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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Mensaje por Aina Cross Dom Jun 14, 2020 4:08 pm

La semana de Aina había sido terrible. Sentía la tensión recorrer su columna vertebral, cargando dolorosamente la zona de los hombros. Llevaba meses inmersa en su nuevo negocio, la moda masculina y de momento no le había traído más que dolores de cabeza. Por último, la tensión se había acoplado en esa zona. Necesitaba un respiro. Las últimas noches las había pasado en su despacho, en Industrias Cross repasando cada boceto. Algo faltaba. Era demasiado simple para la grandeza de la idea que llevaba en su mente años. Años en los que siempre faltaba algo para que se diera el paso: inspiración, valor, inversores, la tela perfecta. Ahora, al fin se habían alineado todos los astros en su favor y había dado el paso, después de haber peleado mucho.

Primero, tardó en encontrar una persona que la inspirara para dibujar. Aina, basaba cada uno de sus bocetos en alguien diferente, podía ser de alta clase, de baja, joven o anciano. Le era indiferente. Ella observaba, la idea surgía e inmediatamente cogía su agenda que siempre la acompañaba y esbozaba en ella.

Llegó a su casa decidida a no acabar la velada en la bañera con una copa de vino tinto. Aquella noche necesitaba algo más fuerte. Cierto era que en su mansión siempre contaba con todo tipo de bebidas pero ansiaba salir y, por ende, divertirse. De pronto se le ocurrió a donde iría.

El lugar permitía que se pusiera un atuendo poco típico de la época, incluso rebelde, sin duda atrevido, pero así podría definirse a la propia Aina, que había bautizado el diseño como “Diamante”, sin duda para ella lo era. Había comenzado a ser un diamante el bruto cuando de su lápiz salieron los primeros trazos, pero poco a poco lo fue puliendo y se convirtió en aquella obra que no dejaría a nadie indiferente.

-Es tu noche, pequeño -Hablaba claramente con el vestido que colgaba de la puerta de su armario. Se trataba un diseño de color negro y satén que dejaría a la vista los zapatos de tacón del mismo tono, con guantes por encima de los codos en el mismo tono. La tela era lisa, sin adornos y el escote  cuadrado, dejando poco espacio entre el cuello y inicio del mismo, lo justo para el collar de perlas que utilizaría de complemento, herencia de su madre que había sido en su opinión la mujer más elegante que había conocido. El collar se componía de 5 vueltas de perlas que se ceñían a la parte delantera del escote y caían sobre la espalda del vestido cuya forma era en “u”. Para lucirlo, se peinó de tal forma que parecía que su cabello era corto, escondiendo su melena en la parte de la nuca y llevando las ondas muy marcadas. Por último, sus labios como siempre rojos y en aquella ocasión también las uñas de sus manos. Sonrió al verse reflejada en el espejo y cogió un último complemento: La boquilla de su cigarro que guardó en su bolso de mano en el que también aguardaba su agenda. Estaba lista para la velada.

El coche de caballos la dejó en el lugar elegido: El Casino de París. Aina adoraba aquel lugar pese a que era muy poco común que una mujer asistiera al mismo. Quizás por eso le llamaba más la atención. De hecho las miradas inquisidoras cuando ella entraba en la sala sola, sin nadie del brazo y, peor, osaba sentarse en la ruleta eran su parte preferida. Claro, por no hablar del momento en que se quitaba el chal de color blanco que cubría sus hombros, ahora desnudos y se sentaba con suma elegancia colocando ambos pies a un lateral. Por último, estaba el momento en el que con suma tranquilidad sacaba su cigarro que estaba incrustado en su boquilla, la cual sujetaba con cuatro de sus dedos, como si de un abanico se tratase. Sacó de su bolso las cerillas, se encendió el cigarro y dio la primera calada, cerrando los ojos y expulsando el humo lentamente, dejando sus labios levemente abiertos, alzándose el humo sobre su rostro.

Levantó la mano libre y chasqueó los dedos, solicitando al barman un whisky solo, con hielo. Él alzó las cejas y ella clavó sus iris azules sobre él achinando sus ojos. Luego rodeó los ojos y se fijó en la ruleta que tenía justo delante.

-“Hagan juego” -pidió el crupier. Aina dudó unos instantes pero hizo su apuesta al 10 rojo, siempre al rojo -“No va más”-declaró entonces pero parecía que había un nuevo jugador. De él solo pudo ver un guante que cubría la mano que acababa de posarse sobre la mesa. El material era un exquisito encaje que clamó su atención de inmediato y le hizo mirar al dueño de reojo. Lo que vio la embrujó por completo y de pronto y sin previo aviso la inspiración volvió, asolándola por completo.


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Mensaje por Melquiades de Oria Jue Jun 18, 2020 5:37 pm


Llevaba ya casi dos semanas en París. Durante ese periodo había tenido tiempo para conocer a varias personas que pondrían su vida patas arriba a lo largo de, al menos, unos cuantos meses. Se había tomado la molestia de buscar un aquelarre con el que entretenerse durante su estancia allí. Era un grupo de brujos que adoraban a la Luna y con su energía eran capaces de recargar su propio poder. Eso a Melquiades le resultaba atractivo y al demonio que se había adueñado de su existencia hacía dos décadas le parecía irresistible. Y es que desde que un joven Melquiades de tan solo veintiún años había decidido invocar a Gob, un ser salido de las brasas del averno, su vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Su objetivo principal era recopilar almas para Gob a cambio de conservar la suya propia, pero aquella criatura tenía gustos muy selectos —como él, en realidad— y sus ánimas preferidas eran las que habían pertenecido a los hijos de la magia. Por eso y no por otro motivo, Melquiades iba de aquelarre en aquelarre aniquilando a todos y cada uno de sus miembros, como si fueran ofrendas en un sacrificio del que sería esclavo hasta que él mismo muriera.

Pero aquella noche quería dejar de pensar un poco en todo eso, evadirse del amargo destino que le había tocado vivir. Ya había solucionado el tema de encontrar una residencia estable para habitar en ella durante el tiempo que estuviera en la capital francesa. Porque sí, había una cabaña en el bosque en el que se encontraba aquel aquelarre —el Círculo de la Luna— que llevaba su nombre, bueno, más bien el del líder anterior, Rakesh, cuya identidad había suplantado con ayuda de su magia; pero no iba nada con él eso de no vivir en una casa cómoda, grande y lujosa y no tardó demasiado en hacerse con una. Ahora solo le faltaba hallar el modo de generar ingresos sin hacer demasiado. Eso del trabajo duro no iba con él; ya apenas recordaba la época en la que debía ayudar a sus difuntos padres en el campo. Sus dedos no estaban hechos para mancharse ni encallecerse, pero quizá los del resto sí.

