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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Mensaje por Radu V. Rosenthal Mar Ago 16, 2022 9:17 pm





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Con Kaira | en la taberna

La brisa traía con su frígida caricia el aroma de las pastas ofrecidas a los acaudalados comensales en las terrazas bufé, amalgamado con la húmeda pestilencia de la lluvia inminente. Desde lejanos rincones y recovecos el acento francés endulzaba los entornos, camuflado entre canciones y entonadas carcajadas.
El tintineo de la moneda al elevarse propulsada por el chasquear de los dedos se sobrepuso al murmullo de las olas y la poesía que acarreaba el viento. Una vez, dos veces, tres, en rítmico girar al compás de un deseo. Ting.  Ting. Ting.
Finalmente, el circular franco se vio envuelto por la palma de la amplia y ardiente mano del licántropo, tiñéndose levemente del carmín que coloreaba su sangre. Radu se pasó los nudillos por la nariz, para retirar los restos de linfa que pudieran mantenerse allí adheridos. Acababa de ganar una acalorada batalla entablada contra un grupo de matones entre los cuales se hallaba un sobrenatural, posiblemente una bestia metamórfica —lo cierto es que no se había detenido a indagar en profundidad antes de enterrarle los puños en la cara—.
Había sido abordado a mitad de un recreo para fumar, cuando se encontraba en soledad y algo abatido por sus pesares. La contienda no duró demasiado, pero sí le había dejado algunos magullones que, por fortuna, no demorarían demasiado en sanar. Sus empleados se habían encargado de desechar los cuerpos inertes y pronto recibiría un informe detallado sobre el responsable de ordenar semejante acto de ridiculez.
De momento, había optado por aislarse, al arrullo de los franceses, la compañía del mar y su tintineante moneda. A las doce, y a pesar de que la noche no fuese a ceder por otras seis horas, la catedral entonó sus campanadas, anunciando el comienzo de la nueva jornada.
Radu exhaló un suspiro. Hoy era su cumpleaños.

Se dio la media vuelta, guardando el franco en su bolsillo y enfiló en dirección de una concurrida taberna adonde, a pesar de la jovial ambientación ofrecida por un vívido acordeón, la clientela parecía ya avasallada por el letargo producto del alcohol.
El germano avanzó esquivando cuerpos tambaleantes hasta tomar asiento en una de las banquetas que lindaban la barra y, con apacible soberbia, intercambió su franco volador por una jarra de cerveza.
Transcurrieron algunos minutos en los que se dedicó a beber y dejarse seducir por el trance generalizado que lideraba el entorno, hasta se sumó al coro de silbidos que emitieron los varones cuando un par de señoritas se ubicó en el centro del recinto para exhibir una danza ridícula y descoordinada al ritmo del instrumento.
Fueron y vinieron las estruendosas carcajadas y Radu creyó sentir una tibieza en el pecho que hacía rato le escaseaba; el calor de una memoria que desde hacía meses anhelaba.
Se dio la vuelta imprevistamente, para volver a enfrentar el mobiliario donde reposaba su bebida, cuando se percató de que alguien ocupaba el espacio a su lado, uno que hasta entonces se hallara vacío.
Sus ojos se encontraron con los de la desconocida y una familiaridad casi monstruosa provocó que se le erizaran los vellos. Un cosquilleo electrizante activó sus instintos, pero su olfato no detectó, en principio, indicios de hostilidad.

Haciendo manifiesto de su dominante afabilidad, rebuscó en sus bolsillos hasta dar con una moneda y ubicándola debajo de su pulgar, ting, la arrojó en dirección de la desconocida.
Yo invito. —Expresó, esbozando una socarrona sonrisa.


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Mensaje por Kaira Jue Oct 06, 2022 10:27 am

Hacía ya un tiempo que vivíamos en la ciudad de París pero, desde mi punto de vista, todavía no me acostumbraba a sus formas de vida, la moda que llevaban y lo diferente que eran ambas ciudades no solo por el clima sino también por los espacios y la forma en que se conformaban dichas ciudades. Echaba mucho de menos mi tierra del norte donde nací y crecí durante unos años -buena parte de mi niñez- hasta que nos vimos obligados a partir a París, mi vida había sido un constante viaje entre Noruega y París pasando un tiempo en cada uno de los sitios pero siempre intentando que fuera más en el norte que en la propia ciudad francesa. Había aprendido su idioma de los años que llevábamos allí pero jamás acabaría acostumbrándome a llevar vestidos –algo que francamente odiaba y no me gustaba en absoluto, siempre llevaba ropa más cómoda que era más típica del norte- o la notoria falta de la naturaleza tan presente de mi hogar y que era lo que más anhelaba y echaba de menos; correr por sus bosques. París era bulliciosa por lo que daba la sensación de que estábamos confinados en un espacio que, aunque parecía ser grande, más bien era reducido con todos esos edificios y esas casas tan pegadas, sus calles tan pobladas... sí, echaba de menos el norte y nadie podía hacerse a la idea de cuánto. Pero tocaba pasar un tiempo en la ciudad francesa y no por ello iba a desaprovechar el tiempo allí, donde se podían hacer más cosas debido al buen clima que hacía y el cual me gustaba algo más que el gélido frío norteño. París presentaba muchas diversiones que amenizaban sus noches y es lo que pretendíamos hacer en ese tiempo; siempre se nos había dado bien beber y a competiciones no nos ganaba nadie.

