Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Camille Jouvet el Dom Sep 16, 2018 6:18 pm

"Entrégame silencio, agua, esperanza. Entrégame lucha, acero, volcanes."
Pablo Neruda

Escondida detrás de la cortina, miraba hacia la calle. La lluvia castigaba con fuerza, el aguacero se había desatado acompañado de una tormenta eléctrica que era capaz de asustar hasta al caballero más valiente. Camille giró el rostro y contempló a sus niños, que dormían en el sofá, tapados con mantas, tal vez demasiado agotados por los días que tuvieron que pasar en la calle, escondiéndose, hasta que finalmente la mujer se había decidido a tocar la puerta de la casa de Edgar, el hombre por el que estaba metida en ese lío, que tenía a Meredith luchando por su vida y a ella escondida como si se tratase de una delincuente.

Una semana atrás, había regresado a su humilde casa tras una noche de trabajo, y había encontrado la puerta entreabierta. Tuvo un mal presentimiento e ingresó con cuidado. Se encontró a la anciana que la ayudaba con la crianza de los niños, tendida en un charco de su propia sangre. A los gritos comenzó a llamar a Yves y a Marion, que aparecieron bañados en llanto y se refugiaron en sus brazos. El escándalo que Camille había hecho, alertó a un vecino, que se acercó y vio la terrible escena. Inmediatamente, ayudó a la prostituta a voltear a Meredith, que se quejaba levemente. Tenía puñaladas en el vientre y un fuerte golpe en la cabeza. “Deja de preguntar por Léa Tellier. Los próximos serán los niños” fue la amenaza que la pobre mujer repitió antes de perder la consciencia.

Camille tomó la decisión de preparar algunas cosas de sus hijos e irse, mientras los vecinos iban en busca de un médico. Lamentó dejar a Meredith, que tan buena era con ella, en ese estado, pero debía preservar a los pequeños. Se refugiaron en las calles, donde durmieron durante seis noches. Mientras los pequeños dormían, Camille en silencio le entregaba su cuerpo a cualquier transeúnte a cambio de unas pocas monedas con las cuales comprar algo para comer. Luego lloraba, ya que no podía tener un trabajo honrado con el cual darles alimento y techo a sus vástagos. Era una mala madre. Finalmente, había llegado a la casa del abogado, y éste, tal vez motivado por la culpa, los había invitado a quedarse allí.

Lo vio regresar envuelto en una capa negra, y caminó hacia la puerta para recibirlo. El pobre hombre no tenía más que botellas de alcohol, y había ido a buscar víveres. Camille, por su parte, había aseado a los niños y también a sí misma. Lo ayudó a desembarazarse de las bolsas, y rápidamente llevó todo a la cocina para secarlo. La tormenta echaría todo a perder rápidamente. Se había tomado el atrevimiento de limpiar y acomodar algunos sectores de la casa, en parte porque no quería a sus hijos durmiendo en la mugre, y también como una forma de agradecerle por haberle dado asilo. Se notaba a leguas que aquella era la casa de un alcohólico, de un hombre vicioso y sin responsabilidades. Pero no era quién para juzgarlo.

Has sido muy amable en ir a comprar todo esto para nosotros —comentó, mientras con un trapo secaba el frasco con galletas. Le sorprendió que el letrado tuviese tanto criterio para comprar alimentos. —Los niños se durmieron, estaban agotados —continuó. Abrió la puerta de la alacena y se quedó con la manija en la mano. La miró un instante y sin decir una palabra, la dejó a un costado. Allí guardó las galletas. — ¿Crees que vendrán a buscarnos aquí? —preguntó, con notable preocupación, una vez que se volteó. — ¿Es un lugar seguro? ¿Mis hijos corren peligro? Estoy aterrada —se sinceró, y se abrazó a sí misma. Necesitaba mantenerse fuerte y no demostrarle miedo a los niños.


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Re: Louder Than Words | Privado

Mensaje por Edgar Leclercq el Miér Oct 03, 2018 10:01 pm


Decir que sentía culpable era quedarse cortos. En cuanto Edgar vio a la prostituta en la puerta de casa, empapada y con sus hijos, supo que todo se había ido al demonio, que la había involucrado en algo demasiado peligroso. Días antes él mismo ya había averiguado lo suficiente y supo que todo el asunto de Tellier era más serio de lo que había asumido. Quiso alertar a Camille, pero cada vez que decía que iría a verla, terminaba en el suelo de su casa o de su oficina, totalmente ebrio. Y ahora aquí estaban.

Pensó en eso mientras acomodaba las cosas que había ido a comprar con el último dinero que tenía, para sus invitados. La casa de sus padres era grande, muy desordenada, eso sí, sobre todo en las áreas que no ocupaba, pero al menos no se sentirían atrapados en esas cuatro paredes. Había jardín trasero, descuidado, claro, pero podía arreglarlo, ponerle un columpio tal vez, para que los niños no se aburrieran. Así como su tía de Maupassant tenía en la casa de Melún; los mejores años de su vida.

Se giró al escucharla y la miró desencajado, aunque pronto dibujó una sonrisa ligera en su rostro pálido. Tenía una resaca espantosa.

No ha sido nada, yo…, están aquí por mi culpa. Camille, lo siento, no debí… —Se movió inquieto por la cocina. Necesitaba un trago y fue hasta la alacena, ahí donde debía haber azúcar y granos, sólo había botellas. No era poitín, pero con esa ginebra barata le bastaría de momento. La descorchó y bebió directo de la botella. Se limpió con la manga y se giró.

Ayúdame a preparar una de las otras habitaciones, ahí se pueden quedar. Tú en otra, si quieres, o como ellos, como prefieras. La casa es muy grande, me hará bien la compañía —dijo en un hilo de voz y miró la botella en su mano. Suspiró.

