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Si me permites la mano, podré leerte las desgracias | Lera A. Volkova ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Galina A. Cherenkova el Sáb Abr 11, 2020 6:35 pm


La mañana se presentaba fría y gris, como cuando la Muerte se presenta ante la puerta de alguien. Galina estaba fuera de su casa, descalza —como siempre— sobre la hierba, con los ojos ligeramente entrecerrados por el color blanquecino e intenso del cielo. Observaba a sus hijos con los brazos cruzados y el cuerpo apoyado en una de las paredes del carromato al que llamaba «casa». Los pequeños Sasha y Grisha, de dos años y medio y cuatro, respectivamente, jugaban alrededor de la zona que quedaba cerca del río.
¡Dejar de hacer tontás, que como os ahoguéis, os mato! —les gritó a los niños, en tono serio y, en cierto modo, amenazador. El tono de una madre, al fin y al cabo.
Los críos no dejaban de corretear, sobre todo el mayor, ya que al pequeño todavía le costaba moverse deprisa, pero iba persiguiendo al hermano con la manita extendida con intención de atraparle. Ambos reían tan alto que la gitana los escuchaba desde donde estaba. Eran felices, y eso era algo que pensaba que ella jamás sería.

Normalmente, era su tía Nadezhda la que cuidaba de los chiquillos, pero esta estaba en la cama porque se encontraba muy mal. Recientemente, había enfermado, no sabían muy bien por qué, y ese día tenía unas fiebres que no se le iban. Galina estaba realmente preocupada. Se había pasado los últimas jornadas preguntando por remedios y buscando toda clase de hierbas para hacer brebajes y ungüentos que había oído que mejoraban ciertas dolencias, pero el estado de salud de su tía no prosperaba en absoluto. Ese día había decidido quedarse a cuidarla y no pedirle a su vecina Kala que cuidara de los niños mientras ella partía en busca de remedios aparentemente inexistentes.

Le enfermedad de su tía implicaba, además, que Galina no pudiera «ir a trabajar», es decir, que no pudiera ir al centro de la ciudad a robar a los transeúntes despistados que paseaban por las calles parisinas. Y eso provocaba que, más que nunca, pasaran hambre. Sus hijos y su tía le preocupaban enormemente: era lo único que tenía en la vida. Al menos tenían la suerte de tener un pequeño huerto con algunas hortalizas que podían comer, pero empezaba a ser insuficiente.

No obstante, la mujer tenía otra forma de ganarse la vida que, al menos a ojos de los demás, parecía más honrada, pero últimamente tampoco estaba recibiendo a muchos clientes y los que eran medianamente habituales, que venían a verla a casa o, por el contrario, le pedían que fuera a la de ellos, no se habían puesto en contacto con ella desde hacía varios días. No, la gitana no era prostituta; leía el futuro. Pero, además, lo hacía de verdad. Con su baraja de cartas y todo. A veces, tenía sueños premonitorios, pero hasta ellos la habían abandonado recientemente.

Galina distinguió a lo lejos una figura que se adentraba en el asentamiento de gitanos y que no había visto jamás por allí. Con un gesto, llamó a sus hijos.
¡Chssst! —chistó, agitando la mano hacia ella—. Venid pacá.
Por una vez, los críos obedecieron y fueron corriendo hacia su madre, abrazándose a su pierna. Eran muy pequeños, sí, pero entendían lo que era el peligro de ser lo que eran. De alguna manera, comprendían lo que era ser perseguidos hasta la muerte, aunque apenas pudieran tener una conversación con sentido.

La cíngara les puso la mano encima de la cabeza, en un gesto protector y los metió en casa, siguiéndolos ella después. Echó el cerrojo de la puerta y se sentó frente a ella con el primer objeto punzante que encontró: unas tijeras. Si alguien venía con malas intenciones, lucharía con todas sus fuerzas.


Última edición por Galina A. Cherenkova el Dom Mayo 10, 2020 8:59 am, editado 2 veces


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Mensaje por Lera A. Volkova el Miér Abr 15, 2020 2:30 pm



Su madre le había dado muchos consejos.

