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No sé qué quiero de ti | Vito d'Auxerre ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Melquiades de Oria el Mar Jun 23, 2020 8:43 pm


La noche anterior había estado protagonizada por el juego, el alcohol y el placer. Melquiades había acudido al casino y se había ido de allí mucho más rico, con un negocio bajo el brazo y con un contacto en París que podría abrirle las puertas de par en par a la clase alta y, por tanto, a la nobleza: su gente favorita. Y es que las personas que pertenecían a las altas esferas tenían dos cosas que le gustaban en exceso: diamantes y, en la mayoría de casos, una mente limitada. Los nobles se esforzaban en educarse en las artes y las letras, pero la inteligencia innata, en general, brillaba por su ausencia. Esto era una gran ventaja para alguien como él: un brujo avaricioso que lo único que quería más y más poder y más y más riquezas. Bueno, había una tercera cosa que deseaba muy por encima de esas dos: seguir con vida. Y si para ello tenía que sacrificar las de cientos de inocentes, lo haría sin pestañear, pues ya llevaba algo más de dos décadas haciéndolo. ¿Qué suponían unos pocos más o unos pocos menos? Había demasiada gente en el mundo para que se notara la ausencia de aquella a la que él le arrebataba la vida para entregarle su alma a Gob, el demonio que vivía con él, atormentándolo noche y día desde que tenía veintiún años.

El comercio con el que se había hecho en el casino era el fumadero de opio más famoso de París. Se lo había ganado a un tal Zhou Wong, un ricachón chino que tenía negocios relacionados con aquella droga repartidos por distintas partes del mundo, jugando al póker en una mesa llena de personajes adinerados. Wong, sin embargo, se había mostrado reticente a cederle aquel local, pues suponía un gran porcentaje en sus ingresos, y tenía ciertos años de antigüedad que le aseguraban muchos más en el futuro gracias a clientes fieles y la reputación que se había granjeado en todo ese tiempo. Por ello, Melquiades tuvo que ir un paso más allá y obligarlo, con ayuda de sus poderes, a poner aquella posesión a su nombre y traspasarle las escrituras, las cuales ahora se encontraban a buen recaudo en la lujosa casa que había adquirido recientemente gracias a un procedimiento ligeramente parecido a ese.

Antes de abrir el local de nuevo a la clientela, quería comprobar que todo estaba en orden y a su gusto. Por ello, aquella noche se dirigió al establecimiento, que permanecería cerrado al menos durante unas horas y, como mucho, un par de días. Debía contratar personal que se encargara de llevar el negocio, puesto que él tenía pensado dedicarse únicamente a cobrar su parte de los beneficios sin mover un solo dedo en el proceso. Cuando llegó allí, se encontró con un gato negro que custodiaba la entrada al lugar. Lejos de espantarlo para apartarlo de su camino, lo cogió en brazos y a partir de ese momento se convertiría en algo parecido a un «familiar» para él.
Te voy a llamar Onofre —le dijo al felino mientras le rascaba la cabeza con la mano en la que llevaba el manojo de llaves del fumadero.
Abrió la puerta y enseguida el animal se zafó de él y saltó hacia el suelo, deambulando por el lugar como si lo conociera en profundidad. Era un sitio amplio, bien cuidado y bastante moderno. Por suerte, no tendría que hacerle apenas cambios. Cerró la puerta al entrar y se guardó las llaves en el bolsillo de unos pantalones de seda brillante y roja, nada discretos. Con ayuda de un hechizo que realizó mentalmente, encendió todas y cada una de las velas que había allí. Incluso ardió la leña que había en una chimenea al fondo de la sala principal, rodeada de sofás y butacas de color gris oscuro y granate. Caminó por el local, curioseando, observando cada esquina, cada vaso de la barra, cada vela que él mismo había prendido... Y se fue directo a la trastienda, donde debía estar el material de consumo. Pero allí no había nada. Wong y sus hombres habían dejado todo limpio antes de marcharse para siempre.


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Mensaje por Vito d'Auxerre el Miér Jul 01, 2020 4:22 pm


Eran pocas las veces que Vito tomaba la decisión de personarse para atender sus negocios. Si estos eran de una importancia alta normalmente delegaba en personas de confianza preferiblemente pertenecientes a la familia. Si estos carecían de importancia, mandaba a sicarios o cualquier otro tipo de individuo que le profesase adoración como si de un divino se tratase. A él, o al dinero que le pagaba, que era excesivo en comparación a la magnitud de las tareas requeridas. Trabajar para Vito d'Auxerre suponía por norma general una serie de incontables ventajas por el modesto precio de lealtad y disponibilidad absoluta... y las posibles consecuencias ante una traición o algo de índole similar. Las consecuencias, también por norma general, no eran necesario ser mentadas en momento alguno: el listo las intuía, el tonto las vivía en sus propias carnes. Fuera como fuere y dada su estadía en París (por el momento indefinida), contra todo pronóstico anterior aquella vez eran sus propios pies los que se dirigían hacia el fumadero de opio parisino, al cual la familia llevaba abasteciendo años. Muchos años.

El detonante había sido una misiva que le había sido enviada con fecha de aquella misma mañana, aunque por supuesto él la había leído después de que cayese la noche. Los caracteres plasmados sobre el impoluto papel carecían de la pulcritud que solía presentar la escritura de Wong habitualmente, y estos mostraban sus más profundas disculpas ante la necesidad de cancelar la cita que ambos habían programado la semana siguiente. Al parecer a Wong le urgía abandonar París... casualmente, justo cuando el cargamento de adormidera adulterada que le había sido enviado recientemente estaba todavía sin pagar. No descartaba que Wong se hubiese esfumado con el dinero, lo cual no le gustaría en absoluto. Pero gustaría muchísimo menos a sus superiores.