Fue por eso que decidió ir a un lugar al que solían acudir personas adineradas de las que podía beneficiarse: el casino. A lo largo de todos estos años, había obligado a miembros de la clase alta a poner todo tipo de propiedades a su nombre. Había tenido numerosos negocios que había acabado vendiendo por una suma mucho mayor de la que él habría pagado en caso de haber tenido que comprarlos, y en ese momento estaba buscando uno allí, en París. Tenía que ser lo suficientemente rentable como para que funcionara más o menos solo, sin que él tuviera que estar muy pendiente de él, pues no le gustaban las cosas que conllevaban un esfuerzo excesivo por su parte.

Los casinos siempre le habían parecido lugares igual de mágicos que los aquelarres, y es que tener el privilegio de asistir en primera fila al espectáculo que era observar cómo la avaricia corrompía las almas de los presentes, no tenía desperdicio alguno. Decidió, por ello, hacer las cosas más o menos de forma limpia y se sentó en una mesa de póker en la que había algunas de las figuras más adineradas de París. Eran todos dueños de negocios y en lugar de apostar dinero, lo hacían directamente con sus propiedades. Melquiades se acopló allí, como si fuera uno más, inventando locales que jamás habían estado en sus manos, y jugada tras jugada, terminó llevándose el fumadero de opio más famoso de la ciudad, que hasta ese entonces había pertenecido a un tal Zhou Wong, un ricachón chino que tenía negocios relacionados con aquella droga repartidos por distintas partes del mundo.

Cuando hubo cerrado con Wong el traspaso de la propiedad, estrechó su mano y puso fin a aquella partida de póker. Le apetecía divertirse de una vez por todas, sumarse al júbilo del resto de personas que había allí, a la sensación de adrenalina que experimentaban cada vez que ganaban y a la de la frustración cuando perdían —aunque él casi nunca lo hacía— y fue por eso que se encaminó hacia la ruleta. Era uno de sus juegos favoritos. El azar era impredecible, pero en aquellos sitios todo estaba realmente amañanado. Por eso, gozaba enormemente retando al propio casino y a su dueño cada vez que honraba a una de las mesas con su presencia.

Cuando llegó allí, una hermosa mujer ocupaba uno de los taburetes que había alrededor de la ruleta. Iba espectacularmente vestida, aunque él mismo no se quedaba atrás: lo más llamativo de su atuendo era, sin duda, la camisa azabache de seda con flores blancas bordadas y los guantes, a juego, de encaje con rosas negras a lo largo de la pieza. Lo más discreto, por otra parte, aunque tampoco demasiado, era el pantalón, también de seda negra. El conjunto lo completaban unas botas de cuero y unas pulseras de perlas en las muñecas de ambas manos. Apoyó la diestra sobre el tablero de la mesa, junto a ella.
Quisiera lo mismo que esta dama de aquí —dijo al camarero en un francés que podía hacerle parecer de allí, alzando ligeramente la voz.
Enseguida atendió la petición y le trajo un vaso, que dejó delante de él, apoyado sobre la mesa. Le dio un trago y seguidamente sacó unas cuantas fichas de un saco de piel que llevaba con él, cerrado con un cordón. Las puso sobre el tablero numérico y añadió:
Al 6 negro, por favor. —Giró el rostro hacia su acompañante femenina y dijo—: Buenas noches, señorita. Soy Emmanuel Laurent. ¿Y usted?
Rara era la vez en la que se presentaba por su nombre y aquella no iba a ser una de ellas.


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Mensaje por Aina Cross Mar Jun 30, 2020 1:06 am

Aquel lugar solía liberar a Aina de cualquiera de las tensiones que tuviera, generalmente provocadas por el trabajo. El ambiente era el idóneo para distraerte pues la gente iba a aquel local a jugar, a beber, a fumar, en definitiva, era perfecto para dejar la mente en blanco. Claro que había quien ganaba y quien lo perdía todo. Sin duda, en la mesa de póker había habido una gran pérdida esa noche pues uno de los jugadores ahora ahogaba las penas con alcohol. Ella entendió lo que pasaba a la perfección, sin necesidad de poner atención en la conversación que el hombre asiático mantenía con el barman, que solía ser quien escuchaba las desgracias ajenas. Por la mesa en la que se encontraba, supuso que había apostado de más y la arrogancia había podido con él. Lo supo, pues no era la primera vez que acudía a ese lugar y sabía cómo actuaban los empresarios parisinos y más si la noche había estado acompañaba de alcohol, siendo este un mal consejero la mayoría de las veces. Aquello último ella lo tenía claro pues ella misma había cerrado algún trato con la ayuda del mismo pues bajo su influencia la parte contraria solía ser más dócil.

Sonrió de medio lado ante la triste imagen de aquel hombre desesperado que se bebería media licorería si se lo permitían y centró su atención en la ruleta en la que ella se encontraba y donde había realizado una apuesta. Obviamente la apuesta que ella había realizado era mínima y no se trataba de un bien personal, aquello lo dejaba para las mentes más prodigiosas que sin pensarlo jugaban con lo que les daba de comer. Desde luego Aina en ningún caso apostaría alguna de sus propiedades, no después de lo mucho que le había costado conseguirlas y mucho menos con los planes de futuro que tenía, que no eran pocos.

Su atención puesta entonces sobre la ruleta se vio interrumpida por un guante diseñado con un exclusivo encaje que envidió en cuanto lo tuvo a la vista. Deseaba tocar aquella tela, tenerla entre sus dedos y conocer su procedencia. Lo cierto era que le parecía exclusiva y entonces sin poder evitarlo desvió la mirada al propietario de aquella mano. Lo que sus ojos encontraron frente a sí por poco la dejan sin habla pero se contuvo y cerró la boquita, introduciendo la boquilla en la misma en un esfuerzo por controlar su asombro. Dio entonces una fuerte calada mientras observaba la vestimenta poco habitual y llamativa del hombre que tenía justo delante al que no le faltaba detalle. El caballero había notado su presencia y estaba junto a ella así que debió concentrarse para contestarle y se obligó a desviar la vista de su característico atuendo que no podía dejarla indiferente -Buenas noches, caballero -dibujó una amplia sonrisa -La señorita Aina Cross, es todo un placer -Ella siempre remarcaba “señorita” pues así pretendía evitar las típicas preguntas, ¿y su esposo? ¿dónde está su acompañante? Aunque muchos pese a aquello insistían en lo mismo -Debo decirle que me tiene hipnotizada. Usted y su atuendo, claro -Le miró fijamente a los ojos mientras pronunciaba aquellas palabras sin pudor alguno -No he podido pasar por alto que es el hombre con más estilo del local -confesó pues realmente lo pensaba. Cuando le sirvieron el whisky a él, Aina alzó su vaso -Por las sorpresas inesperadas -dijo y puso una sonrisa de medio lado antes de beber aquel líquido que poco a poco la reconfortaba y finalmente de soslayo miró el resultado de la apuesta, abriendo un poco los ojos y dirigiéndose de nuevo a su acompañante -Quédese, quizás me de suerte a mi también.


