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El destello inesperado del destino; lobo y humana |Privado| - Página 3 ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Miér Oct 28, 2020 4:04 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Desde muy temprana salió de su mansión. Tenía que ir a visitar a su fiel amigo Zhark, deseaba saber cómo le fue en el banco y si no tuvo ningún contratiempo. Era necesario estabilizar el hipódromo que al parecer para los aristócratas era el mejor lugar para citarse y hacer negocios, aparte, las apuestas eran buenas. Los ingresos desde que él ha estado administrándolo han sido elevados. Desde estar a punto de la bancarrota y ahora tener el control, fue un gran alivio. Pero la inversión era más, requería de tiempo, tal vez un año o dos estaría completamente finalizado el proyecto que tenía en mente. Era la excusa perfecta para no regresar a sus tierras. Él y su hermana estaban hincados en Paris. Por varias razones. Baltazar por no ser atosigado por el cargo que él nunca pidió. Aparte, el recuerdo de esa mujer lo tenía latente, desde que se fue de sus tierras frías no ha tenido el rencuentro, tampoco iría a España, era mejor de esa forma. Ella puso un ultimato, el no rogaría, de hecho, no le ruega a ninguna mujer. Ni a su madre.

La conversación fue tardada, explicándole lujo de detalle, así era su mejor soldado; aparte tomaron un par de copas porque lo miraba distraído, el aspecto que tenía no era el de siempre, tuvo que indagar en el asunto hasta que dio en el clavo; por una mujer. Vaya, nunca pensó que eso pasaría al hombre tan recto, tan firmen y tan serio que era el lobo menor. Baltazar era un tema complicado, si esposa murió, antes de eso le fue infiel con una humana que podría darle todo lo que ella quisiera, pero no se dio, era lo mejor, lo pensaba de una expectativa diferente. Aun recordándola y anhelándola. Que ni su nombre podría pronunciar porque iría en busca de su calor. La otra, sinvergüenza que lo sedujo hasta el punto de caer en su telaraña pero que logró escapar. Ahora está aquí tan amargo como el mismo gano de café. No lograría darle un consejo, porque estaba igual o peor. Las mujeres en su vida parecían escaparse de sus manos ¿Qué tenía el Zar de todas las Rusas? Tal vez el enemigo lo embrujo para no poder realizarse como un verdadero Zar. Porque era necesario volver a casarse y finalmente darle el heredero que tanto quiere las tierras. Si eso no llegara a pasar, puede que su hermana tome el trono después de terminar su reinado, cada hombre o cada mujer que puesto en la corona real, tiene un lapso de reinado. Por vejez o porque falleció. Puede que sea lo mejor. Desde ahora si era necesario. Luego lo pensara. Mientras debe de animarlo, de decirle algo que levante esos ánimos, de verdad para sus verdaderas amistades detesta sentirse impotente.

La conversación se extendió más de lo que espero. Ambos rusos estrecharon la mano antes de partir y cada quien retomar sus caminos correspondientes. Zhark parecía desesperado por estar tantas horas alejado de Galya. La condesa, que algunas veces la ha visto. Belleza de mujer, no lo negaría. El encanto de la mujer humana quedo prendido en su más fiel guardia. Al no tener planes de irse aun a su hogar, sabiendo perfectamente su hermana no estaría, retomo el camino hacia las afueras de Paris. Tal vez estar en el campo recupere la vitalidad que ha sido robada. Subió sus mangas hasta sus codos, desabrochándose los primero dos botones, quitándose ese apretado moño, y tirándolo junto con su sombrero y gabardina, tal vez alguien más le resulte favorable. Para él no. El calzado de igual forma. Al sentir el césped y la tierra húmeda, ya que anoche llovió. Era placentero para el Zar, era estar en sus tierras. Hincha su pecho al llenarse del aire de la naturaleza. Si, maravilloso. El bosque era el mejor aliado para Baltazar. Camino, sin rumbo fijo. No tenía necesidad de apresurar las cosas, nadie estaba esperando por él. Era mejor así. En estos momentos parecía un crio soltando de rama en rama. La habilidad lupina era lo mejor y lo peor que le ha pasado.


Última edición por Baltazar Z. Morózov el Vie Dic 25, 2020 12:22 pm, editado 1 vez


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Mar Ene 12, 2021 10:16 pm

¿Ahora qué sigue? ¿Tendrá que pararse para irse? ¿Quedarse para reforzar algo que está roto? Porque sabe perfectamente que la confianza que algún momento pudo ser, se ha estropeado no por culpa de ella, sino, de él mismo. Por ser un impulsivo, no pensar antes de mover sus fichas. No la complacía del todo, era para que ella tomara una decisión en quedarse o irse. Apaciguando el fuego que el mismo provoco por las acciones erróneas. –Es difícil cambiar algo que por mucho tiempo he forjado. Como le dije, estaba en un momento de estupor, que la arrastre con mis problemas, al saber que deseaba huir de mí, me siento responsable de su estabilidad, de su salud, y que se recupere al cien por ciento. No prometeré que seré el perfecto hombre mientras esté como huésped. Le seré sincero, pero usted tampoco es una dama en apuros, frágil como una rosa. Eso me ha demostrado, cuando desafío a los lobos, sin importar que la lastimara. No crea que estuve al pendiente, es diferente… -Al decir aquellas palabras, sus dedos tocaron la parte trasera del porta retrato. Recordando algunas la primera vez que vio a Ingrid. Su difunta esposa.

Detestaba no tener el control, que sus órdenes no tendría ningún efecto en Ivette, su ceño medio no pudo ocultarlo por mucho tiempo, suspirando, tragando duramente saliva para seguir controlando esos impulsos salvajes que gritaban, y aporreaban los barrotes de la celda en donde estaban enjaulados. En un reflejo volvió a ver la ventana, viendo como el sol comenzaba a desaparecer por las montañas. Debería de empezar a prender las velas, una o dos horas más estarían en la oscuridad, sus planes no eran eso, aun el miedo se podría oler en el ambiente, la desconfianza. Mientras ella seguía con su conversación, él se levantó para poder hacer el trabajo. Y de ese modo dándole el fuego a las velas. –Con respecto a las curaciones, usted misma se lo dirá. La doncella que le atienda. Mientras permanezca en mi casa, usted podría ordenarle lo que guste, hasta el día de su parte, ella estará a su servicio, maneje esto adecuadamente y como se le sea más fácil. La mujer que ha estado atendiendo desde que la traje a casa pertenece al servicio de mi hermana, pero le pedí que me prestará una. Como no tengo para mí nadie a mi servicio. –Recorrió por completo su habitación, sin dejar ninguna cerilla sin fuego.

Al estar cercas de donde ella estaba sentada, se paró enfrente, para luego ponerse a la altura de ella. Sin invadir por ningún momento su espacio, esa línea. No aún. –He estado durmiendo en uno de los cuartos, de hecho el lecho es lo menos importante para mí. No estoy acostumbrado a dormir por mucho tiempo, ni mucho menos a estar en casa. Mi hermana y yo somos como dos fantasmas aquí. –Era verdad, la princesa siempre salía, haciendo que tuviera canas más pronto Baltazar. El saliendo tras ella, y a muy altas de la noche regresaba o regresaban solo para dormir y seguir con la misma rutina. –Ordenare que prepare una de las habitaciones. En la planta alta solo se está usando dos. La de la princesa, y la mía. Abajo algunos empleados, la mayoría hace tiempo mande hacer chozas para ellos y su familia. –Palmo sus propias rodillas para incorporándose. –Descanse, mi lady. –Le hace una reverencia, mirándole fijamente. –Esta noche dormirá aquí, necesitamos limpiar y acomodar las cosas aunque sea por un día, dos o una semana. El polvo es difícil de quitar. –Antes de salir, regresa al escritorio, acomodando el retrato. –Ella es mi esposa. –No sabe porque lo dice, y le toca la frente, sintiendo el frio. –Se lo digo porque me pareció ver un deje de curiosidad. –Volteo de reojo para verle. –Hace meses la encontraron muerta en el bosque, fue asesinada, sin que yo pueda hacer nada. Como un Zar no logro salvar a la mujer que ayudaría con sus planes. Tampoco es que necesite una mujer a mi lado. Pero ella era diferente. –Su mano se deslizo por su propia mejilla notando que su barba creció, era tiempo de afeitarse un poco.

