Victorian Vampires
The warrior against the dragon [Tiamat Sinn] ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Aglaia el Lun 12 Nov - 9:28

"Why this woman intervenes in a conversation of men?
Because only Spartans bring real men to the world."
.

La figura femenina desentona en ese lugar donde el Dios del Vino, Baco, es el protagonista, amo y señor de la taberna. Le ayudan en su empresa la Diosa Afrodita y algunos que otros dioses menores y ninfas permitiendo que las risas, los llantos, la camaradería y los estallidos de ir en algún lugar y momento, sean los sentimientos que predominen. Son lugares que la espartana evita la mayor parte de las veces porque no se siente tan confiada o tranquila. Aún así, trae oculta una daga por cada bota y en cada lateral de la cintura de los pantalones que está usando, haciendo un total de cuatro. Su camisa blanca es de corte masculino y el abrigo es inmenso para la delgadez de su cuerpo y su estatura de apenas un metro sesenta y cinco. Parece nadar dentro de la prenda, todo es parte del artilugio del anonimato para pasar desapercibida.

En cuanto da un paso dentro del sitio, los Dioses Baco y Afrodita le observan para acercarse a ella curiosos sin comprender qué está haciendo la espartana ahí, mirando hacia el Olimpo para espiar a Ares quien está entretenido en una batalla lejos de París. Si no es la guerra, sus miradas pasean del dios de la Guerra a la Diosa de la Sabiduría, acertando en sus suposiciones cuando Athenea sonríe con beatitud. ¿Información? ¿Conocimiento? ¿Alguna pista? ¿Sobre qué? Por puro recelo las miradas bajan de nuevo al sitio en donde la griega toma asiento frente al cantinero solicitando un licor común para no desentonar. Baco sacude la cabeza en un gesto negativo ¿Cómo se atreve la vampiresa a pedir algo que no va a tomarse? De antemano debería conocer que su cuerpo no absorbe el licor igual que un humano común. Es un desperdicio. Se siente ofendido golpeando su gordo vientre inflando los mofletes hasta que Afrodita le acaricia susurrando algo a su oído que le calma. En tanto el Dios del vino refunfuña, la Diosa del amor desperdiga sus dones e infla los libidos de los presentes para que al mirar a la espartana, se les antoje y beban más para mitigar sus ansias dando un tributo indirecto a Baco que asiente con complacencia.

Aguardando tranquila, removiendo el líquido en el vaso fingiendo que da un breve sorbo, la espartana espera paciente a que alguien se acerque. La corta cabellera ensortijada del color del trigo está oculta bajo una gorra pareciendo sólo un muchacho que apenas rebasa la pubertad. Son sus rasgos los que la delatan y esos enormes ojos azul claro los que llaman la atención. Nadie de momento se acerca como si tentaran el terreno, rodeándola como lobos a la presa. No conocen la magnitud del problema que tendrían en caso de saber su procedencia y entenderla. Sólo un hombre se atreve a abordarla, se sienta a su lado pidiendo el mismo licor para hacer la misma pantomima moviendo el líquido en el vaso - Baco estaría disgustado por ver cómo sus uvas son mal usadas - la contraseña está ahí, un dios griego. La propia frase es apoyada por el Dios que se cruza de brazos esperando que ella al menos se disculpe.

De reojo, la espartana mantiene sus ojos fijos en el vaso fingiendo dar otro trago. - Que perdone entonces mi osadía, le haré un tributo cuando salga de aquí - susurra como toda devota de los dioses que a pesar del tiempo, siguen estando presentes en sus oraciones. Baco sonríe y Afrodita le mira con esa expresión autosuficiente que se gasta todo el tiempo. Aglaia lleva el vaso lo justo para apretar los labios y dejar que el líquido los moje - el paquete será enviado a Roma. Le protegen varios inquisidores, entre ellos un hechicero - le susurra bajo en tanto Aglaia lo entiende. Esta misión será crucial para la cruzada de Loyd. Tendrán que hacer lo imposible para sacar del camino ese armamento antes de que llegue al Vaticano y sea reproducido por las hábiles manos de los tecnólogos. Asiente como si aprobara el licor. El hombre se termina de un solo trago su bebida para retirarse no sin antes, discreto, tomar el bolso de monedas que le pasan por debajo de las piernas como pago de su información y para que siga investigando. En ocasiones, tener espías dentro del Santo Oficio es beneficioso. - Manténme informada de cuándo se moverán o bien, si no dicen nada, continúa siguiéndolos, necesito saber la fecha - su voz dulce tiene un matiz malévolo.

En cuanto tengan fuera de circulación ese envío, podrá Loyd reproducirlo o bien, encontrar la forma de inhibirlo. Igual, tendrán que destruir la fábrica donde los producen para retrasar su producción. Una vez que se queda sola de nuevo en la barra, finge estar concentrada en sus pensamientos antes de levantarse para abandonar el sitio. Al menos, es lo que pretende, porque su pequeño cuerpo golpea con otro de mayor envergadura, altura y poderío. El contacto fuerza con fuerza es igualitario, por curiosidad al descubrir que el fortachón no es afectado por el golpe, alza la mirada hacia el rostro queriendo saber quién es el propietario de este probable candidato a guerrero. Sus ojos se encuentran con otros que en el pasado fuera un dolor de cabeza. - ¿Tú? - parpadea sorprendida por encontrarle ahí. Tan lejos de su región natal.

Y sobre todo, aún "vivo". ¿Acaso las malas noticias no tienen fin?


Última edición por Aglaia el Jue 6 Dic - 21:49, editado 1 vez


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Mensaje por Tiamat Sinn el Sáb 1 Dic - 13:17

El pasar del tiempo era algo a lo que todo vampiro debía de acostumbrarse, sobre todo cuando se llevaba en las espaldas más de seis mil años de existencia por el mundo y haber recorrido este dando ya centenares de vueltas al mismo. Desde que me obligaron a abrazar la oscuridad mis días a veces se habían vuelto un tanto tediosos, lo que me obligaba a buscar algo de diversión que me mantuviera con el interés suficiente como para no buscar una diversión que sería sin duda más macabra, y mucho más violenta. El matar era algo que iba de la mano con los vampiros, la sangre era nuestro principal sustento y obtenerla era una forma demasiado fácil si sabías bien jugar tus cartas. Sin embargo, yo odiaba que todas las cosas fueran fáciles y que no tuviera apenas que chasquear los dedos para obtener lo que quería, ¿qué sentido tenía una vida fácil? Yo nunca había sido de ese tipo de personas, más bien era de las que le gustaba los retos y las complicaciones, que algo no me lo dieran tan abiertamente y que tuviera que tirar de todo mi ingenio para conseguirlo. La vida fácil era algo que odiaba por encima de todo, por eso siempre solía buscar nuevos retos que dieran algo de “chispa” a mi vida, porque tras tantas andanzas por el mundo se necesitaba un motor que hiciera que un vampiro no tuviera una existencia tediosa. Había oído casos de vampiros que se dejaban expuestos al sol para acabar con la misma, algunos jóvenes y otros más antiguos, cansados de siempre la misma oscuridad, de siempre lo mismo sin que nada cambiara y perturbara su vida... y yo pensaba que era porque no habían encontrado o descubierto todo lo que la “oscuridad” tenía por ofrecerlos. Yo, con tantos milenios tras mis espaldas, había sido testigo de cómo el mundo había cambiado y había evolucionado, los humanos eran interesantes de estudiar sobre todo cuando ellos mismos eran quienes construían y derribaban civilizaciones por el poder, cómo habían avanzado y evolucionado desde entonces y era interesante ver hasta dónde habían sido capaces de llegar, lo que me llevaba a preguntarme hasta dónde pondrían el límite y qué sería lo próximo que haría ese “salto” que siempre había precedido en la historia. Seguro que en unos siglos lo descubriría y yo estaría allí para ser testigo del mismo. Durante todo aquel tiempo un vampiro tenía demasiado tiempo libre y había que invertirlo en algo, yo me dediqué a conocer todas aquellas culturas que habían en el mundo y aprender de las mismas, pues aunque se tuviera los poderes para poder doblegar y dominar a una persona, nunca había nada más efectivo como conocer su cultura, sus mitos, sus leyendas y sus costumbres para poder dominarlos, y eso es lo que había hecho viviendo en cada uno de los lugares del mundo por un tiempo ilimitado, simplemente, hasta que me había cansado del lugar y había pasado a otro para aprender del lugar, de sus gentes y sus costumbres. Siempre había pensado que era la mejor forma de dominar a alguien sin necesidad de poderes, y lo seguía pensando tras todos aquellos milenios.

Tener todo aquel poder, no solo en habilidades sino también en riquezas, daba para mucho y a mí manera yo me consideraba un “rey”, un antiguo que tenía todo cuanto quería mientras veía cómo los humanos se destruían unos a otros sin necesidad de hacer nada, únicamente por el poder. Vivir a lo largo de todo el mundo daba para adquirir muchos conocimientos que algunos había puesto en práctica y sí, daba totalmente el poder que se quería sobre un humano. Sin embargo, a pesar de mi existencia, jamás había dejado que nadie se atara a mí porque un antiguo como yo tenía sus enemigos y nunca quise darles un blanco fácil para atacarme... ya fui una vez débil y me prometí, en mi nueva vida, que no volvería a serlo nunca. Tampoco había convertido a nadie ni había tenido ningún esclavo, eso significaba crear lazos y era algo que yo jamás hacía. Sin embargo sí que había una mujer que, en su época de humana, había sido la única que había convertido en vampira saltándome así mi propia norma. Yo jamás hacía nada sin pensar y tras todo aquel tiempo había aprendido hacía ya milenios a controlar mis impulsos como vampiro, y la convertí. Aunque ella jamás llegó a saber quién era su Sire, algo que siempre mantuve en secreto para ella y nunca le dije, no porque no quería que lo supiera y porque crear lazos no era algo que fuera conmigo. Ella, la que podría haber sido una reina de Esparta, se había convertido en la única “hija” que tuve, una relación bastante tormentosa que no había acabado bien y que ella había seguido su camino hacía ya demasiado tiempo. Sin embargo eso nunca quitó para que no la tuviera vigilada y controlada, sabía de cada uno de sus pasos, sabía siempre de su localización e incluso a veces habíamos coincidido en el mismo país, salvo que ella nunca llegó a saberlo. Como yo hice con mi Sire, ella también siguió su camino pero yo la tenía controlada para saber dónde se encontraba. Nunca le dije nada porque sería el blanco perfecto para mis enemigos, mi único “lazo”, mi única “debilidad”. Ahora sabía que se encontraba en la ciudad de París, ya había estado innumerables veces en esa ciudad y había visto el cambio en todo aquel tiempo... aunque sabía que se estaba convirtiendo en un hervidero entre los sobrenaturales que acudían a la ciudad atraídos como una polilla a las llamas, y la Inquisición que trataba de exterminarlos. Para un vampiro como yo, que buscaba emociones fuertes y con la curiosidad que tenía, era imposible no acercarme a la ciudad sabiendo que ella se encontraba allí, para además ver en primera fila la oscuridad que envolvía a la ciudad. La Iglesia siempre metiéndose para intentar mantener su poder e imponerse a los demás, aquello era una tentación que no pude resistir y al final acabé en París, en una de mis residencias que tenía a lo largo del mundo y que siempre estaban bien cuidadas para cuando yo decidiera aparecer sin avisar. Esa vez no fue la excepción y para cuando llegué todo estaba preparado, un par de días más tarde me encontraba en la búsqueda de la inmortal ataviado siempre con ropa elegante, y por supuesto, esa espada que siempre llevaba conmigo. En mi pecho el colgante de un dragón negro sujetando una gema rojiza, en la empuñadura de mi espada las garras de un dragón, porque eso es lo que era; inmortal, de carácter fuerte y con poder, lo mismo que era un Dragón. Seguir el rastro de la vampira para mí era demasiado fácil, no por nada llevaba mi sangre corriendo por sus venas y era por eso mismo que supe dónde se encontraba. En aquella taberna de mala muerte, con una capucha la observé en la oscuridad mientras una sonrisa ladeada se formaba en mi rostro, ella jamás querría verme de nuevo y yo siempre había aparecido por su vida de manera improvisada, no dejándola “libre” del todo, no porque yo era como la sombra de la cual jamás podría deshacerse. Ni siquiera había notado mi presencia y eso me hizo reír entre dientes, ¿habría perdido parte de sus facultades? Pronto lo averiguaría. Cuando se movió para salir del local vi mi oportunidad y me dirigí hacia ella cuando nuestros cuerpos chocaron, de haber sido una humana ella habría acabado estampándose contra la pared, sin embargo aguantó el golpe mientras yo quedaba de pie observándola. Para cuando sus ojos se alzaron hasta los míos, un “tú” salió de sus labios con cierta sorpresa, pero sin ninguna emoción en su voz de alegría por verme allí, y seguramente: vivo.



