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El baile de la muerte roja [priv. The Phantom] ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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El baile de la muerte roja [priv. The Phantom] Empty El baile de la muerte roja [priv. The Phantom]

Mensaje por Sebastián Delacroix el Vie Abr 03, 2020 12:37 am

Era el día tan ansiado por Sebastián desde el mismo momento que había llegado a París, cuantas historias no se contaban sobre aquel recinto lleno de arte, teatralidad, canto y música, cuantas de esas historias no había escuchado en boca de cientos de parisinos que en sus memorias revivían la tragedia que sucedió en el teatro de París unos cuantos años atrás.

Habían muchos los que aseguraban que era un mito, un incendio provocado por los administradores antiguos para ganar fama aunque al final todo se les fue de las manos, mientras otros más aseguraban que allí dos enmascarados se habían peleado a muerte, un valiente, que intentó desenmascarar al asesino que vivía a costa del miedo de la gente de ese lugar, decían que muchos habían muerto ese día, pero nada, nada se había sabido de aquellos dos desde entonces, Sebastián solo pedía que el genio que contaba la leyenda hubiese sobrevivido a todo aquel viejo desastre, ese hombre era su única salvación, su salida para que su vida girara entorno de lo que el amaba para siempre: La música.

Por algunos momentos, mientras se acomodaba el cabello frente al espejo dudo en asistir, era tonto negar que la filosofía de aquella gitana le había mermado algunas de sus ambiciones más grandes y que decir de aquel extraño que se encontró unas noches atrás en Notre Dame, los dos le habían hecho trastabillar… ¿Realmente valía la pena asistir? ¿Y si existían otras salidas menos desconocidas y peligrosas para él que hasta el momento no había visto?, la gitana y aquel campanero le habían dicho que si así lo pedía el cielo no tardaría en enviarle las distintas puertas que le convenían más que aquella que pensaba tomar. Sin embargo, tan pronto como su mirada quedo fija en su violín a través del espejo, supo que sin importar que oportunidad tuviese en el camino todas serían lentas y para su cometido el tiempo era un problema, ya no quedaba demasiado, era bien sabido por él que esta vez Cronos no estaba de su lado, debía tomar un atajo que le llevará más rápido a su destino.

Así pues cogió la invitación que su tío le había conseguido por medio de un amigo suyo para asistir al baile que cada año ofrecía el teatro, los nuevos administradores sabían de las exigencias de su fantasma, que si bien no había dado señales de que siguiese allí, no querían arriesgarse, al ente le gustaban ese tipo de eventos por alguna razón, así que organizaron todo para complacerlo si es que acechaba desde las sombras. Ajusto sus ropas completamente negras, se colocó una capa y salió con su violín en mano para abordar el carruaje que le llevaría hasta su destino.

En el camino y sin saber porque, su mente insistía con el recuerdo de las pláticas que tuvo con la gitana y el campanero, tal vez sería porque algo desde su interior le decía que debía retirarse, regresar a casa y luego hacer las maletas para viajar a Florencia con su familia, a gritos su corazón le suplicaba que diera media vuelta, alguna solución encontraría en su país, que era parte de la cuna del renacimiento, del arte y que aún había remanentes de aquel glorioso pasado. Estaba confundido, no sabía si era su mente negativa, envuelta en miedo la que le hablaba o por el contrario era la tan famosa voz de su intuición, en cualquier caso prefirió ignorar y asomarse por la ventana para que su atención se centrará en otra cosa, pero ya no había más camino, estaba frente al teatro con sus enormes y elegantes puertas abiertas, recibiendo a trabajadores, actores, músicos y gente importante.

Acomodó el moño que llevaba en el cuello mientras el cochero abría las puertas de carruaje, entonces otra vez, ese sentimiento, esa voz que le decía que regresará a casa, esa misma voz que le decía por medio de sensaciones que de bajar y cruzar esa puerta hacia el interior del teatro ya no habría regreso, sería, pues, demasiado tarde. El cochero le regreso a tierra, sin más tomó su instrumento y bajó con el ceño fruncido, uno indicativo de ya había tomado una decisión, seguiría el atajo que le llevara a su destino más rápido.