Caminaba con el bastón bajo el brazo, a paso ligero. Si Wong todavía no se había marchado, ambos tendrían unas palabras. Perfectamente aquel asunto podría ser tratado por Mirage, pero dado que él se encontraba en la ciudad, no estaba de más el recordarle al chino personalmente que sus misivas debían reducirse de forma única y exclusiva a indicar dónde y cuándo se debían recoger los pagos y cargamentos. Por supuesto el hecho de haberse debido apresurar era algo que no le agradaba, así que tampoco descartaba el que Wong sufriese esa noche un accidente. En ocasiones, tenían lugar ese tipo de cosas. Que se tuviese que ensuciar las manos personalmente era algo que le agradaba todavía menos, mas aquel negocio lo requería de vez en cuando. El flujo de opio a lo largo y ancho del mundo no era algo a lo que pudiese dedicarse cualquiera, e incluso los d'Auxerre no eran más que un nudo de los muchos que conformaban el gran tapiz que era la red de tráfico.

Los pasos del antiguo no se dirigieron a la puerta principal del establecimiento, sino que rodearon la calle para dirigirse a la entrada trasera, aquella que daba a los almacenes y a toda aquella parte a la que los clientes no solían acceder. Su nariz se arrugó al sentir el familiar olor de la carnicería que se encontraba al lado de la discreta puerta que a él le interesaba, esta se encontraba cerrada, pero aun así el hedor de la carne en proceso de descomposición era evidente en el ambiente. No era aquel un mal lugar: si ocurrían accidentes, desde luego no los delataría el olor. El traje impoluto que el vampiro vestía parecía ir en disonancia con el resto del estrecho callejón y las ratas que lo cruzaban de un lado a otro, pero los celestes ojos de la criatura que se encontraba ahora junto a la puerta ni se inmutaron. El bastón golpeó con insistencia la madera armada de la puerta. Cuando Vito dejó que la empuñadura labrada en oro se separase de ella, había en estas un par de astillas que quitó con la mano. Desde el interior, le respondió el maullido de un gato.



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Mensaje por Melquiades de Oria el Sáb Jul 04, 2020 1:01 pm


A pesar de que Melquiades no se había quedado a comprobar lo mal que Wong se había tomado el hecho de perder uno de sus negocios más queridos y fructíferos, este sentimiento quedaba patente ahora ante sus ojos, ya que el magnate asiático había ordenado personamente a sus hombres que dejaran el local totalmente vacío, todo perfectamente preparado para la llegada de lo que ellos consideraban un intruso. Y es que al final es lo que era: un gusano que se había metido a vivir en una manzana hasta que esta se pudriera por fuera y no solo por dentro. Era su modus operandi habitual. Llegaba a un sitio, se hacía con una casa y con, mínimo, un negocio y hacía su vida allí durante los meses en los que estuviera en el aquelarre de turno. No obstante, cada vez que cambiaba de paradero, iba un paso más allá. Su avaricia, avivada por Gob, como si fueran las llamas de un fuego que todo lo devoraba, le obligaba a querer más y más. Por ello, esta vez no se había conformado con ser un miembro más del aquelarre, él quería ser el líder, y es por eso que mató al jefe anterior y adoptó, de cara a los demás, su aspecto. Del mismo modo, no se contentó con hacerse con un pequeño negocio de barrio, como ya había hecho en otras ocasiones en las que había tenido toda clase de comercios. Esta vez fue un poco más lejos. Su ambición lo llevó a hacerse con uno de los negocios más famosos y rentables que había en la ciudad. Porque aunque la sociedad parisina se cuidase mucho de parecer perfecta y de fingir tener valores morales inquebrantables, la realidad, oculta bajo capas y capas de apariencia —tal y como él hacía con su magia, al fin y al cabo—, era que todos y cada uno de los habitantes de esa maldita ciudad tenía oscuros secretos y placeres ocultos y uno de los sitios en los que iban a satisfacerlos era aquel. Casi parecía que aquel lugar lo hubiese encontrado a él y no al revés, pues le iba como anillo al dedo, era totalmente acorde a su persona y a la falta de escrúpulos que tenía.

Todavía se encontraba curioseando por cada rincón cuando oyó a su recién bautizado Onofre maullar frente a una puerta en la que todavía no había reparado. Siguió el sonido del felino hasta dar con él y lo cogió, llevándoselo a la altura del pecho. Le rascó la cabeza cariñosamente y le dijo:
¿Qué te pasa? ¿Qué has oído?
Hablaba de la forma más amable que hablaría nunca, porque ese tono no lo empleaba con nadie más que no fuera aquel animal. En ese momento, la madera de la puerta volvió a vibrar por los golpes que provenían del exterior. Supuso entonces que aquella era la entrada para la mercancía y el personal del local —personal que, por cierto, tendría que preocuparse de contratar—. Sin pensárselo mucho, dejó al gato en el suelo, que esta vez no se fue y permaneció a su lado, quieto y expectante —igual que él—, y abrió la puerta.

No sabía qué esperar, pero desde luego no era aquello.
¿Le puedo ayudar en algo, caballero?
Con solo mirarlo, ya sabía lo que era, pero lejos de asustarse, un brillo de la más pura diversión asomó en sus ojos castaños.


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Mensaje por Vito d'Auxerre el Miér Jul 15, 2020 1:14 pm


Si algo supo Vito de forma inmediata fue que la persona que había al otro lado de la puerta no era Wong. La voz del hechicero se filtró sin esfuerzo alguno para sus sensibles oídos a través de la madera armada que los separaba, y los ojos del inmortal se entrecerraron como única variación de la expresión neutra que estaba dibujada en su pálida faz. Con las piernas separadas y el bastón apoyado entre ambas dos, Vito contempló como la puerta se abría delante de sí para permitirle ver a un hombre cuyo rostro no había visto con anterioridad. No era algo que le sorprendiera dadas sus escasas visitas presenciales a París. Su figura quedaba a contraluz en aquellos momentos dada la iluminación del callejón que se extendía a sus espaldas el cual; si bien no estaba propiamente iluminado, sí que absorbía la luz de las farolas de la calle perpendicular limítrofe. Levantó el bastón de nuevo, haciéndose paso con él para entrar al interior del local.

