Victorian Vampires
Lo que une el cielo, ni el infierno lo separa... (Asterin Skender) ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Antiope el Jue Jul 30, 2020 11:14 am

Una jornada larga y una suerte regular, aquel día la gitana no logró vender todo los ramilletes y manzanas de su vieja canasta, pero agradecía a los Cielos por las monedas que cayeron en sus manos, eso le permitió comer algo y comprar telas de segunda mano con que hacer una nueva falda, la suya se había rasgado en la mañana mientras recolectaba las flores en el bosque. No estaba enojada, en realidad iba riéndose del incidente, su distracción como siempre no le permitió sentir frente de ella algunas piedras, su vara se atoró y fue a dar boca abajo por una ladera hasta el río.

Su cuerpo le dolía, sobre todo la parte de su estómago y todo el largo de sus piernas, necesitaba llegar cuanto antes a casa y curar las heridas con unas cuantas hierbas de las que su maestro le dió en un viejo saquito hecho por sus manos —Como anhelo tanto que estuvieras aquí —pensó negando con la cabeza, ese cambiante había sido sus ojos durante el tiempo que estuvo vagando perdida lejos de casa, un hombre venido solo el Cosmos sabe como, desde el viejo mundo, desde la Nueva España. Él le había dado esas plantas, sabiendo los accidentes que en ocasiones le ocurrían por estar con los pies en los sueños continuamente, pero es que esos sueños más que nunca aquella mañana tenían una razón de ser.

Durante la madrugada recibió la visita de su abuela a través de un sueño, sabía que estaban en el bosque por los sonidos que estaban alrededor de ellas dos y los suaves aromas venidos de los arboles más antiguos, en aquel relajante lugar las dos estaban sentadas en lo parecía ser un tronco al costado del río, podía oír la corriente ir en calma. El alma de aquella mujer que tanto significó en su vida, le abrazó con fuerza, luego acarició su melena larga y alborotada —Mi pequeña niña, tu momento ha llegado —Antiope no supo que decir, no sabía a que se refería con exactitud, la anciana continuó —Hades te encontrará en el sendero que recorras el día de mañana, comenzará la historia que tanto te había anticipado cuando niña, pero, solo en ti esta la decisión que eso se cumpla o no —suspiró profunda y reflexivamente —Solo recuerda que es un espíritu que quiere ser libre y que ha esperado mucho para encontrarte, te contará su historia y en ti esta el creerla o no… usa la sabiduría de tu corazón —finalmente Antiope sintió un empujón por la espalda, cayendo al agua fría, sintió que se ahogaba con la fuerte presión que sentía en su pecho, finalmente despertó bruscamente dándose cuenta que ya era un poco tarde de lo acostumbrado, se vistió tomó sus canasta y su rama para irse directamente al bosque donde ocurrió el incidente y todo por pensar en el sueño e imaginar que él ya la estaba observando.

Espero durante todo el día, pero nadie misterioso se acercó para tener un encuentro con ella, tal vez fue una jugarreta de su imaginación, sabía que a veces la mente dibuja aquello en lo que estes pensando todo el día o la mayor parte del tiempo —No era una premonición ni un aviso —se dijo, tomando el camino de regreso a casa desde la plaza —Aún no es el momento y yo, no ayudo mucho aferrándome a que suceda— se detuvo por un momento, cerro los ojos, escuchó el bullicio que provenían de algunas calles lejanas a donde ella se encontraba, algunas personas llevaban una conversación animada en medio de chascarrillos y risas —Antiope, suelta y confía —susurró antes de seguir su camino.

En aquella calle solitaria la única compañía que recibía era la de los pequeños insectos nocturnos que cantaban sin cesar, tanto fue la concentración que Antiope tuvo en su canto que no se percató de lo que sucedía alrededor, hasta que el peso en su canasta se aligero lo suficiente para sentirlo, se detuvo de golpe para palpar el interior, solo encontró las telas, el resto de las manzanas habían caído sin saber en que dirección —Bien, me quedé sin cena —comentó resignada, cuando escuchó algunos pasos detrás de ella —¿Que otra cosa más puede salirme mal hoy?— y sin más se echó a correr sin saber en que dirección,  atenta a lo que pasaba a su alrededor, se percató que le seguían el paso, lo que fuera, era más rápido que ella.

