Victorian Vampires
Through the gardens of dying light — J. 2WJvCGs


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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Through the gardens of dying light — J.

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Mensaje por Lucille J. Martin Lun 22 Nov 2021, 20:52

Through the gardens of dying light

JARDIN DES PLANTES | 20:30 H


Desconocía el tiempo que llevaba entre el perfume amaderado que desprendía el musgo al ser cubierto por el rocío, la empalagosa fragancia de los jazmines o la suavidad de las lilas. ¿Unos seis meses? Quizá un poco más. La duda siempre respondía a su cuestionable poder de memoria y, no obstante, sin dejar de sentirse una foránea, jamás perdía la consciencia de que ese era su entorno ahora. Todo se sentía extraño. Todos se sentían extraños. Pero pedir aquel puesto de trabajo había sido su mayor hazaña, nunca debía olvidarlo; su vida había dependido de esa postulación.
Algunas veces, solía preguntarse qué hubiese sido de ella, de ellos, de no haber aplicado.

Tal vez estaba demasiado arruinada como para ser buscada y castigada. Arruinada en cuerpo y espíritu, pues su carne no había querido engendrar siquiera la vida más miserable, y su vid estaba infestada por el miedo del que los sabios debían estar despojados. Aguardaba, entonces, que la decepción fuera más que suficiente para que la dejasen en paz. Pero Mina no estaba de acuerdo. Se lo recordaba siempre al ocultarse el astro rey, para que levantase la guardia y esperara la materialización de la muchedumbre entrando por aquella puerta.
Eran sombras. Porque era común que los miembros del aquelarre se manifestaran a los extraños en forma de sombras con apariencias humanas. Al verlas se anunciaba tu futura caída, y Lucille soñaba con ellas por las noches.

Durante el último mes, sus horas de sueño se habían reducido considerablemente a causa de un aumento en su jornada laboral. El agotamiento producido por esta sobrecarga aún así compensaba el mal trago de sus pesadillas. Cambiaba la oscuridad por su nueva obsesión con la tierra y los ejemplares vegetales que debía atender y cuidar. Cualquier cosa era mejor que la oscuridad, y siempre era bueno poder contar con un extra económico, en especial si el pago básico por sus servicios apenas alcanzaban a cubrir los gastos de su pequeño apartamento acompañados de unos pocos suministros básicos. Había sido entonces ella misma quien se ofreciera para cubrir las horas que contemplaban las visitas nocturnas al jardín.
La jardinera tampoco iba más allá de los límites. Su rutina era perfecta. Y aburrida. Al concluir su labor diurna acostumbraba a encerrarse en su dormitorio para embriagarse de lecturas y escritos. En cambio, la inmensidad del conservatorio natural siempre le brindaba algo nuevo. Conocía prácticamente cada sendero, sus desviaciones y finales, y eso la convertía en una guía espléndida.
Acudir más allá del atardecer a otro sitio que no le fuera familiar, en vista de lo ya mentado, resultaba hasta cierto punto abrumador.  

Al iniciar el turno, debió compartir labor con otros dos empleados que, al igual que ella, se encargaban de orientar a las visitas. Cada uno se encargaba de un punto estratégico, y difícilmente cruzaran sus caminos hasta que el lugar cerrara sus puertas. Los visitantes en su mayoría eran jóvenes enamorados o entusiastas de la botánica en busca de aquellas especies que sólo podían relucir ante la ausencia total de luz. No como ella. El sitio custodiado por Lucille se encontraba vacío, mientras el cielo, por su parte, se revestía de incontables luceros incandescentes que aún así apenas lograban delinear su figura, y un tañido fresco provenía del estremecimiento de la copa de los árboles gracias al viento que comenzaba a levantarse. El paraje, de pronto, era demasiado tranquilo.

Intranquilo, diría ella. Él, sin embargo, se mostró a favor de esa inquietud.

«Me agrada. Nadie vendrá ya esta noche. Podríamos seguir escribiendo ese poema»

«No. Ni siquiera hay buena luz»

En su lugar, sacó del bolsillo de su uniforme lo necesario para comenzar a fumar tabaco, sin perder la agudeza de su mirada hacia el follaje insondable.

«Apaga eso. Tiene un olor asqueroso»

Lucille ignoró a Megara, como no podía ser de otra forma, y continuó envolviéndose en el humo. Aquello no iba a arruinar su concentración; mucho menos su visión. O eso creyó.
Debieron pasar unos pocos segundos antes de que escuchara pisadas detrás suyo moviendo el empedrado. A pesar del sobresalto que esto le produjo, buscó disimularlo manteniendo la posición de su cuerpo intacta, girando a duras penas su cabeza hacia la dirección del sonido. El máximo ángulo de su visión le permitió identificar un vestido.

—Lo siento mucho. Enseguida estoy con usted.