-Vaya espartana, pensaba que no ibas a darte cuenta de que nos encontrábamos en el mismo lugar –aseguré con un deje divertido en mi voz- quién iba a decir que la espartana ha perdido facultades, ¿para eso te entrené? –Chasqueé la lengua mientras me cruzaba de brazos- ¿tan sorprendida estás de verme por aquí, y vivo? Lamento arruinarte la diversión de pensar que había muerto, ya te dije que siempre sería tu sombra y en cierta manera tu peor pesadilla, no quería privarte de mí existencia sabiendo que no puedes alejarte de mí –comenté con una sonrisa ladeada, porque no sería la primera vez que expresaba sus pensamientos de quererme muerto, algo a lo que estaba acostumbrado y que no me afectaba en lo más mínimo- ¿tanto me echabas de menos que te has quedado, después de todo, sin palabras ante mi presencia? Podrías haber venido a buscarme de ser así, podríamos haber recordado viejos tiempos –tiempos donde ambos cazábamos humanos, destrozábamos y causábamos muerte y destrucción por donde íbamos, porque aunque al principio me odiara mi sangre fluyendo por sus venas siempre la enlazaba a mí, algo que ella no sabía pero que quizá se lo dijera, solo para ver su rostro ante el tamaño de tal noticia- tanto tiempo sin vernos, Aglaia.


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The warrior against the dragon [Tiamat Sinn] Empty Re: The warrior against the dragon [Tiamat Sinn]

Mensaje por Aglaia el Vie 7 Dic - 12:55

Tenía una vida digna de una mujer espartana, tuvo un marido a quien le dio dos fuertes hijos, uno de los cuales llegó a ser un guerrero de valía en el campo de batalla y el otro, un gobernante de los que pocos pueden compararse por sus logros. Estaba destinada a ser reina y en lugar de ello, alguien le arrebató la vida en un acto de total cobardía dejándola sola a despertar a una existencia de oscuridad, sangre y soledad. Lo último fue auto-impuesto. Elegido por ella en tanto aprendía de esta nueva condición que los espartanos consideraron una maldición de los dioses y por otro lado, en la propia guerra desarrollada en enormes tierras, una bendición. Tal cual hacían con las mujeres, Aglaia fue entrenada desde muy joven para aprender sobre economía y administración, de igual forma, se le exigía tener una constitución física adecuada porque así tendría hijos sanos, fuertes y grandes, tal cual era su destino. Eso fue lo que le ayudó a salir adelante, a adentrarse en medio de las batallas para crear un desequilibrio con estas nuevas habilidades que le sirvieron a los espartanos y de paso, a los griegos en sus combates con Jerjes y los suyos.

Avanzó gracias a algunos personajes que se atravesaron en su camino, el primero fue Héctor, un griego que tuvo la decencia de enseñarle todo aquéllo que su Sire obvió al dejarla abandonada. Tras él, muchos más le tendieron la mano creando a la vampiresa que hoy es. Si bien es cierto que Tiamat tuvo sus puntos que podría agradecer, el que constantemente sea una piedra en la planta de su bota le quita los mismos buenos deseos. Esta vez aparece en París después de tanto tiempo sin siquiera presentarse. Deseó que estuviera muerto, es cierto, porque personajes como él, es mucho mejor tenerlos alejados de su ser. En cambio, está frente a ella, como si fuera un enviado de los dioses digno y con ese gesto en su rostro que es petulante y dista de ser agradable para la espartana a quien los altaneros, prepotentes y egocéntricos le sientan mal. Ya tiene suficiente con Héctor como para que Tiamat decida permanecer a su lado. - Hay momentos, en que sí, desearía que estuvieras muerto y enterrado boca abajo, porque presiento que eres capaz de revivir y si quieres salir, te hundirías hasta llegar al centro de la tierra para saludar a Hades y sus huestes - su griego no lo cambia por nada, sobre todo con personas como este vampiro que la comprende tan bien al hablarlo como un nativo.

Muchas veces le preguntó sobre su origen, sólo obtuvo evasivas en el mejor de los casos. En los peores, de vuelta ese gesto engreído que tanto la desquicia. Si tiene algo a favor el vampiro, es su habilidad de hacerla perder el buen juicio. - Oh sí, claro, existo para estar a tu lado, para lamer la suela de tus botas y ponerme de alfombra para que me pisotees - avanza con la intención de salir de la taberna. Le gusta su anonimato, a diferencia de él, dista de gustarle todo eso de llamar la atención. Con el paso del tiempo se convirtió en una forjadora de soldados, de ejércitos que lideró con mano dura, pero justa. Sus childs fueron pocos a comparación de los siglos a cuestas, pero sus ghouls fueron incontables y a todos entrenó con ahínco, buscando en ellos los valores y las habilidades que les hicieran cuasi perfectos, tal cual los espartanos hacían con sus recién nacidos. Eso, quedó en el pasado, si bien aceptó a una nueva ghoul con Amane, su estadía con ella será más que corta a diferencia de los demás que todavía le tienen para darles consejos.

Agotada la paciencia que le correspondía a Tiamat, tenerlo frente a ella es un martirio. Un suplicio que está corta de aceptar. Está dispuesta a echarlo de su vida a patadas de una vez por todas y que entienda que ya no lo acepta más. - ¿Alguna vez vas a madurar? No eres el centro del universo para que los demás estemos a tu alrededor. Lo que me enseñaste, lo pagué con sangre y heridas defendiendo tu cabeza contra tus enemigos, guardando tus secretos - está fastidiada de todo ésto, de su actitud, de su talante y sus exigencias. De que si no la entrenó así, de que debería cambiar algo más. - No eres mi sire para estarme reprendiendo. Vamos, ¡Ni Héctor lo hace! Y a mis ojos, él es mi sire - porque es así. No hay forma de que ella piense diferente y si supiera la realidad de Tiamat, seguro que su respuesta sería más mordaz que ésta, la cual sólo está cargada de leves atisbos de madurez y comprensión de sus propias actitudes, algo que pudo madurar al paso del tiempo que estuvieron separados, sobre todo de este último lapso.

Héctor le tendió la mano y por más que luego escapase dejando enemigos atrás para que la espartana lidiara con ellos, fueron más sus enseñanzas que las jugarretas que pueden ser vistas como la parte final de sus entrenamientos. Tiamat llegó mucho después a su existencia, con movimientos mucho más letales que los de Héctor, haciendo que a veces la espartana maldijera su sino al tenerlo en su camino. Los pasos de la fémina, le llevan a la puerta de la taberna, tiene cosas por hacer que sólo estar poniéndose al corriente con el vampiro. Y en realidad, está en una etapa de su vida en que la paciencia se le acaba y pronto. Puede tenerla con sus childs, incluso con sus ghouls, pero jamás con un vampiro tan milenario como Tiamat. - ¿Sabes? De verdad, no estoy para soportar tus comentarios, tu actitud y mucho menos tu presencia. Estoy en un punto de mi existencia en que ya es suficiente tanta estupidez y voy a tener una guerra digna de encontrar la hermosa muerte espartana. Así que, no te preocupes, mis fallas, mis defectos, lo que te disgusta de mí, está próximo a extinguirse. Puedes estar tranquilo, ya me cansé de todo tal cual querías. Que me fastidiara de esta vida de oscuridad, sangre y pelear guerras que no inicié, pero que debía terminar. ¿No era eso lo que querías? Ya lo obtuviste, ahora si me das espacio, prometo que en menos de tres meses, dejo de existir y podré ir al Hades a estar con los míos en el Infierno de la Violencia - es lo que está planeando.

Para eso, participa activamente en los movimientos de Loyd, para encontrar en la Inquisición a alguien que pueda darle muerte de una vez por todas, hastiada de la existencia monótona que ha llevado estos milenios. Para alguien como Aglaia, la vida dejó de tener sentido, por lo que sólo busca quien pueda matarla en una guerra digna de presentar la cara ante su abuelo Leónidas y decirle: "Vengo a contarte cómo fue que morí hermosamente". Esa, es la ley espartana. Y la vampiresa está dispuesta a seguirla a rajatabla le pese a quien le pese.


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The warrior against the dragon [Tiamat Sinn] Empty Re: The warrior against the dragon [Tiamat Sinn]

Mensaje por Tiamat Sinn el Dom 30 Dic - 14:49

Sabía que mi presencia no iba a gustarle a la espartana y que no le haría demasiado feliz verme allí en aquella taberna, seguramente en más de alguna ocasión había pensado que estaba muerto o había deseado mi muerte por encima de todo. Lo único que ella no sabía es que incluso aunque estuvieran en la posición y en la situación adecuada y perfecta para darme muerte jamás podría hacerlo, ella desconocía el oscuro secreto que yo había guardado por aquellos milenios en torno a ella y eso era la baza que siempre jugaba a mi favor. Por mucho que quisiera alejarse de mí jamás podría hacerlo del todo, siempre acabaría acudiendo a mí porque no podía evitarlo, porque era lo que hacía un lazo de sangre entre dos vampiros cuando se cruzaba la línea. Yo que jamás había convertido a nadie, que no había dado mi sangre a nadie para convertirlo en lo que yo era había caído con aquella humana que pudo ser la reina de toda Esparta, una guerrera nata, una valiente que podría haber llevado a su pueblo a la gloria, darle los mejores hijos que Esparta alguna vez podría haber tenido... sin embargo codicioso, lleno de avaricia y de cierta maldad la convertí en la vampira que era en esos momentos. Siempre altiva y sin abandonar aquel porte regio que la acompañaba siempre, nuestros caminos habían sido tormentosos, llenos de peleas de idas y de venidas donde al final acabábamos encontrándonos con el paso del tiempo. En nuestro tiempo fuimos dos demonios que arrasaban con todo lo que se encontraban, sus años más oscuros sin duda alguna podía decir que habían sido a mi lado; cazábamos como queríamos, nos saciábamos de sangre y en su pueblo y sus costumbres el sexo iba también de la mano disfrutamos de momentos de placer aunque jamás habíamos sucumbido el uno al otro. Ella porque era demasiado altiva para hacerlo, yo porque no quería volver a caer ante ella ya que lo había hecho una vez y no volvería a dejar que pasara de nuevo. Me convertí en su sombra, en el demonio que la acompañaría por toda la eternidad y aunque no nos encontráramos en el mismo país siempre supe que mi sangre le haría pensar que de alguna manera estaba cerca, ella desconocía su procedencia y yo jamás se lo había revelado por mucho que me lo preguntó en su momento. Nuestros encuentros siempre habían sido salvajes y llenos de caos, de muerte y de sangre... pero ella decidió tomar su camino como yo lo hice una vez en su día y no le prohibí que se marchara, porque siempre supe que su destino empezó conmigo y terminaría de igual forma: conmigo. Mi visita a París había sido únicamente porque algo me había llevado hasta allí, sabía de buena mano lo que ocurría en la ciudad francesa y me intrigaba saber por qué la mayoría de los sobrenaturales se veían atraídos principalmente a la ciudad, porque se había convertido en un hervidero donde la Inquisición no daba abasto para matar a tantos sobrenaturales. Sabía que tras todo había una razón y de alguna manera pensaba averiguarla, sabía que habían otros vampiros antiguos como yo que rondaban por la ciudad francesa, había escuchado rumores acerca de una familia de vampiros que, como yo, dejó un legado de oscuridad, caos, muerte y destrucción allá por donde pasaban. Nada tenía en su contra, nada quería con ellos, pero que todos se congregaran en la misma ciudad y en esos momentos me hacía pensar que algo estaba pasando y yo no quería perderme parte de la fiesta.