Tal vez por eso me empeñe en salvarla, porque no quisiera otra muerte más en mi conciencia. Usted iba a vivir, la defendería arriesgaría mi vida por salvar alguien. Los lobos son animales salvajes, que no miden las consecuencias de sus actos, que van directamente atacar, el pedazo de carne más exquisito, y el olor. Ese olor que desprende el ser humano, ínsita a la bestia a salir, comer, devorar, matar. Justo como lo vivo en carne, en vivo y en color. –Hizo puño su mano golpeando levemente la madera. El mismo se estaba enredando, quería decir tantas cosas pero a la vez callaba cada vez que abría la boca, parecía como un pez fuera del agua. –Ivette. –Finalmente el nombre de la mujer se escapó de los labios del Zar, ya no era mujer, ni humana. Sin más dio un par de zancadas para salir de la habitación, el aroma que desprendía la mujer era sofocador para las fosas nasales del lobo. La luna llena estaba casi tocándole la ventana. En tres días su martirio regresaría. Era cuando sus sentidos se desarrollaban más. Ahora comprende porque de sus actos, de sus enojos repentinos, de porque explotaba. Maldita metamorfosis.


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Mensaje por Ivette Lachenal el Miér Ene 13, 2021 2:03 pm

Ivette escuchaba sus palabras con atención sin apartar la vista del zar, aunque no pudo evitar el bajarla al escucharle decir, muy a su manera, que había sido valiente en el bosque. Pocas veces escuchaba que la alagaran por algo así, normalmente su actitud y su forma de ser eran llevadas a juicio y siempre salía mal parada. La gente no veía bien que una mujer soltera hubiera llegado a donde ella se posicionaba. Ivette era perfectamente consciente de ello, le había costado mucho llegar a tener esa posición y por nada del mundo recularía en pos de agradar a la sociedad. Ella era como era, si no la aceptaban no era problema suyo, no cambiaría por ellos.

Estaba atenta a sus pasos a pesar de seguir hablando, alerta ante cualquier movimiento en falso. Sin embargo, no fue necesaria tanta preocupación, ya que no le hizo nada, se limitó a encender velas. Eso la hizo percatarse de que debía ser tarde, razón por la que cada vez se sentía más y más cansada. Le agradaba saber que la misma chica que la había estado cuidando ese día sería la encargada de estar con ella, le caía muy bien y era buena persona. Se limitó a asentir, sin decir nada, mientras observaba sus movimientos. Ciertamente tenía el porte de un caballero de alta cuna, pero a la vez y por una extraña razón, la mujer tenía la sensación de que en realidad estaba muy cansado.

No dejó de mirarle directamente a los ojos desde que se colocó delante de ella, sin moverse un ápice mientras hablaba, a pesar de que el corazón le dio un brinco. No sabía si por restos del miedo que había sufrido o por curiosidad, sus sentidos estaban tan alerta que podría perfectamente haber sido por eso. De alguna forma aún esperaba que hiciera algo indecoroso hacia ella o dejara atrás lo que le estaba pareciendo un poco una fachada, pero no lo hizo. Se mantuvo cuerdo. Seguía sin fiarse del todo de él, pero al menos relajó la postura un poco al ver que se levantaba y que tenía la intención de marcharse. Para no ser descortés, ante su reverencia ella hizo lo propio con la cabeza. Era la primera vez que de verdad le veía realizar un gesto tan educado hacia ella y le parecía un poco extraño.

Respiró hondo cuando se alejó para volver al escritorio y por unos momentos no le miró, dejó la vista perdida asimilando un poco las cosas. Poco tiempo tuvo para ello antes de que volviera a hablar, refiriéndose a la mujer del retrato. Ivette alzó la vista para mirarle después de aquella confesión. Ahora entendía muchas cosas, ciertas formas de su comportamiento, el afán por protegerla. Todo cobraba sentido, aunque no le eximía de las cosas que había hecho mal, sí que era capaz de comprender mejor. Aunque se sintió avergonzada de que hubiese notado su curiosidad, algo que hizo que se ruborizara ligeramente. Había sido bastante indiscreta, ese tipo de temas son delicados después de todo.

La muerte de su esposa seguía causándole curiosidad, sobre todo si había sido algo reciente, pero no preguntaría. No ahora al menos. Era un tema muy peliagudo y debía dejarlo para otro momento, no tentar más a la suerte. Pero no pudo pasar por alto el ultimo comentario que hizo, al igual que el que por fin pronunciara su nombre de forma bastante más tranquila. Por alguna extraña razón, ella lo sintió como una caricia en los oídos y se revolvió un poco incómoda. Le miró ir hacia la puerta y no pudo aguantar.

-Baltazar -intentó decirlo en el mismo tono que había usado él para pronunciar su nombre, simplemente porque le salió así. Calló unos segundos antes de proseguir-. ¿Podríamos seguir conversando en otro momento? Me ha confesado cosas importantes. Creo que es justo que yo haga lo mismo. Si no es molestia para usted, claro.

No quería entrar en detalles y tampoco decir nada más, pero le había gustado poder hablar con él de forma civilizada, sin tener que estar tirándose platos a la cabeza. Había visto una faceta del zar que le gustaba y bien era cierto que quería saber más sobre algunos temas, y para eso debía dar algo a cambio. Estaba dispuesta a contarle cosas de igual importancia sobre su vida siempre que él le dejase preguntar. Además, había vuelto a usar las formas de cortesía al notar que él también lo hacía. Era su manera de decir que deponía las armas por ahora.

Esperó a que saliera de la habitación para llamar a la muchacha que debía hacerle las curas y comenzar con la clase práctica. Gracias a esa plática se enteró de que se llamaba Lisbeth, que llevaba poco tiempo allí, pero que le había cogido mucho cariño al zar y a su hermana. Su hermana. Otro punto que quería abordar. Parecía ser una joven de armas tomar y eso le gustaba, le causaba cierta gracia.

Después de hablar por un rato y agradecerle a la chica todo lo que estaba haciendo por ella, se metió en la cama para repasar mentalmente lo que había ocurrido y dormir. Estaba terriblemente cansada, necesitaba reposar, asimilar cosas en su cabeza y que su cuerpo no se sintiera tan pesado.

Y vaya si lo hizo; para cuando despertó, era casi medio día. Había dormido mucho más de lo que esperaba, pero se sentía mejor, un poco más feliz al saber que podía irse de allí cuando quisiera. Con esa sensación estuvo los dos días siguientes. Los criados se estaban acostumbrado a verla por allí y no parecían tener problemas en ayudarla cuando lo necesitaba. Poco a poco las heridas iban sanando, pero la movilidad para ciertas cosas aún era costosa dado que los puntos tenían que aguantar, así que procuró no hacer esfuerzos innecesarios. La parte mala es que se exasperaba.

