Victorian Vampires
La pena viene y se va, como las olas del mar | Lera A. Volkova ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Eleanor Aldridge el Jue Mar 26, 2020 12:55 pm

Nunca había sido muy de playa y ahora mismo caminaba con los pies desnudos sobre la arena, con el calzado colgando de los dedos de su mano izquierda. Se había escapado momentáneamente o para siempre de una fiesta nocturna en la casa de un conde de a saber dónde. Por muy de clase alta que hubiera sido siempre, jamás le habían interesado los títulos ni la gente altiva. Las altas esferas le aburrían sobremanera, ella era más de los bajos fondos. Hizo el gesto inútil de llevarse la mano derecha al bolsillo del pantalón, solamente con el deseo de que esta descansara, pero en su lugar se encontró con una enorme, mullida y pomposa falda de color granate que acompañaba a un corpiño y un corsé del mismo color.

Claro, se dijo. No recordaba que no se había puesto uno de sus habituales trajes masculinos, sino un odioso y precioso vestido que el conde le había pedido que llevara para la ocasión. Normalmente, pasaba de la etiqueta y llevaba lo que a ella le apetecía, pero algunas veces le divertía verse como si fuera un personaje en una obra de teatro, experimentar hasta dónde era capaz de llevarla un ropaje distinto al que solía lucir. Por supuesto que las cosas eran distintas. Tras tres o cuatro conversaciones aburridas y sin mucho contenido interesante, decidió marcharse de allí, eso sí, discretamente. No sabía si en el futuro tendría que utilizar al conde para algún asunto y más le valía mantener su cordial relación con él.

Dejó de andar porque sus níveos pies decidieron pararse y se sentó frente al mar. Una cosa sí tenía clara: sentarse sobre un vestido en la playa era más cómodo que hacerlo sobre un pantalón. Pensar en ella desde fuera, como si otra persona la mirara, le hizo reír ligeramente, cosa que no hacía casi nunca. No era para nada cierto, pero ella así se veía ridícula. Se preguntaba qué pensarían los asistentes a la fiesta sobre ella, como si acaso eso le importara. No obstante, estaba orgullosa de sí misma por haber sido capaz de salir de allí airosa, sin haber atravesado ninguna yugular con sus afilados colmillos. Lo que era ridículo de verdad es que a esas alturas no fuera capaz de contenerse.

Mirar el ir y venir de las olas y escuchar su arrullo le hacía evadirse de todo. De todo menos de sí misma. De golpe, brotaban todos los pensamientos que había estado encerrando bajo llave, pero uno sobresalía por encima de ellos. Recordaba con exactitud el momento en el que acabó con la vida de su bella dama francesa, quinientos años atrás. Una mezcla de sentimientos la envolvía en ese instante. Por una parte, una tristeza inmensa que solamente los que eran tan longevos como ella podían entender. Por otra, alegría por haber sido capaz de realizar tal hazaña: salvarse a sí misma. Eso no lo hizo ni siquiera su adorado Dios. No. Miró a la luna, resplandeciente aquella noche, más bella que Danielle, casi, y sonrió como solamente sabía hacer cuando estaba completamente sola. ¿Pero lo estaba?


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Mensaje por Lera A. Volkova el Sáb Mar 28, 2020 3:34 pm



"Estoy tan cansada que no me importa ni un poco el dolor de los golpes que hoy llevo encima. No quiero ni puedo preocuparme por eso, solo camino y avanzo. Evoluciono. Si no de seguro me quedaré dormida antes de llegar a la playa.
Hoy me parece  el mejor lugar para pensar, dejar que la brisa me golpee en la cara en serio será la más dulce caricia que en este día habré de recibir.

Hay una parte de mi que suplica me curé ya, esa parte conformista y débil me interroga con un ¿para qué eres una bruja si no usas tus poderes en tu propio beneficio? ¿Para qué entonces te sirve todo lo que has pasado?
Pero a esa voz yo no la escucho, a mi me gustan los caminos difíciles y los fáciles me asustan. Quiero que las heridas me escosan, que los golpes me duelan tanto como para intentar hacerme reír y llorar. Quiero sentirme viva, libre, rota.

Está bien sentirse roto de vez en cuando."


***


A pesar del dolor y cansancio en todo su cuerpo la rusa avanzaba con garbo a pasos lentos por la reciente pelea, llevaba una dirección ya trazada como el destino y en su mente piensa en las posibles palabras que cuando llegue a casa plasmara en ese libro que escribe desde que llegó de Rusia, libro que al principio era un intento de desahogar toda la frustración y lo difícil que le era no tener lo que había tenido y no querer sentirse triste por buscar demostrar lo fuerte que podía llegar a ser sola. No tenía ya la casa grande y lujosa llena de música, ni ese piano de cola tan blanco y brillante que acariciaban sus dedos para complacer a su padre, no la escalera de madera pulida o el colchón tan suave, tampoco la buena comida y los vinos, la ropa bonita o las joyas.
En fin, tantas cosas que poco a poco comenzó a dejar de pensar que sí eran necesarias. Ser libre e independiente exigía un precio, sacrificios. ¿Qué en la vida no era de esa manera?

Su libertad y trabajo como inquisidora le habían traído la necesidad de mantenerse aún más en forma, de estar en movimiento constante y lejos del nicho donde podía entrenarse junto a su familia, pues había tenido que encontrar un lugar especializado en París para eso. La perfecta solución fueron las peleas clandestinas, tan adictivas que contaban con ella como participante semanal. Los días variaban según su tiempo libre y poco a poco se mantenía un buen renombre entre tan exigente y masculino mundo. Recordaba haber sido subestimada cuando todos la vieron por primera vez, ella los había entendido sabiendo la forma en que todos toman la cara tersa sin cicatrices de una mujer que proviene de alta cuna. Así había sido hasta que le rompió la nariz de un puño limpio al primero de sus contrincantes. De ahí en adelante solo había sido disfrutar con las victorias y alimentar su deseo de revancha con las derrotas.

Hoy iba cómoda como siempre en noche de pelea, pantalones negros, blusa blanca y ese abrigo gris que tanto le gustaba, el pelo lo había trenzado y brillaba pelirrojo de nuevo, no había ningún rasgo que aún estuviese escondido. Era una noche muy bonita, fresca y la luna se reía en un sereno cuarto creciente acompañada de un lucero brillante a su lado. El mar parecía cantar con aquellas notas que se mecían en sus ondas que se podían llamar pentagrama y la brisa del mar tal como lo había esperado fue una caricia que al rozar los golpes en su rostro y su labio inferior le recordaron que sí, todo tiene un precio. Y lo pagaba a gusto. Sonrió a pesar del dolor cuando comenzó a pisar la arena. Era algo que siempre le había fascinado, de niña pensaba que era de seguro como caminar sobre las nubes.

Pero no estaba sola, un aura pálida brilló desde la distancia y debió haber dado la vuelta y marcharse para estar a salvo, pero no lo hizo, Lera siguió. Sentía que no era la hora de su muerte aún con el cansancio y la sangre fresca en su labio, además si había sido traída allí a esa hora y día justos era por algo. Cortando la distancia pudo ver mejor a la vampira hasta que decidió detenerse manteniendo entre ellas un espacio adecuado. ¿Existía eso con un vampiro? Ya lo sabría.
Dio la cara al mar y aspiró hondo el aroma salino que de este venía.
Sí, había sido una muy buena pelea, hasta respirar le dolía.    
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Mensaje por Eleanor Aldridge el Sáb Mar 28, 2020 6:19 pm

Seguía inmersa en sus pensamientos, a pesar de que intentaba luchar contra ellos como los salmones luchan contra la corriente en el río. La habían agarrado y arrastrado a las profundidades y no podía hacer otra cosa, en esos instantes, que dejarse llevar. Le venían retazos de cuando una vez fue humana y joven, cuando tenía unos dieciséis años. Su padre le había enviado en verano a casa de unos tíos suyos que tenían una casa en la costa y ese mar le recordaba al del presente. O, mejor dicho, al revés. Las olas rompían, eso sí, contra las rocas y no había playa que pisar, pero la sensación de evasión observando el ir y venir del agua la acogía entre sus brazos de igual forma.

En esa casa, que era muy luminosa y espaciosa, no estaba sola. La acompañaban sus hermanos. Los cuatro: James, Oliver, Theodore y David. Este último era el que desencadenaría, tres años más tarde, todo lo que marcó la vida de Eleanor para siempre. Pero en aquel momento, todo era dicha entre caballeros y una dama no tan dama que se juntaba siempre con sus hermanos y aprendía con ellos a pelear. Sin que los tíos de su padre, el adinerado Jeremiah Aldridge, lo supieran, se iban todos a las tabernas a beber y tontear con muchachas. Bueno, Eleanor esto último no lo hacía, pero empezaba a darse cuenta de que ganas no le faltaban. Era duro admitirlo, pero sí: en aquel entonces era muy feliz.

Echó las manos hacia atrás y descargó el peso de su cuerpo en ellas, apoyándose en la arena, que se mezclaba entre sus dedos y ropajes. El aire era frío, pero ella no lo sentía, por eso había podido salir solamente con el vestido. Continuaba ensimismada con sus recuerdos hasta que de forma súbita notó que ya no estaba sola. Por suerte, siempre tenía su bloqueo mental activado y nadie más que ella tenía acceso a esa puerta que había decidido abrir unos segundos atrás. No obstante, su cuerpo seguía pareciendo relajado. Miró de reojo, sin cambiar la postura, hacia donde había notado la presencia de alguien más. Sin moverse y sin saber de quién se trataba, decidió hablar en un tono de voz no muy alto, pero sí lo suficiente como para que su acompañante lo escuchara por encima del ruido de las olas.
Si viene a buscarme para que vuelva a la fiesta, estoy dispuesta a proponerle algo mejor.

No lo parecía, pero estaba tensa, alerta, como cuando un jaguar está a punto de abalanzarse sobre una presa. Quinientos años de vida —aunque fuera muerta— daban para todo tipo de encuentros y un poco de prevención no estaba nunca de más. Tenía curiosidad por saber a quién le había hablado, así que se levantó con una elegancia pasmosa y se giró hacia su interlocutora, esforzándose por moverse al ritmo más humano que podía. Aunque era probable que su acompañante ya supiera que ella no era humana en absoluto.


Última edición por Eleanor Aldridge el Dom Mar 29, 2020 11:35 am, editado 1 vez


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Mensaje por Lera A. Volkova el Dom Mar 29, 2020 9:32 am



Sin perderse el paisaje con el rabillo del ojo Lera vigilaba de manera constante a la vampiresa.
Creía en realidad de una forma para muchos y para su realismo casi patética que nada le sucedería, era aquella confianza en las cosas mágicas que desde niña parecían haberla intrigado, enamorado. Una de esas cosas mágicas en las que había aprendido a creer es que sentía que las plantas le hablaban y no de manera literal, Lera podía entender para qué servía cada planta que veía sin importar el lugar donde estuviera o eso había visto cuando había recorrido varios países desde su autodestierro y curiosamente, si las usaba en efecto para eso servían, entonces...¿por qué no creer?

Pero aún amante de la magia como la bruja orgullosa que era lo seguía esperando, ese momento en que la vampira decidiera mostrar su real naturaleza y ansiara sangre, la podría buscar atacar de muchas formas, un lugar tan abierto la dejaba en el pozo cósmico de la debilidad o eso es lo que podría creerse, porque todos los que la habían subestimado habían lamentado haberlo hecho. Casi siempre, porque la derrota la conocía, ese dolor ácido y humillante, ese combustible para volver una vez más. Pero para nada era una derrotista anticipada, nunca se conformaba con un lo intentaré o pensaba en que perdería antes de comenzar una batalla y por eso tenía ya algunas eventuales defensas y contraataques.