No voy a mentirte, Camille, es probable que vengan si no hago algo, llegaron a ti a través de mí, pero yo no tengo a nadie, no pueden amenazarme con nada. En cambio tú… —Dejó la botella a un lado y de un par de largas zancadas estuvo a un palmo de la mujer. La abrazó—. Lo siento mucho, de verdad, no imaginé… Perdóname. —Necesitaba con urgencia, como los vampiros necesitan sangre, como el náufrago necesita agua, que lo perdonara.

Me voy a hacer cargo esta misma noche, no les daré tiempo de que lleguen hasta este lugar. Tú y tus hijos pueden quedarse el tiempo que quieran, en verdad, no me molesta. La casa casi siempre está muy silenciosa, será un buen cambio escuchar las risas de un par de niños por ahí. —De los hijos que jamás logró tener con Colette, sobre todo porque, a pesar de entenderse bien con ellos, jamás consideró tener madera de padre. Sonrió de lado y de manera afectada.

Regresó a la mesa donde seguían las compras y continuó sacando todo de las bolsas de papel que, de milagro, no se deshicieron la lluvia.

Ya localicé a las personas que fueron a tu casa, o eso creo. Iré a explicar mi situación, pero la tuya sobre todo. —La miró por encima del hombro y reanudó su labor—. Eres alguien que quedó en medio del fuego cruzado. Lo lamento, en serio —repitió. Perdió la cuenta de las veces que había dicho cuánto lo sentía y de las veces que había pedido perdón. Dejó los víveres y se recargó con ambas manos sobre la mesa, abatido.

Hablaba mucho de tener compañía, de que podían quedarse el tiempo que quisieran, pero la verdad era que Edgar sabía que esa noche podía ser la última para él sobre la tierra.


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Re: Louder Than Words | Privado

Mensaje por Camille Jouvet el Mar Oct 16, 2018 10:32 pm

No hizo falta demasiado para entender que no debía mostrarse tan atemorizada. Edgar era frágil como las alas de una mariposa, y cualquier palabra suya lo lastimaba. Camille decidió que debía ser la fuerte en todo eso. El peligro la había acechado desde muy pequeña, sabía manejar una situación adversa, aunque nunca había tenido nada tan importante como sus hijos, que dependían de sus decisiones. Y, ciertamente, la prostituta no era dada a acertar en las elecciones que hacía, sino no se explicaba que estuviera envuelta en aquel embrollo, que y que la vida de sus hijos estuviese pendiendo de un hilo. Nunca imaginó que terminaría escapando de su pequeña y tranquila casa, dejando a una querida amiga a merced de los vecinos, y que hacer vivir a sus niños en la calle se convirtiese en una realidad. Todo lo que no quería para ellos, se había desencadenado trágicamente.

Deja de culparte —lo consoló, aunque era sincera. —Estamos juntos en esto. No estás solo. Yo también decidí aceptar tu propuesta, así que soy tan responsable como tú —el abrazo la había tomado por sorpresa. No estaba acostumbrada a aquellas demostraciones, les rehuía por temor a sus instintos, a esos que se desataban de la nada y la arrastraban a sitios oscuros de los que luego no podía escapar. Apretó los puños para contenerse, para acallar a sus propios demonios.

Lo observó y escuchó, y sintió una profunda lástima por él. Era joven, apuesto, y estaba segura que había perdido todo por aquel vicio que lo consumía. El alcohol era un enemigo cruel; lo había visto en muchos hombres y mujeres. La pena se mezcló con cautela. Se dio cuenta que había llevado a sus hijos a convivir con un alcohólico. ¿Sería violento? Parecía más un caballero melancólico que un macho golpeador. Mas no podía perder de vista a los niños, en ningún momento. No dejaba de ser un completo desconocido, a pesar de que Camille confiase en su instinto, que le decía que podía confiar en él. Tal vez porque Edgar ejercía de espejo, y él estaba tan roto como la propia mujer, y entre rotos podían entenderse y, por qué no, juntarse de a pedacitos.

Le inspiró una ternura profunda que pensara en que sus hijos llevarían alegría a la casa, y mucho más que quisiera ir a arreglar el asunto personalmente. A Camille la movió un instinto profundo de preservación, y se acercó a él para envolverle una mano con la propia, y le acarició la espalda a modo de consuelo. Le regaló una sonrisa, una suave. Sus labios se curvaron levemente, pero fue suficiente para iluminarle el rostro.

No te vayas. No nos dejes solos, por favor —y si bien no había súplica en su voz, la intencionalidad era esa. —Si te matan, ¿qué haremos? Lo mejor es que esperemos aquí, hoy no vendrán. Tal vez, todo se soluciona si dejamos de preguntar por esa mujer. Su amenaza fue esa. Si abandonamos ésta empresa, ya no vendrán por nosotros —quiso insuflarle seguridad a su voz, aunque no estaba muy segura de haberlo logrado.

Nos cuidaremos entre los dos —la paso una mano por el cabello y lo descubrió maravillosamente suave. —Pero te necesito sobrio, Edgar —impostó la voz, le impuso seriedad. —Si estás ebrio ni siquiera podrás escapar si vienen por nosotros —bromeó. —Tú aceptaste a mis hijos. Sinceramente, sé que éste es tu hogar y puedes hacer lo que quieras, pero yo no puedo permitir que mis pequeños te vean en condiciones deplorables —necesitaba ser lo más sincera posible con él. —Si no puedes hacerlo, dímelo. Nosotros mañana mismo nos iremos, y no habrá rencor entre nosotros. Te entiendo mucho más de lo que crees —la última frase estuvo impregnada de tristeza.


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