Victorian Vampires
 L'explorateur trouvera toujours quelque chose d'inattendu. (Priviado) ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Gilbert Da Montorfano el Dom Sep 27, 2020 9:35 pm

Su madre quedo con los ojos abiertos de par en par al momento que su hijo tiró el vaso con leche recién ordeñada, solo puedo verse como caía, y por ende como se quebrara y los fragmentos de vidrios se esparcían por todo el suelo y el líquido blanco como se derramaba en la madera. Gilbert no tuvo remordimiento, anteriormente le había dicho que no le apetecía beber ni comer con ella. Estaba harto de que siempre este atrás de sus talones como si aún tuviera dos años. No pedirá perdón por algo que él no pidió. Dio un paso hacia atrás para alejarse de su progenitora y por último darse la vuelta y caminar fuera de su habitación. No deseaba faltarle al respeto ni mucho menos gritarle porque era muy común que perdiera el estribo cuando se comportaba de esa manera. Aunque no tuviera su brazo izquierdo, tiene le otro, y sabe hace las cosas por si solo perfectamente, desde su nacimiento tuvo que aprender a vivir si una extremidad, y no por ser la persona que le dio la vida creerá que puede gobernarla, es un hombre de veinticuatro años. Por eso prácticamente corrió de Italia para refugiarse en Paris, pero pareciera que el destino tuviera otros planes al momento de la llegada de sus padres. Vaya. Ni en otra nación pude desprenderse del manto familiar.

Antes de salir por completo de la habitación volteo a ver a su madre, que estaba a punto de llorar, sus ojos rojos, y con su cara roja como una manzana recién caída del árbol más grande. Suspiro. –Se le informo que no deseaba sus atenciones nuevamente. No escucho, ya vio lo que ocasiono al no comprenderlo Madre. –Su voz, gruesa, firme y con ese acento Italiano pero hablando en francés con fluidez. Era cruel con ella, en parte no se merecía ser tratada de esa manera por su propio hijo, aparte, al ser el único toda su atención estaban puestas en él. Claro, por ello se hartó. Sencillamente lo agobiaron hasta el punto de explotar y no desear más sus cuidados. Cada paso que daba, ellos igual. Eso era enfermizo hasta cierto punto y por ello.  Gilbert hace mucho que perdió esa sutileza con esa mujer o con las demás personas. Él se formó de esa manera y será difícil cambiarlo. Después de decir esas palabras, sin piedad cerró la puerta fuerte, escuchándose por todo el hogar, no le importo dejarla con un ataque de ansiedad y de histeria; sus pies avanzaron rápidamente por toda el pasillo de la casona hasta bajar las escaleras, era grande, su padre siempre luciéndose, después de todo, la cabecilla de la familia era un creído aristocrático, siempre queriendo ser el foco de atención.

Uno de sus conocidos le había enviado una carta, diciendo que lo invitaba a pasear. Descartándolo ya que no le gustaba estar alrededor de gente, de hecho es lo que estaba haciendo redactando la carta para decirle que no era posible asistir al evento del circo pero en ese momento su madre llego y todos sus planes se vinieron abajo, deseando salir lo más pronto posible de aquel lugar. Ahora sin poder negarse teniendo que ir por mero compromiso. Se encontraba un poco retirado, pero llegando, al parecer, buen tiempo porque la función aún no empezaba y tampoco podrían observar que sus amistades estuvieran cercas. Se detuvo, visualizando el terreno con sus ojos. Tomo el reloj de bolsillo que siempre solía usar. Mirando la hora, sí, temprano, porque la carta decía ocho y media. Y eran las ocho. Faltan media hora para que se reunieran el grupo. Mientras tanto, y el explorador que llevaba dentro, comenzó avanzar, quería conocer un poco del lugar en donde estaba. En treinta minutos puede pasar muchas cosas ¿O no?
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Mensaje por Szabina Drizar el Mar Sep 29, 2020 3:48 pm




"Los diamantes de la culpa
Los papiros de la culpa
Los pilares de la culpa
Los colores de la culpa
Las banderas de la culpa
Las gárgolas de la culpa
Las espinas de la culpa

Escuchad, dice el alcalde, escuchad a las avecillas de los bosques.
Cantan como hombres encadenados." L. Cohen


Pensó en no aplicar rubor en sus mejillas porque con el calor que hacía ya las tenía bastante rosas, pero estaba segura que su abuela le diría que nunca era suficiente y que trataría de maquillarla y la gitanita no quería darle problemas a su tata, ya era una mujer vieja, probablemente también terminaría poniéndole de más hasta dejarla como esas muñecas que tanto le gustaban a su hermana menor Stella. Por eso repasó el polvillo rosa con los índices hasta que se mancharon y luego hizo lo mismo en sus pomulos hasta que quedó un digno y prolijo desvanecido en sus cachetes.
Era una tarde bastante bonita de verano en París, Szabina imaginaba que sería así en el resto de Francia, en su natal Hungría e incluso en ese país que detestaba, Italia le traía malos recuerdos, un vacío en el estómago y una incomodidad que a pesar de los años ignorando el tema no la había abandonado y ella se negaba a soltar.

