Victorian Vampires
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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Mensaje por Yennefer Lothbrok el Dom Dic 13, 2020 12:49 pm

Hacía ya varias semanas que habíamos llegado a París, que Sigurd me hubiera sugerido y propuesto que lo acompañara era algo que no me había extrañado en absoluto teniendo en cuenta que él estaba arraigado a unas costumbres muy antiguas, incluso hablaba en un nórdico antiguo que ya estaba casi extinto del que nadie se acordaba y que yo había tenido que aprender para adaptarme un poco. Pero pensar en aquel hombre suelto por la ciudad de París que sin duda es tan diferente a Suecia, a Upsala que es donde residimos, con tantas cosas modernas... me producía cierta risa. Estaría perdido de no ser porque yo lo acompañaba e incluso le enseñaba hasta ciertos modales que debía de aprender si quería estar en la ciudad, no podía actuar como ese vikingo bárbaro que todo lo solucionaba con peleas, con sangre y con muerte... la sociedad parisina no funcionaba así y daba gracias a los dioses de que estuviera a su lado para controlarlo. Además, Sigurd tenía un carácter bastante rudo y fuerte como para ir controlándolo en cada cosa que a él no le encajaba –que en su mayoría era casi todo- y hacerle entender que no todo se regía de una misma manera sino que tenía sus leyes, sus normas y sus costumbres. ¡Y por Odín que era agotador! De no ser porque tenía esa conexión con los dioses, en especial con la Dísir que me daba sus fuerzas, no estaría allí teniendo que controlar a un vampiro que era medio vikingo y que se había quedado anclado hacía más de mil años en un mundo mucho más evolucionado que el suyo. Pero a veces me divertía al ver sus expresiones, ¿quién iba a decirme que iba a ser tan divertido ver las caras que ponía al tener que usar cierta ropa de cama para dormir? Claro, porque para nosotros el ir desnudos era lo más normal y corriente pero en esa sociedad no, al menos que vivieras de tu cuerpo y quisieras ofrecer tus servicios. Pero sabía que para él era importante estar allí y aunque me había costado muchísimo enseñarle ciertos modales merecía la pena, mi cruzada y mi camino parecía estar ligado y unido al suyo incluso más allá de la voluntad de los dioses, lo necesitaba de la misma medida en que él me necesitaba a mí y por eso formábamos un tándem un tanto extraño, pero perfecto. Él desde que había llegado a Upsala me había dado un trato de favor y preferente con el resto e incluso hasta podría decir que confiaba más en mí que en nadie de su clan... no por nada yo tenía esa conexión con los dioses que tanto le hacía falta y necesitaba. El camino no había sido fácil pero allí donde estuviera él, iba yo. Aunque tenía muy claro que en París iba a tomarme unas libertades que estando en Upsala no iba a poder tener, sobre todo, porque Sigurd era demasiado controlador y exigente con la idea de alguien calentando mi lecho... a veces me enfadaba que se pusiera tan estricto en ese sentido pero, otras, recordaba que para ellos alguien con mi conexión con los dioses era como “sagrado” y no debía de ser tocado. Y ahora que estaba entretenido con sus propios asuntos... era mi momento.