Confianza en la voz de la magia había, pero dejar todo a una corazonada en casos como estos era de estúpidos y mediocres. Pero quería disfrutar de algo sintiéndose así de apaleada, el mar y los silencios de ambas se sentían bien, en serio. Ellas eran una escena atípica y miraran que de atípicos París parecía conocer demasiado.
Cuando escuchó que le hablaba la tomó por sorpresa, pero cerró los ojos un breve segundo tratando de guardar en su cabeza aquella voz, eso era bueno para los sentidos y útil para el futuro. Nunca la había escuchado y toda ella fue agradable, también sus palabras que las halló peculiares.

Bajó la cabeza y sonrió con un suspiro nasal. Pero en el primer ápice de movimiento por parte de la sobrenatural, dejó todo su ser para que se apoderara de ella el instinto de supervivencia que como cazadora le era imposible dejar de lado. Los músculos se tensaron en una pose de defensa en extremo sutil, pero clara.


"Curioso ser con el que me he topado. No sé si aquella actitud de humano con la que se acerca a mi es porque desea jugar antes de devorarme como un gato o si desea ser amigable.
Mis padres me hicieron desconfiada y lo soy, terrible, afortunada y amargamente desconfiada, pero están sus palabras y me siento tan tentada a presumir que soy quien supone que mi cuerpo me dice que me quede.
¿Es eso o es solo el cansancio que no me deja mover?

Agradezco la lentitud de sus pasos si vienen con buenas intenciones, si no, aún hay tiempo de encontrar un camino..."


Pero eligió la forma que muchos llamaban correcta, otros la aburrida. ¿Para qué mentir? La vampiresa de particulares rasgos llevaba un fino y elegante vestido granate, lo cual confirmaba aquello que decía. Lera recordó sus días en Moscú entre bailes y banquetes, había tanta luz cegadora en esos días. - Creo que venimos de fiestas muy diferentes. La suya parece que no fue muy divertida y la mía siento que no fue tan pacífica. - todo su cuerpo lo sentía, pasó saliva, la herida en su labio seguía allí y le supo a hierro, un sabor agradable. - Pero si no encuentra mi interés imprudente, quisiera escuchar sobre aquella propuesta.- no había sonrisa ni miedo aparente, la verdad es que ambas cosas la embargaban en ese momento con fuerza.
Algo diferente, quizás eso era lo que le estaba destinado encontrar al ir allí.  
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Mensaje por Eleanor Aldridge el Dom Mar 29, 2020 12:41 pm

Al posar sus gélidos ojos azules grisáceos sobre su nueva compañera durante esa noche —o, al menos, durante un rato—, se encontró con una hermosa joven (¡y cuál no era hermosa!), lo que hacía que la velada tuviera, finalmente, algo de interés para ella. Lo cierto es que en la fiesta había mucha gente bella, pero aburrida. Solo hablaba de su fortuna, de sus maridos y mujeres, de sus posesiones... Ella, en parte, era más romántica y profunda que todo eso, aunque en muchas ocasiones se molestara en fingir lo contrario. A veces se sentía como un camaleón, adaptándose a cualquier circunstancia. Era inútil plantearse quién era uno y si había cambiado mucho o poco si se vivía durante siglos. La vida perdía color, sí, pero ella se esforzaba en no dejar que eso ocurriera del todo nunca. Ni siquiera cuando el negro lo abarcaba todo.

Quizá aquella muchacha era distinta. Pronto aclaró que no procedía de la fiesta y solamente eso a Eleanor ya le ponía más contenta. Sin embargo, por fuera era toda seriedad y belleza. Una belleza letal que quedaba patente en cada célula de su ser. Sutil fue el movimiento de su interlocutora, pero sus sentidos vampíricos lo detectaron. Parecía que la noche no iba a ser pacífica del todo. Pero, ah, ¿quién sabía? La vida siempre puede darte sorpresas, de eso estaba segura. De momento, decidió seguir la corriente, dejar de ser un salmón y ser uno con el río.

Vaya... ¿Se encuentra bien? —preguntó, de una forma amable y educada, pero con el tinte de seducción tan característico de los de su raza.

El olor a sangre de la pequeña y atrayente herida en su labio no le había pasado desapercibido. Por suerte, y por raro que fuera en ella, en ese momento no tenía hambre. Se había alimentado hacía relativamente poco. Aunque no era necesario estar hambrienta para beber sangre... No. Paró sus pensamientos. No quería imaginarse bebiendo de ella como quien coge una copa de vino y la derrama en su boca. No quería imaginarse besando su herida con un gesto mortífero. Alejó todo eso de su mente y se concentró en responder a su petición:
Bueno, teniendo en cuenta que no viene de la fiesta tan aburrida de la que he huido yo sin ningún pudor en absoluto y que tampoco llega contenta de la suya, creo que podría acompañarla a un lugar más tranquilo. Conozco un buen hotel donde... —se interrumpió a sí misma y antes de continuar, decidió presentarse—. Disculpe mis modales, señorita, no le he dicho quién soy. Eleanor Aldridge —articuló, e hizo una reverencia siguiendo la etiqueta de la vestimenta que esa misma noche llevaba, algo totalmente inusual en ella—, a su servicio. ¿Y usted?

Al terminar de hablar, sonrió ligeramente, con mucho cuidado de no enseñar sus colmillos. Si esa chica buscaba guerra, tenía claro que no iba a dársela. No le apetecía mucho esa noche pelearse con nadie, la verdad. Sin embargo, no estaba segura de que ella pensara lo mismo. Solo había una forma de averiguarlo.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Lun Mar 30, 2020 5:32 am



¿Qué si se encontraba bien? Lera jamás había recibido tal pregunta por parte de un vampiro, por lo menos no de uno extraño. En la Inquisición la mayoría de los condenados se disfrazaban de distancia, colocaban barreras y muchos no tenían disfraces, como ella eran así por naturaleza. Los condenados e incluso los humanos puros vivían en un mundo hondo que les prohibía querer saber sobre el otro y su bienestar. Pero no lo veía como algo malo, así era la vida y tampoco se sentía incómoda por quien se preocupara por ella. - ¿Lo dice por esto?- señaló su labio como si no fuera algo a tener en cuenta, como si todas las mujeres del mundo vagaran por las calles con labios rotos en vez de carmín.

Pero de seguro era una herida que para un vampiro no pasaría desapercibida. Debía ser muy difícil, si fuera uno de ellos sabría que se obligaría a soportar la sed o el frenesi, pero creía que sufriría demasiado en el proceso, eso era lo que su padre le había enseñado desde niña, era lo que sus maestros en la Inquisición y los libros en sus propias investigaciones le habían repetido, era lo que a veces para cazarlos usaba de señuelo. - No es nada.- dijo con una incipiente sonrisa mirándola a los ojos, tratando de descifrar alguna personalidad en aquella elegancia nata de los de su especie. Agradecía lo que había aprendido de su padre, pero había aprendido algo muy valioso estando sola, experiencia.

- Gracias por preguntar.- tendría que ver los demás golpes en su cuerpo que de seguro ya se estaban convirtiendo en sutiles moretones, primero rosáceos, mañana serían violetas, quizás verdes, amarillos, negros, multicolores como arcoiris. Además sincerándose, lo de hoy eran caricias en comparación a otras ocasiones en las que sí había tenido reales heridas, hoy lo más recalcable era el cansancio. El sentido de ser vista como una presa estaba latente en el aire, lo sabía porque lo sentía implícito en la escena como una gran grieta negra entre ambas y se hizo más notorio cuando escuchó lo que parecía una invitación. ¿Una vampiresa y una inquisidora en un hotel? Eso no saldría bien para ninguna.

Eleanor Aldrige. Lo memorizó colocándolo en aquel espacio de su mente donde ya estaba su voz y su ojos, la forma de sus labios y sus cabellos, era una belleza muy andrógina, imposible de pasar por alto. Inclinó la cabeza con una educada reverencia sobria de quien no olvida su origen noble pero no desea que este le represente. - Seré sincera con usted, Mademoiselle Aldrige.- la miraba a los ojos recalcando la voluntad de sus palabras. - Sé que aunque camine y parezca un humano, es un vampiro y no me molesta que lo sea, tampoco que finja no serlo.- no estaba en sus horas de trabajo, nadie le había enviado a perseguirla y hasta ahora intentaba hacerla sentir tranquila, en apariencia.

- Siento que somos un peligro la una para la otra.- sus palabras no salieron como amenaza, fue una verdad clara, incluso dulce. La vampira no tenía idea quién era ella, que si lo deseaba podría hablar sobre aquel encuentro a sus superiores y acusarla, darles un nombre y un rostro, que podría hacer su vida difícil un tiempo. Que ambas podrían lastimarse, era como pisar un lago congelado en un joven invierno.


"La miro y me agrada.
Si fuera una jovencita en busca de aventuras y de creer en cualquiera le diría que sí, tomaría su mano y la dejaría brindarme una cama cómoda después de un buen baño caliente. Pero no soy así y debo decirlo, se siente algo de impotencia en mi interior por no poder serlo, quizás me he perdido en mi vida de muchas cosas y posibles maravillas por ello, pero por eso sigo viva.
Y no es miedo a la amenaza, es a no poder, es miedo a escucharme un te lo dije, puedo ser la mayoría del tiempo mi gran y propia enemiga.

Sé que bajo aquellos labios hay dos colmillos ansiosos por sangre, sé que bajo aquellos ojos grandes y medidos movimientos hay una bestia.

Pero ¿qué estoy diciendo? Parezco no ser consciente de lo que está pasando, estamos solas y si un tranquilo cuarto de hotel me parece una amenaza, ¿qué es lo que es esta playa desierta? "


- Lera Aleksandrovna.- se presentó, solía ser victima siempre de la cortesía básica.
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Mensaje por Eleanor Aldridge el Mar Mar 31, 2020 3:27 pm

Se esforzaba mucho en mantener la calma. Ya no tenía tan claro que no tuviera hambre. Todo su ser giraba en torno a aquella pequeña herida. En torno a aquella ficha de dominó que podía hacer que se cayeran todas las demás. Eleanor, por favor, contrólate, se dijo mentalmente. Daban igual las décadas o los siglos que hubieran pasado: la sangre la llamaba, como a cualquier maldito vampiro. Era una realidad que por mucho que lo intentara no podría negar jamás. Y aquella joven lo sabía. Estaba jugando con ella deliberadamente. El problema es que a Eleanor le gustaba mucho jugar, y más si se sentía con ventaja. Podría tener delante a una perfecta guerrera que daba igual. Estaban en un espacio abierto, de noche y a solas. Todos los elementos estaban a favor de la inmortal. Si su corazón latiera, ahora mismo lo haría deprisa. La boca se le llenaba de sal. 

A medida que la muchacha hablaba, Eleanor se iba acercando a ella, lentamente, con sumo cuidado. De una forma tan elegante y silenciosa que parecía levitar sobre la arena. Iba descalza, pues al levantarse había dejado los zapatos apartados a un lado, pero no se le veían los pies; la inmensidad del vestido lo cubría todo. No solo era escarlata la sangre aquella noche. El corazón se le encogió —como si pudiera hacerlo— al oírla decir Mademoiselle Aldridge. En cierto modo, estaba acostumbrada a que allí, en París, hubiera gente que la llamara así, pero tenía tan reciente el recuerdo de Danielle —y cuándo no lo tenía—, su primer y único amor, o al menos ella así lo consideraba, que algo se le desencajó por dentro.

Pero lo que siguió a esa forma de llamarla no fue nada cariñoso, sino todo lo contrario. Había sido evidente desde el principio que su interlocutora sabía que era un vampiro, pero era muy agradable escuchar la verdad de sus labios, en voz alta. Sin embargo, aseverar que ambas eran un peligro, la una para la otra, le otorgaba otro cariz a la situación, uno mucho más atractivo para Eleanor. Con esas palabras solo había producido el efecto contrario de lo que expresaban. 

