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De cháchara con la muerte | Arsénico 2WJvCGs


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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?




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De cháchara con la muerte | Arsénico

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Mensaje por Galina A. Cherenkova Sáb Jun 05, 2021 12:35 pm


El cementerio de Montmartre era un sitio que Galina intentaba evitar todo lo posible. Bueno, para ser justos, evitaba ese cementerio y todos los demás. Y es que estar rodeada de muertos le generaba una inquietud difícil de describir, no porque le faltaran palabras en su escaso vocabulario, que probablemente también era por eso, sino porque lo que sentía por dentro en presencia de las tumbas de cientos de personas solo se podía comparar con un silencio aterrador que generase una angustia muda. El deseo de salir por patas cada vez que pasaba cerca de allí no se le iba por más que lo hiciera mil veces… Aunque había perdido bastante la costumbre desde aquel desencuentro con el tipo que le había pedido contactar con su mujer, que estaba muerta, y todo lo que le había seguido a eso después.

Numerosas pesadillas la habían perseguido desde entonces cada vez que cerraba los ojos. Aquella noche había ganado un nuevo y peculiar amigo, si es que alguna vez había tenido algo parecido a eso, pero también un susto que casi acabó en infarto. Por primera vez en su vida, se había visto cara a cara con una de las maquiavélicas facetas de la muerte: un vampiro. Por suerte, alguien había dado caza a aquel chupasangre antes de que pudiera hacerle nada, pero el miedo se le había quedado instalado en el pecho y parecía que iba a ser harto complicado desprenderse de él. En momentos así, lo que siempre la había ayudado era hablar con su marido, pero este, lamentablemente, ya no se encontraba en el mundo de los vivos, por lo que nunca jamás podría volver a cruzar palabra con él.

¡Ah, pero si tan solo decidiera aparecérsele para charlar aunque fuera un ratito! La cíngara siempre había mantenido, pues así se lo habían enseñado desde bien pequeña, que los muertos estaban mejor bajo tierra y que si se quedaban sobre ella, era por alguna razón maligna. Sin embargo, sus recientes encuentros con varios espíritus le habían demostrado, muy a su pesar, que no todas las enseñanzas son correctas, que no todo es blanco o negro y que el pueblo gitano, por más sabiduría que guardara en sus entrañas y en sus bolsitas putsi, podía errar en sus doctrinas. Por tanto, donde el miedo podría haber ganado la batalla, se impusieron la rabia y la frustración que sentía por el hecho de que no dejaran de presentarse ante ella presencias que no le importaban ni lo más mínimo, y que le daban más trabajo que otra cosa, en lugar de aquellas que eran relevantes para ella, como pudieran ser sus padres o, cómo no, su difunto marido.

Había muchos misterios que rodeaban la desaparición de Grigoriy y ninguno resuelto. No se había quedado a intentar averiguar qué era lo que había pasado exactamente, pues en ese momento entendió que lo primordial era proteger tanto su propio pellejo como el de sus hijos y su tía. ¿Y por qué ahora, dos años después de tan trágico evento, y no antes había decidido que era un buen momento para conversar con su esposo? Si bien es cierto que en todo este tiempo no se había olvidado de él y que, aunque estaba mal admitirlo, a veces disfrutaba regocijándose en su propia pena —eso sí, siempre para sus adentros, que a nadie le importaba lo que ella sintiera o dejara de sentir—, últimamente había notado ciertas señales que le enviaba el universo y que la conducían a él. Eso y el hecho de haber conocido a la majara de Arsénico, claro.

Había que estar fatal para querer morirse y, además, querer quedarse viva en la muerte. ¿Para qué le servía haberse matado si ahora se quedaba por ahí? Pero lo que más le enfadaba, de nuevo, era que seres como ella tuvieran permitido deambular entre los vivos mientras que Grigoriy no. Pero eso se iba a acabar. ¡Vamos que si se iba a acabar!

Haciendo acopio de todo el valor que podría morar en su pequeño cuerpo, Galina se dirigió al ya mentado cementerio de Montmartre porque quería preguntarle a aquella fulera rubia si podía encontrar a su marido por ella. Porque sí, lo había negado siempre y lo negaría cada vez que le preguntaran, pero la realidad era que había intentado contactar con él en numerosas ocasiones, todas ellas sin éxito. Quizá con un poco de ayuda sobrenatural fuera capaz de lograr sus objetivos.