Siempre tomar un baño en la noche, beber té blanco para mantenerse joven más tiempo, siempre caminar derecha o le saldría una joroba y parecería en la vejez la bruja mala de un cuento, ser paciente y prudente - las dos la mayoría de las veces iban de la mano- , mantener la casa limpia y organizada - cosa que nunca hizo su madre ya que de todo se encargaba la servidumbre-, tener la alacena llena con frutas y conservas, quitarse siempre los zapatos antes de entrar para dejar atrás las malas energías y el mugre, alimentarse bien, elogia tu aspecto manteniendote siempre impecable y bella, cásate con un hombre rico y con clase, jamás le debatas una decisión, ten un jardín bonito y nunca vistas de rojo, nunca.

La mayoría eran útiles y algunos eran imposibles de cumplir como ese de casarse. Ese de tener un jardín... imaginaba las plantas y flores que podría cuidar en una extensión de tierra más grande que el mini balcón de su apartamento, se conformaría con unos cuantos centímetros más, pero a falta de eso, podía llenar de hermanos mayores y menores su casa. Así que lo de un jardín hermoso, le resultaba bastante subjetivo.
Sobre vestir de rojo podría estar tranquila, no era amante de los colores tan llamativos y con su cabello, tenía suficiente.

Pero lo que más, más recordaba era el recelo que su madre sentía por los gitanos. De hecho nunca había conocido a parte de su abuela paterna a alguien que quisiera estar cerca de ellos. Complicada situación. Por un lado tenía a su madre y abuela materna diciendo airadas lo peligrosos y mentirosos que podían ser, lo estafadores y desorganizados con su vida, decían incluso que tenían pulgas y piojos, que hacían tratos y apostaban con demonios. En el otro extremo, su abuela paterna no desmentía ninguna palabra, pero ella no gritaba y siempre sonreía encogiendo los hombros con un: - los gitanos pueden ser cualquier cosa, pero hacen lo que se les place, son los hombres y mujeres más libres que he conocido. Además sobreviven siendo odiados y cazados por todos. Si eso no es fuerza, ¿qué lo es entonces?-

Y ese argumento que le daba la abuela que menos veía, alegre y cínica sin necesidad de ningún drama fue suficiente para convencerla de que ella no se privaría de conocerlos algún día, además en alguna ocasión le volvió a escuchar algo al oído en un susurro que evitaba que cualquier otra dama escuchara, fue en una cena junto a la familia. - Además, Lerishka, si quieres conocer tu destino se sabe que no hay nadie mejor, los antiguos dioses les dieron los ojos del futuro. Pero no le digas a tu madre y a tu padre que te lo dije, sé buena.- por esa joya la rusa caminaba ahora entre gitanos que la miraban más que recelosos por su presencia, amenazantes algunos y otros, casi todos, retadores, estaban todos curiosos. Podía entenderlos, ella misma se sentía extraña entre ellos y a pesar de todo seguía siendo la misma, la desconfiada, aún más cuando te han vendido que algo es malo gran parte de la vida.

Sus ojos se detuvieron en una de las carretas, un perro la miraba desde abajo al lado de un lindo niño de pelo ensortijado negro, piel oliva y ojos oscuros. Una voz la guió a un bonito camino de otros pequeños y estos a una mujer que por la tosca y escueta seña que le hizo, lo único que deseaba era que se marchara. Vio como todos los niños corrían junto a la que de seguro era su madre para encerrarse con ella. Lera suspiró profundo y acarició la cabeza del perro con la punta de sus dedos, esto no iba a ser sencillo pero esperaba no fuese imposible.


"Hasta aquí llegue sin dificultad.
No es cierto, fue complicado dar con ella y aún no sé si la mujer allí dentro es quien busco.
También fue difícil debatirme en venir buscando el don de la clarividencia en un extraño y no solo tirar mi tarot, esperar poder ser objetiva en las interpretaciones acerca de mi futuro, lo suficientemente fría y serena para decirme las desgracias que este me dicta y lo humilde y honesta para aceptar mis dichas.
Aquí estoy, abuela Galina, frente a esta puerta, obedeciéndote y creyéndote ciegamente.
Ellos tienen los ojos del futuro."