Antes de girarse, intentó sacudirse los restos de tierra que llevaba encima. Al transcurrir todo el día allí dentro, a diferencia de sus compañeros, sus prendas distaban mucho de encontrarse limpias.


▔▔
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Aidan
Megara
Mina


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Mensaje por Judith A. Wardwell Lun 29 Nov 2021, 00:17



Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo.

Proverbio árabe


París había recibido a Judith Wardwell, mejor dicho, a Margriet Tronchin, de una manera fría y húmeda, con una lluvia fina e inesperada que le había hecho atravesar la biblioteca principal, en el centro de la ciudad, medio empapada. Por suerte, cuando salió de allí, el mal tiempo había cesado y había podido cargar con sus recién adquiridos libros sin tener que preocuparse demasiado por protegerlos de inclemencias meteorológicas.

La lluvia había dejado tras de sí olor a tierra mojada y algunos charcos en los que las estrellas podían reflejarse para verse los rostros, al igual que los vampiros, por más que en las leyendas se les privase de realizar tal acción. Ese olor era más intenso en un lugar como el jardín botánico, que se mezclaba de un modo muy agradable con el aroma dulzón del galán de noche y hacía de los paseos a través de sus caminos una experiencia verdaderamente envolvente y placentera. Bien lo sabían aquellos que iban a visitar el precioso lugar, y es que con lluvia o no, a menos que fuera muy grave la cosa, este no cerraba sus puertas y siempre estaba dispuesto a acoger a los curiosos.

Judith era una persona curiosa, pero no se adentró en el jardín solo por ese motivo. Es más, su idea inicial era no hacerlo. Y es que, aunque el sitio le pillaba de paso hasta el hotel en el que solía alojarse cuando visitaba la ciudad gala, verse rodeada de toda esa flora solamente la distraería de los asuntos que tenía que atender.

Pero el cuerpo es sabio y el alma, incluso cuando no se dispone de una, también. Los pies de la otrora maestra la condujeron hasta el corazón verde que en tiempos ya demasiado lejanos, incluso para ella, había escuchado al suyo palpitar junto con otro mucho más joven. Las rosas habían clavado sus espinas en los dedos de su alumna predilecta mientras los sauces lloraban para ocultar sus rostros fundiéndose bajo la luz de la luna.

Recordar siempre dolía más si el escenario era asombrosamente bello.

Sin saber muy bien cómo, de repente se encontró a sí misma en uno de los pasillos empedrados, cuyos lados estaban delimitados por plantas de todo tipo y un poco más allá, frente a ella, una silueta rodeada de humo, recortada por la luz tenue de las farolas. Se acercó a ella con el maletín de piel amarronada golpeándole en la pierna cada vez que daba un paso y antes de que pudiera alcanzarla, le habló.

No se preocupe —respondió sin verle todavía el rostro a aquella mujer—. No he venido a hacer una visita guiada. Es más, quizá están a punto de cerrar y lo que debería hacer es marcharme —añadió, tan humilde como siempre, sintiéndose una molestia y sin olvidar los modales incluso cuando biológica e históricamente, se suponía, pertenecía a una raza superior—. Lamento haberla molestado, señorita —dijo finalmente dándose media vuelta, dispuesta, realmente, a marcharse por donde había venido.

Aquella fémina no tenía culpa alguna de su nostalgia. Lo más sensato sería llegar al hotel y trabajar en su habitación toda la noche más el día siguiente hasta que cayera la tarde y pudiera emprender su viaje hacia Le Havre para tomar allí el barco que la llevaría al sur de España.


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Mensaje por Lucille J. Martin Mar 04 Ene 2022, 21:38


Al darse vuelta, inhaló aire abruptamente y lo contuvo abarrotado en sus pulmones, notando que el calor ya había invadido la columna. Sus músculos se habían contraído al grado de sentir pequeños espasmos debajo de su piel, percibiéndose en el exterior apenas una silueta inmóvil que parpadeaba únicamente cuando la sequedad de sus ojos se lo exigía.

—No lo hace —respondió queda.

Ni las enseñanzas más rigurosas de los manuscritos, ni siquiera las nanas tenebrosas que relataban su lore, hubieran dado la certeza de la existencia de las criaturas noctámbulas como lo hizo esa aparición. Era el aura del diablo abrazando la figura de una mujer que simulaba su falta de veneno. El resurgir de un rostro fantasmagórico que no se privaba de la gracia de su encanto, confiriéndose como un arma que se cargaba con el eclecticismo de estas cualidades para asegurarse de no errar a la hora de su violento cometido.
No podía hacer mucho contra ello.

Pero entonces, la serpiente de escamas ígneas se ciñó alrededor de las sienes del cordero cuando este, incapaz de gritar, se entregó a su destino.

‹‹Es una trampa. Tan pronto te gires se abalanzará para desgarrarte la carótida››

Mina era su destructora, pero también su instinto más radical de supervivencia. No se podía suplir aquello que había nacido como proceso primario del inconsciente, y eso la volvía imprescindible incluso para las otras presencias de su mundo interno. Mina era la condición sine qua non para la conservación de su existencia.