Señorita Lera —pronunció, dándole importancia y sonoridad a cada una de las sílabas; ella también había memorizado su nombre—, me fascina su sinceridad. —Sonrió de nuevo, esta vez abriendo la boca, y terminó de acercarse a ella, teniéndola a escasos centímetros; podía olerla mejor—. Es mucho mejor no tener que andar con tonterías, ¿no cree? Me agrada no tener que fingir delante de usted. —Podía verla mejor—. Ahora, eso que dice de que somos un peligro la una para la otra... Desde luego que no es mi intención. Lo único que planteaba desde el principio era que me acompañara al bar del hotel «Des Arenes», donde le aseguro que sirven un magnífico whiskey, o lo que usted quiera beber. —Podía comérsela mejor—. Si le parece bien, claro. —En todo este tiempo no había dejado de mirarla, con cierto brillo en los ojos, pues lo que acontecía le causaba bastante... emoción—. ¿Qué me dice? ¿Le apetece irse de aquí a un lugar más acogedor? —preguntó, e hizo una pequeña pausa antes de proseguir—. Así podrá contarme con detalle lo que le ha sucedido. Me encantan las historias.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Miér Abr 01, 2020 7:22 am



"Ese día de invierno paraste el entrenamiento, cuando Dania dijo que era lo suficientemente fuerte ya para verse cara a cara con cualquier chupasangre, mis hermanos y yo te miramos atentos a tu reacción... - Si se encuentran con un vampiro ya tienen el 95 por ciento de su vida perdida, un humano normal- levantaste tu dedo índice porque esto era importante, -se supondría no tendría aquella ventaja de ese pequeño 5 que nosotros, se supondría, a no ser que tenga algo que ellos busquen. Pero ustedes son cazadores, nunca lo olviden, tampoco olviden que ellos son astutos, muy muy astutos, las criaturas más sagaces y viles con las que podrán encontrarse. Crueles, jugaran con ustedes como el gato que caza a un ratón porque los creerán débiles.

Ruego a Dios porque mis hijos sean lo suficientemente sabios para no creerse las mentiras de su ego y salir con vida de un encuentro con ellos, para darse cuenta que la palabra cazador significa realmente algo y va mucho más allá de sobrevivir.- así respiraste hondo y te quedaste en silencio mirando la nieve que gruesa caía sobre nuestras cabezas, luego abrazaste a Dania y todos sonreímos de nuevo."

***


Criaturas silenciosas y tan encantadoras como la seda que te abraza en una noche de eterno verano. Eso eran para Lera, cuando hablaba con algún condenado vampiro o los cazaba podía notar lo perfectamente hechos que estaban tanto para la muerte como para la belleza, parecían levitar, estar en muchos lugares a la vez y atravesar almas con sus miradas y voces, parecían mentirosos perfectos.
La vampira ante ella le mostraba sutil la amenaza que era, como esa misma seda volando sobre el espacio ya se había logrado acercar más de lo que quisiera y la rusa parpadeó para cortar el enlace de ambas miradas y para salir del sinuoso hipnosis que creía que el ser frente a ella deseaba imponerle. Porque así le habían enseñado que eran, adictos al control.

Se encontró con que estaba más cerca de lo que habría imaginado, la rusa volvió a mirarla a los ojos y no se movió, haría algo mejor, se prepararía en silencio mientras la trataban como a un cordero, prefería ser eso a un ratón. Porque mientras la vampiresa sonreía y se acercaba más y más, notó Lera que la miraba con una curiosidad llena de apetito como si no fuese un vampiro, sino un lobo hambriento de cuento. Escasos centímetros y podía ver la palidez y suavidad de su rostro de porcelana fina y su cabello blanco tocado por la luna, era como ver a todos los vampiros del mundo y tenerlos tan cerca como para saber el ícono de la inmortalidad.

Con toda lo que era y sus palabras parecía haber un susurro constante entre líneas e iba dirigido a ella.
Para olerte mejor, para verte mejor, para comerte mejor. La bruja comenzó a concentrar toda su energía para reponerse del cansancio físico.
Se sintió tonta al haber pensado que lo que deseaba era que ambas estuviese juntas en un cuarto de hotel. ¿En qué había pensado? Se sonrojó mucho por la idea que sin la ayuda de nadie había preferido tomar como una deducción y seducción, pero el alivio que sintió fue significativo, si habría de comenzar por algo para salir con arte de este encuentro era por cambiar de escenario. - Está bien saber que es feligrés de la sinceridad tanto como lo soy yo.- ella lo era la gran mayoría del tiempo, que creyera que el vampiro le sería sincera era otra cosa muy diferente.

- Tampoco me gusta fingir, pero hay seres que no pueden evitarlo, también momentos en que es necesario. ¿No cree?- su mirada cambió, insistía en encontrar algún motivo que pudiera significar acabar de una vez con tan inesperada reunión, así las dos podrían seguir fingiendo que no la veía como una presa. Pero no hubo nada más que lo de hace unos segundos, eso que ya era suficiente para irse a salvo a casa.  - Un bar parece un lugar neutro para ambas y con un buen vodka me complazco.- muy contadas veces había entrado a aquel hotel, pero sabía que era elegante, distinguido y concurrido como su pasado.

- No sé si mi historia le guste o sea interesante, soy más simple de lo que creo que se está imaginando.- suave ladeó una sonrisa, no le iba bien eso de hablar de su vida privada, menos con un vampiro que acababa de conocer. -  Además usted es un ser de la noche que ha vivido años, creo que no habrá casi nada que no haya visto. - suponía al azar que era muy antigua, algo en la dama le decía que estaba en lo cierto. Si era una detractora de hablar de sí misma, era partidaria amante de escuchar a los demás. Aún adolorida extendió la mano para aguardar a que el ser caminara delante de ella, así era más seguro. - Por favor, no olvide sus zapatos.- los había visto allí atrás sobre la arena, casi olvidados.


"Ruego a Dios porque mis hijos sean lo suficientemente sabios para no creerse las mentiras de su ego y salir con vida de un encuentro con ellos, para darse cuenta que la palabra cazador significa realmente algo y va mucho más allá de sobrevivir.-
Yo también lo ruego padre."
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Mensaje por Eleanor Aldridge el Jue Abr 02, 2020 3:42 pm

Con lo cerca que estaba de ella era imposible no fijar la vista en el rubor de sus mejillas. Esa era una de las muchas cosas que ya no podía hacer: sonrojarse. Se preguntaba qué podía haber causado tal vergüenza en la muchacha. ¿Sería la cercanía de su presencia? ¿Era por algo que había dicho? Le alegraba no saber lo que pensaba la gente, así como que los demás no pudieran saber lo que pensaba ella. Hacía todo mucho más interesante. Si no, ¿qué sentido tenía la inmortalidad? Un gran porcentaje de su existencia estaba ocupado por el aburrimiento más puro, no tenía sentido agrandarlo más sabiendo todo lo que había en la cabeza de las personas sin necesidad de descubrirlo.

Aquel sonrojo tenía toda su atención. Se imaginó lamiéndole una de las mejillas. Eleanor, por Dios. Pero Dios no estaba precisamente para ayudarla a ella. Eso lo tenía comprobado por más que se esforzara en redimirse, en seguir siéndole fiel, en rezarle cada noche. Se imaginó lamiéndole la otra mejilla. Casi podía sentir el sabor en su lengua. De tener un corazón con vida, este sería un caballo desbocado. Para. Respiró profundamente, aunque, por razones obvias, era una cosa que no necesitaba hacer. Consiguió mantener el control. Al menos, por el momento.

Todo eso ocurrió en apenas una milésima de segundo, por lo que Lera no se había enterado de nada, pero algo le quemaba por dentro. Era el hambre. Sin embargo, por ahora, era capaz de mantenerla ahí: dentro. Por fuera seguía calmada, atenta a las palabras de su acompañante.
Por supuesto que hay seres que no pueden evitar fingir, pero permítame expresar mi desagrado ante tales elementos —comenzó, como respuesta—. Yo no podría fingir que me gusta el vodka, por ejemplo —añadió y, seguidamente, se rió ligeramente; trataba de bromear con ella para que se sintiera más cómoda. No quería que se sintiera como una presa porque, de verdad, no lo era. Quería comérsela, sí, pero solo un poquito. Y todo ese sentimiento había venido después de comenzar a hablar con ella, impulsado por otros motivos, distintos a los más primitivos de su raza—. Tenga más o menos edad (cosa que usted desconoce, por cierto), créame cuando le digo que su historia me interesa. —Se giró hacia su calzado al escuchar sus últimas palabras—. ¡Ah, sí! ¡Mis zapatos! —Se agachó a por ellos y los sostuvo en su mano izquierda, justo como antes—. Gracias. —dijo, y se fijó en la mano de la joven—. Ah, sí, claro, yo delante, no se preocupe. Le mostraré el camino. Le agradezco también que haya aceptado mi invitación. Me pone muy... contenta.

Sabía de sobra que Lera no la quería al frente porque ella desconocía la ruta, pero de nada servía añadir más leña al fuego. El temor y la desconfianza eran algo que los vampiros se habían ganado a pulso, así que no podía enfadarse. Lo entendía. Ella misma odiaba a los suyos. Ella misma se odiaba. Solo quería pasar la noche en buena compañía, pues de todas las gentes con las que se había cruzado en la fiesta ninguna parecía merecer la pena. Quizá Lera era distinta. Al menos había algo que parecía indicar que sí. Solo quería comprobarlo. Se sentía contenta de verdad. Contenta por no haber tenido que hacer uso de su poder de persuasión para obligarla a venir con ella. Le apetecía disfrutar de la presencia de alguien, no tener una marioneta con la que jugar.

Caminó a un ritmo que la hechicera pudiera seguir hasta salir de la playa. Se sentó en el bordillo del muro que separaba la arena del paseo marítimo, se sacudió las plantas de los pies, por primera vez visibles, y se calzó los zapatos de tacón, que iban a juego con el vestido. Prefería seguir descalza, pero tenía una imagen que aparentar. Aparcado a un lado, entre las sombras que proyectaba una farola de gas, se encontraba un carruaje negro.
Disculpe, cochero —llamó al hombre que descansaba sentado detrás de los caballos—. ¿Podría llevarnos al norte de la ciudad? Al hotel «Des Arenes», si es tan amable. —El auriga asintió y Eleanor inclinó la cabeza ligeramente, en un gesto de gratitud. Seguidamente, alzó la mano para cederle el paso a su acompañante y se giró hacia ella—. Suba, por favor.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Lun Abr 06, 2020 3:58 pm



La luna, las olas, aquellas dos energías femeninas de vampiresa e inquisidora en una casi íntima cercanía con ese aroma salino en las fosas nasales, invadiendo en cada inhalación sus seres  como si supiera todo de ellas. De lo que sus vidas estaban hechas. Vacíos, años, sonrisas y tristezas.
Inhalaciones. Lera vio como la vampira tomó aire, pero no supo si respiraba el mismo aire que ella o si se estaba permitiendo saborearla con aquel sentido que sabía tenían desarrollado. ¿Sentiría hambre en ese mismo instante?
Si se pudiera permitir la lastima la sentiría por aquellos, tan hermosos y malditos. Tan fuertes y a la vez tan esclavos. Pero era un sentimiento que difícil le salía por los que llamaba monstruos, por eso jamás dejaba que alguien sintiera eso por ella y para la rusa, la autocompasión era el pecado más atroz que pudiera cometer contra sí misma.