Con Baltazar todo había ido bien. Es cierto que no habían vuelto aún a hablar por tanto rato, pero las veces que se habían encontrado habían conseguido ser corteses el uno con el otro, sin alzar las voces. Incluso en un par de momentos en los que ella estaba bastante entretenida con Lisbeth, la cual había conseguido sacarle más de alguna risa, Ivette había sonreído al zar cuando se encontraban y se saludaban. Se sentía cada vez mejor y eso era bueno, sentía que podía volver a ser ella. No era una mujer malhumorada todo el tiempo, todo aquello había sido por las repentinas salidas de contexto de aquel hombre. Por regla general solía ser muy tranquila, ayudaba a todo el mundo sin importar qué necesitaban y procuraba sacarles una sonrisa. Era una buena chica, a menos que la enfadases o la coartases de alguna forma, a ella o a cualquier persona. Si veía una falta de libertad de cualquier tipo, se encaraba. Era su naturaleza al fin y al cabo.

Tres días después de aquella charla en la habitación, Ivette decidió que tenía ganas de hacer algo nuevo. Había pasado los dos días anteriores dando vueltas por la mansión con su nueva dama de compañía, viendo las diferentes estancias, los jardines, estando con Lorraine, incluso en la cocina con Simonetta. Le caía bien la mujer cuando no parecía que quería echarla de allí de una patada, además era una excelente cocinera. Todos allí tenían una historia y a la muchacha le encantaba escuchar. Pero en esos momentos le apetecía volver a su trabajo de alguna forma.

Cuando Lisbeth le enseñó la biblioteca no dudó en buscar, puede que tuvieran una sección de filosofía que le sirviera. Y efectivamente, la tenían: en la parte alta. Ivette echó un vistazo a su alrededor y localizó unas escaleras. No llegaban hasta los estantes superiores, solo tenían un par de escalones, pero esperaba que con su estatura llegara hasta arriba sin problemas: craso error.

-Señorita, no debe hacer eso, se hará daño de nuevo. Espere un segundo que voy a buscar a Vladimir, él seguro que alcanza.

-No hace falta, no quiero molestarle, seguro que tiene…

No le dio tiempo a terminar ya que la chica se había ido en busca del otro criado. La mujer negó con la cabeza, suspirando, pero sonriendo. Le recordaba de alguna forma a la mujer que la cuidaba en casa de su tía. Y, como entonces, ella seguía igual de terca. Subió hasta el último escalón y se puso de puntillas, estiró el brazo, inconsciente de que seguía herida. Al hacerlo de forma rápida y natural sintió un gran pinchazo que la hizo desequilibrarse y caer con el libro en la mano. Cerró los ojos con fuerza y se aferró al libro esperando el golpe. No aprendía, eso estaba claro. No era la primera vez que le pasaba algo así y estaba segura de que no sería la última.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Miér Ene 13, 2021 10:53 pm

La estrategia del cazador está resultando de una manera favorable. Tampoco es que le estuviera mintiendo, es pésimo para hacerlo. Se notaría, sus gestos lo delatarían. Solo desea retenerla por más tiempo, y si es necesario revelarle algunas cosas para que ella estuviera más calmadas en sus tierras, entonces lo hará. Puede ver a simple viste que es una mujer diferente al resto. Evidentemente. Baltazar no estuviera tan al pendiente, hay algo que lo atrae hacia ella. Desde la primera vez que la vio. Tal vez su salvajismo y sobre todo que obedece lo que impone el Zar. Tal vez la rebeldía. Tampoco olvidara que ha pisoteado su ego. Al salir de los aposentos de la mujer suelta el aire, recargándose en la puerta, alzando su mirada y observando el techo. Bien, ha hecho las cosas como corresponde, de una forma u otra ha pedido una disculpa, sin que fuera pronunciada directamente. Su nariz se movió levemente al captar otro aroma, otro dolor de cabeza. Era tarde para que apenas estuviera la princesa en su casa ¿Qué tanto hace afuera? Tendrá que acorralarla para que digiera. Esta hermana salió igual que él. No debió consentirla tanto, le ha soltado demasiada las riendas, y eso no es posible, no mientras el aún será su tutor, sabe perfectamente que un gesto delicado de su parte, un abrazo y un beso en la mejilla le dará permiso para hacer lo que quiere. La menor de las hijas hace lo que quiere, Baltazar es igual o peor.

Camino rápidamente antes de que se escapara. Es escurrida la niña. Sabe perfectamente su hermana que le molesta que no se le informe cuando sale, a donde ira. Y más que no lo invite. Ella es divertida, y sabe a dónde ir. Piensa que desea estar a solas desde que se enteró de su matrimonio arreglado, culpa de padre. Ese señor que hace a su antojo lo que quiere con su sangre. Sus hermanas mayores todas fueron matrimonios arreglados, con personas importantes, con un linaje que pudiera dar frutos. Cuando Baltazar deseo a Ingrid ahí no tuvo elección su señor padre, claro, era hija del Duque de Rusia, aparte esa su ahijada, de hecho se alegró. Siente un poco de pena sobre la menor de los Morózov. En la decisión de padre no puede hacer algo él. Después de todos solamente es el hermano. Si algún día tuviera una hija, no le diría que hacer. Ella sería libre. Aparte, si llegara a pasar, sería la próxima Zarina ¿Qué está pasando con él? Ahora imaginándose con hijos. Esto es intolerable. No. Sacudió la cabeza, revolviendo su cabello, con las uñas rascando la piel del cráneo. Frustrado.

El tiempo se iba como agua. Tres días después, aun Ivette seguía en su casa, pensaba que se iba cuando saliera el sol, pero no. Después de regañar a su hermana, pidió que se ordenara uno de los cuartos de invitado. Su hermana no era una imprudente, no pregunto del porque una mujer estaban aquí. Aunque Baltazar le dio un pequeño resumen de la situación. Del porque estaría merodeando la casona. Cenaron ambos hermanos, viendo como subía una charola de comida hacia su cuarto. Esperando que no fuera interrumpida en su descanso, debe de agarrar fuerzas. En silencio probaron sus alimentos, ahora si era raro verse a sus majestades en el gran comedor. Extraño para hasta el mismo. Sin decirlo, le agradaba pasar rato con su hermana con o sin conversación de por medio. Mientras tanto él descansaba en el despacho, aunque nada más reposaba en el sillón que tenía. Raramente dormía, sus instintos estaba demasiado alertas para conciliar el sueño, cualquier movimiento lo alertaba. Comenzó a volver a salir, también no estará encerrado en casa, aparte necesitaba hacer más cosas. Cosas importantes, más ahora que ha comprado el hipódromo y sigue en la búsqueda del gerente. Que no ha tenido existo, en estos tres días dos personas más ha venido, con esta son dos hombres y una mujer que deseaban el puesto. Faltaba dos para dar su veredicto. En ese tiempo cuando se encontraba a Ivette, la saludaba con un gesto, no volvió acercarse después de lo ocurrido, el miedo que sentía parecía desaparecer, eso le agrado.

Ese día al llegar con un par de papales en mano, la llevo directamente hacia su exutorio más tarde lo revisaría con ayuda de Zhark. Que lo mando llamar. Pregunto primeramente por su hermana, informándole que volvió a salir. Caso perdido. En poco, pregunto por Ivette. Diciéndole que hace poco la vio ir biblioteca, vagamente recordó que era profesora, puede que estuviera inquieta por regresar a su trabajo y por ello le apetecía leer. Doblando las mangas de su camisa hasta la altura de sus codos, y desabrochando su chaleco se encamino para encontrar a Ivette, deseaba preguntarle cómo estaban sus heridas. No le preguntaba a la doncella aun teniendo el interés de saber. Vio como salía la dama de compañía de la humana, perfecto, sin tercero de por medio. -¿Puedo pas…? -No logro concluir su pregunta porque al estar en el marco de la puerta vio como flaqueaba los pies ajenos, no lo pensó dos veces, y de un rápido movimiento llego hacia ella, recibiéndola en sus brazos, el ceño fruncido de Baltazar estaba perfectamente marcado, listo para gritarle, regañarle, pero se contuvo, debe de hacerlo.

