Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Yngvi el Miér Oct 10, 2018 10:23 pm

Pocos conocen la identidad de lo que se oculta en el interior de esa habitación, perdida en las inmensidades de la única ala desierta del castillo. Flanqueada por una gran puerta, para cuyo cerrojo, según se rumorea, solamente existe una única llave en el mundo, y cuelga alrededor del cuello del ser al que todos en aquel lúgubre lugar se refieren como "Señor". Exactamente, cuatro personas, además del dueño de la llave, tienen permitido el acceso a la misteriosa sala. Miembros del servicio completamente diferentes entre sí a simple vista, en cuanto a estatus y a funciones a desempeñar tras los muros de la fortaleza, pero que sin embargo comparten un mismo secreto. Uno que guardan con recelo, casi con terror, puesto que dejar escapar siquiera una parte de lo que sabían estaba condenado con la muerte inmediata. Ya había sucedido, de hecho. Las personas tienen un límite en su capacidad para guardar secretos, en algún momento acababan mencionando algo, casi sin querer, por descuido o simple excitación, y su destino quedaba sellado. Por eso a nadie le agradaba especialmente la idea de ser "ascendido" y convertirse en uno de los cuatro guardianes. El instinto de supervivencia siempre queda por delante de la curiosidad. Jugarse el cuello por cotillear no resulta una muerte demasiado honorable.


***

Dentro de la habitación, la silueta delgada de un chico se dibuja a los pies de una gigantesca cama, que no tiene permitido utilizar en ausencia de su Amo. Acurrucado sobre sí mismo, los huesos de sus vértebras son perfectamente visibles, y se mueven al unísono de su profunda y pausada respiración. Siempre que está a solas, el chico prefiere pasar su tiempo dormido. Nada en esa habitación le despierta curiosidad, ni tiene para él demasiado significado. Ha memorizado cada figura, cada mueble, cada tapiz, y lo único que ha llegado a concluir, siempre para sí mismo, por supuesto, es que unas cosas tienen colores más brillantes que otras, y que él prefiere cuando son colores "divertidos". Amarillos. Naranjas. Violetas. No es que realmente conozca el nombre de cada tonalidad. Muchos de los términos que tiene para referirse a lo que le rodea no albergan significado para nadie más que él mismo, y su Amo. Pero tiene preferencias, aunque como tampoco es que sepa qué hacer al respecto, su atención no se mantiene en ninguna de ellas por demasiado rato. El chico prefiere cerrar los ojos, y sumirse en la oscuridad y el silencio. Expectante. Aguardando. Ese ha sido siempre su objetivo, su auténtico propósito.

Toda su identidad. Servir a su Amo.
Y soñar.

La gruesa puerta de roble, reforzada con plata y runas antiguas -para que nadie sin permiso pudiera entrar, ni nada pudiera salir-, chirría ruidosamente para luego abrirse lo bastante para dejar pasar a su guardián por el día. O como su Amo solía referirse a ellos, uno de sus "mentores". El chico se despereza de forma lánguida, estirando su cuerpo cual felino haría tras una de sus eternas siestas. No pocas veces le habían comentado sus muchas similitudes con dichas criaturas. Pero él no sabía qué era un felino, más allá de los dibujos que alguna vez le habían mostrado, así que se limitaba a asentir y darles la razón: ellos sabían más, así que debía ser cierto. El hombre encargado de sus comidas desvía la mirada de su cuerpo desnudo. El chico frunce el ceño pero no hace nada al respecto. Ese es su estado natural. En la desnudez se siente cómodo, y puede apreciar el tacto de lo que le rodea de forma más completa, con cada poro de su piel. El chico no entiende por qué otros se cubren, y mucho menos por qué se avergüenzan ante su falta de pudor -una palabra que hacía poco le habían explicado, y ya casi comprendía-. Su Amo siempre le dice que él debe mostrarse por completo. Y a él también le resulta mucho más cómodo. Eso, y que debería haberse acostumbrado. A excepción de los otros mentores, el cocinero lleva ya varios meses sin haber sido cambiado. A estas alturas asumir que el chico y los ropajes no tienen una relación demasiado estrecha, sería la conclusión más lógica que alcanzar.

El chico usa sus manos y rodillas para desplazarse desde su bulto de mantas en el suelo, a los pies del lecho, hasta la mesilla donde el hombre deposita la comida. Las lecciones con este mentor suelen ser rápidas y bastante aburridas. Le explica qué utensilios usar, el nombre de los platos, y el significado de los sabores que va notando mientras mastica. El chico no tiene que hablar prácticamente nunca, y eso es algo que siempre agradece. A excepción de su Amo, ninguna otra de las personas que lo visitan le inspiran demasiada confianza. Y como el resto de elementos de esa habitación en la que ha vivido toda su vida, tampoco le despiertan interés alguno.



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