Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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L'esthétique de la douleur → Privado

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L'esthétique de la douleur → Privado

Mensaje por Ferenc Blâmont el Dom Oct 01, 2017 1:38 am


“Behind every exquisite thing that existed, there was something tragic.”
― Oscar Wilde, The Picture of Dorian Gray


Muchas veces soñó con regresar. Con volver a estar con su padre, con mostrarle lo que había aprendido con Eckersberg, y ver orgullo en su mirada. Su única meta en la vida era complacer al hombre que le dio la vida; amaba a su madre también, pero no se comparaba con lo que sentía por Valcourt. Era un ideal para él, de esposo, de padre, de hombre; de todo aquello que él jamás iba a ser. A veces parecía que era más un ser inventado, salido de su mente, que una persona de carne y hueso. Sí, soñó muchas veces con regresar a París, pero no bajo estas circunstancias.

Al menos, fue sintiendo alivio conforme se fue alejando de Copenhagen, donde dejó recuerdos demasiado dolorosos y tristes. Donde dejó sepultada una traición que, sin embargo, no sabía que era como una semilla, que echaría raíces y frutos, para venir a cobrarle factura. Al menos, esa no era una preocupación ahora mismo.

Regresar a la ciudad donde nació debía representar gozo, pero no era así, sólo logró librarse de las ataduras del internado donde estaba porque su madre había muerto. ¿Ese era el precio? Una parte de él, la más egoísta que amenazaba con dominarlo muy pronto, se alegró, le agradeció a Dadou,  creyó que era justo que su madre hubiera dado la vida con tal de liberarlo a él. Entonces se daba cuenta de sus aberrantes pensamientos y se rascaba las orejas como si quisiera sacarlos de su cabeza. ¿Cómo era posible que pensara eso? ¡No! Debió aguantar su martirio, si eso significaba que su madre siguiera con vida. Era justo, era a lo que lo habían adoctrinado los piadosos hermanos franciscanos. Sufrir como moneda de cambio.

Al llegar, fue recibido por los mismos sirvientes que dejó cuando se marchó a Dinamarca (como un Hamlet todavía más trágico), no obstante, su padre no estaba. Pidió que lo condujeran a su antigua habitación, y al llegar, se dio cuenta que no habían movido nada y eso le trajo un repentino y terrible sentimiento de melancolía. Agradeció al sirviente que lo llevó hasta ahí, y se sentó sobre su cama. Las sábanas que la vestían la última vez que durmió ahí, eran las mismas que ahora. Suspiró. Luego de algunos minutos, se hincó en la duela y se agachó para rebuscar algo debajo de la cama. Lo encontró ahí donde lo había dejado, entre la madera de la base. Eran unos bocetos que alguna vez arrancó de un libro de arte, rostros y anatomía de hombres hermosos. Los miró largamente, odiándose por ser como era.

Entonces escuchó pasos en el pasillo. Se apresuró a volver a guardar aquellas ilustraciones. Se puso de pie y se sacudió el pantalón, para luego tomar un soldadito de plomo que descansaba en una repisa. Lo observó, estudiándolo con atención, y fue así que lo encontraron.

La puerta se abrió, y a pesar de la tristeza que, sin dudar, lo embargaba por la muerte de su madre, Ferenc sonrió ante la figura, siempre luminosa, vindicadora, irreal de su padre. Un hombre apuesto y respetado. Tardó algunos segundos en reaccionar, hasta que de un par de largas zancadas, estuvo a un palmo de distancia, y lo abrazó, asiéndose con fuerza de la cintura ajena.

Padre ―musitó bajito, sin soltarlo―, te extrañé. Y a madre también, ¿cómo es que ya no está con nosotros? ―Se separó y alzó la mirada para ver a su progenitor. Se limpió una mejilla con el dorso de la mano, algo apenado por haber llorado, por la muerte de Dadou, pero por el reencuentro con Valcourt también. Aspiró el resto de lágrimas con un respingo, frunció el ceño, con angustia, en espera de una respuesta.