De hecho sí. — Mencionó mientras pasaba por su lado, desprendiéndose del sombrero de copa que adornaba su cabeza al pasar a su interior. Se notaba este recio y de excelente calidad, al igual que el resto de sus vestimentas. Vito; en cambio, se desprendió de él sin mucha delicadeza, dejándolo sobre la primera superficie que encontró, la cual estaba cubierta de polvo. Se notaba con claridad que aquella mesa había albergado hacía no mucho algo sobre ella, ya que había dibujados sobre el polvo nítidos bordes limpios. Observó, de un primer golpe de vista, que no había allí ni un ínfimo porcentaje de las cosas que debieran haber. También observó que no había rastro alguno de adormidera o de la típica resina posterior, a pesar de que el ambiente sí presentaba claros indicios de que había estado allí hacía poco. Inhaló, e inmediatamente supo que la resina debía de haber sido sacada del lugar como mucho veinticuatro horas atrás: y eso siendo generosos.

Vito giró sobre sus propios talones, contemplando al desconocido que se encontraba en el umbral de la puerta. Sus ojos, lejos de brillar, se mantenían completamente neutros. Era prácticamente imposible intuir si estaba complacido o disgustado. El bastón volvió apoyarse en el suelo, en una pose idéntica a aquella en la que había esperado al otro lado de la puerta.

Y, ¿dónde está Wong? — A aquellas alturas, le parecía extraño que la parte del local que se extendía al otro lado de los almacenes no bullese con el característico sonido que emitían los clientes. Había, de hecho, un gran número de cosas que le parecían extrañas, pero la noche acababa de caer y no había en él prisa alguna; así pues, antes de sacar conclusiones precipitadas, decidió que fuese su nuevo interlocutor el que le fuese facilitando las respuestas. — Qué descortés, por mi parte, el no haberme presentado. Soy Vito d'Auxerre, he de suponer que mi apellido le es familiar. — Obviamente, debía de serlo si era aquel hombre un empleado de los chinos; aunque por algún motivo — sin haber todavía leído sus pensamientos —, a Vito le pareció que aquella persona no era empleado. Se lo decían sus vestimentas, extravagantes y caras, y se lo decía el ángulo con el que alzaba la barbilla, un ángulo que estaba muy lejos de asimilarse a aquel que debía mostrar cualquier subordinado que se precisase.

El gato bufó, y el vampiro lo miró con una ceja enarcada. — He leído en numerosas historias que los gatos y los dragones son los únicos animales capaces de detectar lo indetectable. Aunque, claro está, los dragones no existen. — Su mirada dejó de dedicarle atención al animal, volviéndose al desconocido. Su ceja continuó enarcada.



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Mensaje por Melquiades de Oria el Dom Jul 26, 2020 1:08 pm


La elegancia del hombre que había aparecido detrás de aquella puerta maltrecha de madera era algo que acaparaba toda su atención en esos momentos, incluso por encima del hecho de que claramente se tratase de un vampiro y no de un hombre corriente. Siguió con los ojos su trayectoria según se adentraba en su recién adquirido fumadero de opio y se despojaba del sombrero que llevaba. Melquiades cerró la puerta a su paso y se aproximó a él, de alguna forma, escoltándolo desde una distancia más que prudente. Todavía no sabía quién era ni qué hacía allí, pero la visita de un vampiro, aunque en parte para él sí lo pudiera parecer, no solía ser algo agradable. Tampoco es que mejorara su situación dotando la estancia de tanta intimidad, exponiéndose ante él, quedando, en cierto modo, acorralado si las cosas se ponían feas.

El recién llegado se giró hacia él y le devolvió la mirada sin ningún tipo de titubeo o temor en ella. Melquiades estaba por encima de todos esos sentimientos —y de cualquiera, en realidad—. Únicamente se desvió un segundo para posarse sobre su bastón, pero enseguida volvió a centrarse en sus ojos, impasibles y fríos, sensación causada mucho más que por el hecho de que estos fueran azules.
¿Wong? —preguntó innecesariamente el brujo—. Ni idea… Tampoco es que me importe —añadió encogiéndose ligeramente de hombros; su mirada, aunque brillante, también se mantenía inexpresiva respecto a sus palabras—. La última vez que lo vi parecía que tenía intención de partirme la cara —continuó soltando una pequeña carcajada al final—. Pero no llegó a ocurrir nada. Entiendo el disgusto, no obstante. No todos los días se pierde un negocio tan… —Intentó buscar la palabra más adecuada para definirlo—. Rentable. Además de que el local, a su modo, es precioso. A mí también me causaría una gran molestia deshacerme de un sitio como este.
Era una forma sutil de referirse a lo tremendamente irascible que se volvería si le sucediese algo así. Pero él no era tan necio. Le gustaba jugar, sí, pero siempre y cuando supiese que iba a ganar; o que si perdía, fuera porque él mismo lo había decidido.

Se acercó un poco más a su interlocutor y le tendió la mano derecha.
Yo soy Melquiades Eliseo de Oria y Álvarez. —Por el tono en el que lo dijo, estaba claro que le encantaba pronunciar su nombre completo y, sin embargo, no era algo que soliera hacer, ya que acostumbraba a darle nombres falsos a la gente, pero si iba a ser dueño de un negocio tan importante, era también imprescindible dar cuenta de la relevancia de su nombre. Un nombre rimbombante y, en cierta forma, sonoro entre las gentes de alta alcurnia—. Un placer. Aunque siento comunicarle que, por desgracia, no me suena de nada su apellido, espero que no le ofenda —agregó sonriendo de lado. Seguidamente, señaló al gato—. Ah, y este es Onofre. Onofre, no le bufes a este buen señor, seguro que sus intenciones distan mucho de ser malvadas —dijo mirando a su nuevo amigo felino. Obviamente, él mismo no se creía sus palabras, pero era una forma —inútil o no— de crear un ambiente más distendido entre ellos. Sin embargo, quizá, lo que conseguiría sería todo lo contrario: aumentar la tensión que poco a poco comenzaba a generarse en el aire. Volvió su mirada hacia Vito—. Le ofrecería algo de beber, pero lo cierto es que aún no he comprobado si también me han dejado sin alcohol estos chinos del demonio. Aunque siempre hay otras opciones... —dejó caer de forma poco sutil refiriéndose a lo evidente que era la naturaleza de su acompañante—. Pero bueno, dígame: ¿qué quiere de mí?
Todavía no le había quedado muy claro qué hacía el vampiro allí ni si sus pretensiones eran de todo menos buenas; pero una cosa sí comprendía: Vito era alguien importante; y daba la sensación de que Wong —el maldito Wong—, más allá de haberle dejado el local vacío, le había metido en algún lío.