Además le parecía que era fuerte y valoraba el hecho de que con la sangre en el labio, la soledad de aquel lugar y la gran ventaja que tenía aún no hubiese intentado atacarla. Sentíase una completa irresponsable. Cuando la escuchó supo que la dama pasaría por la eterna marca que tenían casi todos con los que mantenía algún contacto, no le quedaba muy fácil creer en palabras de desconocidos, ni medio conocidos, ni conocidos... Menos cuando una vampiresa extraña que la miraba de esa manera le decía aquellas palabras en medio de una noche salada con una sonrisa.

La bruja suspiró, inspiró, sonrió también y el sonrojo fue menguando.  - Pensar que hace unos minutos usted fingía ser una humana, me confunde, mademoiselle Alridge. - se encogió de hombros. - Pero la verdad la comprendo, el amor por un buen vodka es algo que se aprende desde pequeño. - y siendo una niña la primera vez se le había arrugado toda la cara, pidiendo al cielo mientras su padre sonreía juntos a sus hermanos jamás probar de nuevo aquella agua tan espantosa y algo dulce. La siguiente vez fue un poco más fácil pero aún con el miedo de confundir el agua con ese licor.

- Es cierto, no sé su edad. Me siento una maleducada. Es un completo insulto preguntar o insinuar aquel tema a una dama.- aunque deseaba saberlo, era una maña inculcada de madre y abuela nunca permitir que alguien hiciera esa pregunta. Una de sus muestras de mujer vanidosa. Esperó a que tomara sus zapatos, mirarla y a su aura era ver una criatura de la oscuridad queriendo salvarse a si misma, como si tuviera fe. Rápido le regaló una última vista al mar antes de irse por aquel día.

Muy contenta... No supo bien qué significaba aquello.
Comenzó la marcha tras ella, pendiente de sus movimientos más leves, no era la primera vez que caminaba junto a uno de ellos. A veces miraba a sus compañeros inquisidores, le parecían mundos inmensos, dignos de ver y hundirse en aquellos mares insondables sin saber qué se encontrara. - Espero que mi historia al final no le haga pensar lo contrario.- susurró y la siguió hasta aquel muro donde aguardó a que calzara sus pies y se movió cuando ella reanudó la marcha, no dijo nada en el camino. Nada, tan solo observó.  

Y cuando el cochero dijo sí, supo que aquello iba en serio. Era desobedecer las reglas de sus padres, sus consejos, más allá de todo eso, sus propias reglas, esas establecidas con rigidez. Lera miró los ojos de Eleanor, no como un cordero y tampoco como un león. Nunca aceptaría que la razón era que deseaba confiar, muy adentro de ella, solo por esa noche, confiar en que no saldría lastimada la primera vez que hacía a un lado su rutinario protocolo de soledad y desconfianza.
Lera subió y se sentó en el carruaje, aún había marcha atrás, pero no tan fácil como antes, ahora era una caja pequeña de madera y terciopelo en la que estaba con la vampiresa.

Cuando esta también estuvo dentro dejó una pausa larga respirar hasta que los caballos arrancaron la marcha. - ¿Es esto es un problema para usted?- en un círculo en el aire con su dedo índice señaló su labio inferior. Si era así con unas cuantas palabras y magia podría arreglarlo, así se aseguraría de no ser culpada por la nocturna si su sed le ganaba. Claro que tendría que ocultarlo sutilmente, no quería dejar a la vista una de sus facetas más íntimas.

Bruja e inquisidora. Claro que la más privada de todas era la mujer a la que casi nadie podía acercarse, quizás estando allí en ese carruaje se estaba permitiendo inconscientemente que un extraño tocara con las puntas de los dedos su interior, ese centro hecho de una niebla muy esquiva. Miró con una línea de sonrisa tímida y dudosa por la ventanilla del carruaje, a las calles y al camino, las casas y personas que placenteramente la velocidad le dejaba disfrutar a sus ojos. La pregunta era, ¿estaba bien que ese ser fuera un vampiro? Incluso los lobos eran más confiables que ellos, volvió a mirarla a los ojos en un silencio que no limitó o exageró parpadeos, sin tensión, era natural. Mirarla no le disgustaba, al contrario, le daba una paz extraña. Peligrosa.


"Esto nunca lo contaré a mis padres, no quisiera ver la manera en que me observaran, con decepción...Ya sé, de piel propia, la forma en que se ven cuando la sienten. No quiero escuchar a mi madre fingir que llora mientras comienza a levantar la voz en sollozos de dama consentida y manipuladora, no quiero que al final su dulzura y preocupación maternal logre lo que desea y es que en serio la inunde el llanto.
Soy su hija la descarriada. Soy la historia turbia, la mancha oscura en los Volkovs.
Espero que si no vuelvo a salir de aquel hotel, ninguno de los que amo sepan la razón de mi muerte.
No quiero que mi fantasma vea a su madre siendo la fuerte mientras su padre se derrumba a pedazos.
No quiero que sepan que morí por confiada."


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Mensaje por Eleanor Aldridge el Mar Abr 07, 2020 5:00 pm

Si había fingido ser una humana —¿qué significa eso exactamente a esas alturas?—, había sido por temor a espantarla. A veces, se cansaba de que los demás solo vieran la parte amenazadora de los vampiros. Era algo real y que iba a estar ahí siempre, pero había inmortales de todas las clases. ¿Pero a quién quería engañar? Pues claro que eran peligrosos. Absolutamente todos. Unos terribles depredadores despiadadamente letales. Solo había que fijarse en los colmillos. ¿Quién, en su sano juicio, dotaría a esas pobres y atormentadas criaturas de armas en la boca si no eran para matar?

De nuevo: no podía echarle en cara nada. Le hizo gracia imaginarse a una pequeña Lera probando el vodka por primera vez. En sus múltiples viajes al frío país, había podido comprobar de sobra que los rusos estaban locos. Por su nombre y la obsesión con el licor, Eleanor supo enseguida que la hechicera era de allí. Había que estar fatal para darle un alcohol tan fuerte a una criatura tan pequeña, pero qué iba a decir ella, si se había vuelto adicta al whiskey de una forma absurda, pues no le hacía nada. Quizá lo que le gustaba era contarle su vida al camarero.

Cuando la muchacha subió al coche, ella la siguió enseguida, y se sentó enfrente, con cuidado de que no se pillara la enorme falda de su vestido. La miró en la oscuridad de la noche, solo rota por el brillo incansable de la luna, que se reflejaba en sus ojos y los llenaba de brillo también. Los caballos iniciaron su marcha.
No pienso que sea de mala educación preguntarle la edad a una dama. —¡A una dama! Le entraban ganas de reírse: todo el tema de la etiqueta siempre le había parecido absurdo y, sin embargo, allí estaba con un llamativo vestido que en cualquier otra ocasión estaba segura de que no lo habría elegido—. Pero sí pienso que es de mala educación hacerlo con los vampiros. —No lo dijo ni molesta ni enfadada, sino como una observación, tranquila—. Digamos que tengo la edad suficiente para haber visto nacer y morir muchos negocios en esta ciudad.

No dejaba de mirarla en todo momento, aunque de vez en cuando le echaba un vistazo al mar, que poco a poco se iba quedando lejos. Tampoco tenía muchos sitios más a los que dirigir la mirada, no había mucho espacio allí. La cercanía entre ambas podría resultar abrumadora para la humana, pero ella se sentía a gusto en su compañía. Cuando subió la mano para señalar la herida de su labio, Eleanor se la cogió con delicadeza y la apartó a un lado, dejando ver la boca de la muchacha, expuesta, frente a ella. ¿Por qué me haces esto? Podía ser perfectamente una trampa. A lo largo de su vida, se había topado con toda clase de engaños para atraparla. Muchos de esos encuentros habían acabado mal; otros, en soborno; y el resto, que eran más bien pocos, habían resultado en relaciones amenas con las que pasar unas cuantas décadas de toma y daca hasta que la otra persona moría. Ella no. Al parecer, ella nunca.
Deje de jugar conmigo de esa manera —pronunció, en un tono cálido y seductor, a medio camino del ruego, pero sin llegar a serlo—. Creo que no acabaría bien para usted, Lera.

Seguía sujetando la mano, como si se hubiera parado el tiempo. Para un vampiro, eso era casi posible. La sensación de dos segundos humanos, que era seguramente el tiempo real que había pasado, le suponían varios minutos de auténtica pesadez.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Dom Abr 12, 2020 2:58 pm



Lera se sintió afortunada de ir esa noche tan liviana, tan cómoda con sus pantalones. El vestido de Eleanor la hacía recordar esos días en Moscú, aunque los días normales en casa se le permitía usar ropajes más sencillos, en las fiestas formales y banquetes de sociedad se le pedía que guardara y respetara un especifico tipo de etiqueta. Esa etiqueta estaba estrictamente controlada por su madre, abuelas y nodriza, las cuatro parecían tener un amor exagerado por aquellas celebraciones y seguían al pie de la letra aquel rito pre reunión. Nunca se había quejado de seguirles la cuerda, la verdad es que caía  un poco en el juego de las jovencitas deslumbrándose con lo diferente que podía llegar a verse y si así todas estaban tranquilas y contentas ella se complacía. La sonrisa de su padre también tenía mucho que ver cuando veía a sus hijas y las presentaba orgulloso ante todos los conocidos y desconocidos.

Tiempos aquellos llenos de satín, terciopelo y seda. No los extrañaba para nada.
Por extraño que pudiera parecer ese vestido granate caía a través de la estilizada y delgada figura como una cascada de sangre, resaltaba la oscuridad del carruaje y los rayos de luna su piel pálida y sobre sí sentía la mirada de la nocturna. Acentuó sus ojos azules cuando habló sobre la edad, con Desmond nunca habían conversado sobre eso, no tenía conocimiento de que les molestara que alguien supiera sus años, era un dato curioso digno de tener en cuenta.

Solo podía escuchar el trote enérgico de los caballos. A medias en la penumbra vio moverse la mano de la rubia, pero sintió claro su toque gélido atrapando su mano con firmeza tan suave que no le causó miedo, pero no evitó que tensara su cuerpo para atacar. Eso fue algo doloroso para sus músculos resentidos y heridas, por lo menos ya no estaba tan cansada, pero los latidos en su pecho eran como rayos en una tormenta de verano. Detuvo desencadenar su magia en el interior de aquel carruaje al entender lo que deseaba. El tono de su voz y el error cometido la hicieron sonrojar de vergüenza y algo más que no supo descifrar en aquel momento. Pero su intención de ayudarse a ambas había sido tomada al parecer como una afrenta.

La miró a los ojos, se inclinó un poco, tan solo un poco hacia el frente mientras el rostro de ambas seguía siendo iluminado intermitentemente en la marcha por la luz del exterior. - No suelo jugar con vampiros.- no fue un susurró, tampoco un reto, salió suave pero dejaba claro que era algo que había aprendido desde pequeña. - Lamento si la he ofendido, solo quería hacer la carga más liviana para ambas. Supongo que es mucho más difícil controlar ese impulso cuando el humano con quien se habla tiene una herida.- soltó un suspiro y retiró su mano con suavidad de la contraria, al hacerlo volvió a sentir el calor del ambiente en aquella parte. Pegó su espalda al carruaje de nuevo y retiró la mirada de los ojos contrarios. Otro suspiro, se sentía avergonzada.

- Supongo también que nos estamos subestimando la una a la otra.- no debía tratar a su acompañante u oponente de débil, ya sabía que por su edad podría controlarse por lo menos un poco y estaba claro que Lera entendía que estaba en riesgo, pero la vampiresa no sabría si deshacerse de ella le sería posible o fácil. Guardó un largo silencio. El coche se detuvo, afuera un grupo joven de alegres y ricos borrachos demasiado ruidosos cruzaban la calle frente a ellos. - ¿Sucede lo mismo con todos ustedes? ¿Lo de la edad?- no sabía si era una incomodidad que se extendía a todos los de su raza. Si ella fuera uno de ellos vestiría con orgullo su edad.

