Victorian Vampires
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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Liv Nordström Jue Sep 16, 2021 11:34 pm

En el pasado

En un territorio marcado por los dioses, en la época en la que el otoño se percibía en Noruega, dos audaces guerreros de la guardia de Olaf, el rey vikingo, caminaban de vuelta a casa. Con las armas en mano, sus cabelleras y barbas castañas, descuidadas por el transcurso del tiempo en batalla, parecían dos gigantes, o eso le parecía a la pequeña Liv.

Cuando era una niña le parecía injusto que fuesen el doble de su tamaño, eran enormes y tremendamente fuertes, el general Eirik, hombre de confianza del rey, y su primogénito, que, a pesar de encontrarse aún en la adolescencia, no tenía nada que envidiar a sus mayores.

Cada vez que regresaban a casa y que les vislumbraba, la vegetación se inclinaba ante ellos a causa del viento, cediéndoles el paso sobre la vereda con ondulaciones cubiertas de verde hierba entre la mezcla perenne de árboles que rodeaban el hogar. La imagen aceleraba los latidos de Liv, y le orillaba a abandonar sus quehaceres en la cocina para salir presurosa por la puerta, corriendo tanto como sus pequeños pies se lo permitían.

Al acercarse, su padre dejaba caer alguna pieza de caza sobre el suelo, y su hermano, más expresivo, se ponía en cuclillas y estiraba los brazos en dirección a ella. Aún era lo suficientemente joven para arrojarse a los brazos del hermano que aprendería a amar y a odiar intensamente y que siempre estaría íntimamente ligado a lo que habría de llegar a ser y a su propia alma, si se le podía llamar así a lo que llevaba por dentro.  




En el presente

Dar con el licántropo le había resultado sencillo en una noche como la presente. Esa especie era bastante bruta por naturaleza, a menudo se daban ínfulas de grandeza cuando andaban en manadas, y se ufanaban de su fuerza física y de su capacidad para trastornar todo lo que se les pasara por delante. Eran peores que caballos de carrera incapaces de ver hacia los lados, no solo no lo hacían sino que la mayoría tampoco veía al frente, y así es como aterrorizaban a las miserables almas que se les presentaban por el camino. Especialmente en las noches de luna llena, cuando se levantaban sobre dos patas y dejaban ver su espantosa forma, esa que llevaban escondida el resto del mes para que la mayoría no descubriese la bestia que deambulaba por dentro y que eran ellos.

-¿Estás seguro de que esa es tu respuesta?-

Esa noche de luna llena, la bestia ya había realizado sus estragos, Liv podía oler la sangre humana que escurría por sus fauces, pero apenas reparaba en ello, tan solo quería una respuesta, una que le importaba más que cualquier cosa y que le había traído hasta este momento.

Pero la reacción de la bestia consistió en sacudir el cuerpo para sacársela de encima, a la vez que intentaba desgarrarla, ladeando la cabeza y lanzando una dentellada. La vampiresa usó todo su peso para enterrar una daga de plata en el lomo del ente perverso.

Un aullido desgarrador atravesó el aire y la voz del condenado la amenazó. -¡Haré un festín con tus entrañas!-

Intentó atacarla de nuevo y. en la oscuridad de la noche. el par de sombras danzó macabramente entre los árboles, únicamente estos fueron testigos de como la espada de la vampiresa se alzaba y la sangre del licántropo brotaba a borbollones antes de que se derrumbara sobre el suelo.

Liv cayó sobre el cadáver y aunque permaneció un momento inmóvil, sus reflejos le orillaron a voltear sobre un lado y reptar para separarse del cuerpo cuanto antes. Le asqueaba estar cerca de la bestia de una manera que, de haber tenido todavía un corazón, se habría hecho evidente en medio de latidos audibles haciéndose oír en la quietud del lugar.

Su cuerpo se estremeció y permaneció en silencio, había fracasado, no había obtenido lo que buscaba porque la bestia no conocía la respuesta.  

El dolor comenzó a abrirse paso por todo su ser, se cubrió la cara con las manos y sus hombros temblaron espasmódicamente. ¿Acaso podía un vampiro derramar lágrimas?

Permaneció así un largo rato hasta que los pequeños animales de la zona comenzaron a resurgir pasado el peligro que constituía el licántropo. Los grillos comenzaron a chirriar y una lechuza la observó desde la rama de un árbol antes de que finalmente se pusiera de pie.

Comenzó a caminar en dirección a la laguna que se expandía frente a ella. Sobre las aguas se podía ver su reflejo salpicado de sangre. Entró en ella despacio, ya no sentía ira ni tenía impulsos violentos, tan solo la embargaba una tristeza infinita, un dolor que no podía arrancarse de adentro y que ya no podía soportar.