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Mensaje por Vito d'Auxerre el Dom Ago 09, 2020 9:49 am


La insolencia de aquel humano parecía ser tan vasta como el mismísimo universo. Mostraban esto sus palabras, mas la evidencia completa la presentaba aquella aura tranquila y la quietud de unos pensamientos que en el caso de cualquier ser sensato deberían bullir, como poco, con la incertidumbre. Los aires de grandeza eran algo que podía encontrar útil ocasionalmente; mas no obstante, por norma general estos limitaban bastante su generosa paciencia. Muestra fue de ello el hecho de que Vito no correspondiese a aquella carcajada, la cual le provocó el tomar una visible bocanada de aire y el mantenerlo en los pulmones, al tiempo que ladeaba el cuello con aires interrogantes.

«Se pierde». — Repitió las palabras de su interlocutor prácticamente después de que este las pronunciase, y es que era aquella la parte clave que comenzaba a despejar las incógnitas que le habían ido surgiendo hasta que había llegado allí... y que tras pasar el umbral de la puerta únicamente se habían incrementado. Sus pensamientos, cual tentáculos invisibles, tantearon como de costumbre la superficie de la mente de aquel tipo, en un acto tan habitual que ya formaba parte de su modo de comunicación. Usualmente —de hecho con más frecuencia que le gustaría— los seres enigmáticos como aquel podían mostrar una mente hermética e inviolable, pero Vito no encontró resistencia para leer que él no era él único en aquella habitación que gustaba del juego cuidado y medido; y es que si bien esperaba encontrar multitud de hilos de intención en aquel hombre, uno que le pilló por sorpresa fue la cautela.

Su rostro se relajó visiblemente al tiempo que el aire que había tomado con anterioridad se escapaba de sus labios entreabiertos, contemplando aquella mano que acababa de tenderse ante sí. Su vista ascendió de nuevo a los ojos del tal Melquiades Eliseo de Oria y Álvarez, y una sonrisa se comenzó a extender en las comisuras de aquellos labios que hasta el momento no se habían curvado lo más mínimo. El aire precedente a una carcajada hizo que se meciesen sus hombros, y el brillo que adquirió su mirada bien podría ser difícil de descifrar... aunque este tenía un mensaje bastante claro, uno que posiblemente únicamente entendiera él mismo: Vito d'Auxerre no estrechaba la mano con mortales. Y es que llegados a ese punto, el señor de Oria y Álvarez parecía no haber comprendido que aquel no era el saludo correcto, al igual que él no era la persona correcta.

No me ofendo, con alta probabilidad lo sabrá bien cuando finalice nuestro encuentro. No se debe subestimar el conocimiento adquirido. — Desde luego la cautela que mostraba su pensamiento no iba en fase con las palabras que pronunciaba, por descontado. Vito supuso que con alta probabilidad era esto algo habitual en él: conocía la táctica, y de hecho era probable que hubiese funcionado con Wong... pero él no era Wong. Podía seguir aquel juego con las mismas reglas, solo que sin arriesgar pérdidas tales como un local del calibre de aquel que estaban pisando ambos. No desperdició su tiempo en mirar al gato: los felinos eran de su agrado en un contexto determinado y desde luego no era aquel.

Señor de Oria y Álvarez, estoy seguro de que de una u otra forma va a conseguir algo de mi agrado para beber. Se lo agradecería con sumo gusto, de hecho. No me gusta que se me seque la boca al hablar y al parecer voy a tener que ser extenso en mis explicaciones. — Apoyó el bastón, sobre la misma superficie sobre la cual había dejado el sombrero. A continuación, procedió a desabrochar los botones de la chaqueta que cubría su atuendo como prenda de abrigo: dada la estación esta era de una lana entretejida con otros tejidos, fina. — Pero antes va usted a explicarme eso de «no todos los días se pierde un negocio tan rentable». Y me lo va a explicar con detalles. Créame, tengo todo el tiempo del mundo. — Puso la chaqueta delante de él, sin darle la opción a no tomarla. De por seguro Melquiades encontraría el sitio perfecto para colgarla y que esta no se llenase de polvo.

Pongámonos cómodos. — Vito le dio la espalda, saliendo de la trastienda con las claras intenciones de sentarse en la sala principal del local, o en uno de los reservados. Desde luego poco le importaba una cosa o la otra.



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Mensaje por Melquiades de Oria el Dom Ago 23, 2020 8:41 pm


Podría haber ocultado sus pensamientos con un hechizo, sí, pero lo cierto es que era algo que no solía hacer. Su modo de obrar era más similar a no pensar nunca en lo que no debía, a ocultar de forma natural y experta sus verdaderas y oscuras intenciones. Tampoco es que acostumbrara a rodearse de criaturas que se podían adentrar en su mente, pero, como estaba haciendo en ese momento, solamente dejaba que asomara lo que a él le interesaba, siendo esto normalmente de escasa relevancia para él, aunque, no obstante, podía no ser así para su interlocutor. Quería ver hasta dónde lo llevaba aquella pequeña traza de pensamiento, aparentemente inconexo con todo lo que era el resto de su vida. Hasta qué punto Wong era una pieza clave en ese puzzle; el peón que marcaba el inicio de la partida sobre un tablero de madera cuya cuadrícula blanquinegra se extendía ante él de manera impoluta, igual que Vito se había desprendido de su chaqueta.

