Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

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Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Lun Oct 17, 2016 7:05 pm

El capitán del Skyfall ya podía caminar por la cubierta sin las cuchilladas del sol cicatrizadas en su piel. La piel de un vampiro. A veces, Thibault pensaba que no le habían transformado bien, no porque no hubiera llegado a un vampirismo completo sino porque realmente no había mucho que transformar si nunca había sido humano del todo. Después, recordaba que los colmillos que le perforaron su carne echada a perder fueron los de Amanda Smith y enseguida ahogaba esa ocurrencia de mierda en tragos de ron —que nada tenían que hacer contra él—, pues su aparición no pudo resultar más insultantemente divina ni él, más retorcidamente humano con su necesidad de sangre en tantos sentidos. Incluso ahora, tras doscientos veintisiete años, sentía la falsedad hecha memoria de su pulso acelerado cuando las numerosas letras de sus cartas se convertían en el rostro de la salvación que vislumbró aquella noche.

Normalmente era él quien se meaba y se cagaba —más— en el intento de orden público que aún sopesaba ese mundo de leyes hipócritas y sus consecuentes proscritos a la hora de pisar tierra firme para ir hasta donde su señora monarca estuviera. Era, pues, realmente curioso —tan curioso como su relación— que esa vez hubiera querido ser ella la que se trasladara de la tierra al puerto, concretamente hasta su navío atracado con disimulo entre la humildad de los pescadores. Aun cuando no había humildad del pueblo posible que volviera menos esplendoroso un barco de las magnitudes del Skyfall. 'Majestuoso' sería apropiado usar ahora que la figura de aquella mujer iba a inundarlo, y otros tantos símiles respecto al mar que le harían parecer un poeta de no ser por los eructos que salían de su boca. Nunca en presencia de Amanda, por supuesto. No demasiados —¿madre, hijo y sus pertinentes confianzas? A fin de cuentas jamás había dejado de ser un cabestro—.

El pirata volvió a caminar unos pasos y se paró de cara al horizonte ennegrecido, el que llevaba siglos encabezando la visión de aquellos ojos verdes que hervían las olas a su paso. A esas horas, la mayoría de la tripulación dormía en sus literas y hamacas, apretujados por incubar más energías para su intenso modo de vida, y sólo él y unos pocos hombres de confianza custodiaban la llegada secreta de aquella invitada que todos creían conocer y de la que pocos se atrevían a especular en voz alta: ¿El fiero capitán Black Blood viéndose a solas con un miembro de la realeza? ¿La reina de los Países Bajos frecuentando la compañía de uno de los mayores ladrones y asesinos de los últimos tiempos?

¿Y cuántos años tenían los dos, a todo esto?

Dejó de fulminar al horizonte tras recibir la señal de Planchet y Anne, que montaba guardia en la entrada, le lanzó una de sus avizoras miradas para confirmarle que, efectivamente, el carruaje se acercaba. Con un asentimiento de cabeza que para ellos lo disponía todo, Thibault se retiró a su camarote, entonces la fuente de luz más potente del interior del barco, especialmente adecentado para la ocasión y con un buen vino sobre el escritorio. En pocos minutos, la puerta volvía a estar abierta y Amanda entraba por fin, ataviada con su abrigo de incógnito, cuya capucha esperó a retirarse del todo cuando sus hombres y los de Thibault cerraron la puerta al salir.

—¿Tan ansiosa estabas esta vez? —su voz, concebida para que temblara hasta el infierno, adquirió un tono más suave al soltar la pullita, no sin antes inclinarse ante ella, como siempre hacía cuando la tenía delante, solos o con más gente, por una legitimidad de corazón y no de un protocolo contra el que justamente vivía—. Al final vas a hacerme creer que de verdad escribo bien —prosiguió, y después de recuperar su altura, se aproximó más, en una distancia que contrastaba con todas las formalidades posibles de las que se hubieran abastecido, y le dio un beso en la mejilla, tan suave como el tono de voz que había puesto al principio, pero rasposo como su barba; incitante como el secreto a voces que expulsaban sólo con rozarse—. O quizá no podías esperar a contarme algo importante… —insinuó, todavía sin alejarse un centímetro.


Última edición por Thibault "Black Blood" el Mar Oct 16, 2018 8:21 pm, editado 3 veces



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Amanda Smith el Mar Nov 22, 2016 2:59 pm

La ciudad de París era curiosa, compleja y, en ocasiones, contradictoria; así, poseía lo mejor de una capital costera, como el tiempo suave y fáciles comunicaciones con las colonias de ultramar, sin de hecho poseer un puerto propio. La cercanía de la ciudad a la costa, sumada a lo llano de un terreno que parecía extenderse casi sin contratiempos hasta el mismísimo litoral, convertían un viaje que bien podía ser de negocios en uno que solamente podía definirse como de placer. Tamaña afirmación, si bien para algunos podía resultar exagerada, no podía ser más cierta en mis circunstancias: muchas de las obras de arte que coleccionaba y que pasaban, a continuación de rozar mis manos, al patrimonio de mi Louvre, llegaban a mí por mar, en navíos mercantes que procedían de las más diversas regiones del mundo. Así, entre mis manos se habían encontrado con frecuencia similar piezas de origen precolombino junto a otras del lejano Oriente, anteriores incluso a mi nacimiento; de un lugar o de otro, los mercaderes siempre buscaban intercambiar sus baratijas a cambio de una recompensa económica, y ese mercado era algo que no me resultaba, en absoluto, ajeno. La principal diferencia, no obstante, que existía con la mayoría de transacciones (o proyecto de ellas) era que, por una vez, no había delegado en intermediarios que eran como mi sombra y conocían mis gustos como las palmas de sus manos: en aquella ocasión, me había trasladado al puerto personalmente, y para más señas, el intermediario no sabía que aquel sería su papel en nuestra conversación. Sí, era cierto: me había mantenido deliberadamente misteriosa en mis comunicaciones con el capitán Black Blood, Thibault, a quien había convertido yo misma a la inmortalidad, mas cierto halo de teatralidad era imposible de evitar entre un auténtico y aguerrido pirata y yo misma, que a un tiempo era su reina, su sirena y su compañera cuando así lo deseaba.