Última edición por Ferenc Blâmont el Sáb Dic 02, 2017 10:46 pm, editado 1 vez


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Re: L'esthétique de la douleur → Privado

Mensaje por Valcourt Blâmont el Dom Oct 29, 2017 12:19 am

¿Cuánto tiempo ya ha transcurrido? El suficiente para estar realizando los preparativos del regreso de su amado hijo, había partido a uno de sus habituales viajes, esta vez para acudir a la enseñanza de la orden franciscana, él había sacado el mismo gusto por el conocimiento que su padre, pero siendo controlado, porque él ya había rebasado el gozo, se obsesiona en el aspecto del arte, una belleza que ve nunca la deja hasta proclamarla suya. Que se manchaba las manos por adquirirlo, por lo que le recordaba que debía apresurarse. El encontrarse con su nueva víctima —su nuevo arte, conquistó esta vez en una boca perfecta, más bien el vómito de sangre que liberó fue el atractivo en esta ocasión, el saberse que enferma está, y que de su boca represente el deterioro que le genera, la quiso para él— no podía matarla, ni arrebatarle los labios o por completo la boca, la necesitaba viva, el deleite, ese mismo instante en que arrojaba la sangre por esta le recordaba a ella, a su amada, por ello la escogió. Se suergia a un mundo tenebroso para recordarla con vida. Le orillaron a llevarla al sótano de su casa, (lugar en el que solo tiene una puerta para ingresar a esta, y es por el lado trasero de la residencia, en el suelo mismo donde es protegida por un injerto de pasto natural y sin sospechas de una entrada secreta, diseñado el lugar para la comodidad de Valcourt). Y debía silenciar a la mujer. Por lo que le callo con la boca al cubrirla con un trapo, la había amarrado de las muñecas en una silla que se encargó de clavar sus patas sobre el suelo para que no produjera ruido si se movía, o cayera queriendo destruirla. Así sus tobillos fueron emprendidos con cadenas especiales. Todo material representado para bestias. Que terminó por mantenerla prisionera y ahí mismo, frente a ella, se comenzó a cambiar de vestimenta. Ya su hijo debía estar en casa, y con esas fachadas no le recibiría. Aunque si llegase a verlo de aquella manera, no levantaría sospecha alguna, ya que no es extraño que se le viese de aquella forma, sabían que trabajaba en la ejecución de los presos, y era común que se mostrará así, al menos con la servidumbre. Y ese lugar nadie sabía de su existencia, solo era exclusivo para sus bellezas, obsesiones que esconde y que mantiene.

Alistado, se despidió de su arte, si gritaba, o producia cualquier sonido, nadie le escucharía, y de manera precavida salió, acomodando el lugar e ingresó por la puerta principal, recibido y anunciando de la llegada de su hijo, esperando en su dormitorio. Que con su traje burgués que consiste en; camisa blanca con su respectivo chaleco y saco, su pantalón con botines, y sus guantes blancos, todo en una tonada grisácea oscura es como dio a primera impresión después de un largo tiempo... Una alegría atravesada, mezclada con las anteriores sensaciones que captó con su obra nueva, se exteriorizan mientras iba subiendo las escaleras dirigiéndose al cuarto de su amado hijo, tomando la perilla de la puerta y tras empujar de esta, ahí estaba, en su frente, crecido y cambiado, ya no era su pequeño, y solo el capturar sus pupilas, se le vino a la memoria su difunta esposa, una encrucijada que le hizo doler el pecho, los mismos ojos, tan parecido a ella, que al situarse cerca de él, lo estrujo, elevando la mano a la nuca y deslizándose para entrelazar los dedos en sus cabellos, y beso su cabeza.

— Se bienvenido hijo, me has hecho mucha falta, espero que te hayas enriquecido mucho con tu partida, pues ahora debemos hablar de lo sucedido con tu madre, lamento haberte dado la noticia de esta manera, y el tener que hacerte regresar—. Murmuró con las palabras más sinceras, olfateando su perfume y confortando su ausencia en ese abrazo y beso. Ascendiendo la falange a acariciar su mejilla cuando le miro fijamente, apretando su hombro e invitándole a que tomara asiento en su cama.

— Hace un tiempo que tu madre comenzaba a sentirse mal, no nos quiso preocupar, hasta que cayó gravemente enferma, nos dijeron que fue un virus muy poco común en la ciudad y que desconocían de su efectos y por ende de su cura. Todo fue apresurado, ella se fue consumiendo, y en una noche ya no despertó, solo espero que no haya sufrido, y que ahora descanse donde quiera que este. Siempre estuviste en sus pensamientos, hasta el último momento, siempre quiso lo mejor para tí. Lamento no haber hecho lo suficiente para mantenerla con vida, que estés aquí sin haberla visto.

Recargado en una especie de cómoda estaba, tocando el dolor de las palabras dadas, porque realmente sufría, su madre represento todo en su existencia, fue la mayor belleza que amó y que ahora reposa en su mente y en su más oscuro escondite. Donde la idea de la enfermedad fue sacada de un viejo acontecimiento con su primera atracción, donde ella estaba enferma y procuró, eso fue lo que explico a cada uno, hasta al mariscal, padre de su difunta esposa, él fue su mayor preocupación, pero todo salió sin dificultad, le creyeron y así debía permanecer.

