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De cháchara con la muerte | Arsénico 2WJvCGs


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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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De cháchara con la muerte | Arsénico

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Mensaje por Galina A. Cherenkova Sáb Jun 05, 2021 10:35 am


El cementerio de Montmartre era un sitio que Galina intentaba evitar todo lo posible. Bueno, para ser justos, evitaba ese cementerio y todos los demás. Y es que estar rodeada de muertos le generaba una inquietud difícil de describir, no porque le faltaran palabras en su escaso vocabulario, que probablemente también era por eso, sino porque lo que sentía por dentro en presencia de las tumbas de cientos de personas solo se podía comparar con un silencio aterrador que generase una angustia muda. El deseo de salir por patas cada vez que pasaba cerca de allí no se le iba por más que lo hiciera mil veces… Aunque había perdido bastante la costumbre desde aquel desencuentro con el tipo que le había pedido contactar con su mujer, que estaba muerta, y todo lo que le había seguido a eso después.

Numerosas pesadillas la habían perseguido desde entonces cada vez que cerraba los ojos. Aquella noche había ganado un nuevo y peculiar amigo, si es que alguna vez había tenido algo parecido a eso, pero también un susto que casi acabó en infarto. Por primera vez en su vida, se había visto cara a cara con una de las maquiavélicas facetas de la muerte: un vampiro. Por suerte, alguien había dado caza a aquel chupasangre antes de que pudiera hacerle nada, pero el miedo se le había quedado instalado en el pecho y parecía que iba a ser harto complicado desprenderse de él. En momentos así, lo que siempre la había ayudado era hablar con su marido, pero este, lamentablemente, ya no se encontraba en el mundo de los vivos, por lo que nunca jamás podría volver a cruzar palabra con él.

¡Ah, pero si tan solo decidiera aparecérsele para charlar aunque fuera un ratito! La cíngara siempre había mantenido, pues así se lo habían enseñado desde bien pequeña, que los muertos estaban mejor bajo tierra y que si se quedaban sobre ella, era por alguna razón maligna. Sin embargo, sus recientes encuentros con varios espíritus le habían demostrado, muy a su pesar, que no todas las enseñanzas son correctas, que no todo es blanco o negro y que el pueblo gitano, por más sabiduría que guardara en sus entrañas y en sus bolsitas putsi, podía errar en sus doctrinas. Por tanto, donde el miedo podría haber ganado la batalla, se impusieron la rabia y la frustración que sentía por el hecho de que no dejaran de presentarse ante ella presencias que no le importaban ni lo más mínimo, y que le daban más trabajo que otra cosa, en lugar de aquellas que eran relevantes para ella, como pudieran ser sus padres o, cómo no, su difunto marido.

Había muchos misterios que rodeaban la desaparición de Grigoriy y ninguno resuelto. No se había quedado a intentar averiguar qué era lo que había pasado exactamente, pues en ese momento entendió que lo primordial era proteger tanto su propio pellejo como el de sus hijos y su tía. ¿Y por qué ahora, dos años después de tan trágico evento, y no antes había decidido que era un buen momento para conversar con su esposo? Si bien es cierto que en todo este tiempo no se había olvidado de él y que, aunque estaba mal admitirlo, a veces disfrutaba regocijándose en su propia pena —eso sí, siempre para sus adentros, que a nadie le importaba lo que ella sintiera o dejara de sentir—, últimamente había notado ciertas señales que le enviaba el universo y que la conducían a él. Eso y el hecho de haber conocido a la majara de Arsénico, claro.

Había que estar fatal para querer morirse y, además, querer quedarse viva en la muerte. ¿Para qué le servía haberse matado si ahora se quedaba por ahí? Pero lo que más le enfadaba, de nuevo, era que seres como ella tuvieran permitido deambular entre los vivos mientras que Grigoriy no. Pero eso se iba a acabar. ¡Vamos que si se iba a acabar!

Haciendo acopio de todo el valor que podría morar en su pequeño cuerpo, Galina se dirigió al ya mentado cementerio de Montmartre porque quería preguntarle a aquella fulera rubia si podía encontrar a su marido por ella. Porque sí, lo había negado siempre y lo negaría cada vez que le preguntaran, pero la realidad era que había intentado contactar con él en numerosas ocasiones, todas ellas sin éxito. Quizá con un poco de ayuda sobrenatural fuera capaz de lograr sus objetivos.

¡Ay, madre mía, qué canguelo! Al menos era de día, pero el mal rollo en el cuerpo lo tenía igual. Sacó los bártulos que había traído para el ritual de invocación y a pesar de que pensó en aquel rostro demoníaco al encender las velas que la rodeaban, algo debió fallar porque quien se presentó ante ella no fue el veneno que movía la pluma para trazar su destino, sino que algo mucho más oscuro se personó allí. Y ya era demasiado tarde para salir corriendo.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Arsénico Dom Ago 15, 2021 6:22 pm

No lanzaré una pregunta retórica que trate de excusar mi recalcitrante desvergüenza, porque si hay algo que no hice ni hago en ninguna de mis vidas es ponerle excusitas a la desgracia. Quizá sólo había sido una pobre mortal que quería morirse, pero mientras estuve viva, aguanté lo que quisieron echarme y hasta me revolqué en el fango del destino todo lo que pude y más. No por ello dejé de jugar con la muerte, claro, los amores prohibidos están para sufrirlos mientras alguien se deleita con su jugo. ¡Y es que a las tragedias siempre las describen tan amargas cuando, en realidad, su sabor es bien dulce! ¿Veis? ¡Es por afirmaciones como éstas que merecía la muerte! Y todo el tiempo que me la negaron fue una injusticia para vivos y muertos…

¿Que cómo podía ser que "a seres como yo" se nos permitiera deambular entre los vivos? ¡Ajónjolis, pues porque para una sola alma que deseaba alcanzar justamente ese desternillante limbo bien estaba que se lo concedieran, nos ha jodido! ¡Lo suyo había costado, porque yo ni siquiera quería morir, yo quería vivir en la muerte! ¡Y nadie más había enloquecido por el mismo fin!

Y yo también había dicho algo sobre lo de no lanzar preguntitas, ¿cierto? Mas no iba a dejar a mis amores con la duda, pardiez, que a ciertas bellezas agitanadas les salían ronchas en la sesera y en el corazón si no se las resolvías enseguida. Las cosas que se hacen por amor. Ahí hablaba del mío hacia ella, aunque ella estuviera poniéndome ya la cornamenta para sus adentros con otro muy distinto y más literal, echando de menos al adalid de sus antiguas pasiones que ya no cabalgaba por ellas en cuerpo presente. Tragedias, tragedias… Nunca habéis dejado de soñarme.