Con el aura del misterio grabada hasta en los hilos del manto que ocultaba mis rasgos, me dejé conducir a través del sucio puerto hasta el imponente Skyfall, tan a juego con su capitán que nadie que lo conociera tendría la menor duda de a quién le pertenecía semejante joya de los mares. Firmemente vigilada por la insistente mirada de su tripulación, me fui adentrando lentamente en las profundidades del barco, hasta que llegué a su sancta sanctorum: el camarote donde Thibault el pelirrojo, el mismísimo demonio para aquellos lo suficientemente incautos que lo molestaban, me aguardaba. Con un gesto lánguido, dejé caer la capucha que me ocultaba el rostro y me enfrenté al suyo, erosionado por los mares pero con la misma fuerza de éstos durante una tormenta, y con el rugido que surgió de lo más profundo de su garganta, modelado por palabras pícaras y desvergonzadas, sonreí y acaricié su barba, con la que me había erizado la piel unos segundos antes. – Siempre estoy ansiosa por verte, Thibault, ¿aún no lo has entendido? – lo pinché, y a continuación rocé sus labios con un casto beso tras el cual me dirigí, envuelta aún en el frufrú del abrigo con capucha que portaba, hasta el otro extremo del camarote, donde algunos de los objetos de sus expediciones brillaban con el resplandor metálico que se correspondía con los tesoros. – Me temo, capitán, que esta no es solamente una visita de cortesía, aunque debo admitir que por el placer de tu compañía, estoy dispuesta a olvidarme de mi objetivo inicial durante unos minutos, en los que me tendrás para ti solo. – insinué, dibujando un amago de sonrisa pícara que él podía interpretar como gustara, al tiempo que mis dedos se paseaban a través de las diversas piezas que colgaban de las rústicas estanterías de madera de su camarote, junto a pergaminos con mapas, cartas de navegación y otros instrumentos cuyos secretos él desconocía en la misma medida en que yo los ignoraba. Sin mirarlo, pues tenía los ojos clavados en una pequeña moneda azteca, continué. – Apenas existen novedades dignas de mencionarse. Encontré a un contrabandista, que tengo a mi servicio; la vida en el palacio sigue siendo rígida como un corsé de ballena; mi marido es el mismo bárbaro desconsiderado de siempre, y en cuanto al resto… Bueno, el Museo va viento en popa. – concluí, dejando la idea un tanto en el aire, de forma que un ser inteligente como él captaría por dónde continuaría sin la menor de las dificultades.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Vie Abr 14, 2017 10:24 am

Había placer hasta en el oxígeno cuando aquella vampira se adueñaba de una sala, y eso que ellos ya no tenían pulso. A Thibault le gustaba el destello aventurero que manaba de sus ojos cada vez que los dejaba corretear por su guarida, o cuando sencillamente se depositaban sobre un nuevo objetivo, que automáticamente pasaba a cobrar interés sólo porque había acabado en su punto de mira. Como bebedor de sangre él tenía ya cosechados unos cuantos años más un par de siglos en su haber, pero la mujer con la que se deleitaban sus sentidos siempre vivos llevaba mucho más tiempo viéndoselas con el mundo como para haberse hartado ya de sus supuestas sorpresas. Y aun así, no parecía haberse olvidado de apreciar el sabor de lo desconocido en sus labios, incluso si cualquier cosa ganaba puntos sólo con caer cerca de su boca.

Centrarse, sí, esa maravillosa cualidad de la que el pirata no siempre era poseedor con Amanda Smith de por medio.

—Una de las cosas que puede decirse que he aprendido de mis vagares vampíricos por la tierra es —como alumno con déficit de atención ante la vida, incluso si se la alargaban para siempre— que lo que yo entienda no importa demasiado.

Tastó el deje de su beso de bienvenida con falsa inocencia, en una quietud digna de todo un luchador al fiero borde del precipicio. A veces tenía que acordarse de muchas batallas cuando llegaba la hora de vencer a ciertos instintos, sobre todo si involucraban su relación con la sirena a la que dirigía sus cartas. Por muy intrépido incansable que fuera, todavía le quedaban cosas que no estaba dispuesto a arriesgar. Se trataría de un pobre desgraciado si lo hiciera.

—No es justo que me hagas esto y lo sabes, ¿tan divertido resulta torturar a tus hijos, madre osa? —rió al decir lo último tras su recia copa de vino. Tenía problemas serios en la cabeza, ¡qué novedad para la mayor avaladora de sus desvaríos!—. Si me tientas al decir esas cosas, al final tú eres la única que se acaba olvidando de 'tus objetivos' porque a mí ahora mismo me dejan con la puta curiosidad de un gato en celo así que… —otro trago, esa vez con la mirada fija en los ropajes que contorneaban su silueta— estaría desperdiciando esos minutos que quieres darme de todas maneras, como pensarán unos cuantos que ya hago con todos los que también me otorgaste desde que hincaras tu perfecta dentadura en mi cuello.

Le ofreció finalmente una copa a ella una vez hubo alejado su atención, aunque seguro que momentáneamente dada su deformación profesional, de los tesoros que decoraban el camarote. Por su parte, la suya se volcó por completo en el festín que se daba siempre que le brindaba la oportunidad de su presencia, con su mezcla de colores tan similares en el aire; rojo y verde apuntando a una nueva escala de calor, y no se trataba de un error de palabras sino más bien de un juego. El mismo que se iniciaba entre ellos con cada reencuentro.

—Bien por el contrabandista que haya captado tu atención sabiendo del buen ojo que tienes para la clandestinidad —empezó a comentar los puntos que Amanda había mencionado por orden de aparición—, definitivamente la vida en palacio sólo es interesante cuando mentas tus corsés, el 'bárbaro' —burdo aficionado, ¿qué otra cosa iba a pensar en su madura y celosa objetividad?— de tu marido me la mama de canto y en cuanto a tu museo… —imitó su tono de voz al llegar a esa parte y como era de esperar, su intuición remató la faena— De acuerdo, reina mora, ¿qué artística misión será esta vez? Supongo que no una cualquiera si estás pensando en darle un papel al 'follamigo' de la ley, o a lo mejor es justo lo contrario y resulta lo bastante mundana como para aprovecharte de que no puedo negarte prácticamente nada aunque me parezca aburrido —suspiró antes de vagar sus locuaces pupilas por el cristal alzado que contenía el vino—. Pero eso tampoco es muy de tu estilo, ¿verdad? —apuntó, con una clara expresión de estar imaginándose cosas en aquel reflejo rojo. Cosas con ella, por supuesto—. Me distraes con poderosa facilidad a pesar de conocerme hasta el último palmo de tu… persona, claro —todo muy casto—, así que yo de ti me apresuraría a exponer el tema, no vaya a ser que este pobre mocoso pierda el norte. Cuánta paciencia, mi ama… —gruñó el último susurro contra su mejilla antes de recostar la espalda en el alfeizar del ventanal que había justo detrás de su escritorio y contemplarla mejor en su cómoda perspectiva; la copa en la mano y su predador aliento a un lado.


Última edición por Thibault "Black Blood" el Sáb Abr 29, 2017 12:49 pm, editado 1 vez



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Amanda Smith el Vie Abr 14, 2017 3:15 pm

Obnubilada por su encanto, retrocedí momentáneamente al instante en que lo conocí, cuando él era un pirata igual que ahora, sólo que mortal y a punto de dar un abrazo a la Parca, uno que yo sustituí por un beso de la eternidad tras el cual no habíamos vuelto a mantener un contacto tan íntimo salvo en nuestros sueños y más gloriosas fantasías. Así pues, lo vi entonces, medio muerto, y sobre ese recuerdo agridulce se superponía la realidad actual, él en toda su fuerza infernal y ardiente que, sin embargo, conmigo se rebajaba un tanto; resultaba una mezcolanza curiosa, pero no menos que él, que siempre conseguía sorprenderme hasta cuando se comportaba como un hombre educado. Si bien sabía que podía serlo, aún me pillaba un tanto desprevenida que el Capitán Black Blood, el hombre de quien se decía que era el mismísimo Lucifer encarnado (y cuánta razón había tras semejante afirmación...), fuera casi un colegial conmigo, que más que le cuadruplicaba la edad sin siquiera despeinarme. ¿Dónde había quedado esa diferencia cuando yo misma, de no controlarme bien, podía terminar derretida por una de sus ardientes miradas? En ningún sitio, salvo en su imaginación, donde le permitiría que continuara porque nos haría el favor a los dos de favorecer que nos comportáramos, como no estaba muy segura de si quería hacer o no. ¿Qué podía decir? Toda la estética que le pertenecía tanto como aquel barco me atraía en la misma medía que lo favorecía a él; invitaba a dejarse llevar, a la desinhibición y al pecado, e invadida de esa extraña ligereza me acomodé mejor en su camarote con la copa de vino llena en la mano y no lo perdí de vista mientras las vulgaridades a las que yo había renunciado hacía años se le escapaban de los labios barbados, rojos como él también podía serlo. Y pese a que mis modales me hicieran, en condiciones normales, echarme para atrás ante ese tipo de comportamientos, él siempre podía llamarse excepción en muchas cosas, incluida esa, y sólo pude sonreír con respecto a sus amantísimas palabras, especialmente con respecto a mi marido.