Otro motivo era ella, sabía que estaba en la ciudad porque siempre la tenía vigilada aunque ella no lo supiera porque de saberlo habría acudido a mí para que dejara de hacerlo, sin embargo en aquella taberna donde no se percató de mi presencia y su sorpresa fue grande cuando chocó contra mi cuerpo supe que la reina, esa que siempre ostentaba el porte regio y que siempre respondía con fuerza, parecía que se apagaba frente a mí porque en sus ojos no ostentaba el mismo brillo... como si hubiera perdido las ganas. Ella siempre era mordaz con sus respuestas y aquel encuentro no iba a ser menos, ladeé la sonrisa cuando dijo que me quería muerto y enterrado boca abajo para que no pudiera salir a la superficie... Aglaia siempre había sido mi más preciado y codiciado trofeo, aquel que siempre tenía vigilado y por el que sabía que otros vampiros habían pasado por su vida pero nadie, ninguno de ellos, tendría lo mismo que teníamos por mucho que lo intentaran. Sus ganas de matarme, o de verme muerto, no habían menguado con el tiempo y de nuevo volvía a equivocarse en algo; puede que no fuera el centro del universo para todos, pero para ella, sí era el centro de su maldito universo. Y por más que tratara de negármelo ella en el fondo sabía la verdad como la sabía yo, porque mi sangre nos unía y nos ligaba por toda la eternidad, porque siempre ella se sentiría extrañamente atraída hacia mí aun cuando no lo comprendiera, y sin que ella lo supiera, siempre la había tenido en la palma de mi mano. Pero Aglaia era rebelde y su carácter férreo la llevó a alejarse de mí, y ahora parecía por sus palabras cansada de todo. Fruncí ligeramente el ceño por lo que me decía cuando me preguntó si no iba a madurar, lo cierto es que mi comportamiento siempre había sido así con ella y sí, era cierto que todo lo que le enseñé lo pagó en sangre luchando junto a mí contra mis enemigos, pero en cuanto a mis secretos... aún tenía demasiados escondidos que ella no sabía, y que quizás pronto vieran la luz. Gruñí cuando volvió a nombrar a aquel maldito vampiro que, de alguna forma, se atribuyó que era su Sire como si hubiera sido él quien le enseñó todo lo que sabía... aquel maldito vampiro que se creía un dios y que como yo también la había abandonado... pero yo siempre cuidé de ella en las sombras, algo que ese hijo de puta no hizo nunca y nunca haría porque nada lo ataba a ella, porque no era nada para él mientras que a nosotros el lazo de los vampiros nos unía lo quisiera ella o no.


-Cuida tus palabras, Aglaia, siempre he sido bastante permisivo para consentir tus comentarios mordaces pero mi paciencia tiene un límite y con el paso de los siglos este se hace más corto. Cuida lo que dices, porque me debes respeto al estar ante un mayor y como tal debes de comportarte... no olvides que soy el que puede matarte aquí de los dos, y si no lo he hecho, es porque me interesas más estando viva –no era del todo mentira, pero tampoco era del todo cierto. Mi sangre corría por sus venas y por eso mismo no la mataba, por eso seguía todavía con vida y hollando el mundo de los mortales- así que, ¿consideras a ese como tú Sire? –Chasqueé la lengua- siempre te consideré con buen criterio espartana, parece que con los años se ha ido nublando... alguien que te abandona y que te vende para salvarse no podría ser nunca un Sire, ¿no lo has aprendido tras tantos que has creado de tu sangre? –Y esos, en parte, también eran “míos” pero no de forma tan pura como lo era ella, pero sabía que a lo largo de su existencia había creado a incontables vampiros para su causa. Lo que no esperé fueron sus siguientes palabras, que quisiera encontrar la muerte en una guerra digna como si estuviera cansada de la vida que llevaba, ¿dónde quedaba la férrea convicción de ella, dónde quedaba el carácter forjado a fuego? No la convertí para que perdiera la vida en una estúpida guerra contra la Inquisición donde ella no tenía nada que ver, salvo que estos siempre habían querido matarnos. Se equivocaba cuando afirmaba que yo quería exactamente eso, de haberlo querido, la hubiera matado yo mismo hacía siglos y si seguía con vida era porque yo así lo quería. Mis ojos la siguieron hasta que llegó a la puerta, el tono rojizo indicaba que yo tampoco me andaba con bromas y sin decir mucho más empujé la puerta abriéndola de golpe, mi mano se cernió en su brazo aferrándola para sin dejar que se soltara tirar de ella hasta colarnos en un callejón lejos de la gente, de las miradas curiosas para poder hablar sin que nadie nos interrumpiera. La lancé cabreado al final del callejón donde no había salida, si quería salir tendría que ser sobre mí y sobre ella descargué mi mirada plagada de ira- ¿entregarte a la muerte? Eso no me lo esperaba de la mujer que conocí llena de fuego y de carácter, ¿son las cenizas lo que ahora quedan de ti? No pienso dejar que mueras Aglaia, no te dejé con vida todo este tiempo siendo tu sombra para permitir que ahora mueras solo porque a ti te place acabar con tu existencia... ¿qué te ha hecho llegar a esto? –La repasé con mis ojos y volví a chasquear la lengua- en ti no encuentro lo que una vez fuiste, ¿el paso del tiempo ha sido demasiado para ti, que no has podido soportarlo? No creí que tú caerías como lo estás haciendo, ¿dónde está ese Sire del que tanto haces alarde? ¿No hace él nada para que no estés al borde de la muerte? –Acorté la distancia hasta acabar frente a ella, mi mano se alzó hasta rodear su cuello y empujé hasta que su espalda quedó contra la pared- una belleza marchita, eso es lo que puedo apreciar en ti en estos momentos. Él no ha podido consolarte, no ha podido hallar la manera que cambies de opinión ¿y sabes por qué? Porque solo tu verdadero Sire podría hacerlo. Tú eres de las que necesita acción en su vida, chispa, fuego y llama Aglaia... y estás dejando consumirte, ¿por qué? –Pregunté acariciando su mentón con mi pulgar porque, aunque el agarre estuviera entorno a su cuello no apretaba, era mi forma de imponerme sobre ella y que viera quién era el que tenía verdaderamente el poder de los dos- ¿y si te dijera que podría saber quién es tu Sire? ¿No querrías saberlo y averiguarlo? –Mis ojos se clavaron en ella, no la convertí para que ahora se auto entregara a la muerte porque así le daba la gana- me gustaba la Aglaia mordaz y luchadora, no la sombra que queda de ella.


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Mensaje por Aglaia el Dom 30 Dic - 21:12

Su paciencia tiene un límite, ha sido bastante permisivo, cuida lo que dices, le debe respeto, debe comportarse, si no la matará y bla, bla, bla. La misma diatriba de todos los tiempos en los que se encontró con él, vuelve a ser la bandera que agita de un lado para el otro aburriendo más a la espartana. A sus oídos siguen siendo las mismas palabras cada vez que se reúnen, como si no hubiera otro tema más importante, como si para él fuera indispensable que ella le rindiera tributo. ¿Cuándo lo hizo? Jamás. En todo momento Aglaia se ostentaba como la más rebelde de las vampiresas, exigiendo que le demostrara por qué tenía que bajar la cabeza. ¿Lo peor? Tiamat es capaz de eso y mucho más. Un guerrero bien curtido, experimentado, que varias veces le hizo morder el polvo. Esos años o milenios a las espaldas, hacen de él, un combatiente cuasi invencible. ¡Cuánto no aprendió de él!

Y así como aprendió, sufrió. Heridas, desacuerdos, peleas, gritos, violencia, golpes. En más de tres ocasiones él desapareció de la faz de la tierra. Quizá comprendía que era la única forma en que Aglaia no intentara matarlo o morir en el intento. Siendo espartana, le tenía su ley prohibido rendirse o huir y tener una muerte gloriosa en manos de un gran guerrero, sería perfecto. No le dio el gusto, Tiamat tenía por costumbre desaparecer cuando la estructura estaba a punto de colapsar. Sus caracteres son incompatibles. Él dado a gobernar, ella dada a rebelarse. Imposible encontrar un punto en común. Su reproche con Héctor es milenario. La misma cantaleta, el mismo enojo. Como si a él le importara demasiado que ella tomara al titán como su sire. - Al menos él se preocupó por mí cuando era una neonata - repite lo que todas las veces que hablan del tema ha dicho.

- Lo mismo puedo decir de mi sire. ¿Dónde estuvo cuando lo necesité? - sacude la cabeza haciendo que sus rizos caigan alrededor de su rostro. Está harta de los mismos temas, las mismas dudas con diferentes personas, está hastiada, aburrida, enfadada. La presencia de Tiamat sólo exacerba todos esos sentimientos negativos. Para su fortuna llega no sólo a la puerta, si no que sale por ésta. Mira al cielo sonriendo a Zeus, agradeciendo al padre de los dioses que el vampiro se quedase atrás. Quizá agradeció demasiado rápido, como una ráfaga, el antiguo apareció tras ella, le tomó del brazo y la llevó como si fuera una maldita neonata hasta un callejón donde la empujó dentro. Si alguna vez recordó su rabia y la potencia de sus brazos, nunca como hoy. Su cuerpo impactó contra algunas cajas ahí olvidadas, rompiendo vidrios y creando un buen sonido de jaleo.

Se queda boca abajo, incorporándose en tanto sus reclamos resuenan. Las ratas huyen a toda velocidad temiendo la ira del matusalén que le exige respuestas. Se queda de rodillas, con las manos apoyadas en el piso en medio de sus piernas, mirando al frente a una pared sin que responda su voz. Exhala un aire contenido, se pone en pie sacudiendo sus prendas, encara al vampiro, su movimiento es rápido atrapando su garganta, pegando su espalda a la pared. No aprieta demasiado y aunque lo haga, ella no puede perder el aliento. Le echa en cara todo lo que está haciendo, la persona en la que se convirtió. Sus childs pueden no apreciarlo, pero alguien como Tiamat es algo que no dejaría pasar. Ni siquiera le puede negar lo que dice, tiene toda la verdad en las manos, la diferencia es que ella no quiere continuar.

Alza los ojos observando los grisáceos del vampiro. Se sonríe amarga, sacude la cabeza. - ¿Cuándo me interesó el cobarde, deshonorable y estúpido del que me mató y me dio su sangre? Ni siquiera puedo llamarlo sire, Tiamat - intenta soltarse por fin. Al no lograrlo, se queda quieta. - Déjame libre, Tiamat, de verdad no estoy bien y cada vez empeora más. Tu presencia no me ayuda y si vas a matarme porque no te respeto, porque no me interesa seguir en este maldito mundo, deja de amenazarme y hazlo ya. ¿Qué no lo entiendes? Estoy harta de todo, de las peleas, de las guerras, de que llegues y siempre quieras que bese tus pies - mira al cielo oscuro restregando el rostro con ambas manos - ¿Si beso tus pies, te irás y me dejarás en paz? Dime qué quieres, Tiamat. Dímelo y lo hago con tal de que desaparezcas para siempre de mi vida, porque parece que nada te gusta y nada quieres en realidad. Juro que lo hago, sólo quiero que te vayas y no vuelvas - se cubre los ojos con la mano siniestra. Está agotada. Muy, muy cansada.