Seguida por el animalillo de cuatro patas volvió a caminar entre la hierba y el barro que la lluvia de primavera dejaba con su fértil presencia, llevaba por fortuna botas más altas que las normales y eso ayudaba a que sus faldones no se ensuciaran. Llegó entonces frente a la puerta cerrada a paso lento, no deseaba asustarlos más de lo que ya parecían estar.  - No busco dañarlos, no me teman por favor porque no hay razón para ello.- miró el marco del umbral y lo que simbolizaba, había absoluto silencio allí dentro a diferencia de allí afuera donde se encontraba. - Buenos días, busco a la gitana que llaman Mugre o Gryaz, deseo saber mi futuro. - aguardó esperando conocer a esa gitana que una de sus compañeras del café había afirmado con honda seguridad que era muy acertada. Esperaba lo fuese, quería saber...Pero, ¿qué quería saber? ¿Qué iba a saber?


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Mensaje por Galina A. Cherenkova el Vie Abr 17, 2020 7:24 pm


Se escuchaban pasos por fuera del carromato, como un débil chapoteo en el barro. Galina pensó que seguramente se trataría de un perro de uno de sus vecinos, pero a ese sonido le siguió el de una voz humana. Apretaba su mano morena sobre las tijeras con una fuerza que le quitaba todo el pigmento a los nudillos. El corazón le latía cada vez más fuerte y le retumbaba en los oídos. En silencio, aparentando que controlaba la situación, le hizo un gesto a los niños para que se escondieran en la habitación con su tía. Intentaba dentro de lo posible no juntar a Nadezhda con los pequeños por si la enfermedad que tenía se podía contagiar, pero en aquel momento primaba el hecho de que siguieran con vida.

La fémina que habló sabía su nombre. Bueno, su nombre no —pues ese solo lo conocían sus familiares y poca gente más—, su apodo: Mugre, Gryaz en ruso, su lengua materna. Quedaba ya tan lejano el momento en el que ese apelativo le fue dado a modo de insulto que a veces olvidaba cómo se llamaba en realidad. Siempre llena de barro, siempre harapienta, ya de niña, y así la habían bautizado. Desde luego, los mejores aromas del mundo no provenían de esta mujer.

Dudó durante un rato si debía contestar o no a la petición de la muchacha, pero finalmente dijo elevando el tono de voz frente a la puerta cerrada:
¿Quién le ha dado mis señas?
Esperaba que de verdad se tratase de una clienta «normal y corriente» que quería averiguar su porvenir y no de una trampa que la llevase al calabozo o, peor, a la mismísima muerte. ¿Quién cuidaría entonces de sus churumbeles? Prefirió no pensar en eso y trató de calmarse, tenía que controlar la situación.

Puso las tijeras por detrás de su espalda, ocultas a la vista de cualquiera que la viera de frente. Espiró con fuerza mientras cerraba los ojos y se atrevió a abrir la puerta, pero solo un poco. Lo justo para que la otra persona atisbara un ojo y parte de la melena de la gitana. Con media cara, de momento, bastaba.
¿Qué quiere?
Ya se lo había dicho: saber su futuro. Pero ella no preguntaba eso exactamente. Lo que quería saber era si sus intenciones eran buenas o no. Era muy reacia a fiarse de la gente, si es que alguna vez llegaba a hacerlo, y en aquella ocasión no iba a ser menos.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Jue Mayo 07, 2020 3:48 am



Acá estoy, dependiendo de la superstición. A puertas de un destino que aún no quiere abrirse para mi. ¿Será eso augurio de mi futuro?
No soy negativa, no me llamaría así. No soy optimista, mirar el futuro con ciega e inocente ilusión no es algo que haya llamado algún día mi atención, soy una realista que a veces necesita un toque de esperanza para seguir sus días, caminar en solo blanco y negro no siempre funciona aunque uno mismo se esmere en darle tonos de gris para hacerlo más diverso, menos cotidiano.