Como quería experimentar nuevas emociones y sobre todo unas que en Suecia no iba a poder encontrar tomé la decisión de informarme acerca de lo que París podía ofrecer y entre toda la información que me habían proporcionado había algo a lo que sentía bastante curiosidad e interés; el opio. Hallé todo lo que necesitaba saber sobre dicha planta así como sus efectos en los libros de la biblioteca, siempre se podía encontrar grandes cosas en un libro y eso lo había aprendido desde que mi conexión con la Dísir –que todavía no había podido descubrir su motivo ni a qué se debía- apareció de manera extraña. Conocía cómo era la planta y los efectos que esta causaba por lo que me interés al saber que había un lugar en la ciudad donde se podía consumir de manera legal y tranquila, especializado en que los clientes disfrutaran sin preocupaciones solo dejándose llevar, abandonados a sus propios sentidos. Sigurd iba a estar más que ocupado el tiempo que estuviéramos en París y yo quería aprovechar ese tiempo así que era hora de dar un paso más y atreverme a experimentar en mi propio cuerpo los efectos del opio, si era tan adictivo como decían, si embotaba tu mente y tus sentidos mientras lo fumabas y ya que en Suecia no iba a obtener algo parecido. Mientras recorría las calles de la ciudad hasta donde se encontraba el fumadero más me reafirmaba en mis pensamientos que era algo que quería hacer. Cuando llegué al lugar que me habían indicado el edificio en sí no daba la impresión de ser lo que era o quizás es que yo me había hecho unas expectativas diferentes, daba la sensación de ser un edificio de comercio más pero para cuando me acerqué a la entrada y traspasé esta me fijé en que la decoración era diferente, había un pequeño recibidor con un mostrador donde tras este había un joven que enseguida posó su mirada fija en mi persona, una puerta cerrada de caoba oscuro a la derecha de donde se escuchaba una música relajante y unas pocas voces aunque no lograba escuchar con demasiada claridad. Me acerqué bajo la atenta mirada del joven que esbozó una sonrisa como si notara mi leve titubeo, de ser mi primera vez, y pronto llevó la conversación igual que de seguro lo habría hecho otras miles de veces. Fue él mismo quien me pidió que lo siguiera hasta la puerta de color caoba con toques en dorado hacia un amplio salón dividido en diferentes zonas, alguna zona privada con ciertas cortinas para darle un ambiente más íntimo. No se podía ver del todo a los que estaban allí ya que la luz era algo tenue pero el olor llenaba todo el salón en conjunto con la melodía. Me llevó hasta una de las mesas que también tenía un diván para mayor comodidad y brevemente me explicó el servicio que ofrecían que, para sorpresa, variaba bastante. Frente a mí en la mesa una cachimba del cual fumar el opio y no tardaron en servirme una copa de alcohol para completar mi iniciación con el opio. A pesar de que en aquella zona estaba yo sola ya que las voces se escuchaban al otro lado no pude dejar pasar la sensación que había tenido durante todo el día, una que lograba erizar mi piel con un mal presentimiento que no lograba desprenderme. Sabía que en París había una oscuridad latente como si estuviera a la espera de despertar, sabía que aquel viaje podría traerme consecuencias aunque mis pasos siempre habían sido guiado por los dioses por un motivo.


—No gracias, así estoy bien por el momento —respondí a una joven que se había acercado ligera de ropa a ofrecerme sus servicios, parecía que aprovechaban la más mínima oportunidad para su oficio pero no había ido allí con esas intenciones. Las primeras inhalaciones del opio habían sido intensas y con una sensación que no había experimentado nunca, mientras exhalaba el humo dejando que este se elevara para luego desaparecer a los pocos segundos. Tumbada en el diván disfrutaba lentamente y sin prisa de la copa que me habían servido y del opio que, pese a que llevaba unos minutos sin haber vuelto a fumar, empezaba a notar sus efectos dado que era la primera vez que lo consumía. No quería propasarme demasiado mientras mi mente comenzaba a relajarse o al menos es lo que podía comenzar a notar, me envolvió una sensación de paz que hacía demasiado tiempo que no sentía y que noté hasta extraña pues mi vida siempre había estado en constantes emociones que se mezclaban con el vínculo con la Dísir. Y fue entonces cuando lo percibí, como si mi cuerpo tratara de advertirme sentí esa sensación de peligro inminente –y que tan bien conocía- a mi alrededor cada vez aproximándose. Como una sombra que crecía acercándose hacia aquel lugar y que hizo que mi cuerpo se estremeciera sin saber muy bien lo que podría ocurrir a partir de ese momento. Sentí su fuerte y poderosa aura que parecía ensombrecerlo todo a su alrededor como si lo engullera, y supe entonces que quien fuera el portador de dicha aura era lo que había estado temiendo desde que llegué a tierras francesas.


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Mensaje por Stryker Apholos el Mar Dic 29, 2020 1:50 pm

Lo bueno del trabajo al que me dedico es que los contactos siempre se generan con el tiempo. Sin mencionar que otros buscan mi favor o de mi grupo. Mis chicos lo hacen bien, se nota que tienen dos dedos de frente. Aunque algunos de los jóvenes aun están un poco verdes. Era lo triste de las nuevas generaciones, que se ven impuestos a la época nacida. Por suerte algunos cambiaban librándose de esas ataduras tras convertirse, los que no, siempre acababan muertos bajo mi espada. Ya que no aceptaba errores ni la desobediencia.