Ya habría tiempo de impresionar a sus padres y amigos o al menos los pocos que tenía, por el momento solo debía concentrarse en una persona en particular, aquel a quien algunos le decían “ El ángel de la música”.

Nervioso, dirigió su vista hacia el techo de aquel sitio, Apolo custodiaba el lugar mientras tenia toda esa hermosa vista de París desde aquellas alturas, ¿el divino Apolo se quedaría muy por debajo del Ángel de la música? ¿Sería aún más bello e imponente que aquella escultura de bronce? ¿Se dignaría aquel celestial prodigio a escucharle tocar sonatas tan complicadas como las que otros más tocaron en épocas anteriores?

—¿Me acogerías entre tus alas?—preguntó sin desviar su mirada del techo y luego de aquel cielo estrellado propio de una noche cálida de primavera —¿Seré para ti un digno alumno al que quieras enseñar divino ángel?— entonces volvió su atención al camino que tenía por delante, suspiro profundamente antes de encaminarse a la entrada—Me pregunto si él, si él ángel, el genio ya ha llegado—pensó antes de entregar su invitación y ser admitido con honores dentro de la casa, el castillo de la música.


Última edición por Sebastián Delacroix el Dom Mayo 10, 2020 2:34 am, editado 2 veces
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El baile de la muerte roja [priv. The Phantom] Empty Re: El baile de la muerte roja [priv. The Phantom]

Mensaje por The Phantom el Vie Abr 03, 2020 7:37 pm

—Un largo año perdiendo mi tiempo entre humo y ruido, esperando con ansias este día en que el arte vuelve a levantarse, en que el teatro se convierte en ópera, la noche en que el ángel de la muerte regresa a ocupar su lugar, el que le fue arrebatado solo de forma temporal por un imbécil que se creía el salvador de todo París— hablaba con aquel que veía frente al espejo, cubierto ya por la máscara, con sus ojos carmesí brillantes y ansiosos.

Después del incendio solicité que quien fuera a recuperar el recinto, fuese aún más visionario que los otros inútiles, ya que de las cenizas siempre debe de nacer algo nuevo, creo que era el momento más propicio para que un recinto del bel canto se abriera paso en París, ya que el primer encargado no fue lo suficientemente valiente, acabé con su existencia para que el próximo lo pensará dos veces antes de cuestionar mis perspectivas… luego fui a otro lugar donde mi paz no fuese perturbada mientras se hacían los arreglos pertinentes, por tanto pensaron que yo me había ido, mientras que otros supusieron que yo solo era un mito sacado del terror colectivo… idiotas, si tan solo supieran cuantas son las criaturas de pesadilla que son tan reales como ellos y creen que son los villanos de los cuentos de hadas.

Sonreí una vez detrás de la máscara, ya era momento de ver a los que esta noche caerían en mis garras. Podía oír el bullicio, podía percibir los distintos aromas de los perfumes caros de las damas, oía sus pasos en todo el recinto y la orquesta preparándose para tocar las partituras que amablemente les hice llegar un día antes de tan magnánimo baile —Que la mascarada de comienzo— susurré tomando la capa y una nueva melodía escrita cuyo objetivo era un solo en particular: Encontrar al violinista perfecto que fuese mi máscara ante el público que se presentaría de hoy en adelante en este lugar, capaz de interpretar obras tan complicadas y difíciles como las ya que ya tenía compuestas a lo largo de los siglos.

Subí las escaleras desde mi sótano hasta los pisos superiores, atravesé la puerta que solamente yo conocía de su existencia para corroborar, unas pequeñas mejoras que pedí en el lugar. Era tanto el miedo que tenían los nuevos administradores que ni siquiera se atrevieron a preguntarme cual era la utilidad de dichos cambios y de tan curiosas especificaciones.

El ángel de la muerte solicitó se hiciesen siete camerinos especiales, en los cuales no hubiese ni candelabros, ni luz de algún tipo que no fuese la que emanará de una pequeña chimenea instalada en un rincón del cuarto, la decoración de los tapices, alfombras y objetos debían ser de un color especifico para cada área, incluyendo el cristal que cubría las ventanas, un ejemplo fue el primero por el cual llegué, el espejo hasta el fondo, la chimenea con apenas el fuego suficiente para iluminarla, estaba completamente en color violeta, cada objeto, cada alfombra, tapiz y el color del techo estaban decorados en ese misterioso tono, el cristal de su ventana no se quedaba atrás, era como estar en el interior de una piedra amatista.

