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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Mensaje por Irene de Wittelsbach el Mar Ago 11, 2020 1:18 am



El dinero no nos proporciona amigos, sino enemigos de mejor calidad.

Noël Coward



París, Francia – Actualidad

La historia está llena de matrimonios de conveniencia que han salido mal, pero algunos de ellos han dado resultados más que positivos. Si no en la cama o en el corazón, sí sobre la mesa, sobre mapas y sobre océanos enteros. Un ejemplo de ello habría sido el casamiento entre Irene y su primo Otto, con quien no tenía especial afinidad, pero sí un futuro prometedor. Sin embargo, el destino —o ella misma, dirigiéndolo y moldeándolo con sus propias manos— no había querido que ambos terminaran juntos. Quizá por eso y no por las ambiciones de Heinrich, el hermano menor de Otto, el prometido de Irene perdió la vida inesperada y casualmente poco antes de que llegase el día en el que intercambiarían sus anillos. Con quien sí lo hizo en su lugar fue con Heinrich, aquel al que desde el día en el que lo conoció, Irene había considerado como el amor de su vida. Y, sin embargo, de ese mismo amor privaría a su hija Anneliese en pro de lograr una posición privilegiada frente a la corona francesa.

Unos años atrás, con el fin de enterrar el hacha de guerra después de décadas de rencillas con la Casa d’Orléans, los Neufville de Villeroy —la familia de Irene— habían prometido a su querida Prudence con un miembro de ese ilustre abolengo. Al mismo tiempo, se acordó un enlace entre el heredero del ducado d’Orléans y la primera hija de los duques de Baviera: Anneliese Isabella de Wittelsbach, que por aquel entonces no era más que una niña. Pero la niña, al igual que una oruga se transforma en mariposa, había dado paso a una mujer y ese compromiso que una vez se había decidido sobre el papel, se daría, por fin, de manera real, coincidiendo con el decimosexto cumpleaños de la joven. Los de Wittelsbach, con ese movimiento tan preciso y meditado, digno de un tablero de ajedrez, se acercarían peligrosamente a la corona francesa, pues los duques d’Orléans habían descansado siempre, fielmente cuales perros, a los pies del monarca galo. Irene ya casi podía rozar la pedrería que rodeaba la tiara de la reina. Juraría que era capaz de sentirla bajo sus dedos, del mismo modo que sus manos habían sentido el cuerpo de su hija la noche anterior en un abrazo que parecía haber durado cientos de horas.

Había costado, pero Irene había hecho entrar en razón a Anneliese, que, disgustada por la sorprendente noticia, se había negado inicialmente a que aquella unión se llevara a cabo. Si bien es cierto que sus intenciones de casarla con alguien de buen nombre y buena posición nunca habían sido un secreto, sí que habían ocultado que el destinatario de su no amor sería el duque d’Orléans: Rémy Fauré, el hijo de Évariste Fauré d’Orléans y Lucrèce de Foix-Béarn. Porque aunque era evidente y bien sabido por todos los miembros de la familia que la Casa d’Orléans no era muy apreciada por Irene y su parentela, esta prefería que ese odio —que podía tildarse, según en qué contexto, de absurdo— no emigrase hacia sus hijos, pues nunca se sabía cuándo un enemigo debía convertirse en aliado, ya fuese de manera real o fingida. Y aquella no era sino una de esas mentadas ocasiones en las que les interesaba hacer de tripas corazón y tragarse el orgullo amargamente. Un orgullo que pronto, si Dios quería, se agrandaría hasta eclipsar todo el rencor que pudiera existir entre esos rimbombantes apellidos.

Irene y Heinrich habían solicitado a Rémy Fauré d’Orléans mediante una misiva, cuidadosamente manuscrita y sellada, que se reuniera con ellos en el Château d’Aubermont, la residencia veraniega de los duques de Baviera, la cual se hallaba a las afueras de París. Aquella carta había sido enviada un par de semanas antes de la llegada de Anneliese a la capital francesa, quien, tras dos años bajo la tutela de los reyes de Inglaterra —Helena y Fenris de Windsor—, había regresado con sus padres, más cerca de ser una mujer culta y refinada que de la niña que los había dejado. La reunión se había realizado en París y no en su casa, en Baviera, con el fin de estar cerca de Rémy y efectuar, lo antes posible, el encuentro pactado en la correspondencia que habían intercambiado con él.