— No tengo palabra alguna para llenar este vació, solo sabes que siempre estaré para tí, y lo que necesites puedes pedirmelo. No quiero que cambie nuestra relación, al contrario que confíes plenamente en mí y cualquier cosa que suceda, acudas a mí sin dudarlo, no solo como tu padre, sino como a un amigo. Si necesitas desahogarte, hazlo, si platicar quieres, dime todo. Ferenc se que es difícil, no te miento, me duele su ausencia y ha sido un episodio que se vuelve constante y me aterra el pensar que esto que siento te suceda.



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Re: L'esthétique de la douleur → Privado

Mensaje por Ferenc Blâmont el Sáb Dic 02, 2017 10:59 pm


Miró a su padre con una adoración irreal. Con los ojos aún inundados de lágrimas y con muchos, demasiados sentimientos contradictorios en su pecho. Asintió, mientras intentó no seguir llorando, ahí donde tenía la boca, se dibujó una línea recta sin emociones, por estarlas conteniendo todas. Una parte de él quiso haber estado en esa corta agonía de su madre, estar presente en los últimos días de su progenitora, pero si era sincero consigo mismo, agradecía que las cosas se dieran como sucedieron; no hubiera podido sosportar ver a Dadou desvanecerse de esta vida. Tragó saliva, aún sin apartar la mirada de aquel hombre al que admiraba como a ningún otro.

Hizo caso y se sentó al filo de la cama donde había dormido cuando era niño. Observó a Valcourt de cerca, siguiendo todos sus movimientos y poniendo atención a todas sus palabras.

No lo lamentes padre, sé que hiciste todo lo que estuvo en tus manos —dijo muy quedo, aún con los vestigios del llanto en su voz suave. Habló con convicción, pues para él, Valcourt era el hombre más capaz de la tierra, y si él no había podido hacer nada por su madre, nadie hubiera podido. No dudó ni un segundo de la versión que el otro le estaba dando, Ferenc iba a creer en él ciegamente, así le hubiera inventado la historia más inverosímil. Por eso, y por su propio dolor, no quiso saber más detalles, con lo que acababa de escuchar le bastaba para saber que, al menos, su madre había fenecido relativamente rápido, y no tras una larga y tortuosa agonía. Encontraba consuelo ahí donde no debía haberlo, pero ¿qué más podía hacer? Era el último recurso para sanar sus heridas, o que al menos éstas dejaran de sangrar como lo estaban haciendo.

Lo sé, padre, sé que cuento contigo. Y tú conmigo, ahora somos sólo nosotros dos. —Agachó el rostro y sostuvo con fuerza la tela de su pantalón con ambas manos, aguantando otra vez el llanto—. Aún no sé qué es lo que siento, realmente, todo fue muy apresurado para mí. Por supuesto que me duele su partida, y me duele verte a ti sufriendo, pero… ¿sabes? —Alzó el rostro de nuevo—. Ansiaba regresar y es terrible que sea bajo estas circunstancias, sin embargo, al menos ya estoy de vuelta. Aprendí mucho en Copenhague, pero extrañaba estar aquí, con ustedes… —Se dio cuenta de lo que acababa de decir y volvió a agachar el rostro—. Contigo —se corrigió.

Dadou ya no estaba, y le iba a costar trabajo hacerse a la idea. Era verdad que Ferenc acudía a Valcourt para todo, pero sería un maldito mentiroso si decía que su madre no lo amó y fue recíproco, y de mentiras ya tenía suficiente.

Oh, no, padre… nuestra realción no va a cambiar, al contrario, creo que… —Se puso de pie—. Creo que ahora que sólo nos tenemos a nosotros, será más fuerte que nunca. —Sonrió taimado y se acomodó el cuello de la camisa de azul profundo, casi negro, que vestía aquel fatídico día.

¿Dónde está? ¿Dónde descansa madre ahora? —preguntó entonces, y volvió a ocupar su lugar en la cama. Pareció todavía más joven de lo que en realidad era, empequeñecido por la pérdida, el dolor, la incertidumbre y la contradicción que atravesaban su pecho, todo a la vez, demasiado como para resistirlo.


