Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Gaspard de Grailly el Miér Oct 17, 2018 7:57 am

Las cosas claras: Gaspard odiaba las iglesias. La única iglesia en la que se había sentido a gusto en toda su vida había sido la hundida de Saint-Émilion, subterránea y húmeda como después había descubierto que eran las catacumbas a las que acudía para robar sus cadáveres tan valiosos, y sólo porque allí había aprendido mucho, a base de dolor y de los ramalazos escasos de concentración que él, hiperactivo, había sido capaz de reunir para llevar a cabo sus estudios. Más allá de ese monumento monolito que había abandonado al mismo tiempo que el resto de su pueblo tan lleno de cuestas que casi recordaba bajarlas corriendo en sus propios músculos, tensos en aquel momento, no había apreciado ninguna, y uno de sus motivos eran precisamente las personas que estaban dentro.

Gaspard de Grailly era un hombre antisocial al que no le gustaba para nada la gente, pero incluso dentro de ese disgusto general era capaz de categorizar, y los creyentes le daban algo menos de asco que los sacerdotes, con la única gloriosa excepción que había dejado, seguramente dentro de esa iglesia también excepcional, en su localidad natal. Todos los que había conocido con posterioridad al padre Clément habían sido auténticos tiranos, ignorantes en la mayoría de los casos y crueles pero vacíos en el resto, y aunque en un primer momento le había dado igual porque los había utilizado para sus beneficios, Gaspard había terminado metiéndose a resurreccionista, y ¿a quiénes había empezado a robarles muertos? Efectivamente: a los párrocos que tenían que enterrarlos y que se descubrían compuestos y sin protagonistas de sus funerales.

¡Qué escándalo, qué horror, qué vergüenza, qué pecado que siempre terminaban pagando con Gaspard! Lo peor del caso solía ser que nunca iban ellos mismos tras él, débiles y muchas veces tan orondos que el fibrado aquitano sería capaz de quitárselos de encima prácticamente con solo desearlo; casi siempre mandaban matones que le obligaban a sacar a la luz su talento como luchador, uno que mantenía oculto la mayor parte del tiempo, y ¿a quién le apetecía malgastar las habilidades tan duramente ganadas con tipos que no valían ni para darles los buenos días...? A ver, no es que el aquitano fuera precisamente generoso en gestos de buena educación como aquel, pero le parecía un insulto lidiar con las consecuencias de los malditos sacerdotes, y por eso los había solido evitar... hasta aquella noche.

Siendo franco, Gaspard jamás habría aceptado el encargo de haber sabido que venía de la maldita Notre Dame y de uno de los estúpidos que corrompían desde los púlpitos de la catedral, pero ¿lo había sabido? ¡No! Por avispado que fuera, y lo era, el aquitano no era capaz de leer mentes y mucho menos de discernir entre todas las fuentes que tenía, porque suficiente tenía con ser capaz de distinguir qué encargos eran cebos inquisitoriales de cuáles eran reales como para preocuparse por nada más. Lo que le sedujo de aquel fue que era fácil, implicaba un cadáver muerto el día anterior y el pago sería una cantidad casi abrumadora de francos; sin dudarlo, Gaspard se adentró en el cementerio y excavó el muerto, con todo el ajuar porque eso era parte de lo que le interesaba al comprador, y con él en los hombros y el rostro y cuerpo cubiertos por una capa, se dirigió a donde lo esperaba... un intermediario. Uno que lo condujo, finalmente, a Notre Dame.

Todo el asco que no le había dado el cadáver sobre sus hombros se lo dio el ambiente húmedo y lleno de incienso de Notre Dame, cuyo interior no dejaba de mirar con la más absoluta desconfianza. Gaspard aferró bien el cuerpo, dispuesto a usarlo como arma arrojadiza si fuera necesario (no sería, tampoco, la primera vez que le tocaba hacer algo parecido...), y siguió al intermediario por las sombras de una catedral que ni siquiera parecía vacía hasta la sacristía, donde le esperaba el sacerdote que lo miró con reparo, por supuesto, exactamente igual que todos. – Tu muerto. Está entero, con ajuar y todo, eso te costará extra. – determinó. No lo habían hablado y en realidad no era justo que lo decidiera así sin más, pero tampoco lo había sido que le engañara con respecto a su identidad, y por eso Gaspard se mantuvo firme y consiguió que el saco de francos que recibió pesara mucho más de lo que lo había hecho al principio.



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Re: Brotherhood {Privado}

Mensaje por Jacques de Grailly el Lun Oct 22, 2018 1:59 pm

Si algo era Jacques, más que otra cosa, era fiel a sus costumbres. Desde niño había aprendido ciertas rutinas que había acabado memorizando a fuerza de repetirlas y que llevaba a cabo independientemente de dónde se encontrara. Hasta hacía unos pocos meses había vivido en la iglesia excavada en la roca de su Saint-Émilion natal, donde rezar, leer la biblia y dedicarse a pensar en cosas que a cualquier otro le parecerían banales. Ahora que estaba en París, sin embargo, llevar a cabo sus rutinas diarias se había convertido en un trabajo árduo, puesto que no tenía ni el mismo tiempo ni los mismos medios.