Melquiades la sujetó entre sus manos más divertido que molesto y acompañó al señor d’Auxerre —seguido de Onofre, por supuesto— a la sala de la que había venido él antes de recibirlo, la cual seguía completamente iluminada. Sin embargo, no se quedó en la zona de las mesas, sino que fue un poco más allá, a una especie de ropero que había cerca de la puerta del local y el cual tenía algunos percheros de pie de madera puestos en fila. Colgó la prenda de abrigo de Vito en uno de ellos y seguidamente fue al área de la barra mientras él decidía dónde quería sentarse.
Ay, antes de nada, permítame decirle que me encanta cómo suena mi nombre en sus labios —expresó de forma descarada, aunque no se sabía muy bien si lo hacía irónicamente o no.
Según hablaba, parecía estar buscando algo con la mirada. A continuación, se agachó detrás del mostrador.
Y respecto a lo otro… Bueno, si conoce a Wong, debe de saber que es muy dado al juego —continuó.
El tintineo de los vasos, provocado por los movimientos de sus manos, era lo único que podía escucharse aparte de su voz y, de vez en cuando, el crepitar de la leña. A pesar de que los separaba la estructura de la barra, Melquiades no había elevado el tono de voz, pues bien sabía que a quien dirigía sus palabras podía oírlo de sobra. Por lo pronto, no era capaz de encontrar lo que necesitaba, así que se levantó y comenzó a abrir unos armarios que estaban detrás de él, dándole la espalda a la sala y, por ende, a Vito.
En especial, goza enormemente jugando al póker y cuanto más arriesga alguien, más emoción le supone, ya sabe… Ah, ¡aquí está! —exclamó un poco más bajo, como para sí mismo, interrumpiendo brevemente lo que estaba diciendo.
Flexionó las rodillas y se agachó para sacar una botella ligeramente polvorienta del último mueble que había examinado. La sostuvo con la mano izquierda mientras que con la derecha le quitaba un poco la suciedad que había quedado en su superficie tras soplarla. Parecía que era el último recipiente con alcohol que quedaba allí. Lo abrió y se lo llevó a la nariz para comprobar el estado del contenido. Entrecerró ligeramente los ojos, pero no fue por desagrado, sino por lo fuerte que olía. No le quedaba muy claro qué tipo de bebida era y la opacidad de la botella no ayudaba, pero allí no había otra cosa, así que tendrían que contentarse con eso. Se giró hacia él y puso el frasco en la barra.
Lo importante es saber cuándo parar y este hombre no peca precisamente de prudencia. ¿Es necesario que le explique exactamente lo que sucedió o con las pinceladas que le he dado le basta? —preguntó a la vez que cogía un par de vasos, asía de nuevo la botella y se dirigía hacia el lugar que había decidido ocupar Vito—. Ah, no hace falta que conteste. Estoy generoso: se lo contaré —agregó una vez que se hubo sentado y puso la bebida y los vasos en la mesa, entre ambos.
Procedió en ese momento a servir el contenido de la botella, primero a Vito y luego a él; y después, empezó a explicarle cómo en una partida de póker a la que habían asistido únicamente magnates —y él, que dentro de su narración era uno más entre ellos—, había terminado por ganarle a Wong aquel elegante local que ambos tenían el placer de contemplar ahora. Eso sí, omitió un par de detalles tontos, tanto en su relato como en su mente, como que había hecho trampas para llevarse esa mano justo antes de retirarse de la mesa; o que, tras haber ganado una nueva propiedad, el anterior dueño no quería cedérsela por las buenas y tuvo que terminar haciendo uso de sus malignos poderes para conseguirlo.
Eso sí, sigue sin quedarme claro cuál es su papel en todo esto. ¿Va a decirme de una vez qué hace aquí? —preguntó cuando finalizó su relato, vaciando el vaso de alcohol en el interior de su boca, y es que en todo ese rato que había estado hablando había estado también bebiendo de manera incesante.
Había logrado identificar aquel brebaje como baijiu, un licor chino que había tenido ocasión de probar en sus anteriores viajes al país asiático. No era de sus bebidas preferidas, pero entre eso y nada…
Mire, voy a ser franco: si Wong le debía dinero, vaya a pedírselo a él. En este sitio no va a conseguir nada —le espetó seriamente.
Puso el vaso en la mesa con un golpe más seco de lo que pretendía. Dejó la mano sobre él, jugueteando con el borde mientras que su mirada permanecía clavada en la del vampiro. Desde luego, no tenía pensado dejarse amedrentar por su presencia, pero quizá aquello había sido un alarde excesivo de confianza.


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No sé qué quiero de ti | Vito d'Auxerre Empty Re: No sé qué quiero de ti | Vito d'Auxerre

Mensaje por Vito d'Auxerre el Dom Ago 30, 2020 4:31 pm


Cuando ambos llegaron a la principal de las habitaciones del establecimiento, Vito tomó asiento en una de las mesas centrales, dejando que su pragmática mirada se pasease por entre las paredes y los asientos, las lámparas y las vastas alfombras que cubrían los suelos. El local había sufrido cambios desde su anterior visita, pero no era esto de extrañar teniendo en cuenta que desde aquel entonces había pasado prácticamente un lustro. Todo negocio relacionado con el opio se había convertido en algo sumamente rentable en Europa hacía no tanto tiempo, por lo que en su mayoría seguían controlados por empresarios —por llamarlos de alguna forma— procedentes de China. Anteriormente habían sido los mismos chinos los que habían transportado la adormidera seca o la propia pasta alquímica que era el opio antes de ser quemado desde su país natal, pero tampoco les había costado mucho tiempo el descubrir que las inversiones para su transporte eran demasiado altas en comparación a los beneficios. Menos les había costado todavía cuando los d'Auxerre habían propuesto un generoso contrato que implicaba el cultivo del opio en la propia Francia sin dejar a los chinos fuera del negocio. Al igual que pasaba con su propia familia, también había entre los hombres de negocios orientales —aunque llamarlos camorristas sería quizás más apropiado— hombres, por no decir seres, a los que simplemente uno no podía apartar sin esperar represalias.

