Victorian Vampires
Al vino y al niño hay que criarlos con cariño. [Privado] ZZaNqS8
PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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Al vino y al niño hay que criarlos con cariño. [Privado]

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Mensaje por Francheska de Neufville el Miér Ene 13, 2021 10:44 am



Si te duele la cabeza, una copita de vino te endereza.

Refrán ligeramente modificado por la "yaya"



Múnich, Alemania – Verano de 1800

Pese a todo el lujo del que el palacio de Nymphenburg hacía ostentación en cada rincón, su inconmensurable espacio también hacía que este lugar se mostrase bastante frío, muy en consonancia con el carácter germano de sus dueños, y especialmente cuando éstos se hallaban ausentes. A pesar de encontrarse en pleno verano y que este hecho templase las bajas temperaturas propias de Múnich, Francheska sentía sus huesos resentidos como si estuviesen a varios grados bajo cero, ¿se debía a su cada vez más avanzada edad, tal vez? La marquesa no lo quería creer así.

El miedo a la vejez era algo que ya la venía preocupando tiempo atrás y que ahora -rondando casi los cincuenta- no le provocaba sino más que un terrible terror. Por el momento gozaba de buena memoria y salud -alabado sea Dios- mas, ¿qué haría si esto comenzaba a fallar con el devenir de los años? Francheska no quería ni pensarlo. Prefería pues pensar, que los terribles dolores de cabeza que la llevaban machacando durante días se debían al cansancio y a nada más, y es que bien sabe Dios -y cualquiera que haya sido madre- que cargar con el cuidado y educación de unos niños era una ardua tarea para la que nunca se estaba del todo preparada.

El palacio de Nymphenburg era un lugar frío sí, pero con la presencia de sus dos nietos corriendo de un lado para otro y llenando cada rincón de risas y júbilo aquel frío quedaba en un segundo plano para dar paso al sol más creciente acompañado por un intenso calor. Esos dos pequeños diablillos lograban templar el ya de por sí frío corazón de la marquesa d'Alincourt con sus formas y maneras, pero también la agotaban considerablemente. Y es que, tal y como solía decirse, la noble mujer ya no estaba para tales trotes.

Es por ello que, aquel día, decidió no estar presente en las respectivas lecciones matutinas que sus nietos tenían. Gustaba de pasarse siempre por estas aunque fuera un momento para saber de sus avances, pero aquel día optó por dejar las lecciones de historia que recibía el pequeño infante en las exclusivas manos expertas del profesor Schäfer; mientras que, desde la sala en la que se encontraba podía llegar hasta sus oídos la dulce melodía a piano de una de las obras de Johann Sebastian Bach que su queridísima Edelweiss estaba interpretando. Su dolor de cabeza era tal en ese momento que escuchar tal melodía más de cerca solo empeoraría más su estado, por lo que se recluyó en una de las muchas salitas de estar y tomó asiento en su sillón favorito -uno estampado con flores que había hecho traer desde su propia casa- mientras hacía sonar la campana que daría paso a alguien del servicio.

- ¿Sí, señora? ¿Qué se le ofrece?

- Por favor Gretchen, tráeme una copita de vino acompañada por unas olivas. - Si aquel era el nombre o no de la muchacha, ésta no le dio mayor importancia.

- Ahora mismo, señora.

Por todos era bien sabido que, ante los dolores de cabeza, una copa de vino y algo de sustento eran los mejores medicamentos. Probablemente, otro de los muchos secretos -o no tanto- de la marquesa para gozar de tan buena planta y salud a sus años fuese aquel derivado de la vid, entre cuyos beneficios ya había quedado demostrado que retardaba el envejecimiento, era un buen aliado para bajar de peso y también ayudaba al corazón entre otras cosas. Francheska siempre había considerado exquisita tal bebida mas, desde el grave infortunio que les supuso a todos la pérdida de su hija Nicole, había hallado también una especie de consuelo en el vino.

La doncella no tardó en regresar con lo que se le había pedido y tras despacharla nuevamente, la marquesa se embebió de aquella soledad y momentánea tranquilidad que le confería aquella estancia personal. Saboreó un pequeño sorbo de vino entre sus labios tras haberlo olido previamente y cerró los ojos dejándose llevar por aquel sonido que transmitía el piano. Cuando los abrió de nuevo, su zurda viajó hasta la mesilla que había situada a su lado, allí donde descansaba parte de la correspondencia y entre ésta, la última carta que había recibido por parte de su hija Irene semanas atrás. Aún no había tenido ocasión de responderla, los dolores de cabeza se lo habían impedido y cuando no eran estos lo hizo su agotamiento tras un tormentoso día, pero se alegraba de saber que todo iba bien en París, que Anneliese por fin parecía haber entrado en razón aceptando su compromiso con Rémy Fauré y que la propia Irene se mostraba encantada de que se hubiera tomado la libertad de hacer mandar a su buen amigo Edmund para tratar cómo iba su embarazo. Los motivos reales de esto último, por supuesto, sería algo que quedaría en el más absoluto secreto entre el doctor y ella.

Se prometió a sí misma pues, que intentaría responder aquella misiva con la mayor prontitud posible. De hecho, incluso cogió papel y pluma dispuesta a escribir las primeras líneas empero, el dolor que sentía la hizo desechar más pronto que tarde aquella idea. Cuando se quiso dar cuenta, los rayos de sol que indicaban las doce del mediodía ya entraban por los amplios ventanales y junto a ellos también, el final de la clase de piano que estaba recibiendo Edelweiss. La mujer llevó la mirada al reloj de pared y contó en silencio los segundos y minutos que pasaban a través de las manecillas, contando a su vez cuánto tardaría en aparecer su nieta. Efectivamente, a los tres minutos y veintinueve segundos la pequeña fierecilla hizo su aparición, derrochando energía por doquier.

- El clave bien temperado ha sonado muy bien, ya te habrá dicho la señora Müller que mejoras por días, ¿no es así? - Dejó posada la copa encima de la mesa y se puso en pie, tendiendo su mano hacia la niña para conducirla hasta una de las estanterías donde se encontraban algunas de las obras que la pequeña solía recitarle por las tardes. - ¿Y bien? ¿Qué será esta vez? ¿Goethe tal vez? - Sin duda alguna, Francheska no estaba preparada para la proposición que estaba a punto de hacerle su nieta.

Francheska de Neufville
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