Así pues, los duques de Baviera aguardaban juntos en un salón en el que solían recibir a las visitas. Irene se encontraba sentada en un mullido sofá isabelino de madera de caoba, oscura, tapizado en un color que recordaba a los pasteles de crema. Un elegante vestido azul agrisado cubría su cuerpo y un collar de perlas adornaba su esbelto cuello. Su mano derecha estaba apoyada en su abultado vientre y la izquierda se extendía hacia Heinrich, que permanecía frente a uno de los enormes ventanales de la estancia, observando el exterior del castillo, pendiente de la llegada del carruaje que esperaban ver sus ojos.
¿Y bien, querido? ¿Ha llegado Rémy ya? —preguntó con una dulzura que si bien no solo usaba con él, sí lo hacía en su mayoría—. Anneliese debe estar terminando de prepararse —añadió al mismo tiempo que su mirada se desplazaba hacia un reloj de pared que tenía enfrente.
Lo hizo como si aquel objeto pudiera indicarle dónde estaba su preciada hija en ese preciso momento, como si pudiera darle una respuesta certera. No quería hacer esperar demasiado a su invitado, pero este aún no había atravesado las puertas del castillo, así que tenían algo de margen. Aunque su vista se desvió hacia aquel reloj, su cuerpo permaneció ligeramente ladeado en la dirección en la que se encontraba su marido y pronto sus ojos volvieron a él.
Dime: ¿en qué piensas? Te veo muy serio.
¿Cómo debía estar si no un padre antes de que su hija conociera a aquel que sería su compañero de vida hasta que la muerte los separase? Dios quería que ese momento llegara más tarde que pronto, pero el Altísimo acostumbraba a guardarse esa información únicamente para él.


Última edición por Irene de Wittelsbach el Sáb Oct 17, 2020 12:04 am, editado 2 veces




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Mensaje por Heinrich de Wittelsbach el Sáb Ago 15, 2020 5:25 pm



El camino del deber se encuentra enfrente del sendero del egoísmo.

Niceto Alcalá Zamora.


Los ojos inusualmente claros del Duque de Baviera dedicaban toda su atención a la vasta entrada que se extendía más allá del ventanal tras el cual se encontraba. Sus manos, entrelazadas en la parte baja de su espalda, hacían rodar sobre su extremidad diestra los numerosos anillos que decoraban sus dedos con la misma parsimonia que con la que se sucedían sus respiraciones. El encuentro que tendría lugar en tal salón podría marcar un antes y un después en el paso de los Duques de Baviera por el reino galo, y como todo acontecimiento digno de perpetuar en los libros que describían la historia del mundo, este debía ser abordado con suma cautela incluso aunque se tratase de un mero formalismo. Y es que si bien la vida estaba repleta de eventos genuinos, sin duda el compromiso de Anneliese de Wittelsbach con un miembro de la casa de Orleans no tenía nada de aleatorio. Aquel enlace que se formalizaría el día presente había sido debidamente estudiado y sopesado, así como consultado con el genealogista de confianza de la familia. Era, simplemente, algo que debía tener lugar.

Te vuelvo a agradecer el que hayas mediado con ella. No dudo de que nuestra hija sea conocedora del protocolo y las maneras en las que debe comportarse hoy, pero, ¿cómo no poner en duda su temple? — Su rostro se ladeó de la ventana, en cuyo lado opuesto todavía no había hecho aparición tan esperado coche. No estuvo claro de si la pregunta que formuló Heinrich hacía alusión a su esposa o a sí mismo... o quizás, a ambos. Era consciente de que tras el evidente disgusto que había supuesto para Anneliese el anuncio de su compromiso, Irene se había visto obligada a hacerla entender que tal acontecimiento estaba muy por encima de sus aspiraciones personales. Él, como padre, no había encontrado el momento de hablar a solas con ella, y es que su deber en esos momentos era el mostrar una estoicidad que no se veía vencida por el llanto de una muchacha, por mucho que la amase y es más, comprendiese el motivo de su disgusto. Irene había cumplido de forma excelente su labor como madre y él mismo se lo había hecho saber con anterioridad, pero si en diez minutos su hija no atravesaba aquella puerta de madera labrada, sería él personalmente quien subiría en su búsqueda.