‹‹Vámonos. Busca a los demás››

La jardinera comenzó a hacer memoria de cómo se distribuían los presentes en aquel predio. Estaba segura que quedaban visitantes. Sus compañeros debían estar en la zona norte, cada uno en extremos opuestos, según lo que se les había asignado, a poco más de setenta metros de su ubicación. No importaba cuánto empeño le pusieran sus piernas, era imposible que los alcanzase. Pero, ¿importaba?
Entonces trató en su lugar de razonar la ventaja de lograr reunirse –en un caso extraordinario– con la muchedumbre, y tampoco halló una respuesta positiva.
El aquelarre había sabido cómo inculcar los designios de esta raza indulgente. Alguna vez, según el relato de los más ancianos, habían asediado su asentamiento. Los vampiros, impredecibles y astutos, sabían cómo separarte del grupo para reducirte a la nada misma en cuestión de segundos. Sin embargo, no ocurría así cuando irrumpían directamente sobre una reunión del Sabbat; de ser el caso, las cabezas de estos eran expuestas en picas, sirviendo como conductos poderosos de energía para sus propios rituales. Pero esto había cambiado sobre los últimos años luego de que conjurasen una barrera de protección que, además de servir como protección básica ante la llegada de intrusos, volvía prácticamente invisible al campamento al mimetizarlo con la arbolada de su alrededor.

‹‹Tu magia››

‹‹No puede hacerlo. Déjamelo a mí››

Megara entendía de hechicería lo mismo que Lucille y Aidan: prácticamente nada. Sus habilidades se limitaban a los pasajes más básicos del ocultismo que se reducían a herramientas fútiles contra un vampiro. No sucedía así con Mina, quien había sido la encargada de controlar la consciencia del cuerpo cuando se impartían las lecciones más duras de magia oscura. Aún así, carecía de control en sus acciones, algo que Megara sí creía poder manejar.

La mujer que tenía frente a ella, aunque ostentaba buena alcurnia, no poseía la pompa que acostumbraba ver en los de clase alta. Su perfil era afable, como quien no fuera a cometer un crimen. Lucille, sin poder apartar su mirada de ella, intentó con dificultad atender a todas las voces. Luchó unos instantes hasta que, abrumada por aquella presencia y el bullicio de su mente, se dejó a la suerte de los otros.

Sencillamente, se apagó.

—No podría nunca ser una molestia. ¡Es mi trabajo!
››Ah, lamento el letargo. Una vez más. Creo que me ha recordado a alguien. —
Esta vez su voz, con un timbre ligeramente más alto, sonaba más firme, e incluso algo animada. En lo que hacía tiempo, Megara ahondó en su memoria todos los conocimientos de hechicería.


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Mensaje por Judith A. Wardwell Miér 16 Feb 2022, 20:14



Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo.

Epicuro de Samos


Judith no entendía muy bien por qué sus pies la habían llevado a aquel lugar donde los árboles le susurrarían, al moverse con el viento, sobre amores que un día vivió y que podría decir que había olvidado cuando en realidad era algo imposible de que ocurriera, empezando porque ella misma se aseguraba de que fuera así. No lo entendía muy bien porque en realidad no había nada que entender.

Simplemente, suponía, buscaba sentirse reconfortada en mitad de un escenario que sus huesos, por más ancianos que fueran en comparación, seguían recordando a la perfección. Quizá las instalaciones incluían elementos que no tenían entonces, se había ampliado el terreno que ocupaba el jardín y había personas jóvenes que hacía ciertos años no existían o eran solo infantes, pero en esencia todo era igual. Desprendía la misma sensación y esta calaba hasta lo más profundo de su ser. Casi como cuando la leía a ella.

Pero en aquel momento, tenía que dejar de tambalearse entre recuerdos y pisar, todo lo firme que pudiera, sobre la tierra. Caminar por los senderos de la mente, de manera metafórica y literal, hasta encontrar la salida. Parecía ser demasiado para ella estar allí y probablemente lo mejor sería regresar a la habitación del hotel. Ni siquiera era por temor a lastimar a alguien por el camino, pues en ese sentido estaba cubierta: llevaba un par de viales de sangre en uno de los bolsillos interiores de su abrigo, obtenidos a través de un intermediario que llevaba años prestándole el servicio, y había vaciado un tercero en el fondo de su garganta hacía poco tiempo.

Sin embargo, por muy a salvo que estuviera su interlocutora en ese momento, y por mucho que Judith —no, siempre Margriet— pudiera prometérselo, como su propio corazón y sus propios pensamientos le indicaban, estaba intranquila. Todo en esa mujer daba a entender que sabía de sobra lo que era ella y cada vello del cuerpo se le erizaba como si estuviera atravesando una tormenta de nieve sin ropa que la cubriera.