Última edición por Ferenc Blâmont el Miér Abr 11, 2018 11:34 pm, editado 1 vez


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Re: L'esthétique de la douleur → Privado

Mensaje por Valcourt Blâmont el Dom Dic 31, 2017 12:39 am

¿Que eran las mentiras en ese instante? Nada, porque el daño no deseaba producir, fue un pequeño accidente que jamás debió ocurrir, ella, Dadou, lo delato y debía silenciarla, así como a los demás, por ello acudió a esa conclusión. En cuanto a él, era lo mejor, debía continuar con sus sueños y compartir victorias, no había tiempo para que cayera, ni que perdiera la vida, porque es al único que jamás podría tocar, realmente es su máxima adoración. Y unas cuentas desviaciones de lo sucedido, no debían obstruir su relación. Que verlo llorar, ahí estaba para él, siendo el apoyo moral y físico, limpiando de sus lágrimas con la manga y una delicadeza ejemplificada como si estuviese a punto de desvanecerse. Pero es fuerte, él lo ha demostrado, siempre ha enfrentado sus inconvenientes a pesar de que sea frágil por dentro, porque es como si una cascara le protegiera para afrontar las cosas. Por lo que le miraba, procurando las exactas palabras para que no sucediera lo que teme; que se deje vencer.

— Por ti es que lo lamento tanto. Debió de ser cruel, soportar la noticia solo. Todo fue tan rápido, que sí, no hubo sufrimiento. Fue lo mejor de todo, que dormida quedo.

Realmente fue así, solo un golpe hizo que muriera, si sufrió fue por la noticia de enterarse de los crímenes de su marido, el cual, no soporto tan siquiera lastimar su cuerpo, la procuro al final y yace hermosa en su cripta, como una inmortal belleza, más tuvo que amoldar la herida en su pecho, cubriendo para que no se viese el cómo fue asesinada. Directo al corazón para que muriera de un solo golpe, sin dolor. A diferencia de sus propios padres, los acabo con crueldad, enterrados sin querer verlos más. ¡Ah, pero solo él puede ver a su difunta amada! Ya que para los demás, ahí estaban, bajo tierra, como todo creyente de ascender al cielo mientras se pudren con los gusanos.

Agradecido estaba que estuviese lejos de este suceso Ferenc, porque de haber presenciado la escena no se imagina que hubiera pasado si lo descubría. ¿Cómo explicarle la clase de monstruo que admira, que trata de ser un orgullo a sus ojos?  Fue fatal solo el pensarlo que se acercó, tomando su hombro ejerciendo un pequeño apretón. Tornándose rojizos sus ojos, lagrimeando por la sensación de su hijo juzgándolo. Más, no le gusta ver esa faceta, ver su dolor. Porque teme a que le interese generarle más de éste. ¡Y no a él! Preferiría matase, antes de caer en la tentación del arte. — Será difícil y no sé cuánto dure, pero juntos afrontaremos lo venidero, puedo comprenderlo, solo quiero que sepas que estoy para ti. Ya no permitiré que te marches, seré un poco egoísta. Porque si tienes ganas de regresar, que espere un largo tiempo Copenhague, porque no iras.

Soltó una ligera sonrisa, masajeando ese hombro hasta un momento en que le soltó, viendo cómo se alzaba y así como una vez le enseñó de pequeño, le ayudo a acomodarse el cuello de su camisa. — Siempre ha sido así, desde que naciste recuerdo cuando me decías lo fuerte que querías ser para mantener mi paso. Y aquí estás, todo un hombre. — Terminó, tomando asiento a su lado, observando su habitación, y la pregunta que espero desde un inicio, dicha estaba. — Yace en su lugar preferido, donde el sol da y la sombra le protege, debajo del árbol de la libertad, siempre ha querido permanecer en esta tierra, sentir el calor de su hogar y estar unidos como familia ahí. ¿Quieres que te acompañe a verla?

Desvió a ver su reacción, comprendía si quería o no que le acompañase, pero quizás optaría por ir solo, hablar un poco con ella, pero que no existieran secretos entre ellos, bueno, al menos de parte de Ferenc. Lo dejo a su comodidad, masajeándose la nuca, quizás por la carga que lleva. Siendo cruel de su parte que mantenga a su lado los restos de su madre, cuando en su último día, quiso huir de él, ¡qué amor tan trágico, y que agonía mantenida! Ahí supuestamente sepultada al jardín de la casa, en la parte trasera donde se da un camino para ir directo al bosque. Pero no es engaño, de cierta manera está ahí, escondida en lo que seria una especie de sótano, pero ahí está, con ellos.



