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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Carolina Van de Valley Miér Jul 04, 2012 3:09 pm

Recuerdo del primer mensaje :

DE CUANTO SÉ DE LOS ETERNOS



"Salid, salid por todos los caminos,
Id a buscar a los que van errantes"
(Novalis, Cánticos espirituales)

De cuanto sé de los eternos - Página 2 5116652.vintage.piano.antiguo.y.en.la.hoja.de.papel.con.notas.musicales

Sabía yo que rebuscar en los armarios no era buena idea. Que cuando éstos tienen llave, cerrados deben quedar, que luego se encuentran pasados. Por eso los tenía yo, no sólo con llave, hasta con candados. Porque me daba miedo el pasado. mi pasado. Era una congoja indescriptible. "Pues vaya necedad", diréis algunos, "Si a lo que hay que tener miedo es al futuro". No, creédme: El pasado también duele.

Y quiso entonces la fortuna, por ser una mala pécora, regalarme un viaje a mi ayer, y que diesen mis manos con aquel cuaderno. Estaba tal y como lo recordaba: con sus bonitas tapas de piel vuelta y hojas de pergamino. Hasta conservaba la pluma de faisán con la que escribía en mis tiempos mozos, cuando nada de esto había pasado aún. Abrí la primera página, no sin cierto resquemor y desasosiego al principio, y fue como volver a estar allí, en Viena. Mi Viena amada de 1788.

"Recuerdo nuestra casa de campo a las afueras de la ciudad. Era una magnífica mansión adosada, construída a finales del siglo XVII por el abuelo de mi padre, Karl Van de Valley. La fachada era de piedra blanca, traída de las canteras alemanas, con dos columnas al frente. Los pequeños jardines que la rodeaban constituían un laberinto de ensueño, con fuentes y estatuas griegas, donde mis hermanos y yo jugábamos a los cuentos.

Recuerdo también cómo esperábamos con impaciencia a que llegasen los veranos (los fríos veranos austríacos) para que pudiésemos trasladarnos de la aburrida casa de la calle Hüfster hasta allí. Mis hermanos Franz, Hans, Clotilde, Lotte y yo nos poníamos frente a la ventana a esperar el coche de caballos que nos llevaría hasta nuestro lugar de fantasías. Éramos capaces de escuchar el traqueteo de los caballos mucho antes de que apareciese por la avenida adoquinada. ¡Ah, nuestra casa de campo! Espectador mudo de todos los acontecimientos relatados en este diario.

Sí. La casa de campo, en la campiña de Gumpoldskirche, a las afueras de la bulliciosa capital de la música. El piso de Hüfster. Lotten. Franz. Hans. Padre. Madre. Y Clotilde. ¡Mi dulce Clotilde! Cuán desgracia la suya.

¿Dónde estarían ya? Muertos, sin duda. Y yo mientras aquí, sin un sólo rayo de Sol. Sin él.
Entonces, e inesperadamente, agradecí a la ventura que me hubiese permitido encontrarme con esta reliquia. Al menos ellos vivirían por siempre en las páginas de este diario."



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Mensaje por Carolina Van de Valley Mar Jul 06, 2021 8:24 pm

Lunes, 2 de marzo de 1790
Praga

"Siempre habrá ángeles en tus infiernos y tentaciones en tus paraísos"

La vela del candil ilumina el pergamino. El olor a papel nuevo y a tinta es extrañamente reconfortante. Sé que mi visión no se verá perjudicada por mucho que fije la vista en el papiro. No puedo concentrarme. He tomado la firme decisión de no visitar más al sacerdote. Eso es lo que Friedrich quiere. Que me encariñe con él. Que lo seduzca. Que lo convierta.

No va a pasar.

Todavía me horrorizo de pensar en el aroma dulzón de su miedo, su inocencia y su sangre. Me horroriza y me agita. Me agita de una manera pecaminosa y obscena. Pensaba que escribiendo estos pensamientos los dejaría atrás. Conforme avanzo en esta entrada del diario compruebo que no. Todo lo contrario.

Debería dejar de escribir.