Vito supuso que alguien que se dedicaba a halagar la pronunciación que emitía su lengua quizás no había llegado a profundizar lo suficiente en su existencia como para llegar a comprender que toda acción tenía consecuencias. Algo; de hecho, típico en mortales, donde las consecuencias venían en ciertas ocasiones demasiado tarde, cuando el afectado ya llevaba varios años criando malvas. No estaba esto relacionado a que los fuese a subestimar. El hombre que tenía ante sí no le parecía idiota en ningún sentido. El vampiro viró sus ojos hacia la barra, uniendo las puntas de los dedos de la mano zurda con la diestra. Esperó pacientemente a que el cuerpo de Melquiades volviera a aparecer tras la barra para hablar.

Me temo señor de Oria y Álvarez, — se deleitó en la pronunciación del apellido, a posta — que mi relación con Wong se limitaba al ámbito profesional. — Se mantuvo estático, permitiéndose el que sus ojos contemplasen la evidencia que tenía ante sí referente a que su interlocutor no tenía ni siquiera las capacidades para servir una copa, lo que venía implicando que había una alta probabilidad de que aquella fuese la primera vez que lo hacía en ese local. Cada vez le resultaban más obvios los acontecimientos, así como la carta que había recibido de parte de Wong aquella misma tarde, tras la caída del ocaso. Sus dedos se crisparon de forma imperceptible, empujándose los unos contra los otros. Quizás de haber estado vivo la presión que estos ejercían hubiese quedado en evidencia formando áreas blancas alrededor de sus uñas, pero Vito carecía de la circulación sanguínea provocadora de tal fenómeno.

Sus codos continuaron apoyados sobre la mesa al tiempo que se limitaba a escuchar la surrealista historia de que Wong había perdido el fumadero en una partida de póker. Una de sus cejas se había ido enarcando de forma paulatina, hasta alcanzar su cenit, otorgándole un aspecto incrédulo que dejaba claro que no creía ni media palabra. Vito podía llegar a creer que un hombre pudiese apostar a su propia familia en una partida de cartas, por supuesto. De hecho, lo había visto. Lo que no creía era que Wong fuese lo suficientemente insensato como para ceder un negocio que, a pesar de que sobre el papel era suyo, pertenecía realmente a un grupo de individuos a los que convenía no hacer perder el tiempo. Un grupo de individuos como él mismo. Vito continuó escuchando tales explicaciones con la firme idea de que si él hubiese sido el inversor del fumadero, el humano ya no tendría la cabeza sobre los hombros, y a Wong probablemente le faltaría una mano por aquellas alturas. Por suerte para Melquiades, su rol ante tal asunto no era más que el de proveedor de adormidera.

Sus ojos descendieron hacia el vaso que se le había servido, ante el cual sintió el mismo interés que le inspiraban los ácaros que caromían las alfombras que pisaba: ninguno.

Mire que por una vez en toda la noche, ha salido de su boca algo sensato. Este sitio me debe dinero, y puesto que a todas las luces está el que ahora es suyo como fruto de tan inverosímil cuento, ahora me lo debe usted. — Su mirada indiferente no mostró signos de ofenderse ante tal insolencia, lo que no tenía nada que ver con lo que realmente pasaba por sus pensamientos. Separó la solapa del chaleco que cubría su pecho, sacando entre los dedos índice y pulgar un papel doblado en cuatro partes del bolsillo interno de la prenda. — Esto es el albarán del cargamento de adormidera que se entregó recientemente y que no ha sido todavía pagado. Resulta que ese dinero se me debe a mi. Usted va a pagarme esta cifra mas los intereses adicionales. Es así de simple. Posteriormente lo anotará en su libro de cuentas y rezará a cual sea el dios en el que crea porque Wong vuelva próximamente y solucionen el malentendido. Uno que personalmente, ni me viene, ni me va. — Vito no desdobló el papel, aunque sí se lo tendió al hechicero, dejando que su cuerpo se reclinase parcialmente sobre la mesa — Alguien tan inteligente a la hora de jugar al póker sabrá lo que ocurre cuando no se paga una deuda, ¿no es así?



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Mensaje por Melquiades de Oria el Jue Sep 10, 2020 1:36 pm


El hechicero extendió la mano —su gran mano— para coger el papel que Vito le ofrecía. Lo desdobló y lo leyó, pero en su rostro no podía averiguarse lo que pensó al hacerlo. Eran grandes cantidades, tanto de adormidera como de dinero, desde luego. Y nada de aquello se hallaba ahí: ni lo uno ni lo otro. «Maldito Wong», pensó una vez más. Si Melquiades hubiese sabido que aquel hombre se la iba a liar tantísimo, desde luego no lo habría escogido como víctima de sus artimañas. El fin de hacer las cosas así, con atajos mágicos, no era precisamente darle más trabajo, sino quitárselo. Aquel asunto le estaba dando más dolores de cabeza de los que estaba dispuesto a aguantar, y eso que solamente acababa de empezar.
Así que todo esto es lo que falta… —murmuró y seguidamente elevó la mirada hacia el vampiro—. Aprovecho para decirle que este señor no dejó ni el dinero ni la mercancía en cuestión.
Su voz no tembló. Toda aquella calma no era meramente apariencia: Melquiades estaba tranquilo de verdad. A lo largo de su vida se había enfrentado a multitud de situaciones igual de tensas o más que aquella y siempre, de una forma u otra, había logrado salir airoso de ellas. ¿Por qué esa vez tenía que ser diferente?