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Re: L'esthétique de la douleur → Privado

Mensaje por Ferenc Blâmont el Miér Abr 11, 2018 11:54 pm


Cuando recibía un halago paterno era como si no pudiera soportarlo y el pecho estuviera a punto de explotar, de orgullo y de dicha. Que su padre lo considerara fuerte era lo único que necesitaba para serlo de verdad, y aunque constantemente se recordaba lo abyecto que era, por sus preferencias y por las atrocidades que había cometido para ocultarlas, con Valcourt a su lado, era invencible, más aún si su padre le ayudaba a empuñar la espada para vencer a los enemigos. Sólo alzó la mirada al sentir la mano familiar y con los ojos bien abiertos, esos que le habían dicho que eran como los de su madre, contempló a su progenitor.

Sonrió cuando Valcourt le ayudó con la camisa. Alzó el rostro para dejarlo hacer y sólo destensó la espalda cuando lo soltó.

No tengo ganas de regresar, a decir verdad —dijo. Y aunque extrañaría a Eckersberg, su maestro perfumista, no iba a extrañar a los hermanos franciscanos, ni al recuerdo de Sigmund al que le hizo tanto mal. Tragó grueso ante el penoso recuerdo y suspiró—. Me puedo enlistar en la universidad de aquí, para terminar mis estudios. Ya no quiero vivir en un internado —continuó. Y es que, siendo como era, aquello había significado un verdadero infierno donde las llamas de la culpa lamían su cuerpo pecador. Quiso llorar otra vez al rememorar eso, pero en cambio se puso de pie de nuevo. No iba a dejar que su padre supiera de esa parte de su vida.

Soy fuerte gracias a ti —le dijo muy serio—. Tú y madre me daban fuerza, ahora sólo tú, y me basta. —A veces hablaba como un hombre mayor, y es que había ya tenido un viaje interno largo, poco satisfactorio, pero prolongado, que le había hecho madurar en ciertos aspectos. No en todos. A pesar de lo que estaba escuchando, él se consideraba un cobarde, una basura que prefirió salvarse a sí mismo que ayudar a su amigo.

Acompáñame, por favor —al fin respondió—. No creo ser capaz de enfrentarlo solo. Pero antes… quisiera llevarle flores, ¿aún hay flores en el jardín? —Ahora que era un aspirante a perfumista, sabía mucho de esas cosas, a qué olía cada flor, y qué significaban también. Pensó en rosas blancas, o en lirios. Quizá alhelíes, que eran comunes en Dinamarca, aunque creyó que ahí sería más difícil que crecieran.

Me gustaría contarte también todo lo que he hecho —continuó y sonó esperanzado. Claro, su rostro aún reflejaba tristeza y eso era tan común en él, la constante contradicción, el batallar con sus claroscuros, y hasta la fecha, aunque había mantenido a raya a sus demonios, no lo había hecho de la mejor manera, ¡ay, si su padre supiera! Se lamentó y fue incapaz de mirarlo a los ojos—. Puedo contártelo ahí, con ella, pues quería contárselo a los dos. —Ferenc no lo sabía, pero se había convertido en un hombre movido por los simbolismos que se le presentaban, ese era uno, esa petición era uno más en su lista, la de hablar con su padre frente a la tumba de su madre. El estar reunidos los tres, aunque fuera de ese modo.

Ferenc tampoco sabía que era peligrosamente parecido a su padre. Y aunque era terrible en el gran orden de las cosas, seguramente saberlo traería gran gozo al chico, que sería siempre incapaz de juzgar a Valcourt, encontrando siempre excusas para él.


Última edición por Ferenc Blâmont el Jue Ago 23, 2018 9:13 pm, editado 1 vez


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Re: L'esthétique de la douleur → Privado

Mensaje por Valcourt Blâmont el Sáb Jun 23, 2018 11:53 pm

Cuan rostro tan semejante al de su madre, ¡tan perfecto e inolvidable!, verlo podría significar un golpe profundo en la herida que decidió marcar al asesinarla, ¿cómo podría significar, él, la culpa tras ver su rostro? y no fue suficiente con esas exactas irises, su sonrisa hizo que atrajera el momento preciso en que se enamoró de su madre, ¿hasta dónde llego su amor por ella? rebasó a la muerte, porque aún sigue, tan vivo como lo está ella pudriéndose en su auténtica belleza, como un modelo de rostro angelical que dormita, en espera de que su príncipe le susurre el perdón, pero es tan maligno el deseo que estará encerrada en esa caja por toda la eternidad. Y él, su Ferenc, tenía que seguir mirándole, porque hay algo que se oculta en ese semblante, un extraño sentimiento que emergió cuando confesó su estancia en París, un presentimiento que todo padre tiene cuando deben de preocuparse por sus hijos, como una  maldita especie de intuición le incito a formular la réplica, pero no era el momento adecuado, más, tenía que ser cuidadoso de ahora en adelante con su presencia. Y no por él, sino por sus grotescos deseos.