¡Ay, madre mía, qué canguelo! Al menos era de día, pero el mal rollo en el cuerpo lo tenía igual. Sacó los bártulos que había traído para el ritual de invocación y a pesar de que pensó en aquel rostro demoníaco al encender las velas que la rodeaban, algo debió fallar porque quien se presentó ante ella no fue el veneno que movía la pluma para trazar su destino, sino que algo mucho más oscuro se personó allí. Y ya era demasiado tarde para salir corriendo.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Arsénico Dom Ago 15, 2021 8:22 pm

No lanzaré una pregunta retórica que trate de excusar mi recalcitrante desvergüenza, porque si hay algo que no hice ni hago en ninguna de mis vidas es ponerle excusitas a la desgracia. Quizá sólo había sido una pobre mortal que quería morirse, pero mientras estuve viva, aguanté lo que quisieron echarme y hasta me revolqué en el fango del destino todo lo que pude y más. No por ello dejé de jugar con la muerte, claro, los amores prohibidos están para sufrirlos mientras alguien se deleita con su jugo. ¡Y es que a las tragedias siempre las describen tan amargas cuando, en realidad, su sabor es bien dulce! ¿Veis? ¡Es por afirmaciones como éstas que merecía la muerte! Y todo el tiempo que me la negaron fue una injusticia para vivos y muertos…

¿Que cómo podía ser que "a seres como yo" se nos permitiera deambular entre los vivos? ¡Ajónjolis, pues porque para una sola alma que deseaba alcanzar justamente ese desternillante limbo bien estaba que se lo concedieran, nos ha jodido! ¡Lo suyo había costado, porque yo ni siquiera quería morir, yo quería vivir en la muerte! ¡Y nadie más había enloquecido por el mismo fin!

Y yo también había dicho algo sobre lo de no lanzar preguntitas, ¿cierto? Mas no iba a dejar a mis amores con la duda, pardiez, que a ciertas bellezas agitanadas les salían ronchas en la sesera y en el corazón si no se las resolvías enseguida. Las cosas que se hacen por amor. Ahí hablaba del mío hacia ella, aunque ella estuviera poniéndome ya la cornamenta para sus adentros con otro muy distinto y más literal, echando de menos al adalid de sus antiguas pasiones que ya no cabalgaba por ellas en cuerpo presente. Tragedias, tragedias… Nunca habéis dejado de soñarme.

Deliberadamente había optado por evitar su presencia, una que me cautivaba tanto como había logrado enfadarme el miedo y atemorizarme el enfado. ¡Peligroso alacrán, su veneno resultó ser más impredecible que el mío! ¿Quién lo diría? Aparte de yo misma, en mi extenuante verborrea de tonterías, por supuesto… Pues era definitivamente una lamentada tontería aquello que me había dicho al leerme la manita, y haber tenido que hacerme recordar mi propia tragedia —¡tanto invocar su palabreja!— cuando yo sólo quería seguir viviendo en la casa que tanto me costó desamueblar a mi genuino antojo. ¡Si a ella le gustaba ahogarse en sus propios vómitos de humanidad bien, pero a mí que me dejara tranquila! Algo que, para mi grata —¿grata? ¿En qué quedamos, maldita toxina rubia?— sorpresa, no acabó haciendo ese día...

Al principio, cuando mi volátil e indescriptible entorno dejó de obedecer a mis designios y empezó a arrastrarme hacia un cambio que yo no había elegido, me sentí infartada por la posibilidad de que ya hubieran venido a por mí aquellas fuerzas, todavía sin rostros, que pretendían volver a ordenar mi verdadero hogar y llamar al desahucio y a la vileza por el sinónimo de "exorcismo". Pero no, afortunadamente algo me estaba invocando por otros motivos y mi cuerpo deshuesado, pero intacto, atravesó del modo más dantesco y antinatural todos los obstáculos, lugares, seres vivos y objetos, hasta llegar a ese festival de féretros y a ese bosque contiguo en el que gritaban sus espíritus, donde la Mugre más bella me estaba esperando… Sólo que, al parecer, alguien más había llegado antes que yo por error.