En las marcas de la madera que rodeaba la puerta del carromato Lera buscó algún símbolo, se decía que los romaníes eran muy supersticiosos y marcaban sus puertas con símbolos de protección, además de los talismanes que colgaban de sus portales. Que curioso, así mismo eran los brujos.
Si su madre supiera que su hija era parecida a aquellos que algún día despreció, a los que sin duda alguna seguía llamando mugrosos, tramposos, ignorantes y maleducados... Seguro se desmayaria. Pero sin que ningún Volkov lo supiera, allí estaba Lera descifrando unos esquemáticos pero entendibles tréboles, otros tan perfectos que eran dignos de un artista renacentista y relucían sus altos relieves con la luz del día mostrando el poder de su magia en ese realismo. Si subía más su mirada, sobre ella al lado izquierdo habían dos patas de conejo colgando de un delgado y añejado cáñamo, una de color negro y la otra con su pelaje blanco opaco por lo que creyó era el rastro de los viajes de aquella caravana y su estadía en aquel asentamiento, las dos parecían haber perdido su suavidad.  

Algunas monedas de diferentes tamaños brillaban adheridas al pórtico, diversas denominaciones e idiomas, algunas nuevas y otras oxidadas. Al lado derecho una figurilla hecha de tela, un infantil espantapájaros de ojos negros cosidos con hilo la miraba. Lera no tocó ninguno de los amuletos, a saber qué cargas y maldiciones traerían encima, qué cargas y maldiciones traería ella misma sobre sus hombros. Tantos muertos tenía sobre su espalda, tantos condenados y ajusticiados...¿Cuántas peticiones de venganza no se habrían lanzado al cielo contra ella en el último aliento de la agonía de sus victimas? Ese era el poder de un símbolo de protección, nadie lo toca más que su dueño, a nadie sirve y cuida más que a quien lo invoca y coloca toda su fe ciega en el.

Lera pensó en los que ella misma tenía, eso le robó una sonrisa ya que en aquel momento tenía uno consigo, aquel nudo de bruja dentro de uno de los bolsillos de su abrigo. Pero la observación del marco y el pensamiento de objetos dotados de magia se terminaron dejando que la espera fuera más evidente, dentro no se escuchaban muchos sonidos y comenzó a pensar en la idea de que estuvieran preparando para ella alguna trampa o ataque. Esperaba que al final su madre y abuela materna no tuvieran razón en cuanto a los gitanos, le causaría  incomodidad imaginar la voz de ellas diciéndole te lo dijimos, querida Lera, pero siempre subestimaste nuestras opiniones. Supirando profundo decidió esperar un poco más, tampoco quería darse la vuelta y que cuando la mujer decidiera atreverse a abrir se encontrará con una inexistente figura que el paisaje de otros carromatos y el asentamiento llenaría. Tsnpoco quería perderse de algo bueno o revelador que tuviera que decirle la vidente.

Al que espera se le da su recompensa, eso decían y eso recibió cuando la voz de la mujer la despertó bruscamente de sus reflexiones divagas. Era una pregunta sensata la que escuchó y abrió sus labios cuando los pasos dentro se acercaron a la puerta que se abrió lo suficiente para que un ojo oscuro y receloso la observara, ella hizo lo mismo y extendió los brazos, abrió las manos para mostrar que nada escondía, aunque sabía que así no funcionaba la vida. Y si la gitana no era una farsa pronto se daría cuenta del aura mágica que la rodeaba.  - Fue una compañera de trabajo, no sé si la recuerde, rubia de ojos verdes que trabaja en un café .- volvió a bajar los brazos y buscó en el bolsillo izquierdo de su abrigo los francos que se suponía valía la consulta. Los mostró, quizás eso fuera un buen incentivo para que la mujer confiara en ella. No dijo el nombre de Dalia, no quería romper el anonimato de su compañera.