Deliberadamente había optado por evitar su presencia, una que me cautivaba tanto como había logrado enfadarme el miedo y atemorizarme el enfado. ¡Peligroso alacrán, su veneno resultó ser más impredecible que el mío! ¿Quién lo diría? Aparte de yo misma, en mi extenuante verborrea de tonterías, por supuesto… Pues era definitivamente una lamentada tontería aquello que me había dicho al leerme la manita, y haber tenido que hacerme recordar mi propia tragedia —¡tanto invocar su palabreja!— cuando yo sólo quería seguir viviendo en la casa que tanto me costó desamueblar a mi genuino antojo. ¡Si a ella le gustaba ahogarse en sus propios vómitos de humanidad bien, pero a mí que me dejara tranquila! Algo que, para mi grata —¿grata? ¿En qué quedamos, maldita toxina rubia?— sorpresa, no acabó haciendo ese día...

Al principio, cuando mi volátil e indescriptible entorno dejó de obedecer a mis designios y empezó a arrastrarme hacia un cambio que yo no había elegido, me sentí infartada por la posibilidad de que ya hubieran venido a por mí aquellas fuerzas, todavía sin rostros, que pretendían volver a ordenar mi verdadero hogar y llamar al desahucio y a la vileza por el sinónimo de "exorcismo". Pero no, afortunadamente algo me estaba invocando por otros motivos y mi cuerpo deshuesado, pero intacto, atravesó del modo más dantesco y antinatural todos los obstáculos, lugares, seres vivos y objetos, hasta llegar a ese festival de féretros y a ese bosque contiguo en el que gritaban sus espíritus, donde la Mugre más bella me estaba esperando… Sólo que, al parecer, alguien más había llegado antes que yo por error.

¡Gitanaca de tres al cuarto, los líos te sentaban mejor de lo que creías!

Pude ver cómo a la simpática zíngara se le desencajaba toda la expresividad de su cara frente a ese otro invitado indeseado con el que fantasmas como yo compartíamos acera y que, sin embargo, era mucho más desagradable y menos humano a la vista. Ni yo me enfrentaba a esos entes pululantes que parecían no haber conocido el arte de combinar colores en su antigua existencia y se aferraban a esa monocromática oscuridad de la que estaban llenos y que pretendían derramar sobre los demás. ¡Y por muy aguafiestas que fuera, no iba a permitir que nadie estropeara la exquisita paleta de colores de mi Galina Cherenkova! No abundan las mezclas únicas para pintar el mundo con algo de autenticidad en las venas.

—¡Oye, tú! —arrojé mi rugido espectral con afilada insolencia, justo por detrás de aquella mole incorpórea que rivalizaría con el estiércol más terrenal y demoníaco al mismo tiempo— ¡Métete con alguien de tu mundo! —Y en nuestro mundo, las ilusiones valían para todos sus acólitos, incluidos los más terroríficos. Por eso mismo, creé la imagen de una ola de calor y frío a la vez para interponerla entre la visión de aquel espíritu amargado y la muchacha sobre la que pretendía abalanzarse, aprovechándome de su momentánea distracción para acercarme a ella y susurrarle— ¿Qué? Ahora sí te alegras de verme, ¿eh? —luego de guiñarle un ojo, porque no sabéis lo bien que sienta hacerlo desde aquí—. ¡Corre por tu vida, bello alacrán!

No permití que gruñera más pavadas nerviosas y yo misma la empujé gracias al uso de la corporeidad para acelerar su rapidez natural hacia el bosque del cementerio, y logré que finalmente estuviera corriendo entre su maleza, sin atreverse a mirar atrás, donde los alaridos chirriantes y monstruosos de aquella bestia ya nos pisaban los talones.

—¡Si nos ocultamos por aquí tendremos algo de ventaja, hay muchas energías distintas que pueden despistarlo! —indiqué, cada vez más ebria de aventura y desdén— ¿Se puede saber por qué me has invocado con tanto cabreo? ¡Ya que querías verme, haber reconocido que te morías por beber de este veneno, ma cherie! ¡Ahora por vinagres has conseguido atraer fuerzas más jodidas y molestas que mi propia cabecita!

Y eso siempre ha sido mucho decir, escritora maldita.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Galina A. Cherenkova Sáb Ago 28, 2021 10:24 am


Invocar espíritus nunca había sido la especialidad de la dueña de las manos roñosas. No por nada en particular, sino porque si no practicas algo, es bastante difícil adquirir experiencia y mejorar a la hora de hacerlo. Y eso era lo que le pasaba a Galina con el arte de la nigromancia. Siempre había dejado a los muertos en paz y la pobre ilusa esperaba que con eso bastara para que funcionara de igual modo en el otro sentido, pero qué equivocada había estado… Si realmente hubiera puesto el mismo empeño en hablar con los muertos como el que ponía en mangarles las carteras a los despistados transeúntes de las calles parisinas, otro gallo habría cantado en ese momento.

En cuanto terminó la oración en un ruso tan oscuro que se mezclaba con los idiomas impronunciables de la magia y daba como resultado uno casi propio, una nube negra se arremolinó a su alrededor, haciendo que la llama de las velas temblaran y tras aquel trémulo baile, se apagaron dejándola con una sensación desagradable que se adhirió a su espina dorsal. Por suerte, un sol cegador pendía sobre la cabeza de la gitana y no se quedó a oscuras, pero el calor le taladraba el cogote hasta hacer que quisiera evaporarse allí mismo. Tenía aún en la mano un atado de hierbas que hasta hacía unos segundos le había servido de sahumerio para el ritual, pero este cayó al suelo al instante, junto a sus rodillas.

La falda, llena de tierra, parecía atarla allí. Una fuerza enorme tiraba de ella hacia el corazón del cementerio. Se sentía cansada, con los huesos pesados y los labios casi besando el suelo. Estaba a punto de entregarse a los muertos, de dejar que hicieran con ella lo que estimaran oportuno, de, si la fortuna le sonreía por una vez en su vida —aunque vaya manera de verlo—, reunirse con su amado esposo.

Pero entonces algo se interpuso en su camino. Mejor dicho: alguien. El ente al que realmente estaba esperando apareció de golpe y emitió un grito que la sacó inmediatamente de su adormecimiento. Gracias a la alocada visión que tenía ahora ante los ojos, la pesadez fue abandonando, poco a poco, su cuerpo para pasar a liberarla finalmente. Apenas le dio tiempo a recobrar el control de sí misma cuando la muerte se le acercó de lleno, pero esta vez se trataba de una mucho más… ¿agradable? La rubia tenía razón: se alegraba de verla.

Sin ser capaz de pronunciar ni una sola palabra, fuera esta improperio o halago —algo más raro viniendo de ella, aunque no imposible—, obedeció la orden de su salvadora. Porque eso era Arsénico en ese momento: su salvadora. Había pasado de ser un dolor de cabeza a ser la solución a sus problemas. ¡Qué de lecciones le estaba dando el universo!

No sin cierto esfuerzo, pues sus extremidades aún estaban bastante entumecidas, consiguió erguirse, poniendo los pies en polvorosa en cuanto estos entraron en contacto con el suelo, gracias al empujón de la mujer fantasmal. La tierra sagrada se enroscaba alrededor de aquellos dedos que la apuñalaban con ahínco por el mero deseo de impulsarse y conseguir, así, dar grandes zancadas —las más amplias que pudiera permitir el pequeño cuerpo al que pertenecían— y alejarse de allí lo más rápido posible.