¡Gitanaca de tres al cuarto, los líos te sentaban mejor de lo que creías!

Pude ver cómo a la simpática zíngara se le desencajaba toda la expresividad de su cara frente a ese otro invitado indeseado con el que fantasmas como yo compartíamos acera y que, sin embargo, era mucho más desagradable y menos humano a la vista. Ni yo me enfrentaba a esos entes pululantes que parecían no haber conocido el arte de combinar colores en su antigua existencia y se aferraban a esa monocromática oscuridad de la que estaban llenos y que pretendían derramar sobre los demás. ¡Y por muy aguafiestas que fuera, no iba a permitir que nadie estropeara la exquisita paleta de colores de mi Galina Cherenkova! No abundan las mezclas únicas para pintar el mundo con algo de autenticidad en las venas.

—¡Oye, tú! —arrojé mi rugido espectral con afilada insolencia, justo por detrás de aquella mole incorpórea que rivalizaría con el estiércol más terrenal y demoníaco al mismo tiempo— ¡Métete con alguien de tu mundo! —Y en nuestro mundo, las ilusiones valían para todos sus acólitos, incluidos los más terroríficos. Por eso mismo, creé la imagen de una ola de calor y frío a la vez para interponerla entre la visión de aquel espíritu amargado y la muchacha sobre la que pretendía abalanzarse, aprovechándome de su momentánea distracción para acercarme a ella y susurrarle— ¿Qué? Ahora sí te alegras de verme, ¿eh? —luego de guiñarle un ojo, porque no sabéis lo bien que sienta hacerlo desde aquí—. ¡Corre por tu vida, bello alacrán!

No permití que gruñera más pavadas nerviosas y yo misma la empujé gracias al uso de la corporeidad para acelerar su rapidez natural hacia el bosque del cementerio, y logré que finalmente estuviera corriendo entre su maleza, sin atreverse a mirar atrás, donde los alaridos chirriantes y monstruosos de aquella bestia ya nos pisaban los talones.

—¡Si nos ocultamos por aquí tendremos algo de ventaja, hay muchas energías distintas que pueden despistarlo! —indiqué, cada vez más ebria de aventura y desdén— ¿Se puede saber por qué me has invocado con tanto cabreo? ¡Ya que querías verme, haber reconocido que te morías por beber de este veneno, ma cherie! ¡Ahora por vinagres has conseguido atraer fuerzas más jodidas y molestas que mi propia cabecita!

Y eso siempre ha sido mucho decir, escritora maldita.


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Mensaje por Galina A. Cherenkova Sáb Ago 28, 2021 12:24 pm


Invocar espíritus nunca había sido la especialidad de la dueña de las manos roñosas. No por nada en particular, sino porque si no practicas algo, es bastante difícil adquirir experiencia y mejorar a la hora de hacerlo. Y eso era lo que le pasaba a Galina con el arte de la nigromancia. Siempre había dejado a los muertos en paz y la pobre ilusa esperaba que con eso bastara para que funcionara de igual modo en el otro sentido, pero qué equivocada había estado… Si realmente hubiera puesto el mismo empeño en hablar con los muertos como el que ponía en mangarles las carteras a los despistados transeúntes de las calles parisinas, otro gallo habría cantado en ese momento.

En cuanto terminó la oración en un ruso tan oscuro que se mezclaba con los idiomas impronunciables de la magia y daba como resultado uno casi propio, una nube negra se arremolinó a su alrededor, haciendo que la llama de las velas temblaran y tras aquel trémulo baile, se apagaron dejándola con una sensación desagradable que se adhirió a su espina dorsal. Por suerte, un sol cegador pendía sobre la cabeza de la gitana y no se quedó a oscuras, pero el calor le taladraba el cogote hasta hacer que quisiera evaporarse allí mismo. Tenía aún en la mano un atado de hierbas que hasta hacía unos segundos le había servido de sahumerio para el ritual, pero este cayó al suelo al instante, junto a sus rodillas.