— Me alegra oír eso, pero, ¿porque tan repentino cambio? Espero no ser el causante de tal decisión, y aunque sonara egoísta, tienes que perseguir tus sueños, ¿lo sabes, verdad?... —; Fue algo inesperado que aceptara de inmediato la estancia, él quien una vez ansío el día en ir a estudiar al extranjero, eso fue lo que hizo comenzar a inquietar, claro sin demostrarlo, no ahora, ni después pues no quiere darle más alteraciones. Pero, ¿qué es lo que sucedió? A pesar de seguir sus palabras, el saberse qué es la fortaleza para su hijo, no quitaba ese pensar,  y le tomó del hombro, dirigiéndose hacia la puerta de la habitación, con el que caminó a un lado, meditando. — Tienes la capacidad de afrontar cualquier obstáculo, no debes dudar de ti, hijo. — En eso, siempre tuvieron razón cuando se ponía a platicar con Dadou acerca de él, o quizás eso creían, ya que podría ser que ni en realidad conozca a su propio hijo, como él, no conoce a su padre, pero ¿qué tan cierto podría ser esto?, cuando ya fueron años de convivencia, años en los que compartieron grandes momentos. Y en cuanto al jardín, el ir bajando las escaleras, escuchándose la madera relinchar, y las pisadas ejerciendo un eco prolongado, ya ha sido una larga temporada en que no miraba las flores, y culpa de haber caído preso a la adicción de un arte aterrador. — Deberían de haber, a tu madre siempre le gustaba cuidar de su jardín, que ahora quien ve por su cuidado, es el ama de llaves, comprenderás porque me la paso trabajando.

La última vez que vio una flor, fue cuando arrastro un cuerpo por la parte trasera, exactamente una Lilium martagon, y eso porque su olor es desagradable pero es hermosa en cuanto a su forma y color, pero las que amaba ella, eran los Cryptopus elatus, parecidos a las orquídeas, ella decía: que sus pétalos eran la representación de la pureza mientras que su corazón podía variar el color, podían ser rojos, amarillos o naranjas, siendo una especie muy rara de encontrar. — Eso tenían en común, tú y tu madre, compartir el gusto por las flores.— al salir por la parte trasera, ahí en medio, se alcanzaba a distinguir un árbol, y bajo su sombra sepultada ella. Pero miró a un lado, las flores permanecen como ella acostumbrara dejarlas, sin acercarse, ni querer tomar una, espero a Ferenc, otorgándole el tiempo suficiente para que decidiera cuales quería llevarle, ya que si le preguntaban a él, no llevaría nada, las flores son nada, las prefiere marchitas, decoloradas y secas. 

— Vamos, ahí nos contaras todo acerca de tu viaje, el cómo has crecidos hasta convertirte en todo un hombre. —Si, todo un hombre lo veía, orgulloso de tenerlo ahí con él, el caminar al encuentro con su madre, y cuando pisaron la tierra santa, se hinco el muy maldito frente al epitafio.  

— Mi amor, mira quien ha venido a verte, nuestro hijo al fin ha regresado…

Inclinó el rostro, y pudo sentir como el aire se paseaba por sus cabellos queriendo alborotarse, y aún sigue con las últimas palabras que le dijo aquella vez: “que amar es nunca decir lo siento” Y hasta la fecha no lo ha hecho a pesar de sentir arrepentimiento, porque eso es la causante del insomnio, de la oscuridad en la que se envuelve, (¡Mentiroso, mil veces mentiroso! Él ya estaba manchado, consumido en la maldad en su más pura creación, ya hasta imaginaba besar la muerte, alimentarse del dolor de los demás, ¡vil embustero! No es la primera a quien ve morir, ni la última) y rodeado siempre de muerte, más no era demencia lo que comenzaba a resurgir en él, escuchaba en el silencio su voz, podía decirse que la alucinaba en ocasiones, pero luego, volvía en sí, y justo ahí, pudo interpretar un “Aléjate de él” pero ya no hay nada más que él, lo único que ha atesorado sin herir, sin querer dañar, ni decepcionar. Y nadie ni ella, lograran que eso cambie.