– Creo que has pasado mucho tiempo fuera de control y pronto tu mamá osa va a tener que azotarte. Estoy absolutamente segura de que lo disfrutarías, no obstante, así que tendré que castigar tu osadía de otro modo. – recriminé, pero con una sonrisa, como si supiera que daba igual lo que dijera porque a mí me satisfaría igual que él se comportara tal y como era: salvaje, exactamente igual que el océano que cabalgaba cada noche, libre como yo nunca podría serlo del todo. – Te recomiendo una buena brújula para tu norte perdido. ¿Sabes? Tengo tantas en mi Museo como en mi palacio, donde, por cierto, renuncio a los corsés y a los vestidos emperifollados en pos de sedas y tules. Tal vez deberías venir a tierra más a menudo y visitarme en mis posesiones, creo que lo disfrutarías considerablemente más que con las migajas que te ganas de la forma habitual. – opiné, alzando una ceja y mordiéndome el labio inferior con esa impecable dentadura que él había descrito como tal, aunque a mí se me ocurrían unas cuantas maneras de contradecirlo, y ninguna como a él (y a mí, no me iba a llevar a engaños al respecto) le gustaría. Así pues, aún bailando un vals con su atención exclusivamente dedicada a mi persona (o entidad, o como él prefiriera llamarlo), me senté frente a él, en el escritorio, y con las piernas un tanto separadas, si bien el vestido que portaba me tapaba absolutamente toda la vulgaridad que, por otro lado, el gesto podría haber traído consigo. – Vamos, ¿no te apetece ir hasta las Américas por mí y traerme unas cuantas baratijas de oro que nadie quiere excepto si pueden sacar unas monedas por ellas? ¿O tal vez es que prefieres acercarte a Marruecos y conseguir algo de allí? Estoy en busca de objetos exóticos y piezas de culturas lejanas, y tú eres el único en el que confío para traérmelas... Bueno, eso no es del todo cierto, pero como excusa para venir a verte lo cierto es que me viene que ni pintada, ¿no crees? – sonreí, inocente, y di un largo trago a la copa de vino, frente a él, pero sin permitir que más gotas de las necesarias me bañaran los labios tras el gesto. Aún no quería permitirle que tuviera ese tipo de ideas en mayor medida de la que ya las tenía... Aún.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Lun Ago 07, 2017 5:53 pm

Sobre el mar se había escrito mucho, más allá también de las cansinas y ñoñas metáforas con el color azul, pero aun así, y por mucho que no fuera escritor, Thibault nunca se sentía más jodidamente ¿meloso? que cuando estaba en presencia de la segunda mujer responsable de traerle al mundo. Otra vez. Curioso que se le viniera a la mente semejante cursilería de palabra mientras se imaginaba el cuerpo de Amanda tan húmedo como el puto mar que ahora se veía a sus espaldas —¿veis para lo que quería él las metáforas?—, sentada en su escritorio tras la ventana. ¿Era sólo producto de su imaginación, entonces, o la vibración real en la mirada serena pero arrolladora de su invitada estaba así de expectante o más bien era él quien de un momento a otro llamaría a su mamá por un problema en sus pantalones mucho menos infantil —y ya puestos, menos asqueroso— que haberse meado en la cama? Ah, sí, cualquier parecido con el romanticismo en aquella monstruosidad de ex-humano era pura casualidad… O bueno, dado que en realidad sí ocultaba algún talento de escritor cada vez que, pues eso, escribía a su única reina, dejémoslo en que tenía sus pequeños momentos.

A fin de cuentas, y por muchos años que pasaran hasta convertirlos en mito, mamaba de un universo endiabladamente inspirador.

—No he sido yo el primero en mencionar los corsés, ¿y ahora resulta que tampoco los llevas? —replicó, aunque en esos momentos lo único que a él le parecía inspirador de verdad estuviera chorreando de sus labios. O no, qué mierdas importaba, una dama de su alcurnia sabía beber vino sin derramar una sola gota pero además de inspiración, supongo que había que hablar de creatividad. ¿O se consideraban sinónimos? En fin, se la traía muy floja, estaba muy cachondo y ella, muy buena. Lírica clásica para todos—. Ya veo que juegas muy bien con tus muñecos antes de volver a guardártelos en el escote.

¡Cuidado, poetas, que llega el Sangre Negra! Tanta divagación y al final él mismo metía mano de las metáforas con colores… Claro que a decir verdad, estos desvaríos eran demasiado superfluos al lado de lo que realmente pasaba dentro de él: fuego, en todo su esplendor. Ambos ahí sabían lo que significaba quemarlo todo desde el contraste de unos ojos fríos. Thibault quería, no, necesitaba calentar los de ella, y en un momento de debilidad sus manos se deslizaron por la camuflada vulgaridad de sus faldas, sólo un poco, lo bastante como para sentir que las llamas chisporroteaban hasta nublarles la vista de vampiro que compartían, como podrían compartir muchas más cosas que, de todas maneras, detuvo justo a tiempo. Sus brazos permanecieron, pues, bordeándola sobre el mueble que ella, cual monarca, había tomado como su trono improvisado allí, al tiempo que su torso quedaba casi a la misma altura que el suyo de no ser el gigante de hierro que, por una vez, las historias no exageraban.

No dijo nada, no hacía falta. Pelirrojos de pupilas verdes e intensas, dominándolo todo con la estela que habían dejado atrás desde que a la inmortalidad le pareció buena idea dotarles de plena libertad por el mundo, realmente parecía que hubieran sido destinados a llamarse, de algún modo, familia. Y Amanda tampoco era la única longeva en saber que había demasiado tiempo a su favor como para que el incesto con Thibault no fuera una opción deseada. De esa forma, continuó mirándola con la misma facilidad para hundirse en sus encantos que tuvo cuando recibió el beso de la vida. Ninguno de los dos había perdido la práctica de contemplarse así, en la falsedad de un silencio con el que se entendían demasiado bien. Por muchas aguas que hubiera vencido, seguía queriendo ahogarse en las que alcazaba a ver cuando la intimidad de la que Amanda podía presumir respecto a él le hacía terminar así. Peligrosamente serio para la ordinariez con la que cercenaba cabezas antes de chupetear la sangre de sus espadas.