La falda, llena de tierra, parecía atarla allí. Una fuerza enorme tiraba de ella hacia el corazón del cementerio. Se sentía cansada, con los huesos pesados y los labios casi besando el suelo. Estaba a punto de entregarse a los muertos, de dejar que hicieran con ella lo que estimaran oportuno, de, si la fortuna le sonreía por una vez en su vida —aunque vaya manera de verlo—, reunirse con su amado esposo.

Pero entonces algo se interpuso en su camino. Mejor dicho: alguien. El ente al que realmente estaba esperando apareció de golpe y emitió un grito que la sacó inmediatamente de su adormecimiento. Gracias a la alocada visión que tenía ahora ante los ojos, la pesadez fue abandonando, poco a poco, su cuerpo para pasar a liberarla finalmente. Apenas le dio tiempo a recobrar el control de sí misma cuando la muerte se le acercó de lleno, pero esta vez se trataba de una mucho más… ¿agradable? La rubia tenía razón: se alegraba de verla.

Sin ser capaz de pronunciar ni una sola palabra, fuera esta improperio o halago —algo más raro viniendo de ella, aunque no imposible—, obedeció la orden de su salvadora. Porque eso era Arsénico en ese momento: su salvadora. Había pasado de ser un dolor de cabeza a ser la solución a sus problemas. ¡Qué de lecciones le estaba dando el universo!

No sin cierto esfuerzo, pues sus extremidades aún estaban bastante entumecidas, consiguió erguirse, poniendo los pies en polvorosa en cuanto estos entraron en contacto con el suelo, gracias al empujón de la mujer fantasmal. La tierra sagrada se enroscaba alrededor de aquellos dedos que la apuñalaban con ahínco por el mero deseo de impulsarse y conseguir, así, dar grandes zancadas —las más amplias que pudiera permitir el pequeño cuerpo al que pertenecían— y alejarse de allí lo más rápido posible.

Galina corrió y corrió, intentando no mirar atrás, jadeando con cara de pánico mientras sus piernas se movían sin parar. Todo en ella era nerviosismo y tintineos. El viento y el cabello le borraban el semblante, siendo este una masa borrosa que luchaba por alcanzar su meta rápidamente. Pero antes de llegar, su fiel compañera estaba ahí de nuevo con ella, guiándola en la senda de la vida y huyendo de la muerte, justamente lo contrario a lo que había hecho ella. ¿Era ese el verdadero significado de la frase que rezaba que la vida —en este caso, la muerte— pone a cada uno en su lugar?

Siguió sus indicaciones y solo cuando se sintió capaz de rebajar un poco el ritmo de sus pasos, se giró hacia ella, con el corazón dándole tales golpes en el pecho que parecía que se lo iba a perforar. La boca le sabía a sangre y por más que boqueaba, parecía que el aire no pensaba bajar hasta sus pulmones. Se sentía como si se le fuera la vida de dentro, como si estuviera vomitando el alma o el estómago, pero solo era fatiga producida por la incesante carrera, que la había dejado, literalmente, sin aliento.

Sin embargo, era tan extrema y absurda la situación, que las palabras de Arsénico, lejos de cabrearla, como sí habrían hecho normalmente, le sacaron una carcajada que se ahogó a los pocos segundos por la falta de saliva. A continuación, dijo:
No creía que fuera a funcionar. —Eso no resolvía ninguna de las dudas que le había planteado, pero era lo único que había sido capaz de pronunciar, tan sorprendida que no se había esforzado en ocultarlo—. Y ha funcionado. Ha funcionado —repitió alargando las manos hacia el rostro de su interlocutora—. Estás aquí.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Arsénico Miér Nov 24, 2021 2:30 pm

—Todo sea dicho: te sienta bien la peligrosidad paranormal, gitana mía.

Mis elogios, cual humo trémulo, se escurrieron por la incorporeidad de mis labios hasta retroalimentar mi aura inconexa; mi sucedáneo de cuerpo hecho con los recuerdos sobre esa vida que nunca fue suficiente. Poco o nada podía esperarse de quien se crecía ante las adversidades mortíferas, de quien sólo temía a esa matrioska de finales que amenazaba, incluso, a la propia muerte. ¡De mí, pobres migrantes de la pomposidad y el asco! ¡Estaba muy clarito, hombre! ¿Qué otra ramera de la guadaña iba a alarmarse tanto de que pretendieran embargarle el suicidio y expulsarla del limbo? ¡Si la defunción ha sido mi única forma de existir y jamás había temido su llegada! ¿Significaba que salir de aquí y continuar mi ascenso a los cielos o descenso a los infiernos era mi equivalente a los temores humanos por abandonar la tierra y renunciar al tacto?