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Re: L'esthétique de la douleur → Privado

Mensaje por Ferenc Blâmont el Jue Ago 23, 2018 9:35 pm


Un error fatal. Eso era lo que existía entre padre e hijo y ambos podían sentirlo en el fondo, pero lo desconocían en la superficie. Ferenc, amante, adorador de su padre, jamás se imaginaría que sus manos estaba tan manchadas de sangre, no sólo eso, sino con la mismísima sangre de Dadou. Y Valcourt ahí estaba, hablándole de lo orgulloso que se sentía, sin saber que Ferenc mismo era un monstruo también, quizá de especie diferente, pero igual de atroz. Esa falla reveladora era a la vez lo que más los unía, más allá de la sangre, el apellido o el legado. Su crueldad era la que no dejaba lugar a dudas, eran padre e hijo, ambos marcados por sus decisiones y deseos corruptos.

Una vez en el jardín, Ferenc miró a Valcourt y llenó los pulmones de aire para luego correr hacia las flores y recoger algunas. Violetas, como las que Ofelia ofreció al príncipe danés, Hamlet. Regresó con un racimo de ella y estuvo listo. Siguió a su padre hasta la tumba y aunque él había sido el que había querido ir hasta ahí, no estaba listo para enfrentar esta realidad. Más aún cuando el adulto, en su mente siempre fuerte e invencible, se desplomó ante la lápida. El chico salvó la distancia que los separaba y puso su mano sobre el hombro ajeno.

Padre… —musitó muy quedo al tiempo que se agachaba para quedar a la altura del hombre—, tranquilo, ella está aquí, y también en un lugar mejor —dijo y se envaró. Quizá las enseñanzas de los hermanos franciscanos lo habían marcado más de lo que le gustaba creer, o aceptar. ¿Quién le aseguraba que su declaración era cierta? El Cielo podía ser un mito, una invención, así como el Infierno, así como todo.

Entonces caminó y rodeño la tumba, colocó las flores debajo de la inscripción que enunciaba el nombre de su madre y en ese instante se quebró. Se llevó una mano a los ojos y comenzó a llorar en silencio; le hacía falta, no había podido expresar su duelo de manera correcta. Tragó grueso, y quiso dejar de llorar, no quería que su padre lo viera así, que pensara menos que él, y eso lo hizo llorar más, recordando todos sus delitos. Cayó al suelo de rodillas y el llanto no paraba, ahora tenía ambas manos en la cara, cubriéndosela en su totalidad.

Perdón, perdón… —comenzó a decir como si rezara y no sabía de qué quería ser perdonado, o a quién le hablaba, ¿a Dadou occisa o a Valcourt presente? Quizá a ambos, por no ser el hijo que hubieran querido, por ser un fracaso.

En un punto, Ferenc se estiró para alcanzar a su padre y se movió hasta quedar cerca. Lo tomó de la camisa y se refugió en su pecho, en su aroma, en la seguridad que el hombre le daba, sin sospechar las propias debilidades de ese al que más quería y admiraba. Entre ellos eso habitaba, eso que no ninguno de los dos decía y que era lo que más los unía, su atrocidad, sus secretos, su poder de destrucción.

Lo siento… —Esta vez cambió el discurso y se separó del cuerpo del mayor. Se limpió las lágrimas con el puño de la camisa y sorbió los mocos—. Lo siento, padre, creí que estaría listo… —Seguía limpiándose la cara con la mano extendida ahora, con la punta de los dedos, como si con ello pudiera apartar toda la tristeza y todo lo malo que había en él.


I am in the mood to dissolve in the sky.
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Re: L'esthétique de la douleur → Privado

Mensaje por Valcourt Blâmont el Sáb Nov 03, 2018 6:02 pm

¿Será que está en el cielo mirando a su hijo y a su homicida? Si es así: observa Dadou, mira a tu hijo muy bien porque ya solo será mío. Mi pequeño Ferenc; pensó el muy desgraciado al alzar el rostro y mirar el cielo, jamás se imaginó cuan bestia podía ser cuando se trataba de proteger lo que amaba, y aunque dijesen que jamás la amó, están muy equivocados, la amó como a nadie, la quiso como nunca lo habría hecho, más superó otro distinto amor, ese que por sus secretos tuvo que salvaguardar su esencia por una parte de él, tuvo que ser así. Y aunque esté ahí postrado ante su alma, le manda saludos donde quiera que este, fue demasiado santa, por lo que en el paraíso ha de estar. Y junto con su hijo permanecerán en tierra, quien le recordó que ya no estaría solo, y solo con su toque emitió una sonrisa, posando la palma sobre la mano en su hombro. —Sí hijo, está aquí, y descansando en paz —. Al menos eso se anhela, ya que ni muerta quiere volver a revivir los episodios de su inoportuna muerte. Y tenerlo a su altura, intuía su misma aura, una extraña y conectada energía.