Hay veces que tiendo a subestimar a nuestros hijos, Irene. A menudo los sigo concibiendo como niños y, nos guste o nos disguste, ya no lo son. —  Hacía referencia, por supuesto, a los tres mayores... y agradecía en el fondo de su corazón que todavía quedasen otros que continuasen en el período de la infancia. — Me niego a cometer el mismo error que cometieron mis propios padres, y temo que por esto lleguen a odiarme algún día.

Su rostro volvió a girarse hacia la ventana cuando el característico sonido de los cascos de los caballos irrumpió en el patio principal. El invitado acababa de llegar, escoltado desde la puerta del recinto que constituía todo el terreno de los Wittelsbach por aquel que ejercía el rol de jefe de la guardia personal de los Duques: Rupert de Wittelsbach-Simmern, un hombre de avanzada juventud con unos espesos bigotes claros y los mismos ojos cristalinos que el resto de la familia. No era esto de extrañar, ya que Rupert y Heinrich no solamente eran cercanos amigos, sino también primos terceros.

Pero tal preocupación no nos concierne en estos momentos. — Dijo finalmente en un suspiro, virando por completo de cara a la puerta. Sus manos continuaron enlazadas en su espalda, tras un chaleco de un color que, como el vestido de Irene, era de un tono gris-azulado. El Duque vestía unos pantalones de color crema, al igual que el pañuelo que rodeaba su cuello, del cual pendía en su centro un broche que mostraba a un león rampante. Las puertas del salón no tardaron en abrirse, dando pie al mayordomo de la casa, el cual tras entrar se situó en la parte diestra del umbral.

Excelencias: Rémy Fauré, Duque de la noble casa d'Orleans. — La presentación tuvo lugar en alemán, como venía siendo habitual entre la familia. El mayordomo, un hombre culto y conocedor de idiomas, había sugerido el realizarla en francés en honor al invitado, pero la expresión de Heinrich debía haberle disuadido de tal idea finalmente cuando, horas atrás, ambos habían mantenido tal conversación.




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Mensaje por Rémy Fauré el Mar Oct 06, 2020 10:42 am




Estas cosas debían saberse. Tal vez no entre los panaderos y las pescaderas, pero sí entre los suyos, cuya sangre en las venas era azul. ¿Acaso los Duques de Baviera no supieron, en su momento, de la desgracia que acaeció sobre la casa d’Orléans? Supo, siempre lo supo, que su padre había arreglado un compromiso para él, como era costumbre entre los suyos, pero creyó que todo había quedado enterrado junto a sus padres y hermana.

Cuando era niño y le anunciaron este suceso marcado para su futuro, no entendió del todo, aunque sí supo que no le gustaba la idea. Cuando tomó su lugar como duque, revisado vieja documentación, pudo enterarse mejor de los motivos detrás de la unión que él creía ya olvidada. Seguro los de Wittelsbach habían encontrado un mejor partido, ¿no?

Cuando recibió la misiva sintió que el alma, si es que aún tenía una, se le escapaba del cuerpo. Como si un futuro supuesto e improbable lo alcanzara incluso en su residencia parisina, en su escondite poblado sólo por él y las sombras. ¿Qué clase de padres condenarían a su hija a un matrimonio con él? Su fama de duque era la de un hombre solitario y amargado, difícil y marcado por la tragedia. Alzó el rostro y vio la heráldica de azur con tres flor de lis en oro. ¿Quizá esta era su oportunidad para salvar la línea de sangre que de otro modo quedaría extinta? Una parte de él se horrorizaba al pensar que un d’Orléans menor, primo lejano, ni siquiera francés tal vez, mancillara el título de su padre, no el de él, sino el de su padre. Porque eran duques de Orléans muy distintos en la práctica.

Respondió, sellando con ese mismo escudo de armas impreso en cera caliente. Ahí se verían, como los Duques de Baviera habían dispuesto. Hasta ahí tenía planeado, una vez poniendo un pie en el Château d’Aubermont no tenía idea de cómo iba a proceder. Y el tiempo se escurrió de sus manos. De ese punto en el que respondió la carta hasta este, bajando del carruaje, todo fue un borrón sin sentido, apenas si recordaba la cara de Maëva y nada más.