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Mensaje por Melquiades de Oria Vie Jul 03, 2020 10:20 am


La presencia de Wong había sido olvidada por Melquiades de inmediato. Si bien era cierto que el hombre asiático no había sido consciente de que había sido obligado a firmar los papeles que acreditaban el traspaso de una de sus propiedades más fructíferas y queridas, sí lo era de su pérdida. Porque toda la partida de póker había sido real, si no se tenía en cuenta que uno de los jugadores era un hechicero fingiendo ser otra persona, y que este guardaba más de un as bajo la manga. No le vio, por tanto, ahogar sus penas en alcohol, pues el empresario había quedado a su espalda. Y sus ojos rara vez miraban a otro sitio que no fuera al frente. Siempre ponía su mirada en el futuro; anclarse en el pasado era algo reservado únicamente para los tristes y los necios, y él no era nada de eso ni se consideraba como tal.

Sin embargo, aquella noche, su mirada no solamente se había fijado en lo que tenía delante, sino también al lado. No podía ignorar que había observado por el rabillo del ojo la expresión de asombro de aquella mujer y al girarse hacia ella pudo comprobar de primera mano que se lo estaba comiendo con aquellos orbes azules, preciosos y bien abiertos. En ese momento, el crupier colocó sus fichas en el número indicado y giró la ruleta, haciendo que la bola bailase entre las casillas con un traqueteo que resultaba agradable. Era curioso que ambos hubieran apostado al pleno: un número y un color concreto, una única posibilidad de ganar o de perder. ¿Pero qué era la vida sin un poco de riesgo? A decir verdad, ninguno de los dos había puesto una cantidad excesiva de fichas, eran unos pocos francos que cualquiera de ellos podía permitirse perder.

Me gusta la gente honesta, señorita Cross —dijo sonriendo de lado. Humedeció ligeramente sus labios antes de seguir hablando. Su mano derecha volvió a posarse sobre el vaso de alcohol—. Me halaga profundamente, aunque déjeme ser honesto a mí también. —Se inclinó hacia ella y dijo de una forma muy íntima, susurrando con un timbre de voz grave y, cómo no, seductor—. No es muy difícil tener más estilo que todos estos muermos. Y aun así, usted también lo consigue. Está espectacular, si me lo permite...
Su sonrisa se ensanchó y volvió a su posición inicial, un poco más distante de ella. La bola seguía golpeando la madera de la rueda de la fortuna mientras ambos interactuaban. Cuando ella sostuvo su bebida y pronunció aquella especie de brindis, él la acompañó y alzó la suya al mismo tiempo que levantaba ligeramente la barbilla, en un gesto que indicaba que apoyaba sus palabras.
Por las sorpresas inesperadas —repitió y le dio un buen trago al whiskey.
En ese instante, la ruleta pareció estar a punto de frenar, pero Melquiades, con ayuda de su magia, mental y discretamente, la hizo avanzar un poco más hasta que la bola cayó en el 10 rojo y pareció quedarse allí hasta que, por fin, paró.
Vaya, parece que sí que le he traído suerte.
Soltó una pequeña carcajada justo antes de vaciar el vaso con el siguiente trago que dio. Lo dejó sobre la madera con un golpe seco.
¿Le importa si me siento aquí a su lado y le hago compañía un rato? —preguntó al mismo tiempo que ocupaba el taburete contiguo al de ella, sin esperar su respuesta. A continuación, le hizo un gesto al camarero para que le rellenara la bebida—. Eso sí, a partir de ahora tendré que apostar algo menos arriesgado... —Lo dijo como si realmente le supusiera un problema el hecho de perder más o menos dinero—. ¿Qué le trae por aquí a una dama como usted? —agregó mientras buscaba en los bolsillos de sus pantalones la pitillera de plata que solía llevar.
Tras unos segundos, la encontró y la puso sobre la mesa. Sacó un cigarrillo de dentro y la cajetilla de cerillas, de la cual extrajo una de ellas y prendió la cabeza para encender el fino cigarrillo que sujetaba entre los dedos de su mano izquierda. Una vez lo hubo encendido, agitó la cerilla hasta que esta se apagó y volvió a guardar la pitillera en el mismo sitio del que la había sacado. Se llevó el cigarro a los labios y le dio una calada en el tiempo que ella le contestaba y que el crupier le preguntaba qué hacía con sus fichas, las cuales incluían a partir de ahora algunas de las que habían sido de Melquiades hasta entonces.


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Mensaje por Aina Cross Miér Dic 16, 2020 5:24 am

La noche no podía ir a mejor y menos después de aquel inesperado encuentro con el peculiar hombre que Aina tenía a su lado. ¿Cómo era posible que hubiera cruzado toda la sala y no hubiera reparado en su presencia? Claramente el trabajo la traía de cabeza pues pasar por alto que estaba allí era imperdonable, más aun cuando llevaba toda su vida deseando encontrarle. De pronto, todas las ideas surgieron de repente en su mente, estaba ansiosa por darles forma y ver el resultado pero sabía que al fin tenía frente a sí lo que andaba buscando. Y ella, una ilusa, había recorrido medio mundo en busca de inspiración cuando se hallaba tan cerca de ella. No podía ser más perfecto, único y particular el caballero que la acompañaba. La deslumbró desde el inicio por su atuendo pero no era únicamente eso lo que le atraía de él sino también su elegancia y forma de expresarse, además de claro está ese tono de voz tan varonil, seguro de sí mismo e incluso sensual.

Sonrió de medio lado a su acompañante y dio un trago a su bebida. Ella era más de vino pero esa velada necesitaba algo más fuerte y sin duda el whisky le estaba sentando mejor de lo esperado. A su alrededor había bastante bullicio pues no solo estaban los hombres que jugaban y hacían sus apuestas sino que también iban acompañados o bien por sus prometidas, por sus esposas o por damas de compañía. Lo que no veía Aina era a ninguna otra mujer jugando.