Lo más interesante, no obstante, no era aquel miedo. El pavor era algo común en cualquiera que se encontrara frente a un vampiro, porque eso era lo que Judith era. Un vampiro. Largos y afilados colmillos, tez pálida y sangre como principal alimento. Sí, eso era obvio. No hacía falta recurrir a los cuentos de terror para ello. Lo que realmente le llamó la atención no fueron aquellos latidos acelerados ni aquella respiración lista para mutar en hiperventilación en cualquier momento, sino la mezcla de pensamientos que pudo detectar en ella. Era como si varias almas habitaran en su cuerpo, un fenómeno extraordinario y mucho más interesante que su propia existencia. Los vampiros eran, en comparación, criaturas carentes de atractivo, incluso si eran, como decían, las más bellas que había sobre la faz de la tierra. Y lo pensaba una mujer que había leído y escrito mucho sobre ellos y que ahora se había convertido en una más.

Ah, ¿sí? —dijo Judith, girándose de nuevo para, esta vez, verle el rostro—. ¿A quién le recuerdo? Si no le resulta inapropiado que le pregunte —añadió a la vez que daba un par de pasos para no hablar con ella a distancia, pero sin llegar a invadir su espacio personal—. Le agradezco que quiera hacerme compañía. La mayoría de mis noches solo tengo como compañeros a mis libros —agregó dándole un par de toques suaves al maletín que llevaba con la mano libre—. Hacía tiempo que no venía a este jardín y creo que desde entonces hay flora nueva. Si fuera tan amable de enseñármela… —finalizó aquella frase alzando la diestra para señalar el camino que se abría delante de ambas.

No tenía miedo porque ella era quien tenía el poder, supuestamente, pero aunque así no fuera, no le temía al daño que la otra fémina le pudiera ocasionar. Realmente agradecía tener compañía y en ningún caso se esperaba que esta fuera tan poco usual, así que tenía ganas de comprobar por sí misma hasta dónde la iba a llevar aquella cadena de pensamientos cuyos eslabones estaban inconexos.


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Mensaje por Lucille J. Martin Miér 30 Mar 2022, 06:03


El conocimiento en hechicería que había adquirido la señorita Martín a lo largo de su vida, especialmente durante su pubertad, era tan amplio como lo era el canal del río de la Plata y tan diverso como lo eran sus vertientes; sin embargo, Megara fue incapaz de comprender su manipulación en aquel momento, y sintió su falta de poder como una experiencia asfixiante. Las versadas en ocultismo sólo podían ser Lucille y Mina. Lucille se encontraba al fondo de su propia mente, apagada, simulando un estado de catatonia que le impedía salir a la superficie. Mina, por su parte y como de costumbre, no era dada a ayudar; el sabotaje era parte de su funcionamiento, y su colaboración era tan impredecible como ella misma. Ella también había desaparecido y de la forma más repentina.
¡El fuego! Es el fuego, pensó la protectora de Lucille. La magia más elemental y peligrosa de todas. Los vampiros debían tenerle miedo al fuego, pues era el único elemento capaz de extinguir su carne, y, por tanto, su existencia. Sus manos se habían tensado de modo que parecía una garra. Tenía el conjuro en la punta de su lengua; jamás se había sentido tan orgullosa de poder defenderlos a todos como lo había hecho en ese momento, pero…

Siempre existía un obstáculo. En este caso, había sido su pálida interlocutora, que había decidido volver a dirigirle una pregunta.

—¿Cómo?
››¡Ah, el parecido! Esto... —
Megara comenzó a sentirse con dificultad para hablar, como si alguien estuviese reteniendo su lengua para que se callara. No era el vampiro, sino la misma Lucille, quien deseaba volver sobre sí misma, incluso si sentía que no era capaz de manejar la situación. Hasta cierto punto, detestaba que alguien tomase el frente de su conciencia sin su consentimiento; en especial ella, a quien percibía como una versión 'mejorada' de ella misma, y con quien, inconscientemente y en ocasiones, competía. No importaba cuán bien le cayera. Le tomó unos segundos. Segundos de silencio en los que se la veía mirando hacia un punto muerto—. Creo que... Creo que me he equivocado, lo siento.

Al volver Lucille, volvió el color de voz bajo y dulce que poseía. Sus ojos buscaron los de la mujer. Se preguntaba si aquella pequeña alteración había sido lo suficientemente notoria como para verse como alguien que había perdido los cabales, que era como se percibía siempre que sufría ese fenómeno extraño que la ponía a “dormir” mientras alguno de los otros salía a sustituirla.
Aidan, aunque había dejado de mostrarse de forma clara, aún estaba presente para ella, dándole ánimos para hacerle frente a la criatura. El temor no se había ido, pero sabía que con o sin él, la situación no cambiaría mucho.