Tenía dos alternativas: volver a negarse ante la amenaza de Vito —porque a pesar de la impasibilidad que envolvía la pronunciación de aquellas frases era claramente una amenaza— o ceder ante sus palabras, conseguir el dinero y después, ajustar cuentas con Wong y sus hombres. Efectivamente, Melquiades no era idiota y prefería decantarse por la segunda opción en esta ocasión con el fin de conservar el pellejo. No tenía problemas económicos para conseguir aquella cantidad de francos, precisamente. Además, sabía cómo dar con la gente y en el peor de los casos, conocía a individuos que lo podían hacer por él de una forma impecable, como si lo hubiera hecho él mismo. Este último era el caso de Jean Didier Montpellier, un hombre que gozaba también de la misma condición mágica que él y que era excelente hallando todo aquello que uno necesitase, personas incluidas. Ya se lo había demostrado a Melquiades diez años atrás más de una vez. Además, quería acudir a él también para arreglar el papeleo concerniente al local. Quería asegurarse de que las escrituras eran válidas y que el chino no le había dado gato por liebre. Hablando de gatos… ¿dónde demonios se había metido su recién bautizado Onofre? Habría sido estupendo que bufara a Vito ahora y no antes, pero bueno, era sabido por todo el mundo que esos animales hacían siempre lo que les daba la gana. Melquiades no se molestó ni en buscarlo con la mirada.

Por supuesto que sé lo que ocurre —le respondió—. También sé que no me gustan las amenazas y que me va a hacer un descuento —soltó al mismo tiempo que volvía a plegar la hoja y la dejaba encima de la mesa— porque quiero que mi almacén esté lleno. Si no, ¿qué sentido tiene este negocio? —preguntó abriendo los brazos para señalar todo lo que había alrededor—. Presiento que usted y yo vamos a acabar llevándonos bien, aunque ahora mismo parezca lo contrario —añadió señalándolo con el índice de la mano derecha—. Sí, sí, lo presiento…
Aquello último lo dijo esbozando una pequeña sonrisa, no se sabía muy bien con qué intención, pero desde luego no era amabilidad. Cogió el vaso para servirse un poco más de baijiu y seguidamente se lo llevó a la boca, haciendo una mueca de asco al instante.
Mejor voy a dejar de beber esta bazofia. Sabe a matarratas —dijo sacando la lengua—. Usted ni siquiera ha probado el suyo. No me extraña… —Se rio antes de agregar—: ¿Puedo ofrecerle otra cosa en su lugar? Alcohol no me queda.


Última edición por Melquiades de Oria el Lun Oct 12, 2020 5:36 pm, editado 1 vez


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Mensaje por Vito d'Auxerre el Vie Sep 25, 2020 4:59 pm


Pudiérase decir que una de las grandes virtudes del inmortal era su paciencia. Los siglos habían entrenado dicha cualidad como si fuese un músculo sometido a trabajos de fuerza a diario, convirtiéndola en una férrea herramienta que gozaba de la enorme ventaja de tener a su disposición parte de la eternidad... por no decir toda la eternidad. Pero por enorme que fuese su paciencia, que alguien se atreviese a tomarlo por estúpido no era un acto que ocurriese dos veces en aquel vasto océano que era el tiempo, guía incuestionable del paso de los días y; con ello, de la realidad que los rodeaba. Cuando alguien lo tomaba por estúpido, generalmente su paciencia se agotaba de forma inmediata, como si jamás hubiese estado ahí. Aquella ceja que se había alzado se alzó todavía más como toda respuesta a la réplica que el hechicero le ofreció, desafiando el ángulo cúspide de su propio ceño. Naturalmente, el que Wong hubiera o no dejado el dinero o la materia prima era algo intranscendente en el negocio que los atañía.

El semblante del vampiro se mantuvo tan estático que casi pareció que hubiese sido congelado en el tiempo. Sus manos, que se habían visto reposadas sobre la mesa una vez Melquiades hubo cogido el albarán, no mostraron signos de la irritación que ya no solo las palabras sino también los gestos del hechicero le provocaron. El respeto era algo básico entre hombres, mas entre individuos como ellos dos debiera de ser todavía mayor, pues era de su conocimiento que su aura no había pasado desapercibida. Era este un detalle el cual agradecía, a decir verdad, pues de tal manera no había razón para comedirse. Así pues, no se comidió.

La quietud que había mostrado su ser saltó como si hubiese sido una cuerda instrumental que había sido tensada en demasía, y la mesa que se interponía entre ambos volcó cuando sus propias manos la arrojaron hacia la derecha —junto con el intacto vaso de licor y el doblado albarán—. Haciendo alardes de una velocidad sobrehumana, el vampiro se puso en pie y agarró al brujo por la pechera, reclinando su silla hacia atrás, la cual hubiera caído de inmediato al suelo de no ser porque su otra mano la sujetó, provocando que tal rápido movimiento reflejase la iluminación de la estancia en los numerosos anillos que adornaban sus dedos.

¿Un descuento? Por supuesto. Descuénteme la alfombra. — Vito escupió aquellas palabras contra el rostro de Melquiades, el cual a tales alturas se encontraba a una distancia del propio que distaba mucho del distanciamiento social entre el cual solían conversar dos caballeros. Aunque, tampoco estaba entre tales hábitos el mantener a alguien en equilibrio sobre una silla, por supuesto. El fuerte olor del baijiu derramado sobre la alfombra llegó a sus fosas nasales como respuesta anticipada a sus palabras, enturbiando el aroma a sudor y a perfume tan característicos de la especie humana. — Su juego de póker se acabó ayer, Melquiades. Esto ya no es un juego, y como yo también creo que nos vamos a llevar bien, le voy a iluminar: Wong no era el dueño de este sitio. El dueño de este sitio es la camorra china, ante la cual le conviene tener a un intermediario como yo para que no le arranquen la cabeza de los hombros, ¿se me comprende? Váyase acostumbrando a las amenazas si quiere conservar este local, porque las amenazas son un regalo.

La silla fue reclinada de forma súbita antes de ser devuelta a su posición original, ante la cual Vito permaneció, en pie. El pañuelo que rodeaba su cuello se había desplazado ligeramente hacia derecha.

