentimiento hacia lo que era, en lo que le habían convertido a la fuerza. La angustia hacía mella en su interior, haciéndole revivir, incluso, sensaciones antes propias de la mortalidad; y era entonces cuando más humana se sentía, con aquellas emociones revoloteando en cada centímetro de su ser.

Respiró un aire innecesario para sus pulmones, mientras cerraba los ojos, apretando fuertemente los párpados; las palabras de su marido, de alguna manera, le hacían sentir segura pese a la situación en la que ella se hallaba envuelta, razonar con Luciano era algo que, sin duda, le encantaba. Los modos en los que se expresaba el otro inmortal le recordaron a las primeras veces cuando apenas y lo conocía, motivo por el cual ella acabó interesándose en él aunque en sus siglos de vida prefería la soledad y la independencia que tanto la habían caracterizado desde su huida de su natal Pompeya.

Abrió entonces los ojos, volviendo su atención a los actores en el escenario; extendió su mano, apoyándola en la nuca de su esposo, depositando suaves caricias por donde sus dedos se deslizaban con delicadeza. Era algo que solía hacer por inercia.

—Lo sé, entiendo que mi partida, sin aviso alguno, fue imprudente. Pero tampoco pretendía que Vito continuara en nuestra propiedad. Además, no quise dejar sola a Olive; sabes lo desgastante que es para mí no estar con ella, a su lado —explicó, haciendo luego una pausa que no se prolongó demasiado—. Pero comprendo lo complicado que es quedarse a>mi lado, al menos por ahora. Necesito separarme de ese linaje y todos los conflictos que traen consigo, incluyendo el enfrentamiento absurdo con los otros.

Exhaló un suspiro, pues lo de los asuntos con la realeza italiana la mantenían con la cabeza hecha un lío. Desde luego, aquella particular misión era algo que la preocupaba con creces.

—Le avisé que sería por poco tiempo y por asuntos familiares y "de peso". La verdad, pienso regresar a Italia y necesito que me acompañes; el asuntillo de jugar a dos bandos es algo que me inquieta. Ischirione tiene algunas murallas bajas, pero otras bien elevadas. Ambos bandos tienen debilidades y fortalezas, mas necesito jugar de manera inteligente —dijo, centrándose en un tema que realmente le interesaba—. ¿Cómo lo has visto todo antes de partir? Me hacen falta un par de consejos. Tú conoces mejor a esa gente que yo...

No se quiso a arriesgar a dar más información de la necesaria, y mucho menos mencionar que el actual rey parecía un buen hombre, que no veía nada tan negativo en él como para acumular tanto desprecio, aun así, mantuvo la prudencia y sólo se reservó esa idea para sí misma mientras esperaba paciente por una respuesta.




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Mensaje por Luciano Tornabuoni el Lun Ene 11, 2021 2:58 pm

La mano de Gisselle sobre su nuca, moviéndose en una ya conocida caricia, casi lo hizo titubear. Ella tenía cierta influencia sobre él, una que parecía moverse en círculos, de tal manera que entre ellos, uno siempre terminaba siendo la calma del otro cuando fuese necesario. Era realmente difícil saber cuándo Luciano estaba molesto, porque mantenía la máscara estoica como parte inherente de su personalidad; aunque sin duda Gisselle ya era capaz de notar aunque fuera la más mínima diferencia en él, como si acaso los años juntos le hubieran otorgado la habilidad de leer más allá de lo evidente. Pero un suspiro bastó para ponerlo en línea de nuevo, él entendía perfectamente el peso que tenía aquel encuentro y sobre todo, que las determinaciones que allí tomaran, tendría un peso de vida o muerte sobre ellos y sus intereses.

—Vito…— repitió el nombre y guardó silencio durante unos instantes, como si midiera el peso de esa respuesta antes de continuar con lo que tenía que decir. Gisselle lo había dejado todo para seguir su solicitud, como si sencillamente no pudiese sólo negarse y pedirle que se retirara de su propiedad. Ahí, fue imposible que Luciano no se preguntara cómo hubiesen sido las cosas si él estuviera en casa, si Gisselle y Olive no se encontraran solas y sintieran un soporte para poder elegir. Sin embargo ¿No podría también ella elegir irse con Vito aun en la presencia de Luciano? —¿Sabes bien que podías haberte negado, verdad? — la pregunta fue una especie de evasión a lo que el inmortal realmente deseaba saber, pero si algo lo caracterizaba a él, era que podía obtener la verdad de lo que deseaba sin necesidad de picar directo en la fuente. Era menos invasivo, pero mucho más efectivo. —En efecto no voy a quedarme contigo, no sólo porque tú misma no lo solicites, sino porque mi presencia en ese lugar sólo serviría para confirmar mi necesidad de sacarte a ti y a Olive de ese nido de ponzoña. Sé cuánto amas a Olive, pero voy a apelar a tu buen juicio para que me permitas llevarla conmigo. Ese lugar representa todo de lo que hemos intentado alejar a esa niña— la frialdad en su voz sonó quizás más cortante y dura de lo que planeaba, pero estaba en un punto donde sentía que podía perderlas a ambas en un parpadeo, al igual que sus planes tan trabajados en cuanto a la realeza de Italia.

—Ischirione sigue siendo humano y necesita a cuantos más pueda de su lado. Pero quizás piensa demasiado. En este momento es donde debería analizar muy bien todas las ofensas que considere inevitables, y realizarlas de golpe, para no tener que renovarlas día a día, y así, al no repetirlas, poder tranquilizar a sus nuevos súbditos y ganárselos rápidamente con sus favores. De lo contrario se verá obligado a tener siempre el cuchillo en mano sin que sus súbditos se fíen de él. Ese debe ser tu consejo en cuanto regreses, porque las injurias hay que hacerlas todas de una vez, para que, paladeándolas menos, provoquen también menos daño; mientras que los favores hay que hacerlos poco a poco, para que puedan saborearse mejor. Pero eso no tiene sentido ahora, no cuando tu regreso a Italia está supeditado por las solicitudes de tu familia— respondió, sin mirarla durante ni un solo segundo. Los ojos del inmortal estaban fijos en la obra y el tono de su voz era lo suficientemente bajo pero firme para ser escuchado sólo por ella, aunque con completa claridad. Además, había algo que se tejía allí detrás de las palabras y que Gisselle no ahondaba, pese a que su cuerpo delatara otra cosa —¿Hay algo más que quieras decirme? — agregó, girando levemente la cabeza para buscar su mirada y que fuera su iris quien confirmara la verdad o mentira que respondería a continuación. Nunca había tenido que hacer eso con ella, pero sentía, en lo más profundo, que las cosas estaban cambiando drásticamente.


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