No me importaba tampoco que dijeran que no tenía los modales o comportamientos típicos de una señorita francesa, ni lo quería, no podría verme jamás en un vestido que cortaba más el paso del aire que otra cosa –por lo que me habían dicho mis amigas que ellas sí lo llevaban- o los típicos modales refinados con esos peinados tan elaborados que tenían. No iba conmigo y yo era mucho más sencilla en ese aspecto, no llevaba grandes joyas o lujosos vestidos que lucir por las calles pero quien me conocía sabía que no me identificaba con aquella ciudad ni sus formas. Esa noche unos viejos amigos tomamos la decisión de beber y recordar viejos tiempos ya pasados, contar nuestras batallitas y cómo de pequeños éramos unos trastos que nos metíamos en problemas. Conocíamos una taberna que hacía las mejores cervezas, e incluso hidromiel, de la ciudad y aunque no estuviera en uno de los mejores barrios valía la pena sin lugar a dudas. Muchos norteños se juntaban allí con la intención de tener algo conocido y era típico que hubiera las típicas peleas entre algunos de los presentes, los piques para ver quién bebía más y los juegos que hacíamos en esos momentos. Era como tener un trozo de nuestro hogar en mitad de la ciudad de París, por eso todos acabábamos allí. Ya llevábamos varias horas por lo que sería pasada la media noche y, los clientes que quedaban en el lugar ya presentaban cierto nivel de alcohol, y de los que quedábamos parecía que no todos querían marcharse tan “pronto” a casa. estaba inmersa en las conversaciones y los piques que se hacían unos a otros retándose por ver quién era mejor que el otro. Me divertía ver cómo se retaban para luego terminar riéndose tras recibir alguna que otra palmada con fuerza, eran unos brutos pero tenían un buen corazón pese a lo que la gente pensara.




一Voy a pedir otra jarra, ¿quién quiere una? —Dije alzándome mientras esperaba a que me respondieran y así pedir todas de una, seguro que alguno esperaba a estar allí para pedírmela pero se quedaría con las ganas. Me encaminé hacia la barra ocupando uno de los huecos libres sin prestar mucha atención -al menos no en exceso- de la persona que estaba a mi lado mientras esperaba a que me atendieran. Lo que sí noté en el proceso del hombre a mi lado fue su aura que me llamó la atención, o más que eso, la condición de su persona. «Otro licántropo» pensé para mis adentros en lo que mis brazos estaban sobre la barra, sin darle más importancia de la que tenía. De fondo podía escuchar las risas -así como los gritos fruto del alcohol- de mis compañeros quienes se retaban para medir sus fuerzas y picarse a los juegos, muy típico en ellos. Sin siquiera esperarlo fue que me lanzó una moneda la cual cayó entre mis brazos -en la madera de la barra- y comenzó a tintinear al tiempo que golpeaba la madera, cada vez más rápido, hasta que acabó cesando en todo movimiento. Su invitación parca en palabras hizo que girara mi rostro para observarlo y enarcara una ceja, observando ahora sí sus facciones más detenidamente sin pasar por alto su sonrisa. Podría rechazar la invitación pero ¿por qué hacerlo? Tomé la moneda entre mis dedos ya con mi cuerpo girado ligeramente en su dirección— gracias, compañero —dije como respuesta y así pedir una jarra que ya ni sabía cuántas llevaba, apoyada de perfil sobre la barra— ¿buscas compañía para esta noche? Admito que la cerveza es uno de mis puntos débiles, pero no lo suficiente como para ceder de primeras —no borré la sonrisa socarrona de mis labios, divertida, ya que muchos se escandalizaban con mi actitud o mis palabras porque entendían justo lo que no era. Y no, no era porque me estuviera “vendiendo” para ser su compañera, además se notaba en mi tono de voz que estaba bromeando. De normalidad había aprendido que los hombres no invitaban a las mujeres a cambio de nada, siempre querían algo de vuelta— aunque se me da muy bien escuchar si es lo que necesitas, ya sabes, un hombre como tú solo por estos lares…. levanta sospechas —hice un movimiento de cabeza— me llamo Kaira, por cierto. ¿A quién debo agradecer la invitación? Y por si quedaba algún atisbo de duda; estaba bromeando —aclaré por si acaso— no me vendrá mal un poco de paz y de seguro que mis oídos lo agradecerán —dije y eché una mirada al grupo con el que había venido, compuesto por varios hombres, cuyos gritos se escuchaban desde donde estábamos.