Fui revisando cada uno de ellos después, que todos los camerinos contaran con el color y las especificaciones que solicité.

El cuarto que más me interesaba estaba hasta el fondo, este último era muy especial, pues nadie en su sano juicio se atrevería a entrar, el color negro de su interior haría estremecer a cualquier mortal, sobre todo porque su cristal de rojo carmesí, hacia recordar la presencia misma de aquella leyenda donde se contaba sobre mi y mi particular forma de poner en orden las cosas del arte y del negocio… pero además sería esta habitación la que permitiría encontrar al músico que tanto anhelaba hallar, debía tener el valor suficiente para ingresar y llegar hasta el final de la habitación donde un reloj de ébano había sido dispuesto, allí ingresaría a mi mundo y nunca volvería a sentir su alma en libertad, sería en ese lugar donde moriría una parte de ese pobre infeliz, para dar paso a la música, donde cobraría vida en sus manos, en su cuerpo, allí su alma tendría un precio que de no estar dispuesto, tampoco regresaría para contarlo.

Aquella noche, dejé una nota que no seria difícil de encontrar para los administradores y que pedí leyeran atentamente a los asistentes, allí anunciaba que cuando el reloj de ébano negro en los camerinos especiales tocara las primeras diez campanadas, en cualquier momento y cuando lo decidiese el espíritu del teatro daría un mensaje muy especial para todos, pero que nadie corriese o de lo contrario las consecuencias serían fatales si alguien huía, si alguien se retiraba del recinto antes del mensaje. Sabía que con esa amenaza, todos estarían dentro ante el temor de lo que pudiese ocurrir.

Así pues, tomé la llave con la que le daría cuerda al reloj y después de unas cuantas vueltas, este dió las primeras diez campanadas, pude escuchar como la música paro de repente, sonreí con malicia pensando que dos horas eran suficientes para disfrutar desde las sombras de su angustia y luego llegadas las doce campanadas, otro sería mi juego.


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El baile de la muerte roja [priv. The Phantom] Empty Re: El baile de la muerte roja [priv. The Phantom]

Mensaje por Sebastián Delacroix el Jue Mayo 28, 2020 1:06 am

Sebastián quedó sorprendido al poner un pie en aquel recinto, jamás se imaginó encontrar semejante elegancia y tremendo arte en cada rincón. Desde los pasillos hasta las escaleras había un lugar para las musas y para los dioses de las artes, todos ellos cubiertos de oro y otros materiales preciosos, mientras los invitados, muchos distinguidos e ilustres personajes del ambiente, críticos, músicos, bailarines, actores, actrices, sopranos, tenores…. todos de edades diversas y con pomposos o extravagantes disfraces, brillaban los colores fuertes, los brillos en los decorados de las telas, mientras que las máscaras eran otra obra de arte, muchas de ellas demasiado elaboradas, pintadas a mano con joyas incrustadas; ver todo aquello de pronto le hizo sentir insignificante, fuera de lugar pues en las manos solo llevaba un antifaz sencillo y un frac negro de mediana calidad con su clásico pañuelo de lino en el cuello, odiaba tanto las corbatas que venían con aquellos ropajes y ni siquiera entendía el porque.

Comenzó a caminar entre los elegantes y extravagantes invitados sin hallar alguien con quien conversar, todos estaban enfrascados en sus propias conversaciones mientras él estaba teniendo un dialogo interno muy profundo. De pronto ya no se sentía solo, a donde quiera que fuera Antiope y Gideon, el hombre que encontró en Notre Dame iban con él en su cabeza, los recordaba, sus palabras y sus consejos estaban allí dando vueltas, haciendo que perdiera el equilibrio sin beber nada aún, volvía otra vez a él la duda, ¿Valía la pena todo el sacrificio? ¿Era la única puerta abierta para volverse el violinista más virtuoso del mundo en tan poco tiempo? ¿Para ser reconocido y aclamado por todos los que estaban allí ignorándole por ser un Don nadie?