Emmanuel le devolvía la mirada y esta era muy intensa. Ella se la mantuvo y amplió su sonrisa pues estaba encantada de haberse encontrado con él. Se imaginó de pronto cogida de su brazo mientras se adentraban en el magnífico teatro de la ciudad engalanado con una estupenda lámpara de cristal situada en el centro del mismo. Era consciente de que serían el centro de todas las atenciones y le encantaba imaginar la escena.

Ante las palabras de él Aina soltó una carcajada y se sintió desinhibida. Había sido un gran acierto ir esa noche al Casino de París tan solo por el peculiar encuentro que nunca habría imaginado –Si, son bastante muermos y gracias por el halago. Hasta para piropearme demuestra la clase que tiene –alzó su vaso y brindó con él manteniendo en todo momento sus ojos clavados en los suyos que se desviaron ligeramente hasta la ruleta y escuchó -10 rojo, señorita –entonces frunció el ceño y luego abrió los ojos al ver que había ganado. Vaya, parecía que la noche sí podía ir a mejor –En efecto, me ha traído suerte –No es que la cantidad apostada fuera demasiado cuantiosa pero bien es cierto que ganar le gustaba pues era competitiva y su humor no hacía más que mejorar –Que sepa que está consiguiendo alegrarme la noche –confesó mientras dudaba en volver a apostar y observaba a su vez como el caballero sacaba una pitillera de plata. Sin duda todo él era puro detalle, desde los pies hasta el peinado -¿Sabe? Preferiría pasear ya que he ganado a la banca. Ahí fuera está la terraza, me vendría bien un poco de aire –Antes de que respondiera, Aina había alzado de nuevo el brazo en señal de que quería dos copas más que directamente les llevarían a la terraza si Emmanuel decidía acompañarla. Sabía que la conversación recaería en temas más personales y quizás le acabara hablando de su nueva idea en el mundo de la moda y no podía permitir que oídos indiscretos se inmiscuyeran, más aun cuando muchas personas la conocían y sabían qué temas trataba ella habitualmente.

Se puso en pie y alisó la falda del vestido para después recoger las fichas que había recuperado y las nuevas que había ganado que guardó en su bolso. Comenzó a caminar contoneando las caderas que con aquel vestido estaban muy marcadas para después volver el cuello hacia el hombre que la acompañaba y hacerle un gesto para que la siguiera, dejando a la vista el escote de su vestido cubierto por perlas del magnífico collar perteneciente a su herencia familiar. Sin lugar a dudas eran la pareja perfecta aquella noche –Si me acompaña le confesaré qué me ha traído aquí –entonces le guiñó un ojo y esperó que decidiera el rumbo de la velada.


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Mensaje por Melquiades de Oria Mar Ene 12, 2021 1:55 pm


Hablar de honestidad cuando él era un mentiroso crónico era, cuanto menos, irrisorio. Pero sí, era cierto: le gustaban las personas honestas. Eso las hacía vulnerables, aunque no más que a un embustero como él. Aina Cross le pareció lo suficientemente honesta como para saber que si quería, podía engañarle y él no se daría ni cuenta. Pese a ello, la mujer decidió caminar por la vía de la verdad y dejar expuestas sus intenciones desde el comienzo del encuentro, como un libro abierto cuyo contenido estaba a plena vista para quien lo quisiera leer.

Melquiades era consciente de que no era habitual ver a una mujer como una jugadora más entre las mesas, y a pesar de que una evidente misoginia le recorría las venas del mismo modo en el que lo hacía la sangre, no podía negar que aquella en concreto le había llamado la atención y que no le importaría tenerla de rival en un juego más o menos limpio.

Estaba dispuesto a sacar unas cuantas fichas más de uno de los bolsillos de su pantalón para apostar de nuevo. A punto estuvo de elegir otro número como diana de sus dardos avariciosos, pero ella sugirió que era mejor marcharse de allí. Asintió, tragándose las palabras que no llegaron a salir de su garganta para humedecerse los labios y pronunciar en su lugar:
Me parece perfecto. Hace una noche estupenda, además. Ni muy airosa ni muy fría. Tampoco es que uno pase calor en el exterior —hablaba como si el tiempo que hiciera le importase algo—. Además, quiero enseñarle un rincón que hay escondido en la terraza que espero que siga ahí —añadió a la par que observaba cómo su acompañante le pedía al camarero que las bebidas que él había solicitado anteriormente acabaran junto a ellos en aquel espacio acogedor fuera del bullicio de las zonas de juego—. Verá, hace unos cuantos años que no piso París, pero deseo que continúe existiendo esto que le menciono.

En cuanto ella se puso de pie, él hizo lo mismo y le ofreció el brazo para acompañarla afuera en el momento en el que la alcanzó. Esperó a que ella lo tomara para seguir caminando hacia la puerta de la terraza.
Estaré encantado de escuchar la historia —dijo posando la mano contraria sobre la de ella, dándole un par de suaves golpecitos sobre el dorso—. Prometo guardarle el secreto —agregó riéndose al final— y confesarle también mis más terribles pecados.
Quizá esa última frase le causaba más gracia de la que debía, pues solo él conocía el significado que habría detrás de las palabras que la formaban.

Anduvieron juntos hasta la terraza y salieron a ella del mismo modo, como si aquel lazo que los unía de forma física hubiera creado una especie de vínculo irrompible. Pero para nada era así. La realidad era que aquella mujer no le importaba en absoluto, aunque eso no quitaba que fuera un caballero —a su manera— o que le riera las gracias; que mostrara un falso interés o uno tan veraz que pudiera ser capaz de dejarla seca.
Mire, es por aquí —indicó mientras la guiaba hasta un pequeño rincón que había girando la esquina que quedaba a la izquierda nada más salir.
El camarero los seguía como si no tuviera muy claro dónde tenía que ir, hasta que finalmente desaparecieron de su vista y casi tuvo que correr para llegar a ellos. Al otro lado había varios rosales pobremente iluminados pero muy bien cuidados.
Cuidado con las rosas. Todas tienen espinas. —Aquello era una advertencia en todos los sentidos y dicen que quien avisa no es traidor, pero ¡ay!, quien inventara eso no se había topado jamás con un ser tan miserable y rastrero como él—. Pero si sabe por dónde cogerlas… —Deshizo la unión entre ambos y alargó la mano para partir uno de los tallos—. Et voilà!
Le ofreció la flor en el momento en el que el camarero apareció con sus bebidas.