Con el corazón desbocado y jadeante, se ocultó en la esquina de una acera, trató de recargarse en algo, tal vez una pared para descansar un poco antes de continuar, los pasos detrás de ella ya no se escuchaban, parecía que los dejó atrás. —Universo, ayúdame— rogó unos instantes antes de que su espalda tocará algo rígido. Era increíble como una pared podía darle paz y seguridad, suspiro con descanso y alivio.
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Mensaje por Asterin Skender el Dom Ago 02, 2020 1:29 am

Empezaba a rendirme, en algún momento sentía que mi búsqueda era infructuosa y que quizás, aquella hermosa doncella de la que había visto retratada en otro lugar, era, en realidad la fantasía de mi viejo amigo; quizás los siglos empezaban a pasar facturas a su mente o por el contrario, su imaginación era más aguda con el pasar de los años.

Debía reconocer que había hecho un gran trabajo, su obra, aunque sencilla me devolvió la esperanza que hace un tiempo se había ido, dando paso a la nostalgia causada por la resignación —Mi bella Perséfone ¿serás acaso el rostro ideal de otros más? —pensé antes de sumergirme en lo profundo de las calles parisinas. A leguas se notaba que los dueños de la noche empezaban hacer acto de aparición aún sin ser vistos, en el colectivo podía sentir la fuerte energía que yace en el miedo, pocos querían arriesgarse, me alegraba saber que a pesar del avance del mundo hacia una nueva oscuridad, en algunos cabía la prudencia.

Decidí visitar la plaza, antes de iniciar cualquier cacería nocturna propia de mi estirpe, una gran curiosidad sacudía mi espíritu y mi mente pedía un descanso después de sumergirse continuamente en un océano de recuerdos agridulces, normalmente nunca estaba atento a lo que me rodeaba, a cada gran edificación que había remplazado mucho del mundo que solía conocer, mi líder, por medio de la correspondencia me había aconsejado hacia un tiempo, que tomará una caminata sin perseguir algún objetivo en particular, “solo disfruta de la belleza” me dijo con singular caligrafía antigua. Aquel eterno, será más joven que cualquiera de los que formamos parte en el grupo, pero es más sabio que muchos que han vagado siglos por la tierra, un alma vieja, entrenada por otra igual y moldeada por los difíciles embates de la vida.

Siguiendo su consejo, allí me encontré, en medio de tanta gente que regresaba a su casa después de un largo día de trabajo, los comercios cerraban sus puertas y los artistas callejeros se despedían entre joviales abrazos, prometiendo regresar mañana. Aquel grupo se acercó hasta una banca, donde alguien también se alistaba para irse, no pude ver nada más que una falda rasgada y sucia, no sabía porque de todo el movimiento, ese par de jóvenes llamó mi atención, simplemente no tenían nada extraordinario y sin embargo seguí observando, trataban de darle un poco de aliento, parecía que hoy no era el día de suerte para esa pobre criatura, criatura que bien parecía ser querida por todos.

Un niño se acercó tímidamente distrayéndome de aquella peculiar escena, ofreciéndome uno de los últimos diarios que le quedaban, para mi no eran tan necesario algo como eso, poco interés tenía en el mundo actual, pero el papel podía servirme como un perfecto escondite para continuar contemplando mi especifico grupo de personas, después de mi adquisición seguí en una tarea, que nadie, excepto mi instinto, me pidió que hiciera. Entonces los caballeros se fueron de allí dejando a la dama sola y el corazón que hasta  el momento se encontraba abrumado y frío como un témpano de hielo, volvió a latir con fiereza, en medio de todo ese París miedoso y rutinario, encontré a mi pequeña, a la única dueña de mi persona.

Era esa chiquilla inocente, jovial y eternamente bella, sus ojos resplandecían como en nuestro primer encuentro hace muchos días atrás, cuando yo era el soldado de un feudo y ella una mujer campesina, lo único que hacia la diferencia en esta ocasión es, que nuestras miradas no pudieron encontrarse, pero nuestras almas lo hicieron —Cumpliste tu promesa — susurré como si solo ella pudiese escucharme, en el fondo quería creer que así era.

Ella se fue y yo la seguí como un perro fiel unas aceras más atrás de ella, seguía teniendo esa actitud de niña traviesa, de una soñadora incansable, la misma característica por la que terminé prendado, su fortuna con los incidentes y esa sonrisa que siempre lanzaba al aire, le hacían lucir como la creación más bella. Sus sueños le llevaron distraídamente por la acera, sin percatarse que de su vieja canasta varios frutos se fueron cayendo, rodando por diversas direcciones, de todos, solo pude recoger tres manzanas, esa seria la excusa perfecta para acercarme, si nada dictaba lo contrario, sin embargo, no fui el único en percatarse que el alimento había caído, un perro callejero creyó encontrar un exquisito manjar de forma gratuita, le siguió tan solo unos pasos antes de que ella saliera corriendo, los animales, son animales, responden a sus instintos y aunque mi pequeña niña tenía una intención completamente diferente, olfateó su miedo y comenzó a perseguirle, los planes habían cambiado entonces, la circunstancia de nuestro reencuentro sería muy distinta a la que por un momento ideé en mi mente.