El anuncio en alemán le dio permiso para hacerse presente, cicatriz y todo. Con un traje color borgoña casi negro hecho a la medida, chaleco negro y camisa de un blanco tan prístino que deslumbraba. Si no fuera por la horrible marca en su rostro, se hubiera visto incluso apuesto, a pesar de vestir siempre ese labio superior ligeramente torcido, como si todo a su alrededor le disgustara, y los párpados caídos, como si estuviera asquerosamente aburrido.

Antes de presentarse o hacer cualquier otra cosa, hizo la reverencia protocolaria, a una distancia prudencial. Aunque actualmente no fuera el más sociable, aún recordaba sus lecciones y aún demostraba su origen noble con bastante elegancia.

Sus Altezas Reales —al fin dijo y se irguió. Aguardó. Aunque estuvieran en Francia, este era el terreno de ellos. Él estaba a su disposición y no al revés.

Usualmente no le gustaba ver la reacción de la gente ante su cicatriz, no obstante, en esta ocasión aguzó la vista, quiso ver qué cara ponían. Porque tal vez habrían leído y escuchado cuál había sido el destino de su familia y él suyo, pero una cosa muy distinta era verlo, en vivo, sin exageraciones o murmullos de lástima. «Pobre joven duque». No, esto era tácito, desnudo y cruel y no quiso perderse nada.

Lamento la tardanza —continuó con deferencia—. El camino fue algo… complicado —explicó, pero era una mentira. Primero, estaba justo a tiempo; y segundo, si hubo un retraso fue porque aún en el último momento se debatió en si presentarse o no. Sin embargo, se dijo, no iba a traer una última vergüenza a una estirpe que ya ha sufrido demasiado. Aquí estaba, cumpliendo como duque y como hijo de Évariste.




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Mensaje por Irene de Wittelsbach el Sáb Oct 17, 2020 12:02 am



La puntualidad es: deber de caballeros, cortesía de reyes, hábito de gente de valor y costumbre de personas bien educadas.

Luis XIV de Francia


Otro matrimonio que había triunfado en términos políticos había sido el de los progenitores de Irene, al menos hasta que murió el padre de esta. Si bien con el tiempo habían logrado despertar algo de afecto entre ellos —un afecto, cuanto menos, cordial y extraño, pero afecto al fin y al cabo—, la unión entre las casas de Neufville de Villeroy y de Wittelsbach no había sido otra cosa que otro movimiento digno de las mejores jugadas de un experto ajedrecista. A lo mejor que podía aspirar Anneliese —románticamente hablando, por supuesto— era a lo que tenían Irene y Heinrich entre ellos: un amor que, a pesar de haber atravesado algún que otro bache, refulgía con la fuerza de mil soles y rugía con la fuerza de mil leones rampantes. Lo que existía entre los duques de Baviera, aunque no era perfecto —puesto que nada lo es—, era algo realmente difícil de lograr. Era una relación sólida, construida con esfuerzo, cariño, dedicación y, sobre todo, ambiciones comunes. Dos veletas que el viento había puesto a mirar en la misma dirección y que a partir del momento de su unión matrimonial —o incluso desde antes— una siempre había acompañado el movimiento de la otra como si de un vals se tratase.

Quizá Rémy Fauré resultaba ser, a pesar de pertenecer a la Casa d'Orléans, alguien amable, bueno y afectuoso; alguien digno de su hija, si es que existía la posibilidad de que hubiese algún hombre merecedor de ese título para los ojos de unos padres terriblemente codiciosos que, como no podía ser de otro modo, aspiraban únicamente a la excelencia —y, por supuesto, a la corona, en esta ocasión, francesa—. Irene contempló a su marido. Podía leer en su mirada la impaciencia de un padre que aunque era cariñoso, también era estricto, serio y respetuoso con sus invitados. Irene sabía que si Anneliese no aparecía ya, su esposo estaría cerca de pecar de impaciente, pese a que en la mayoría de situaciones y contextos Heinrich fuera una persona con muchísima paciencia; pero, ante todo, había una imagen que dar, una reputación que mantener y unas normas sociales que cumplir. Y su hija las estaba incumpliendo todas.