—No puedo regresar— pensó, deteniendo su andar cerca de donde la orquesta tocaba, no escuchaba ni un ápice de la música que interpretaban, solo estaba allí pasmado contemplando a los violinistas —Mi camino es la música, puedo sentirlo, no me veo haciendo otra cosa, si regreso no me dejarán continuar, me obligarán y si es el caso, antes prefiero arrancarme la vida… No hay ninguna diferencia, cualquiera de los dos caminos me exige un sacrificio, pero si he de hacerlo, que sea en pos de lo que quiero— suspiró profundamente, dándose el permiso de cerrar los ojos por un momento, momento que no fue tan largo, la temblorosa voz de uno de los administradores hizo callar a la orquesta y a los invitados, había llegado el primer comunicado del anfitrión.

Aquel joven aspirante a violinista escuchó atentamente y aunque quiso negárselo así mismo, estaba enteramente complacido de escuchar que el Ángel de la música se hacia presente de la forma tan misteriosa y plagada de amenazas con la que solían asociarle. Explicaron que poca idea tenían sobre el para que de los camerinos especiales y de su peculiar decoración, algo que Sebastián no pasó por alto, su mirada paso directamente de los rostros angustiados de la muchedumbre a la parte de arriba, veía apenas un atisbo de color rojo carmesí y de azul, consiguiendo alimentar su curiosidad e impaciencia ¿Cuál era ese mensaje tan importante?

Mientras los demás intercambiaban miradas llenas de desconcierto, Sebastian sacó su reloj de bolsillo, faltaba media hora, para que las diez campanadas se escucharan a lo ancho largo del lugar, dibujó entonces una cara de tremenda frustración, ¡Cuanto anhelaba tener el poder para adelantar el tiempo!

Así pasó pues, la media hora más larga para el joven que apenas si hacia caso a los deliciosos manjares del banquete, solo tenía una copa de vino en las manos, arrinconado cerca de las escaleras principales, tratando de concentrarse en la piezas y también en los valsadores sin mucho éxito, pues solo observaba su reloj cada escasos minutos. Finalmente y antes de que pudiera volver a ver la hora, aquel reloj de ébano dio sus primeras diez campanadas, un sonido emanado de los pulmones de metal de aquel artefacto que al joven se le antojo describirlos para si como claro, agudo, profundo y extremadamente musical.

Todo paro, los valsadores, la orquesta, los que en ese momento estaban bebiendo, degustando o charlando con otros, un sepulcral silencio se hizo presente, los más festivos se hicieron pálidos y los más viejos sacan sus pañuelos pasándolos por sus frentes, entonces los músicos se voltearon a ver unos con otros, la mayoría con una sonrisa nerviosa, burlándose de sus propias “creencias tontas”. Sebastián pudo escucharlos prometer que la próxima vez que aquel sonido retumbara por los alrededores, no cederían a esa devastadora emoción que era el pánico, él negó con la cabeza, dibujando apenas una mueca de burla, estaba convencido de que volvería a pasar lo mismo y ahora entendía porque ninguno de ellos era un digno rival para ganar la atención del maestro, mientras ellos y todos los presentes temblaban de miedo, él permanecía sereno, impasible, deseoso de la media noche para el anuncio final, gracias a sus nervios de acero, la ambición del ser el protegido de aquel ángel estaba asegurada.

Pasaron los siguientes sesenta minutos, en el que todo parecía ser como antes de las primeras campanadas o al menos era así como todos se estaban esforzando en aparentar, más luego, aquel misterioso, profundo y melodioso sonido volvió a tomar a todos de sorpresa, sucediendo lo mismo de antes:  el mismo desconcierto, el mismo temblor, el mismo pánico y el mismo silencio de aquellos que habían prometido no sucumbir.