- Solo quiero que me lean las bienaventuras y desgracias que van a caer sobre mi .- - dijo. - Y quiero a la mejor para poder confiar en eso. - sonrió con gentileza  sin dejar de mirar ese ojo audaz que la observaba. ¿Qué pensaría de ella la mujer? ¿Serían aquellas monedas suficiente para hablar sobre sus intenciones? ¿Y sus palabras? ¿O ella misma?
Griaz, eso le recordaba algo. A su madre diciéndole de niña que no se atreviera a mancharse con el irresistible barro de la lluvia de primavera de los jardines de su casa, a su madre enojada porque habían caído gotas de naranjas o fresas sobre su vestido blanco, a sus manos luego de alguna pelea clandestina o caza, a su alma cuando se había enterado que era una bruja y no una simple humana.
Griaz, eso era para ella mugre en su lengua natal.


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Mensaje por Galina A. Cherenkova el Jue Mayo 14, 2020 5:53 pm


Aún recelosa aguardaba detrás de la puerta. Una puerta que estaba protegida por doquier con todo tipo de talismanes protectores y hechizos gitanos. Y ni aun así había conseguido retener los fantasmales pies de varios espíritus que se habían colado en su casa. Recordó, entonces, la visita del primero de ellos, casi nada más instalar su carromato en aquel lugar. Sylvana había sido buena y generosa con ella. Le había dado un anillo que ahora brillaba junto al resto de los que cubrían sus dedos y que provocaban un tintineo cada vez que doblaba las falanges. Aquella difunta también le descubrió la existencia de los seres que se convertían en animales, más allá de los conocidos y aterradores licántropos. Los había de toda clase y en aquella ocasión, su clienta había sido una gata en otra vida. Ahí fue cuando comprendió que también tenía la capacidad de leer el pasado de los muertos. ¿Pero el futuro? Ah, Arsénico se lo había puesto más complicado, aunque esos pensamientos los dejaría para otro momento.

En su lugar, se centró en lo que allí estaba a punto de suceder. Su único ojo visible escrutaba a la recién llegada. Frunció el ceño, haciendo que apareciera una arruga en su frente, gesto provocado por el desagrado y el recelo que sentía al verla allí. Pero entonces le tendió unas monedas y la gitana, donde veía dinero, veía fortuna. Agarró los francos de inmediato, abandonando por un segundo su pose defensiva, y sin ningún tipo de vergüenza, los introdujo entre sus dientes, masticando para ver si eran de verdad o si, por el contrario, eran falsos. Parecía que estaba todo en orden porque se los guardó en un pequeño bolsito de color rojo que llevaba oculto bajo los ropajes —una bolsita putsi, en la que guardaba semillas, monedas, un diente de ajo y un anillo de oro para atraer la buena fortuna— y abrió la puerta del todo, dando a entender que accedía a que la intrusa pisara su casa.
Pos mire, no me suena de na —le espetó, refiriéndose a la compañera de la que le hablaba.
A lo mejor sí que la había conocido, pero en ese momento no se acordaba; y aunque así fuera, lo más probable era que solamente por el hecho de ser precavida, mintiese y lo negase. Permanecía clavada bajo el marco de la puerta, todavía sin invitarla a entrar. La mujer habló de nuevo y Galina adivinó un acento similar al suyo bajo sus palabras. Enseguida, se lanzó y cambió al ruso. Era absurdo estar teniendo quebraderos de cabeza intentando pensar en un idioma que no era el suyo. Su francés sonaba extraño, las erres guturales no existían para ella y tenía poca fluidez, mientras que en su lengua natal era capaz de perderse en su verborrea.

Pase. —Fue la primera palabra que dijo en ruso, en un tono un poco tirante que dejaba ver la desconfianza que rezumaba todo su ser.
Lo cierto era que había accedido a su petición por dos cosas: la primera, el dinero, que era fundamental en la vida y más para ella y su familia; y la segunda, porque había dicho que era la mejor. A decir verdad, no le gustaba que su nombre fuese de boca en boca porque en cualquier momento podía acabar en los labios de la persona equivocada, pero por otra parte, siempre le gustaba que reconocieran su trabajo, ya que las palabras buenas no solían tener mucha cabida en su vida. ¿Sería aquella muchacha una de esas personas equivocadas?

