Victorian Vampires
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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Cygnus Khione el Miér Nov 25, 2020 2:07 am

Cygnus llevaba algunas noches sintiendo una inquietud inexplicable que le estremecía por todo su cuerpo, un presentimiento de que las aguas profundas del enorme océano que conformaba al tiempo estaban próximas a agitarse con tal violencia que en el futuro dibujado por su imaginación solo podía ver peligro, desastre, sangre y muerte, un panorama realmente desalentador y oscuro del que no estaba deseoso por experimentar.

Tales sensaciones serían para otro un problema simple de una mente ansiosa, acelerada y llena de heridas que dejaron los tristes acontecimientos por los que tuvo que atravesar para llegar a tan extraña época, pero para aquel que caminaba por las calles solitarias del Paris nocturno y melancólico tenían un significado profundo y certero.

—Esto ya lo sentí una vez y al poco tiempo se volvió una dolorosa y cruda realidad… en muy poco tiempo —pensaba con preocupación aquel inmortal, aquel que ahora poco le importaba la dirección en la que se dirigían sus pasos o el sonido del bastón chocando súbitamente contra el suelo provocando un eco que servía como antesala a sus pasos, anunciándole a la nada su inminente llegada por esos pasillos silenciosos, caminos que no existían para Cygnus, él estaba mentalmente en el París de otro tiempo, él estaba perdiendo por milésima a vez a su mentor y único amor que había tenido toda su vida, la herida volvía a abrirse para sangrar internamente, empapando su alma en un dolor tan intenso que apenas podía respirar. De pronto se detuvo sin previo aviso, aquel joven extranjero que había encontrado unos días atrás en un café llegó a su encuentro, una imagen mental nacida de la preocupación por su futuro si se llegaba a ver envuelto en todo aquel desastre que se avecinaba, surgiendo una pregunta que no pudo responder —¿Porque preocuparme por él si apenas le he conocido? —una pregunta más que agregar al breve listado que correspondía específicamente para Masamune, pues era verdad que aunque tenía algunas pistas, ninguna era suficiente convincente para resolver su repentino interés por aquel mortal.

Despertó de su trance mental cuando escuchó a un par de voces lejanas que conversaban alegremente, jóvenes quizás que deseaban disfrutar de la noche, preguntándose si Masamune estaría haciendo lo mismo en algún lugar de París. Contrariado, volvió a ponerse en marcha y la imagen de aquel artista le dió una idea, un lugar al cual ir para olvidarse por un rato de todo lo que interiormente le aquejaba.

¿Que haría en ese lugar? ni él mismo lo tenía claro, pero consideró que no había mejor opción para perderse un rato, para dejar de sentir ese gran peso en los hombros que ni siquiera se había posado definitivamente, además tenía mucho tiempo, siglos, al menos dos de ellos sin estar tan cerca de sus amadas plantas.

Apenas llegó al jardín botánico, comenzó a caminar a su ritmo y tiempo, con las manos hacia atrás donde reposaba el bastón tranquilamente, recordó el profundo amor y la conexión que alguna vez tuvo con todo tipo de especies de flores, siendo sus favoritos la rosa y el alcatraz, de los que cuido hasta el último día que Los Guardianes estuvieron juntos en la Venecia renacentista, por eso no fue extraño que cuando vió cerca de él un rosal, apresurara el paso para observarlas concordado y absorber su aroma, solo entonces un atisbo de sonrisa se dibujó en el rostro del eterno, solo entonces cerró sus ojos y poco le importó sus mechones de pelo suelto y rebelde que cubrieron parte de su piel escapándose de su larga coleta o la galera negra que se movió de su sito al inclinarse, el largo abrigo no fue ningún impedimento para sentirse libre y ligero, en ese momento sintió paz y sino esperaba encontrar a nadie en particular, ahora lo deseaba con mayor fuerza, solo queria encontrar tranquilidad entre las flores.


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Mensaje por Arios Servius el Sáb Nov 28, 2020 1:42 am

—En algún momento el hechicero deberá aparecer — pensaba el antiguo vampiro recorriendo las calles parisinas minuciosamente, sus pasos se anunciaban gracias al eco de las aceras vacías, poco intención tenia aquel por mantener el sigilo, simplemente a últimas fechas queria dejar viejas costumbres, hábitos que debía mantener por el aquelarre, por los hijos de Tánatos, como líder junto con Magnus y Severo debía poner el ejemplo ante los nuevos miembros, pero esa noche no había neófitos ni caras nuevas, podía liberarse un poco de la rigurosa etiqueta, aunque a decir verdad, la elegancia era parte de su personalidad hubiese espectadores o no, luego simplemente se sonrió y continuó su camino sin rumbo.