+ + +

Está sentado sobre su asiento tocando el clavecín. Ya nadie lo hace. El instrumento ha perdido popularidad a lo largo de los años. Recuerdo que en la casa de campo teníamos uno, cubierto por polvo de los años. Un regalo de la casa Habsburgo a la casa Van de Valley. La melodía también es antigua. Creo que se trata de una de las suites inglesas que Bach compuso para clave. Me permito por este momento cerrar los ojos. Él sabe que estoy aquí. Claro que lo sabe. Es como si me oliera. Entre nosotros dos hay un lazo de unión que sobrepasa cualquier cosa que haya experimentado. Es como si fuéramos gemelos, más que hermanos. Es como si compartiéramos la misma alma, en el supuesto caso de que seres como nosotros tuviéramos de eso.

Me asquea. Me repugna.

Me encuentro perdida, sumida en la melodía, cuando ésta se apaga lentamente. Va a hablar.
—Hace días que no visitas a tu sacerdote.
Abro los ojos de repente. Como si me hubiesen partido el estómago por la mitad. No sé por qué reacciono así. Debería haber anticipado que era eso lo que ansiaba comentar.
—Sé lo que intentas hacer, y no lo lograrás.
No recuerdo ningún otro momento donde mi voz sonara más dura, más provocadora.
—¿Me desafías?
La pregunta guarda un deje de asombro y creo que de diversión. Se ríe a mi costa, el muy canalla.
—No voy a entrar en tu juego. Eso es lo quieres, ¿no? Por eso me has traído al cura. ¿Quieres que llore en tu regazo, lamentándome por cómo se parece a Hans? —mi voz también guarda rencor. Él lo percibe y eso hace que su sonrisa se ensanche aún más—. Jamás. Antes me tragaré todas mis lágrimas.

Antes eso, que darle la ocasión de que me consuele con sus pérfidas palabras.

Se levanta. Es un movimiento tan gracioso como si un ciervo en medio del bosque quisiera exhibir su cornamenta a todos los animales a su alrededor. Es su forma de pavonearse.
—Carolina, Carolina, Carolina… Todavía eres joven. Tus ideales formados por el concepto humano de la mortalidad no te dejan ver más allá. Con el tiempo, esto pasará. Comprenderás, por fin, que nosotros ya no tenemos que regirnos por las ideologías de los mortales. ¿Qué derecho tiene el ratón de juzgar al león?

Su charla supremacista me cansa. La aborrezco. Salgo de la habitación soltando un bufido.
—¡Vendrás a mi, Carolina! ¡Y acudirás a él! Solo es cuestión de tiempo. Y sed.

En las noches siguientes, Friedrich se negó a alimentarme. ”Si estás sedienta, bebe”. Creo que mató a todas las ratas que habitaban el sótano adrede. Llegó un momento en el que mis labios se cuartearon. Me sentía cansada y desfallecida. Como la noche en la que morí y nací nuevamente, convirtiéndome en esta monstruosidad que soy ahora.

Aún así, me negué a beber. Me alejé de la habitación donde resguardaba a Mirco. No pasaba por ahí. Y, entonces, Nerón soltó a los leones.

Intento alejarme de él. Le suplico que se marche. Lo espanto. Le arrojo cualquier cosa que veo por el salón —candelabros, libros, un reloj de mesa—, pero Mirco se acerca, tanteándome.
—Friedrich me ha dicho que te encuentras enferma. Que sólo yo puedo curarte. ¿Es eso cierto?
Estoy agazapada contra una esquina del salón de té. Me tapo la cara, los ojos, en una ilusa creencia de que eso le impedirá verme como estoy ahora; mis ojos inyectados en sangre, mis labios amoratados y agrietados, las venas azuladas marcándose contra mi cuello.

El sacerdote no vacila y coloca su mano en la mía, apartándola para dejar ver mi rostro contrito. No disimula su espanto, pero tampoco se aleja.
—Bebe. Bebe de mi. Si lo haces despacio, no me matará. ¿No es eso? Así es como me lo ha explicado Friedrich.
Lo miro desconcertada unos segundos. A los ojos. Tiene unos bellos ojos verdes. Piel pecosa que encuadra perfectamente con su cabello rubio ceniza.
—¿Por qué? —no puedo añadir nada más, pero Mirco entiende el resto.
—Porque has sido buena conmigo. Porque creo que tú también estás atrapada.
Me extiende la muñeca. Me anima a beber.

—No quiero hacerte daño —mi voz es más un lamento. Pero mi instinto me urge en ese mismo momento a tomar la muñeca y drenarlo.
—No lo harás.
Su confianza en mi me hace finalmente moverme, arrastrando las faldas abombadas de mi vestido. Primero tiemblo pero cuando siento las venas palpitantes, rebosantes de vida de Mirco, no lo dudo. Clavo mis incisivos sobre su carne. Esta se abre. Es como comer un pastel de manzana con canela; suave y dulce. Mirco tuerce el gesto, pero no aparta la mano.

