Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Miranda Somerset el Dom Sep 09, 2018 11:09 am

"Mine enemy is growing old,—
I have at last revenge.
The palate of the hate departs;
If any would avenge
"
Emily Dickinson

Se aferró al rosario con manos temblorosas. El rostro demacrado, ojeras profundas, la boca pálida, el cabello recogido en un rodete tirante, el vestido negro. Pasaba una cuenta tras otra, pero no repetía ninguna oración. En su mente sólo se reproducían dos palabras: Natalie y Lion. Ellos abarcaban su pensamiento. Su pobre hija que acababa de perder lo más sagrado y su adorado nieto, que yacía inerte en su cajoncito blanco, vestido como un angelito, ante sus ojos. Miranda liberó una mano y con el índice le acarició la frente. Estaban solos, aún no habían permitido el ingreso de los invitados, pero ella se escabulló para tener aquel instante con él. Lion era su nieto predilecto, al que había criado; y a pesar de no haberlo llevado en las entrañas, lo sentía más suyo que a sus propios hijos. Era tan pequeño, tan indefenso, había tenido que sufrir tanto… Le acomodó un mechó y se permitió soltar el rosario, que se desarmó al tocar el piso, y abrazó el cuerpo frío y rígido del niño. Lo apretó contra su pecho un vez más, y ahogó sus propios sollozos en la cruz que formaban sus antebrazos en la espalda del pequeño.

Lo dejó donde estaba, lo acomodó para que nadie notase lo ocurrido y le besó la frente. Escuchó los pasos que se acercaban y regresó por el mismo sitio donde se había permitido ingresar. Esa era su casa y le conocía cada recoveco. Apretó el codo de Natalie, que estaba con sus hermanos, y la ronda se abrió para darle paso. Allí tenía a sus retoños, todos con los ojos rojos y la angustia a flor de piel. Eran jóvenes sensibles, se dijo. Pensó, también, en lo mayor que estaba, ya que se sentía más baja. El tiempo la había encogido y le había roto el corazón. Nunca esperó un dolor como aquel. No era justo. Ella ya había vivido lo suficiente, ¿por qué Dios había elegido a Lion, con todo por delante? No había explicaciones lógicas. Recordó el rosario y que se había roto junto al cajón del niño.

La puerta del salón se abrió, Miranda enroscó el brazo de Natalie en el suyo y ambas ingresaron caminando. Detrás, los otros tres Copeland custodiándolas. Nueras, yerno, nietos y amigos fueron llegando y dando el pésame. La mujer y sus hijos se sentaron en las sillas dispuestas junto al féretro a recibir los saludos. La rubia nunca soltó las manos de su Natalie, que hacía un esfuerzo sobrehumano por mantenerse incólume. Ella no podía ni pensar en la idea de perderlos, y allí estaba, velando a su tesoro más preciado tras una larga agonía. Ante sus ojos, pasaban conocidos sollozantes y personal doméstico ofreciendo comida y bebida a los presentes. Jamás pensó que tanta gente iría. ¿Cuánto tiempo había pasado? El olor de las flores se había intensificado, y mandó a ventilar un poco el ambiente.

Se produjo un silencio absoluto y las miradas se dirigieron hacia el ingreso. Allí estaba, emergiendo de las tinieblas del pasado, su ex marido. Por un instante, Miranda vio al Xavier de la juventud, y tuvo la certeza de que correr a sus brazos y refugiarse en su pecho la harían sentir mejor. A cambio, se puso de pie, como si estuviera cuidando a sus cachorros de un grave peligro. Lo observó unos segundos y lo descubrió espléndido. El dolor no le permitió más. Ni el dolor que sentía por la muerte de Lion ni el dolor que había arrastrado por el matrimonio frustrado. De a poco, las murmuraciones continuaron y cada uno regresó a su conversación. Con un movimiento de su mano, la matriarca les indicó a sus hijos que no se movieran de donde estaban. Se dirigió a él a paso firme y se plantó ante Xavier. Seguía tan alto como lo recordaba.

¿Cómo te atreves a aparecer en un momento como éste? —lo cuestionó, con la voz débil, no sólo para no generar un escándalo sino porque ya no tenía más fuerza para soportar todo lo que estaba pasando.


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Re: Melt My Heart to Stone | Privado

Mensaje por Xavier Copeland el Mar Sep 18, 2018 10:44 pm


Ni siquiera recordaba cómo había llegado la noticia a él. O noticias, porque éstas cayeron como alúd y lo dejaron enterrado en un pretérito que creía superado y que era obvio que aún lo marcaba, y le dolía, y le importaba. Fue demasiado, e incluso él, con su entereza y astucia, tuvo problemas para asimilar todo: Miranda y sus hijos (sus hijos, también de él) estaban ahí, en París, la ciudad en la que se había asentado por su nuevo trabajo; no solo eso, sino que su hija menor, Natalie, a quien conoció muy poco, pues se marchó cuando era tan solo un bebé había perdido a su único hijo que, supo, llevaba por nombre Lion.

Quizá, después de todo ese viaje turbulento, Xavier se veía como lo que realmente era, como un hombre, un viejo, realmente solo. Tal vez fue eso, ese patetismo y esa necesidad, lo que lo llevó a aparecerse en ese sitio donde claramente no sería bienvenido. No se sorprendió que Miranda —¡tan radiante y hermosa a pesar del luto!— lo reconociera al instante, y supuso que los jóvenes a su lado serían Ashley, Dahlia y Natalie. Él era apuesto y había heredado sus ojos, ellas eran hermosas como sólo las hijas de Miranda podían serlo. ¿Acaso Aquiles no era el aristos achaion, demostrando así que era hijo de Zeus y Tetis? Pasaba lo mismo ahora, aunque Xavier atribuyó toda la nobleza y beldad de sus hijos a su ex esposa, no a él. Nunca a él.