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Mensaje por Aina Cross Mar Feb 09, 2021 2:47 pm

La pareja que formaban era del todo inusual y acaparaban todas las miradas, siendo muchas de ellas indiscretas. Se podía asegurar que eran las personas con más clase y buen gusto del lugar, eso saltaba a la vista, pero es que además entre ellos parecía haber algo más. Quizás podía denominarse como cierta química lo que la inglesa sentía cuando los ojos de él se clavaban en los suyos mientras mantenían aquella conversación regada con ese maravilloso whisky. Lástima que ya lo hubieran acabado pero decididamente ella quería más y la noche no había hecho más que empezar. De pronto, lo que parecía ser a priori una noche más en la que Aina simplemente disfrutaría apostando, había pasado a ser mucho más interesante y tenía el presentimiento de que le depararía varias sorpresas.

Su oferta de ir a un lugar más tranquilo y alejado de la zona de juego aunque perteneciente al casino había sido aceptada de forma prácticamente inmediata, puesto que el caballero se había levantado siguiéndola, sin poner pega alguna y de hecho sería él finalmente quién le mostraría un rincón a ella, sorprendiéndola de nuevo. Aina, era una mujer que acostumbraba a acaparar todas las miradas y no por su belleza, sino porque resultaba peculiar ver a una mujer sola noche tras noche y vestida de esa forma tan provocativa, en lugares como aquel que más bien frecuentaban los hombres. Sin embargo, aquella noche todas las miradas se centraban en la pareja que formaba junto con el caballero que acababa de conocer y no le suponía ningún problema sino que continuaba contoneándose siguiéndole, haciendo gala del maravilloso vestido que estrenaba en esa ocasión.

La noche había caído sobre París y seguramente cuando posara sus pies sobre la terraza contigua a la sala de juego sentiría el frescor de la noche, pero no le importaba, porque ansiaba ir a ese lugar un poco más apartado donde al fin podrían hablar con calma y, por suerte, el camarero parecía seguirles la pista por lo que podrían brindar a la luz de la noche además estrellada.

La curiosidad mató al gato o eso decían pero Aina la había sentido desde que vislumbró en frente de ella ese guante de encaje y no hacía más que dar pasos en busca de respuestas. ¿De dónde era ese caballero y por qué no se había cruzado con él antes? Por su acento y sus rasgos aún no descifraba su procedencia pero podría jurar que no era Francés, al igual que ella que únicamente había sido acogida en esa maravillosa ciudad.

Finalmente no le guió Aina, sino al revés y ella le siguió con cierta intriga, sintiendo cada vez más interés por Emmanuel que parecía que nunca fuera a dejar de sorprenderla. Él, le desveló que llevaba años sin ir a París, motivo por el cual no se habían cruzado, puesto que al parecer sí visitaban los mismos lugares. Aina, sonrió ante sus palabras -Prometo guardar en secreto sus pecados -aseguró divertida pues la noche cada vez iba a mejor y eso se confirmó cuando vio los rosales y parpadeó sorprendida puesto que nunca había reparado en ellos.

Le miraba, atentamente, como si le estuviera descubriendo un continente nuevo y entonces él desprendió una rosa con suma facilidad y se la entregó mientras que el camarero interrumpía el momento. Aina literalmente le ignoró pues solo tenía ojos para la hermosa flor y el caballero que tenía frente a sí -Es usted todo un caballero-confesó lo evidente estando segura de que él habría escuchado aquello en numerosas ocasiones. Entonces y solo entonces, tras aceptar la rosa y olerla mientras cerraba los ojos unos instantes y de pronto se sentía como en casa, como si estuviera en el jardín de su madre en Inglaterra, fue cuando aceptó la bebida y le hizo un gesto al camarero para que les dejara solos -Nunca había reparado en este lugar -una confesión de nuevo -No para de sorprenderme -y he aquí la tercera -Emmanuel, me despierta usted mucha curiosidad -Parecía como si le escudriñara, pero ¿acaso no lo hacía? Llevaba esperando demasiado tiempo a que un caballero así se topara en su camino y ese deseo se había cumplido -Haré una última confesión entonces -sonrió de nuevo -Llevaba años esperando este encuentro -dijo mientras clavaba sus ojos en los suyos.


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Mensaje por Melquiades de Oria Dom Feb 28, 2021 6:59 am


La razón principal por la que Melquiades había llevado a Aina a aquel rincón no era la absurda necesidad de intimidad que tenían la mayoría de los hombres con respecto a las mujeres. Sí era cierto que buscaba privacidad fuera del alcance de los ojos ajenos, pero solo era porque no le interesaba llamar demasiado la atención. ¡Cualquiera lo diría simplemente fijándose en el atuendo que llevaba! Estaba claro que le encantaba que lo contemplaran cual obra de arte, pero también era importante preservar su propia seguridad. Provocar que se posaran sobre él demasiadas miradas era más que perjudicial. Su forma de supervivencia —porque eso hacía, sobrevivir, aunque fuese sobre una montaña de oro y diamantes, de forma figurada o no— se basaba en el engaño. Y para engañar bien, uno debía adoptar distintas identidades, acompañadas, en la mayoría de ocasiones, de rostros también diferentes.

Si aquella noche había acudido al casino mostrando sus verdaderas facciones era porque le interesaba que fuera así; es decir, no se trataba de un error de novato, pues Melquiades cargaba con muchos años de experiencia a sus espaldas, ni de un descuidado olvido. Y si era olvido, se trataba de uno muy premeditado. El nombre que había dado a aquella mujer, sin embargo, no era el real, aunque en el caso de la partida de póker así hubiera sido, pues le interesaba que lo que había ganado jugando —un fumadero de opio— quedara bajo su nombre. Esto le daría más margen a la hora de tener que ir a ver a un viejo conocido llamado Jean Didier, quien se había encargado en varias ocasiones de arreglar el papeleo de todos sus trapicheos.

Quizá elegir a la señorita Cross como posible víctima potencial de su próximo embuste no había sido la mejor decisión de la noche, pues estaba claro que iba a ser difícil librarse de esas indeseadas miradas en lo que restaba de velada; pero una vez que había hecho su trabajo, le apetecía tomarse un descanso. Resultaba verdaderamente agotador llegar a un sitio nuevo y realizar todo tipo de acciones hasta que entraba en una rutina que no le supusiera un esfuerzo excesivo. Lo ideal sería contar con alguien que le hiciera el trabajo sucio, pero no confiaba en nadie lo suficiente como para llevar a cabo la tarea. Solo había un nombre que sobresalía entre el resto y aun así, hacía años que ninguno sabía del otro. Lo mismo estaba hasta muerto.