La llevo a la silla que estaba cercas de un pequeño escritorio, de una pieza. Solo para lo necesario. Hizo se sentara. Para alejarse en breve. Viendo sus tobillos, y tomando uno, viendo que no estuviera dislocado. Con puntos y una pierna roto no le fervorizaba a la mujer si quisiera irse pronto. –Mire. –Su ceño aún estaba fruncido. Moviendo en círculos el pie, despacio si por una razón hay dolor atenderlo inmediatamente. –Tenga cuidado. Es peligroso, se pudo romper algo. –Alzo su mirada para verle. –Que era lo que desea tomar, hubiera pedido ayuda, porque su dama de compañía la dejo a solas ¿Tendré que amonestarla? Por dejarla sola. –Soltó el tobillo, inconscientemente coloco sus manos en las rodillas ajenas, y fijando sus ojos en el rostro de la mujer. –Pero me alegro que haya llegado a tiempo para evitar una tragedia ¿Se encuentra bien? –Claro que estaba preocupado. No es un hombre insensible, aunque su rostro diga otra cosa.


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Mensaje por Ivette Lachenal el Jue Ene 14, 2021 5:00 am

Sí que sintió el golpe, pero no fue como pensaba, no le dolía. Estaba aún con los ojos cerrados y la nariz arrugada, sin soltar el libro que abrazaba contra su pecho. Entreabrió un ojo para encontrarse de lleno con la mirada azulada del zar y no pudo evitar sonrojarse por el momento, apartando la mirada. Soltó el libro con una de las manos para colocarla sobre su hombro, temiendo caerse en el corto trayecto que los separaba de la silla. Cuando la soltó pudo volver a respirar de nuevo.

Se acomodó en el asiento cuando este le cogió el pie para moverlo. No tenía nada, el pie no se le había doblado, simplemente había perdido el equilibrio, así que eso era innecesario, pero no le dijo nada. Le dejó hacer al verle tan concentrado. Sonrió de lado al ver la preocupación en sus ojos. De alguna manera le hacía parecer un padre preocupado, concepto que le hizo bastante gracia.

-Lo siento. No quería molestar más a Vladimir, ayer estuvo pendiente de mí todo el rato que estuve con Lorraine y desocupó sus actividades. No quería volver a entretenerle.

Tuvo que hacer una pausa al escuchar cómo de pronto soltaba toda aquella retahíla de cosas de golpe. Intentó aguantar, pero rió un poco por lo bajo sin poder evitarlo, fue algo leve, desde luego, pero le hizo gracia la situación. Aunque paró al darse cuenta del lío en el que podía meter a la muchacha, su dama de compañía. Seguía resultándole extraño llamarla así. Volvió a sonreír, como lo hacía con ella, casi sin ser consciente de con quién estaba hablando. Por pura inercia puso las manos sobre las suyas cuando las colocó en sus rodillas, pero no para quitarlas, simplemente para cogerlas y dejarlas ahí mientras respondía.

-Baltazar, estoy bien, de verdad. Solo fue una pérdida de equilibrio. Soy bastante torpe, ¿sabe? Creo que de nacimiento. Y por favor, no meta a Lisbeth en esto, ella me advirtió que podría hacerme daño; fui yo la que la ignoró precisamente por las razones que acabo de decirle. No ha sido su culpa.

Estuvo unos segundos callada, mirándole. Cuando fue consciente de lo que estaba haciendo, la sonrisa se borró de su cara y se levantó de golpe, soltándole las manos, para quedar en ese mismo lugar, pero en pie.

-¿Ve? Estoy bien. Ni un rasguño, ni un mareo, nada. Además evitó mi caída, ¿cómo podría haberme hecho nada?

Se atusó un poco la falda, ya que llevaba ya dos días vistiéndose más o menos decente. Seguía portando camisas muy ligeras de la parte superior para que las heridas no sufrieran, pero había conseguido colocarse faldas que normalmente usaban las doncellas de la limpieza. Había rehusado a usar los vestidos de la hermana del zar, era algo inaceptable para ella, y aquellas ropas le permitían moverse con más libertad y no sentirse tan culpable por ensuciarlas cuando salía al jardín, que solía ser a menudo. En eso se parecía un poco a él: no le gustaba mantenerse encerrada mucho tiempo.

Aferró de nuevo el libro que había cogido y se percató de que no había contestado a su pregunta, así que hojeó la portada y lo movió ligeramente para que lo viera.

-Quería coger esto. Estoy viendo a Platón con mis alumnos y me gusta releerlos. Cada vez es como la primera y siempre encuentro cosas para hacerles reflexionar. Sobre todo ahora, que están los ánimos un poco caldeados…

No sabía por qué le contaba aquello. Simplemente se sentía algo nerviosa con él, pero no en sentido de temor. Hacía ya días que había dejado eso de lado, tampoco le había dado ningún motivo para sentir miedo cuando estaba cerca. Además, después de algunas conversaciones comprendía mejor por qué se comportaba así. Quería preguntarle muchas cosas, pero tampoco tentaría al destino. Prefería que fuese él quien quisiera sentarse a hablar y no atosigarle.

-Oh, cierto, he escuchado cómo preguntaba si podía pasar. Imagino que venía para decirme algo, ¿no? ¿De qué se trata?

Cortina de humo. Para deshacer esa sensación tan incómoda y esa tirantez que sentía después de haber notado que estaba en un terreno demasiado íntimo era lo mejor según ella. Temía que todo aquello hiciera mella en ella. El zar hacía que tuviera muchos sentimientos encontrados, tanto hacia él como hacia ella misma y aún no estaba segura de cuán bueno era aquello. Evitaba el mirarle, pero sabía que no podía hacer eso. Con él no. Volvió a mirarle directamente a los ojos, aunque notaba una pequeña presión en la sien cuando lo hacía porque se sentía atrapada. A salvo, pero atrapada. Procuró mantenerse tranquila.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Jue Ene 14, 2021 9:59 pm

No entendía del porque se preocupaba por alguien que según el mismo dice que la desespera. Que solo la quería para un solo fin. Se contradecía. Irritación es lo que se instaló en su cuerpo pero como vino, se fue. Al escucharla. Y al sentir las manos ajenas sobre las suyas. Era como un calmante, sin saberlo. La escucho atentamente, observándola, así de cercas detallando los rasgos de su rostro al tenerla a una distancia cerca. No dijo nada con respecto al alejamiento que tuvo repentinamente, ni como se levantaba, alejándose de él, Baltazar creía que aún era porque le tenía miedo, por la forma en como fue tratada días atrás, la ferocidad, el enojo, y en como reacciono, justifica que lo quiera lejos, con el temor que volviera a suceder lo mismo. Mientras que no encuentre un motivo para volverse agresivo. Evita reclamarle del porqué del alejamiento. Suspira levemente al saber que se preocupa por las personas, por ejemplo Valdimir. Que es el encargado de las caballerizas. Ella misma le ha informado que lo distrajo de sus obligaciones, no por eso lo amonestara. De hecho, deja que sean libre, que tomen sus propias decisiones pero que no descuiden sus tareas. Solo una cosa detesta; que cuando de una orden no se obedezca, y lo saben. Así que cuando el señor dice algo debe de hacerse al pie de la letra, evitando que fueran regañados o hasta despedidos.