Arios no queria detenerse ante ninguna distracción, estaba decidido a terminar su misión cuanto antes y regresar a Londres, desde que había arribado a Paris, había algo que no cuadraba, la prometedora ciudad tenia algo que oprimía su pecho, que desestabilizaba su humor muy fácilmente, odiaba estar deprimido, no queria terminar como Severo y su eterna depresión a cuestas.

—No puedo evitarlo — se dijo mientras caminaba en medio de un callejón iluminado solo por la tenue luz de la luna, iba pensando precisamente en todas esas cosas, analizando su interior, observando sin juzgar las emociones que de pronto comenzaban a emerger y como siempre de todos aquellos verdugos invisibles hacia uno en especifico que lo torturaba más que ningún otro, ese verdugo se tomaba tan bien su papel, que en momentos como ese podía sentir su presencia con más fuerza que nunca, el nombre de aquel perfecto torturador era: Soledad.

El vampiro no era apegado a nada ni a nadie a excepción de Magnus y Severo, era un hombre mayormente solitario al que solían apodarle como el Ermitaño, precisamente por esa costumbre de permanecer la mayor parte del tiempo aislado de todos los demás miembros del grupo. No le disgustaba la idea de estar en completa soledad, de hecho le agradaba bastante y se sentía con mayor fuerza, independencia y libertad, no queria compromisos con nadie, pero una regla universal en el Cosmos es que todo lo hay en el tiende a cambiar y a transformase, todo es tocado por la suave mano del Tiempo y las experiencias, incluyendo algo tan sagrado e intimo como los pensamientos y las perspectivas de vida, los vampiros no estaban exentos, los embates del pasar de los días, de los años, de los siglos, de las estaciones provocaron que poco a poco Arios cambiara de parecer, y entonces ese anhelo despertaba de su letargo  cuando la soledad hacia acto de presencia.

Con una mirada más melancólica, encorvado ligeramente sin perder la sutiliza de sus pasos pronto se detuvo para tratar de volver al presente, llevándose la sorpresa de estar justo frente al Jardín Botánico, un lugar del que le habían contado infinidad de maravillas pero por la urgencia de acabar con su trabajo jamás se atrevió a poner un pie allí hasta aquella noche.

Impulsado por su curiosidad y también por sus recuerdos que traían a su mente viejas amistades decidió entrar mezclándose de inmediato con todas las flores que allí reposaban, dejándose envolver por los aromas, buscando en ellos un poco de tranquilidad, en ese momento agradecía más que nunca aquel olfato tan desarrollado que poseía, un verdadero don, de acuerdo a palabras de los suyos. A lo lejos y mientras continuaba su recorrido además de percibir las auras de los pocos visitantes por la hora tan tardía que era, pudo reconocer una en especifico que le resultó en extremo familiar —Cygnus —susurró, permitiéndose sonreír por un momento.

Dejó de lado los aromas y la paz que esperaba encontrar en ellos para buscar a su igual, tenía un tiempo considerable sin saber de él y su grupo, a quienes los Hijos de Tánatos reverenciaban y respetaban por su entrega a preservar el conocimiento olvidado o prohibido que los mortales han tratado de borrar con el tiempo, de hecho alguna vez perteneció a sus filas, estaba en ambos grupos hasta que finalmente tuvo que elegir, Cygnus aún no figuraba en aquella historia, pero si el creador de este quién al entregarse al otro plano para salvar a todos, Arios fue en representación de su Aquelarre para dar sus condolencias, conocer y crear alianzas con el nuevo líder, un neófito en aquel entonces pero con un aura impresionante, una personalidad fuerte y una belleza única, con la madurez de siglos que  su creador le había transmitido.

Después de comenzar su búsqueda no tardo mucho en encontrarle, allí estaba tal y como lo recordaba, solo que con una vestimenta diferente muy similar a la suya y con su largo cabellos atado en una coleta.

—Creí que las flores, su cuidado y su fragancia ya no era el interés de tan importante líder —dijo tras él con toda calma —Tampoco llegué a suponer que los Guardianes del conocimiento dejarán su querida Venecia para conocer nuevas tierras, al menos no lo esperaba de los miembros más antiguos —suspiro profundamente —Es una bendita coincidencia que los Dioses hubiesen decidido colocar en la misma ciudad a tu grupo y al mío o al menos… a   sus lideres —ladeó su cabeza y luego reverencio brevemente —Es un honor volver a verte Cygnus, dos siglos sin vernos ni una sola vez, pero aún así te reconocería  hasta en las tierras del Nuevo Mundo ¿Cómo has estado? —preguntó con educada y elegante cortesía.
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Mensaje por Cygnus Khione el Vie Ene 08, 2021 1:48 am

Las energías nunca mienten y aunque quizás los inmortales ya no podían tenerlas de forma tan vívida por su condición era cierto que aún y extrañamente podían percibir en ocasiones un atisbo de ellas en su interior y es que aunque él deseara estar en completa soledad algo, un pequeño presentimiento le decía lo contrario, era una advertencia como las que había tratado de ignorar desde que había arribado a Paris, con la diferencia de que esta tenía una connotación positiva.