Se forzó a mirar su aura. De momento, parecía apacible y nada hostil, no como ella, que todo su cuerpo chillaba el sustantivo «rechazo» y, sin embargo, finalmente, se apartó de la puerta y dio un par de pasos hacia atrás, despejando el camino para que la que se había convertido en su nueva clienta se adentrase en aquel espacio que le hacía de vestíbulo, salón, comedor, cocina y, cómo no, de sala de rituales y lecturas del futuro. ¿Qué sería aquella vez: las cartas del tarot, que su propia tatarabuela había pintado con esmero; las líneas de la mano, que indicaban los senderos de la vida; o quizá unos posos de té? Había muchas formas de leerle el porvenir a alguien, pero solo una era cierta: la que emplease una verdadera vidente. Y, por suerte o por desgracia, Galina lo era.
Tome asiento —añadió, señalando con la mano que no sujetaba las tijeras hacia la mesa y las sillas que había en aquella habitación.
Era una mesa redonda, no muy grande, de madera oscura y vieja, cubierta por un mantel de color verde oscuro, de un material aterciopelado. A su alrededor, había cuatro sillas, cada una distinta, hechas también de madera, solo que esta vez de diferentes tonalidades. Sobre el mantel descansaba la baraja anteriormente mencionada y una vela blanca encendida, cuya cera amenazaba con manchar el mantel de un momento a otro.


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Mensaje por Lera A. Volkova el Mar Jul 07, 2020 6:08 am



Nada cambió en su aura, con infinita paciencia y entendimiento dejó que la gitana la excrutara cuanto quisiera, observando ese único ojo que por ahora se veía en el pequeño espacio que como precaución las separaba. Curioso le pareció a la inquisidora saber que si esa mujer supiera para quien trabajaba nunca se le ocurriría dejarla entrar, incluso ya la hubiese atacado, no parecía ser de las que piensa demasiado en defender lo suyo, era otro rasgo que se conocía de los gitanos, eran indomables y muy protectores de lo suyo, además era una madre y Lera a ciencia cierta era una intrusa, una que si no llegaba a explicarse una vez descubierta podría verse como un auténtico peligro.

Pero allí estaba con una bandera blanca como señal de paz en forma de francos brillantes a la luz de la clara tarde, pero en el corazón se le creó una posibilidad. ¿Y si era una verdadera vidente no vería su real rostro una vez tocara su mano, leyera su baraja o los cunchos de un café o té? ¿Acaso el humo de un puro no dejaría ver claro ese misterio? ¿Y si eso ocurría qué harían?
No se le hizo raro que allí dentro en alguna de sus manos la romaní tuviese una especie de arma esperándola al menor movimiento que significara una amenaza. Era claramente entrar a la boca del lobo y sin embargo no tenía miedo, estaba dispuesta a mantener su postura pacífica en caso de un suceso así, también a conciliar ante cualquier rencilla posible.

De la mano aún extendida fueron tomadas de una manera veloz y audaz las monedas, eso era un buen inicio o mejor, una continuación más adecuada, al final algunas de las palabras de las mujeres ancestrales de su familia y de las demás personas habían sido ciertas. A los gitanos les gustaba el dinero. ¿A quién no le gustaba? Eso era bueno para Lera, por lo menos hoy, porque de ese tenía unos buenos ahorros para tales ocasiones y caprichos. A medias entre el espacio pudo ver como la mujer comprobaba la valia de su dinero de una manera muy particular, curvó ligeramente los labios la rusa con satisfacción que no despreciaba, es más, le agradaba aquel gesto porque encontrando verdadero el pago prometido parecía más seguro ganarse el poder entrar en aquel hogar.