Suspira levemente, incorporándose a los segundos, sin moverse de su lugar. –Ivette, necesito que comprenda algo; por una razón desee que tuviera una dama de compañía, para que estuviera al pendiente de sus necesidades. Usted no está para moverse de esa manera, es necesario reposo, tampoco la encadenare a la cama para que no se mueva, eso no. Solo que tenga más cuidado sus heridas no son simples raspones que con ungüentos se puedan curar en días. Son puntos, estuvo en cama por una semana, con infección que si no se cuida, puede que vuelva a caer enferma. Puede que se escuche exagerado, pero… -Deseo acomodar sus palabras. –No se esfuerce mucho. No regañare por esta vez a la muchacha pero mientras que este en casa, espero que pueda seguir mis reglas. Aunque sea un poco, es por su bien. –Trato de decir lo más calmado posible. Dio un paso hacia ella, viendo cómo se aferraba al libro como si eso dependiera su vida, su ceño se frunció levemente. No insistiera más en el tema. Porque tal vez terminarían en un debate. Al observar la estantería, el olor a libros, recordó cuando su hermana mayor lo traía para que leyera, hace mucho tiempo que no se sentaba y tomaba un tomo. No era un amante de la lectura, pero no le desagrada.

Recuerdo que cuando era más pequeño, mi hermana mayor me leía historias, cuentos, leyendas urbanas. Me enseñaba muchas cosas, de hecho, ella era como usted; era profesora, ayudaba a los campesinos a leer y a escribir. Era caritativa, pero lamentablemente contrajo matrimonio con un tirano, que le cortó las alas, el muy bastado dice que las mujeres solo sirven para atender el hogar, cuidar a los hijos y calentar la cama. –Él no pensaba de esa manera. –Yo pienso que no es verdad. Aun siendo un hombre como me ha conocido, la mujer vale mucho y más. Ellas pueden hacer prácticamente lo mismo que un hombre. No simplemente son necesarias para deberes maritales. Antes de que se convierta en una gata y me arañe. No pienso igual que mi cuñado o mi padre. –Camino alrededor de ella, examinándola. Viendo cada reacción de ella. Era divertido hasta colocarse detrás de ella, tampoco sabía del porque deseo platicarle sobre una de sus hermanas o tal vez porque recuerda que Ivette trabaja en una academia, por eso lo ha mencionado. –Y respondiendo su pregunta, cuya pregunta hice. –El hombre nunca sonreí o se carcajeaba delante de nadie, pero el humor en su rostro lo decía todo. Estaba de buen humor, el ceño desapareció, relajándose. Dio otro paso, estando más cercas, ladeo su rostro, acercándose al oído ajeno, aun estando detrás.

Solo desee saber cómo está mi invitada especial, que he estado ocupado para poder interactuar un poco más. Lo que he entendido hemos hecho una tregua, no le grito, usted no me desespera y viceversa. Trato justo ¿No le parece? –El aliento del Zar rozaba la oreja de la mujer. –Y por supuesto decirle que esta noche baje a cenar al comedor, estaré en casa, esperando que mi hermana también, pero ella es difícil de encontrarse. Si no, seremos usted y yo. –Uno de sus brazos rodeo el cuerpo de la mujer sin tocarla, hasta que su mano llego al rostro, con uno de sus dedos toco la barbilla ajena haciendo que ladeara su rostro, para que lo viese. -¿Entonces la espero?

¿Comportándose amablemente? Es tan raro, que hasta él mismo se sorprende. Acciones, que nunca hace, el tono de voz tan calmado, como si toda su vida lo hubiera hecho. Días que desea permanecer más en su hogar que en otro lado. Tal vez el cazador está resultando cazado. Malamente, pero no quisiera averiguarlo ¿La bestia atrapando en su propia cacería? absurdo.


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Mensaje por Ivette Lachenal el Vie Ene 15, 2021 5:06 am

La mujer se sentía mal ante las palabras del zar, sobre todo porque él tenía razón. Había sido muy imprudente por su parte hacer ciertos esfuerzos, claro que no había vivido todo aquello como él. La semana que estuvo inconsciente prácticamente para ella fue como un día, dos a lo sumo, de cama. No lo veía tan grave como lo hacía él, pero también le sirvió para percatarse de eso; había pasado una semana entera allí, casi dos con la que llevaba ahora, y quitando aquel día todos la habían tratado muy bien. Gracias a ellos se estaba recuperando bastante rápido. Gracias a Baltazar, no había muerto. No pudo evitar bajar la mirada ante aquello, era normal que de alguna forma la reprendiera, y lo cierto es que lo hizo de forma tan tranquila y con un tono tan amable que no le sentó mal, como todas las otras veces que lo había hecho. Puede que comenzara a comprender por qué los criados le decían que en realidad era buena persona.

-Tiene razón, me excedí. Siento haberlo hecho. Es solo… Me siento tan bien estos días que por momentos olvido que aún sigo convaleciente porque no lo siento así. Bueno, no lo siento hasta que vuelve a doler. Procuraré tener más cuidado.

Debía reconocer que al menos en eso estaba haciendo un esfuerzo y estaba en todo su derecho de pedirle que siguiera ciertas normas. Al fin y al cabo, era su casa, ella solo era una invitada y tenía que atender a ese tipo de peticiones. Volvió a alzar la vista cuando habló de nuevo, dejando pasar el tema, algo que agradeció. Bajó los brazos, juntándolos a la mitad mientras sostenía el libro, como si este fuera su apoyo para no flaquear. Escuchó con atención lo que le estaba contando y una sonrisa apareció en su rostro ante las palabras. No sabía que tenía más hermanas, pero fue agradable ver que aquel tipo de aparente mármol tenía debilidad por su familia. Que recordara aquello con el cariño que denotaba su voz provocó que Ivette le mirase con un punto de fascinación, aunque jamás se lo diría.

Como su hermana, ella también quería ayudar a los que no podían permitirse el pago por una educación. No veía bien que la gente tuviera que elegir entre comer o tener conocimientos, la educación debía estar al alcance de todos y, a pesar de ganarse enemigos por sus prácticas, procuraba llevarlo a cabo. Era un pequeño grano de arena, pero a todo el que pudiera ayudar sabía que haría su vida algo más fácil. Eso le bastaba. De no haber sido por su tía, ella misma seguiría siendo una analfabeta, anclada en el pueblo de sus padres, limitada a trabajar de por vida en algo que no le gustaba. Amargada. Le debía mucho a aquella difunta anciana.

Siguió escuchando al zar sin hacer demasiados aspavientos. Lo cierto es que sí, le estaba comentando lo que pensaba sobre las mujeres y el rol que tenían en aquella sociedad déspota en la que se encontraban, pero de alguna forma no podía terminar de creerlo. Tenía la sensación de que se lo estaba diciendo solo para complacer a sus oídos. Le resultaba complicado creerle después de que insistiera en retenerla, pero debía dar un voto de confianza ya que él también estaba poniendo de su parte. Y de ser cierto, le agradaba que pensara así.

-Será un alivio entonces para sus hermanas que el zar piense así. No todas tenemos la suerte de toparnos en la vida con hombres que opinen que podemos ocupar puestos masculinos sin problemas. Mi suerte fue tener una tía muy influyente, fuerte y decidida. Pero la gran mayoría deben contentarse con buscar un buen marido.

Intentó seguir una conversación para evitar el nerviosismo que sentía por tenerle tan cerca, más aún cuando comenzó a dar vueltas alrededor de ella. No le gustaba que hiciera eso, que la analizara de esa forma, como si fuese un escaparate, pero no dijo nada. Se limitó a no apartar la vista del frente hasta que se paró tras ella. Notó cómo un escalofrío le recorrió al sentir el aliento ajeno en la oreja. Debería haberse alejado, haber dejado claro que se estaba pasando de la ralla, pero una parte de ella no quería hacerlo, estaba anclada en el suelo.