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Mensaje por Tiamat Sinn el Jue 14 Mar - 12:36

La miraba, la escuchaba pero no veía a la antigua mujer que había conocido y que se había convertido en la gran guerrera que un día fue incluso siendo humana, el espíritu de lucha que tenía, la forma en la que se movía en el campo de batalla y sus movimientos se hicieron más gráciles, mortales y perfectos con su nueva condición vampírica, verla en el campo de batalla era una auténtica delicia para alguien que disfrutaba de momentos como esos, sin embargo ahora que la miraba en aquel callejón tras tanto tiempo en la que no nos habíamos juntado afirmaba que no la reconocía en absoluto, que no veía en ella el antiguo esplendor que había poseído ni tampoco veía a la guerrera espartana que se enfrentaba a todo sin miedo a nada pues ella era muerte, ella era caos. No entendía qué le había llevado a estar así pero jamás pensé que los años, que los siglos, le pesaran tanto de esa manera como para que se dejara de una manera en la que era fácil a simple vista ver los fallos, los errores que tenía y la grieta que se hacía cada vez más grande en su interior resquebrajándola por completo. Nunca llegué a pensar que vería así a la vampira con lo que había sido, yo nunca dejé de saber qué era lo que estaba haciendo, jamás dejé de controlarla y ahora que había ido a París para ver por qué todo lo sobrenatural se sentía atraído hacia ese lugar como si no pudiera evitarlo, como si una fuerza mayor tirara empujando con fuerza... aquella ciudad tenía algo, había oído sobre unos vampiros milenarios también conformada por una familia que parecían estar causando revuelo en la ciudad, además de eso la Inquisición parecía salir más reforzada que nunca y una guerra se avecinaba, podía sentirlo en mi interior y ver cómo había cambiado tanto la ciudad incluso hasta me sorprendía, pero ya cuando supe que ella estaba allí supe que algo pasaba. Claro que jamás esperé encontrarla de esa manera en la que poco le importaba su vida, no luchaba como antaño, de ser mil años antes me habría intentado tumbar en el suelo y hubiera peleado con fiereza para que la soltara... ahora solo se relegaba y esperaba para que le diera el toque de gracia, uno que no iba a llegar porque en mis planes o en mis pensamientos no entraba el matarla. Ahora mis planes deberían de cambiar, quizás revelar una verdad que había guardado en secreto durante tantos milenios pudiera hacerle despertar de alguna manera, no lo sabía pero no iba a permitir que la única que había convertido en vampira decidiera por sí misma abandonarse a la muerte, entregarse a la parca como si poco le importara su vida y aunque era así, su vida era completamente mía.

La miré frunciendo el ceño por sus palabras, era como una flor marchita que cada vez se iba degradando y marchitando conforme pasaba el tiempo, como si perdiera su energía y no hiciera nada por recuperarla. Había encontrado una causa con la cual ella pensaba que podría ponerle fin a su existencia de una vez, pero yo era un ser demasiado egoísta como para permitir que algo que era mío por derecho se dejara morir de esa manera. La antigua reina no solo había perdido su corona, sino que había perdido todo su toque y su gracia quedando en una sombra de lo que había sido, y de no hacer algo, pronto solo quedaría de ella cenizas para el recuerdo. Sonreí ladino cuando dijo qué quería de ella, cuando veía ese odio que le tenía al que decía que era su Sire, había odiado cuando aquel vampiro la tomó para enseñarle pero incluso hasta él la había abandonado y la había dejado a su suerte, por mucho que ella se empeñara en negar lo evidente. Negué con la cabeza porque era cierto que me había apoderado de mi poder, de mi superioridad, ¿qué clase de vampiro milenario no lo haría? Todos aquellos que albergaban un gran poder se retroalimentaban siendo superiores a los demás, utilizando eso en su beneficio... y yo no era menos. La miré de manera fija cuando me preguntó si besando mis pies cambiaría algo la cosa, que si iba a matarla que lo hiciera ya y no esperara para hacerlo. Fue entonces cuando la solté y di un par de pasos hacia atrás, chasqueé la lengua en total desaprobación por sus palabras, por verse tan vencida y derrotada habiendo perdido todo el fuego que un día la llenó de vida.



-No te reconozco Aglaia, ¿crees que besar mis pies cambiaría en algo las cosas? ¿Te dejaría en paz? Estúpida muchacha –dije mientras la observaba con la cabeza ligeramente ladeada- nunca te has parado a pensar, o mejor dicho, a indagar en porqué siempre terminamos de esta forma ¿no es así? –Mi sangre fluía por sus venas, mi sangre fue la que le dio la nueva e inmortal vida... y eso nos hacía estar conectados en cierto sentido- ¿nunca te has parado a pensar por qué siempre nos encontramos, por qué siempre acabamos juntos? –Nuestra historia había sido de un tira y afloja constante, más de odio que de amor pero siempre habíamos estado conectados- no sabes toda la historia y es por eso mismo que no puedes comprender los motivos que te han llevado hasta este lugar, a esta situación –dije con una sonrisa divertido- la inmortalidad no es un regalo que sea algo agradable, no al menos si no encuentras algo que hacer con todo ese tiempo... tú pudiste reinar Aglaia, pero te manejas mejor si hay alguien que te guíe, que te diga por dónde ir y que te deje el camino. Eso es lo que hacía yo pero eres rebelde, eres un espíritu indomable y no puedes permitir por mucho tiempo que otro esté por encima de ti... eso era lo que siempre me gustaba de ti –dije mientras me paseaba por el lugar- soy egoísta, ya lo sabes, dejar que solo quede de ti cenizas no es algo que me guste demasiado... quizás necesites toda la historia para conocer la verdad aunque no creo que estés preparada para ella –sonreí parándome para mirarla, con una sonrisa torcida- piensa Aglaia, ves a esos oscuros lugares de tu mente e intenta recordar tu principio como vampira, es el momento de que sepas quién es tu Sire de una vez... y créeme, la respuesta no es algo que esperes o que vaya a gustarte.


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Mensaje por Aglaia el Jue 14 Mar - 17:55

Tiamat es el ser más desesperante que tuvo el disgusto de conocer desde sus primeras noches como vampiresa. Es un antiguo vampiro con un poder que al inicio, la sorprendió gratamente hasta que abrió la boca. En retrospectiva, la primera vez que dio con él, encontró una ansiedad por permanecer a su lado, por seguir sus pasos, estar a su vera y aprender todo lo que quisiera enseñarle. Y después, vino un conflicto entre ambos. Su forma de intentar mantenerla bajo su control, su territorialidad que crispaba los nervios de la espartana. Ella es una mujer libre y esa idea proviene de sus días como humana, como reina de la polis más bélica de toda Grecia. Tiamat quería cortar sus alas y ella se revolvía como gato boca arriba negándose a claudicar. El estira y el afloja los llevó a pelear de forma impresionante y después del choque de voluntades, cada uno se fue por su lado airado y, está de más, golpeado.

Después de eso, los encuentros con cíclicos. En el instante en que Aglaia se siente mejor, aparece él y pone todo su mundo de cabeza. Debe reconocer que las cuatro ocasiones en que estuvo en grandes problemas -dos de ellas fueron por culpa de Héctor-, fue Tiamat quien apareció a ayudarla sacándola del atolladero con una facilidad que dictaba cuán poderoso es. Eso no lo discute, el vampiro puede ser un insufrible, pero si la espartana lo necesita, aparece sin dudar y la apoya en todo lo que sea sin pedir nada a cambio. Corrección, lo único que no deja de pedir es su cuerpo. Compartir el lecho se hizo una adicción para la pelirrubia. Y a diferencia de su relación con Héctor que es por completo de maestro-pupila y ni siquiera se han dado un beso, con Tiamat es completamente diferente.

El vampiro sabe cómo tocarla, cómo hacer para que reaccione con una intensidad que podría jurar que es humana. Nunca tuvo tantas sensaciones unidas que con él. ¿Por qué? Siempre fue la pregunta y alguna vez uno de sus childs le respondió cuando hablaban del hombre en particular: - ¿Quizá porque él es tu otra mitad? ¿O quizá, es tu hermano de sangre? ¿Lo has pensado, sire? Es decir, si tienen tanta conexión y la tuvieron desde que se conocieron y tú sigues sintiendo que algo raro pasa entre ustedes, ¿Podría ser por eso? - en aquél momento lo desestimó, pero ahora. Hoy, se concentra en lo que siente cuando lo ve. Primero la rabia, pero le sigue una sensación de alivio, de consuelo con sólo poner los orbes en sus oscuros y tormentosos espejos de su alma. Tiamat tuvo una mirada profunda, agresiva la mayor parte de las veces, sobre todo cuando ella hablaba de Héctor. Aglaia siempre pensó que tenía envidia por el griego.

Ahora no está tan segura y en tanto él le recrimina sus fallas, la espartana alza la mirada con pesar. - A diferencia de ti, estoy cansada. No veo que avance en mi existencia, no veo algo que pueda perdurar y que me mantenga interesada. Ya me cansé - echa atrás la cabeza porque por supuesto, el milenario no está de humor y no quiere dejarla ir tan fácil. - ¿Ves cómo tú solo te contradices? Me harta cuando eres así, porque nunca cumples nada y sólo alardeas de algo con lo que te quedas corto - se acaricia las sienes. Si fuera humana, tendría dolor de cabeza. Las palabras de Tiamat la obligan a alzar de nuevo la mirada hacia él. - ¡Por supuesto que me devano los sesos con saber por qué diablos apareces y pones de cabeza mi existencia! ¿Cómo es que tienes tanto poder cuando lo que desearía es darte una patada en tu viejo culo y mandarte muy lejos? - ya está.

Unos instantes bastan para que ella vuelva a enojarse con él, consigo misma, con la vida por volverlo a poner frente a ella. - Me cansas, Tiamat. Nunca te decides, siempre estás por ahí ufanándote de que lo sabes todo y no sabes una mierda - le gruñe mostrando los colmillos llena de ira. Tanta palabrería la harta, hasta que llega al punto en que la libra de sus ataduras mentales. El instante en que la obliga a pensar y a recordar quién fue su sire. Y en su mente, se encuentra la respuesta cubierta por un poder que impedía que atravesara más allá sobre esos recuerdos. La espartana traga saliva al recordar todo. Al verlo a él, Tiamat, mordiendo su piel, succionando con fuerza, llenándola de placer y locura. Tomando sus caderas en tanto hundía su hombría en ella. Podía recordar cada parte de ese encuentro sexual en la misma cama que la espartana compartía con el rey, a donde él se coló para única y exclusivamente transformar durante el acto sexual a la que era reina de Esparta y luego, llevársela y abandonarla en la nada.


Los labios le tiemblan, queda tan pálida que podría ser translúcida. Y la bofetada que le propinó llevó impresa la rabia, la ira, la decepción, la frustración y el dolor que guardó por todos estos milenios. Para más contundencia en su golpe, rasgó la mejilla de Tiamat con sus garras dejando cuatro largos y profundos surcos. - ¡Bastardo! - sacude la cabeza intentando alejar los recuerdos, pero es incapaz de ello. La engatusó, se hizo pasar por su aliado, le ayudó contra sus enemigos y cuando mandó al último de sus hijos a la agogé, la atacó y transformó. - ¡Bastardo! - saca las espadas gemelas de sus fundas, el ataque es bestial.

Aglaia golpea, él se defiende. Los dos titanes pelean sin control, sin piedad, ni cuartel. La espartana deja que toda la rabia que tiene dentro salga de sus poros, toda la ponzoña sea extirpada con cada golpe que le da, cada corte que prolonga su sufrimiento, el de él, el suyo porque llega un momento de comprensión tal, que va entendiendo todo lo que pasó, por qué la ayudó, por qué se presentaba. La verdad tras sus enigmáticas palabras, tras su ira contra Héctor. Golpea de nuevo y de nuevo, hasta que él encaja sus garras en su abdomen, exigiendo su rendición y la rubia no cede. Lo empuja con uno de sus pies, lo avienta lejos a pesar de que eso desgarra su abdomen.