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Mensaje por Radu V. Rosenthal Miér Ene 18, 2023 8:20 pm





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Con Kaira | en la taberna

El solitario licántropo afiló la mirada una vez su cedido franco fue intercambiado, efectivamente, por una jarra de cerveza. Se llevó el recipiente propio hasta los labios y con solemne apacibilidad se dedicó a beber su contenido.
A simple vista resultaba evidente que su afable acompañante no era oriunda de la capital francesa; debiérase a la ligera entonación de su acento al hablar, el modo en que ocupaba la silla o la peculiar ausencia de abultadas telas en su falda, Radu sintió de inmediato una inexplicable afinidad con la mencionada desconocida.
La respuesta a su invitación le resultó, cuanto menos, peculiar y, tras enarcar las cejas en virtud de la curiosidad, esbozó una cómplice sonrisa.
No me malinterprete, señorita; jamás me atrevería a subestimar a tal grado el valor de su compañía —dilucidó, girándose sutilmente para facilitar la plática en medio de tanto bullicio.
Un profundo trago que vació a la jarra de contenido actuó somo preámbulo para la continuación de una conversación que aparentaba zarpar hacia buen destino. Radu no llevaba interés de meterse en problemas —ya había saciado su dosis diaria de riñas con lo acontecido más temprano— y, por eso, la oferta de la muchachita se oyó, cuanto menos, seductora.
No te preocupes —comenzó, desechando formalidades tras percatarse de que la joven no parecía interesada en promover pretensiones del lenguaje—; no te invité un trago esperando algo puntual a cambio. Diría que fue un ritual de instintiva camaradería, ¿sabes? Porque ambos… bueno, ya lo habrás notado.
»Soy Radu, por cierto. Un placer.


Como incitado por la plática, el bullicio en la taberna se volvió ensordecedor. Un grupo de hombres fornidos había comenzado a golpear con cucharas de madera cuencos y mesas al son del acordeón. Las damas danzantes intercambiaban pareja entre los comensales al finalizar cada ronda de baile y un borracho en una esquina entonaba a los gritos una incomprensible canción que, aparentemente, narraba la indecorosa historia de pasión comprendida entre la hija de un noble y un arriero del Norte.
La disparatada situación mantenía animada a la concurrencia de la taberna, Radu incluido; quien, en el transcurso de los siguientes minutos, se bebió otras dos jarras de cerveza entre carcajadas y silbidos. Pero el mundo parecía girar a su alrededor en un ritmo temporal paralelo, puesto que cada vez que desviaba la mirada hacia la profunda grieta que adornaba la barra debajo de sus brazos, un extraño sopor le invadía el pecho.

Se puso de pie imprevistamente y, echando una mirada cómplice a la jovencita a su lado, la invitó en un murmullo exagerado para que le acompañara hacia la salida.
«Sígueme».

El licántropo esquivó a los tambaleantes concurrentes, evadió las mesas y sillas en desuso, se introdujo por un estrecho pasillo oculto entre penumbras y abrió la puerta hacia el exterior trasero del edificio. Un callejón muy estrecho que apestaba a suciedad y orín separaba la taberna de la construcción vecina y servía de refugio para todos los borrachos incontinentes a altas horas de la madrugada. Afortunadamente, en ese preciso instante, se encontraba desolado.
Radu echó un vistazo detrás de sí y, esbozando una sonrisa, caminó hasta la esquina final derecha de la callejuela. Pateó a conciencia un grupo de cajas y costales que habían sido desechados en los límites de un charco lodoso y posó el pie sobre un clavo saliente en el muro del edificio. Se sostuvo de los desprolijos ladrillos durante su ascenso, hasta que alcanzó el tejado. Las pizarras se apreciaban mugrientas y destartaladas, pero prestar algo de atención al caminar bastaba para no resbalar hacia el vacío. Avanzó hasta la región frontal del edificio y tomó asiento de cara al río.

Tras exhalar un prolongado suspiro extrajo un sobre de cuero del interior de su chaqueta, de él obtuvo un cilindro de tabaco cuidadosamente prensado con anterioridad y le dio fuego con el encendedor de bronce que llevaba siempre en el bolsillo de su pantalón. Luego de dar una confortable calada, extendió el contenedor hacia un costado, convidando uno de los sobrantes cigarros.
La noche se apreciaba tan apacible que la atmósfera festiva en el interior de la taberna se volvía anecdótica, un mero murmullo acarreado por la brisa al peinar la sedosa superficie del Sena.


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