Desconocía cuáles eran las pretensiones de la fémina para con él, si bien es cierto que, como se ha mencionado al principio, estaba acostumbrado a acaparar la atención del resto; pero una cosa había clara: las intenciones que tenía él respecto a ella. Como un ladrón de poca monta, su plan se basaba en desplumar a aquel cisne y después de ello, seguir su vida como si nada.

«Prometo guardar en secreto sus pecados», le dijo. Si supiera el verdadero valor de aquellas palabras, jamás las habría pronunciado. Nadie querría conocer sus pecados, ni siquiera un cura, que estaba más que acostumbrado a escuchar todo tipo de confesiones: desde un asesinato hasta la ausencia de remordimientos por haber escupido en el café de un cliente maleducado. Los pecados de Melquiades eran tan numerosos y terribles que ni él mismo se atrevería jamás a pronunciarlos en voz alta. Había habido un par de excepciones en situaciones muy concretas a lo largo de su vida, pero solo eso. Nada más.

No obstante, contra todo pronóstico, fue ella la que lo sorprendió a él esta vez, y para ello no hizo falta una confesión sobre terribles actos cometidos. Solamente una sencilla frase: «Llevaba años esperando este encuentro». ¿Qué quería decir aquello?
¿Ah, sí? —se limitó a preguntar—. ¿Cómo es eso? ¿Acaso las estrellas le han dicho que debía estar aquí y a esta hora? —Como estudioso de la astrología, aquellas palabras podían tener más verdad que la que parecía en un principio, pero claramente se trataba de una broma—. ¿Que se encontraría conmigo? Yo también siento curiosidad. Cuénteme, pues. Comparta conmigo sus confesiones. No soy sacerdote, pero podemos fingir que sí —añadió finalmente riéndose.


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Mensaje por Aina Cross Sáb Mayo 01, 2021 2:25 pm

Esa noche estrellada parecía aguardarle muchas sorpresas a la inglesa que se había cruzado con aquel hombre que había resultado ser de lo más peculiar. Al menos, podía definirlo como sorprenderte, porque realmente lo era y no solo para ella, sino para todos los presentes. Sujetaba la rosa cuyo aroma estaba totalmente presente y se sentía cómoda. Desde luego había sido un acierto salir esa noche e ir al Casino, que siempre le deparaba alguna sorpresa.

Aina sonrió cuando su acompañante mencionó a las estrellas, porque precisamente se trataba de una noche plagada de ellas. Miró al cielo unos instantes antes de contestarle -No sé si han sido o no las estrellas, pero hoy tenía dos opciones: darme un baño con una buena copa de vino esperando a que la inspiración viniera a mi o ir a buscarla -Miró fijamente al caballero y prosiguió -¿Sabe lo que es tener una idea rondando en la mente durante años pero no encontrar la forma de materializarla? -dejó que su acompañante pensara durante unos instantes su respuesta, si es que estaba dispuesto a dársela y aprovechó para tomar un trago del licor. Debía controlarse o le costaría volver a casa aquella noche y no podía permitirse que la vieran ebria en público, eso prefería dejarlo para la esfera privada y como gran amante del vino que era, no era inesperado que alguna que otra noche bebiera de más, siempre con objeto de lograr soportar la gran presión a la que estaba sometida en su profesión.

-Lo que ocurre, querido, es que soy una mujer conocida en la alta sociedad por mis diseños de moda femeninos -giró sobre sus zapatos de tacón para que el caballero pudiera apreciar su diseño, del que se sentía muy orgullosa -Que como puede apreciarse son bastante atrevidos, pero yo deseo mucho más. Quiero romper una barrera y comenzar a diseñar ropa para hombres, dejando a un lado los prejuicios. Sé que soy capaz, pero necesitaba inspiración y …. -le señaló colocando la palma de la mano libre hacia arriba y estirando el brazo -Me he tomado con vos -bajó su mano sin rozarle y mientras tanto bajaba la mirada al mismo ritmo, de tal forma que recorrió en breves instantes todo su cuerpo.

-He aquí mi confesión. En cuanto le vi, supe que la inspiración había llegado y todos mis bocetos, de pronto, son papel mojado -sonrió de nuevo claramente emocionada e ilusionada -Y ahora que he confesado todos mis secretos, dígame, ¿cuál es la clave de su éxito? -Sin duda había encontrado a la horma de su zapato, lo tenía frente a sí, después de tanto buscando y no podía estar más emocionada por ello. La noche resultaba perfecta pues había ganado en el casino, llevaba su diseño más indiscreto puesto con total elegancia y al fin había encontrado a un hombre que le inspiraba de verdad, pero había un problema y era que no lograba descifrarlo y es que ¿alguna vez llegaría a hacerlo?


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Mensaje por Melquiades de Oria Dom Mayo 09, 2021 8:41 am


Realmente, ir a ese rincón privado con ella no era nada discreto, y es que en esa época el hecho de que una mujer estuviera a solas con un hombre ya daba indicios de cosas que podían ser reales o no. Por suerte, nadie, salvo el pobre camarero que los había perseguido, se había fijado en su destino final, aunque más de una y de dos personas los había visto marchándose juntos a la terraza. A Melquiades, como a cualquier hombre, no le afectaba en absoluto todo aquello, pero la reputación de la señorita se podía ver afectada por este simple hecho que siglos más tarde se convertiría en algo más que cotidiano.

Se fijó en ella cuando miró al cielo. La constelación de Perseo los observaba desde arriba. Las estrellas sabían bien poco de los pasos del brujo, en realidad, por más que se empeñaran en revelar los acontecimientos que tendrían lugar en las vidas de la mayoría de las gentes. Y es que hasta al universo le ocultaba receloso todas sus maquiavélicas acciones. Solo Gob, y porque era el motor principal de ellos, conocía sus miedos y deseos, los superficiales y los profundos, y actuaba de director de la obra que era su vida.

Era absurdo, pues, pensar que el universo era el que había decidido juntarlo en el mismo sitio que aquella mujer, puesto que ella no era la única persona que había en aquel recinto regado de inmundicia moral y corazones corrompidos por la codicia, pero sí, quizá, una de las más interesantes, tal y como ya se lo había hecho saber.