A pesar de toda la tensión, rió un poco para sí por el comentario. ¿Así que era capaz de desesperar al mismísimo zar? Le causó mucha gracia aquello, sobre todo que lo reconociera tan a la ligera. Asintió ante la pregunta de si era un trato justo y se sorprendió a sí misma cuando ni siquiera tembló al hacerlo. Fue un gesto decidido. Aunque casi flaquea cuando le tocó la barbilla para que le mirase, no por el roce, sino por encontrarse con sus ojos tan de cerca. Notó que la sangre se iba a acumular de forma incontrolada en sus mejillas, así que su cuerpo por fin respondió a sus peticiones y se movió. Se alejó un paso para poder moverse sin darle un codazo y giró su cuerpo, quedando de frente a él, poniendo algo de distancia. Quizás debía haber puesto más, pero apenas se separó unos centímetros, no llegó ni a medio metro, aunque lo suficiente como para no sentirse tan intimidada y poder responder como era debido.

-Tengo que cenar de todas formas, no me importa hacerlo en mi habitación o en el comedor. Además, me gustaría agradecerle a su hermana por toda la ropa que me ha prestado estos días, fue muy amable por su parte. ¿Hay algo que deba saber antes de conocerla? Porque teniendo en cuenta cómo es el carácter del zar… no sé qué esperar de sus familiares cercanos.

No lo dijo en tono ofensivo, más bien todo lo contrario, fue un comentario en cierto tono satírico. No pretendía enfadarle, como sí que parecía querer hacer él con aquellos gestos. La verdad es que no se sentía tan mal como las otras veces. En aquellos días de alguna forma había llegado a acostumbrarse a su presencia, su olor y hasta sus gestos. Le entendía un poco más y eso le hizo sentir que de alguna forma podía tener algo de control, anticipar un poco ciertas cosas. Hacía que se sintiera un poco más segura al respecto. Precisamente por eso se aventuró a dar un paso más allá, en sentido figurado, claro, porque no se movió de donde estaba.

-Quería pasar la tarde con Lorraine, por eso también cogí el libro. Cuando la teníamos en casa me acostumbré a leerle en voz alta diferentes libros, descubrí que le gustaba que hiciera eso, así que de vez en cuando paso por el establo para retomar la vieja costumbre. Si quiere acompañarme… -hizo una breve pausa al respecto, fue algo que había salido solo, no lo tenía planeado-. Intentaré no desesperarle, aunque no puedo prometer nada.

¿Por qué le había invitado a algo así? Le gustaba hacer eso sola, era su momento, el de las dos, como un vínculo con la yegua que, de alguna manera, las unía. No sabía la razón de querer que fuese con ella, puede que fuera para seguir conversando y conocer un poco más acerca de la historia de su familia. Desvió la mirada por unos segundos al darse cuenta de lo raro que le había parecido pedirle algo así, pero volvió a mirarle de nuevo, recordando que no debía mostrar ningún tipo de debilidad ante él.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Vie Ene 15, 2021 1:19 pm

Él se da cuenta cuando las heridas están abiertas, el olor a sangre inunda la casa, se penetra de hierro nadie más que Baltazar lo nota, su olfato es tan delicado que cualquier aroma fuerte lo detecta. E igual sus oídos. Tal vez por eso no logra conciliar el sueño como antes. Y ahora más que nunca debe de estar atento a los pasos de la humana. Los primero días después de que hablaron y ella decidió quedarse hasta su recuperación total, la vigilo, estuvo horas viendo las escaleras por si bajara, desconfiado era el Zar. Hasta que pasaron los días, ella no hacía más que pasear, y admirar la hacienda. Dejando de estar tan atento la mujer. Dándole la privacidad que ella merecía. No era mala persona. Su nana hablaba bien, escuchaba como la doncella hablaba con el personal de lo bien que se portaba la señorita Ivette. Ahora estando tan cercas de ella, en como el olor flotaba alrededor de ambos, lo estaba volviendo un poco loco. El lobo quería salir, probar carne fresca, ella era una mujer atractiva, con esas facciones, y volver a probar aquella boca no se le hacía mala idea ¿Cómo reaccionaría? ¿Lo empujaría o lo aceptaría? Cuando ella se aleja, reacción volviendo a la realidad y amarrando aquella bestia que deseaba a la mujer. Acomodo su cabello hacia atrás, recuperando la compostura, no iba a retroceder por un mero capricho. No ahora que las cosas iban bien. El miedo que alguna vez sintió de la persona contraria había desparecido, no le apetecía regresar a lo mismo.

Debo de tener igualdad de género. Soy el Zar de Rusia. Mi gente confía en mí. El antiguo gobernante no pensaba lo mismo, mi señor padre es…-Tan solo de recordar los discursos que hacía con respecto a la mujer le parecía un asco. No se daba cuenta que con eso lastimaba a su madre y hermanas. El juro no ser como él al momento de tomar la corona. Sería diferente, quisiera que cuando muriera lo recordaran por ser un excelente líder, que daba todo por su gente sin importar nada. No como el tirano e injusto. Olvidándose por un momento que deseaba comerle completamente la boca a la mujer y no quedaría satisfecho con eso. El instinto de hombre y animal se intensifica cada vez más. –Aunque no fuera una figura importante, no es bueno pensar de esa manera de una mujer ustedes deben de valorarse, aparte, sin ella nosotros no existimos. Simplemente perfecto, en cómo pueden crear otro ser. –Por eso está orgulloso de las mujeres de su familia. Su madre, es lo más importante que tiene en este mundo. Por ello aún no hace nada con respecto a su padre. Sufriría mucho, después de todo ella lo atesora, lo defiende a capa y espada, absurdo. Para Baltazar es algo estúpido lo que hace su madre, respeta las decisiones de ella. Pero no las acepta, muy diferente.

Para que su hermana esté ayudando a Ivette se le hace algo sumamente raro, debe de querer algo. La conoce tan bien, es como su versión en mujer. Aunque le agradece secretamente que le prestara ropa, porque no iba a darle la suya, primeramente porque le quedaría muy mal; él grande y robusto. Mientras tantos Nadége es pequeña y al parecer le quedaba su vestimenta. Mejor. Se miraba bien. Con ropa sencilla o elegante, Ivette es guapa. –Solo deja que la conversación fluya por si sola. No es necesario esforzar algo. La princesa puede ser un poco brusca, fue creada por mí prácticamente. Es como verme a mí pero en diferentes dimensiones, pero es mucho más sensata, piensa antes de actuar. En cambio yo… -Encoge sus hombros, ella debe de saber perfectamente como es. Lo ha visto, nadie se lo ha contado. Inquieto es como se centraba ya que dio un par de pasos hacia atrás luego se giró un poco para ver la estantería nuevamente. Recordó un libro. Quisiera leerlo, era de misterio. No recordaba vagamente el nombre, pero la trama era diferente. Iba a retirarse en cuestión de segundos, solo deseaba saber cómo estaba. Al verle con el semblante mejor, la cara menos pálida, se sentía satisfecho, solo tomaría el libro y se marcharía. Escucha que deseaba ir con su yegua, al parecer tiene un lazo fuerte con el animal, recuerda el suyo propio, pero no esperaba la invitación de ella que hace que gire su rostro para verla, y saber si era verdad lo que escucho, quiso negarse, estar cercas de ella le provocaba diversos sentimientos.

Frustrado de localizar el libro desistió. Se dio la vuelta para quedar a un lado de ella, y extender su brazo. Decidiendo sin palabra alguna la invitación dada por parte de la humana. –Vamos. –Encaminándose, fue como salieron del lugar, y en ese instante Lisbeth, la dama de compañía de Ivette apareció con Vladimir. Cuyo nombre no toleraba decir en voz alta. Recordaba muchas cosas. La puerta para salir no estaba muy lejos. Ambos seguían su recorrido mientras que la doncella y el joven iban detrás. Al salir y darse cuenta de algo quedo estático, como logro olvidarse de algo tan importante para él y para su gente. Aún queda tiempo para partir. La luna llena todavía no está a lo alto del cielo, pasaría un rato con ella. Lástima, la cena será para otro momento, sin decirle aun retoma su camino, sin darle explicación alguna.