Y yo bebo.


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Mensaje por Carolina Van de Valley Dom Oct 03, 2021 9:02 pm

Jueves 5 de marzo de 1790
Praga

"Can you think of a miracle more amazing than that? I mean, cure blindless, sure. Or part the seas, all right. But a second chance? That's a real miracle."

Llevo horas intentando llorar y no puedo. Friedrich ha ganado. Una vez más. Me da asco pensar en lo que he hecho. En lo que llevo haciendo desde hace tres noches. A Mirco no parece importarle. Me acaricia la mejilla casi con ternura cada vez. Sé cuál es el siguiente plan de Dvorak. Quiere que lo convierta. Y lo hará a la fuerza. Ya he probado la sangre del sacerdote. Sabe a canela con manzana. A esas tartas que nos preparaba Ewa las tardes de verano en la campiña. Ah. Oler la sangre es como oler el sol.

Llaman a la puerta. Sé quién es. Puedo distinguir su paso taimado. Desde que bebiera de él la primera vez tengo esa extraña sensación de saber dónde se encuentra en cada momento. Casi podría jurar que puedo percibir sus estados de ánimo, lo que significa que Dvorak también puede leer en mi con esa claridad. Hoy es tranquilo como un río en calma. Lo invito a pasar y él se sienta en una de las butacas cerca del piano.
—¿Escribes? —me pregunta. Su acento es dulce como el canto de un pájaro por las mañanas.
—Escribo —afirmo. Apoyo la pluma al lado de la libreta y ahora él es quien tiene toda mi atención.
—Me preguntaba si... Querrías beber. De mi. Ahora.
Su consulta me desconcierta. El extraño brillo en sus ojos turquesas me descoloca porque lo reconozco. Es como si lo deseara. ¿Lo deseaba? ¿Acaso podía desear un humano ser tratado como un saco de sangre? La propuesta me tienta pero tengo que negarme. Entrelazo con suavidad mis dedos.
—Gracias. Pero estoy... Me encuentro bien —mi sonrisa es tímida, casi inexistente. La verdad es que me inquieta.
—Oh. Está bien.
Se hace un silencio que se me antoja incómodo. Creo que va a salir por la puerta cuando vuelve a girarse hacia mi.
—Cuando bebes de mi es como estar más cerca de Él. De la vida eterna.
Su afirmación de nuevo me descoloca y durante unos minutos no sé qué decir. Pero no hace falta que diga nada. Él es quien continúa.
—¿Crees que es una blasfemia?
—No lo sé. Y no creo ser yo la que pueda darte la respuesta, Mirco.
—Él dice; bebe de mi y vivirás eternamente. ¿Crees que vuestra sangre es Su sangre?
Abro mucho los ojos. Nunca lo había pensado. No así. Bueno. Miento. Sí que lo había pensado. Fugazmente en ese instante en el que le dije a Friedrich que sí. Pero fue movida por un sentimiento distinto. No había nada pío en mi decisión. Era puro miedo a la putrefacción de la carne. Si hubiera creído más en las Enseñanzas quizá ahora no estaría atrapada en esa orgía de sangre y lágrimas. Pero Mirco... ¡Ay, Mirco! Su planteamiento me dejó muda por un momento.
—No lo sé. ¿Lo crees tú?
Siento la calidez de su mano sobre mi mejilla y cierro los ojos, dejándome llevar por el contacto. Oh, el calor. Cuánto lo echo de menos cuando todo lo que tengo es frío. Atrapo su mano con la mía. Escucho el latir del corazón de Mirco tan cerca como si lo tuviera dentro de mis oídos. La suave melodía de la vida. Bum. Bum. Bum. Y el olor. ¡Ay! ¡Ese olor impregnando mi nariz! Fragancia a lavanda.

Me resisto. Tengo que resistirme.
—No puedo hacerlo, Mirco. No debería. Esto no es lo crees que es —abro los ojos de repente. Todavía queda un rastro del hechizo.
—Yo lo creo, Carolina. Si tan sólo me dejaras... Si compartieras este don que tenéis conmigo...
Aparto la mano del sacerdote con espanto. Me alejo de él unos pasos.
—No. No sabes lo que me estás pidiendo. Esto es la maldición de las tinieblas, no el regalo de la vida eterna.
¿Cómo iba a ser el premio de Dios cuando había tanto sufrimiento alrededor?
—Vete —le pido—. Vete, por favor. ¡Márchate! —le suplico antes de que sea demasiado tarde y caiga en la trampa.