Y cuando lo tiene en el piso, se concentra causándole dolor por medio de la mente. Lo mantiene ahí, sin hacer nada más que revolcarse, - no debiste mentirme. No debiste engañarme. ¿Por qué? ¿Por qué Tiamat? Ya es muy tarde para responder - su gesto es adusto, frío, distante. - Salúdame a Hades - le corta la cabeza mirando cómo rueda. Cómo se aleja de su cuerpo y baja la cabeza. El pecho le falla, su corazón da el último latido como consecuencia de lo que alguna vez sintió por él. Mira las espadas, las encaja en la tierra acercándose a su cabeza, tomando ésta con sus manos, la levanta con mimo, a acerca a su rostro. Baja la cabeza, le da un suave beso en los labios. - No debiste engañarme - cierra los ojos con fuerza quedándose ahí, esperando que alguien la encuentre y quizá, le dé su merecido.

Algo se rompe en su interior. Su mente quizá. Escucha el sonido, pero no atina a comprender de dónde procede. Baja la cabeza por momentos y cuando la levanta, sus ojos teñidos de rojo se posan en el rostro de Tiamat. Un par de lágrimas ruedan por sus mejillas perdiéndose en su mentón. - Siempre he sabido que tus besos matan, que tus promesas riman con dolor - repite lo que alguna vez escuchara de un trovador. Su sonrisa se ensancha, dotada de amargura y decepción. - Perdí batallas sabiendo que no eras fácil de olvidar, Tiamat. Felicidades, espero estés contento con tu logro - le tiemblan los labios antes de cubrir su rostro con una sola mano. Dejando caer la cabeza, se siente agotada.

Ésta es la verdad escondida del vampiro que la rondó durante su existencia. La voz del trovador sigue sonando en su cabeza y lo reconoce. Mueve la cabeza de diestra a siniestra. - ¡Qué jugada tan magistral la tuya! ¿Qué ganaste ocultando ésto? ¿Qué perverso placer te provocaba? - desvía la mirada, observa a un punto en particular lejos de ellos. - En mi mente, estás muerto. Te maté. Te corté la cabeza, Tiamat. Ahora sólo me queda irme y esa ilusión se volverá realidad. No deseo que vuelvas a mi camino y cuando lo hagas, será mi última noche. No necesito ir al Hades para terminar mis días en el séptimo infierno de la violencia. Aceptaré lo que venga, con tal de no volver a verte - da media vuelta. Es una idiota. Se burló todos estos milenios de ella. La gran Aglaia siendo rebajada por su propio sire.

Se restriega el rostro con la palma diestra dando varios saltos de pared en pared hasta llegar a la azotea con la facilidad de quien lo hace a diario. Desea irse de ahí. No soporta la idea de que esté con ella. Y sabe por qué. Entiende por qué. Y por eso se odia. Porque se atrevió a enamorar del imbécil. Del que la abandonara, de quien la dejara a su suerte.


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Mensaje por Tiamat Sinn el Lun 29 Abr - 13:41

No sabía en qué momento la espartana había perdido todo su esplendor, se había convertido en una sombra de lo que siempre había sido como si ya nada importara, como si todo le fuera indiferente y quizás así se sentía. Podía conocer qué era lo que le pasaba por su mente, qué era lo que sentía porque en algún momento de mi eterna y larga existencia yo también lo había sentido en algún punto de la misma. ¿Para qué seguir? Sin embargo no fue más que un momento de flaqueza, un momento de debilidad que no me permití consentir de nuevo y que taché de mi mente porque yo era un se poderoso, tenía todo aquello cuanto tenía y mi nombre causaba temblor y temor a aquellos que se ponían en mitad de mi camino o se cruzaban conmigo. Azote de bestias, había desatado caos, muerte y destrucción allí por donde había pisado, tan solo por mi diversión y por mi placer egoísta había provocado batallas y que reinos se enfrentaran solo para mi disfrute y deleite porque así lo había querido. Yo, que todo lo que quería lo tenía había tenido un momento de debilidad parecido al que ella ostentaba en aquel momento, pero desde luego que no tan bajo como el de ella y yo me supe reponer y alzarme de nuevo para ser el que siempre había sido y causar el mismo caos, muerte y destrucción que siempre. Allí donde pisaba tan solo quedaba polvo y ceniza de lo que una vez fue, y quizás con Aglaia había pasado algo parecido desde el momento en que de una manera egoísta, muy egoísta, la había convertido teniendo otro pequeño momento de debilidad aunque esa vez fue por una mujer y por un capricho que después se desvaneció con el tiempo. Sin embargo nuestra relación siempre había estado en un constante tira y afloja, siempre íbamos y veníamos por lo largo de los siglos y los milenios conectados como estábamos por mi sangre, la misma que le había dado la otra vida y que ella jamás pensó ni creyó que podría ser yo quien le regalara el don de la inmortalidad. Y podía reconocerle, aunque no se lo dijera, que si no sabías encontrar aquello que te motivaba para seguir y luchar un día más era fácil con el paso de los milenios que esa “chispa”, que todo aquello cuanto una vez te interesó perdiera todo el sentido y careciera de importancia para seguir. Aferrarse a algo, encontrar lo que motiva para seguir otros miles de años no era nada fácil y aunque ella lo había tenido todo se había quemado como el cartucho de una bala de escopeta... había ardido demasiado rápido. Por un principio ella siempre creyó que Hector, ese maldito vampiro, era su Sire por la manera en que la acogió cuando no tenía nada y que le enseñó parte de su existencia.... ese que siempre me recriminaba era su Sire, sin embargo, ¿dónde estaba ahora y qué había pasado con él? Tanto que me reprochaba a mí, tanto que me decía que yo aparecía, iba y venía de su existencia... y al final el que siempre quedaba era yo.

Parte de mi sangre corriendo por sus venas, parte de que ninguno querría admitir que no podíamos alejarnos del todo porque es como si estuviéramos malditos a encontrarnos siempre. Cuando pasé por París y supe que ella estaba en la ciudad no pensé ni por un segundo que tuviera esos pensamientos danzando por su mente, que le diera igual todo, que estuviera tan abatida que nada se podría hacer para salvarla porque parecía buscar una única cosa: el final de su camino. Sin embargo yo no iba a permitir que aquella que una vez fue, o pudo serlo, la reina de Esparta se dejara tanto y estuviera tan convencida de buscar una muerte digna porque yo jamás hubiera convertido a alguien tan débil. Siempre había callado el hecho de que fui yo, y no otro, el que le dio el don de la inmortalidad porque siempre me había gustado tener esa baza en mi poder y utilizarla en el momento adecuado, como si fuera “el toque de gracia”, y sin duda alguna ahora me alegraba por haber hecho eso, guardarme tal secreto y poder sacarlo en esa noche porque después de tantos milenios era hora de que conociera la verdad. Aunque algo me decía que, en el fondo, ella siempre lo había sabido y nunca había querido aceptarlo como si se negara a reconocer que lo que sentía por mí era algo más que atracción, algo que iba implícito en el vínculo que teníamos forjado y que nunca desaparecería por mucho que ella quisiera mandarme lejos como bien me estaba diciendo ahora, ponerme tan lejos que fuera imposible volver a encontrarnos de nuevo. Pero ese vínculo que se creaba entre uno y otro era uno que, a veces, era difícil de romper... yo pude hacerlo con mi Sire, pero entre Aglaia y yo sería algo totalmente imposible por mucho que ella lo deseara, por más que lo imaginara y fantaseara con ello millones de veces. No tuve que decirle demasiado porque ella siempre lo supo, apenas le había dicho que buscara en su mente y en esos recuerdos oscuros que siempre quería olvidar para que se diera cuenta de la realidad a la que se había negado tantos milenios; que yo era su Sire. Claro que la noticia no le gustaría y cuando se quedó callada mientras la observaba fruncí el ceño, agachó la cabeza derrotada y pude ver una lágrima surcar su rostro cuando levantó su mirada, brillante y roja, para clavarla en la mía que estaba igual. Odiaba cuando veía a esa mujer así, odiaba lo que me hacía sentir por dentro cuando la veía de esa manera y en parte era el motivo por el cual no había permitido que solo pasara de algo esporádico, porque era una maldita debilidad de la cual nunca había podido deshacerme. Mentiría si dijera que, la parte sádica y oscura que había en mí, no disfrutó con verla de esa manera cuando alegaba que para ella estaba muerto y que no volvería a verme. Ladeé la sonrisa permitiendo que se alejara un poco pero no lo hice del todo, no tardé demasiado en darle caza mientras saltaba con esa agilidad tan propia en ella de tejado a tejado para tomarla de la muñeca, tirar hacia abajo su cuerpo para que su espalda impactara contra uno de los tejados, llenos de tejas, mientras yo quedaba sobre ella y la miraba con el rostro ligeramente ladeado.


-El perverso placer de saber que aunque tú intentaras negarlo siempre supiste la verdad pero no querías reconocerlo. Admítelo Aglaia, no ha hecho falta decirte demasiado para que tú sola dieras con la respuesta que siempre habías sabido pero que nunca quisiste aceptar, ¿por qué sino encontrarnos siempre no importando el tiempo que pasara? ¿Por qué sino esa conexión que nos ha envuelto desde el principio? –Dije mientras sonreía ladino con su cuerpo bajo el mío, mis manos tomando sus muñecas presionándolas contra las tejas- Algo que iba más allá de la sangre, de algo normal.... siempre lo supiste y a mí me gustaba ver cómo te lo negabas fervientemente e intentabas olvidarlo –admití observándola- además, ¿crees que hubiera sido bueno para ti que supieran que fui yo el que te convertí, Aglaia? –Dije mientras la miraba de manera más fija- siempre he tenido enemigos, siempre han ido tras mis pasos.... que tú supieras que yo era tu Sire era dar una información más que importante y vital a mis enemigos, si el secreto siempre “moría” conmigo ambos estaríamos a salvo. ¿Qué te he dicho siempre de atacar los puntos débiles del enemigo? Que es la mayor y mejor baza que se tiene para asestar el golpe final... tú hubieras sido esa baza para ellos, y yo no les di nunca la oportunidad –aseguré con mi mirada rojiza brillante, como las estrellas que desde el cielo nos acunaban- nunca pensé que llegaría a decírtelo de esta manera y mucho menos por un motivo como el que tú te has rendido, ¿dónde está la Aglaia que movía a ejércitos y que se alzaba por encima de los demás? Mi revelación en nada hubiera cambiado este momento tuyo, así que dime, ¿es quizás mi ausencia que siempre te da esa chispa lo que echabas tanto de menos que has decidido matarte para llamar mi atención? –Porque no lo entendía, siempre había seguido sus pasos y siempre se había mostrado como la digna espartana que era- no te entiendo Aglaia, yo te lo di todo, ¿por qué privarte de ello y buscar entonces tu muerte?


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Mensaje por Aglaia el Jue 23 Mayo - 22:55

Mirando atrás, encuentra similitudes con las palabras del antiguo. La omnipotente presencia del vampiro causa estragos en la mente de la cainita. Su figura es equivalente a la del dragón que su nombre evoca. El gran Tiamat, la bestia alada de aliento incandescente. Sus palabras causan ese efecto. La queman, la hieren, le impiden reaccionar. La voz barítona del masculino ser se cuela por sus oídos, llega hasta su mente obligando a obedecer. Es su vitae, comprende. Es el llamado de ésta. La enloquece, la fustiga, la golpea sin piedad. Aglaia está acostumbrada a encarar. A guerrear. No será derrotada sin pelear primero. La ley espartana lo prohíbe.

La sirena canta, el marinero cae en el hechizo. El símil entre Aglaia y Tiamat. La vampiresa reniega, muestra los colmillos en un siseo. Su ser al completo está en la búsqueda de romper las cadenas que atan su voluntad. Ni sus pies, ni sus manos, mucho menos su cuello pueden hacer algo en contra de esos grilletes. Es innecesaria la inspiración. La diestra mano recorre su sien pensando, rememorando. Es asaltada por imágenes de lujuria, de dos cuerpos uniéndose al compás de los tambores, flautas y arpas. Las masculinas manos recorren su cuerpo, descubren su cuello. Los colmillos se afilan, crecen de tamaño. Ansían la propia destrucción. Tomar la vitae fue equivalente a la más grande afrenta a los dioses griegos. La historia de la espartana fue cortada de tajo por las tijeras de las Moiras. Un nuevo hilo emergió esa noche donde dos cuerpos se encontraban y saciaban sus más bajos instintos. La pasión desmedida llegó a niveles prohibidos.