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Mensaje por Ivette Lachenal el Vie Ene 15, 2021 3:23 pm

Ivette escuchó con atención las ideas del zar. Estaba de acuerdo con su punto de vista, pero seguía teniendo la sensación de que lo decía para ganarse su confianza. De todas formas esperaba que de verdad fuera cierto, ya que un monarca así podría suponer una enorme diferencia dentro de la realeza rusa. Sería un cambio muy agradable después de años de casi tiranía por culpa de su padre. Como si de un rayo se tratase, la mujer se dio cuenta de que sí que sabía cosas acerca de la familia de Baltazar. Hasta aquel momento no había asociado de verdad todo lo que conllevaba ser hizo de quien era y la realidad le dio de golpe. Conocía la política de su padre por las clases de historia que le fueron impartidas unas décadas atrás. Después de dejar las clase se desvinculó de todo aquello, pero antes sí que había tenido contacto con la mala praxis de su progenitor. Entendía mucho mejor las cosas que los criados le habían contado y no pudo evitar sentir compasión por él, por él y por sus hermanas. Vivir así debía ser terrible, más aún si Baltazar de verdad tenía esos ideales. Aunque si su padre había abdicado en él, sería por algo, eso la hacía dudar.

No pudo evitar reír un poco ante las palabras que dijo sobre su hermana, sobre todo cuando hizo referencia a sí mismo y dejó de hablar. Sabía perfectamente a qué se refería, llevaba viéndolo desde que se encontraron en el bosque. Su manera impulsiva de contestar y hacer las cosas, sin medir con quién estaba ni a quién se dirigía. Seguro que le habían causado muchos problemas, más de los que ella le había dado todos esos días. Prefirió no comentar nada al respecto y simplemente asentir ante la sugerencia de dejar fluir la conversación.

Observó sus movimientos. Parecía estar buscando algo justo antes de frenar en seco por la pregunta que le formuló. Ivette se mordió ligeramente el labio, notando aún el pequeño corte que le había hecho tres días antes al forzarla para que le besara. Recordar eso hizo que se planteara si había sido buena idea la invitación, pero poco podía hacer ya. Por un momento, al ver que tardaba tanto en contestar, pensó que la rechazaría, pero no fue así. Cuando le ofreció su brazo titubeó. Se quedó varios segundos parada, mirando su extremidad, sopesando si era buena idea o no acercarse de nuevo. Al final, respiró hondo y con cierto nerviosismo cogió su brazo para comenzar la caminata.

Se sentía extraña, como si algo no encajara. Volvió a notar el calor que desprendía su cuerpo, igual que cuando estuvieron en el bosque y juraría que incluso más. Notaba algo en su interior que le instaba a estar alerta, a no bajar la guardia; pero otra parte le decía que estaba perfectamente bien allí. No le costaba andar con él, más bien todo lo contrario, se le hacía muy fácil seguirle el ritmo y, a pesar de lo pequeña que era su mano en comparación con el brazo ajeno, de alguna forma encajaba bien. Tanta contradicción la ponía algo nerviosa, así que prefirió desviar la atención por unos momentos y hablarle a los criados, disculpándose por lo que había pasado antes. Aprovechó para volver a pedirle perdón a Vladimir por las interrupciones anteriores, a lo que el hombre le sonrió con franqueza diciéndole que su trabajo era cuidar de los caballos y estaba encantado de ayudarla, que si tenía más dudas no se preocupara y le preguntase cualquier cosa. A Ivette le agradaba bastante ese señor y le sonrió de vuelta, el mismo tipo de sonrisa sincera que usaba siempre con Lisbeth.

Funcionó la distracción, ya que al toque estaban en los establos. Cuando llegaron al cubículo de Lorraine, la muchacha se separó del agarre del zar. Se la veía feliz, cada vez que estaba con la yegua irradiaba luz, le gustaba. Se acercó al animal, que relinchó al verla, y la abrazó por el cuello, acariciando su hocico por encima de la mandíbula. El caballo posó el hocico sobre la espalda de la muchacha, como si estuviera correspondiendo ese abrazo. Al fin y al cabo es a lo que la tenía acostumbrada. Lisbeth fue a un lateral, dispuesta a coger un par de taburetes para que ambos se sentaran, pero Ivette fue más rápida y, después de amontonar un poco del heno, se sentó sobre este. No necesitaba sillas ni cojines, le valía con eso, se sentía bien. Además, le gustaba el olor del heno. En cierto modo era su forma de recordar su casa, la de la costa, no la actual.

Cuando se acomodó, observó al zar, instándole a que tomara asiento, ya fuera allí o en la silla que había traído la criada. Prefirió no decir nada de momento, simplemente abrió el libro y apenas tardó en encontrar lo que buscaba. Casi se sabía de memoria los pasajes, pero aún seguía fascinándole lo que las palabras del filósofo provocaban en ella.

-Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.
-Ya lo veo-dijo.
-Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.
-¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!
-Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
-¿Cómo -dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?
-¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
-¿Qué otra cosa van a ver?
-Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
-Forzosamente.
-¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?
-No, ¡por Zeus!- dijo.
-Entonces no hay duda-dije yo-de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.
-Es enteramente forzoso-dijo.
-Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

Conforme iba terminando el fragmento, su voz se iba apagando y el semblante serio volvió a su rostro. Era buena narradora, se le daba bien leer en voz alta porque lo tenía que hacer constantemente. Su modulación era buena y era fácil escucharla. Pero las últimas líneas la contrariaron y se notó: su tono de voz bajó considerablemente y denotaba un deje triste. Tuvo que parar de leer después de aquello. Mantuvo la vista unos segundos sobre las palabras del libro y después la levantó, observando al zar. Entreabrió los labios para decir algo, pero volvió a cerrarlos. Esperó de nuevo unos segundos hasta que se decidió a hablar.

-Baltazar… ¿Qué cree que es mejor: contar la verdad aunque sepa con certeza que esta dañará a la otra persona o mantener el silencio y dejar que viva en una mentira?

Su tía siempre le había dicho que la mejor forma de conocer a las personas era haciendo preguntas aparentemente inocentes, que solo así se conocía de verdad a quien se tenía delante, a través de sus pensamientos más primitivos y rápidos. No entendía del todo por qué razón le ocurría aquello, pero quería conocer más a ese hombre. Sentía que debía hacerlo. Igual así averiguaba por qué pasaba de darle miedo un día a no querer que se alejara otro, porque nunca lo admitiría, pero se sentía muy a gusto allí con él. Eso la contrariaba. Inconscientemente, su cuerpo se movió para acercarse un poco más al del zar. Ni siquiera se dio cuenta de ello. Estaba centrada en mirarle a los ojos, esperando una respuesta a su pregunta.


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Mensaje por Baltazar Z. Morózov el Vie Ene 15, 2021 11:24 pm

Luego se preocuparía de su metamorfosis cuando las horas estuvieran detrás de él, mientras tanto estaría con ella. Disfrutando de algo de paz entre ambos. Dado que raramente está intranquilo con la guardia a todos lo que da. A la defensiva con todo el mundo hasta con su hermana. Sensaciones que pensó que estaban muertas después del trágico accidente que tuvo su esposa. Ahora puede deducir que la parte que creyó que murió sigue estando en el interior de su cuerpo. No podría creerlo con una mujer así, rebelde y decidida a no obedecer.  Mujeres como ellas es lo más detesta el hombre ruso. Al parecer tiene un imán en atraer personas así, aunque la manzana no cae muy lejos del árbol; Nadége es igual que Ivette. Al llegar a establo, la mujer prácticamente corre hacia el corral en donde esta Lorraine, y mira la escena. El de igual manera no quiere sentarse en los taburetes. No le hace falta, con un hombre pomposo, ni mucho menos fino. La sangre es roja como Lisbeth, Vladimir o cualquier trabajador de la finca. Siendo o siendo el Zar él quisiera sentarse en donde pudiera estar más cómodo o quedar sencillamente de pie.