Mirco se va alterado. Quizá asustado. Sé que no cejará en el intento. Una vez que la idea de la inmortalidad seduce a los humanos es imposible no rendirse a ella.

Y yo maldigo y pienso si acaso esas ideas descabelladas de divinidad en nosotros no serán también parte del juego de Dvorak.


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Mensaje por Carolina Van de Valley Sáb Dic 18, 2021 11:19 am

Miércoles 11 marzo 1790
Praga

Dios mata indiscriminadamente, y nosotros también. Porque ninguna criatura de Dios es como nosotros, ninguna se parece tanto a El como nosotros.


Se ha marchado. Se ha marchado y creo que mi pecho va a explotar. Lo peor de todo es que sé que no ha sido por su propio pie. Friedrich le ha hecho algo. Lo sé. Lo intuyo. Ha notado que me importaba demasiado y se lo ha llevado. Me imagino su cadáver enterrado bajo la nieve. En algún callejón de mala muerte. Él no se merecía un destino así de cruel. Dvorak sólo lo hace para torturarme. Dice que quiere demostrarme algo. ¿De verdad puede pensar que su acción ha sido bondad? ¡Qué corazón más retorcido! ¡Qué mente más perversa!

Escucho los golpes contra la puerta. Es un sonido suave pero que amenaza tormenta. No le contesto y él igualmente abre la puerta.
—Era lo mejor —es lo primero que me dice con una parsimonia tal que me hace querer matarlo ahí mismo. Mis nudillos se han vuelto más blancos si cabe de la furia.
—¿Lo mejor? ¡¿Lo mejor?! —me encaro con él. No hay lágrimas en mis ojos. Mi voz es firme. Mis labios; una delgada línea recta—. Lo mejor para él hubiese sido que tú y yo hubiésemos muerto cuando nos hubiera tocado —mis pupilas deben ser dos esferas llameantes, descargando toda la furia sobre Friedrich.
Dvorak niega la cabeza con un gesto que me resulta tan paternalista y condescendiente que me hace querer ahogarlo ahí mismo.
—Mirco ha cumplido su propósito. ¿O acaso me vas a decir que no recuerdas el dulce sabor de la sangre caliente? Los latidos del corazón, tan débiles que un sorbo más de ese elixir de vida podría hacerlo callar para siempre. Sé que tú también sentías ese orgasmo cada vez que hundías tus colmillos en su carne. Porque tú y yo, Carolina mía, somos uno —acaricia un mechón de mi pelo y yo me retiro un paso, presa de la repugnancia. Sus palabras me asquean porque en el fondo sé que tiene razón.
—Aléjate de mi. Me das asco —le escupo y aparto su contacto con un manotazo. Friedrich no parece reaccionar en ese momento. Se queda suspendido delante de mi como una visión. Alza la comisura del labio un poco. Mi padecimiento le divierte.
—Algún día dejarás de luchar contra lo que eres. Tenemos toda la eternidad hasta que al fin te des cuenta.

Se va y me deja sola en la habitación con un extraño sentimiento mezcla de nostalgia, culpa y arrepentimiento. De pronto, siento el frío de la estancia contra mi piel normalmente ajena a esa sensación. Me abrazo a mi misma y me arrebujo en las mangas de mi vestido. Sólo puedo pensar en Mirco y casi creo que puedo sentir su espíritu a mi lado, buscando su cuerpo helado entre las ruinas de lo que queda de mi.


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Mensaje por Carolina Van de Valley Dom Abr 17, 2022 12:10 pm

Lunes 3 de abril 1790
Praga


Si no puedo beber lo dulce de tus labios tal vez puedas dejarme beber lo cálido de tu corazón.


No sé a donde voy ni me importa. El traqueteo del carruaje contra los adoquines de las calles de Praga me impiden escribir. Voy a tener que parar.

+ + +

La dueña de la pensión piensa que huyo de algo malo, pero aún así ha sido tan amable de cederme una habitación. Es pequeña, en comparación con la casa donde me alojaba con Friedrich, pero es perfecta porque él no está intoxicándola con su aire enrarecido y su aura tenebrosa. La dueña no se equivocaba: estoy huyendo de algo malo. De él. He aprovechado que él se ha marchado de caza y he recogido mis cosas más valiosas.