Poco recordaba de ese país, pero lo que si estaba claro era esa ciudad tan bonita de ríos en vez de calles, su música y esos barcos flotando con el cielo naranja y rosa fundido en el agua tan calma que parecía un sueño.  Un sueño que a ella y su familia se le había vuelto pesadilla. Lo malo eran solo recuerdos que le causaban un extraño daño y malestar, recordaba el dolor en su labio por un golpe, ¿o había sido una cachetada? Lo más importante es que había dolido mucho, recordaba la fuerte presión en su brazo, sus uñas enterrandose en la carne ajena y el rostro de sus hermanos, sin duda habían estado muy enojados, por suerte no con ella. El dolor en su garganta de ese horrible día en territorio romano también era algo plasmado en su mente, algo parecido a como cuando uno agarra un frío en el pecho.

El sonido de las campanitas que pendían del techo exterior de su carrromato podría haber pasado como una simple brisa del viento de no ser por el toque en clave de su hermano Jacob en la puerta. Su carromato era un largo pero justo rectángulo en el que había logrado hacer caber de forma armónica una modesta cama con una acolchada manta roja, un escritorio antiguo que también era su tocador y comedor donde tenía un baúl pequeño con sus alhajas que eran en su gran mayoría baratijas, un espejo grande y brillante del que colgaban collarines de perlas falsas y otros lazos dorados y plateados para el cuello y su cabellera. Había un taburete ya desgastado que aún era capaz de soportar su peso dignamente, una repisa donde tenía sus tesoros metódicamente acomodados, un pesado baúl que había su padre intercambiado por unas cuentas pendientes en Polonia en el cual ella guardaba sus vestidos y alguno que otro libro viejo, solo uno de estos había leído y con cierta torpeza, pero para ella era una gran proeza. El camarote era unos cómodos centímetros más alto que ella, de allí que la mayoría de sus hermanos no entraran muy seguido al tener que mantenerse un tanto inclinados, pero el lugar siempre lo mantenía organizado, si algo le había enseñado su madre a veces con buenas palizas era a ser muy aseada y ordenada.

Se levantó para acercarse a la puerta y ver qué quería su hermano. Abrió la puerta recibiendo el olor del cigarrillo como un buenas noches y lo miró interrogante desde arriba de las escalerillas, en unos cuarenta minutos tendría que repetir su acto por última vez aquel día y sin duda, era la hora estrella en la que tenían más espectadores. Szabina agitó la mano en el aire para esparcir el humo. - ¿Qué pasa?-  a ver si le pondrían alguna otra tarea antes de su presentación.  - Te ves como la luna, Szabi.-  respondió Jacob levantando la mano para tocar el cabello de su hermana. - A que me has echado de menos.-  dio otra calada al cigarrillo entrecerrando un ojo con sonrisa en sus labios delgados. - Jummm pero es que eres una molestía, ¿así quién podría extrañarte?-  le respondió ella con desparpajo seguido de una sonrisa afectuosa. Supo de inmediato que algo quería de ella. - A ver. ¿Qué quieres?-  acentuó la prisa, en realidad debía prepararse y no solo físicamente, para ella la acrobacia era un arte y un oficio que merecía respeto y tiempo.

-Dicen que soy la sal de la tierra…- el gitano cantó y se rió de buena gana dando la última calada muy profunda para tirar la colilla al suelo. - Pero bueno,- se encogió de hombros con tragedia fingida, - vas a matarme pero, - duda del pedido en esa pausa, - han llegado unos de esos riquillos de trajes ridículos buscando una vidente y mostrando como tarugos su dinero a todos, así que antes de que otro se quedara con esas bonitas monedas pensé que te interesaría quitarle esas telarañas al don de la tata e invitar a tu adorado hermano a una buena cerveza. Entonces les hable de ti. - el humo del cigarrillo había escapado de sus labios mientras hablaba, se había terminado a mitad de tal noticia. Nerviosa Szabina miró la colilla en el suelo aún encendida, había angustia en su ceño fruncido. - No sé, sabes que no me gusta hacerlo, Jacob. - ni pensar lo que era posible que viera en esas palmas.
Su hermano le tomó la mano con suavidad. -Lo sé, lo sé, pero ¿quién mejor para tener ese dinero que tú? ¿no me habías hablado de esos zapatos blancos tan lindos y cómodos que viste? Además estaré contigo, como siempre.- preguntó el zalamero. Sin entrar en muchos detalles, sus hermanos sabían la mejor manera de obtener algo de ella y ella cedía, además quería esos zapatos antes de que alguna otra se los llevara.

Lo miró, hubo una seriedad que delataba claramente que diría un sí. Suspiró profundo y sonrió . - Está bien, deja me pongo zapatos. - volvió al interior y miró los que se pondría, estaban viejos y aunque debían ser negros parecían ya grises. Había que hacer sacrificios, además como decía su abuela...Si no practicaba su don, los dioses se sentirían ofendidos y quién sabe de qué era capaz un dios herido. Antes de salir la gitana se miró frente al espejo, la piel de los hombros al descubierto contrastaba con el cuello bandeja compuesto de boleros de su blusa oliva, la que desaparecía por debajo de sus jóvenes pechos atrapada por un corsé vino tinto que marcaba su cintura y terminaba en caderas que eran cubiertas con una falda del mismo color sangre que se mecía graciosa con el más leve movimiento y terminaba en sus talones sin medias y unos zapatos sin tacón, tenía en su cuello medallones de latón cobrizo que armaban un collar, el cabello castaño largo y suelto sin ningún adorno aún.

Cerró la puerta del carromato la joven y tomó la mano de su hermano mayor que le esperaba, bajó los escalones y caminando a su lado sin soltarle se dirigió al grupillo de clientes esperando de paso hacerlos quedar al show circense. Ambos ya sabía que Jacob no la abandonaría en ningún segundo o la dejaría sola si no se lo pedía.
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