Se detuvo completamente con la única brusquedad que podía cortar esa sensación a la que aún no daban, ni buscaban dar, esquinazo y se alejó de ella antes de soltar un sonoro bufido de calor que decidió aliviar sin delicadezas al llevarse él su propia copa de vino a los labios y beber de espaldas a ese eterno embrujo.

—Por ti, iría al infierno del que me sacaste, o al que me devolviste, qué más da. Nombra cualquier pieza —africana o americana, me da igual— que se te encapriche y la tendrás delante de tus morros, pero para tener al portador en el mismo sitio, bueno, no necesitas excusas —casi rugió para recobrar una compostura que, en cierto modo, nunca le había abandonado si siempre se había follado así de bien a los contrastes—. Aunque aprecio que todavía intentes echarle imaginación a través de los siglos. —No era como si un pirata y una sirena vampíricos pudieran perder la magia a esas alturas— Cuéntame más cosas de ti, aún no he quedado satisfecho —reclamó en su acostumbrada madurez, en tanto volvía a ponerse cara a cara y a una distancia no mucho mayor, pero sí más ¿humana? El capitán sonrió la ironía tras el último trago que quiso emular a la boca de Amanda.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Amanda Smith el Dom Ago 27, 2017 1:51 pm

Cuando se trataba del capitán, mi capitán, no había nada de maternal en mí, ni siquiera si el vínculo que nos unía se denominaba, para el común de los (in)mortales, como tal. Nada en el físico imponente y en la psique extensísima de mi adorado Thibault me provocaba el más mínimo sentimiento de amor platónico, lejano y ajeno a los deseos carnales a los que, para mi desgracia, estaba más atada de lo que me gustaría. El único consuelo que me quedaba era que él se encontraba apresado en la misma dinámica que yo, aunque aún no terminaba de entender por qué, después de varios siglos, éramos tan capaces de mantener el control en esos escasos pero valiosos momentos en los que nos encontrábamos frente a frente, desventajas de mantener nuestra relación a través de la vía epistolar. Aun así, él era tan leal a mí como yo lo era a él, y me lo reafirmó al dejarme vía libre para pedirle lo que quisiera, cualquier pieza que se me antojara, como si fuera un caballero andante y mis encargos fueran las prendas que él me traería para demostrarme su amor, correspondido en la misma medida por mí. No, tal vez no me comportara de forma maternal con él, y tal vez no hubiera un componente absolutamente romántico, igual que familiar, en lo nuestro, pero era innegable que el capitán del navío en el que me encontraba era una parte fundamental de mi no-vida, y precisamente por eso no quería pensar demasiado en cómo formaba parte de ella. Tal vez por eso me resistía a la idea de abandonarme a él y a su cuerpo, que me atraía como lo había hecho hacía mucho, con él moribundo y yo como la sirena de sus pensamientos, una identidad que no había terminado de abandonar cuando lo tenía cerca. Para él, siempre seguiría siendo la mítica pelirroja que lo había encumbrado hacia su no-vida, incluso si la mujer que tenía delante ya no era ni pelirroja ni mítica, sino tan real como la madera del Skyfall.

– Bien, ya que cuento con tu permiso y la idea del corsé te aprisiona los sentidos tanto como a mí el pecho... – aventuré, y me incorporé para dirigirme hacia él, sólo que en vez de terminar encarando su fiero y eterno rostro, le di la espalda, como una muestra de confianza que a casi nadie le dedicaba, pues no en vano él era uno de mis mayores allegados, fuera del modo que fuese. Con lentitud, casi regodeándome en el momento, me aparté el pelo de la espalda y me deshice de la primera capa de tela que cubría mi torso, dejando al descubierto, para él, el maldito corsé del que estábamos hablando y cuyos nudos le invité con un gesto a que deshiciera. – Estar aquí es como estar en mi hogar lejos del hogar. No tiene tanto que ver con el barco, aunque debo reconocer que me gusta mucho cómo lo has decorado porque grita tu identidad en cada pieza de mobiliario, como contigo, pero lo cierto es que si me siento tan cómoda, no hay motivos para seguir llevando esa tortura, ¿no crees? – lo invité, con la voz tan suave como la actitud de mi cuerpo, dócil y sumisa durante los instantes que le costó deshacer toda la presión a la que me sometía la prenda, sólo para volver a ser enérgica después, al dejar que esa suerte de armadura cayera al suelo y recolocarme el vestido. El efecto, sin embargo, fue evidente: en cuanto me giré, lo pillé in flagrante delicto, con los ojos paseándose por las partes de mi cuerpo que quedaban libres y que el corsé no recogía ya, libre de hacerlo tras mi tácita invitación. Con una media sonrisa, le acaricié la barbilla para que cerrara la boca, y con ello lo obligué a seguir mirándome a los ojos durante, como mínimo, unos minutos más, aunque yo tampoco pudiera negar el efecto que su mirada de depredador había tenido sobre mí y el calor, antinatural en mi condición, que sentía. – Niño malo, ¿me vas a hacer regañarte...? Siéntate. – ordené, y solamente yo sería capaz de hacer algo así, en su barco, y que él obedeciera, por el respeto mutuo y porque él sabía que las consecuencias le serían provechosas, como fueron cuando me senté sobre él, mi nuevo trono en su reino.

– Dime, ¿qué secretos tienes tú para que pueda guardar en mi escote? Tal vez te ceda el honor de hundirlos hasta el fondo tú mismo, parece que lo disfrutarías. – bromeé, a medias, y me apoyé en su pecho, que se asemejaba más que nunca al ancla, firme, de su navío, a muchos metros debajo de nosotros y absolutamente ajena al juego peligroso que el marino y yo estábamos llevando a cabo en sus dominios. – He hecho algunas cosas interesantes en este tiempo. Por ejemplo, he descubierto que uno de mis hermanos sigue vivo, y puedes imaginar lo que fue descubrir que alguien con quien compartía familia también sobrevivió al paso de los milenios. Ah, y hablando de familia, convertí a otro hombre a nuestra condición, pero no hace falta que te pongas celoso porque hace mucho que no sé nada de él. – rememoré, acariciando su barba con las yemas de los dedos apenas, como si fuera una de las piezas delicadas que yo coleccionaba y exhibía en mi museo y en mi palacio, allá en los Países Bajos. Curioso, dado que él era mucho más tenaz, y así lo había demostrado siempre que había existido la necesidad de hacerlo, que cualquiera de nosotros; sin embargo, el gesto me salió natural, igual que también lo fue la manera en la que me acomodé sobre él, como si fuera un diván cómodo en vez de un hombre fiero que sembraba el miedo en sus enemigos con solo mirarlos. Ah, si tan sólo lo vieran, casi relajado como se encontraba conmigo... Probablemente seguirían temiéndolo, al ver a un auténtico Neptuno con una de sus sirenas, pero desde mi perspectiva no dejaba de ser una imagen curiosa, en especial dada la leyenda negra que existía a su alrededor. – No sé si hay mucho más que quiera contarte... preferiría que lo descubrieras tú, si te soy sincera. – ofrecí, con una sonrisa pícara en esos morros míos que tanto parecía ansiar.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Vie Dic 08, 2017 9:59 pm

Tanto ella como él, presas del inconmensurable efecto que los separaba de buena parte de la población terrenal, llevaban librando las batallas suficientes para ser expertos en la materia de la contención y por tanto, en esos pequeños detalles que desvelaban si un resquicio de paz era, o no, legítimo. Una paz que en el caso de ellos, por descontado, sólo podía ser previa a la tormenta. Aunque un momento, ¿'presas', habíamos dicho? ¡Por favor, depredadores en toda su esencia! Y uno de ellos fieramente hecho a los caprichos climáticos de las aguas que, a su vez, conformaban sus dominios imperecederos de pirata, y además, inmortal hasta los restos. Si acaso su cabeza no decidía algún día volar por los aires, ni la madera atravesar su corazón. Claro que si en aquellos precisos instantes algún pobre infeliz borracho de ilusiones pretendía hacerlo, acabaría mucho antes apuntando a la palma de la mano de su invitada femenina, que era justamente donde lo tenía ahora.