No tengo futuro de momento, pero todo será mejor sin él, lo sé. La opresión en el pecho es lo único que tardará en desaparecer. Tal vez debería salir del país. Podría poner rumbo a Bremen, dicen que es una ciudad preciosa, y dudo que Dvorak me encuentre allí. O tal vez más lejos: Grecia, Florencia o Londres. Da igual con tal de que él no me encuentre.

Oigo ruido en el vestíbulo. Raro, a estas horas. Voy a salir a ver de qué se trata.

+ + +

¡Maldito demonio de tres cabeza y dos mil ojos! ¡Maldita sea toda su infernal estirpe, incluida yo! Oh, señor. ¿Es que jamás encontraré descanso de esta eterna pesadilla? "¡¿Creías que podías huir de mi?! ¡Pequeña víbora desagradecida! ¡Yo te he dado lo que ningún dios podrá darte jamás!" La bofetada todavía me duele, pero estoy segura de que la que le he propinado a él también. Lo odio. ¡Lo odio con todas mis fuerzas! ¡Lo odio desde las entrañas de mi propia piel! La dueña de la pensión me ha echado, posiblemente creyendo que soy una esposa prófuga. Esposa, hija, hermana, compañera. Soy todas esas cosas que no quiero ser. "¡Eres tan estúpida que ni siquiera sabes que al compartir sangre siempre sabré donde estás. En cada momento de la vida que YO te he dado!", me ha gritado. Su voz han ensordecido mis tímpanos y han traumatizado a los sirvientes que permanecen todavía en nuestra casa. "¡Te odio! ¡Te desprecio! ¡Te aborrezco y te maldigo!". Con la fuerza nueva que siento y que me da mi condición, lo empujo hacia atrás. Da contra el espejo que termina desquebrajado. Presa de una rabia infinita que nunca, jamás, había experimentado, agarro uno de los bustos sobre la repisa de la chimenea y se lo lanzo. Mi garganta se abre en un grito de guerra, un quejido, una promesa. Y no paro de repetir lo mismo. Esas dos palabras que arañan mi pecho, mi estómago. Me queman como si estuviera ahora mismo atada a la pira de las llamas.

Él vuelve a mi y los dos forcejeamos —te odio, te odio, te odio— sigo diciéndole. Y no sé cómo, ni por qué, ese odio termina acercarnos más y me besa. Yo se lo devuelvo a dentelladas. Quiero hacerle sangre y beber otra vez de él como la primera vez.

+ + +

Sé que no está durmiendo pero aún así no dice nada cuando me deslizo por las sábanas y salgo de la habitación destrozada. Es la primera vez que confundo rabia y deseo. O puede que no las confunda y que, sencillamente, lo odie y lo desee a la vez.

Tal vez, estamos condenados a esto mismo, y eso sólo puede acabar cuando uno de los dos muera finalmente.


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Mensaje por Carolina Van de Valley Mar Ago 02, 2022 8:21 pm

15 mayo 1790
Brandeburgo

It is a monstrous love, and it makes monsters of us all.

Hace unas semanas que dejamos Praga atrás. El poeta ya no sigue con nosotros. ¿Se habrá horrorizado él también del ego narcisista tintado de sangre de Friedrich? ¿O querrá su propio camino solitario de temores? Desde ahora solo somos él y yo. Mis sentimientos no han cambiado: lo detesto. Detesto su risa, detesto su hermoso cabello con destellos dorados, detesto sus ojos desafiantes, su mentón elevado y su gesto burlón. Lo detesto y lo necesito.

Ha ganado. Lo sé. Esto era lo que pretendía desde el principio. Estoy rendida. ¿Alguna vez tuve opción acaso? Sí. La tuviste. Si tan sólo hubiese dicho que no cuando me ofreció su muñeca de cerámica para beber de él. Ya lo dijo aquella vez en Praga: mi sangre es ahora su sangre también. Estamos vinculados. Conectados. Él y yo somos una sola cosa. Y eso me revuelve las entrañas. Vomitaría si pudiera de tan sólo pensarlo.