Mientras tanto observó como Ferenc se presentaba hacia su madre, y seguido de aquellas malditas violetas que eran movidas por el viento al ser posadas debajo de la inscripción por su hijo, apenándose con tan vivo color, ¡lucían asquerosas y le intoxicaba!, demostrando su disgusto con las manos al irse resbalando sobre la tierra, pero no fue sólo aquello sino el vislumbrar esa escena monstruosa que logró perjudicarle; su propio hijo le clavaba el puñal por el pecho al verlo quebrarse, desmoronarse frente a sus ojos, doliendo, padecía como si le estuvieran arrebatando su amado arte. Perdurando un agónico silencio y sin desviar la mirada de ese llanto, en especial de esas lágrimas. Se estaba dejando caer, y ahí frente a él, hincado, ese acto le inmovilizó, perdurando segundos o quizás minutos, hasta que él se acercó, buscando el refugio de su padre, un apoyo incondicional y lo obtuvo cuando tiró de su camisa, siendo lo único que podía hacer en ese momento, el acariciar su cabeza pero antes limpiándose en las piernas la tierra que llevaba. Quería que se detuviera, pero no era lo correcto, tenía que despedir todo para que jamás lo volviera a hacer, no él, no su adorado hijo, tenía que ser fuerte y jamás disculparse, era como una enfermedad impetuosa ahora que lo ve; daña lo que toca, se propaga despertando a la realidad, como si lo culpara inconscientemente pero ahí estaba, con sus acciones le recriminaba, sin poder hablar, solo escuchaba esa especie de acusar, aparentemente el cómo le gritaba del porqué le arrebató a su madre. Siendo esos: lo siento, la transformación a una aversión, un jodido desprecio para con su padre, que le obligó a desviar el rostro, no quería escucharlo más, y aunque no lo tuviese ya cerca, aún sentía el calor de su cuerpo, pidiendo protección, por lo que se levantó, negando, enfurecido consigo mismo.

— No tienes porqué disculparte, y menos tú, por favor jamás vuelvas a hacerlo, ya que nadie está listo para estas circunstancias. Es un paso que tarde que temprano debemos de dar, siendo preferible que sea un padre a un hijo, pero tienes que ser fuerte, y soportar.

Hablo el maldito, pidiendo, casi, implorando internamente, nadie, y menos él, no quiere ver a su hijo en ese estado fatal, él tenía que ser más, una grandeza irrompible, lo creo para eso y es que es el único regalo que ha tenido y el cual jamás manchara. Y aunque lo viese ya crecido, bien dicen que siempre para uno será su pequeño. — Tienes que dejarla partir, tienes que liberar el dolor, ya no te resistas al llanto, llora y deja que se terminen tus lágrimas, sí es por mí, no te contengas y si prefieres puedo darte tiempo a solas, tienes mucho qué platicar con ella, y sé que hay algo más pero no te preguntare que es, sé que me lo dirás cuando estés listo. Y si aún crees que no es momento de hacerlo, acompáñame, pero prefiero que de una vez lo hagas, pero es tu elección.

Se acercó a él, siendo sorprendente como ante él puede ser ese padre ejemplar por el que estarían orgullosos, pero realmente con él siempre ha sido de esa forma, y no es malcriarlo, ya que siempre es por su bienestar. Motivo por el que tomó su rostro con ambas manos y beso su frente, impidiendo que se sus dedos tocaran esos preciosos ojos. Brindándole la confianza de que eligira lo correcto. — Esperaré todo el tiempo que necesites, así como ella lo hará.

Murmuró, sonriéndole con sumo cariño, dándose la vuelta para otorgarle el espacio necesario para que meditara, debía desahogarse como alguna vez él llegó a hacerlo, y por experiencia reconoce que a solas el control llega una vez que el cansancio vence ante las evocaciones, siendo la mejor decisión para que esté tranquilo. Más, comenzó el camino para el interior del hogar, optando por ir a sentarse al sofá de la sala, en el que se dejó vencer, al volver a recordar la faceta que anteriormente demostró Ferenc, le dejó una huella que jamás olvidará, comprendiendo al fin que es el único quien puede dañarlo. Que así como Ferenc necesitaba su espacio, él de igual manera lo necesitaba, quizás más que él y es la razón por la que decidió alejarse, ya que ahí estaba derramando las más puras lágrimas sin percatarse de ello, hasta que percibió como se oprimía su pecho. Siendo un desgarrador sentimiento.




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Re: L'esthétique de la douleur → Privado

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