Vendré a por el dinero mañana. Si es capaz de reunirlo entonces quizás sea incluso mejor que Wong, quién sabe. — No consideró necesario el proferir otra amenaza, y es que no podría ser más partidario de sus propias palabras: las amenazas eran una segunda oportunidad de vida, y él estaba ofreciendo una. Si el señor Melquiades de Oria y Álvarez era lo suficientemente inteligente como para comprender el contexto que le envolvía, se aferraría a dicha oportunidad... o desaparecería. Ambas decisiones eran las de un hombre sensato. Su mirada cristalina podría haber destilado el mismo desprecio que dejaba entrever lo que decía, mas no era así. Esta parecía envuelta en una indiferencia perpetua y ajena a la mesa volcada junto a si, al tozo de papel doblado que había caído al suelo, milagrosamente lejos del líquido derramado. Al mismo tiempo, aquel pequeño resquicio de caos parecía ir en sintonía con tal mirada, cuyo halo delimitante los finitos sentidos mortales solo podían sentir como agujas en la nuca, pero el cual era evidente para cualquier otra criatura sobrenatural: especialmente para alguien tan sensible a él como lo era un hechicero. Las manos de Vito se situaron sobre el pañuelo torcido, recolocándolo con parsimonia al tiempo que su cuello se ladeaba para ajustar la tela. — Lamento el espectáculo, mas quien no entiende con palabras mejor comprende con hechos, ¿no está de acuerdo?. Antes de marchar me gustaría aceptar su oferta: seguro que se le ocurre alguna forma de satisfacer mis necesidades aun careciendo de alcohol, ¿o le estoy subestimando?



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Mensaje por Melquiades de Oria el Lun Oct 12, 2020 7:01 pm


Vito empujó la mesa apenas un segundo más tarde de que Melquiades colocara el vaso de nuevo en ella. Tanto ese como el resto de recipientes que había sobre su superficie salieron disparados junto con el mueble, llenando todo el suelo de cristales rotos y de un alcohol pestilente. La botella no parecía muy grande, pero esparcido sobre el suelo, aquel líquido transparente que parecía agua pero que distaba mucho de serlo resultaba ser infinito, llegando a todos los rincones de la sala. Esto era una exageración, por supuesto, pero sí que provocó que se formara un gran charco en el suelo. Un suelo que, por fortuna, era de mármol y no de madera, pues esta se habría podrido con tantos fluidos derramados sobre ella a lo largo de los años. Aquel negocio no atraía a clientela demasiado limpia y comedida. Ni siquiera el propio Melquiades lo era cuando se excedía en sus vicios y lo cierto era que le importaba un comino que el suelo se manchara. Lo que le enfadaba era que aquel hombre le destrozara todo sin venir a cuento. ¿No estaba siendo una conversación cordial entre dos caballeros? No, por supuesto que no y seguir fingiendo que lo era, como había estado haciendo hasta ese momento, había perdido todo el sentido del mundo.

El brujo no tenía ningún problema si llegaba a las manos en su trato con alguien, pero siempre primaba el uso de la palabra. Sin apenas poder llegar a pensar en las más adecuadas para esa situación, el vampiro se había echado sobre él —en un contexto que no le gustaba en absoluto— y lo había agarrado por una camisa que hasta ese momento había permanecido sin arrugas. El baijiu alcanzó la alfombra que se encontraba bajo los pies de ambos, bañándola de principio a fin, adhiriéndose a cada una de las fibras que la formaban, oscureciendo el tono rojizo de esta, tremendamente desgastado. Melquiades miró a Vito a los ojos mientras este le dirigía la palabra y permaneció en completo silencio hasta que lo soltó, algo poco usual en el hechicero, que normalmente hablaba por los codos. Una vez lo hubo liberado, se colocó la camisa, aplanando con la palma de la mano los pliegues que habían provocado el agarre de su interlocutor.
Señor d’Auxerre —comenzó a decir—, me deja completamente anonadado la información que me da.
¿De verdad? ¿No había sido capaz de intuir que algo no iba bien con Wong? Lo cierto era que no sabía que ese hombre pertenecía a la mafia china,... Simplemente lo sospechaba, y ahí estaba la confirmación de tal sospecha, más pronto de lo que le habría gustado. En su tono de voz seguía sin haber miedo. Su corazón se había acelerado sutilmente en el momento en el que Vito había inclinado su silla hacia atrás, pero enseguida había recuperado la calma. Obviamente entendía la gravedad de la situación y se tomaba completamente en serio sus palabras, pero Melquiades entendía que el respeto debía ser mutuo, que aquella relación debía ser más bien horizontal, y eso, para seres inmortales que se creían por encima del resto, era algo difícil de comprender. ¡Qué demonios, también lo era para él y ni siquiera tenía toda la eternidad por delante! Él mismo se sentía superior a los demás. Sin embargo, aquel no era el caso. Se puso en pie para que aquella igualdad que pretendía establecer entre ambos fuera más literal y caminó hacia él.
Como comprenderá, requeriré algo más de un día para reunir la cantidad que le debe Wong y la que necesito para que me dé lo que yo quiero —dijo una vez que lo tuvo a escasos centímetros, aunque en esa ocasión la excesiva proximidad entre ellos no se debía a una amenaza.

Melquiades podía haber hecho uso de su poder de dominación para zanjar aquello más rápidamente, pero precisamente de juegos de dominación iba todo aquello y si era un vampiro con el que tendría que volver a tratar, más le valía hacer las cosas limpiamente y no arriesgar —más— de forma innecesaria su pellejo. Quería conservar la vida lo máximo posible. Prueba de ello era su macabro trato con Gob, el demonio que le tenía comida la existencia a cambio de poder y de una salud estupenda —bueno, al menos eso era lo que él pensaba—, así que no iba a perderlo todo por unas sucias e insignificantes monedas. Ya se encargaría de encontrar a Wong y saldar las cuentas con él. O no. Tampoco se imaginaba esforzándose tanto con alguien que no le importaba nada, y menos si el trato con él podía conllevar su persecución por parte de la mafia.
A cambio, yo le puedo dar lo que usted quiere —añadió respecto a su frase anterior, haciendo una clara referencia a lo que ninguno de los dos había mencionado en voz alta, pero que a esas alturas del encuentro entre ambos era más que obvio.
Melquiades estaba poniendo su sangre a su entera disposición y para hacerlo más evidente, alzó un poco la barbilla, estirando con ese gesto la piel de su cuello, donde destacaba una gruesa nuez, que precisamente se movió en ese momento cuando tragó saliva.


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