Si fuera uno de ellos... Gracias a Dios no lo era. La sed infinita e insaciable, no poder ver el sol de nuevo, no poder disfrutar de muchas cosas como la comida, un tacto frío, no sentir un corazón bajo la piel. Corazón de demonio, piel de humano. Eso eran. - Ahora tengo más ganas de preguntar, pero no lo haré. Lo prometo.- le sonrió. Tampoco volvería a retarla, pero no podía ignorar que aquella en herida en su labio era todo un peligro.  


"¿A quién quiero engañar?
Me gustaría saber su edad, abrir los labios para decir... -Mademoiselle Alridge, a riesgo de que me devoré en este carruaje déjeme hacerle quizás la última pregunta de mi existencia, ¿cuántos años tiene?-
Pero quizás ya esté cansada de esa palabra.
Mademoiselle.
Creo que fue la primera que aprendí del francés, me gustaba llamarle así a mi madre y hermanas, a mis abuelas, a mis doncellas, a mis primas, a mis amigas, a las extrañas, a todas las mujeres hermosas con las que me cruzaba.

Quizás esté cansada como vampira de que todo el mundo le llame de esa manera. Quizás esté cansada de que todo el mundo quiera saber cuál era la edad en que vio el último sol de primavera."


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Mensaje por Eleanor Aldridge el Dom Abr 12, 2020 7:01 pm

El ruido ensordecedor de los caballos solamente era superado por un sonido aún mayor, al menos para el oído superdesarrollado de la vampira: el del corazón de aquella joven. Bajo el agarre era capaz de notar su tensión y atisbó en su rostro lo que parecía otro sonrojo. Eleanor se moría de ganas, cada vez más, de abalanzarse sobre su cuerpo y terminar con la distancia que las separaba. De clavarle los colmillos de una vez por todas y beber de ella hasta que no quedara nada. Pero, de momento, todavía era capaz de contenerse.

A pesar de pretender que no sonara a amenaza, a la inmortal le seguía pareciendo que Lera la retaba, que estaba tirando de la cuerda y que cada vez esta estaba más cerca de romperse. En parte eso le gustaba. Era muy dada a jugar, pero a veces todo acababa escapándose de su control. Ella le retiró la mano y su tacto la quemó como si fuera fuego, pero pronto el frío vino de nuevo, pese a que era incapaz de sentir los cambios de temperatura —y, sin embargo, juraría que su mano ardía allí donde había sido tocada por la hechicera—.

Ya dudaba de si verdaderamente lo que le atraía de ella era únicamente su sangre o si había algo más que actuaba como un imán y le hacía imposible quitarle los ojos de encima. Quizá era simplemente el instinto depredador con el que convivía cualquier vampiro. Era su terrible naturaleza. Eterna y dolorosamente presente. Solo eso.

Por más que diga que no juega conmigo, me temo que no puedo creerla —pronunció en un tono, por el momento, tranquilo—. No me ofende que lo haga, pero sí que me lo quiera ocultar. No intente reírse de mí porque le puede salir caro.
Esta vez sí era una amenaza, clara y directa. Quería dejar claro cuál era el sitio de una humana frente a una inmortal, que si seguía con vida era únicamente porque ella lo permitía. Desde luego, en su caso, sí que estaba siendo subestimada por la muchacha. ¿Actuaría así con todos los vampiros o es que nunca se había cruzado con ninguno? A juzgar por sus preguntas, parecía que era más probable lo segundo porque de lo contrario, lo sorprendente es que siguiera con vida. Quizá sí la estaba subestimando a ella también.

Decidió otorgarle el don de la duda y volvió a un tono un poco más apacible cuando dijo:
Desconozco si hay vampiros a los que les guste decir la edad que tienen, pero, por lo general, no nos van a oír hablar de ello. Tenga en cuenta que, normalmente, pertenecemos a tiempos que quedan ya muy lejanos —al decir esa frase, parecía que su cabeza se hallaba en otra parte, en otro tiempo, pero pronto volvió al momento presente—. En mi caso, prefiero centrarme en lo que estoy haciendo ahora, el pasado ya no importa.
¿Cómo podía mentir tanto? El pasado era lo único que le importaba. Vivía —muerta, eso sí— terriblemente anclada al momento en el que le fue arrebatada el alma, aunque se empeñara en creer que la seguía teniendo dentro. Que Dios, en algún momento, se apiadaría de ella y perdonaría todos sus pecados. Que podría descansar en paz al fin. Curiosamente, en contraste, jamás había sido capaz de intentar quitarse la vida. Se aferraba a la supervivencia de una forma ridícula, como haría cualquier humano, forzándose a recordar una y otra vez todas las cosas terribles que había hecho a lo largo de todo este tiempo.

Se obligó a que su cabeza regresara de verdad a aquel instante con Lera:
Pregunte lo que quiera. En mi poder está responder si lo deseo.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Mar Abr 21, 2020 3:59 pm



Un sedoso escalofrío descendió por su espalda. Lera recorrió el carruaje con la mirada, comenzando por el techo lacado que brillaba a medias en la penumbra, los eslabones de metal y madera oscura que unían aquella estructura, las cortinas de terciopelo rojo que se hallaban abiertas para disfrutar del panorama nocturno, el tapizado suave de los asientos, ¿quién sabe cuántas personas habían estado allí dentro y a dónde los habrían llevado sus deseos?
Miró las puertas con manijas y bisagras de viejo bronce. Lo que buscaba no nacía de ellos, ¿qué podría nacer de un objeto inanimado sin que la brujería lo haya tocado? No, ninguna pieza de ese carruaje estaba embrujada, no había nada más que ciencia en esa estructura que las mecía y transportaba de un lugar a otro sin necesidad de ninguna usar sus habilidades.

Lo que Lera buscaba no lo encontró ni en ella misma, ni en el transporte, ni en la vampiresa, no había esa carencia de tensión que entre ambas después de su comentario sincero debía de existir. La tirantez parecía haberse hecho más fuerte, como si se negara a irse agrietando la distancia entre ellas, aún así estaba esa mirada. Entendía que no todos creerían sus palabras, no era algo por lo que pudiera juzgarlos, ella misma se declaraba culpable si pidiera aquel convencionalismo tan peligroso como lo era la confianza, tal vez la nocturna era como ella, podría ser que estaba Lera dando los signos contrarios a lo que en verdad deseaba, mantenerse claramente con vida luego de haberse atrevido a aceptar tal invitación de una hija de la noche.

Estaba segura que eso le diría al abrir esos delgados y finos labios, los miró y cuando lo hizo se movieron tan suaves y de allí salió enigmática tranquilidad que parecía ser ella, Eleanor la verdadera hechicera, eso era el sortilegio de las casualidades, las minucias del destino. La rusa la escuchó y suspiró profundo, cuando la boca de la rubia quedó en reposo levantó los ojos para mirar el resto de sus facciones. En la calma de su rostro y en sus agudos ojos de depredadora, vio el gran brillo de la sinceridad. Sinceridad que auguraba sangre.

- No deseo un conflicto, - la pelea de hoy había estado carente de rabia, diversión y adrenalina, orgullo, si, eso era lo que la había movido a darse puñetazos en esa pelea clandestina,  - no hoy y no ahora. En serio es una pena que no pueda creer en la buena voluntad de mis palabras. - levantó el rostro viendo de reojo por su ventana las farolas de una París que si conocía lo que pasaba en ese coche solo observaba, quizás le gustaba a la ciudad solo mirar después de propiciar encuentros como los suyos, curioso, tenía un mismo pasatiempo que la inquisidora, mirar.  - Supongo que es mi castigo para una desconfiada devota. - bajó la cabeza y sonrió cansada.  - Sí, es una pena, en realidad se equivoca, Eleanor.- tal vez las dos a parte de estarse subestimando, se estaban equivocando. 

Con Desmond, el único vampiro al que había permitido una real cercanía, no había nacido una confianza como una chispa después de un rayo en medio desierto, eso no existía, podía comprenderlo, había sido un largo proceso. Y fue allí fue donde se dió cuenta que había contado algo de sí misma. Elección incorrecta, quiso cerrar los ojos pero no era la decisión más adecuada en aquellos momentos donde parecía tener a una vampiresa con ya menos paciencia que antes. La rabia por atreverse a confesar aquel mínimo detalle le tensó los músculos y le dolieron las heridas, el cuello, la espalda. La escuchó, sin embargo, con atención, era como escucharla hablar de otros tiempos tan lejanos como la existencia de su apellido. Desmond le había contado sus años, al hacerlo tenía aquel mismo semblante que la nocturna frente a ella. Qué bellas y nostálgicas sensaciones sentía al verlos hablar sobre el tiempo que llevaban encima. Dejaron de dolerle los músculos, un poco.


"El pasado ya no importa...
Eso parece una de esas mentiras que los padres les cuentan a los niños antes de dormir o cuando se lastiman una rodilla para intentar consolar su dolor. Dice que el pasado no es un lugar donde suele vivir, pero la miro y me parece todo lo contrario. Al hablarme parece recordar pequeños fragmentos de su existencia.
Se ve tan ausente que me da miedo decir palabra alguna o moverme, no quiero interrumpirla. Nuestro pasado y errores nos persiguen, ¿cuáles serán sus pecados?

Me pide que pregunte algo, mi cabeza está vacía de preguntas permitidas y desbordante de cuestiones que de seguro causarían un profundo silencio entre ambas."


- ¿Por qué abandono su fiesta, mademoiselle Alridge?- regresó al convencionalismo del título y su apellido, sería interesante saber qué había causado el hastío o llamado a la búsqueda de un lugar tan abandonado como una playa en reticente primavera. Obviamente el sol no era la causa de ello, quizás era la búsqueda del pasado de un poco de soledad en la mente de un ser inmortal. - Es la única pregunta que me parece cuerda en estos momentos y la más prudente, pero también me causa curiosidad.- lo dijo mirándola a los ojos, no mentía.
Esperaba eso no causara que se le lanzara encima a querer terminar con lo que no eran más que cortesías tomadas como altanería. O eso creía.


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Mensaje por Eleanor Aldridge el Sáb Abr 25, 2020 10:41 am

El paseo en el carruaje continuaba mientras ambas, humana y vampira, conversaban. El hotel al que iban estaba lejos de la playa, pero ya faltaba poco para llegar a su destino. Los caballos mantenían el ritmo y sus cascos resonaban en la calle con un eco tremendo, pues a esas horas era extraño ver a alguien fuera y estaba todo bastante desierto.

La escuchó hablar y siguió su mirada, fijándose ella también en las farolas rutilantes que alumbraban la ciudad que había escogido como hogar unas décadas atrás. Era curioso cómo Danielle todavía tiraba de ella en cada movimiento de su vida, de la misma forma o más intensamente que cuando estaba viva. Mucho tiempo atrás, dejó su Inglaterra natal para beber de las aguas del Sena, del Loira, del Rin y del Ródano. Tantas noches habían sido francesas que ya se consideraba de allí. Inglaterra quedaba relegada a un rincón muy pequeño de su mente y, a pesar de haber vuelto allí en varias ocasiones, ya no la sentía como su casa. A esas alturas era más gala que británica, ¿pero podía un vampiro tener nacionalidad?

¿Era cierto eso de que estaba equivocada? ¿De verdad aquella joven no era una suerte de piedra en el camino que su amado Dios le había puesto delante solo para tentarla, una prueba de fuego que le había ya rozado más que la punta de los dedos? Decidió, entonces, creerla, aunque todavía no del todo. Ninguna de las dos podía culparse mutuamente por no confiar la una en la otra: formaba parte de ambas naturalezas. Y la experiencia no ayudaba. Prefirió, por tanto, no responder nada a aquello.