Sintiendo que su mente se iba junto a la vorágine de pensamientos que poco a poco comenzaron a invadirle, cerró sus ojos e inhaló el aroma de aquel fresco y perfumado rosal, mientras que su mano movida por la inercia que el inconsciente a veces ejerce sobre cualquiera se posó en los pétalos para acariciarlos lentamente, el contacto con aquellas plantas era realizado con sumo cuidado y delicadeza, como si se tratase del suave pelaje de un perro o un gato, podía sentir la vida en aquella rosa, la experiencia era tal y como la recordaba después de dos siglos, la magia con la que aquellas plantas solían anclarlo al presente no fue la excepción, seguía siendo fuerte en él.

Fue así como Cygnus pudo captar de nuevo cada sonido a su alrededor, cada movimiento que emprendía alguno de los que visitaban el jardín en horas inusuales para los mortales, percibía el aroma de las diferentes fragancias usadas por quienes pasaban a su lado mezclándose con los diversos aromas florales, el bullicio de las conversaciones, las risas y los murmullos inundaron sus oídos, hacia vuelto al ahora, ni en un futuro incierto ni el pasado distante en una Venecia que había desaparecido, cuyos detalles se habían diluido y desdibujado con el paso del tiempo, nuevamente estaba en Paris de 1800.

Pero allí, entre las escasas personas que estaban dispersas por los diferentes parajes del jardín, el sonido de unos pasos sobresalieron retumbando en sus oídos, resaltando entre todos los demás, ya los había escuchado antes y la esencia del dueño le resultaba familiar, entonces supo que su presentimiento estaba apunto de hacerse realidad, alguien iba a su encuentro y aunque sabiendo quien era le causaba un inmenso placer, por otro lado la preocupación surcó sus pensamientos pues quizás el resto de sus sospechas terminarían siendo también una realidad —A veces me gustaría poder ver el futuro —pensó cerrando sus ojos nuevamente, sintiendo la presencia de su inesperada compañía justo detrás suyo, no hizo movimiento o sonido alguno, no gustaba de interrumpir a quien hablaba.

—Mi afecto por la vida silvestre y por la naturaleza misma no ha desaparecido con el paso de los siglos —respondió después de un profundo suspiro permaneciendo de espaldas aún —Solo que las cosas han cambiado y aunque parezca una completa contradicción tomando en cuenta nuestra condición, ya no dispongo del tiempo que tenia en algún lejano momento, tal vez en un futuro, nunca se sabe —sus ojos volvieron a abrirse teniendo por vista el penetrante color rosa de la flor que seguía en su mano, la contempló un momento más como si se tratase de lo más bello del universo y luego la soltó.

—El placer de volver a verte es todo mío Arios —dijo girándose hacia el vampiro dibujando una  sutil reverencia, al posar su vista se encontró con la misma imagen que preservaba desde hacia dos siglos atrás, el tiempo ni sus cambios bruscos o dificultades lo habían corrompido, corroborando la impresión que siempre había tenido de él, un hombre inquebrantable —Y es muy probable que yo no sea el único con quien tengas el infinito placer de reencontrarte, muchos miembros de grupo han venido a residir en estas tierras por tiempo indefinido, los Guardianes decidimos separarnos hace algún tiempo, claro, no todos quisieron abandonar Venecia y esos son los que cuidan de nuestra fortaleza. Créeme que no me siento muy cómodo dejando la sede sola, pero vine a resolver unos cuantos negocios y asuntos pendientes y viéndote aquí después de tanto tiempo, agradezco a los Dioses que así sucediera —asintió con delicadeza —A pesar de los tiempos convulsos, del extraño ambiente que se siente en esta nueva era y la repetición de algunos errores comunes de una sociedad cambiante, me encuentro bien, ¿Que hay de ti Arios? — preguntó educadamente, conservando su distancia —¿Cronos ha sido benevolente contigo y los hijos de Tánatos?, me resulta un poco extraño el saber que solo tu has venido hasta París ¿Que hay de Severo y Magnus, todo se encuentra en orden?


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