Lisbeth, te puedes retirar un momento, pero tampoco deseo que te apartes, puede que Ivette te necesite. Hay cosas que yo no puedo hacerle a una dama. –Miró a la doncella, asintiendo y haciendo una reverencia para irse apresuradamente. Tentativamente es nueva, aún no se acostumbra a la tonalidad de voz que utiliza Baltazar. Apresuradamente despareció de la vista de ambas personas. Él dio un paso para sentarse a su lado, flexionando sus piernas y apoyando sus brazos en las rodillas viéndola directamente, los movimientos que hacia hasta escucharla, como narraba lo que estaba plasmado en el libro. Ese tipo de narraciones le parece lo más interesante, pero no ha logrado proponerse a leerlas. El tiempo no se le permite y menos estando en su país en donde tiene que recibir a cada hora vistas o estar al pendiente de cada petición que se hace. Tal vez está huyendo de sus responsabilidades, reflexionando si era buen momento de regresar y es cuando sigue observando a Ivette. Al avanzar la lectura el ruso nota que cada vez la voz de ella se va apagando, alzando sus cejas ante el incógnito de aquello. La pregunta la tenía en la punta de la lengua pero no abrió su boca para decirla. Quedo callado, la curiosidad puede ser peligrosas. Le daría tiempo para que hablara. Facciones nueva aprendía. Primero como se enojaba, como se irritaba y por supuesto como defendía a su yegua, fue como la recordó, ahora la tristeza invadía el rostro, estúpido libro. Pensó el Zar por hacer que se pusiera mal, que sus ánimos decayeran. Lo quemaría, si eso haría.

El silencio reino los establos, lo único que se escuchaba era las respiraciones de ambas personas y los de los pocos caballos que se encontraban en sus respectivos corrales, desvió un poco su mirada para ver a la yegua. Entretenida por tener a su ama aquí ¿con esa mirada se pondrá su semental cuando lo ve? Era la primera vez que pensaba algo así. Este lazo que ambas tiene se siente fuerte. Regresa a la realidad cuando escucha la pregunta, y ahora su mirada azulada está enfocada en Ivette. Pensó por un momento en cómo responder, abrazando sus piernas. –A veces Ivette, las mentiras pueden una maldición, algunas personas disfrutan mintiendo a cada momento, se hacen expertos en hacerlo en cambio otros, lo hacen para no lastimar a su prójimo, es para cuidarlos, no existen mentiras blancas, después de todo se descubren a lo largo o lo corto. Depende de cómo la mire, que magnitud del acto es. –Él es uno de ellos, miente, claro, como toda persona, nadie es una santa paloma en este mundo, ni perfectos para no hacerlos. –Todos mentimos, señorita. Uno por placer, otros por necesidad. Aunque mire. Si yo llegara a mentir, soy como un libro abierto, me descubren, claro, la persona que pueda llegar a conocerme, por ejemplo; mis hermanas o mi madre y por supuesto el ama de llaves. –Nota el ligero movimiento de la mujer en cómo se acerca, no dice nada, al contrario. Él inclina un poco su cuerpo, y su rostro, estando más cercas. –Dígame, porque el semblante triste. –Finalmente logro articular las palabras, y desviando un poco su mirada hacia la boca de ella. Su cuerpo se inclina un poco más, no se había dado cuenta de cuan cercas estaba hasta que su nariz choco con la ajena. Un poco más y podría besarle.

¿Será prudente hacerlo?


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Mensaje por Ivette Lachenal el Sáb Ene 16, 2021 4:23 am

Los recuerdos vagaban en la mente de la mujer. Recordó aquella fatídica tarde en que su tía cayó de rodillas ante ella, como si de un tronco se tratase. Ivette tardó dos segundos en llegar hasta ella, pero la mujer ya había caído del todo al suelo, inconsciente. Llevaba meses sabiendo de su enfermedad y no le había contado nada. Ni siquiera la previno o la preparó para lo que se avecinaba por miedo; miedo a que sufriera, miedo a que se agobiara por la situación y miedo a confesarle la verdad a la chica porque, de alguna forma, eso haría definitivamente verdadera la enfermedad. La anciana se negaba a aceptarlo y al final eso hizo que ocurriera todo lo demás.

Desvió la mirada cuando Baltazar comenzó a contestarle, reflexionando entre lo que él decía y sus memorias. Sabía que todo el mundo mentía, ella había tenido que hacerlo en muchas ocasiones, pero nunca con algo tan grave como eso. Pensaba muy profundamente que cosas graves e importantes no se debían ocultar porque, como acababa de decir el zar, la verdad siempre sale a la luz. Apretó el libro contra su pecho. Cuanto más pensaba en ello, peor se sentía. No tenía caso recordar aquello ahora, todo había pasado y era inútil, pero se sentía tan identificada con las personas de la caverna. Tenía la sensación de que siempre le estaban ocultando cosas, como si fuera aún una cría.

Sonrió un poco de lado cuando confesó que era muy malo mintiendo. Desde luego, la chica se había dado cuenta de que sus ojos eran bastante sinceros, así que más o menos comprendía por dónde iban los tiros aunque no le conociera aún. Volvió a fijar la vista en su mirada azulada cuando le preguntó qué ocurría.

-Recuerdos… Nada más.

No se atrevía a hablar de algo así con él. No por intimidación, simplemente no era capaz de evocar aquello en ese momento sin notar aquel nudo en la garganta. Aunque los pensamientos empezaron a disiparse poco a poco, como si de niebla se tratase, al mirarle tan directamente y notar cómo se acercaba. Su respiración comenzó a agitarse y el nudo en la garganta seguía ahí, pero ya no por su pasado, sino por su presente.

¿Qué debía hacer? Solía pensar las cosas antes de actuar, era impulsiva, pero no con este tipo de cosas. Siempre buscaba una salida, siempre pensaba en qué podía salir mal, en si debía o no. En este caso, en si debía confiar después de cómo la había tratado, de no conocerle de nada y de ser consciente de que, si se equivocaba con él, las consecuencias podían ser horribles.

Para cuando su nariz rozó la ajena, la mujer había cerrado los ojos y notaba la presión de los latidos en su sien. El olor del zar la embriagaba como si fuese licor, algo que no le había pasado con ninguno de los hombres con los que había estado antes. Se sintió rara, mareada, pero no se apartó. No era capaz de apartarse. Sentía la necesidad de acercarse más, como si algo la empujara, igual que si fuese un imán. No pudo soportar más la presión y se lanzó al vacío: con paso bastante lento, rozó los labios de Baltazar hasta juntarlos del todo. Recordaba de forma vívida los besos que le había robado los días anteriores, pero no se comparaban a ese momento, no se parecían en nada. Esta vez pudo adivinar su sabor, la textura de sus labios, incluso el espesor de su barba cuando subió una de las manos para acariciarle la mejilla con la yema de los dedos.

Era consciente de que él no la iba a apartar y ella no tenía la intención de hacerlo. Al menos esa era la idea inicial, aunque el temor que sentía en el fondo del pecho estaba empujando las paredes del mismo para intentar salir con todas sus fuerzas. Demasiadas malas experiencias que no sabía si podría superar.


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