—Me agrada saber que también disfruta de la lectura, señorita. Yo… Le mostraré el sitio.
››¿Por dónde querría comenzar? Disponemos nuestras especies según sus necesidades. Podemos empezar con las flores silvestres, y luego dirigirnos hacia el invernadero, donde guardamos algunos de los ejemplares más extraños, delicados y bellos.


Sus pasos comenzaron a seguir el empedrado principal, en dirección a los rosedales, esperando que se la siguiera. Por mucho que se empeñara en destacar una postura suelta, su cuerpo evidenciaba cierto grado de tensión. Pensó que tal vez volver a lo que estaba haciendo inicialmente le ayudaría.
—¿Le importa si fumo? —preguntó, sacando de su bolsillo todo lo necesario para armar otro cigarrillo, haciendo evidente que no aguardaría realmente una respuesta. En el fondo sabía que su hábito no sería suficiente en esa ocasión, y aún así decidió ignorarlo.  Nuevamente, un halo de humo comenzó a envolverla, sólo que esta vez tan pronto se formaba, desaparecía gracias al soplo del viento que lo arrastraba en dirección sur.

Se detuvo frente al enorme despliegue de rosas de tonalidades pasteles, dándole la espalda a la mujer. Exhaló y, de repente, como si alguien la estuviera empujando desde dentro, volvió a tomar la palabra, girándose hacia ella.

—¿O prefiere acaso otro escenario para abalanzarse sobre mí?
››Usted ve mi aura, y yo la suya. ¿A qué está esperando exactamente?


Juraba que no era nadie más que ella, y se sintió bien con ello.


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Mensaje por Judith A. Wardwell Mar 24 Mayo 2022, 22:00



La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma.

Goethe


Se suele tildar de locos a todos aquellos que no encajan en los moldes rígidos, cuadrados, obtusos de la sociedad. Los incomprendidos. Los incomprensibles. Los que tienen otra forma de ver y entender las cosas. A veces esa locura se convierte en genialidad y otras, es simple menosprecio, desdén, muecas de disgusto y miradas recelosas.

La diferencia radica, normalmente, en si aquellos que reciben tal apelativo adherido a su piel y su nombre llevan a cabo algo que se considere magnífico por la sociedad que previamente los ha relegado a las sombras y al olvido. Cuesta leer frases largas sin perderse por el camino, pero más cuesta encontrarle sentido a la vida cuando todo te grita que te vayas de este mundo porque perteneces a otro, a uno en el que supuestamente te comprenderán porque ahí todos están tan locos como tú.

Si a Judith no la habían tachado de eso, era únicamente porque se había tirado toda la vida tratando de pasar desapercibida ante los demás; y cuando no había sido así, se había esforzado en fingir que era normal. ¿Qué quería decir aquello, de todos modos? Además, la normalidad era espantosamente aburrida y por eso, al mismo tiempo que se ponía el traje de ordinaria, buscaba lo menos común en todo lo que veía.

Por esa razón, su corazón había acabado siendo para la niña de los dedos sucios y la boca asalvajada. Por esa razón, la mujer que ahora permanecía de pie delante de ella había acaparado toda su atención, casi obligándola a permanecer allí en lugar de marcharse al hotel donde siempre se hospedaba cada vez que visitaba París.

No se preocupe —respondió ante la inusual reacción de la empleada del jardín, que claramente estaba haciendo un esfuerzo titánico por conectar cada palabra que decía con la anterior.

Las que más fuerte resonaron, sorprendentemente, fueron aquellas que no dijo. Ese fuego que Judith casi podía ver, unas cenizas que antes habían sido piel, quizá la suya. Sin embargo, continuó detrás de ella y siguió sus pasos allí donde la quisiera llevar.

Recuerdo, de otras visitas, un lago al que van a dar grandes sauces llorones y a los lados, flores coloridas que adornan con su aroma las praderas. Aunque para llegar allí, me gustaría que me mostrara primero ese invernadero que dice.

Después vino la pregunta sobre fumar, cuya respuesta por su parte fue un gesto con la mano que indicaba que no le importaba en absoluto. Como el humo, sus recuerdos se iban elevando a los cielos, cuyas puertas habían negado la entrada a su alumna más atrevida, cosa que jamás podría llegar a imaginarse, empezando porque en ese momento ni siquiera sabía que esta estaba muerta.

Tan absorta estaba en su propia mente que las siguientes palabras de la mujer la pillaron desprevenida. ¿Desprevenida de verdad? Cuando no solo era una vampira, sino que además llevaba un rato sabiendo que ella sabía lo que era. Era cuestión de tiempo y agallas que aquella ventana se abriera y se asomara una cabeza por ella para ver lo que sucedía.