No, yo no había renunciado al tacto, pero sonaba demasiado bien a las puertas de tener que soltarle un sopapo al furtivo espíritu que amenazaba con olernos los tobillos de un momento a otro.

—Claro que estoy aquí, Mugre, y espero que sigas diciéndome cosas así; mucho menos aburridas que la última vez.

«Aburrido» era el mejor adjetivo que se me ocurría para retratar la única incomodidad que recordaba haber tenido, una vez envuelta de calina y eco. La incomodidad no es aburrida para las harapientas descaradas del Más Allá; la incomodidad no adormece a una hereje, ni le resulta un problema a la coleccionista de horrores; la incomodidad no me molestaba al rizar mis pestañas con lápices pegajosos, ni al limpiarme las raspaduras con cucarachas escalándome la carne. La incomodidad me molestaba cuando estaba muertita y coleando y, de golpe, me recordaban que mi deseo había sido un error para la gente a la que ya soy incapaz de regresar.

A una masoquista entregada al purgatorio le duele más el dolor cuando se vuelve exclusivo de alguien.

—¿Es posible que haya llegado a tiempo de impedirte venir a hacerme compañía? ¡Por todas las entrañas de un ciempiés, sí que ha cambiado el cuento de la lechera!

Allí donde me veíais, en cierta historia protagonizada por tres trágicos figurines yo había reavivado la llama de uno de esos demonios errantes de la inmortalidad, de una criatura de regurgitante corazón y piel quemada al sol; yo había truncado los logros de cierto cazador de inmundicias que, por fin, sentía algo; yo había devuelto el alfa a su omega; yo había hecho y deshecho a mi antojo, moviendo mis hilos de narradora omnisciente, para despertar a la condena definitiva y que me correspondiera con algo de su ajado amor. Ahora, gracias a meterme donde jamás me llamarían, una pelirroja, antaño ruiseñor, compartía mi falsa duermevela y todo gracias a ese final de cuento de víboras sangrientas y lobos tristes. Todo por culpa de mi deshuesada moral, de las consecuencias del infeccioso bautizo con el que marcaron mi tempo hasta el último, desechado, aliento. ¡Y ahora, miradme! ¡Luchaba contra mi querido infortunio y me ponía del lado de los vivos! ¡Así de caótica he sido siempre, pues que yo desee una cosa para mí misma no quiere decir que vaya a volcar todas las energías de mi adoración en eso! ¿Dónde estaría, entonces, la gracia de amar lo distinto?

—Vamos a tener que volvernos grandes improvisadoras, porque si esto sigue así, este lechuguino varado va a destruir tu mundo. Empezando por este bosque. —Y conforme murmuraba mi advertencia, el cielo se fue encapotando y un vendaval más propio de los altos mares empezó a sacudir los árboles y los matorrales. La mismísima hierba que pisábamos —que pisaba ella— se erizó al compás de nuestras propias pieles, incluso de la que yo ya no poseía— Sé que no eres exactamente una bruja, pero… ¿Alguna idea para dejarle claro que aquí nadie le ha invitado, que es un pedazo de motivao', y mandarlo a su casa de un puntapié?

El descomunal quejido de aquel ser entró de nuevo en nuestras mentes y se escuchó por toda la tierra. Como respuesta, me dediqué a volver a hacerme brumosa y ubicua para servir de escudo a la corpórea Galina. Si ese aguafiestas la quería, tendría que ponerse a la cola y ésta era muy exclusiva, así que acabaríamos más deprisa si destruíamos su pulgoso e intangible trasero en mil pedazos.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Galina A. Cherenkova Dom Ene 09, 2022 8:50 am


Mientras que el resuello luchaba por convertirse en un aire más convencional, atravesando todo el cuerpo de Galina, casi hasta las puntas de los pies, el pecho le subía y le bajaba con una desesperación que hacía ver lo intranquila que estaba. Sin embargo, tener a Arsénico allí con ella le transmitía una sensación de seguridad tan cálida como el sol que había pendido de la inmensidad del cielo hasta que, dentro de unos minutos, todo se volviera oscuridad y miedo. Era curioso cómo dependiendo de la situación, una compañía que en un principio parecía inadecuada o directamente no deseada se convertía en un salvavidas.