De nada le valdría buscar el fondo de la laguna porque le era imposible morir ahogada, pero, había otra posibilidad que se le cruzó por la mente al mirar la quietud de las aguas. Si esperaba lo suficiente hasta que la noche acabase y los rayos del sol surgiesen en el horizonte, podría terminar con todo, aunque le fuese imposible alcanzar el Valhalla.


Última edición por Liv Nordström el Miér Sep 22, 2021 2:24 am, editado 1 vez


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Mensaje por Björn Ragnarsson Lun Sep 20, 2021 2:45 pm

Cuando era un niño, Björn había hallado una belleza casi hechizante en los hijos de Máni, veía a los lobos como unas criaturas asombrosas, siempre en manada y leales como pocas especies, incluida la humana. Sin embargo, ahora que no solo era un hombre adulto, sino que se sentía un esclavo de la noche, un mero draugr carente de alma y de escrúpulos, intentaba mantenerse lo más alejado posible de tales criaturas. Allí donde antes encontraba la belleza innata y salvaje de un animal, ahora veía un depredador y un peligro para sí mismo, veía la sombra acechante de Fenrir que, al igual que estaba escrito que el hijo de Loki mataría al Padre de Todos, también lo estaba que una de aquellas criaturas podría acabar con su no-vida de un letal mordisco.

Björn no temía a la muerte. De hecho, se entregaría gustoso a esta siempre y cuando ello le permitiese la tan ansiada y gloriosa entrada al Valhalla. No obstante, lo haría presentando batalla, siempre con el hacha en la mano para así asegurarse poder llegar a ser un einherjar y poder librar su última batalla una vez llegase el Ragnarök. Pero aquel momento tendría que esperar, el Valhalla debía esperar a su guerrero porque antes este necesitaba bañarse con la sangre de aquella impía que le carcomía las entrañas, provocándole una sed eterna que solo se vería saciada cuando obtuviese su prometida venganza.

Y era aquella venganza la que le insuflaba vida y de una inagotable energía, la misma que le había hecho arribar allí, a París, y que le haría estar dispuesto a llevarse a quien fuera necesario por delante, todo con tal de llegar hasta ella y matarla con sus propias manos. El norse soñaba despierto con el día en que las nornas pusieran de nuevo a Nanna en su camino, la misma que otrora fuera su reina y que ahora, no era más que una vil traidora, una sucia cristiana que había vendido a su pueblo.

Hacía demasiados años de aquel suceso, mas la imagen seguía viva en la mente del norse como si hubiera sido ayer mismo. Aún podía oír los gritos de los suyos mientras a sus fosas nasales llegaba el olor de la madera engullida por el fuego, con las llamas alzándose hacia el firmamento y amenazando con hacer frente a los propios dioses. Sigurd no había podido olvidar ni perdonar tal suceso y él tampoco lo haría, pero por su Bróðir -su Rey- y por él mismo cerraría para siempre aquel capítulo de sus vidas que jamás debió acontecer.

El norse estaba lejos de su hogar, demasiado lejos, de hecho. Franquia se le hacía tan extraño como el respirar, le parecía un nido de víboras incapaces de contar dos pasos y las costumbres de estos aún le parecían todo un misterio para el que no estaba preparado -ni tampoco quería estarlo-. No quería que el avance del dios cristiano empozoñase su cerebro, metiéndole ideas absurdas como ya había visto a lo largo de los siglos entre los propios paganos, quienes como sucias ratas traicioneras habían dado de lado a los verdaderos dioses para entregarse de lleno a aquel dios crucificado. Pero pese a lo que pudiera pensar sobre todos ellos, había probado de primera mano y de la peor de las maneras que no todos los cristianos eran tan inútiles e inofensivos como parecían a simple vista. Su llegada a la capital francesa no se había producido de la mejor de las maneras, un extranjero venido de tierras demasiado lejanas, con unas costumbres impropias para los tiempos que corrían y que para más inri presentaba una condición de inmortal no había sido plato de buen gusto y mucho menos se había ganado la simpatía de las gentes del lugar. Tampoco era algo que necesitara, pero sí necesitaba entrar en la ciudad, colarse en su interior para así poder buscar desde dentro a Nanna y, con la inquisición rozándole los talones, esa tarea se volvía altamente difícil para un solo hombre.