Ahora, y una eterna cantidad de veces. ¡Por todos los demonios! ¿Dónde estaba la vergüenza? Thibault no la conocía ni para bailotear desde la tosquedad hasta su extraña disposición a la sensiblería, pero como bien ilustrarían los símiles que ya se mataban por hacerles justicia en aquella estampa de sensualidad falsamente improvisada, incluso un temible Dios como Neptuno se volvería más poético con aquella sirena reposando su pecho sobre el mortífero oleaje que cubría medio planeta y que él, un poderoso marino, hacía llamar cuerpo y alma.

¿De qué estaban hablando? Si acaso seguía teniendo algún sentido abrir la boca para algo que no fuera babear, morder o cerrar los dientes con una potencia digna de tambalear el navío que los resguardaba aquella noche, paradójicamente para reflejar la jodida impotencia de, ahí volvía de nuevo, la retención. La paciencia impropia del carácter de un filibustero inquieto y demás formas similares de ilustrarlo que quizá se le habrían ocurrido sin muchos problemas si no hubiera tenido allí delante de su careto la perfecta composición artística y carnal de los senos de Amanda Smith. Ah, sí, 'los senos', porque los cabestros de la criminalidad más temida del océano, de repente, se habían vuelto así de finos. Él mismo por un momento se había creído que lo era al conseguir liberarla de aquella prenda tan jodidamente protagonista, porque oh, sí, el tunante malhablado de la media sonrisa sabía desatar lencería aristócrata —o mucho mejor: ¡Monárquica!— pero nunca le habían obsequiado con una escena tan contradictoria y en consecuencia, tan íntima donde la mujer, después de acabar con las sugestivas murallas de la ropa interior, decidía volver a ponerse el resto de ropa encima.

¿Así cómo diablos no iba a comerse con los ojos cada mota del polvo de la estancia que, mucho más afortunada que el pirata y que cualquier alma igual de desgraciada, había ido a parar a la tela de un vestido que bien podría acabar ardiendo bajo su hambrienta mirada sencillamente porque ya no pintaba nada sobre la piel de la única reina ante la cual respondía?

El monstruo de tantas leyendas sí que no iba a estar seguro de saber responder a partir de aquel regalo, y menos si todavía se lo ofrecían acto seguido apretujado contra su torso. A pesar de que pudiera sacar punta a los filos que se atrevían a tocarle, ese hombre no estaba hecho de piedra.

—Vaya, mujer, tiene gracia que te aventures a hablar de tortura en un momento como éste. —casi gruñó en su acostumbrado tono jovial, lejos del enfado y aun así, frustrado por unas circunstancias que, cualquiera que fuese el protocolo de represión al que se llevaban sometiendo literalmente siglos, cada vez entendía menos. Le gustaba cuando la oía usar expresiones como 'niño' o 'crío' para referirse a él, quien en apariencia se veía mucho mayor que la esbelta joven llena de sabiduría en sus vistazos al mundo que tenía bajo sus pies. A Thibault le costaría reconocer que también se encontraba allí debajo de no ser porque nunca había tenido reparos en agradecérselo toda la vida a quien se la salvara para siempre— ¿Mis secretos, dices? Me da que tu escote no es el único lugar donde se esconden ahora mismo... —¡Claro, venga, escandalicémonos a estas alturas con el capitán de las obscenidades, y más después de tener el sabor de aquella obsesión materna a un mísero mordisco de distancia!

Podía decirse, sin ningún rastro de duda que atisbar con su catalejo, que para dos animas longevas el tiempo estaba total y absolutamente adulterado, así que quizá les ayudara algún día a adquirir otra perspectiva distinta de la situación que los llevaba a llamar a eso 'tardar en hacerlo'. Pero cuando Thibault hizo caso de lo que ella prefería y avanzó para placar una barrera que, en realidad, jamás había existido entre sus bocas, definitivamente sintió que habían tardado en hacerlo. No era la primera vez que sus labios se aproximaban en castos roces de saludo y despedida, hasta recordaba alguno en su emblemática conversión con la que Amanda ayudó a resurgir a la figura del pirata de entre las olas, pero aquel impacto no se parecía en absoluto a un leve roce, ni a un contacto conmemorativo, ni a nada que no fuera simple y llanamente arrasar con todo el deseo acumulado y confirmar que llevaban, para ser exactos, ciento ochenta y ocho años ahogados en un beso que, contrario a la biología humana dejada atrás, ahora les devolvía el aire.

Joder, por fin.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Amanda Smith el Dom Ene 14, 2018 9:48 am

Me gustaba él, con sus obscenidades y la furia de los tizones que le corría por las venas; me gustaba, los dos lo sabíamos, desde antes de transformarlo, ya que de lo contrario no habría decidido entregarle un regalo que a otros les había negado y les continuaba negando por no considerarlos dignos. No sabía si se trataba del hechizo que, conscientemente o no, el pirata iba extendiendo allá donde iba o simplemente de que nos llevábamos bien más allá de las palabras, desde un punto de vista tan platónico como real, y lo cierto era que me daba igual, a aquellas alturas, porque la explicación no modificaba la realidad de que él y yo estábamos unidos por y para siempre. Aun así, a veces no dejaba de resultarme curioso que, pese a que fuera él quien me llamara sirena, la que hubiera caído bajo el embrujo de su voz borrascosa había sido yo, y la que acudía a él y lo mantenía cerca, anclado a mí pese a su naturaleza nómada, también era yo. Lo podía disfrazar como quisiera, bien justificándolo o bien pretendiendo que se trataba de una simple relación de negocios, pero ambos sabíamos que lo necesitaba de vez en cuando cerca, demasiado, aunque ninguno de los dos lo comentáramos. También así había sido desde el principio, por otro lado: había una gran carga platónica, que se daba por supuesta pero nunca comentábamos, como cimentación de nuestra retorcida unión, tan sólida como, a un tiempo, misteriosa. Jamás había intentado explicarme demasiado nada de cómo habíamos llegado a lo que éramos, en parte porque no deseaba recrearlo con nadie al no considerar a ni un solo ser merecedor de compararse con él, y en parte porque me gustaba el misterio, exactamente igual que él, y me parecía hasta ofensivo arrancarlo por satisfacer una curiosidad ocasional que su presencia ya alimentaba bastante. Con todo ello, me había mantenido cordial y lejana a veces, apartada de los deseos que a los dos nos consumían, y realmente llegué a pensar que así seguiríamos siempre... Lo hice, sí, hasta que él me besó.