No quiero comérmela, señorita… —dejó el final de la frase en el aire porque no le había dado su nombre y tampoco era buen momento para pedírselo—. Aunque no lo crea, los vampiros hacemos otras cosas aparte de alimentarnos. Tampoco tenía pensado tener que luchar esta noche, son cosas que me parecen estúpidas y tediosas y ambas sabemos que, con casi toda probabilidad, usted sería la que peor saldría parada de este encuentro. De verdad que no quiero hacerle daño. Si no, ¿para qué tanta molestia? ¿Por qué quedarme a observar en el aire de estos jardines unos recuerdos que solo yo puedo ver? ¿Realmente piensa que anhelo algo más que su compañía esta noche? Si es así, me temo que tendremos que dar por finalizado este breve paseo. Lamento haber perturbado su paz. Que tenga buena noche —respondió antes de ser ahora ella quien diera la espalda a su interlocutora.


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Through the gardens of dying light — J. Empty Re: Through the gardens of dying light — J.

Mensaje por Lucille J. Martin Vie 19 Ago 2022, 00:03


Lucille —respondió finalmente luego una larga bocanada de humo, correspondiendo a su interlocutora siempre al borde de lo que aparentaba ser rencor.
Siempre al borde de la resignación, por mucho que buscase ocultarlo.

—¡Y qué esperaba! —vociferó al verla darse la vuelta. Tan pronto como lo dijo, el calor volvió a invadir su cuerpo. De pronto le había sorprendido su audacia, aquella pequeña bastarda que solía abandonarla en los peores escenarios. Se sentía inoportuna, desagradable, no estaba bien. No, de hecho, se sentía muy bien—. ¿Qué ignorase la realidad de su especie y confíe en una depredadora desconocida?

Aunque no estaba segura que no fuera, más probablemente, una reacción natural al miedo.

Aidan, en cambio, lo comprendió al instante, e insistió en que podría encargarse del asunto.
El resto acordaba en que la elección de palabras no había sido la más sensata. Ya no importaba que valorasen el que siquiera se animara a responder, cuando lo más normal en ella hubiese sido paralizar su lengua ante la adrenalina.

Al ver que le dio la espalda, sonrió nerviosa y volvió a fumar una pitada, sin poder dejar su cuerpo quieto. Se balanceaba de un lado al lado, pasando el peso de su pie al otro y viceversa. Los dedos que sostenían su cigarrillo apenas comenzaban a sentirse calientes; lo había consumido casi en su totalidad.
—Es usted muy amable en reconocer mi desventaja como bruja —agregó con ironía, levantando ligeramente su tono al ver que la distancia entre ellas continuaba agrandándose. Ciertamente y aunque no le gustase, cuando se sentía acorralada, la jardinera casi siempre advertía un deje de infantilismo en su comportamiento. Era cuando deseaba que quien hablase no fuera la misma Lucille. Pero fue entonces cuando sintió la respuesta del vampiro como una caricia.
¡Cuánto deseaba poder bajar su guardia! Olvidarse de la posible amenaza de la que tanto habían hablado los ancianos del Sabbat.
Porque el que se mostrara desconfiada no era más que una forma desesperada de ocultar el hecho de que fuera una persona que se dejaba manipular con facilidad. Por primera vez en la noche, rogó –y cómo rogó– que Aidan hablase por ella.
Pensó que no accedería. No obstante, cuando aquel que casi llegaba a considerar como un amigo pudo salir al frente, su manera de hablar volvió a cambiar. Su voz, aunque siempre fuese femenina, se sentía mucho más grave y pausada.

—Si es verdad lo que dice acerca de su alma, le ruego que me disculpe una vez más. —¡Qué tonto eres! Incluso si fuera una mentira, no gastaría saliva en retractarse para complacer a un desconocido, ¡a su víctima! pensó la señorita Martin. Él la ignoró. —No pienso que me juzgue con buenos ojos a estas alturas. Pero entienda cuando le digo que ya he pagado el precio de confiar ciegamente en lo que me es ajeno. Yo misma, incluso, he llegado a percibirme como un monstruo.

Sólo pudo suspirar.

—Pese a que no espero que absuelva mi falta, deseo que mi descortesía no arruine la apreciación de nuestro paisaje irisado. Según entiendo, ustedes pueden asimilar los colores con una intensidad envidiable.

Megara se reía en algún lado, burlándose de su intento por arreglarlo todo. Juraba que ahora la chica debía verse como una demente. Como las ancianas que deambulan solas en los jardines del psiquiátrico contándole al aire sus desgracias.

—Le deseo igualmente, buenas noches.


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Through the gardens of dying light — J. Empty Re: Through the gardens of dying light — J.

Mensaje por Judith A. Wardwell Jue 22 Sep 2022, 17:58



La confianza es madre del descuido.