—Interesante tu poder Maestro— musitó Sebastián entre dientes —Esta será una noche más que interesante, mejor de lo que esperaba— sonrió, sintiendo un placer inimaginable, verlos en ese estado compensaba toda la incomodidad que le hicieron pasar, Gideon y Antiope desaparecieron de su mente, la intuición fue despojada de su trono, por los deseos y ambiciones de su ego y de su orgullo.
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Mensaje por The Phantom el Lun Sep 07, 2020 9:34 pm

Alejado y desde las penumbras, observaba el desarrollo de la curiosa escena, sonreí con malicia tan pronto vi en sus rostros la huella de miedo y la ansiedad impresa. De pronto quedé inmerso en mis pensamientos, me pregunté ¿porque demonios todos seguían allí a pesar de que estuviesen amenazados de muerte?, ¿Porque ignoraban las advertencias de su propio instinto?, yo no les había dicho en aquella miserable nota que la vida de muchos se apagaría esa noche, pero lo sabían, sabían cual era mi naturaleza —Son tan patéticos — asentí con rapidez a mi propio comentario, moviéndome discretamente del pilar que cuidaba de esconder mi infernal presencia.

Subí entonces, a uno de los costados del edificio, desde allí la vista lucia más prometedora, seria como observar a unos animales de circo y yo creo que hasta los animales tendrían más sentido común que todos esos ilustres personajes de arte parisino, los animales huirían ante el peligro si lo sintieran. Es que simplemente no los entiendo, la lógica mortal me resulta tan incoherente ¿Porque les importa más el dinero, el prestigio, los manjares y todo tipo de reconocimiento que el baile les podía ofrecer más que su propia vida?

Desde que Amaris se había ido de mi vida algún tiempo atrás, me llevé vidas enteras sin distinción alguna hasta una noche, en que solo el infierno tiene idea de lo que pudo pasar en mi interior y acudir al llamado de un hombre moribundo del que seguí todo el proceso de su juicio y sentencia injusta, creo que yo me sentí más sucio y con tanta sangre en las manos que ni siquiera yo derramé por esa vez que todos los miembros comprados del jurado. A partir de entonces las altas esferas corrompidas por la ambición y el poder fue objeto de mi “sublime” atención, la gran mayoría de las almas enriquecidas de maneras ilícitas eran llevadas por el ángel de la muerte a un punto sin retorno, en cada una de ellas me surgía la misma pregunta ¿Porque dar la vida por algo tan efímero como lo material? ¿Acaso no se daban cuenta que cualquier cosa podrían comprarla de nuevo pero la vida no?, dudas como esa a veces me impedían ser el mismo que había llenado de oscuridad París durante siglos.

Todas las personas que vi desde las alturas eran justamente de ese tipo, yo había anotado sus nombres en un listado que hice entregar al administrador del recinto, él solo hizo girar las invitaciones a quien correspondían, nadie fue invitado por casualidad, todos eran los invitados y elegidos de la muerte, mandé construir el reloj y los cuartos especialmente para ellos, para que con su terror y su sentido ilógico de ver la vida me diera un momento de diversión, de profundo y satisfactorio beneplácito. Para mí no tenía ningún significado sus pomposos y llamativos disfraces, ni el brillo, lo grotesco  o fantasioso que pudieran ser algunos era de mi interés. Había mucho de bello y algo de terrible como el joven que parecía estar concentrado en las mismas observaciones que yo en la orilla del salón con una copa de vino en la mano, una altivez propia de un príncipe que en realidad había nacido en la pobreza ¿Que tan virtuoso se creía aquel que miraba con desprecio a los músicos, a mis músicos? Centré en el mi mirada para escudriñar sus intenciones y develar sus misterios, el buscaba algo, buscaba algo que no estaba en ninguna copa, en ninguna mujer ni en ningún empresario, era el único aparentemente tranquilo y maravillado en mi exquisito don de crear pánico, para él seria reservado una de aquellas siete habitaciones, la más especial.

Vuelve a sonar el reloj de ébano entonces, durante un momento todo enmudece, salvo la voz de aquella maquina que intenta medir algo que el mismo mortal creo para no sentirse aún más perdido de lo que está en realidad ¿Que seria del hombre mortal sin en el tiempo?

Todo enmudece, todo se detiene a mi alrededor y disfruto del placer que últimamente podía encontrar únicamente en el silencio, detrás de la máscara el hombre suspira y el demonio comienza a contar los 60 minutos restantes para que sea él ahora quien goce del festín envuelto en las telas y los perfumes caros.