Sin darme ocasión de pensar, se lo devolví con absoluto abandono, completo frenesí, aprovechándome de forma inconsciente de la ventaja que suponía para los seres como nosotros la no necesidad de respirar. Gracias a ello, aunque de eso me daría cuenta después, pude esclavizarlo como lo había hecho una vez con sangre, atándolo a mi boca con la cuerda de nuestras lenguas batallando, con las gotas de lluvia que las heridas que nos estábamos haciendo nos proporcionaban en forma de sangre. Ahogando un jadeo de pasión en su boca, bebí con más intensidad de su elixir mezclado con el mío y lo agarré de la nuca con las dos manos, reduciendo hasta el extremo la distancia que nos separaba para que, más que nunca, no hubiera nada que pudiera separarnos. Él, por su parte, aprovechó que le había dado permiso para abordarme y decidió que sus manos necesitaban conocer lo que hasta entonces había sido algo cercano, pero ajeno: mi cuerpo. Y se lo permití, sí, lo hice porque estaba demasiado ocupada siendo besada y besándolo durante ni supe cuánto tiempo, mecida por el oleaje de la marejada de pasión en la que los dos nos habíamos embarcado y que no concluimos ni siquiera cuando nos separamos. Fue entonces cuando descubrí que estaba completamente sentada en su escritorio, rodeada por los objetos que él había apartado para hacerme hueco, con las piernas entreabiertas, despeinada y los labios en una sonrisa destacada por el carmín natural de su sangre, que me los empapó hasta que decidí relamerme con fruición. Incluso entonces decidí que nada de él, ni su sangre ni su contacto, merecía ser echado a perder, de modo que subí los dedos, tan firmes que me sorprendió dadas las circunstancias, para acariciar las gotas y disfrutarlas desde mis yemas mejor que desde mis labios, aún hinchados y casi doloridos. Si lo estaban por el beso o por su repentina ausencia, ya, no era capaz de afirmarlo con certeza.

– Haces honor a tu fama. – admití, y la voz me salió como un ronroneo, suave y sensual sin que me lo propusiera, lo cual tampoco me extrañó dado que acababa de besarlo con tanta intensidad y durante tanto tiempo que de haber sido mortal me habría ahogado en él. Tampoco era esa una muerte tan mala... – Y, por supuesto, sigues obedeciéndome, hasta en los deseos que ninguno de los dos decimos en voz alta aunque sepamos que existen. ¿Cómo no vas a ser mi preferido así, Thibault? – reconocí, premiándolo con palabras como lo haría una madre con un hijo, aunque estaba segura de que ninguna progenitora se comportaba con sus criaturas como lo hacía yo con Thibault, y, francamente, lo prefería. Simplificarnos demasiado sería otro nuevo insulto para él, su grandísima fama y efigie y yo misma, y si estaba dispuesta a no caer en ofensas menores que esa, mucho menos iba a permitirme normalizar algo que los dos sabíamos que era extraordinario por completo. – Creo, sin embargo, que aún te quedan ciertos secretos por descubrir de mí. Es una lástima, estabas yendo fantásticamente hasta ahora, pero has omitido una región completa y, la verdad, ahora requiere de tu atención. – lo pinché, con una media sonrisa cómplice al final, y, consciente de que toda su curiosidad se encontraba clavada en mí, me tomé mi dulce tiempo para, con delicadeza, subir las manos por los costados de mis muslos, permitiéndole a la tela resbalarme un tanto, en dirección ascendente, pasando por mi corpiño y deteniéndose en el escote que tanto lo había atrapado hacía un momento. – Te facilitaré la labor, ¿de acuerdo? – propuse, a sabiendas de que su respuesta iba a ser afirmativa, y con una firmeza que contrastaba con la suavidad de mis acciones de hasta ese momento, bajé el corpiño para que los secretos de mi escote fueran libres de ser aprovechados, lamidos y devorados por él cuanto se le antojara.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Mar Mayo 29, 2018 4:39 pm

Seducir a la seducción, embelesar a la fantasía, sentir las rodillas de la reina rozando tus pies… y muchas otras formas literarias de redundar en el existencialismo de aquella diosa atemporal a la que había conseguido besar gracias a la parca en la que se convirtiera para él. Al fin y al cabo, si estaba allí presente y rezumando el vigor que hacía falta para arrasar con todas las barreras hacia su cuerpo, se debía únicamente a que ella le había dado el poder en su día, o mejor dicho, en su noche de barcos atracados en un mar negruzco de reflejos dorados, igual que allí y entonces, siglos después. Diría que tan dispuesto como la primera vez, pero Thibault estaría mintiendo con la vileza de su taimado oficio, pues en el jodido presente contaba con la fuerza, la dignidad y la fogosidad que en aquella memoria del pasado llevaban mucho tiempo reducidas por su decadencia autodestructiva. Una estampa lamentable al lado de semejante espejismo. Aun así, algo debió de ver aquella sirena milenaria en el brillo turbulento de sus ojos verdes para finalmente abrir la boca y sellar su palabra en el cuello y la vida de un criminal destinado a la eternidad de sus colmillos. El capitán se había pasado prácticamente toda su longevidad entendiendo el por qué, haciéndole honor a su decisión de salvarlo, así que podría decirse que la propia Amanda Smith lo había hecho merecedor de aferrarla con deseo y no soltarla hasta ver saciado cada rincón de su cuerpo. Quizá ése era también otro de los innumerables motivos por los que habían tardado tanto en cruzar la maldita línea, el haber empleado todas esas décadas en prepararse para la sola posibilidad de beber de los mismos labios que le devolvieron al campo de batalla por el que se desvivía. Aunque en aquel preciso instante, sólo se desviviera por ellos.

—Si gozarte es tan jodidamente adictivo como lo que acabo de probar, no me extraña que la inmortalidad te esculpiera para ella sola —murmuró, sus 'alientos' a un mísero centímetro con el que hicieron temblar a todas las leyes vampíricas de las que estaban hechas sus biologías cuando la cavernosidad de su voz adelantó acontecimientos más abajo de sus caderas—. Bueno, para ella sola no —aclaró, y entre gruñidos asomó la sonrisa furtiva que convertía en vapor las olas—, no ahora que me he unido por fin a la fortuna de los desgraciados que pueden babearte las enaguas a esta distancia. Diles que voy a gastarles todos los turnos que pasen a tener a partir de este puto momento.

Y ya no sabía de qué demonios estaba hablando, pues Amanda tenía a un pirata, y no a un poeta, entre las piernas que se encargó de abrirle más y apretárselas a su vez para sentirlas bien atenazadas a sendos costados de su legionaria figura, mientras por su parte descendía la cabeza para descarrilar de una vez todas las miradas hambrientas de jodido ser viviente con vista y —buen— gusto sobre los pechos plenamente descubiertos de la mujer que seguía viéndose como una mayestática aparición de las aguas. Apenas se había dado tiempo a sí mismo para contemplárselos, de modo que pasó a memorizarlos con su lengua, acompañándola de mordiscos y un vaivén frenético y absolutamente embravecido. Por encima de todo, catártico, pues a través de la mundanidad y el instinto sólo dos vampiros analógicamente incestuosos podían provocarse la misma vorágine de sentidos que atesoraban, inabarcables para el cuerpo y la mente mortales. Y al mismo tiempo, si había alguna forma desquiciada de emular a la fragilidad humana, podían sentirla en mitad del éxtasis de aquellas dentadas añadiendo a sus fluidos la sangre.