Galina corrió y corrió, intentando no mirar atrás, jadeando con cara de pánico mientras sus piernas se movían sin parar. Todo en ella era nerviosismo y tintineos. El viento y el cabello le borraban el semblante, siendo este una masa borrosa que luchaba por alcanzar su meta rápidamente. Pero antes de llegar, su fiel compañera estaba ahí de nuevo con ella, guiándola en la senda de la vida y huyendo de la muerte, justamente lo contrario a lo que había hecho ella. ¿Era ese el verdadero significado de la frase que rezaba que la vida —en este caso, la muerte— pone a cada uno en su lugar?

Siguió sus indicaciones y solo cuando se sintió capaz de rebajar un poco el ritmo de sus pasos, se giró hacia ella, con el corazón dándole tales golpes en el pecho que parecía que se lo iba a perforar. La boca le sabía a sangre y por más que boqueaba, parecía que el aire no pensaba bajar hasta sus pulmones. Se sentía como si se le fuera la vida de dentro, como si estuviera vomitando el alma o el estómago, pero solo era fatiga producida por la incesante carrera, que la había dejado, literalmente, sin aliento.

Sin embargo, era tan extrema y absurda la situación, que las palabras de Arsénico, lejos de cabrearla, como sí habrían hecho normalmente, le sacaron una carcajada que se ahogó a los pocos segundos por la falta de saliva. A continuación, dijo:
No creía que fuera a funcionar. —Eso no resolvía ninguna de las dudas que le había planteado, pero era lo único que había sido capaz de pronunciar, tan sorprendida que no se había esforzado en ocultarlo—. Y ha funcionado. Ha funcionado —repitió alargando las manos hacia el rostro de su interlocutora—. Estás aquí.


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Mensaje por Arsénico Miér Nov 24, 2021 11:30 am

—Todo sea dicho: te sienta bien la peligrosidad paranormal, gitana mía.

Mis elogios, cual humo trémulo, se escurrieron por la incorporeidad de mis labios hasta retroalimentar mi aura inconexa; mi sucedáneo de cuerpo hecho con los recuerdos sobre esa vida que nunca fue suficiente. Poco o nada podía esperarse de quien se crecía ante las adversidades mortíferas, de quien sólo temía a esa matrioska de finales que amenazaba, incluso, a la propia muerte. ¡De mí, pobres migrantes de la pomposidad y el asco! ¡Estaba muy clarito, hombre! ¿Qué otra ramera de la guadaña iba a alarmarse tanto de que pretendieran embargarle el suicidio y expulsarla del limbo? ¡Si la defunción ha sido mi única forma de existir y jamás había temido su llegada! ¿Significaba que salir de aquí y continuar mi ascenso a los cielos o descenso a los infiernos era mi equivalente a los temores humanos por abandonar la tierra y renunciar al tacto?

No, yo no había renunciado al tacto, pero sonaba demasiado bien a las puertas de tener que soltarle un sopapo al furtivo espíritu que amenazaba con olernos los tobillos de un momento a otro.

—Claro que estoy aquí, Mugre, y espero que sigas diciéndome cosas así; mucho menos aburridas que la última vez.

«Aburrido» era el mejor adjetivo que se me ocurría para retratar la única incomodidad que recordaba haber tenido, una vez envuelta de calina y eco. La incomodidad no es aburrida para las harapientas descaradas del Más Allá; la incomodidad no adormece a una hereje, ni le resulta un problema a la coleccionista de horrores; la incomodidad no me molestaba al rizar mis pestañas con lápices pegajosos, ni al limpiarme las raspaduras con cucarachas escalándome la carne. La incomodidad me molestaba cuando estaba muertita y coleando y, de golpe, me recordaban que mi deseo había sido un error para la gente a la que ya soy incapaz de regresar.

A una masoquista entregada al purgatorio le duele más el dolor cuando se vuelve exclusivo de alguien.

—¿Es posible que haya llegado a tiempo de impedirte venir a hacerme compañía? ¡Por todas las entrañas de un ciempiés, sí que ha cambiado el cuento de la lechera!

Allí donde me veíais, en cierta historia protagonizada por tres trágicos figurines yo había reavivado la llama de uno de esos demonios errantes de la inmortalidad, de una criatura de regurgitante corazón y piel quemada al sol; yo había truncado los logros de cierto cazador de inmundicias que, por fin, sentía algo; yo había devuelto el alfa a su omega; yo había hecho y deshecho a mi antojo, moviendo mis hilos de narradora omnisciente, para despertar a la condena definitiva y que me correspondiera con algo de su ajado amor. Ahora, gracias a meterme donde jamás me llamarían, una pelirroja, antaño ruiseñor, compartía mi falsa duermevela y todo gracias a ese final de cuento de víboras sangrientas y lobos tristes. Todo por culpa de mi deshuesada moral, de las consecuencias del infeccioso bautizo con el que marcaron mi tempo hasta el último, desechado, aliento. ¡Y ahora, miradme! ¡Luchaba contra mi querido infortunio y me ponía del lado de los vivos! ¡Así de caótica he sido siempre, pues que yo desee una cosa para mí misma no quiere decir que vaya a volcar todas las energías de mi adoración en eso! ¿Dónde estaría, entonces, la gracia de amar lo distinto?

—Vamos a tener que volvernos grandes improvisadoras, porque si esto sigue así, este lechuguino varado va a destruir tu mundo. Empezando por este bosque. —Y conforme murmuraba mi advertencia, el cielo se fue encapotando y un vendaval más propio de los altos mares empezó a sacudir los árboles y los matorrales. La mismísima hierba que pisábamos —que pisaba ella— se erizó al compás de nuestras propias pieles, incluso de la que yo ya no poseía— Sé que no eres exactamente una bruja, pero… ¿Alguna idea para dejarle claro que aquí nadie le ha invitado, que es un pedazo de motivao', y mandarlo a su casa de un puntapié?

El descomunal quejido de aquel ser entró de nuevo en nuestras mentes y se escuchó por toda la tierra. Como respuesta, me dediqué a volver a hacerme brumosa y ubicua para servir de escudo a la corpórea Galina. Si ese aguafiestas la quería, tendría que ponerse a la cola y ésta era muy exclusiva, así que acabaríamos más deprisa si destruíamos su pulgoso e intangible trasero en mil pedazos.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Galina A. Cherenkova Dom Ene 09, 2022 5:50 am


Mientras que el resuello luchaba por convertirse en un aire más convencional, atravesando todo el cuerpo de Galina, casi hasta las puntas de los pies, el pecho le subía y le bajaba con una desesperación que hacía ver lo intranquila que estaba. Sin embargo, tener a Arsénico allí con ella le transmitía una sensación de seguridad tan cálida como el sol que había pendido de la inmensidad del cielo hasta que, dentro de unos minutos, todo se volviera oscuridad y miedo. Era curioso cómo dependiendo de la situación, una compañía que en un principio parecía inadecuada o directamente no deseada se convertía en un salvavidas.