- Sé mía y obtendrás la victoria. Sé mía y conocerás la gloria - rememora las palabras del mesopotámico dichas en su lecho, en tanto la tomaba hambriento y bebía sediento. La devoró en todos y cada uno de los aspectos sin dejarse nada. La ató a su voluntad y deseo, a su lujuria y violencia. Ella, es de él, pero él no se considera de ella. Puede que ninguno se sienta así, que se lo nieguen. La verdad es restregada en su rostro. Necios por ignorar. Tercos por ocultar. Aglaia siente la necesidad de salir corriendo. Tarde es ya y su labor es continuar la brecha impuesta por los dioses para salvar su alma y llegar al Tártaro. Al infierno de la violencia, con sus conocidos, familia y compañeros. Más se enfrentan a otro dios. A un dragón, cuya ira es equivalente a un estallido volcánico.

No existe la escapatoria. Lo tiene aceptado en su corazón, pero no en su mente. Y para cuando su raciocinio lo capta, es tarde. Su cuerpo se estampa con violencia en el tejado, algunas pequeñas piezas se fragmentan y caen. Otras se impregnan en sus vestimentas y piel. Los orbes femeninos observan incrédulos a quien se vuelve a erigir como el ser más oscuro y desconocido -que lo es-, de su vida. Las respuestas a sus preguntas íntimas son destrozadas por las lanzas de sus palabras, desgarrando la cubierta del poco autocontrol que le queda a la griega, llegando al fondo machacando cada parte de su ego y coraza. Las lágrimas amenazan con volver a surcar el rostro. Está intentando con todas sus fuerzas no darle el gusto de verla rota, pero es eso, un esfuerzo y no un hecho.

Shock. Cortes tan profundos que no sanan de inmediato. Destrucción y fuego que lo arrasa con su flamígero halo. La espartana está herida de gravedad y la sangre emana con un llano - no... - mentira. ¿No? Sí. La respuesta llega a su mente con una fuerza apabullante, que la aplasta contra las tejas incrustando las orillas contra la piel. La enloquece y deja expuesta, como la posición de ambos en este sitio. Las lágrimas recorren las mejillas. Por más que sacude la cabeza, él sabe lo que piensa y para eso, no es necesaria la telepatía. Basta con leer sus orbes. Lo profundo de tan claros pedazos de cielo que se cerraron una noche por él y a los instantes se abrieron para él. Podrá negar una y mil veces. Podrá sacudir su recuerdo de su mente, de su piel, de sus ojos.

Pero jamás olvidar que Tiamat es su dueño, es su sire, es su más anhelado y urgente deseo.

Desvía el rostro con fuerza. Tiembla bajo su cuerpo. Todo anuncia su capitulación. Por vez primera, Aglaia tiene que hacerlo.

- Te odio - susurra con voz trémula y dolida. - Te odio, Tiamat - porque entiende, por fin lo entiende.

Buscó la muerte para invocar al único ser a su tamaño. A su nivel. Y por igual, el que la supera y la educa. Se dejó vencer porque... - te extrañaba - reconoce la derrota y como lo indica la ley espartana, deberá buscar la muerte porque un hijo de la gran Esparta no se rinde y no huye. Y ella, cae en los dos grandes pecados. Una vez se rindió, empuja el cuerpo del inmortal para escapar. Huir de él, de sus palabras, de su presencia, de su voz, de su vitae que la llama a ser tomada.

Aglaia, la reina espartana, vuelve a morir por culpa de Tiamat. Primero en su gran lecho, el que compartía con su marido. Y ahora, en la gran París, la tierra del amor, por más que esa palabra se le niegue.


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Mensaje por Tiamat Sinn el Dom 26 Mayo - 13:47

Si en algún momento de mi larga existencia hubiera pensado que iba a convertir a una mujer como ella jamás lo hubiera creído, sabía bien lo que era ser convertido por un vampiro narcisista y caprichoso porque era exactamente lo que me había pasado a mí aunque yo corté cualquier lazo con mi Sire cuando tuve ocasión y a partir de ese momento siempre fui por libre. A lo largo de mi existencia muchos habían llamado mi atención aunque jamás, en ningún momento, había considerado la opción de poder convertirlos en lo que yo era. Para mí dar ese pequeño paso era algo demasiado importante que no se debía de tomar a la ligera y que se tenía que tomar muy en cuenta, crear un vínculo por toda la eternidad con otra persona era algo que muchos no entendían ni comprendían el alcance que eso llegaba a formar y a generar, pero el vínculo entre un Sire y su child era algo que sobrepasaba cualquier vínculo que se pudiera formar de cualquier otra manera, pues la sangre siempre es más pesada que el agua. Mi relación con Aglaia siempre había sido un constante tira y afloja, incluso cuando ella era una humana que se preparaba para ser la reina de Esparta, lo hubiera sido de no haberme interpuesto yo en su camino, de no haberme colado en su lecho relegando a su marido a un más que inexistente plano pues aquella primera noche en la que ambos nos dejamos llevar por lo que habíamos estado reprimiendo constantemente fue el desencadenante de todo. Ella sabía lo que yo era, siempre supo que yo no era un humano normal y corriente más porque todos ante mi presencia parecían temblar y era como si agacharan la cabeza postrándose aunque yo no llevara corona alguna, ella vio algo en mí que muchos desconocían y se aventuró a desentrañar el misterio que siempre me acompañaba, ese halo oscuro y místico que me rodeaba y que hacía que muchos se fijaran en mí aunque siempre de diferentes maneras; unos me odiaban, otros me envidiaban, otras me deseaban... pero si había algo en común con todos ellos era el miedo, el miedo que me tenían. Siempre había ido moviéndome de un lado a otro para poder descubrir los misterios que había en cada lugar, Esparta había sido el lugar elegido para mí y las casualidades provocaron que Aglaia fuera la primera, y la única mujer, que yo decidiera convertir. Compartimos lecho y aquella noche donde la pasión fue desmedida, mientras nos entregábamos, me fui imposible contenerme pues todo cuanto deseaba era probarla de una manera diferente a la que ya lo había hecho, para cuando me di cuenta ya la había mordido y su sangre descendía por mi garganta cálida, llenándome de vida, alimentando a la bestia que siempre había sido aunque de una manera diferente. Pude dejar que muriera, pude haber hecho que pareciera un asesinato... pero no pude hacerlo, consumido por esa necesidad imperiosa que ella solo lograba despertar en mí le di lo que nunca pensé darle a una mujer; mi sangre, la inmortalidad.

La convertí en lo que yo era casi también por puro egoísmo porque en el fondo no podía concebir la idea de perderla, ni siquiera lo pensé cuando le di mi sangre y no estuve ahí cuando despertó porque había cometido lo que siempre juré que no pasaría: tener un punto débil. Hollar la vida de los hombres por tres milenios daba para tener y lograr algunos enemigos, los mismos que no dudarían en utilizarla en mi contra para darme caza y matarme... por lo que tuve que esconder que yo fui quien la convirtió y tuve que dejarla a merced de otros, aunque siempre con el firme y claro propósito de tener un ojo vigilándola por lo que pudiera hacer, siempre sabía dónde se encontraba y lo que hacía en todo momento. Mi posición, uno que ella desconocía y del cual era bastante privado que no debía de saber nadie me conferían como un blanco para ciertos vampiros que buscaban mi muerte, saber que yo la había convertido era darles la oportunidad de lograr hacerme daño. Y por eso callé aunque en el fondo, sin que ella lo supiera, gracias a mi poder de manipular la memoria logré que hiciera algo para mí porque sabía que algún día lo necesitaría, algo que ella ya descubriría de qué se trataba. Y mientras la tenía bajo mi cuerpo en aquel tejado donde las tejas se habían roto en miles de pedazos, mientras contemplaba su rostro viendo cómo la verdad por fin se habría paso en su mente y en su razón supe que había hecho bien en no decirle la verdad, en que me viera como ese monstruo mientras seguíamos con nuestro particular tira y afloja constante que nos ligaba de esa manera, que nos hacía estar vinculados y nos condenaba a encontrarnos. Ella la razón de mis quebraderos de cabeza, mi “debilidad”, la que había ocultado como el tesoro más preciado que uno podía llegar a obtener jamás, preferí que me odiara a que supiera la verdad que hoy revelaba porque necesitaba que lo supiera para lo que se avecinaba. Y sus palabras llegaron, pude ver cada expresión de su rostro mientras la verdad se abría paso y llegaba hasta ella rompiendo todos y cada uno de sus esquemas. Esbocé una sonrisa cuando dijo que me odiaba, eso era precisamente lo que siempre había tratado que se basara todo mientras intentábamos evitar que todo fuera más allá manteniéndolo todo en un segundo plano. No podía permitirme caer como ella tampoco podía hacerlo, ambos nos lo negábamos pero quizás en el fondo éramos conscientes de una verdad que jamás admitiríamos. Sabía que me extrañaba y quizás yo no me sintiera diferente con respecto a ese sentimiento, siempre la tuve en mis pensamientos pero decirle la verdad era ponerme en peligro, ponerla a ella en un punto de mira que siempre había intentado evitar. No hice demasiado cuando me apartó y se alejó de allí después del descubrimiento que había hecho, la contemplé alejarse y aunque bien podía alcanzarla dejé que asimilara todo lo que había descubierto.


-Volverás a mí Aglaia, siempre lo haces
–dije con una sonrisa mientras sabía que debía de entretener mi tiempo, buscar algo de alimento en lo que esperaba a que la citación se produjera para un asunto mucho más importante. De nada serviría ir tras ella porque no iba a obtener mucho más de lo que había obtenido esa noche, aunque sí esperé que me golpeara o me gritara... eso demostrado en qué estado se encontraba la vampira. Como ya era de costumbre varios de mis mejores hombres seguirían su pista de lejos por si, en algún extraño pensamiento, iba a hacer lo que realmente pensaba que haría; quitarse la vida. Yo era su dueño, yo le concedí el do de la inmortalidad y no dejaría que ella decidiera provocar su propia muerte porque no iba a consentirlo. Mientras tanto debía de enterarme de cierto incidente que había ocurrido y que la relacionaba a ella, no tenía demasiadas pistas pero necesitaba descubrir qué había pasado y la siguiente noche volvería a buscarla de nuevo.


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Mensaje por Aglaia el Miér 19 Jun - 16:12

Derrotada. Como el perro con la cola entre las patas avanza la espartana sintiendo que no hay una razón para tanto sufrimiento. El secreto fue llevado casi hasta la tumba, hasta que ella se sintió muy incompleta, tanto que la muerte era su mejor opción y entonces, sólo entonces, la verdad salió a la luz. ¿Cómo la deja eso? Desesperada. Sin comprender lo que alrededor le sucede. Lo que puede ser la maldad suprema es en realidad el hombre, el ser, la persona que la creó. El vampiro, el monstruo, el verdugo de tantos, el héroe de pocos, el torturador de muchos. Él, Tiamat, su Sire.

Él, Tiamat, su tirano favorito. Él, Tiamat, el ser que una vez amó y cuyo sentimiento no varió a lo largo de siglos y ahora, milenios. Es por él que las lágrimas pugnan irremediablemente con rodar hasta caer al piso y ser completamente ignoradas por los transeúntes. Los pocos que se pasean por el sitio. Rojas, la sangre es imposible de ignorar. Se pierde entre los callejones, busca un sitio en el cual estar. Elige el más lejano de todos aquéllos que la conocen y se queda en silencio mirando hacia el horizonte. Su mente regresa al pasado, a aquella noche en la que lo conociera.

Gallardo, imponente, bañado en sangre. Temió que fuera un enemigo y su mano fue capaz de blandir la espada a pesar de su estado o de lo que Aglaia creía que era su condición física. Lo vio golpeando, martilleando, cortando y salvando a la esposa del entonces príncipe de Esparta. Y después, exigió ser lavado, atendido. Los guerreros se encontraban en la Agogé, donde pocas veces salían. Las mujeres y esclavas permanecían en la polis, atendiendo los asuntos cotidianos y administrativos. Para la princesa, el hombre parecía un semidios y como tal, le procuró.