—Una hora más y el infierno abrirá sus puertas para ustedes mis queridos huéspedes —los asistentes voltearon inmediatamente al techo de donde mi voz sobresalía, tal parecía que hasta el mismo reloj había sucumbido a la profundidad de mi voz, luego el eco de las puertas hizo acto de presencia, todas estaban selladas y no habría escapatoria alguna, no por ahora.

Solo hasta entonces todos empezaron a correr en distintas direcciones, un baile distinto y desorganizado el que se dibujaba después del juego de los buenos modales, ya nadie se acordaba de ellos, todos empujando a todos, unos gritando contra de otros, cobardes dejando a sus damas atónitas mientras ellos buscaban en salvarse el pellejo por su propia cuenta. Una hora de infinito caos solo para mí.

¡Bienvenidos sean todos al baile de la Máscara de la muerte roja!- exclamé sin parar de reírme lo más fuerte que fui capaz, los gritos subieron en intensidad y el joven, el príncipe pobre permanecía reflexivo e impávido —¿Que harás pequeño engreído?-, cuestioné interesado en sus próximos movimientos, el único bailarín que para mí, merecía el beneficio de la duda, el único que parecía tener un estilo diferente para bailar en mi propio Vals del Caos…

—Veamos si te ganas un poco de mi misericordia…


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El baile de la muerte roja [priv. The Phantom] Empty Re: El baile de la muerte roja [priv. The Phantom]

Mensaje por Sebastián Delacroix el Mar Ene 12, 2021 12:59 am

Sebastián como el resto de los invitados dirigió su mirada hacia el techo de aquel lujoso y elegante salón, tal vez era la única voz capaz de arrebatar su atención llena de envidia que le había otorgado a la pequeña y discreta orquesta. A diferencia del resto de asistentes, el joven violinista sonrió discretamente e intentó buscar al dueño de aquel sonido pero sus ojos solo pudieron captar por un breve momento una silueta ataviada de ropajes oscuros y un destello carmín donde debían estar sus ojos.

Los asistentes comenzaron a correr de un lado a otro, comenzaron a gritar y tratar de hacerse escuchar por encima de otros tan pronto se escucharon cerrarse las puertas, en medio de un mar embravecido de elegantes e ilustres personajes del medio, solo Sebastián permanecía en su sitio, como si no sucediese nada, como si su vida no estuviera en peligro, la sonrisa se había ido y en su rostro juvenil solo estaba el esbozo de fastidio, aburrimiento, tranquilidad y una solemne seriedad, estaba allí con su copa en las manos observando todo el movimiento, emitiendo juicios únicamente en su mente, no podía entender por que todo el mundo espero hasta la penúltima llamada para empezar a correr en intento de salvar su vida, que interés podía pesar más que su propio sentido de supervivencia, él tenia una razón de peso, una razón bastante poderosa para quedarse aún a costa de todo lo que podía perder, los demás sólo obedecieron las propias exigencias de su ego.

Solo bastaron los ecos de aquella voz y de aquellas campanadas en el reloj de ébano, sonidos que no habían durado más que un instante para que todo enmudeciera, las ambiciones disfrazadas de ensueños se quedaron inmóviles, olvidadas, casi congeladas por completo en las mentes de sus creadores. Una música distinta comienza a sonar y Sebastián puede escucharla, saborearla y sentirla a flor de piel, los pasos se tuercen acá y allá, más torpes, más enérgicos que nunca y de todos los colores que hay en las misteriosas habitaciones mandadas hacer por el genio, aquella de color carmín amenaza con empapar de su intensidad aquella velada tan banal.