No estoy para chanzas, fantasma perversa que se cree que el mundo es una casa de muñecas —contestó demasiado seria, sin seguirle el juego ni entrar al trapo de las discusiones, cosas que solía hacer en la mayoría de las circunstancias, pero es que aquella era distinta; y ojalá no lo fuera—. ¿Te preocupas porque han venido a robarte tu juguete? ¿Temes aburrirte de verdá? —preguntó finalizando la frase con un intento de risa, tan amarga como el veneno que la rodeaba, incluso cuando este, en realidad, no tenía sabor—. Perdona.

Se disculpó de inmediato, no sabía qué mosca le había picado. Quizá fuera solo el cansancio. El agotamiento extremo… y aquella nube negra que se empeñaba en subyugarla. Era extraño escuchar de sus labios una disculpa, pero es que no tenía ningún sentido aquella reacción tan punzante. El aguijón de un escorpión de verdad habría sido menos doloroso. Suerte que, por lo general, aquella muerta no se inmutaba ante los improperios ajenos. ¿O era al contrario? Porque estaba visto que no tenía problema alguno para lanzar palabras afiladas e hirientes y acompañarlas con el terror que desprendía su cuerpo incorpóreo.

Se ha quedao to allí —dijo como respuesta a su última pregunta.

Todo lo que había llevado para el ritual de invocación se había quedado en el punto en el que había comenzado su huida. Porque una superviviente lo primero que salva siempre es su vida. Las cosas materiales son secundarias, incluso cuando se tenía poco y cada objeto había costado mucho sudor y esfuerzo conseguirlo. Galina sabía que un corazón puro y una mirada cristalina pueden hacer más contra los fantasmas que cualquier ritual, pero por desgracia, el miedo es un factor que atrae con fuerza a las presencias más indeseadas y en ese instante, ella tenía miedo para dar y regalar. Intentaba en vano zafarse del terror que se adueñaba de su cuerpo, pero este incluso ya había comenzado a temblar. ¿Era producto del temporal creado por aquella criatura terrorífica o, efectivamente, se trataba del pavor que sentía?

¡Puedo intentar algo! —gritó a través del vendaval de espíritus y viento mientras que el cabello le comía el rostro, airoso y danzante.

En ese momento, aprovechando que se encontraba protegida por Arsénico, despejó un poco el suelo y se sentó allí, entre las hierbas y las ramas, entre los frutos caídos y el estremecimiento de la tierra. Cruzó las piernas  y cerró los ojos. Poco a poco, la respiración y los latidos se le fueron calmando hasta el punto de ser la antítesis de todo lo que tenía alrededor. Era como si se encontrara sola en el mundo y lo único que escuchaba era su propia respiración: inspira y espira, inspira y comienza a murmurar, inspira y emite una oración que mande a las bestias al infierno al que pertenecen…

La gitana se levantó lentamente, aún con los ojos cerrados, ida en su concentración, diciendo cosas ininteligibles entre dientes que iban ganando volumen paulatinamente hasta convertirse en una cantinela exorcizante, acompañada del salvaje tintineo de sus muchas pulseras, pues otra cosa que funciona para espantar a los demonios son los sonidos estridentes.

El viento le lanzó el cabello hacia atrás de forma violenta y ella dio un par de pasos en la misma dirección al mismo tiempo que abría, por fin, los ojos. Luchaba por mantenerse en pie y rugía por encima de aquel ruido ensordecedor que derivaba de la tormenta.

¡Lárgate por donde has venido, alimaña pestilente! —Buena estaba ella para hablar de olores desagradables, de todos modos—. La luz de mi alma es más poderosa que tu oscuridad —repitió aquello último tantas veces que por fin comenzaba a creérselo y como consecuencia, el miedo iba desapareciendo.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Arsénico Miér Mayo 25, 2022 12:30 pm

¡De infinitas chanzas estaba hecha mi materia, como para que fuera un detalle a convertir en réplica después de haberme sacado de mi querida nada y haberme echado a la boca del lobo más seboso, humeante y ofendido! ¡Pues qué bien se va por la vida y la muerte sin invitación! ¡Una fantasma lo sabe de sobras, pero tampoco hay que pasarse!

Aunque si era esa gitana remilgona la que se pasaba, por esa vez se lo perdonaba. ¡Todo por el espectáculo! ¡A la horca el aburrimiento y las faldas planchadas!

—¡Deja de malgastar injurias, Mugre, y céntrate en el ectoplasma que toca! —exclamé, mezcla de grito y de risotada con la que barrí unas cuantas hojas antes de que los estufidos de nuestro enemigo colaboraran en el susto general que pasaba a inundar todo el bosque— ¡Aquí estaremos las dos muy rotas, pero ni siquiera yo diría que se puede juguetear con nosotras!

Si el mundo fuera mi casa de muñecas, su destino sería acabar con las cuencas vacías, los ojos saltones y la cara derretida, mientras el líquido transparente de sus entrañas de marfil inundaba el resto de cuerpos, mal encajados en alguna estancia dedicada a la hora del té, hasta deshacer toda su estructura y hundirla bajo la tierra.

¡Menos mal, Galina, menos mal!

—¡Gracias por brindarme tu creatividad esta tarde, bonita! ¡Al final vas a conseguir inspirarme y todo! —celebré, al comprobar desde mi intangible forma cómo aquella humana más especial que su nacimiento, y quizá también que sus circunstancias, improvisaba para hacerse con el entorno y blandirlo como el arma espiritual que necesitábamos— ¡Y tú, quitahipos! ¿¡No has oído a la señorita!? ¡Nosotros tendremos todo el día y la noche, pero la humanidad no necesita que la ayudes a cagar blando! ¡Búscate otro trabajo, venga, échale imaginación!

A esa embrollona nube de vilezas pareció no sentarle muy bien mi sugerencia, que en tanto mi compañera se concentraba en sus misticismos y abría los ojos con más mala hostia que al principio, mi asqueroso congénere se hinchó cada vez más, y más, y más, hasta que yo ya no pude seguir extendiéndome y acabé placada en lo alto de su deforme cabeza. ¡Qué mamón! ¡Con tanto siglo podrido en su haber resultaba complicado plantarle cara en las mismas condiciones! ¿Ni siquiera una deslenguada como yo podía tocarle los cojoncillos? ¿Ser una distracción suficiente para que la brujería mortal le diera la patada definitiva? ¡Diantres quemaos! ¡A mí no lograrían vencerme en el arte de despreciar a la realidad!

Con las pocas ganas que me quedaban de repetirme, volví a hacerme toda de bruma, pues sólo así aquel infraser se mantendría lo bastante lejos de Galina, mientras eso me daba tiempo a mí para introducirme en la mente de ésta y hablarle desde ahí. Por muy poca gracia que le hiciera, era la única manera de que no nos oyera.