Tomé un atajo tratando de llegar antes que ella, privada de la vista tenía una desventaja muy grande, ella dobló una esquina en la que yo apenas había llegado, sin esperarlo se dió el primer contacto físico entre los dos, buscó recargarse, creyendo se trataba de un muro, mi cuerpo se tensó en respuesta y mi interior era, un inmenso caudal de emociones que creí vivas en mis escritos pero muertas en mi corazón.

—No se mueva mademoiselle — susurré a su oido, guardándome todo aquello que ansiaba por decirle —Un perro está frente de usted y no trae las mejores intenciones, yo lo arreglaré —con delicadeza puse mi mano en su hombro, poniéndola a salvo detrás de mí. El gran perro blanco mostraba sus fauces, dispuesto a atacar —Nadie te hará daño —dije a la bestia con calma y tiento, bajo las orejas inmediatamente y solo entonces me puse a su altura —¿Tienes hambre cierto? —mi mano acercó a escasos centímetros de él una de las manzanas que había recuperado —No sé si lo comas pero es lo único que puedo ofrecerte —olfateó el fruto por un momento y aunque no fue de su agrado, abandonó sus intenciones, echándose frente a mi.

—El peligro ha pasado — anuncié poniéndome de pie, mi bella Perséfone continuaba allí, me giré para verle todo mi mundo interno volvió a tambalearse ante su presencia, pero no dije nada, no era el momento, primero tenía que asegurarme, que ella estaba bien —Mademoiselle, ¿se hizo usted daño? ¿Puedo hacer algo para ayudarle?
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Mensaje por Antiope el Mar Oct 13, 2020 12:04 am

Antiope sintió un rubor creciente en sus mejillas cuando lo que ella suponía era un muro en realidad se trataba de un hombre, su mente se quedó en blanco y sus labios fueron incapaces de dejar salir algún sonido coherente, solo se quedó allí en una sola pieza. Más allá de la extraña reacción del perro, estaba contrariada ante la actitud protectora del extraño, pero en el fondo agradecía su intervención pues aunque ella solía llevarse bien hasta con el más pequeño de los insectos, los perros le daban algo de pavor, cuando era niña uno de ellos le mordió cuando ella solo intentaba acariciarlo.

Acató el consejo y se quedó detrás de él sin hacer el más mínimo ruido, definitivamente ese día había resultado ser uno de los más raros que haya podido experimentar desde su arribo a París, habían sido demasiados incidentes en un solo día y solo el Universo sabía la causa, en su mente curiosa un ferviente deseo por conocer los planes de la vida surgía de manera intermitente, cerró sus ojos e intento mantener la calma y ordenarse internamente, necesitaba más que nunca estar en el presente.

Aunque el peligro parecía haber pasado de un momento a otro, ella intuía que su pequeño perseguidor continuaba allí con ellos, pasó en seco, con el miedo aún en cada centímetro de su cuerpo, sentía las piernas temblorosas, su corazón latía más rápido de lo normal y respiraba con algo de dificultad, respiró profundamente llevando su mano al pecho —Yo… —y fue todo lo que atinó a decir en el primer momento —Yo… le, le agradezco mucho Monseuir su intervención —dijo con nerviosismo, sintiéndolo frente suyo, la presencia de aquel hombre era fuerte, un tinte, una huella que solo distinguía en las almas viejas —No estoy ante cualquiera — pensó, ella tenía conocimiento de las criaturas que acechaban por las noches en todo París y normalmente actuaría con toda naturalidad y apertura, pero habían pasado tantas cosas extrañas que le hacían dudar esta vez ¿Y si el hombre no venía con las mejores intenciones, si ahuyento al perro solo para mantener a salvo su cena?. Sus ojos se abrieron con inmediatez y sorpresa, lo mejor era agradecer y retirarse, es lo único sensato que atinaba hacer por el momento.