No era de mi gusto el ejecutarlos pero así era la vida. No siempre teníamos lo que nos merecíamos. Era aun temprano para mis hombres, pero la maldición del sol no me afectaba como a ellos. Para pasar desapercibido entre los mundanos, cambie mi apariencia para parecer un hombre decente. De cabello corto pero con barba, con un atuendo negro pero elegante, pero sin ser demasiado llamativo. Ya que no me interesaba llamar la atención aunque difícil por mi altura. Me había venido a buscar un mensajero, alce la mano mientras avanzaba, viendo la nota del club de opio.

Habían diferentes tipos de locales como esos. Desde los barios bajos hasta los más ricos. Ese era uno de clase media casi alta. Según la información, era un club con normas y que daba un servicio de lo más completo para satisfacer a sus clientes. No era la primera vez que tenia tratos con ese lugar. Ya que algunos clientes solicitaban a uno de los míos para algún trabajo en esa intimidad… en otros momentos ahí estaba el objetivo. Más vulnerable que un corderito a punto de ser ejecutado y sin siquiera saberlo. Claro que el local se había ganado algún que otro extra por ello, siendo una red de comunicación de lo más provechosa.

Por suerte ninguno de mis chicos se alimentaba ahí ya que la sangre cambiaba de sabor y daba un efecto extraño según algunos que lo intentaron años atrás en oriente. Y eso que ahí la droga era más fuerte que aquí. No era sabio dejarse distraer por drogas cuando la cabeza de uno pendía de un hilo con tantos cazadores e inquisidores por la ciudad. Y yo no pensaba salvarles el culo si cometían una estupidez de tal calibre. Pero hoy la cosa era diferente. La nota era para avisarme concretamente a mí.

Habían visto a cierto sujeto que estaba en su lista de caza. Para que volviese al local implicaba a que no era demasiado listo, ya lo sabía y por ello ni caza le di en su día. Ya que un día u otro iba a volver como idiota que era. Claramente sonreí por la gran evidencia. Uno no necesitaba ser un genio para predecir cosas de gusanos como ese. Y yo no era de perdonar. Por lo que me encamine tranquilo hasta ese local, nada más traspasar la puerta el recepcionista me reconoció, con un ligero asentamiento de cabeza que me dio, pase a su lado viendo a quien me aviso. Era el joven que solía guiar a quien visitaba el local.

Saque de mi atuendo unas monedas, las cuales le di sin pena alguna. El dinero no significaba nada para mí la verdad. Al tomarlo se alejo tras darme las indicaciones pertinentes. Cuando se dio la vuelta, me dirigí hacia el lugar señalado. Sin prisa pero sin pausa. Ya que sabía que no se iría a ningún lugar al estar puesto de opio. Entre en la estancia cuando me plante en la puerta. El olor era desagradable ya que no solo notaba el del opio, sino el de cada ser que estaba ahí… era intoxicante pero hacia ya años que aprendí a controlar mi olfato. Por lo que avance hasta uno de los divanes, el tipo parecía estar en el nirvana, mejor para él.

Me senté en el borde a lo que el abrió los ojos viéndome, tardo unos segundos en reaccionar mientras yo con suma calma alzaba la mano para ponerla sobre su hombro, lo más cerca del cuello donde coloque mi pulgar y apreté, notando como de tenso se ponía y su corazón latía con fuerza. — shhh… tranquilo, solo ando cumpliendo mi palabra — le obligue a silenciarse con mi poder, recordándole con suma calma y tono bajo que cumplía siempre mi palabra. Mis ojos no se apartaron de los suyos mientras apretaba más y mas. Los huesos y cuellos humanos eran como cristales en mis manos… un poco de presión y se rompían. Oyendo y sintiendo eso nada más apretar un poco más.

El tipo siquiera pudo gritar ni nada al estar mudo por mi culpa. Murió ahí mismo sin más. Una suave sonrisa se planto en mi rostro cuando de pronto algo me distrajo, era como una extraña corriente en el aire… electrizante… alce mi rostro para contemplar a la joven que estaba más cerca, en otro diván. Reconocería esa sensación en cualquier lado… era una hechicera. Podía notar como algo se encendía en mi interior… pidiéndome que destripara a la chica. Pero pude controlarme. Ya que ella quizás no fuese una de esos malditos… pero tenía algo extraño. había algo diferente en ella… ¿seria que al fin encontré a uno de esos desgraciados?
Stryker Apholos
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