Antes de poder dar un paso más, Miranda ya estaba frente a él. Madre leona que cuida a los cachorros sin ver que el varón ya tiene melena y puede formar su propia manada. Derredor hubo susurros, Xavier entonces cayó en cuenta del error que había cometido y se mordió un labio. ¿Lo habían reconocido? ¿Acaso importaba?

Miranda —dijo y el nombre escapó de su boca como si hubiera extrañado la libertad, enjaulado por tantos años en la garganta de Xavier. Sonó a un ave que sacude las alas tras el invierno para volver a emprender el vuelo—. Este es el momento más adecuado para aparecerme —soltó con seguridad, aunque sin elevar la voz. Lo que menos quería era causarle un escándalo a la mujer, porque el disgusto seguro ya lo tenía trepándole por la garganta.  

¿No lo ves? —bajó aún más la voz e hizo amargo de tomar a Miranda por el antebrazo, aunque tuvo a bien arrepentirse—. He estado ausente por tanto tiempo, que sólo algo tan terrible me hizo regresar. —Buscó con ahínco la mirada ajena, quiso clavar los fanales propios en los de ella, esos en los que se perdió desde el primer momento en que la vio y supo que su destino no era casarse con Mary, que deseaba a Miranda para siempre.

No contó con su propio yerro.

¿Podemos hablar? —preguntó, tratando de mantener la compostura aunque a esas alturas era imposible—. En otro sitio…, por favor —concluyó y aquello sonó más como un ruego que como una petición. No sabía ni para qué hacía tal solicitud, no sabía qué era lo que quería decirle a Miranda, la madre de sus hijos.

Quizá lo mejor era marcharse por donde había venido, olvidar todo esto, fingir que no había sucedido. ¿Ashley, Dahlia y Natalie? Lo más probable es que ni siquiera lo hubieran reconocido. No obstante, se quedó ahí, de pie, sin moverse, aguardando por una respuesta.


If only. Those must be the two saddest words in the world.
And tremendously sorry, I turned away:

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Re: Melt My Heart to Stone | Privado

Mensaje por Miranda Somerset el Lun Oct 08, 2018 6:28 pm

Cada vez que Xavier decía su nombre, a Miranda le recorría un escalofrío. Así había sido desde que se conocieron, y lo era aún en ese momento, en el que volvían a cruzarse después de tantos años sin verse. ¿Era sólo por el tono de su voz? ¿Era la cadencia con la que, naturalmente, le salía? ¿O era, simplemente, el poder que ella le otorgaba? Ninguna de las respuestas, de haberlas tenido, la hubiera satisfecho por completo; especialmente porque, a pesar de todo el daño que le había provocado, continuaba afectándola como antaño. Aún en la tragedia y el horror de haber perdido al ser más amado que tenía; aún en esas circunstancias, Xavier era el bálsamo que templaba su alma atribulada. Fue un segundo, uno tan corto como una estrella fugaz, pero sintió paz al mirarlo a los ojos. Recordó el amor y recordó que nunca más había vuelto a amar a alguien, al menos, no de la forma en la que lo había hecho en el pasado.

Caviló la respuesta, no quería abandonar a su pequeño Lion, pero sentía las miradas de sus tres hijos clavadas en la nuca. No habría un escándalo, no convertiría el último adiós a su amado nieto en la comidilla de la alta sociedad. La sola presencia de Xavier era suficiente para que hablaran durante varias semanas, y detestó que eso fuera así. Aunque también, sopesó, eso quitaría el foco de la amargura de su Natalie, así que debía agradecerle –aunque no se lo dijera jamás- que había hecho bien en aparecer. Que ni los mellizos ni la menor de los hijos que habían tenido en común se acercasen, era un indicio: no querían ver a su padre. Ellos también se debían encontrar impactados. Miranda juzgó prudente sacar a su ex esposo de ahí. Al menos por unos momentos, y a pesar de que había perdido todos los derechos sobre esa familia, no sería ella quien le negase la posibilidad de saludar a sus hijos y despedir a un nieto que nunca tuvo el placer de conocer.

Vamos —dijo, al cabo de esos instantes mortales convertidos en eternidad.

La rubia caminó erguida, en su escaso metro sesenta, y salió del salón con Xavier por detrás. Lo hizo en el más absoluto de los silencios, y reprimiendo un absceso de tos que amagó con quitarle la compostura. No le daría lugar a su frágil salud, necesitaba mantener la tranquilidad y la mente fría. Pero, ¿cómo hacerlo? Su nietito, tan pequeño, yacía en un ataúd a pocos metros de allí, y a su espalda caminaba el hombre que la había destruido por completo. Sin perder la seriedad que la caracterizaba, entró al despacho que había acondicionado para Ashley y cerró la puerta con llave. No quería que nadie interrumpiera la conversación que estaban a punto de tener. Se dirigió hacia el escritorio y se recargó sobre él, de frente a Xaver.

¿A qué has venido? —soltó rápidamente. No se atrevía a decir su nombre. Si lo hacía, caería presa para siempre. — ¿No te das cuenta la incomodidad que has provocado? Cuando decidiste aparecer aquí, ¿no pensaste, ni por un segundo, en el dolor de todos nosotros? Y tú…tú sólo llegaste para aportar más confusión, más tristeza. Viniste a remover viejas heridas —hablaba con una parsimonia que no tenía. Su alma era pura tormenta, pura tempestad. —Pero adelante, dime lo que quieras y ve con tus hijos. Conoce a tus nietos. No te privaré de eso, suficiente debes tener con su propia consciencia —se cruzó de brazos y le clavó la mirada. No había odio, sino una profunda melancolía.


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