Por eso se encontraba en Notre Dame cuando casi todos los habitantes de la ciudad se apresuraban en llegar a sus casas. La noche había caído, aunque todavía quedaban un par de horas para que terminara la tarde. Jacques admiraba aquel edificio por su regia majestuosidad. Acostumbrado como estaba a las paredes de su iglesia, más parecidas a las de una cueva que a un edificio, los muros de la catedral se alzaban ante él con una perfección milimétrica. Las columnas que sujetaban el techo —el más alto que él había visto—, lejos de agobiar, le daban amplitud al espacio. Pero, lo que más maravillaba al joven de Grailly eran las vidrieras. Los colores vivos de los cristales le robaban el aliento como lo haría una mujer —de haber estado interesado en alguna, claro está—. Era su parte favorita de Notre Dame, sobre todo cuando la luz del sol incidía en alguna de ellas y los colores se traspasaban al suelo empedrado. Era como un niño jugando con el arcoiris que se forma con las gotas de lluvia, pero bastante más crecidito y, por lo tanto, llamando más la atención.

En aquella ocasión no había luz del sol que dibujara colores en el suelo, así que la estancia de Jacques se vería reducida a sus rezos vespertinos. En París el tiempo pasaba mucho más rápido que en Saint-Émilion, y cualquier minuto perdido se notaba en el resto de tareas. Por eso, porque, aunque lo quisiera, no podía dilatarse dentro de la catedral, rezó a buen ritmo, pero sin pausas. A su lado había una mujer que, de rodillas sobre el reposo del banco de enfrente, se balanceaba con energía hacia delante y hacia detrás con un rosario entre las manos. Jacques la observababa de vez en cuando por el rabillo del ojo, sorprendido por la devoción que la mujer estaba demostrando, hasta que vio algo raro en el pasillo que llevaba a la sacristía.

En realidad, no era nada más que un hombre cargando un bulto enorme en el hombro, y otro que lo guiaba por los pasillos. Lo que llamó la atención de Jacques, cuyo olfato era indiscutiblemente agudo, era el olor a tierra que le llegó cuando los dos hombres pasaron a su altura. Observó en silencio cómo se metían en la sacristía y, disculpándose con la mujer que no dejaba de rezar, se acercó a la puerta. Mal hecho, Jacques.

Fingió que observaba la figura de San Denis cuando escuchó el golpe seco del bulto y la voz del hombre. ¿¡Un muerto!? Jacques tuvo que agarrarse al santo para no caer de la impresión. El único muerto que él había visto fue el cuerpo del padre Clément, que Dios lo tuviera en su gloria, puesto que jamás acudía a los funerales de aquellos que decidían celebrar su último adiós en la iglesia. Pero aquel tipo… No, lo que había hecho era deleznable.

Vio que salía, agitando una bolsa con monedas, y corrió para darle alcance.

—dijo, agarrándolo del brazo para que notara su presencia—. He oído lo que ha pasado ahí dentro. ¿De qué muerto hablabas? ¿Y esa bolsa? No la llevabas cuando has entrado. Te voy a denunciar al párroco, vil traidor.


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Re: Brotherhood {Privado}

Mensaje por Gaspard de Grailly el Vie Dic 14, 2018 2:10 pm

Si Gaspard hubiera aceptado el destino que su familia le tenía reservado, una vida anónima y anodina bajo las órdenes (¡puaj!) de los capataces que hacían nacer y crecer las viñas del linaje, no habría necesitado recurrir a ese tipo de ocupaciones para ganar un mísero puñado de francos... pero no lo había aceptado. Es más, ni siquiera de haberlo aceptado habría aguantado mucho tiempo sometido a los mandatos ajenos porque no soportaba las órdenes ni tener a nadie respirando mínimamente cerca, que era por lo que prefería a los cadáveres como aquel del que se acababa de deshacer; aun así, ni por esas echaba de menos al muerto, ¿cómo iba a hacerlo cuando París estaba llenita de esos!

Cada esquina era una nueva oportunidad para toparse con un cadáver o con algún desafortunado que no sabía o podía defenderse a puntito de convertirse en uno por culpa de la abrumadora cantidad de sobrenaturales de la ciudad. Lo único que hacía falta era estar atento y dispuesto a coger la oportunidad al vuelo, y Gaspard de Grailly podía parecer siempre un tanto despistado por esa tontería de que estaba a demasiadas cosas a la vez, pero era un tipo condenadamente avispado hasta cuando se entretenía jugando con su saquito de monedas en la iglesia que sabía que no estaba desierta, ya no. Que se diera cuenta, sin embargo, no significaba que le importara...