«¡Este julandrón es demasiado cansino! ¡Voy a darle distracción de la buena! ¡Tú sigue haciendo lo que estás haciendo, aprovecha para volver adonde te has dejado tus bártulos, o intenta hablarle a los espíritus del bosque para que te echen una mano! ¡Si este tio les cae tan gordo como a mí, no dudarán en unirse al cotarro!»

No pude seguir hablando en más idiomas abstractos, ya que el placaje escalofriantemente físico con el que me sacudió la mole en cuestión me hizo replantearme todo lo que sabía del limbo. ¿Con que ésas tenía? ¡Muy bien! ¡Me henchí, resoplé, me desgañité! ¡Me convertí en aire, fuego y agua, respaldada por una tierra a la que hacía mucho que no regresaba! ¡Qué reconfortante puede llegar a ser el abrazo rasposo del barro en la garganta cuando llevas tantos años huyendo de la naturaleza terrenal! ¡Qué hipnótico es el fuego en los ojos de la muerte que ha calcinado todas las casas de muñecas del mundo y ha hecho ganchillo con los huesos de tantos cementerios! ¡Qué sibilino el arrullo del mar cuando lo canturrean unos pulmones entonados para enloquecer las almas carentes de juicio! ¡Cuánto tiempo sin ser humana y monstruosa a la vez! ¡Ni mi propia madre me reconocería al convertirme en la salvadora del mundo!

¿Al final iba a ser cierto que sacrificaría mi preciada muerte en nombre de la justicia más desinteresada? Puestos a ser pasto de la luz final del túnel, una parte de mí no podía evitar pensar en la nostalgia y preferirir que hubieran sido los ojos de otra humana los que viera por última vez… Estaba segura de que a Galina no le sabría mal. ¡Al contrario, mejor que nadie lo entendería! A ella también le sucedía lo mismo conmigo y el único amor al otro lado del velo que jamás se le aparecía.

—¡Sopla, hideputa, sopla todo lo que quieras, que jamás conseguirás apagarme!

Ni el oxígeno escapaba al arsénico, esencial para la vida.

«Si me voy para siempre, dile a Margriet que…»

Callé, para continuar perjurando en voz alta, porque ni yo misma sabía cómo acababa ese epílogo a medio escribir.



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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Galina A. Cherenkova Miér Jul 06, 2022 10:24 am


Si la paz no existe de verdad, una buena opción puede ser crearla, al menos, mentalmente. En eso se basaban la meditación y todos los cánticos que luego se convertían en conjuros, en conectar con la paz interior, esa que hasta la persona más exaltada y violenta tiene dentro. A algunos les cuesta más encontrarla y a otros, menos, pero está ahí.

Sobre todo se complica en el caso de aquellos que conversan con ellos mismos a todas horas. Es casi imposible acallar la voz de uno cuando está acostumbrado a pensar sobre todas las cosas, a darles vueltas a los pensamientos hasta que a estos solo les faltan brazos y piernas para cobrar vida y echarse a correr. A Galina le ocurría eso. Intentaba mantenerse ocupada para no pensar en cosas, pero en cuanto tenía oportunidad, su cerebro la acribillaba con miles de cuestiones, asuntos sin resolver o que estaban resueltos de una manera que a ella no le agradaba.

¿El más recurrente? Por si no había quedado claro, la muerte de Grigoriy. Precisamente por eso estaba metida en ese lío.

Intentaba ponerle remedio con los brazos extendidos y la voz, gritando por encima del vendaval, para expulsar al espíritu maligno que se había colado entre los vapores del arsénico, pero cuando parecía que se mitigaba su fuerza, volvía a incrementarse de golpe. Cada vez le costaba más aguantar en su sitio, poco a poco se estaba agotando y como guinda, la voz de la fantasma en su cabeza le hizo dar un respingo y por un instante se despistó, pero enseguida retomó el control de sus acciones.

«De acuerdo», pensó la gitana como única contestación a lo que le dijo la escritora muerta, e invirtió los siguientes segundos en decidir qué podría hacer que fuera más efectivo. La realidad era que no tenía ni idea de si sería capaz de invitar a nadie más a aquella fiesta. ¿Y si volvía a equivocarse y en vez de traer ayuda, como aquel espíritu aparentemente benigno de cabellos rojizos que salvó a su tía dándole un remedio, lo que invocaba eran más enemigos? No, mejor que se estuviera quieta. Quizá la única opción era volver a por sus cosas. ¿Pero así arreglaría algo? Al menos debía intentarlo.

Agradeció muchísimo que Arsénico se quedara dando la cara por ella, actuando de barrera entre sus pulmones y la muerte. Echó un vistazo atrás antes de marcharse, justo a tiempo para oír aquella especie de ruego en un tono que no le había escuchado nunca. ¿Quién era Margriet y que debía decirle de su parte?

Sin embargo, se dio cuenta de que no había tiempo para preguntar, que debía salir corriendo, llegar hasta sus cosas y expulsar a aquel espectro al plano al que pertenecía. Así pues, huyó lo más rápido que pudo. Echó todo lo que le quedaba de energía en aquella carrera cuya meta era la salvación suprema. Al llegar al sitio donde había empezado todo, cogió un palo y empezó a pintar una serie de figuras en el suelo sobre las que colocó ciertas velas y hierbas y en su ruso natal, de nuevo, comenzó a susurrar poemas con palabras antiguas y poderosas que devolverían a los muertos a su sitio. Solo tenía que ocuparse de deshacerse del espíritu correcto.

Se arrodilló en el suelo y bajó el cuerpo hasta que la frente tocó la tierra en una especie de rezo para aquellos que no profesaban ninguna religión. Sus labios murmurantes rozaron la tierra sin descanso y poco a poco, incluso a distancia pudo notar cómo el huracán malhumorado se iba mitigando. ¿Habría sobrevivido Arsénico a aquel hechizo de contención?

Alzó la cabeza, aún con el cuerpo sobre la tierra, apoyando sus brazos morenos sobre las hojas, ramas y hierbas. El marrón de sus ojos se topó de lleno con el silencio. ¿Se había desecho también de la otra muerta? Una punzada de preocupación le asaltó el estómago antes de decir:
¿Hola?

Nadie le respondió, salvo algún pájaro en lo alto de los árboles. Se dio la vuelta y, rodando, quedó bocarriba, respirando de manera agitada y al mismo tiempo aliviada. No sabía si se echaría a llorar. ¿Realmente se había quedado sola?


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Mensaje por Arsénico Dom Sep 25, 2022 10:53 pm

¡Y afortunadamente, la hinchazón de la bruja que yo he sido a ojos de la lógica mortal, el despliegue de las improvisadas habilidades de un feto malnacido por debajo de su angelical apariencia, sirvió de algo! No por mí misma, seguramente, sino por la fe —¡Oh, sí, monja como yo sola! ¡Mi oculta vocación todo este tiempo!— que había depositado en aquella vasija humana hecha de carne que aún podía sangrar, dueña de un alma que me acababa de confirmar por qué había ido a buscarla yo en un principio. ¡Claro, si los vivos todavía pueden acariciarme el lomo, aunque sea transparente! ¡No en vano, jamás he dejado de atormentarlos por puro egoísmo, nostalgia redomada!