Aún así, casi siempre termino acudiendo a él. Bebiendo de él en todos los sentidos. ¿Soy yo o esta... esta maldición? Oh, ¿cómo saberlo? El carruaje nos ha dejado frente a la puerta de nuestro nuevo hogar. Se trata de una casa de dos plantas con amplios jardines traseros que Friedrich ha alquilado por un tiempo. Praga te estaba volviendo insoportable, querida princesa de las tinieblas.

Odio que me llame así. Creo que es como si se mofara de mi.

El ama de llaves, una señora entrada en la cuarentena, con las venas del cuello marcadas, mirada regia y el cabello oscuro recogido en un tirante moño, nos espera. Adelaida, dice que se llama. Está claro que Adelaida no sabe qué somos ni lo que hacemos en las sombras. A la mujer no le sorprende que lleguemos cuando cae el sol, pues entiende que ha debido ser un viaje largo desde Praga a Brandeburgo.

Para sorpresa de Adelaida —pero no para la mía, claro está— Friedrich le concede la noche libre. Es tan dolorosamente encantador que resulta imposible que nadie le diga que no a nada. Lo detesto aunque intento que no se me note, fingiendo que somos la pareja de recién casados perfecta. Adelaida le agradece el gesto al nuevo señor.

Nos quedamos solos. Me pregunto a quién conocerá en Brandeburgo. Hay muchas cosas que no sé, ni quiero saber, de él.
—Quita esa cara y disfruta, Carolina. ¡Esto lo he hecho por ti! ¡Una fiesta por todo lo alto! —arrugo la nariz.
—¿Por mi? —me rio y mi risa es amarga como la hiel—. Jamás has hecho nada que no sea por ti mismo —salvo ese gesto. Esa oferta en mitad de la noche de Viena. Esa muñeca brillante, pálida, de venas azuladas. ¿Lo hizo por mi, porque sabía cuánto me aterrorizaba la idea de perecer como mi hermana? ¿O lo hizo por él? ¿Porque en el fondo es un ser solitario y amargado?
—Frente a nuestros invitados deberás comportarte. El fruncir de ese ceño no sienta nada bien —escupe entonces sin disimular tampoco su asco.
—Sabes que odio las fiestas.

El evento social resulta ser como todos los demás organizados en Praga. Los humanos, que llegan a nuestra reciente casa alquilada, ya están bajo los efectos del opio y el alcohol mientras los cuervos de la noche revolotean al lado de ellos. Ya lo he visto en otras ocasiones, y no reporta nada nuevo. ¿Acaso no se aburre Friedrich de este nihilismo sin sentido? Me niego a creer que estas orgías de sangre le reporten algo a su inexistente alma marchita.

Me salgo al balcón que despliega la noche de Brandeburgo para mi. Necesito estar sola pero lo siento detrás de mi. Su aliento mancillado con sangre, su perfume a pino y a lilas: las flores de los muertos. ¿Huelo yo también así?
—¿No te diviertes?
—Ya te lo he dicho. Odio las fiestas —le respondo.
Él me agarra el mentón. Por un momento quiero evitar el gesto. Apartarme como si fuera una serpiente revuelta en la maleza. Pero su caricia es gentil. Cálida sería imposible de definir pero... Casi. Casi quiero creer que...
—Oh, Carolina. Si tan sólo supieras... —me desconcierta, he de decir. ¿Cuántas veces ha mostrado Friedrich flaqueza ante mi? Jamás. Apoya la frente contra la mía y yo cierro los ojos. Cuánto hubiese dado en ese momento por escuchar el latir de su corazón contra su pecho—. Ir por este camino es inútil, agotador. No cambiará nada.

¿Es un hombre derrotado lo que escucho? Hay algo en sus palabras, en su manera de decirlo, que me encoge las entrañas. Esta vez soy yo la que lo busco a él y uno mis labios con los suyos. Nuestras lenguas se entremezclan. Percibo el tacto, frío como el hielo, contra mi cadera. Son sus manos acercándome más a él.

Alguien nos interrumpe. Es una de las muchachas que han traído. Una beldad de cabellos azabache y labios profundamente rojos. Su piel, no obstante, presenta una palidez que no es normal. Aún así, creo que me roba el aliento, y me avergüenzo. Creo que Friedrich lo sabe porque me susurra:
—¿Por qué no la tomas? —me siento atrapada, otra vez, entre el deseo y la repugnancia—. Tómala, Carolina. Acaríciala. Bésala. Drena su sangre hasta la última gota.

Sabes que es eso lo que quieres. Lo que tu instinto te dicta. ¿Acaso un lobo tiene misericordia del venado?