Le bañó personalmente, le atendió las heridas aunque él se negaba y por una extraña razón, la dejó hacer. Su solicitud de irse antes del amanecer no le pareció de momento, rara. Los hombres volverían en la luz diurna y para ella, era mucho mejor que se fuera de casa. Después, las visitas se continuaron. Le llamaba la atención su voz, esa que hablaba de experiencia de siglos. Hasta la noche en que se acostó con él, siempre pensó que era el hijo de un dios y por ello, vivía las eras de forma diferente. Y esa noche, Aglaia no recuerda por qué permitió que entrara en su cámara, que se quitara las togas metiéndose en su lecho.

Ahora sí que entiende y rememora lo acontecido. Las caricias de fuego, los besos interminables, su peso sobre el suyo y en la cama de su príncipe, de su marido, yació con el hijo del Dios. Abrió los orbes enormes al sentir su mordida. Cada tirón de su vena fue incandescente, desquiciante y la llevó al climax no una, si no varias veces. Lo adoraba, lo deseaba y después... desapareció.

La luz del sol apareció antes de lo que esperaba. Alzó la mirada sorprendida, pero para cuando reaccionó, era demasiado tarde. Estaba tan metida en sus pensamientos que ni siquiera las advertencias de su cuerpo fueron suficientes. Intenta levantarse, la piel se le ennegrece. Intenta escapar, de pronto, se da cuenta de que no quiere morir. No así, no sin haber solucionado todo. Y es cuando se da cuenta de que está demasiado lejos de alguno de sus heavens. De sus refugios. E incluso, está demasiado lejos de la civilización como para regresar a tiempo.

En el Olimpo, Ares ruge de ira y manda a sus hijos a alertar al único que puede ayudar. Los golpes de sus pies cayendo a la tierra mueven una de las paredes donde Tiamat tiene sus armas. Y aquella que Aglaia le mandara hacer, cae como una advertencia de lo que está pasando muy lejos de ahí.

Y mientras, la propia espartana gruñe sintiendo cómo sus piernas le fallan, buscando un sitio donde ocultarse. Cayendo por una hondonada hasta encontrar una maldita cueva. - Por Ares... no quiero morir - gime de dolor metiéndose en lo profundo, rogando porque el sol no la atrape, pero sabe que pronto los rayos la encontrarán.


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Mensaje por Tiamat Sinn el Lun 24 Jun - 14:14

Aunque ella pudiera pensarlo de manera diferente mi visita a París no tenía nada que ver con el hecho de que Aglaia estuviera en la ciudad, había sido todo una coincidencia que se había dado pero que sin embargo mi principal motivo no era el de encontrarme con ella o perseguirla, siempre la había tenido vigilada y sabía de todos sus movimientos desde el momento en que se había marchado de mi lado, o bien yo la había dejado marchar consciente de que decirle la verdad en su momento era lo peor que podía hacer para ella, o más bien para mí, porque tenía enemigos y darles un punto débil podría ser perjudicial para mí. Había quien me quería muerto y con el paso de los milenios me había ganado varios enemigos poderosos, si llegaban a descubrir la verdad que encerraba la espartana no hubieran dudado en ir a por ella para que yo acudiera y así pudieran atraparme, y ella hubiera muerto bajo sus manos. Cuando estabas en una constante guerra la información era poder y aprovechar el más mínimo resquicio de vulnerabilidad, de debilidad era lo más importante y la baza más fuerte que uno podía tener para ganar y obtener la victoria. Si alguien se hubiera enterado de la verdad que ella desconocía, si ella misma hubiera sabido la verdad que tanto tiempo se había callado mis enemigos lo hubieran aprovechado y me hubieran puesto en una situación demasiado complicada. Ese era el mayor motivo por el que callé la verdad y jamás se la dije a nadie, pero sabía que Aglaia en el fondo sabía la verdad pero no quería aceptarla, por ese motivo siempre acabábamos encontrándonos, siempre nos atraíamos y nos repelíamos pero yo me había convertido en su sombra y esa atracción que nos teníamos no era sino el hecho de que mi sangre potente corría por sus venas. Ella, la única mujer que había logrado doblegarme de una manera que nadie más había conseguido, ella mi punto más débil, el flanco por el que podrían causarme el mayor daño jamás conocido y sin embargo yo había adoptado la mejor postura que nos había convenido a ambos; que ella no supiera la verdad. El motivo por el que ahora se lo desvelaba es porque había visto una sombra de lo que ella siempre había sido, consumida por algo que no era capaz de identificar no había encontrado a la gloriosa espartana, a la espartana, a la que hubiera sido reina en su mirada ni en su actuar... derrotada, vencida y acabada era como se presentaba ante mí como si solo quisiera convertirse en cenizas y se hubiera transformado en eso, y yo no escogí a una mujer débil para convertir en vampira porque ella jamás lo había sido. Había perdido su esencia y yo trataría de devolvérsela, mi presencia en la ciudad francesa causaría un impacto en mis enemigos y sobre todo cuando comenzara a mover los hilos que llamaría a una guerra en una misma raza, pero no se podía hacer más que eso. Cuando la vi partir no la seguí, sabía que no me quería cerca así que la dejé marchar siendo consciente de que pronto volvería a mí como siempre hacía. Sin embargo no me fiaba del todo de ella por lo que cuando partió no dudé en llamar a uno de mis ghoul, de normalidad prefería la caza porque era mucho más placentera pero en momentos así tener esclavos venía bastante bien.


-Quiero que la sigas, que respetes su distancia pero que la sigas y la tengas vigilada para controlarla. Al mayor indicio de problemas quiero la cuides y si no es posible traerla de inmediato ante mi presencia por el sol, esperarás a la noche para hacerlo. Cualquier cosa que le pase queda en tu responsabilidad, así que más te vale cuidar de ella y traerla ante mí. Y ahora ve –era el mejor que tenía, el que más tiempo había pasado a mi lado y sabía que no me decepcionaría. El hombre partió siguiendo la estela de la espartana y yo tomé rumbo hacia la mansión que había pedido que prepararan para mi persona, allí pasaría el tiempo que estuviera en la ciudad francesa respondiendo a la llamada del consejo. Hacía demasiado tiempo que no nos juntábamos y volvería a ver rostros que habían pasado milenios no había visto, otros que no quería volver a ver porque me entraban ganas de matar... pero nos habíamos reunido porque algo importante estaba sucediendo, nosotros nos éramos llamados si no era de vital importancia y aunque apenas llevaba unas horas en la ciudad con lo qu eme habían contado era más que consciente de qué se trataba exactamente. Volveríamos a unirnos de nuevo y si en algo conocía la política y la doctrina de todos los que nos reuniríamos, la guerra era más que inminente. Por ello no podía dejar que Aglaia campara a sus anchas ahora que conocía la verdad o que la había aceptado, así que esperé hasta que al día siguiente el ghoul que había mandado a por ella apareció trayendo a una vampira débil, un vistazo al hombre para leer en su mente y saber qué era lo que ella había intentado hacer. Ella siempre lo supo aunque intentaba negárselo, y ahora que parecía que una guerra se iba a librar de manera próxima tenía que vigilarla más de cerca- quiero que me expliques un par de cosas –dije mientras la observaba de manera fija- ¿por qué la Inquisición fue a por ti de esa manera? –Callé mientras su mirada se clavaba en mí- sí, sé lo que ha pasado y quiero saber el motivo.


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Mensaje por Aglaia el Mar 23 Jul - 18:57

The Return of The King
¡Salve, pues, mi señor!
Y que sus deseos sean órdenes.

Aquí

Durante épocas el predominio de los señores de la noche fue omnipotente hasta que su propio creador les traicionó. Llenos de incontables defectos, los consideró desechables y les dio la espalda. Con ello, trajo una nueva era. Forjó en el más negro carbón, diamantes en bruto hasta que alcanzaron el brillo adecuado y los mandó en pos de sus medios hermanos. La sangre se vertió en los campos, en la tierra que recibió tantas cantidades de ésta, hasta volverse por completo roja. Y con los guerreros que se levantaron en contra de los tiranos, los hombres tuvieron la fuerza para crear revueltas inmiscericordes. Grandes combates se dieron en varias regiones de la tierra hasta que hicieron retroceder a los tiranos. Los sedientos de sangre. Los incontrolames Damons.

De entre esos nuevos creadores, forjadores de destinos inimaginables y capaz de realizar las más dignas tareas de un semidios, Tiamat resalta con beneplácito de su propio creador. Y de él, la sangre procreó a su única progenie. La mujer que fuera antes una gran guerrera, se encuentra dominada por la depresión sin que el propio vampiro pueda comprender los azares que la llevaron hasta estos momentos. La propia manipulación venida desde muy lejos para crear una distracción de algo que era mucho más importante. Si el Sire se entretiene, la victoria sobre las huestes puede ser factible. Y por ello, es que alguien oscuro mueve todos los hilos para que el dragón se detenga un instante, el suficiente para hacer arder el infierno.

Humillada, sin una comprensión lógica de su proceder, Aglaia se planta frente a su Sire traída por un mísero ghoul a quien ahora le debe la vida. ¿Cómo pasó? Y lo más importante, ¿Por qué lo permitió? Siente que una fuerza extraña le atrapa la voluntad y se encuentra sola. ¿Hace cuánto que Ares no posa su mano en el hombro? Desde que la Inquisición la capturó. Algo hace corto circuito y la lleva atrás. Más allá del tiempo hasta hace un par de años. La siniestra mano sujeta su cabeza que es más pesada que un escudo espartano para levantar. El peso de su culpas acaba con su idiosincrasia. Algo no está bien y ni las preguntas de su Sire le logran sacar de ese estado ensimismado que parece reinar en su intelecto. La cabeza se sacude de diestra a siniestra, los rubios cabellos de la espartana se mueven al unísono.

Las manos se aprietan en puños. - No tengo la menor idea del por qué fui presa de la Inquisición o más bien, su objetivo. Podría suponer que es por mi linaje, por la historia tras mis espaldas, pero mentiría - su propia voz se quiebra algunos instantes. Siente la cabeza arder por la intensa mirada del vampiro. - Fuimos tres las capturadas. Cada una más diferente que la otra. Francesa, vikinga y yo. Cada una de diferente edad, origen, actos y manifestaciones de poder - aspira profundo sintiendo el pecho quemar. Se lleva una mano al corazón que se aprieta tanto y se encoge dentro de sí dejando creer que desaparecerá.

Los tambores de guerra resuenan en sus oídos. Su mente intenta mantener el control ante los impulsos. El primero le lleva la diestra a la xiphos. El segundo la obliga a mirar a los ojos a su Sire. El tercero, desata la locura. El embate es magistral. No permite control alguno, ni da oportunidad a la defensa. Si Aglaia quería enfrentar a Tiamat, parece que cumple su deseo. Su odio es intenso, se exponencía, sus manos crean defensa y ataque. La child declara la guerra a su sire. El combate comienza con el intento de hacerlo caer de rodillas procurando la tortura del dolor por medio de la mente. La espartana utiliza sus conocimientos en contra de su enemigo. - Me mentiste. Me traicionaste - justifica sus actos con la voz rota y desesperada.

Sus manos se mueven mágicamente articuladas por hilos que hacen de ella, un títere. La magia oscura de la vitae vampírica invisible a ojos de cualquier mortal e inclusive, de inmortales tan antiguos, crea la apariencia de que ha enloquecido por completo, presa de su dolor y desesperación al saber que él es su Sire. La espartana da golpes a diestra y siniestra, creando una vorágine de violencia que busca hacerse de la cabeza del vampiro para llevarla a donde la persona que la controla, le manda. Y si muere en el proceso, su titiritera no sufrirá mal alguno. La mantuvo en este estado de ánimo, minando su voluntad para este momento perfecto y bien articulado. Sabía que tarde o temprano, Tiamat asomaría la cabeza y se necesitaba de un caballero para matar al dragón. En este caso, de una reina para destruir al vampiro.