—Llevo sin omitir una sola región de ti desde que me aumentaste los sentidos, espero que los tuyos estén preparados para lo que eso significa —casi rugió, claramente poco satisfecho a pesar de la inhumana cantidad de minutos volcados en las recientes marcas de la piel de la chica y la hinchazón de sus pezones, pero como ya había dicho su idolatrada reina, más regiones completas requerían de su atención y su velocidad sobrenatural no había sido creada para acabar precisamente rápido con el placer. De ahí que cuando se trasladó de nuevo a sus piernas, el éxtasis volviera a recrearse a las puertas del infierno, que humana y paradójicamente quemaría toda la madera de su camarote. Incluso no pudo evitar, ni quiso en realidad, desgarrar parte de la tela de su vestido durante el fogoso proceso— Joder, Amanda, será mejor que sigas facilitándome la tarea si no quieres volver desnuda a tu corte —advirtió acerca del estado en que iba a dejar su ropa y que sólo encontró manera de retrasar arrojándose nuevamente a la tormenta de su boca.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Amanda Smith el Dom Jun 17, 2018 9:04 am

Ni una sola de las varias patentes de corso que había entregado, o visto entregar, durante toda mi larga existencia se me antojaba tan deliciosa como aquella, que Thibault se estaba empeñando en sellar en mi piel para placer de los dos, no solamente mío. Había contemplado la posibilidad de entregarme a mí misma como recompensa de nuestra extraña relación desde hacía unos cuantos siglos, más o menos los mismos que llevábamos conociéndonos, pero siempre me había detenido antes de poder llegar tan lejos, quizá por miedo a que los deseos que no podía apartar de mis pensamientos corrompieran lo que ambos habíamos construido con esfuerzo, respeto y mucho deseo frustrado, también por parte de ambos. Debía admitirlo: también existía una parte de mí, olvidada por completo en aquel frenesí de pasión y de ardor pelirrojo en su camarote, el mejor escenario para dos almas errantes como lo éramos yo y, sobre todo, él, que temía que mis deseos no estuvieran a la altura de la realidad. Esa parte no podía estar más equivocada, como él se estaba empeñando en demostrar hasta el punto de hacerme cerrar los ojos y abandonarme por completo, las piernas tan abiertas y tan enroscadas en él que parecía a punto de incrustarme por completo en el ancla que suponía el vampiro al que yo había dado el don, pero que otra se había encargado de parir y de criar. Como si eso importara lo más mínimo cuando él perdía el control y yo le permitía que dominara a la sirena que había deseado en silencio durante tanto tiempo que prácticamente era una constante entre nosotros; desde luego, el contacto se estaba volviendo una necesidad tan fuerte como la de la sangre, que no estaba del todo exenta de deseo tampoco, y como tal los dos le estábamos permitiendo que dominara, ¡con lo que a mí me costaba entregar la corona a alguien más...! Pero, sí, incluso yo hacía excepciones al respecto, y el capitán pirata que me estaba recorriendo como si fuera una isla se estaba mereciendo el tesoro que no dejaba de buscar, y que además estaba a punto de encontrar.

– Nunca me habías hablado como capitán, Thibault... Podría emborracharme en esa voz tuya hasta que no quedara más de mí y aun así te suplicaría más y más, que no pares en toda la eternidad. – respondí, y mi voz se encontró al borde del gemido, de convertirse en el ronroneo que él necesitaba para tomar la iniciativa de nuevo y destruir el vestido que ya no me importaba lo más mínimo, una víctima necesaria del incendio de nuestras pieles heladas y que no lloraría cuando termináramos, en absoluto. El respeto que él sentía hacia mí, sin embargo, se convirtió en un problema, puesto que lo obligó a separarse para escucharme mejor, y eso supuso que por un instante sus labios se apartaron con violencia de mi piel, y yo necesité sentirlos de nuevo para no impedir ese ardor tan abrumador que me estaba recorriendo, liberador como nada que hubiera sentido en mucho tiempo. Así pues, en respuesta a su carencia y aunque ni siquiera tomé la decisión consciente de hacerlo, mis manos lo sustituyeron durante los instantes en los que él se quedó mirándome: una de ellas recorriendo las cimas henchidas e inflamadas de mis pechos, mientras la otra se iba deshaciendo de la falda y del resto de telas que me envolvían como si fuera un regalo, y en cierto modo lo era para él. No pude, no obstante, resistirme a la oportunidad de oro que se me estaba presentando en bandeja con él delante, y cuando estuve desnuda por completo y él quiso acercarse lo paré estirando una de mis piernas para hincarla en su pecho, firme pero no dolorosa. – Arrodíllate ante tu reina, capitán Black Blood. Quiero verlo, estoy más que preparada para que tus ojos miren a donde debes rendir pleitesía ahora mismo. – ordené, y esta vez no hubo nada que pudiera disimular la autoridad de mi tono, suficiente para que él obedeciera y se pusiera en movimiento con una genuflexión a la que premié abriendo las piernas y acercándome al borde para que él viera, sí, pero aún no todo... No hasta que los dedos de la mano que había deshecho el montón de telas que me cubría se deslizaron en unos pliegues totalmente diferentes, tan sensibles que arqueé de inmediato la espalda y cerré los ojos, mordiéndome el labio inferior. – Te alimentaste de mí una vez, hace mucho tiempo, pero creo que ya es hora de que vuelvas a hacerlo. – ordené, de nuevo.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Thibault "Black Blood" el Vie Sep 14, 2018 10:36 pm

¡Ah, el dolor de la práctica! Si acaso el sacarlo a relucir podía conllevar dolor, claro, porque en lo que a un pirata vampírico se refería, el único dolor se lo daba la continua y reprimida teoría. ¡Y cuánta teoría había corrido entre ellos dos desde que la práctica se la llevara el mordisco de la no-vida, seguido de aquellos acercamientos desesperadamente insuficientes cuando eran lo único literal en siglos! ¡Y ahora mira dónde habían acabado! ¡Cómo habían reducido aquel espacio! ¡Después de desafiar de aquella forma al tiempo, no había nada contra lo que no pudieran atentar!

Descartada la sola blasfemia que los caracterizaba por igual, sólo quedaba esperar a que al mundo ardiera tras ellos. Y no había nadie mejor preparado, a pesar de la frialdad de la muerte a la que personificaban. O quizá justamente por ella.

—En cambio, tú suenas siempre como una reina —admitió, todavía en mitad de aquella cegada pasión de los animales salvajes. Sin embargo, en aquellos momentos estaba tratando probablemente con la única persona capaz de ponerle una correa, y eso hasta la bestia lo tenía presente. Lo bastante para que sus acciones escucharan siempre el ronroneo de aquella criatura que lo había atraído hacia las tinieblas, a juego con las de su corazón, como humano y como sobrenatural—. Me temo que ésa siempre ha sido y será mi cruz como pirata. —pero la sonrisa de oreja a oreja que acompañaba de sus movimientos, diabólica en su desmedida pureza, no indicaba preocupación alguna.

¡Y cómo podía ser otra cosa posible con una diosa pagana enroscada a los arrebatos de su cuerpo!