No le pasó desapercibido que volviera a usar su apellido en lugar de llamarla por su nombre, y menos cuando ese «mademoiselle Aldridge» se le clavaba bajo el esternón como si un perro le hubiera mordido el corazón y en su lugar hubiera dejado una herida grande, fea y sangrante. Pero, de alguna forma, fue capaz de obviarlo y contestar:
No había nadie que resultara de mi interés, no como ahora.
La miró de nuevo con ese brillo en los ojos y entonces comprendió que por más que negara algo, ese algo no dejaría de existir. Que la sangre la llamaba como una madre llama a sus hijos en la lejanía y el terror que suponía estar en un bosque oscuro, pues no dejaba de ser hija de la madre sangre.
Pare.
La orden fue escueta, cortante y en un volumen lo suficientemente alto como para que el cochero la oyera y la obedeciera de inmediato. Eleanor tenía ese don: podía conseguir que los demás hicieran lo que ella quisiera con solo decirlo. El carruaje se paró en seco y la atmósfera entre ambas mujeres se presentó más densa incluso que antes. Como si fuera una ratonera para la hechicera.
Míreme a los ojos y dígame la verdad, Lera. —Esta vez la orden iba para su acompañante, en un tono tan imperativo y seductor que era imposible resistirse a acatar—. ¿Qué le ha traído hasta aquí? ¿Qué busca en realidad de mí?

De verdad que no quería que se repitiera otra escena como la vivida con la señorita Van de Valley en la ópera el día anterior, pero aquella muchacha se lo estaba poniendo muy difícil.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Lun Jun 01, 2020 6:12 pm



El silencio... esa basta llanura de final inexistente, un lienzo en blanco donde cualquier cosa podía dibujarse con pinceladas suaves como la nada. Silencio, tan doloroso a veces, tan incómodo en otras y en las noches de más éxtasis tan cómplice.
El silencio a veces era la mejor respuesta. La más honesta. Esta ocasión fue una de esas. Lera meció la mirada a la vampiresa, había en sus ojos ese instinto de entendimiento, cada quien tenía sus razones para no creer. Bien y sabio el destino era amargo, irónico. Ya sabía y entendía Lera la condena que le había dado a aquellos que habían deseado que confiase en ellos. Ahora mismo la estaba padeciendo, aunque era más que claro que no deseaba ser una presa parecía que la dama se empeñaba en pensar todo lo contrario.

Sintió que corría a pasos agigantados hacia un abismo, por fortuna tenía su magia y algunos golpes para recordar que estaba viva y que le gustaba ese estado. El corazón latiendo, la sangre y el tacto cálido, la sed pero de agua, los sabores en sus papilas. El sol en su piel y aquel encanto que venía del día, de esa la blanca vida. Después de su silencio las palabras la hicieron enfocar sus ojos en los de la inmortal, era poco el espacio entre ellas. Allí halló ese brillo, como rey de las sombras que con débil intermitencia eran invadidas por la luz. Sí, ese brillo era por mucho el hambriento rey de aquella morada. Por alguna razón Lera curvó una sutil sonrisa que para muchos pasaría desapercibida, obvio que conocía el riesgo, sería una necia porque este se le había dejado ya más que claro. Aunque era un atisbo sonrisa que mostraba su  inconformismo por el notorio y cierto significado de la inesperada y presente relación entre ambas allí dentro.

Guardó silencio un largo tiempo. - Pero ese interés no va más allá de verme como una bolsa de sangre, ¿verdad? - sonrío más abiertamente. - Supongo que en esa fiesta habían muchas más presas dóciles o dignas de confianza. Es curiosa la forma en que los vampiros muestran su gusto por lo que les resulta interesante, quieren consumirlo, secarlo. - suspiró profundo, era una realidad que conocía. Era un hambre constante que no preservaba, una fuerza que destruía. Intentó pensar en Desmond como un ser diferente, pero era obvio que él también fue así.  

La rusa sintió la fuerza de aquella orden en el aire y la reafirmó en el estrepitoso parar del coche. Fue así que descubrió que ese era uno de los dones de la vampiresa y el corazón le tronó en impulsos raudos, era hora de salir de allí y llevó la mano a la cerradura de la puerta, pero eso fue lo último que pudo hacer antes de que la upyr decidiera dirigir su energía a ella. Se sintió débil su voluntad, pesada, el asiento y suelo bajo ella se hicieron nubes escarlatas en las que comenzó a hundirse, se vieron desencadenados sus deseos y no fue por su propio albedrío. Aquel cosquilleo en su sexo que estremecía su vientre, le pareció que deseaba besar sus finos labios como si nunca hubiese besado algunos y mojó el inferior propio mientras la miraba a los ojos, tétricamente esa parte deseó que mordiese su cuello.

Se resistió tanto que los golpes le dolieron como si se los hubiese acabado de dar todos al mismo tiempo, el mango metálico de la puerta fue apretado con fuerza entre su mano. Parpadeó, con sus pupilas dilatadas perdiéndose en los orbes de la dama, con sus ojos azules mar se sentía doblegada aún cuando por propia naturaleza se oponía a serlo. Eso dolía, pero era una dulce condena, quizás eso era lo que más le dolería luego de sus respuestas.
Porque vendrían. Ya las sentía ascender por su garganta hacia su lengua.


"Puede que haya sido muy tarde.
Me opongo a ser un títere. Renege a mis padres por querer darme el título de esposa una vez había tocado el de cazadora con mi propia piel, los abandone para venir a parar aquí.
Siento el orgullo herido mientras un frívolo y enardecido deseo por ella recorre todo mi cuerpo sin pudor alguno, pero si él no tiene pudor es porque yo lo siento. O eso es lo que mi cordura me dice que debo sentir.
De todos los juegos, este es uno de los más bajos.
Porque no, no he mentido, pero..."


- Ese es un buen truco, mademoiselle Aldridge.- No pudo pensar más en sus propios dilemas, comenzó a responder. - Guardar nuestros pensamientos no es mentir. Pero ya que me ha forzado diré que usted me trajo aquí. Su compañía me resulta enigmáticamente atrayente.- en la sinceridad de sus palabras se sintió muy tonta, pero así era, el magnetismo de su manipulación era más evidente y llenaba el pequeño espacio al usar sus dones de vampiro. - Mis días suelen ser casi siempre grises y comunes cuando estoy fuera del trabajo, incluso las peleas se tornan una rutina. Quería vivir algo diferente... Ten cuidado con lo que pides, dicen. Lo creo, puesto que ahora lo estoy viviendo. - aunque hablaba lento su verbo fluía como agua.

- Creo que busco creer en que no todos ustedes son monstruos, así como no todos nosotros lo somos. Puede que solo quiera divertirme y conversar un rato como el resto de los mortales a su lado. Conocerla y que me conozca.- fuertes declaraciones a una extraña. - Pero este no es un buen comienzo,  mírenos, ahora soy su títere y usted mi titiritera. Aunque sea una sensación que no causa dolor físico, en el fondo me desagrada y mucho. Me humilla. Suelo asegurarme de jamás perder el control de mi vida. - se quedó en silencio y cerró los ojos para corroborar que aún era capaz de hacerlo. De resistirse a ser esclava dependiente así fuera un poco.
 


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Mensaje por Eleanor Aldridge el Mar Jun 09, 2020 4:06 pm

La escuchó atentamente, deseosa de conocer las palabras que saldrían de sus labios. Cuando habló, no pudo hacer otra cosa que reprimir una carcajada, consiguiendo que de cara para afuera su semblante permaneciera serio. Le parecían tan ocurrentes los humanos... Como si ella jamás hubiese pertenecido a esa especie.
Oh, no, señorita Lera, nada más lejos de la realidad. No es para mí solamente la cena. —Finalmente, el monstruo había decidido que sí que anhelaba su sangre, pero no era eso todo lo que quería—. Me agrada enormemente conversar con usted. Me resulta... entretenida. ¿No disfruta con este encuentro del mismo modo que hago yo?
Al contrario que la noche anterior, en la que había acudido a la ópera expresamente con el objetivo de alimentarse, aquella no había podido tener intenciones más alejadas de eso. Sin embargo, no siempre las cosas eran como una esperaba y todo se había tornado en una sed de sangre que necesitaba con urgencia ser satisfecha.

Por alguna razón que a veces ni ella misma comprendía, a Eleanor le gustaba fingir que no tenía tanto poder como el que verdaderamente tenía. En ocasiones como aquella esto se hacía más evidente que nunca. Estaba claro que la relación entre ambas no estaba equilibrada: en ese carruaje, ella era, a todas luces, la figura dominante y Lera, la sumisa. Una sumisa que se postraría a sus pies sin un atisbo de duda si tan solo ella se lo pidiera. Pero todavía no lo haría. Observó el momento exacto en el que la joven se quedó encerrada dentro del espacio que había creado aquel mandato, como si una burbuja transparente las envolviera y jamás las dejara salir de allí, por más que la inquisidora hubiera intentado llegar a la puerta. Ese era un detalle que, obviamente, no se le había escapado a Eleanor, que contaba con una vista perfecta y unos reflejos que no le hizo falta usar, pues aquella mujer había sido atrapada en el segundo preciso. Cada vez la sentía más cerca a pesar de que no se había movido ni un ápice. Su corazón se escuchaba de manera más clara ahora que había cesado el ruido de los cascos de los caballos, ahora que había parado el sonido de las ruedas del carruaje aplastando la gravilla del suelo. El murmullo de las olas que minutos antes había adornado el ambiente entre ellas quedaba ya tan lejano que parecía que hubieran pasado cientos de horas desde entonces. En ese instante, estaban solamente ellas dos: una frente a la otra, con las miradas cruzadas, creando una tensión que Eleanor podría desgarrar sin esfuerzo alguno con sus afilados colmillos.

El silencio entre ambas, tras la petición de la vampira, duró poco. Las palabras se arrastraron por la boca de Lera como si Eleanor le hubiera metido los dedos en la garganta y hubiera tirado de ellas hacia fuera. Algo dentro de ella le hacía estar entusiasmada por tenerla bajo sus órdenes, por ser capaz de conseguir lo que quisiera únicamente expresándolo en voz alta. El rubor de sus mejillas le parecía cada vez más intenso y si ella misma pudiera sentir calor, desde luego este no estaría solo en su faringe, que en aquel momento tenía la sensación de que le quemaba. Los ojos le brillaban con tanta intensidad que parecían tener luz propia. Desde luego, Lera había despertado a la bestia y sería muy difícil —prácticamente imposible— que esta volviera a dormirse.
Yo misma soy muy reservada con mis pensamientos. —Tanto era así que tenía la capacidad de cerrar su mente para el resto, como si la escondiera en una caja fuerte—. Pero no me gusta que la gente no sea sincera conmigo, tendrás que perdonarme.
Había dejado de tratarla de usted porque consideraba que la distancia entre ellas no solo se había estrechado físicamente. El tono de voz que empleó al decir eso distaba mucho de pedir una verdadera disculpa, simplemente era un modo de hablar. No se arrepentía en absoluto de tener el control de ella en sus manos.
Es cierto que yo te traje aquí, pero no fui yo la que te encontró en la playa, no fui yo la que te abrió la herida que ha sido mi perdición esta noche.
¿Era posible que la que acabara sincerándose fuera ella? No era de extrañar que diera, casi en proporciones iguales, todo aquello que quitaba. Echó su cuerpo hacia delante puramente por instinto y sus ojos se clavaron en aquel labio que le había arrebatado, poco a poco, la cordura. De nuevo, se imaginó lamiendo su piel, pero esta vez no era solo la de las mejillas. De nuevo, quería besar aquella herida. Y de nuevo, quería comérsela allí mismo. Por unos segundos, dio la impresión de que iba a poder vencer al monstruo, pero entonces la muchacha cerró los ojos y le pareció el corderito más tierno del matadero. Aquella parte de ella no se pudo resistir más.