Las piernas me tiemblan y cedo. Ella se acerca. Tan dócil como un ratón. Huele tan bien... A jazmín y lavanda. La acerco a mi y me entretengo primero con su cabello brillante como la noche que nos alberga. Después con sus labios, las curvas de su cuerpo. Sé que Friedrich me está mirando. No necesito girarme para comprobar el brillo de orgullo que resplandece en sus ojos fríos. Y él también termina por unirse. Es la primera vez que compartimos una presa.

Sé lo que es.

Una tregua. Una ofrenda de paz.

Y yo la acepto.

Oh, Friedrich. Pero qué estás haciendo de mi


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Mensaje por Carolina Van de Valley Sáb Ene 21, 2023 6:24 pm

20 mayo 1790
Brandeburgo


In the misty morning, on the edge of time
We've lost the rising sun, a final sign


La llama de la vela danza al ritmo de la pluma mientras escribo. Me distraigo de tanto en tanto con las distintas tonalidades de rojos, naranjas y cobrizos al contraste de la madera oscura que rodea el papel pintado de las paredes. Es como contemplar el otoño. Ya es de noche al otro lado de las ventanas. Las calles están prácticamente desiertas y el viento aúlla aún cuando imagino que durante el día el sol calienta este mes de mayo. De vez en cuando escucho el sonido de los cascos de los caballos azotando contra el suelo de adoquines. Los faroleros se han ido ya hace un rato. Percibo la presencia de Friedrich detrás mío. Aparta un mechón de cabello de mi espalda, colocándomelo hacia un lado. El roce de su piel helada contra la mía me provoca un escalofrío. Es extrañamente suave. En ese momento me doy cuenta de que no sé nada de él. ¿Qué fue en el pasado? ¿un lord? ¿un músico errante? ¿un zapatero? ¿un carbonero?

No importa. Nuestra vida antes de esta no importa.

—Salgamos a beber algo —su primer comentario de la noche. Saciarse. He aprendido a detectar y diferenciar el brillo de sus ojos verdosos. Esta noche se encuentra perezoso como un gato, y cualquier borracho de taberna o prostituta de burdel le servirán. No necesita hoy la exquisitez de hace unos días.
—Hace frío —le contesto, entretenida todavía en la escritura de este diario. Él ríe. Su carcajada es melódica. Las cuerdas de un violín bien afinado. Me provoca mareos y picores en el estómago. Y me repugno por eso.
—¿Acaso lo sientes?
—No lo digo por nosotros. Lo digo por ellos. Hoy estarán en sus casas. No habrá mucho donde elegir —repongo otra vez con cierta tirantez tratando de disuadirlo de la idea de salir. Se acerca. Su aliento con olor a sangre contra el mío. Me pasa su mano por el escote y más abajo. Me susurra al oído:
—Siempre hay dónde elegir si sabes donde buscar, querida mía.

Tengo que confesar, para mi pesar, que el reto me excita.

+ + +

Volvemos en un coche nocturno de caballos. Los ojos de Friedrich ahora relucen de manera sobrenatural. Su verde a veces tiene pigmentos de dorado. Está saciado y se le ve satisfecho. Yo por el contrario no puedo dejar de pensar en el cuerpo helado de la prostituta tirada en el callejón, a la que he cedido la capa. He tenido que suplicar para que la deje vivir. Y me ha sorprendido comprobar que Dvorak ha cedido a mi petición. Pero no soy ingenua. Sé que no lo ha hecho por amor. El ángel de las tinieblas es incapaz de sentirlo. Al menos, no en la manera convencional de las personas.

Bueno. Puede que a la manera deformada de un monstruo sí me ame. ¿Es eso mejor o peor? ¿Me estoy consolando a mi misma?

No digo nada cuando me quito las joyas empañadas, el corpiño del vestido, la falda. No hablamos en todo el proceso, pero sigo su mano que me conduce al salón donde no hay nadie. Todos los sirvientes están durmiendo ya. Bailamos al son de una música que solamente existe en nuestras cabezas, e incluso yo me permito descansar la mía sobre su pecho.

Me agarra de la cintura con una ternura que jamás he visto en él y que me descoloca. Estos gestos son una rara avis en el comportamiento de Dvorak. Y la duda todavía planea sobre mi cabeza aunque no la digo en voz alta:

"¿Quién has sido antes de todo esto?"


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