Las órdenes y el control implícito de la voz de Amanda cuadrarían indudablemente bien con las de cualquier sirena idealizada si no fueran tan reales que parecían una bofetada, o un azote, que un chiquillo inmortalmente incorregible recibiría encantado. Las escuchó como quien prestaba juramento ante la bandera de los mil ladrones, y aun cuando no se había tratado nunca de un hombre de palabra —sorprendente, dada la cantidad de leyendas sobre pillería y destrucción que portaban su nombre escrito con tinta negra—, tampoco había tenido problemas en demostrar que la única monarquía ante la cual se inclinaba era la que había ido a visitarle esa misma noche. Así que mucho menos iba a tenerlos ahora que el regalo de la carne más deseada le estaba siendo concedido de una vez.

Y con ella.

De ese modo, su hambrienta mirada se dio el festín del siglo al contemplar el espectáculo hipnótico en el que se había transformado la mujer al ir liberándose de sus prendas, y finalmente, aquel fiero capitán, acostumbrado a tener el mando de un enjambre de vidas, obedeció a un mandato que, de no haberse pronunciado con tan arrebatadora demanda en boca de la ardiente soberana, hubiera sido una acción propia.

—Tampoco existe forma alguna de que liberes esto y yo no pretenda mirarlo. —y rendirle culto, y alabarlo, y devorarlo como había hecho y haría con el resto de Amanda Smith. Cuando se arrodilló y encajó la cabeza entre sus esbeltas piernas, aunque manida, hizo las delicias de cualquier metáfora al convertirse en esa pieza del puzle que llevaban siglos reteniendo en un puño. Thibault se entregó al aroma de su piel y pudo sentir cómo le ardían la cara, las mejillas, las cejas, incluso el pelo de la frente, precipitándose hacia esa palpitante humedad de la que pensaba alimentarse más, muchísimo más que de su sangre resurrectora. Contrario al ritmo desbocado que le había poseído todo el rato, empezó de forma lenta, pero no calmada —joder, jamás podría estarlo en semejante escena, ¿quién os creíais que era?— hasta que, trascurridos unos segundos, él mismo se volvió a descubrir sediento y saciado a partes contradictoriamente iguales. Los gemidos entrecortados con los que aquella deliciosa criatura le recompensaba más arriba se escucharon incluso melódicos, a pesar de lo escurridizos y graves que empezaron a volverse los sonidos de su propia boca en ese punto. Tras una oleada incontable de ofrecida satisfacción, despegó la cara para relamerse y contemplar a la vampira madre desde aquella posición que tanto le había reclamado. Arqueada, retorcida, mas no menos firme ni menos deseosa, con sus pupilas mirándose directamente a través de aquella perspectiva; él arrodillado entre el suelo y la madera, y ella recostada sobre el escritorio de la cabeza pensante que hacía navegar aquel barco.

—Oh, majestad, no seréis la única de la que puedan alimentarse esta jodida y maravillosa vez —afirmó, al ascender por encima de su silueta estirada y descubierta, piel desnuda contra ropa masculina, y extenderle los brazos para, acto seguido, apresarle ambas muñecas con una sola garra y emplear la otra en rodear su cuello; peligrosamente extasiado con el obsequio del tiempo y el deseo que representaban para el otro.


Última edición por Thibault "Black Blood" el Mar Oct 16, 2018 8:26 pm, editado 1 vez



Have you seen blood in the moonlight? It appears quite black.

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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

Mensaje por Amanda Smith el Mar Sep 18, 2018 12:00 pm

Ordené con la certeza de que él obedecería, consciente del poder que yo, la sirena, siempre ejercería sobre un lobo de mar como el que me devoraba con los ojos antes de hacerlo con la boca, ¿y por qué dudarlo? Llevaba siglos comprobando los efectos que tenían mis palabras y mis deseos en mis interlocutores, y Thibault no sólo no era una excepción al respecto, sino que a fuerza de no serlo se convertía en mi siervo más leal, en el ser con cuya violencia siempre podría contar para ejercer mi autoridad allá donde hiciera falta, en tierra firme o sobre el mar dependiendo de las circunstancias. En aquel momento, no obstante, el único lugar donde lo requería era el que permanecía abierto de forma casi obscena ante él, cualquier ápice de elegancia relegado a un segundo plano para que fuera la necesidad la que acaparara todas nuestras atenciones respectivas, y él, como no podía ser de otra manera, cumplió mis deseos como si ese fuera su poder, en vez de las habilidades que mi mordisco y la maldición le habían entregado hacía eones. Libre, pues, de ataduras y de un deseo frustrado que él empezaba también a desatar, cerré los ojos y me olvidé de todo lo que no lo implicara a él con una facilidad casi insultante, pero que se debía exactamente al talento de su lengua, labio, dientes y rostro en general en una piel ardiente por él, pese a mi gelidez habitual. Demonios, incluso su barba pareció cumplir con una función clara en todo aquel asunto, aportando el punto rudo que se podía y debía esperar de un pirata de su renombre, y en aquel momento no pudo importarme menos la discreción de la que me había valido para acudir al barco porque estaba muy ocupada buscando consuelo y placer en mi más preciado súbdito, capaz de leer absolutamente cada movimiento de mi espalda escorzada y aún mejor los gemidos que lo envolvieron durante la total duración del acto, demasiada y a la vez demasiado poca.

– Hay que ver cómo eres, capitán. Te ofrezco el mundo y sigues queriendo mucho más. – me habría reído de no ser por su mano en mi cuello, que me hizo más bien relamerme por la perspectiva de lo que eso sabía que significaba. Pese a que odiaba la esclavitud, así había sido siempre, la confianza que había depositado en Thibault desde que lo había conocido me permitía ver más allá de ese rechazo y recibir con los brazos abiertos, o mejor dicho en alto y sometidos también a él, esa autoridad que competía con la mía, pero que no la superaba: no necesitaba saber que él respetaría mis potenciales intentos de liberarme para ser consciente de ello. Sin embargo, no los hubo; no tenía la más mínima queja al respecto, y mucho menos cuando él buscó mi boca y yo lo premié con un beso en el que no me importó lo más mínimo saborearme a mí misma en él, casi goteándole de la barba con la que después se recreó por donde él quiso, un privilegio que a pocos les permitía salvo al Capitán Sangre Negra allí presente. Mi regalo consistió en la entrega absoluta, pero ni siquiera eso podía dárselo sin condiciones, y por eso no pude evitar morderle la lengua durante uno de aquellos besos, llevando a cabo un acto de una intimidad tal para los demás que parecía mentira que él y yo, uña y carne, no lo hubiéramos llevado a cabo hasta entonces: beber de su sangre. El sabor del vampiro terminó por sumarse a todos los demás, nublándome los sentidos y volviéndome incapaz de reaccionar durante apenas un instante que superé casi de inmediato, movida por los siglos de práctica y por un instinto fuerte hasta en los mortales, por lo que en mí lo era más aún. Así, pese a estar con el torso y mi parte superior inmovilizada, la inferior podía moverse, y en lugar de apartarlo lo acerqué más, rodeando para ello su cuerpo con las piernas de modo que él enseguida tuvo vía libre para navegar sin descanso hasta un océano que hasta entonces desconocía: yo misma.



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Re: Si no te importa, derramaré mi sangre en tu nombre |Amanda Smith| +18

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