Así pues, cuando aquel cagón invisible comenzó a deshacerse, redundando en nuestra propia naturaleza, supe que Mugre había cumplido. Abracé la memoria anclada del dolor físico con mi esperado masoquismo, pero no cerré los ojos durante el carnavalesco espectáculo de la extinción de un compañero mío. Otro necesitado del limbo que se había acabado olvidando su traje de piel por el camino y que no se parecía en nada a mí porque, para empezar, no estaba drogado por la melancolía, sólo por el horror.

¿Y de qué sirve el horror sin una bonita razón que lo escandalice?

Fue curioso reencontrarme plenamente con la tierra, pues, aunque no imitara el desintegrado destino del villano, pareció ser que alguna cabriola dramática debía ornamentar aquella función digna de las más chuscas reuniones espiritistas. De esa guisa, un espasmo me movió —pese a que nadie puede mover un cuerpo que, en realidad, no está en ningún sitio— del aire al barro; caída en picado. Si no llevara veintidós años sin respirar, me habría ahogado. Si tuviera unos pulmones, se habrían llenado de piedras. Si conservara una garganta, habría cantado, agónica, en el idioma de los gusanos. Lo que ningún fantasma podría hacer para vivir su muerte, lo habría hecho yo, allí mismo, encantada de ser el paradigma de una aberración entre dos mundos incapaces de reconciliarse.

Menos mal que estaba muerta para apreciar la vida. ¡Y pensar que seguía siendo una incomprendida!

Al cabo de un rato, salí de allí. Como agua filtrada, como el humo del fuego. ¿Me las había visto ya con los cuatro elementos? ¡Qué maravilla! ¡Quizá haya un quinto podio escondido entre los nuestros, que sólo puede apreciarse dentro del caos de una revolución incorpórea!

Me llevé las manos a la nariz, como si todavía obedeciera a unos impulsos mortales que despertaban después de tanta congelación temporal para hacerme creer que todavía destilaba ese vino carmesí de la biología. No hallé nada. ¡Claro! ¿Qué esperaba? ¡Continuaba siendo un ectoplasma renegado, tal y como había parodiado antes junto a Galina! La buena de Galina, traspuesta en el suelo y contentando al mundo con el sonido de la hiperventilación que se me sigue antojando muy melódico.

—Bueno, venga. —Vomité esa respuesta a su dudoso saludo y supe que mi voz, lo único que ella había escuchado debido al silencio sobrenatural de mi reaparición, podría haberse cobrado su corazón de un susto. Pero, ¿qué clase de fantasma sería si no asustara de vez en cuando? Ni siquiera lo hice apropósito, sólo estaba exactamente igual que ella, asimilando aquella bucólica aventura ahora que conservaba el único plano de existencia que me importaba— ¿Para qué me buscabas? Que no tengo toda la vida.

Y rompí a reír. Seguramente, la risa más humana que habría parido desde que volviera a nacer. Me reí como una auténtica desgraciada, vulnerable, pero invicta. Porque había sido un chiste tan literal que no hacía justicia a toda mi esencia, a la vez que llevaba el sello de mi humor venenoso en su máximo y macabro esplendor.


Última edición por Arsénico el Mar Sep 27, 2022 12:38 pm, editado 2 veces


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Mensaje por Galina A. Cherenkova Mar Sep 27, 2022 11:15 am


En mitad de aquel silencio para nada improvisado, más bien buscado, creado artificialmente con la poca energía que quedaba dentro de aquel cuerpo fuerte pero diminuto, la respiración que salía de él retumbaba como pasos de gigante. Todo el cuerpo de Galina era temblor, era alivio, era miedo, era descanso…

Y por eso, aquella voz le hizo dar tal respingo que de haber tenido algo encima de la cabeza, se habría golpeado con ello en los morros. Por suerte, allí solo había aire, el mismo que ella había expulsado de sus pulmones y que había regalado al bosque de los muertos.

¡Maldita fantasma, terror nocturno, bestia de los infiernos! —exclamó como respuesta a aquel pseudoinfarto.

Por suerte, pudo parar la verborrea de improperios antes de pasar a acordarse de toda su estirpe, estuviera esta viva o tan muerta como ella. Se incorporó despacio mientras Arsénico soltaba aquel estúpido chiste que le habría hecho reírse si Galina no fuera Galina y si las circunstancias fueran distintas. ¡Claro, como ella no podía volver a morir, qué más daba que hubiera estado a punto de hacerlo la gitana! Sentada en el suelo, observó cómo aquel cuerpo transparente se retorcía por su propia risa y esperó a que dejara de hacerlo para intentar contestar a su pregunta. Después de todo aquello, después de haber sobrevivido, lo mínimo que podría hacer es armarse de valor y darle voz, por primera vez, a todos sus miedos. Le provocaba un pánico atroz exponer su corazón delante de alguien, sobre todo porque estaba acostumbrada a reprimirse.

Bien. La razón principal por la que te he llamao es… —comenzó a decir, pero tuvo que parar para tragar saliva porque sentía la lengua como la suela de un zapato, esos que ni siquiera usaba—. Es… Porque quiero que contactes con Grigoriy. Con mi marido —aclaró, probablemente innecesariamente para aquella metomentodo que había estado acechando su casa y a sus hijos antes de dar la cara—. Llevo tiempo queriendo contactar con él y no ha habido manera.

Decir todo eso en voz alta era, aparte de nuevo, un poco vergonzante. Galina tenía la mala costumbre de pensar que los asuntos de uno eran privados y que bajo ningún concepto había que airearlos de cara a los demás. Lo mismo ocurría con los sentimientos, una creencia muy poco sana que, si no se evitaba, pasaría a sus hijos. Los varones de por sí tienden a reprimir sus emociones, así que tampoco iba a suponer mucha diferencia, de todos modos… ¡Pero allí se estaba hablando de ella, no de los valores que les transmitiría a sus churumbeles!

¿Podrías hacerlo? No sé si los fantasmas podéis hacer eso —confesó, pues había empezado a aprender sobre ellos hacía relativamente poco, cuando había descubierto que muchas de las cosas que le habían contado sobre los espíritus no eran exactamente como pensaba.


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Mensaje por Arsénico Vie Nov 18, 2022 1:50 pm

¡Qué larga era la cara que me mostraba la gitana más hermosa de mi imaginario! ¿Tan reprochable se veía mi descontrolado humor, mis carcajadas de alivio? ¿Recordaba mal y en la oxigenada parcela de los vivos no ponían también a la risa en un pedestal, alabada como herramienta de supervivencia o señalada como disfraz ante los nervios? Qué irónico que, para una vez que la luz al final del túnel me había despellejado la insolencia hasta arrancarle la vulnerabilidad más humana y exponérsela al mundo, cual puño envuelto en sangre —viscoso, palpitante y lleno de historias—, la reacción de los demás al verlo continuara siendo de hastío y maldiciones…

No pasa nada, la resiliencia me ha ido haciendo inmune a la decepción. Desde que soy aire caliente, sé que nadie suele adentrarse en mis ráfagas por propia voluntad si no le mueve una motivación externa. Un relicario de muerte no tiene derecho a esperar nada de unos latidos.