Había logrado sobrevivir todo ese tiempo y adaptarse un poco a las costumbres propias de la época y del lugar gracias a una völva, curiosa ironía teniendo en cuenta el odio casi visceral que sentía hacia estas. Mas ahora necesitaba algo más, necesitaba mucho más en realidad que limitarse a cazar y alimentarse de los pobres incautos que osaban perderse por el bosque mientras aquella mujer le prometía encontrar al objetivo de su venganza por él. No tenía problema en esperar, pues el tiempo hacía mucho que había dejado de ser un problema para alguien que podía durar miles de años sin que el paso del tiempo hiciera mella alguna en su cuerpo, pero su paciencia sí que tenía un límite y esta parecía haberse agotado o al menos, estar a punto de hacerlo.

Aquella noche dejó atrás aquella aldea oculta que los druidas se afanaban en proteger y ocultar a ojos externos. No era la primera vez que lo hacía, pues permanecer tanto tiempo con aquellas gentes no le causaba simpatía y temía que estos pudieran nublar su juicio, uno que se debía casi por entero a la sed de venganza. Vagó por aquellos bosques que a su vez le servían de refugio como el ser carente de alma que era, convirtiendo en realidad las pesadillas de muchos que tenían la mala fortuna de toparse en su camino. Y así, con aquella sangre cristiana intoxicando sus ropajes, con una simple camisa de lino que ya era de todos los colores menos blanca y el pantalón de cuero y lana enmarcando su atuendo vikingo, detuvo su caminar en la laguna.

El reflejo de la luna llena iluminaba las aguas del lago, haciéndola lucir un poco menos lúgubre de lo que en realidad eran sus oscuras y profundas aguas que bien podrían servir como conducto hacia el reino de Niflheim. Cuando el norse se adentró en estas y el agua le cubrió hasta media cintura, se mojó la cara limpiando con ello los restos de sangre que salpicaban su faz y su barba, la cual lucía trenzada al igual que lo hacían sus cabellos en una larga trenza que se había dejado crecer con el paso del tiempo. Miró su reflejo como quien mira en las profundas aguas del manantial de Mimir, buscando un conocimiento que solo debería ser asequible para los dioses y divinidades supremas, mas no para un simple mortal. El agua le devolvió la imagen de un hombre que había vivido y pasado por mucho, que se había curtido en cientos de batallas y cuyas manos estaban manchadas de sangre. No obstante, pese a que esto pudiera parecer que le hacía lucir cansado y con un gesto derrotado, en sus iris había una determinación que incluso resultaba letal y un abismal sentimiento de lograr aquello que le había llevado hasta tal lugar.

Su vida -o no tan vida- comenzó a pasar entonces por sus ojos a modo de recuerdos fugaces, haciendo que se preguntara qué habría sido de Sigurd y dónde se encontraría en aquel instante, si ya se habría percatado de su marcha y si se decantaría por ir a buscarlo o si por el contrario, decidiría permanecer junto a su pueblo. Justo cuando estaba sumido en sus pensamientos, las aguas del lago se agitaron advirtiendo de que había alguien más allí con él. Podría haber achacado tal presencia a la de cualquier animal que se hubiera acercado a beber o, tal como estaba haciendo él, a bañarse en esa hermosa noche, y lo hubiera hecho de no ser porque un apestoso olor que ya conocía demasiado bien impregnó sus fosas nasales.

Un licántropo... un hijo de Fenrir estaba allí con él o al menos, lo estaba en aroma. Decidido a no dejarse sorprender y a ser él quien se adelantase a un posible ataque enemigo, empuñó su hacha de mano con su diestra y la lanzó hacia el lugar desde donde provenía tal olor. El arma pasó volando, con una puntería digna del mejor arquero, rozando el cuerpo de la mujer que allí se encontraba, sin llegar a herirla hasta conseguir clavarse en el tronco del árbol más cercano. Fue una mera artimaña, un señuelo disuasorio para que el norse consiguiera moverse rápido y letal, como el mejor de los depredadores, hasta quedar situado a espaldas de la fémina, con un cuchillo apuntando directamente sobre su gaznate.


- Apestas a licántropo... Da gracias a que mi sentido del olfato aún no se ha atrofiado y he podido discernir tu verdadero olor, oculto con el de esa bestia. - Quizás la mujer acababa de retozar con uno de ellos o quizás lo había matado, fuera cuál fuese el motivo de su repugnante olor ya podía darle una buena explicación. - Dame una sola razón para que no te raje la garganta y te arranque el corazón.


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Las nornas decidieron que tú serías mi fuego y yo tu hielo, pero que la runa Gebo no nos sería propicia:
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Los dioses quieren vernos juntos, o ver cómo perecemos por el camino:
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