Era la primera vez que estaría en la morada de un gitano. De pensarlo la idea le parecía interesante. Estaba convencida de que hallaría más cosas en común con aquella mujer, los fetiches en la puerta eran una clara seña. Fue así como después del tintineo de los francos que caen dentro de un saco que imaginó lleno de otros amuletos para la abundancia y protección las puertas de un enigma nuevo fueron abiertas ante sus ojos dejando ver un rostro de piel morena y una abundante melena de rizos negros que libres caían adornando unos ojos de un color profundo como la astucia y salvajismo dentro de ese envase que contenía su sangre gitana. A Lera le pareció una agradable visión y asintió.

- Eso imagine. Debe ser un rostro y nombre más en una larga lista de futuros y preguntas. Aunque deben haber algunos que destaquen y se guarden en la memoria. - dijo mirándola a los ojos, no se movió de su lugar, no entró, no lo haría nunca, su protocolo era siempre demasiado metódico y dictaba que solo cuando se le fuera indicado lo podría hacer. Además de que aún quedaba la posibilidad de que no se le permitiera y fuera echada, perdiendo su dinero. Tan dócil estaba que hoy no tomaría ninguna venganza si eso sucedía, no hoy, podría que quizás nunca, podría. Se le erizó la piel al escuchar ese idioma tan suyo de una manera hosca y popular de la Rusia que la había visto nacer y con una palabra que fue la llave a una montaña donde se encontraba un tesoro.
"Pase..."

Sonrió inclinando la cabeza. - Gracias, con permiso. - respondió en un ruso que al contrario de la gitana, fluyó con elegancia digna de su alta cuna. Así era mucho más cómodo, como respirar el aire fresco de los campos de girasoles en casa. - Hace mucho que no hablo ruso. Debo agradecerle también por eso. - dijo mientras ingresaba al lugar. Sin duda su acento la había delatado aunque procuraba dar un casi perfecto frances a los que en su camino se cruzaban, tampoco es que quisiera borrar su ascendencia de alguna manera. Cuando pasó por su lado rectificó ese pensamiento que le decía que algo escondía la gitana detras de la espalda, trató de adivinar qué era mientras notaba esa amplia aura de color oliva intenso agitarse hostil. ¿Un cuchillo, una navaja, tijeras, una aguja de tejer, quizás una pluma?¿Algún polvo alucinógeno o maleficio?

Tantas posibilidades y formas para un arma habían en el mundo. Caminó hasta el lugar indicado, en ese salón habían muestras de su uso multifacético. En el fondo de la casa móvil se escuchaban las risas de los niños, sintió sus miradas curiosas en sus escondites sin molestarle, al contrario. Las cuatro sillas que rodeaban la mesa resaltaban en diferentes tonalidades, eligió una de las que le permitía mirar a la puerta y a los movimientos de los pequeños. Tomó asiento colocando las palmas sobre la mesa, el mantel de la mesa brillaba y ese terciopelo se sentía muy suave y confortable, no se atrevió de ninguna manera a tocar la baraja porque era sabido entre videntes y brujas que era un acto prohibido tocar cartas ajenas, observó el techo y todo a su alrededor. Habían tantas cosas, algunas sencillas y otras de misteriosa procedencia y utilidad que le pareció una dulceria para un niño.

Posando la mirada sobre la gitana de nuevo dijo con sinceridad que quizás no sirviera de nada porque ella tampoco lo creería tan fácil. - No significo una amenaza para usted o sus pequeños, me ha abierto las puertas de su hogar y sé pagar eso. Puede dejar lo que esconde en su mano sobre la mesa, cerca suyo, si así se siente más tranquila. - así ambas se sentirían en calma. Aguardó el siguiente movimiento de su anfitriona.


¿Tengo miedo?
¿Miedo de qué?
¿De lo que la gitana pueda hacerme con esa incognita tras su espalda? ¿De ser descubierta?¿Conocida y reconocida en mis defectos, secretos, virtudes y pasado?¿De mi futuro?
Curioso futuro que me grita que hay que descubrirlo, desnudarlo y prepararle una digna bienvenida.
No, hoy no tengo temblor en mis manos, ni hay plapitaciones agitadas más que por hambriento deseo de saber lo que mi camarada rusa tiene por decirme acerca de los vientos que asotaran los hilos de mis vida."