Baltasar Gracián


El vampirismo le había fascinado desde mucho antes de su conversión. Es más, ahora que ella era una vampira, ya no encontraba tan asombrosos algunos comportamientos. Ya no había nada que investigar y al mismo tiempo, aunque no del mismo modo que lo hacía cuando acababa de resucitar en esa nueva «vida», no cesaba en su empeño de buscarle la explicación a ciertas cosas. En cualquier caso, su fascinación nunca había traspasado líneas crueles como las que implicaban los experimentos llevados a cabo por despiadadas gentes como los miembros de la Inquisición. Ella era más de observar, de conversar, de investigar la parte sociológica y no tanto la anatómica. No quería saber si un vampiro podía aguantar un tiempo determinado bajo los rayos del sol antes de calcinarse o si al cortarle uno de los dedos de la mano, le podía salir otro.

Le interesaba más saber cómo se sentía alguien después de vivir varios siglos. Al fin y al cabo, la vida está hecha para ser finita. Eso ella lo tenía claro, igual de claro como el hecho de acabar con su propia existencia cuando llegase el momento en el que pensara que no tenía sentido seguir viviendo. Hasta ahora, los años que llevaba siendo una criatura de la noche no eran más que una prolongación de su vida humana, a la que ella misma también había decidido poner fin, por lo que no sentía pesadez alguna.

Sabía, por sus investigaciones, que había distintos tipos de vampiro. Todo dependía de cómo fueran de humanos. Alguien muy impulsivo lo seguirá siendo después de la muerte… a menos que haga por controlar esa impulsividad. En el caso de Judith, el hecho de haber sido tan metódica y comedida, de haber tenido tanto cuidado en cada paso que daba y tanto dominio sobre sus poderes de bruja, la vida eterna, para ella, también se había contagiado de esas cualidades. Por supuesto que su organismo agradecía y deseaba la sangre que ingería, pero podía mantener el hambre a raya sin que esta se convirtiera en una ansia incontrolable.

Aun así, como había dejado claro durante todo el encuentro, entendía perfectamente que la mujer no se fiara de ella. Ella tampoco lo habría hecho. Pero sí que quería dejarle claro que no era su intención desgarrarle la garganta aquella noche, que no bebería de su sangre, si siquiera si ella se lo pidiera —había gente así, lo sabía—. Podía creerla o no, le daba lo mismo, pero sí que lamentaba que aquella mujer hubiera interrumpido su ensoñación rememorando tiempos pasados que simplemente por eso, por ser pasados, parecían mejor. ¿Es que acaso había olvidado todo el sufrimiento que había vivido entonces? ¡Debía estarle agradecida a aquella señorita, Lucille, ahora que había desvelado su nombre, que hubiera arrancado de raíz aquellos recuerdos para devolverla a las raíces de los árboles que las rodeaban a ambas!

Paró en seco, frenando su marcha y volviéndose hacia ella en cuanto comenzó a hablarle, pero especialmente cuando exclamó aquellas frases que le echaron en cara todo lo que era.

Soy la primera que es consciente de nuestra abominable condición. Fascinante en parte, sí, pero mayormente terrorífica. Jamás se me ocurriría la desfachatez de pedirle que confiara en mí. No soy una necia y sé que usted tampoco lo es, Lucille, aunque otros se empeñen en decírselo. —¿Había hecho alusión, de manera extraña y sutil, y por tanto ininteligible, a las voces de su cabeza?—. Sí es cierto que podemos ver los colores mucho más intensos, curioso, cuando menos, cuando para ver el color hace falta luz —añadió terminando la frase con una sonrisa cálida—. Podemos percibir todos y cada uno de los detalles más diminutos, aunque muchas veces elegimos no hacerlo. Ser un vampiro no te obliga a ser minucioso, se puede vivir mucho más libre si no se es así. —¡Ah, pero la minuciosidad formaba parte de su ADN en cualquiera de sus formas!—. Por cierto, yo soy Margriet —pronuncio sin saber que quizá, más pronto que tarde, por fin podría renunciar a ese dichoso nombre, pero todo estaba por verse.


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Mensaje por Lucille J. Martin Sáb 17 Dic 2022, 06:43


Me sorprendería saber que existen quienes eligen rechazar aquella capacidad de apreciación desde la conciencia, Margriet. Aunque entiendo que, dependiendo qué cosas se estén observando, la saturación de detalle puede llegar a ser invasiva, o molesta.
››Es un gusto.


Inconscientemente, luego de oírla, se tocó la barbilla. Si su cuerpo se correspondiese como él se percibía, tendría mínimamente una afilada barba que acariciar. Donde Lucille veía una amenaza, Aidan veía la grandiosa posibilidad que jamás tendría. Aún cuando no fuera ajeno al miedo que podía infundir estas criaturas, siempre había encontrado cierto atractivo en la existencia de los vampiros, simple y llanamente por los dones que estos recibían tras su conversión. ¿Quién sabía qué tan lejos podía llegar su potencial como artista si fuera capaz de recibir una experiencia sensorial superior a la ordinaria?