No obstante, le sorprendió que el interés de ella residiera en su atuendo y no en su persona, aunque era obvio que ambas cosas congeniaban, de la misma forma que hacían ellos dos, lo cual hacía que Melquiades resultara magnético ante las miradas ajenas.
Espero que no se arrepienta de haberle dado la espalda a ese baño y a ese vino. —Bromeó, aunque nunca era tarde para remojarse, literalmente o no, en alcohol, algo que a él también le apeteció al instante de ser mencionado… en su compañía o no—. Que sus minutos conmigo no se hayan tornado en un ardor de estómago difícil de ignorar —añadió en el mismo tono que había empleado anteriormente—. Lo cierto es que nunca tardo en llevar a cabo aquello que me propongo, así que eso de estar rumiando durante años una idea no me suena de nada. Llámeme impaciente si quiere, aunque yo no me lo considero —aclaró, aunque un poco y según para qué cosas sí que lo era y mucho—, pero yo me catalogaría más bien como emprendedor. Actúo en lugar de esperar a que el universo me sea favorable. Ese desgraciado a veces tiene verdadera saña en sus tejemanejes.

Contempló cómo bebía y acto seguido él hizo lo mismo. Tampoco es que le hiciera falta una razón para meterse alcohol por el gaznate. Donde estaban, el bullicio del casino no era más que el canto de una cigarra de fondo, algo apenas audible. Realmente era como si estuvieran solos en medio de la nada.
Ah, disculpe mi desconocimiento en ese caso —dijo refiriéndose al hecho de que no tenía ni idea de que fuera una figura importante en el mundo de la moda, ni siquiera cuando a él le gustaba tanto lucir buenos ropajes—. Pero descuide, que a partir de hoy no se me ocurrirá olvidar su nombre, señorita Cross —agregó con una sonrisa un tanto pícara al final, paladeando su nombre—. ¿La clave de mi éxito? —repitió—. Me alegra que me vea como una persona exitosa, pues no podría considerarme más humilde. —Ni él se creía eso—. ¿Por qué lo dice?


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Mensaje por Aina Cross Jue Mayo 27, 2021 1:17 am

La inglesa comenzaba a sentir el frescor de la noche primaveral y por unos instantes se arrepintió de no haber elegido alguna prenda de más abrigo, pero al menos había desempolvado ese maravilloso vestido con el que aquella noche no paraba de acaparar miradas. Cierto era que la mayoría eran indiscretas, pero lo importante era despertar la curiosidad del posible comprador, aunque claro, muchos de los hombres que se encontraban dentro del casino seguramente preferirían que sus esposas llevaran trajes más discretos; suerte que las mujeres comenzaban a ser más atrevidas aun estando en esa época tan exigente en cuanto al cumplimiento del protocolo se refiere.

Observó a su acompañante y pensó que él también era muy atrevido, porque a los parisinos era complicado sacarles de su traje oscuro de línea recta, lo cual resultaba demasiado aburrido para Aina, motivo por el cual llevaba años buscando inspiración y nunca la había encontrado. Hasta ahora, que tenía delante justo lo que estaba buscando y por supuesto que no se arrepentía de haber cambiado su copa de vino por el whisky, así que negó con la cabeza ante sus palabras -Por su puesto que no me arrepiento puesto que de haberme quedado en casa no le habría conocido -comentó con seguridad -Y no me lo habría perdonado -sus ojos se clavaron en él.

-En mi caso no soy en absoluto impulsiva. Corro riesgo a diario y muchas familias dependen tanto en Inglaterra como aquí de mis decisiones, porque si me equivoco todo se puede ir a pique. Además, de que me desheredarían -comentó riéndose -En negocio lo inició mi familia, yo simplemente he continuado con sus pasos aunque claro… cambiando mucho los diseños y la esencia. Llevo desde niña trabajando en esto en realidad -En aquellos momentos su vida giraba en torno a ese proyecto realmente, porque era poco común conocer a una mujer de 28 años soltera y dueña de un negocio en expansión, pero no tenía planeado cambiar su objetivo de momento y poco le importaban los comentarios de aquellos que la miraban por encima del hombro creyendo que nunca lograría casarse -Ni que ella lo deseara -pensaba en esas ocasiones, haciendo caso omiso a los susurros indiscretos.

-Considero que tiene éxito porque parece que usted tiene un imán. He aquí el ejemplo -se señaló a sí misma -No me he despegado de usted desde que ha aparecido -Y eso es un don -aseguró mientras sacaba de su bolso su pitillera para después dar una profunda calada a un cigarrillo -No me diga que no se ha dado cuenta de lo que le digo. Además, de que tiene fortuna en el juego ¿no es así?


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Mensaje por Melquiades de Oria Dom Jul 25, 2021 8:10 am


«Por supuesto que no me arrepiento, puesto que de haberme quedado en casa, no le habría conocido. Y no me lo habría perdonado», le dijo Aina. Y eso a Melquiades le sonó tan bien que no pudo evitar que una sonrisilla se asomara en su rostro. Mentiría si dijera que no estaba acostumbrado a llamar la atención del resto, almas insulsas carentes de todo tipo de gusto o atrevimiento a la hora de vestir —o de agallas en general, en cualquier aspecto de su vida—. Sin embargo, en el caso de aquella mujer, a la que sí que le colgaría la etiqueta de atrevida, como probablemente haría ella misma, le gustaba mucho más aquella apreciación.

Numerosas veces habían alabado o criticado su peculiar forma de vestir, pero nunca lo habían tomado como inspiración, musa, centro del universo en cuanto a temas de moda se refiere. Y aquella mujer quería hacerlo. Sería una excusa perfecta para adentrarse en las altas esferas parisinas. Diez años fuera de aquella ciudad le daban el margen necesario para que muchos hubieran olvidado su cara —aunque la mayoría de veces ni siquiera empleaba su propio rostro para tales artimañas—, incluso su nombre a pesar de que este siempre era inventado, siempre era diferente, pero al mismo tiempo, esa década le concedía la oportunidad de añadir sangre fresca a su lista de víctimas de hurto, extorsión o, en los peores casos, asesinato.

Se estaba relamiendo metafóricamente con todo lo que su mente había llegado a urdir con tan solo unas palabras de la señorita Cross cuando tuvo a bien nombrar a su querida o no tan querida Inglaterra, donde había pasado muchos años de su vida de manera intermitente. Eso quería decir que la dama que tenía delante le serviría también de puente hacia la aristocracia anglosajona si jugaba bien sus cartas. Una partida de póker más, aunque no fuera tan literal.