No creo que ni Anneliese ni los chicos lleguen a odiarte nunca —le respondió.
En aquella ocasión, era ella la que lo tranquilizaba a él. No era raro que la escena ocurriera al revés, pero tampoco que lo hiciera de ese modo. Al igual que la tarde anterior ciertas inquietudes habían aflorado en el pecho de Irene, lo habían hecho en el de Heinrich en ese preciso momento.
Quiero decir, ¿quién podría? —preguntó cándidamente—. Eres un padre amable, bondadoso y afectuoso. Eres un hombre leal, sincero y protector. Eres todo lo que cualquiera podría desear, tanto como progenitor como marido —añadió en un tono apacible terminando la frase con una sonrisa tan cálida como la mañana que estaban viviendo.
Entre todos esos adjetivos había algunos más que cuestionables, sobre todo si se tenían en cuenta actos del pasado, pero en los labios de Irene sonaban tan reales que solo se podía pensar que eran verdad. Y es que todo eso lo decía honestamente. A sus ojos Heinrich era, al menos entonces, tal y como lo había descrito. Eso sí, de puertas para adentro.

Unas puertas que estaban a punto de abrirse porque Irene, al igual que Heinrich, había oído los cascos de los caballos. Incluso a través de los gruesos cristales de la gran ventana por la que había estado mirando él, podían oír el timbre que indudablemente pertenecía a su querido primo Rupert. La duquesa no pudo evitar proferir una risilla al escuchar al jefe de la guardia hacer una pequeña broma y soltar una sonora carcajada después. Rupert hablaba demasiado alto, pero solo cuando se lo proponía y aquel absurdo gesto no era sino para alertar al matrimonio de la llegada de Rémy Fauré, el dichoso duque d’Orléans. Por ello, Irene se levantó con el fin de estar preparada ante su llegada y se colocó a la izquierda de Heinrich, cuya mano apretó brevemente justo antes de que se abrieran las puertas.
Anneliese aparecerá enseguida —murmuró solo para él.

Helmuth Drechsler, el mayordomo de la casa, hizo acto de presencia seguido de Rémy, cuya llegada anunció en alemán. Esto casi arrancó otra sonrisa a Irene, pero se contuvo. Su semblante permaneció estoico incluso tras ver la faz del invitado. Había escuchado rumores, pero no había tenido oportunidad de observar aquella cicatriz, y menos tan de cerca. A pesar de la distancia protocolaria que los separaba, era capaz de ver cómo la fea marca le cruzaba un rostro que de otra forma sería hasta hermoso. Aun así, por encima de la belleza estaban el estatus, los títulos y el nombre, y aún más arriba, aunque simultáneamente cada vez más cerca, la corona gala.
Bienvenido, excelencia —saludó Irene en francés, su lengua materna, a la vez que inclinaba levemente la cabeza—. Lamento oír que ha sido complejo llegar hasta aquí, mas llega puntual, no se preocupe —dijo con amabilidad, pues les interesaba, y mucho, que todo aquello saliera bien—. Hablando de puntualidad… Si me disculpa… —agregó al mismo tiempo que abandonaba a los dos caballeros y caminaba hasta la puerta, justo antes de que el mayordomo diese media vuelta con intención de marcharse de allí—. Helmuth, espera —lo llamó.
El hombre se volvió hacia ella y aguardó hasta que lo alcanzó. Una vez que lo hubo hecho, ambos salieron de la estancia y tras ellos cerraron las puertas, dejando a Heinrich y a Rémy solos durante unos minutos. Irene podría haber mandado a Helmuth a buscar a Anneliese mientras ella se quedaba junto a su marido, pero prefería ir personalmente a por su hija. La impuntualidad era algo que no se podía tolerar en la familia y así se lo tenía que hacer saber; y el servicio no era capaz de transmitir esas palabras con la misma severidad que una madre. Además, egoístamente, estaba el hecho de que quería pasar el menor tiempo posible con aquel muchacho que, aparte de tener pocos años menos que ella, era el heredero de los enemigos acérrimos de su familia. No dudaba de que era una opción buenísima para Anneliese, al menos estratégicamente hablando, pero no podía evitar preguntarse si no era mejor enviar a su hija a la horca directamente.




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