—Yo, yo… le agradezco mucho su intervención monseuir —volvió a decir pero esta vez con mayor apremió, dibujo una reverencia apresurada —Yo… usted me disculpara, pero es tarde y debo irme —asintió mientras sus manos comenzaban a ponerse frías a causa del miedo, poco le importó si tenía o no su varita para guiarse, si era preciso iría sintiendo las paredes y los arboles hasta llegar al área de gitanos sana y salva. Sin dar oportunidad a algo más dió media vuelta y comenzó a caminar torpemente en dirección opuesta al extraño, lo más rápido que sus pies le permitían —¡Hasta luego Monseuir! — exclamó sin recibir respuesta, tal vez la criatura se había arrepentido, sonrío con serenidad y continuó su camino.

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Mensaje por Asterin Skender el Mar Oct 13, 2020 12:57 am

El dulce sonido de su voz fue música para mis oídos después de infinitos siglos de ausencia, esa era la sutil melodía que solía despertarme cada mañana cuando los feudos estuvieron en paz algunos años, fue inevitable para mi remontarme a aquellas épocas de inmensa felicidad, una sonrisa aunque discreta estaba dibujada en mi rostro, por el momento no importaba si sus ojos estaban abiertos o no, yo sabía que estaba imposibilitada para verme, pero, su mirada era y siempre será la que de fuerza a todo mi ser sediento de su compañía.

Sabía perfectamente que esos gestos no los recibiría con inmediatez, ella me desconocía por completo y no era ajeno a cada gesto que en su rostro quedaba impreso, ella estaba asustada, nerviosa y contrariada, no la culpaba en realidad, desde que la vi en la plaza, rodeada de gente intentando animarla supuse que tal vez no había sido su mejor día de suerte, me hubiese gustado estar desde el momento en que comenzó su día para intentar protegerla de todo peligro, para poder, si era posible, comprar toda su mercancía con tal de que llevase a su hogar comida y bebida, con el único objetivo de verle feliz, pero ahora como en aquel tiempo yo era oscuridad y ella era la luz, la única diferencia radicaba en que esta vez resultaba el modo literal de la palabra.

No estaba extrañado pero si sorprendido por la actitud que tomó de pronto, el hombre que le había retratado, me hablaba de ella como un ser amable y abierto, tal vez e ingenuamente confiando en aquella descripción, el que se fuera tratando de huir resultaba ser fuera de toda contemplación que alguna vez imaginé mientras soñaba despierto con este reencuentro.

Había resuelto que al encontrarme de nuevo con ella, si acaso el infierno, Dios o lo que fuera me favorecía no forzaría las cosas, no le haría sentir obligada, trabajaba mentalmente también ante la idea de que quizás mi Perséfone había cumplido su promesa de volver más no de amarme de nuevo, aunque me dolía era una probabilidad bastante realista, además ¿quién era yo para asegurar que las almas podían retornar en el mismo cuerpo pero en distinto tiempo?

Debatiéndome entre dejarla ir o alcanzarle le vi marchándose con demasiada dificultad, sin la rama como guía su andar se veía más limitado —Al menos déjame ayudarte una última vez, saber al menos cual es tu nombre y llevarlo conmigo grabado en la mente —pensé viendo por encima de las gafas. Por inercia comencé a dar pasos detrás de ella, con el perro siguiéndome también. Ella volvía a acelerar el paso inspirada por el miedo, me recordaba a un pequeña cría de venado, nerviosa e indefensa tratando de huir de los hierros del cazador.

—No tiene usted nada que temer mademoiselle — aseguré caminando a escasos pasos suyos —Yo no tengo ninguna sola intención de hacerle daño, soy nuevo por estos parajes y desconozco su ciudad, creí que una vez concluida el inesperado incidente con el animal, podría indicarme el camino hacia algún recinto de arte por aquí —traté de justificar mi cercanía siendo plenamente consciente que mentía, lo único cierto es que era relativamente nuevo en la ciudad, pero ante su búsqueda ya había recorrido casi todo París en unas cuantas noches, tal vez y después de muchos siglos estaba al borde del desespero —Si le he ofendido de alguna manera, mis más sinceras disculpas, no ha sido esa mi finalidad — detuve mis pasos, era inútil todo cuanto dijera a mi defensa, su pánico no le permitía escuchar con claridad. Con resignación desvié la mirada como única demostración de mi resignación, no sabía si el momento era inapropiado o realmente ella ya no era quién esperé, volví a pensar lo que en un principio cruzó por mi cabeza al principio de mi tiempo como un inmortal más: El regreso de las almas son solo cuentos baratos que venden ilusiones falsas, lo que el infierno separa, ni el cielo lo une de nuevo.
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