Miró casi con indiferencia al crío que lo increpó, pese a lo cual sus ojos se pasearon con parsimonia por el rostro y el cuerpo de aquel muchacho que si no había salido directito del seminario, poco le faltaba. Hubo algo familiar en los rasgos del chaval, algo que le parecía picar en el cerebro pero que no terminaba de ubicar, y la sensación fue tan molesta que Gaspard hizo una mueca desagradable que bien podía interpretarse como su respuesta a una acusación que tenía menos sentido del que podía parecer, por paradójico que fuera que por una vez un “no es lo que parece” fuera, efectivamente, cierto. ¡Curioso! Aunque no tanto por tratarse del más impredecible de los de Grailly, claro.

– Muy poco has oído si has llegado a esas conclusiones. – replicó. Su mirada bajó a los dedos que sostenían su brazo, si es que podía llamársele así a un gesto que provenía de una mano que ni siquiera podía cerrarse del todo en torno a su bíceps. Con indiferencia, como tantas cosas que hacía, Gaspard apartó el brazo con un gesto seco y brusco que pilló por sorpresa al chaval y que incluso lo desequilibró, con lo que por supuesto el resurreccionista soltó una risita entre dientes que pegaba muy poco en una iglesia. Como si a Gaspard le importara, como si alguien le hubiera enseñado alguna vez lo que era propio o no en una casa del Señor en el que no creía y que no era subterránea...

– El cura quería el muerto. Me ha pagado por él. – informó. El saquito de francos era suyo, le pertenecía por derecho, pero eso no impidió que Gaspard lo moviera un par de veces ante los ojos insultantemente claros y fijos del otro, sobre todo en contraste con lo rápidos que eran los de Gaspard de Grailly, igual de veloz al apartar las monedas del alcance del seminarista. ¿O era curilla? Lo mismo daba. – En realidad quería el ajuar, pero no puedes dar una cosa sin la otra, ¿no crees? – preguntó, absolutamente retórico aunque algo le decía que el más joven le respondería por culpa de esa indignación que parecía sentir y que a Gaspard le haría gracia si no le estuviera molestando con su presencia ahí, delante de él e impidiéndole irse.

– A ver si lo entiendes. Lo haré simple, ¿eh?, así me dejas largarme sin tener que darle otro muerto al párroco. – sentenció, encogiéndose de hombros como si fuera un asunto mundano y no acabara de amenazar la vida de un hermano al que no terminaba de identificar, hasta si le sonaba, demonios, ¿por qué no era capaz de ubicarlo! – El párroco encargó a alguien que se ocupara de traerle ese cuerpo con todo lo que llevara encima, yo acepté. He traído al muerto, he traído lo de encima, me ha pagado y eso es lo que hay en la bolsa. ¿Tienes alguna duda más? – preguntó.



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Re: Brotherhood {Privado}

Mensaje por Jacques de Grailly el Jue Dic 27, 2018 4:12 pm

Jacques no conocía al tipo raro de las monedas, pero su rostro era extrañamente familiar. ¿Acaso lo había visto antes? Entornó los ojos y observó las facciones del desconocido. No era la forma de sus pómulos, su sonrisa inquietante o la cara de loco que vestía aún estando relajado; eran sus ojos, claros y azules como los suyos. En alguna ocasión le habían dicho que tenía una mirada fantasmagórica, y él se había encogido de hombros sin comprender del todo a qué se referían. Ahora que veía la de él, era capaz de entender la sensación que producía él mismo en los demás.

¿Y para qué querría el muerto? Eso que acabas de hacer es un sacrilegio. Has interrumpido el descanso eterno de un hombre, y ni el más mísero y cruel de los seres humanos merece tal castigo.

Aunque hablaba con firmeza, el porte del hombre lo inquietaba mucho. Su cuerpo era enorme, ya lo había podido comprobar cuando lo agarró del brazo, pero ahora que tenía la oportunidad de verlo detenidamente de frente se dio cuenta de que, efectivamente, así era.

El ajuar o el muerto, lo mismo da. Dudo mucho que el párroco sea el que haya encargado llevarse al muerto de su tumba, sabe tan bien como yo que eso es un pecado muy grande.

No se movió de su lugar porque estaba convencido de que el hombre mentía. Tenía toda la intención de denunciarlo al párroco, y fue a dar la voz de alarma cuando vio que éste salía de la misma habitación de donde había salido él. Llevaba una bolsa de aspecto pesado que se balanceaba con cada paso que el cura daba. Jacques fue a llamarlo, pero la escena en sí le pareció de lo más extraña. Pocos segundos después, otro hombre salió por la misma puerta con un gran bulto sobre el hombro. Bien podía ser el cuerpo que el desconocido había llevado hasta allí.

¿Qué está pasando? —preguntó, mirando a los dos curas primero y después al ladrón de tumbas—. ¿Para qué quería el cuerpo? Si lo has robado te habrán dado un motivo. ¿Quién era él? ¿Qué nombre había escrito en su lápida?

Demasiadas preguntas y dudas para ser resueltas en mitad de una iglesia casi desierta.


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Re: Brotherhood {Privado}

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