Todo el resto de palabras que había dicho se habían perdido en el limbo, nada le importaba ya a Eleanor de aquello. Daba igual que la considerara un monstruo, daba igual si quería simplemente conocerla. Casi de forma inmediata parecía haberse olvidado de todo. Cogió la mano de Lera entre las suyas, haciendo que soltara el mango de la puerta. Apenas le costó conseguirlo, pues era mucho más fuerte que ella. Es más, lo hizo con tal lentitud y delicadeza que ni siquiera parecíó un movimiento forzado. De forma totalmente opuesta a eso, tiró hacia sí de aquella extremidad, haciendo que el cuerpo de la joven se moviese hacia delante, acercándolas más si todavía era eso posible. Fue entonces cuando la vampira acercó su rostro al suyo y acarició con la punta de la nariz su mejilla, cálida y rojiza, y allí se detuvo unos instantes para inhalar el aroma de su piel. Fue el momento previo al comienzo del fin. Fue la calma que precedía a la tormenta, pues justo después subió las manos al cuello de ella y aunque al principio lo acarició y palpó su garganta con lo que podía considerarse ternura, enseguida su tacto se volvió más posesivo y agarró su piel hasta juntar su cabeza con la de ella y besar, por fin, aquella herida que le había hecho volverse loca. Pronto aquel beso se volvió más intenso, confundiendo el hambre y el deseo. No estaba segura de qué era lo que quería de ella, ni siquiera mientras se estaba, casi literalmente, comiendo su boca. Pero entonces la bestia se impuso de nuevo y dejó aquella zona de su cuerpo para arrastrar la lengua por su cuello.
Yo también quiero que nos conozcamos —dijo siniestramente justo antes de abrir la boca e hincar en aquella parte de su epidermis sus agudos caninos.
Ya no había vuelta atrás.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Mar Sep 01, 2020 2:48 pm


No era solamente su cena...
No creía Lera que el uso particular de aquel solamente hubiera sido para tranquilizarla de alguna manera, tampoco creía que el hecho de estarle dando una conversación poco convencional fuera la seguridad de que estaría a salvo.
La vampiresa más allá de sentirse engañada, se divertía con ella y por qué mentir si Lera también estaba teniendo una velada de lo más intrigante y entretenida, contando también con esa reserva naturalmente necesaria que le tenía por ser las dos lo que eran en un espacio tan insoñablemente pequeño para eso.
Lera no respondió nada, solo la miró y ladeó una sonrisa. Creer que todo estaba bien por solo palabras era el mayor delito; pero al menos ser una conversadora interesante era algo que le había quedado de su madre, aunque con lo de esta noche estuviera rompiendo con absolutamente todo lo demás que le había enseñado, como eso de ser prudente y ante todo, si la situación era obviamente peligrosa retirarse a tiempo invicta.

No habló y como se daría cuenta en unos pocos segundos era algo que no sería necesario, si le complacía la compañía de la pálida era algo que pronto se sabría con ayuda de la tersa manifestaciòn de la vampiresa.
Con los ojos aún cerrados disfrutaba de una calma en su interior que macabramente bailaba con el terror, era consciente de lo que ellos podían hacerle a una persona. Desde Rusia con su familia hasta su presencia en la inquisiciòn habìa visto las masacres y el sadismo del que estaba segura ninguno de ellos carecìa, ni siquiera Domenic. Cuerpos de niños y mujeres, de ancianos descuartizados y drenados por completo, los ojos vacíos y sus muecas de terror, las paredes y sus techos, los suelos manchados de escarlata como testigos silenciosos de odas a la crueldad. La escuchò tan claro, su voz era lo que tenìa en su mente en aquel momento al igual que la verdad absoluta de lo que pensaba sobre todo, soltó una risa en un suspiro. - Claro...la importancia de mi perdón para un vampiro... - dijo sin terminar la frase, habiendo sentido la realidad de aquella premisa como falsa.  

- Es bueno no dejar que nadie sepa lo que se piensa con facilidad, lo considero muy conveniente y necesario mucho más en este momento. Pero ya es tarde para poder hacer algo, ¿verdad?- dijo, frunciendo el ceño. Pero no era una muestra de dolor, fisìcamente se sentía confusamente placentera con lo que estaba sucediendo pero era su orgullo de cazadora y Volkov el que con cada instante que pasaba se sentìa màs herido. ¿En realidad estaba resignada a no poder hacer nada en contra de aquel embrujo vampìrico?
Ese hado antinatural se hizo palpable cuando la tocò, tomando su mano tan dulce que le hizo sentir en compañìa de un amante, de un custodio, se sentìa como los niños cuando se balanceaban entre los lìmites del sueño y las horas de vigilia con la mujer de cabellos rubios mencièndola entre sus brazos, cirnièndose como una extensa sombra alrededor de ella que se hundìa màs en ese extraño deseo y el exilio del mundo.


"¿De quién es la culpa?
La culpa es mía por no haber escondido, pudiendo hacerlo, la herida en mis labios, por haber sido tan confiada y soberbia para haber juzgado la palabra de un vampiro “no es necesario” como cierta, siendo yo una cazadora e inquisidora y no ya una inexperta.
No, la culpa fue de la vampiresa por no haber podido ser sincera con sus intenciones, si se es un monstruo se debe ser sincero con sus intenciones, aceptarlas.
No. La culpa fue del puño que decidió justamente caer en mi labio magullando mi futuro.
No. La culpa es del peleador que lanzó ese golpe sabiendo el lugar exacto en el que quería que cayera, es culpa de su intención y fiebre de victoria infructuosa.

No, basta de excusas y estupideces. La culpa es absolutamente mía.
Ya basta de retrocesos.
Irémos del pasado al presente. En orden de pruebas.
Determine salir de mi casa con el firme objetivo de molerme a golpes por diversión y entrenamiento en las peleas clandestinas con quien me pusieran enfrente, fui yo la que no pudo esquivar aquel golpe, la que decidió no ir a casa y vagar sin rumbo fijo hasta la playa para celebrar y despejarse, la que se acercó a ella aún sabiendo lo que era, la que contestó a sus palabras, la que siguió la conversación, la que aceptó subirse al carruaje y aceptar su invitación, quien no curó su herida, la que juguetonamente retó, la que quiso creer, la que creyó aunque dijo que no, la que cayó aún teniendo la posibilidad de protegerse con un embrujo y la que no opone resistencia alguna a ser hipnotizada, invadida, la que será en segundos besada, mordida y robada.
Fui, soy yo. "


La dulzura del tacto en su mano contrastò con el brusco balanceò que le hizo màs visible la evidencia de cuàl era su estado de esclavitud, podìa aùn hablar, pero en la lejanìa quedaba la intenciòn de querer hacer algo màs que eso.  ¿Por qué? El frío en su mejilla le llevó a su Rusia en pleno invierno, cuando al llegar siempre de pasear su hermana Vyka colocaba su nariz en su mejilla para demostrarle cuán frío estaba allí fuera, luego llegaba Pavel, otro de los pequeños para hacer lo mismo en su otra mejilla, así todo terminaba siendo una competencia que se sellaba en un empate con un té muy caliente que extinguía cualquier helaje. Que les demostraba que estaban en su hogar.
Pero Lera esa noche no estaba en Rusia ni en compañía de ningún miembro de su familia, muy lejos estaba de llamar a algo hogar o distaba mucho de ser un lugar en el cual pudiera encontrar en una pizca bienestar.

A pesar de tener una conciencia lejana de su cuerpo y capacidades podía sentir cada uno de los toques que la vampiresa se permitía con ella, no sabía si eso la abrumaba o no, podría ser que deseara más de esas caricias, pero cuando aquellas manos frías tocaron su cuello abrió los ojos para encontrarse con los orbes más febriles y hambrientos que había tenido y permitido tan cerca de ella y aún así no hubo tiempo, pareció no existir cuando sus labios se vieron atrapados por los ajenos y en eso, tampoco hubo resistencia alguna, solo intensidad, desahogo, soledad, impulsividad y placer, la herida ardiendo no desestimó la lujuria a la sus labios la entregaron en ese carruaje.

Nunca había recibido un beso de esa manera, podía entender ahora por qué aquellos seres no solo adornaban las páginas de los libros de terror, también en sus historias eran dotados de atractivo y seducción, de belleza y pasión inagotable. Entendía el porqué tenían esclavos de sangre. Con el aliento contenido, por sí solo su cuello se extendió hacia atrás cuando se separaron sus bocas. Cuando sus palabras se abrieron paso en su trance, sonrió y ante ella quedó el techo con ese color marrón en el que podían dibujarse fantasías que se quedaron en fugaces vísperas cuando los colmillos se hincaron en su cuello, dolió. La rusa apretó los párpados, era la primera vez que tomaban su sangre. Y entre todas las posibilidades que en su pasado se planteó para un momento así, en ninguno de esos naipes se barajó que fuera de aquella manera. Lo había imaginado más salvaje, en una pelea, por lo menos poniendo resistencia alguna.

Sentía cómo poco a poco se hallaba más débil y no era el cansancio de la pelea de esa noche. - ¿Piensa desangrarme en este carruaje, Mademoiselle Aridge? - con cuantiosa dificultad levantó una mano posándola en el vientre de la pálida tratando de alejarla. - ¿Sin tan siquiera un vodka, un té o una última salida del sol?- se atrevió a bromear aunque la ocasión no lo ameritaba. Quizás sí, ver con gracia aquel apetecible y mortal momento era lo mejor. - ¿Qué definición tan extraña del verbo conocer?- susurró.


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Mensaje por Eleanor Aldridge el Mar Sep 08, 2020 6:38 pm

Lera en aquel contexto parecía indudablemente hecha para ser mordida. Un cuello joven, suave y tierno cuya longitud era perfecta para dejar diversas marcas de dientes en él y aun asi no llegar a abarcar nunca la totalidad de su superficie; una piel tan pálida y rosada si se la estimulaba que no podía no resultar apetecible bajo los ojos hambrientos de una criatura nocturna y sedienta de sangre; una mirada que encerraba dentro de sí los lagos más hermosos que nadie jamás pudiera contemplar; y una melena, que representante de mismísimo Diablo o no, era cautivadora y atrayente. Todo en ella la convertía en la presa ideal, en el corderito más bello del matadero. Su cabeza se echó hacia atrás por puro acto reflejo, fruto de la innegable entrega que sentía hacia la vampira, exponiendo aquella garganta que no tardó en ser devorada a la altura de su base.

Eleanor hincó aún más los colmillos y mordió la carne con toda la dentadura, haciendo brotar la sangre en su boca, de golpe, como si los lagos de los ojos de Lera se hubieran vuelto escarlatas y se hubieran transformado en glóbulos rojos que habían dejado de oxigenar el cuerpo de la hechicera para entregarse por completo a los brazos de su depredadora. La inglesa se bebió la Rusia de sus venas, el frío de sus inviernos y el recuerdo de sus hermanos. Se bebió todo el pánico que pudiera sentir, todo su deseo, tan ardiente como aquel líquido que estaba ingiriendo. Se bebió el dolor de sus heridas, incluida aquella que ella misma le había provocado. Su mano izquierda seguía aferrada a su cuello, con un agarre tan fuerte que le impedía cualquier movimiento y además ayudaba a que no se le desplomara la cabeza y acabara partiéndose el cuello. La diestra, sin embargo, fue a buscar la que Lera le puso en el vientre. Aquel «mademoiselle Aldridge» le arrancó un leve gruñido de las cuerdas vocales; un sonido gutural y vibrante que nacía de lo más profundo de su ser; ya no sabía si le causaba molestia o excitación. Se acordaba de Danielle inevitablemente, por supuesto, pero en ese instante aquel recuerdo fue borrado casi de inmediato por la situación que estaba experimentando. Por una vez, pesaba más la realidad que un doloroso recuerdo que ella misma se molestaba en revivir una y otra vez, en no dejar que muriese en el fondo de su mente, como tantas otras cosas que había ido sepultando y guardando ahí, en algún rincón recóndito de su memoria, durante siglos enteros.