Desde lejos, la controlan. Aglaia enloquece ante los ojos de Tiamat, buscando su cabeza, creando un rito de muerte sin saber quién ganará. Aunque muchos pueden apostar que el antiguo no será el que caiga decapitado. La griega tiene mucho qué perder. Y mientras los dioses observan ésto desde el Olimpo, preocupados y compungidos, es Athenea quien astuta, hace que la espartana hable para dar pistas sobre su estado con un simple y llano: - Sin ti, el Consejo estará incompleto y cumpliré mi cometido.


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Mensaje por Tiamat Sinn el Mar 27 Ago - 11:29

Parecía que todo cobraba sentido y forma con el pasar de los acontecimientos, mi presencia en la ciudad francesa no era una mera casualidad sino que más bien daba la sensación de que nuestros pasos, no únicamente los míos, estaban siendo guiados por alguien superior a nosotros como si tiraran de unos hilos y abrieran nuevos caminos que debíamos de recorrer sin importar el motivo o lo que nosotros quisiéramos realmente hacer. Nada más que importaba que ocurrieran las cosas de una manera determinada, cumpliendo una voluntad que era impuesta y que debíamos de cumplir a cualquier coste. Para algunos tales conocimientos podría suponer el perder la cabeza y volverse loco pero con el paso de los años y de los milenios uno aprendía cómo sobrellevar las cosas cuando el peso recaía sobre la espalda y era incesante, constante y demoledor. No había ido únicamente a la ciudad por la espartana, aunque decirlo así haría que todo fuera mucho menos sospechoso de lo que pudiera ser realmente, sino que había ido para acudir a una reunión que hacía siglos no se daba y que en raras y escasas ocasiones se decidía reunir. Si eso ocurría es porque algo muy grave estaba ocurriendo y se necesitaba ponernos en sobre aviso para lo que pudiera pasar, no sabía el motivo ni el por qué pero me había dado cuenta en apenas el par de días que llevaba en la ciudad de que París era como un imán que últimamente atraía a todo ser sobrenatural que existía, colapsando sus calles y la ciudad como nunca antes hubiera pasado. Reconocía ese tipo de acontecimientos y extraños eventos ya que no era la primera vez que sucedía, en toda mi existencia había presenciado en dos ocasiones más algo como aquello y las veces anteriores las cosas no resultaron para nada bien. Aunque ahora habían más factores de riesgo en juego, otros vampiros que querían entrar en el tablero y cuya existencia tendríamos que acabar si queríamos que la mascarada se siguiera manteniendo como llevaba desde sus inicios, algo que parecía algunos querían cambiar y debíamos de evitar que eso sucediera. Sin embargo antes de acudir a la reunión del consejo, el verdadero motivo por el que estaba en la ciudad francesa, el encuentro con la espartana no había sido tal y como yo esperaba aun cuando no había dejado de vigilarla bajo ningún concepto, siempre consciente de cada paso que daba y lo que hacía como una sombra que la seguía allá a donde iba, por ese motivo siempre le decía que era como “una sombra” para ella. No esperaba encontrarme a la que pudo ser la reina de Esparta de esa manera, en una actitud tan derrotada que de haber sido unos siglos más atrás ella misma se hubiera jactado de quien se encontrara así alegando que no tenía honor. Siempre le había ocultado la verdad acerca de su conversión en vampiro, ella siempre odió al que la dejó tirada y aunque en alguna ocasión me había arrepentido de haberlo hecho supe que dados los enemigos que tenía lo mejor para ella era que no supieran que yo era su creador, que había ese vínculo sanguíneo entre ambos para mantenerla con vida. Supe que ella había tomado como referencia al titán, alguien a quien conocía y del que no tenía demasiada alta estima... siempre odié que lo tuviera como referencia pero como suelen pasar en todas las cosas; al final siempre quedaba yo y él no fue menos al abandonarla como había hecho en varias ocasiones. Incluso así no entendía qué era lo que la había llevado para querer morir exponiéndose al sol, intuía que podría hacer una locura como esa y suerte que mandé a uno de mis fieles sirvientes para que la vigilara por si acaso se le ocurría hacer algo así. Cuando la miraba era como si solo quedara la sombra de lo que una vez había sido, y tenía que hacer que volviera a ser como antes sobre todo cuando la guerra era inminente y nuestras vidas estaban en juego. Quería respuestas y las escucharía de sus labios, aunque ella parecía más bien decidida a quedarse clavada frente a mí sin decir siquiera una sola palabra. Finalmente la escuché hablar y crucé mis brazos sobre mi pecho sin apartar mi mirada burdeos de su persona, de su rostro mientras ella estoica permanecía frente a mí notando la rabia que la envolvía, que la carcomía por dentro.


-La Inquisición nunca actúa sin un motivo, si os eligió a vosotras incluso aun siendo tan diferentes es porque debe ser algo que se escapa a vuestro conocimiento pero que os une –era una locura pensar que podrían saber algo pero, ¿acaso la Inquisición no había tenido ciertos lazos con el consejo? Tampoco sería de extrañar que intentaran causar daño de esa manera pero ¿cómo saber la verdad de ella? Nadie lo sabía, nadie conocía el secreto... tenía que haber una explicación para ello, quizás ambas estuvieran en el momento y el lugar adecuado pero por lo que sabía había sido demasiado elaborado como para ser una casualidad, tendría que averiguarlo más a fondo. Mis pensamientos se interrumpieron al escuchar su voz de nuevo acusándome de lo que había hecho en el pasado, la había mentido, la había traicionado... y volvería a hacerlo si con ello salvara su vida y su existencia de todos aquellos enemigos que me querían muerto. Para ellos sería un blanco demasiado fácil, una presa que torturar y que matar con la única intención de hacerme daño y yo aunque mis actos habían sido puramente egoístas; el transformarla cuando no había convertido a nadie en toda mi existencia siendo una debilidad para mí que había roto algunas barreras en mi interior, el mentirle y hacerle creer que su Sire la había abandonado a su suerte cuando yo había estado allí en todo momento aún sin que ella supiera que había sido yo... todo lo hice no por egoísmo, también por salvarla. Sin embargo tampoco podía culparla porque yo me sentiría en esa misma condición, pero en el fondo ella siempre supo que había algo más entre nosotros y siempre quiso obviarlo y no darse cuenta de todas las señales que nos llevaban irremediablemente el uno hacia el otro. La dejé hacer mientras la contemplaba y la observaba destrozando todo a su paso, formando un caos en aquel lugar mientras notaba su ira y su odio que crecía con cada golpe, con cada grito... y que al final acabaría por venir a por mi persona ya que era el epicentro de todo. Aunque fueron más bien sus palabras lo que me llevó a fruncir ligeramente el ceño estudiándolas, ¿cómo sabía ella del consejo? Jamás le había contado nada al respecto y tampoco le había hablado nunca que formaba parte del mismo... y supe que no podía ser una casualidad. Con mi velocidad acabé acortando las distancias hasta que mi cuerpo de nuevo encarceló al suyo contra la pared, mi mano alzó su mentón para que sus ojos que ardían como el mismo fuego del infierno me miraran y pudiera sacar más de ella- ¿cómo sabes de la existencia del Consejo? ¿Qué cometido, Aglaia? –Pregunté sin soltarla sabiendo que podía atacarme pero imponiéndome como el antiguo que era, con todo mi poder, y con esa influencia que tenía al ser ella parte de mi sangre y que jamás había ejercido porque ella nunca supo la verdad, hasta aquel momento- ¿quién te ordenó que lo hicieras?


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Mensaje por Aglaia el Vie 20 Mar - 12:12

La espartana encuentra la pared tras sus espaldas, desarmada pues ante la omnipotente presencia de su Sire. Su Sire, qué broma macabra y horrible. El ser al que despreció desde su creación, el que la abandonó para estar sola y comprender su naturaleza a tropiezos y caídas, es justo el que ahora tiene ante ella. Lo odió, lo detestó con una potencia similar al de los ataques espartanos que no se acobardaban ante un rival mayor pues lo que buscaban era la gloria eterna, el ir al Hades y estar con la cabeza en alto con sus congéneres, los viejos guerreros que murieron y que les vieran con orgullo. Al paso del tiempo, se dio cuenta de que esta gallardía en combate se asemeja sólo con la de los vikingos que esperaban llegar al Valhalla y morir en el campo de batalla para beber cerveza junto con Odín, su dios.

En esta tesitura, la potencia de esta antigua sangre, la de Tiamat, espesa e impositiva, la obliga a mantener la cabeza baja, a obedecer sus comandas, la voz fuerte y gutural de su dueño. El dragón antiguo que exige respuestas. La espartana se siente en desventaja y ahí está la razón del por qué están constantemente peleando: la arrogancia de ambos no permite que el otro pueda acercarse demasiado. La visión de Tiamat sobre su progenie débil, le llevó a ocultar la verdad. La terquedad de la espartana, le hace renegar que él la esté minimizando en cada momento de sus existencias. Encontrarse da lugar a una rueda repetitiva: pelear, reconciliarse, el sexo incandescente, un período de calma y poco a poco, distanciarse hasta que las peleas vuelven y rompen el ciclo.

Vuelta a alejarse, a estar solos. Y es esa soledad la que permitió que alguien más antiguo dominara a la espartana, la hiciera a su deseo, controlara sus movimientos como un titiritero con su mascota y la llevase a esta decadencia. Aglaia mira a Tiamat y sacude la cabeza. - No sé de qué me hablas y no entiendo por qué lo dije. Sin embargo, no te quiero a mi lado - le tiemblan los miembros de la ansiedad por tomar de nuevo la xiphos que descansa en el suelo, pues cuando él la dominó, no hubo más ataques, soltó el arma y la dejó morir. - ¿Por qué he de saberlo yo? ¿Por qué no buscas en tu memoria? ¿No dijiste que soy una incapaz de cuidarme de tus enemigos? Pues busca y encontrarás - logra levantar las manos.

Las coloca en el tórax del vampiro, encara sus burdeos mientras sus azules están llenos de dolor y desesperación. - Me abandonaste para no tener que cumplir con tu obligación de cuidarme. Me abandonaste en lugar de entrenarme, de enseñarme a cuidar mis pasos. ¿Crees que fui mejor sola que en tu compañía? Mis pupilos fueron mil veces mejores acompañados por mí, cuidados por mí, sabiendo a quién poner la espada y con quién el escudo. Y así, han vivido a mi lado. Si tengo puntos débiles, Tiamat, porque la diferencia es... - sonríe con amargura levantando la barba con rebeldía y fastidio - que yo cumplí mis propósitos con cada uno y por supuesto, no me dejé nada en el tintero. Si mueren, será porque era su momento y me sentiré plena - se acomoda un poco para darse espacio.

Aún así, sus dedos se deslizan por sus pectorales, bajando a los abdominales. - En cambio tú, no puedes permitir que muera porque es tanta la culpa que cargas, que no aceptas que mi momento llegó. Y sí, eres culpable. Están manipulando mis actos, mis pensamientos y mis palabras porque no sé de qué hablo, no sé qué dije, ni por qué lo hice. Si uno de mis chiquillos estuviera así, sabría inmediatamente quién le dañó o quizá, él mismo, me daría pistas porque reconocería a mis enemigos... yo, estoy en blanco y es tu culpa - le empuja fuerte para que dé varios pasos atrás.

Se agacha para hacerse de la xiphos. - Es tu obligación investigar, a mí no me preguntes porque gracias a ti, no sé nada - su sonrisa es amarga. - Al menos Héctor me hacía saber quiénes eran sus enemigos y por más que te duela, es cierto. Él sí confiaba en mí, en mis habilidades y por supuesto, me entrenó para eliminar a sus enemigos quizá por comodidad, pero tal cual, yo sabía de quién defenderme o de quién desconfiar... espero estés a gusto, "Sire" - desdeña la palabra - eres un fracaso como creador, como amante, como compañero, aliado y vampiro.



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