El joven permanece en su sitio, en su copa el licor se ha entibiado por el calor que emanan sus manos, una  pequeña sonrisa temblorosa y nerviosa entreabre sus labios —Si todos logran huir, entonces la atención del Maestro será solo mía —piensa e imagina tan gloriosa escena, luego se diluye cuando un hombre le sacude tomándolo por el hombro, en su rostro hay una mirada malvada, amenazante, tratando de intimidarle para que se quite de su camino, el músico entiende la advertencia, se hace a un lado sin protestar con un ademan de su mano que raya entre lo educado y la burla, no se enoja porque sabe que al final obtendrá su castigo, nadie podrá salir si el misterioso ángel no lo desea, nadie vivirá si el así lo decide, todos estaban en sus manos, en la copa gigante que él sostenía, el gran salón era aquel cristalino recipiente y dentro el corazón de la vida latía febrilmente, casi al mismo ritmo en que lo hacían los puños cerrados de los que golpeaban las puertas suplicando auxilio, un grito de ayuda que nadie escucharía jamás. Viendo que los intentos eran inútiles, los asistentes empezaron a correr en círculos cual remolino sin encontrar una salida y entonces Sebastian se preguntó porque nadie corría a la parte de arriba, las ventanas extrañamente no habían sido selladas y eso no era una causalidad, no en ese juego, aún así juró no decir nada, los demás debían pensar, utilizar el cerebro para algo más que hacer cuentas y ver la manera de robarle al resto de la población para enriquecerse más.

Sacó su reloj de bolsillo, anunciaba que no faltaba más que media hora para que las doce campanadas se escucharan a lo ancho y largo del lugar,  para que todo callará de nuevo, para que todo se detuviera. El joven suspiró hondamente pensando que tendría que soportar por treinta minutos más todo aquel escándalo que empezaba a provocarle dolores de cabeza, decidió dirigir su mirada hacia otro lugar que no fuesen las puertas cerradas y entonces escondidos bajo una mesa y con los oídos tapados unos niños permanecían escondidos se cruzaron a su vista, sus rostros dibujaban miedo mientras sus lagrimas recorrían sus sonrojadas mejillas, parecía que llevaban ya largo tiempo allí desde que los adultos comenzaron a correr de un lado a otro, nadie escuchó sus sollozos porque eran más fuertes los gritos de los ilustres adinerados, ellos se habían ocupado de que fuesen olvidados.

—¿Quién trae niños a una reunión así? — se preguntó Sebastián, mientras su mirada se cruzó con la de una niña pequeña, esos enormes zafiros que le vieron implorando ayuda y protección silenciosa hicieron que por un momento su endurecido corazón volviera a destilar un poco de compasión, ellos no tenían ninguna culpa de que sus padres no salieran a tiempo, sus vidas valían más que todos los de allí adentro, no merecían un final como el que se avecinaba, el joven violinista tuvo compasión y parecía que su buen corazón aún no estaba del todo perdido.

Se acercó para tomar a la niña en brazos y los otros dos niños salieron para aferrarse a su mano libre y sus ropajes comenzó a andar en medio de todo el alboroto y al igual que hicieron con el momentos previos, comenzó a empujar a todo el que se cruzará en su camino, procurando ser el escudo que protegiera a los niños a capa y espada, en vez de unirse al vals desesperado del resto de los invitados subió las escaleras lo más rápido que pudo, se subió en uno de la base de un pedestal cercano a la ventana, al asomarse vió una canasta dispuesta con unas sogas, un mecanismo muy bien fabricado y planificado para llevar a tres pequeñas personas abajo. El ángel, el maestro sabía que las criaturas vendrían, desconocía si el juego era saber si alguien se compadecería de ellos o el mismo ángel los sacará fuera del alcance del baile carmín, el punto era que ambos, tanto Sebastián como el misterioso anfitrión coincidían en que seres como ellos no tenían la culpa de los errores adultos. De uno en uno los cargo, depositándolos  con delicadeza, sólo hubo un pequeño cruce de miradas, un agradecimiento silencioso y luego comenzó a jalar de la cuerda como si fuese una extraña y rudimentaria polea, apenas sintió que la canasta tocó el piso vio a los niños correr hacia la misma dirección entre la penumbra de las calles vacías, el contraste era fácil de notar.

Cuando Sebastián apenas se dió la vuelta para regresar al baile del Caos, llegó el anuncio de la media noche en el reloj y entonces la música venida del espanto y el horror calló, los movimientos torpes de los valsadores se vieron interrumpidos, un silencio sepulcral los envolvió a todos y la incertidumbre venida del último eco de la campana surcó los corazones palpitantes de nerviosismo, todos, menos uno, el corazón de Sebastian latía ansioso por saber lo que seguía, de saber que finalmente estaría frente a su futuro maestro, frente a la última esperanza que le salvaría de un destino que repudiaba, el ángel de la muerte le daría vida.


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Sebastián Delacroix
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