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Mensaje por Galina A. Cherenkova el Dom Ene 03, 2021 3:05 pm


Desde el momento en el que pronunció aquella invitación, a regañadientes, por supuesto, Galina siguió con la mirada a la otra mujer. Parecían de la misma quinta, si es que la recién llegada no era más joven que ella. Nunca se le había dado bien calcular la edad de la gente. Tampoco ayudaba el hecho de que ella misma, a pesar de supuesta juventud —veinticuatro años tenía—, tenía un alma vieja y un cuerpo demasiado castigado. Por tanto, le resultaba complicado averiguar si aquella persona era menor que ella o no. Tampoco es que le importara. Se fijó, además, en el color del cabello de la joven. Se decía que los pelirrojos habían sido tocados por Satanás, que no tenían alma y nosecuantas chorradas más. Galina no creía en esas cosas, ni siquiera era cristiana. No creía ni en Dios ni en el Diablo, pues ya estaban estos bastante presentes en las criaturas que habitaban en el planeta. La tierra de la que ambas procedían estaba poblada de féminas con cabellos anaranjados, ojos tan claros como el cristal y piel de porcelana, todo lo contrario a ella, que era una mujer con el pelo, la mirada y la tez oscuros. Por esa regla de tres, en Rusia debía estar una de las sedes del averno. Un averno completamente frío. Un erial de gélido tormento y corazones helados.

Nada de eso era cierto, por supuesto. No podía haber corazones más cálidos que los de aquellas dos mujeres que el universo había decidido juntar en la misma sala aquel día y aun así, ambas se mostraban tan distantes que cualquiera podría haber jurado que estaban hechas con pedazos de la Antártida; que tenían los pulmones rebosantes de escarcha.
Yo lo hablo todos los días —respondió, aún en ese tono serio y cortante, refiriéndose al ruso.
Al mismo tiempo, movió la mano en la que sujetaba las tijeras y pasó de estar detrás de su espalda a estamparse contra la superficie de la mesa. Un golpe seco y metálico. Acompañó el gesto con el alzamiento de una de las cejas. ¿Una amenaza? Más bien, una advertencia. Galina se había dado cuenta de que su interlocutora sabía que escondía algo, y así se lo había hecho saber, y ahora únicamente lo había puesto a la vista de ella. La verdad de frente y las tijeras, delante, apuntando a la cara. También fue consciente de que había detectado la presencia de sus hijos, pero sobre eso no hizo nada al respecto, sino que simplemente lo ignoró. Eso sí, en cuanto viera algo que no le gustaba, actuaría en consecuencia.
Quizá no con ese acento tan limpio… —Era cierto: Galina pronunciaba el ruso de una forma un poco extraña, como si su tía y ella tuvieran un idioma propio, porque hasta entre las comunidades gitanas de Rusia sus voces sonaban diferentes—. Apuesto a que es una gachí con parné.
Ya tan solo la existencia de las escasas monedas que esta le había dado probaba que era una persona adinerada, pero decirlo abiertamente quizá implicaba poner todas las cartas sobre la mesa; y como en el tarot, era mejor ir poco a poco. Tal y como iría el desplume que tenía previsto para garantizar la supervivencia de su familia durante el máximo tiempo posible, pues no sabían cuándo se recuperaría su tía —si es que llegaba a hacerlo—.

¿Le gusta mi casa o qué? —le espetó tras el vistazo que echó la pelirroja a la estancia en la que se encontraban.
Tomó asiento ella también y agarró las manos de la muchacha sin ninguna vergüenza ni delicadeza, como si las estudiase, pero tras unos segundos las soltó del mismo modo en el que las había tomado.
Es muy paliducha. Casi parece una chupasangre —bromeó, aunque por el tono empleado no lo parecía—. Usté sabe mi nombre, pero yo el suyo no. Dejémonos de preámbulos absurdos: ¿quién es y qué quiere? ¿Por qué está aquí? Y sí, sí, ya sé que quiere que le lea el futuro, pero no hablo de eso —agregó haciendo aspavientos con las manos—. Me refiero a la razón subyacente en ello.


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