—Si realmente no esperase que confiara en usted, no se hubiera ofendido ante mi desafortunada reacción anterior. Al menos no lo suficiente como para marcharse tan pronto.
››Pero es la reacción más humana que he visto hasta ahora, y me alegra, no sin cierta ironía, que haya sido así. Si es que tenía real intención de irse, claro.


Si había algo de lo que Lucille era culpable, era el de darse a conocer demasiado. Era la causante de echar a perder su tan característico humor comedido ante la posibilidad de que se sintiese burlada por algo o por alguien. Cuando más intimidada se veía, ¡cuando más creía poder defenderse!, era cuando sacaba a relucir su vulnerabilidad. Se refugiaba en la tierna bondad -tal vez en la ingenuidad que le brindaba su falta de experiencia en la vida real, y no en aquella que le había propuesto su familia- pensando que al sincerarse con quienes representan una potencial amenaza, estos la tendrían más en consideración. Pero cuán equivocada podía llegar a estar.

—Y disculpe usted, ¿pero a qué se refiere? ¿Quiénes se empeñan en señalarme como necia?
››Toda idea preconcebida que se gestase en mi anterior entorno contribuye al rechazo que pudiera sentir por los suyos, sí. Pero no estoy seguro que estemos hablando de lo mismo.


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Through the gardens of dying light — J. Empty Re: Through the gardens of dying light — J.

Mensaje por Judith A. Wardwell Miér 18 Ene 2023, 19:03



Tiene mejor conocimiento del mundo, no el que más ha vivido, sino el que más ha observado.

Arturo Graf


Depende mucho de si le gusta observar o no. Hay personas que han nacido para ser observadoras o que les han obligado a serlo. En cualquier caso, usted parece una de ellas. ¿Me equivoco? —preguntó conservando esa amabilidad que había permanecido en sus palabras durante toda la conversación.

Ella había nacido con el don de la observación, pero también la habían obligado a practicarlo. Nunca le habían permitido vivir. Siempre en la sombra, siempre escondida. Cuando más libre se había sentido había sido en el periodo de su vida en el que ejerció de profesora en la universidad. Siempre con miedo de que su nombre llegara lejos y al mismo tiempo con deseos de que lo hiciera. Por eso, si conseguía publicar algo, usaba un pseudónimo —otro más— de iniciales misteriosas que jamás revelaban un nombre y que si lo hacían, era uno completamente falso y de varón. Era triste, pero también era el único modo de escribir cosas interesantes sin que se las echaran atrás y de que llegaran a ver la luz. Las tiradas de esas publicaciones habían sido escasas y habían quedado en el olvido, muy atrás en el tiempo, conservándose, casi únicamente, las notas originales en los numerosos diarios de Margriet Tronchin, esposa de un reputado médico. A nadie le daría por fisgonear las anodinas notas de una mujer casada. ¿Qué iba a apuntar ahí? ¿La forma de las nubes que observaba en el cielo o el color de las rosas en invierno, recubiertas de una escarcha que amenazaba con matarlas? Allí estaban a salvo todas sus inquietudes. Nunca nadie había metido la nariz en ellas salvo su creadora.

Judith se había dedicado a observar toda su vida y ahora seguía haciéndolo,  pero con mayor detalle. Caía embobada con el encanto de la superficie agrietada y dibujada de una hoja o con el arrullo del río, incluso cuando estaba lejos de él. Podía ser difícil concentrarse, pero cuando aislaba todo para fijarse en una sola cosa, era mucho más sencillo. En ese momento, sus sentidos estaban centrados en Lucille. Había algo en ella que la inquietaba y eso había ganado al hecho de querer volver a estar sola pensando en sus cosas. A veces creía que debido a que se había pasado sola casi toda la vida no sabía estar con gente, pero en ese caso simplemente se trataba de que ella era una criatura terrorífica. Y mostrarse amable no iba a ayudar a percibirla como lo contrario.

Solamente me marchaba para no causarle más malestar y para seguir centrada en mis asuntos —contestó.

Era cierto, no se había ofendido. Entendía perfectamente, como había dicho, que la gente no se fiara de ella, así que no se lo iba a echar en cara. Ahora que tenía los libros que quería y que necesitaba, podía seguir con su investigación, pero, de nuevo, aquella mujer de rubios cabellos llamó su atención. No por la pregunta que le hizo, sino por el adjetivo masculino que se escurrió de sus labios al pronunciar las últimas palabras.

¿No está seguro?

Podría haber negado lo que había dicho anteriormente, decir que no se refería a nada cuando había hecho el comentario, en definitiva, dejarlo pasar. Pero no podía dejar pasar las cosas, no cuando varias voces bullían en el interior del cráneo de esa joven. Ella las había escuchado. No recurriría a un escalpelo para diseccionarle la cabeza con la intención de buscarlas allí dentro, pero sí recurriría a la palabra para hacerle regurgitar las suyas. ¿Con cuál de las voces estaba hablando? ¿Ya no era Lucille?

¿Y eso por qué?


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