Y, aun así, qué destructoramente bello es seguir haciéndolo, aunque me reencuentre con el error.

—¿Te ofenden mucho los sustos casuales de la fantasma a la que buscabas? —expuse con elegante recelo, mientras mis significativas risotadas se volvían meros cánticos sin fuerzas que las hadas del bosque no tardaron en llevarse a cambio de mi momentánea fragilidad— Porque toda esta pifia tuya también ha estado a punto de echarme de mi propio plano y acabar con mi forma de vida, así que podrías compensarlo probando a llamarme algo más bonito, pa'variar. 

Si me tocaban el coño, se encontrarían la mano vacía. Aun así, estaba dispuesta a escuchar lo que había impulsado a la pobre Mugre a solicitar la ayuda de una loca marchita, y lo hice con la misma atención que sólo yo podía profesarles a mis atormentados favoritos. Y cuando el amor volvió a manifestarse en los labios de una vida pasada que se negaba a soltar el presente, comprendí a qué había sabido alguna vez la sangre de mi corazón muerto. Creí que me lo había comido antes de morir y, en realidad, mi veneno era esencial para la vida.

¿No fue eso lo que me dijeron alguna vez?

—Pues no lo he hecho nunca, así que no tengo ni zorra. Pero, por mi alacrán, siempre voy a querer averiguarlo —respondí a su pregunta, al blandir una tenacidad necesaria después de haber tumbado a los enemigos del limbo y también de la existencia—. Eso sí, seguramente implicará que debas confiarme más cosas acerca de tu Eros, y desconozco hasta qué punto te hará gracia mi presencia en tu caja fuerte.

Un duende tendría menos apuro, pero no más interés. Ninguno se ha topado con mis ondas de fuego y ha vivido para alcanzar el sol. Prefiero las alas de cera que me ofrenden los humanos. Nadie se lo imagina, y eso a mí me viene de perlas, pero se parecen un poco más a mi propia destrucción.


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Mensaje por Galina A. Cherenkova Jue Nov 24, 2022 6:28 am


Ha sío por el susto que mas dao. —Aún le iba el corazón a mil—. Pero tienes razón. Lo siento.

De nuevo, allí estaba la Galina que se disculpaba, algo insólito y sin embargo, Arsénico la había presenciado dos veces en un día. Quizá la gitana estaba aprendiendo a comportarse de un modo diferente. La imperiosa necesidad de estar en alerta continuamente transforma la forma de ser de una persona. Ella no sabía relacionarse de una manera distinta a la que estaba acostumbrada, pero puede que simplemente fuera porque jamás se había atrevido a salir de la burbuja formada por su familia.

Siento habernos puesto en peligro a las dos —añadió poniendo la mano en uno de los brazos de la fantasma para después apartarlo de ahí pasados un par de segundos—. Muchas gracias por salvarnos. Por salvarme.

Entendía perfectamente que después de aquello Arsénico no quisiera saber más del asunto y que se largara por donde había venido o por donde a ella le diera la gana. Por eso, le sorprendió que fuera una afirmación, en lugar de una negativa, lo que salió de sus labios de veneno y jolgorio. De su boca de improperios y vulnerabilidad. De su garganta de risas y ternura. De su cuerpo hecho de humo y anhelo.

¿De verdad iba a ayudarla? ¿De nuevo? Pero tal y como ella entendía el mundo, nadie hacía las cosas gratis. ¿Qué tendría que darle a cambio? ¿Cómo pagaría dicho servicio? Pronto vino la respuesta. A lo mejor la rubia no pedía algo material, pero que Galina tuviera que exponer su alma y servirla en bandeja era muchísimo peor. ¿Acaso pensaba que había otro modo de hacerlo? ¡No era tan ingenua, ni siquiera había derecho a apelar a su  ignorancia! Quien algo quiere algo le cuesta. Y allí estaba el precio: su corazón; o, más bien, lo que este guardaba dentro.

¿Qué necesitas saber? —Habló antes la desesperación que el miedo, la intriga antes que la ofensa, el amor antes que el odio—. Prométeme que esto no es simplemente por burlarte o vengarte de mí. Que todo lo que aquí se diga se quedará únicamente en tus oídos.

Galina conocía el valor de una promesa. Por eso, ella procuraba no hacer nunca ninguna. Cuando eso ocurría, se creaba un pacto que para ella era irrompible y en el caso de que se faltara a la palabra, habría consecuencias para el transgresor.

Que nunca dirás en voz alta nada de lo que yo te confíe. Pero a cambio quiero que me digas una cosa, para saber que tu promesa es cierta.

Hizo una pausa que pareció concentrar todo el aire y todo el silencio del mundo. Ni el canto de un pájaro ni la danza de las copas de los árboles al ritmo del viento osaron interrumpir ese momento previo al posible trueno que implicaba la rotura de las entrañas de los muertos.

Quiero que me digas quién es Margriet.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Arsénico Mar Ene 17, 2023 6:09 am

¡Pobres humanos, obligados a vivir con la verdad y respirar el olvido! ¡Suertudos humanos, que pueden desconfiar de los demás con la excusa de los años! ¿Pobres? ¿Suertudos? ¿Humanos? ¡Ah, no, pero si yo también soy humana! ¡Los vivos sería el término supuestamente correcto! Y digo supuestamente por que ¿Quién le prestaría tanta atención a la cirugía de las palabras para operar un antiguo corazón de hielo?

Una escritora muerta, por supuesto.

—Pues no se escucha nada mal el sonido de la miel en tu boca… —Fue mi manera de devolverle las gracias. ¡Darle las gracias al agradecimiento! ¡Cómo me gustaba que las redundancias me quitaran un aliento maltrecho del que ya carecía!— No sufras más, que ayudarte ha sido un gusto cuestionable. ¡Y no porque lo cuestione yo, que tengo muy claro lo que me gusta, sino porque cualquiera en su sano juicio lo haría! Pero después de todo lo vivido, ni tú ni yo entramos en esa categoría.

Claramente, con ese «vivido» abarcaba también las pericias de mi marchita existencia. ¿Para la pobre y suertuda Galina sería motivo de alarma que un espíritu travieso digno de aparecer en todas las antologías paranormales le dijera que tampoco entraba en el grupo de los prudentes? Bueno, de nuevo, había sido ella quien me había invocado. Su valor tenía mejores cuitas de las que preocuparse.