La calidez de la sangre de Lera encharcaba los pulmones de Eleanor a medida que sorbía su vida a través de la herida que ella misma le había provocado. Aquel calor se extendió por todos los recovecos de su organismo, otorgándole durante unos segundos la sensación —totalmente ilusoria— de que había vuelto del mundo de los muertos; de que su corazón latía, de que el plasma circulaba por sus venas rígidas y secas. La fragilidad de los huesos de Lera bajo el tacto de Eleanor se hizo más evidente cuando esta última tomó la mano de la primera con fuerza. No llegó a quebrarle los metacarpos, pero únicamente fue porque logró darse cuenta a tiempo para convertir aquello en algo mucho más suave. Entrelazó sus dedos con los de ella, fundiéndose la temperatura de ambas, como si con aquel contacto las palpitaciones de Lera se convirtieran en las suyas. Como si el aliento que despedía su pequeña y carnosa boca fuera de ella también. Elevó la mano en la que sostenía la de la rusa, arrastrándola desde su vientre hasta depositarla en su hombro y antes de dejarla allí, la acarició con lentitud, como si sus yemas jamás quisieran abandonar u olvidar el tacto de su piel.

Antes de debilitarla más, desclavó la dentadura, lamiendo la sangre que aún brotaba de aquella perforación, tan dulce y amarga al mismo tiempo que se convertía en un sabor peligrosamente adictivo. Besó la zona y con aquel mismo gesto fue cubriendo la piel que envolvía su tráquea hasta llegar a la altura del lóbulo de la oreja, donde cesaron los besos al separarse ligeramente, solo para decir:
Mis planes contigo distan mucho de desangrarte. —Su voz era un susurro grave y terriblemente seductor—. Pero si es lo que quieres, estaré encantada de concedértelo —añadió de la misma forma.
La mano con la que sujetaba su cabeza se deslizó hasta la herida en una caricia tan delicada que parecía el roce de una pluma. Por otra parte, con la derecha le apartó el cabello tras la oreja. Se separó de ella únicamente para contemplarla de frente. Sus labios se habían enrojecido por la sangre.
Señorita Lera… —murmuró del mismo modo que el Diablo tentaría a Eva—. Me encantaría aceptar la invitación para tomar un vaso de vodka o una taza de té. Incluso para ver el amanecer, aunque esto es completamente imposible, pero créeme que me encantaría poder contemplar a tu lado la salida del sol… —Hizo una pequeña pausa antes de seguir—. Pese a ello, lo único que quiero ahora mismo es, sin duda, conocerte. —Untó los dedos en su herida y se los llevó a los labios; seguidamente los posó sobre los de Lera, separándolos—. De la forma más íntima que pueda existir. —¿Aquello era una confesión?—. Si me permites el atrevimiento.
Aquel comportamiento parecía tan descarado en la correcta y perfecta Eleanor que resultaba incongruente, pero al mismo tiempo no podía encajar más en aquella escena en la que las dos eran claramente las protagonistas. Le había dicho abiertamente lo que quería y en sus manos estaba el entregarse o no, ya fuera intelectual o físicamente, pues esa era la única aclaración que Eleanor no había hecho. Quería adentrarse en los pensamientos de Lera, desde luego, pero no solamente eso.


Última edición por Eleanor Aldridge el Mar Oct 13, 2020 9:28 am, editado 1 vez


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Perdóneme, Señor, porque sé que pecaré de nuevo:

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Mil gracias, Nirole ♡:

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La pena viene y se va, como las olas del mar | Lera A. Volkova Empty Re: La pena viene y se va, como las olas del mar | Lera A. Volkova

Mensaje por Lera A. Volkova el Mar Sep 29, 2020 11:26 am


Impreciso encontrar una forma de explicar la sensación de perder su líquido vital segundo a segundo en los finos labios de la vampiresa. Lo que podría haber dicho en ese momento es que el desvanecimiento que sentía fue esclarecido y placentero, como fumar opio en medio de un oasis con la fatalidad de saber que la acechaba la muerte en forma de sed arenosa, de profusas y frías caricias que causaban en ella un calor creciente recorriendo todo su cuerpo sin angustiarla como para querer salir de su trance. Podría culpar por completo a mademoiselle Alridge de su permanencia dentro de aquel carruaje, pero su padre le había dicho que debía procurar no mentir, pero si era rotundamente necesario se debía mantener la delicadeza esencial de la honestidad y esa era que a quien menos debía procurar decirse mentiras era a si mismo, era un desperdicio de energía e inutil.

El techo del carruaje aún era claro. Buena señal. Estaba viva y consiente. Lera no era una terca o ilusa, solía ser bastante ruda y sincera con su propia percepción y visión, sabía de sus habilidades y debilidades, conocía sus pro y contras no solo como bruja sino también como cazadora y humana. Es por eso que resumía que como podía de alguna manera articular pensamientos y palabras, también podía en el momento en que colocara su completa voluntad romper con un hechizo sutil ese lazo que la estrechaba más y más con la muerte. O eso era lo que creía muy allá, en el fondo, en donde aún existía e intentaba perseverar su esencia, o podría ser su razón que se sentía extrañada por la forma tan sumisa en que la niña que vio crecer como mujer fuerte e independiente y guió manteniéndola a salvo, se comportaba en ese momento. Ese lado era el que insistía en alejar a la vampiresa y se manifestaba en débiles sarcasmos y en esa mano en el vientre helado de la bestia sobrenatural tratando de alejarla.

Con los segundos comenzó a tener la sensación de que su cabeza flotaba sostenida por una fuerza poderosa y extraterrenal. Entreabrió los labios con el alma que sentía escapar por medio de aquellos dos diminutos agujeros y hubo suspiros silenciosos en esa quietud tan digna de cualquier tormenta, sintió claro como con calidez su sangre resbalaba por su piel, pero la presión dominante  de la mano en su cuello era una garra de dedos puntiagudos que ya no diferenciaba de los colmillos. ¿Cuál era cuál? ¿A cuál debía culpar por estarle arrancando la vida? Al final todos eran lo mismo, se dio cuenta que estaba domando también su otra mano, todo ese control venía de alguien externo a ella. La voluntad de Volkov que reniega al verse eclipsada por un gruñido tan gutural y salvaje que solo en las noches de caza y misiones había escuchado parecidos provenientes de sus presas. Y hoy ella era la deliberada presa.
El extasis y la meditación se fundieron con la dolorosa fuerza ejercida sobre su cuerpo, temió perder su mano creyendo que la vampiresa había olvidado que era una humana, era en esos momentos en que la fragilidad de serlo le parecía más cierta, cuando la violencia, el sexo o la tristeza y otras cosas varias la tocaban. Pero era mentira, los sobrenaturales también sufrían.

La piel y los músculos que se resienten ante una fuerza monumental que no cede con ese sonido que en situaciones anteriores la acompañara en los días más pesados y de rudas peleas y sanguinarios combates. Un gemido desde lo más profundo de su ser se hizo sonido presente opacando los borbotones de su sangre en los labios de Eleanor y apretó los párpados con la fuerza que le quedaba, notó que no podía respirar con la misma facilidad de antes y temió haber caído en la trampa de los que rondan la noche en busca de alimento, hasta que por fin el dolor quedó atrás y dio paso a una caricia que le parecía muy personal, hace mucho que no permitía a nadie enlazar sus dedos, hace mucho que nadie tampoco tomaba su mano de esa manera. Casi como un titere su otra mano se elevó y fue a parar sobre lo que sintió era el hombro ajeno, estimulada por el roce sobre su dorso hundió también sus yemas sobre la piel ajena, aunque en medio de ambos cuerpos existiera la fina tela del vestido rojo. Lera debatió entre abrir los ojos o no cuando las fauces la liberaron, pero fue más fácil disfrutar de la lengua recorrer su cuello ascendiendo con besos por su piel descubierta hasta su oreja, con la piel erizada la mano de la rusa avanzó por la espalda de la pálida sintiendo su fragilidad ficticia hasta topar con la piel que el vestido de gala no cubría. Mentiría si dijera que las palabras no la tranquilizaban, hubiera respondido algo pero allí estaba de nuevo ese vacío y vibrar en sus muslos en un latigazo de deseo que rozaba atrevido su intimidad.
¿Era la voz de la vampiresa lo que causaba aquello? ¿Aún estaba bajo su dominio?

Pero es que había algo que iba más allá del comportamiento y lo que era esa extraña, más allá de la manipulación de un don o de que fuera un vampiro con las características inherentes de su raza. Era la soledad de la hechicera y lo que hace mucho tiempo no sentía, las caricias ausentes, el roce sensual y el sentirse deseada, los besos, eso sin duda era lo que había abierto la puerta a lo que estaba pasando entre ambas, al hechizo que no se convoca, al no que se contiene y se ignora.
Cuando se separó de ella y guardó silencio pensó que quizás allí habría terminado su aventura de la noche o la de su vida y sí, en ambos escenarios no habría vodka ni té. Al escuchar su nombre abrió los ojos y se limitó a oír para entender si llegase a existir un juego de palabras. Miró su rostro y parecía más lleno de vida de lo que estuvo en lo poco que llevaban de estar juntas, ese era el milagro de la sangre. Para la magia también lo era. Desde aquel punto de vista pensó que la vampiresa debía haber sido una mujer muy hermosa, se veía reluciente, hermosa, en cambio los labios de Lera ya no lucían el rojo cotidiano y los estragos de su reciente pelea clandestina comenzaban a regresar.


"Confianza.
¿Hasta dónde me está llevando mi experimento de confiar en alguien más? ¿No es absolutamente ridículo haber comenzado por una de las esferas más altas de la cadena alimenticia de seres sobrenaturales para hacerlo?
Aunque...que hubiese soltado mi mano y no la hubiera quebrado en pequeños fragmentos es quizás una señal de que no me he equivocado. Pero la noche aún es.
Y ella es lo que es, tal vez no debería olvidar eso..."


Las palabras que buscaban claramente tentarla lo lograban, por eso sonrió cuando tocó sus labios y a pesar de la sangre que había perdido sus mejillas se sonrojaron con la presunción de lo que realmente quería la dama. - Que curioso, Eleanor, yo deseo lo mismo. Quizás soy  también una atrevida. - Lera abarcó la piel fría y tersa sobre la que su mano se hallaba, las fuerzas eran menos pero estaba decidida a llegar a esos labios que tenía su sangre. A aquellos labios ladrones. Así atravesó su cuello, hasta su rostro como si fueran dos naciones extensas con fronteras abiertas. Con su pulgar los recorrió con minusciosidad, eran suaves e igualmente fríos, pero sintió la humedad escarlata en ellos.  - Pregunte y vea lo que desee.- susurró con los ojos azules en esos labios de fugaz vida, deseaba besarlos. - A no ser que no sea solo a esa forma de conocernos a la que se refiera.- sonrió levantando los ojos a los ajenos. - Solo pido una cosa. - era algo apremiante. - Debo saber que cualquier decisión es tomada por mi y no por voluntad ajena.- apretó la mano que estaba enlazada con la de la upyr y la llevó hasta posarla sobre uno de sus propios muslos.


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Gracias, Anna<3
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