Admiro a un buen estratega, a una buena estratega, en este caso —se corrigió, aunque aquella distinción en sus labios perdiera todo el sentido al entrar en contacto con su más que pronunciada misoginia, aunque en ese encuentro esta apenas había enseñado la patita—, a una persona inteligente que sabe qué paso dar en cada momento y que estudia cada mínimo detalle para que salga todo perfecto, pero a veces predomina la rapidez y en ese caso, hay que ser capaz de ser listo y ágil, todo al mismo tiempo. Oh, no quiero decir que usted no lo sea, no me malinterprete —se apresuró a añadir, como si realmente le importara lo que ella pudiera pensar—, pero en el mundo en el que vivimos, que puede notar que cada vez se expande más y funciona generando más y más bullicio, es necesaria cierta velocidad de pensamiento y, también, en la ejecución.

Tras soltar aquel pequeño discurso que nadie le había pedido, bebió de su copa, vaciándola con aquel trago y apoyándola de nuevo sobre la superficie de la que la había cogido. Seguidamente, sacó su reloj de bolsillo y miró la hora que le indicaban las manecillas antes de volverlo a guardar y elevar su mirada marrón verdosa hacia Aina.

Bueno, para ser totalmente justos, yo tampoco me he despegado de usted. ¿Le importa si le cojo un cigarrillo? —preguntó cuando en realidad ya había alargado la mano para tomar uno de la pitillera—. ¿No le incomoda lo que puedan pensar los demás por verla conmigo?


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Mensaje por Aina Cross Dom Oct 03, 2021 10:38 am

De nuevo, la inglesa dio una calada a su cigarrillo mientras observaba atenta a su acompañante. Después de tantos viajes, idas y venidas por distintos países e incluso continentes, podía asegurar que nunca se había encontrado con una persona tan peculiar como Melquiades y allí estaban dos personas posiblemente muy opuestas, pero que en el fondo a pesar de serlo, habían acabado atrayéndose el uno al otro, como dos polos opuestos.

Asintió cuando le pidió un cigarrillo, aunque él ya se había acercado para cogerlo. Se sentía cómoda con su compañía y el tiempo estaba pasando demasiado rápido a su lado. Sin duda, habían acabado congeniando y tras escuchar sus palabras frunció el ceño -¿A mi? En absoluto -Y entonces giró sobre sí misma para que pudiera observar bien su atuendo -Ni visto como la gran mayoría, ni me acompaña nunca un caballero, puesto que soy soltera. Realmente me importa poco lo que los demás piensen. Aunque claro, sé que me observan en todo momento. Unos por envidia y otros porque no aprueban mi actitud. Realmente les parece irreprochable que una mujer venga a jugarse la fortuna que ella misma ha amasado a base de su propio esfuerzo, porque para ellos no tiene mérito y es una falta de respeto. ¡¡Habráse visto antes!! Ese es el comentario más común que escucho, pero aquí me tienes una noche más, porque si me hubiera quedado en mi casa, no haría otra cosa que darles la razón. Y son unos necios, que deben cambiar su mentalidad o nunca se abrirán al progreso.

Aina miraba hacia la sala llena de hombres que solo bebían, fumaban y se jugaban grandes cantidades de dinero y solo hacía que reafirmarse en sus palabras -Sin embargo, el hecho de que a vos os vean junto a mí no le resulta incómodo, ¿verdad? -Esa era una prueba más de que lo que ella afirmaba fervientemente era totalmente cierto; estaba comprobado -Salvo que en cualquier momento su esposa pueda cruzar ese umbral -comentó igualmente despreocupada, porque para ella seguiría sin suponer un problema. Dio otra calada y le observó atentamente, esperando su respuesta. Cierto era que no parecía un hombre casado y parecía no llevar alianza, pero quizás la ocultara bajo sus exquisitos guantes o se la podía haber quitado. En cualquier caso, siempre podría mentir y ella podía hacerse la tonta, como muchas otras veces en la que los hombres comprometidos o casados se le acercaban.


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Mensaje por Melquiades de Oria Dom Oct 10, 2021 4:12 am


Una dama como vos… —comenzó a decir haciendo uso del voseo adrede para otorgarle rimbombancia a la frase— ¿soltera? —preguntó fingiendo sorpresa.

A lo largo de su eterno vagar por el mundo se había encontrado a seres de todo tipo, y eso incluía a las personas. Si bien la sociedad se empeñaba en imponer el matrimonio desde edades tempranas, los dos presentes, él mucho mayor que ella, no contaban con anillos en los dedos que indicaran ninguna clase de atadura conyugal. Melquiades había hecho la pantomima de casarse en alguna que otra ocasión, nunca con ceremonia, pero sí sobre el papel para heredar riquezas antes de que sus parejas acabaran siendo humo y polvo de los que nadie volvería a hablar jamás. No obstante, igual que se había hecho esa unión, se había deshecho.

No quiero que me malinterprete. He conocido a muchas mujeres solteras, pero no es algo que se estile tanto dentro de la alta sociedad —matizó—. Concuerdo con usted en que tiene todo el derecho del mundo a generar su propia fortuna y a hacer con ella lo que considere. Cada cual es dueño de sus propios actos.

¿Lo era? ¿Era así cuando él mismo había obligado a cientos de personas a actuar en contra de su voluntad con solo susurrarles unas palabras? De hecho, apenas habían pasado unos minutos, o unas horas ya porque en buena compañía se pasa el tiempo volando, desde que había empleado sus oscuras artimañas para doblegar a un ricachón y conseguir lo que quería, y tenía el descaro de enunciar aquello.

No, por mi parte no hay ningún inconveniente —continuó contestando a la inglesa e incluso le entró la risa con su última frase, a lo que respondió—: ¡No, Dios me libre de esas cadenas llamadas «matrimonio»! —Porque así comprendía él aquel término, errado por su acentuada misoginia—. De momento me hallo bien soltero, y creo que así seguiré —añadió dando una profunda calada al cigarro que había estado fumando—. La noche comienza a ser fría —dijo alzando la cabeza hacia el cielo.

Las estrellas los miraban como si realmente pudieran hablar. A gritos intentaban avisar a Aina que se andara con ojo en compañía de ese vil hechicero, pero estaban tan lejos y chillaban en un idioma tan poco inteligible que ella jamás podría escucharlas.

Deberíamos marcharnos —agregó mirándola de nuevo—. Si me facilita su dirección, le escribiré en los próximos días para vernos en su taller, si le parece bien, aunque también puede pasarse por el fumadero que acabo de adquirir esta noche… Pero imagino que una dama como usted no se querrá dejar ver en un sitio como ese. Eso sí, en ese caso, le pido que me dé al menos un par de semanas para adecentar el local.


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