No estoy para chanzas, fantasma perversa que se cree que el mundo es una casa de muñecas —contestó demasiado seria, sin seguirle el juego ni entrar al trapo de las discusiones, cosas que solía hacer en la mayoría de las circunstancias, pero es que aquella era distinta; y ojalá no lo fuera—. ¿Te preocupas porque han venido a robarte tu juguete? ¿Temes aburrirte de verdá? —preguntó finalizando la frase con un intento de risa, tan amarga como el veneno que la rodeaba, incluso cuando este, en realidad, no tenía sabor—. Perdona.

Se disculpó de inmediato, no sabía qué mosca le había picado. Quizá fuera solo el cansancio. El agotamiento extremo… y aquella nube negra que se empeñaba en subyugarla. Era extraño escuchar de sus labios una disculpa, pero es que no tenía ningún sentido aquella reacción tan punzante. El aguijón de un escorpión de verdad habría sido menos doloroso. Suerte que, por lo general, aquella muerta no se inmutaba ante los improperios ajenos. ¿O era al contrario? Porque estaba visto que no tenía problema alguno para lanzar palabras afiladas e hirientes y acompañarlas con el terror que desprendía su cuerpo incorpóreo.

Se ha quedao to allí —dijo como respuesta a su última pregunta.

Todo lo que había llevado para el ritual de invocación se había quedado en el punto en el que había comenzado su huida. Porque una superviviente lo primero que salva siempre es su vida. Las cosas materiales son secundarias, incluso cuando se tenía poco y cada objeto había costado mucho sudor y esfuerzo conseguirlo. Galina sabía que un corazón puro y una mirada cristalina pueden hacer más contra los fantasmas que cualquier ritual, pero por desgracia, el miedo es un factor que atrae con fuerza a las presencias más indeseadas y en ese instante, ella tenía miedo para dar y regalar. Intentaba en vano zafarse del terror que se adueñaba de su cuerpo, pero este incluso ya había comenzado a temblar. ¿Era producto del temporal creado por aquella criatura terrorífica o, efectivamente, se trataba del pavor que sentía?

¡Puedo intentar algo! —gritó a través del vendaval de espíritus y viento mientras que el cabello le comía el rostro, airoso y danzante.

En ese momento, aprovechando que se encontraba protegida por Arsénico, despejó un poco el suelo y se sentó allí, entre las hierbas y las ramas, entre los frutos caídos y el estremecimiento de la tierra. Cruzó las piernas  y cerró los ojos. Poco a poco, la respiración y los latidos se le fueron calmando hasta el punto de ser la antítesis de todo lo que tenía alrededor. Era como si se encontrara sola en el mundo y lo único que escuchaba era su propia respiración: inspira y espira, inspira y comienza a murmurar, inspira y emite una oración que mande a las bestias al infierno al que pertenecen…

La gitana se levantó lentamente, aún con los ojos cerrados, ida en su concentración, diciendo cosas ininteligibles entre dientes que iban ganando volumen paulatinamente hasta convertirse en una cantinela exorcizante, acompañada del salvaje tintineo de sus muchas pulseras, pues otra cosa que funciona para espantar a los demonios son los sonidos estridentes.

El viento le lanzó el cabello hacia atrás de forma violenta y ella dio un par de pasos en la misma dirección al mismo tiempo que abría, por fin, los ojos. Luchaba por mantenerse en pie y rugía por encima de aquel ruido ensordecedor que derivaba de la tormenta.

¡Lárgate por donde has venido, alimaña pestilente! —Buena estaba ella para hablar de olores desagradables, de todos modos—. La luz de mi alma es más poderosa que tu oscuridad —repitió aquello último tantas veces que por fin comenzaba a creérselo y como consecuencia, el miedo iba desapareciendo.


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Galina A. Cherenkova
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