La vache! ¡Veo que no te separas de tu suspicacia ni pa'echar un meo! ¿Te piensas que lo pregunto por sadismo o por cotilleo? ¡Eso nunca me ha detenido antes, no veo por qué iba a empezar a buscarme excusas razonables justamente ahora! Lo pregunto porque voy a necesitar una descripción bastante sebosa de cómo era el paisano en cuestión ¿Tienes idea de cuántos fiambres traslúcidos pululan por el limbo? Y tú también sabrás que lo que importa aquí no son precisamente los atributos físicos, sino lo que fueron nuestras entrañas y lo que aún puede sacarse de dentro si alguien mete su mano en ellas.

¡Pero si los muros de mi accidental compañera no permanecieran todavía en pie, tampoco estarían llenos de mugre! Yo siempre tenía en cuenta los estimulantes obstáculos que la melancolía cíngara se ponía a sí misma. Ahí residía gran parte de su encanto. Lo que mis propias entrañas no previnieron fue que una mano —la suya— se introdujera tan rápido dentro de ellas y encontrara la escasa vergüenza que habitaba en el cuerpo de un delito voluntario. ¡Paradójicamente definitorio en toda mi persona, que hubiera necesitado morir para sentirla alguna vez!

—¡Oh! ¡A ver, a ver! ¿Cómo dices que están las cosas, precioso alacrán, que las pueda yo memorizar bien para que la risa me haga entrar en calor durante las exorcizadas noches de invierno? O sea ¿Armas un barullo digno del patio de recreo de Satán porque quieres mi ayuda, pero tengo que ser yo la que te dé a ti una garantía de algo? ¡No es así cómo se juega a las cartas serias en Etterbeek, señorita, sino a los pitorreos! ¡Y no creo que te estés pitorreando de mí! ¿Cierto? Alguien como tú no mentaría el nombre de su amor en vano.

¿Y cuánto hacía que alguien no me daba una razón para hablar de Margriet en voz alta? Y peor aún ¿Desde cuándo había ganado el tiempo a un alma vacía que sufría de placer en verso?

—Igual que tú pareces no poder confiar en mi desinterés, yo tampoco puedo decirte quién es Margriet. Sólo puedo aullártelo, y quién sabe si los tímpanos humanos están hechos para sobrevivir al lamento de quien aspiraba a morir desde su nacimiento. No, Galina, si pretendes diseccionarme en beneficio de tus dudas, yo soy quien debe exigir un pagaré. Ya que te has empeñado en que te reclamen algo a cambio, así será. No obstante, antes de que entres en colera, te aclaro que mis condiciones quedarán a la misma altura, no por encima: tú me dejarás deambular por tu pasado y yo te reuniré con tu Grigoriy. Yo te dejaré deambular por el mío y tú te convertirás en mi única amiga con branquias para que pueda ir a visitarte de tanto en tanto sin que te cabrees. De ese modo, quizás acabes deshojando a la «margarita» tarde o temprano.

Nadie puede interesarse por los perímetros de la muerte sin asumir riesgos. Yo soy la prueba inanimada de ello.


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De cháchara con la muerte | Arsénico Empty Re: De cháchara con la muerte | Arsénico

Mensaje por Galina A. Cherenkova Lun Ene 23, 2023 6:06 am


A veces, Arsénico rizaba más la lengua al hablar que sus cabellos y a Galina, inevitablemente, le venía un poco de ese dolorcillo de cabeza con el que la conoció por primera vez. Parecía que había pasado una eternidad desde que la fantasma había puesto un pie en su casa, pero en realidad no había avanzado mucho el tiempo desde entonces. Se le encogió un poco el estómago al recordar a sus hijos, Grisha y Sasha, jugando cerca del río al que no les dejaba acercarse por si se caían y se ahogaban en él. Siempre pensando en lo peor. Pero no, todo había salido bien y mientras que ella se jugaba la vida en el maldito cementerio, mientras que ella había estado a punto de unirse a los muertos en su afán de descansar bajo tierra mullida y húmeda y alimentar a los gusanos con sus carnes, sus traviesos y queridos churumbeles agitaban sus manitas y sus risas junto a su tía Nadezhda.

Galina pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, lejos de sus niños. Todo era por su bien, se decía, y era cierto, pero aquella aventura no tenía el objetivo de conseguir un trozo de pan para llevarlo a la mesa, sino que se alimentaba del deseo egoísta de la gitana de comunicarse con su gran amor.

¿Y qué?

¿Acaso no es necesario de vez en cuando un poco de egoísmo? ¿No es imprescindible cuidarse a uno mismo para poder cuidar de los demás? Galina no entendía de delicadeza y cariño, pero a su manera practicaba la dulzura, aunque fuera envuelta en capas y capas de mala leche. No entendía de autocuidado como tampoco entendía de cuidar de los demás, pero siempre lo hacía. No solo se trataba de objetos que actuaban de amuletos que protegían frente a los malos espíritus —¡¿y de qué le había servido?!—, sino que se jugaba la vida por llevar algo de comida a casa, intentaba mantener a sus hijos limpios y sanos y daría, literalmente, sus pulmones por salvar los de ellos.

Otro día más había logrado sobrevivir, esta vez gracias a la ayuda ajena, que era lo extraño, pero todavía veía lejos el momento de regresar. Primero tenía que encargarse de sus propios asuntos.

¡No, claro que no me fío de na!

Y quien lo hiciera, era un necio, por eso también entendió que Arsénico no se fiara de ella o, más bien, que no quisiera abrirse el corazón como estaba a punto de hacerlo ella. No tenía ni idea de dónde quedaba Etterbeek, pero no le hacía falta saberlo para entender a lo que se refería su interlocutora. ¿A lo que se refería su amiga? ¿Hacerse amiga de una muerta? ¡Habrase visto semejante chaladura! Menos mal que había venido sola a cometer aquel acto de locura y que no habría más testigo que sus propios ojos para acceder a las peticiones del delirio en forma de mujer que tenía delante.

Está bien —dijo a regañadientes y los que le quedaban intactos no se le partieron de milagro—. Lo haremos como dices. —No hubo que escupirse en la mano y apretarla contra la de la otra para sellar ese pacto, la palabra bastaba en este caso, y la palabra fue la que regurgitó todo lo que Arsénico pedía saber—. Mi Grigoriy era el mejor hombre que puede una mujer encontrar. Y mira que al principio no lo quería, pero la vida siempre te sorprende. Era atento y cariñoso. Y muy respetuoso, algo poco habitual, por desgracia. —Hablaba como una anciana de noventa años que había perdido a su marido hacía muchas décadas y solo era una chiquilla de veintitantos cuyo esposo había sido asesinado hacía dos—. No le vi morir, pero yo sé que lo hizo. Me lo contaron y más tarde lo confirmé en las cartas. —Ella confiaba en esas cartas, aunque a veces las usara para realizar la mejor actuación de su vida basada completamente en el engaño—. Veías la verdad en sus ojos verdes y sentías seguridad en sus manos callosas. Era una rareza que merecía ser conservá. Lo secuestraron pa venderlo como esclavo. —Tragó saliva, atrapada en sus palabras y los recuerdos que estas evocaban, recuerdos de los que siempre evitaba hablar, todo aquello era muy complicado para ella—. Se escapó y lo mataron. Y desde entonces no sé na.


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