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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Mensaje por Hela de Orange-Nassau Miér Dic 29, 2021 2:26 am

There is a version of perversion that is only for the lucky people

LE MASCARADE | 20:00 H


Súbitamente, hallaba en su cotidianidad la necesidad de evocar a los habitantes de los Cárpatos en el éxtasis de aquel beso, que recompensaba el trauma al cual se sometía. La existencia sólo era entendida desde el cuerpo febril de un moribundo, que ansiaba probar todas las virtudes de la carne antes de que esta se volviera al comensalismo con las alimañas que habitaban los suelos. Incluso con la fortuna de desentenderse de las limitaciones de su enfermedad –por un breve período de tiempo– no podía eximirse del deseo. Abrazada por la maldición, perseguía la incoherencia de la esperanza mientras la experiencia que creía haber conseguido se pudría con lentitud tortuosa a sus pies. Porque el triunfo máximo de quien portase un título no era abastecerse de lujos, siendo el gesto de la vulgaridad pura por antonomasia, sino engrandecer con tinta las memorias de quien lo llevase. Y Hela aún no había finalizado de dictar las suyas.
Allende la desesperación de una vivencia cuya finitud es medida, había encontrado una promesa de salvación física gracias a la existencia de ese pirata.
Su espíritu, por otro lado, era cosa condenada, y estaba bien con ello.

Para aquel entonces, la repentina aparición con vida de Amelia la había llevado a regresar al sitio al cual se juró nunca volver, comprendiendo que el asunto con los cabezas de la dinastía Wittelsbach no parecía dar tregua; en especial con Irene, quien, mediante correspondencia, había captado su atención al advertir la presunta llegada de la mayor de las Románova a territorio francés, dejando entrever que su presencia corría peligro. Pero no fue sino hasta pasada su primera noche en París que recibió una misiva encriptada de su hermana citándola lejos del castillo d'Aubermont a pocos días de su llegada. En ella aseguraba que su salubridad era estable, aunque no sucedía así con la situación en Rusia, donde se murmuraba la rebelión de un miembro de la familia.
No obstante (y gracias a su último desencanto con la sangre rusa promulgado por la incompetencia del imbécil de Iván, su otro hermano) la certeza con la que parecía dirigirse Amelia la había incitado, en mayor o menor medida, a que bajara la guardia por unas horas y se enfocara una vez más en su propia salud.

La increíble mejora de su cuerpo la orillaba, con intención de no levantar sospecha, a aseverar que el diagnóstico inicial era erróneo. Lejos de existir una falla pulmonar, la duquesa había caído víctima de una enfermedad psicosomática al experimentar los cambios del aire sumado a la ansiedad provocada por la agobiante búsqueda de un heredero.
¡Y qué mejor alegoría al engaño que presentarse bajo un seudónimo en una mascarada!
Hija de nobles terratenientes de Nueva Orleans y poseedora de numerosas plantaciones sobre la zona oeste de la ciudad, Faye V. arribaba en París en búsqueda del mejor mercado de esclavos, llegando hasta sus oídos el nombre de Le Mascarade.
No había intentado modificar su acento. Los franceses no sabían distinguir los acentos. Menos el americano.
Llevaba puesto entonces un vestido 'verde Scheele' con sobrias ornamentaciones doradas, el cabello prácticamente suelto y, desde luego, una máscara dorada.

No hubiese podido dar con el edificio de no ser por sus informantes, encargados de investigar los sitios parisinos donde fuera asequible obtener lo que necesitaba.
Oculto entre los últimos rincones mortecinos de la ciudad se elevaba un fantasma rememorando su grandeza a través de la melancolía, presentándose con una puerta de madera invadida por la carcoma en sus extremos inferiores. La fachada, aunque de construcción ciertamente enigmática, pasaba desapercibida por su deterioro frontal, en principio pretendido por sus dueños, para que el lugar funcionase sin mayores disturbios.
Al abrirse, un recinto oscuro y claustrofóbico con unos pocos peldaños alargados de mármol servía de antesala a una segunda puerta, mucho más cuidada que la primera. Dentro de ella, la vista regalaba la grandiosa excentricidad de una cámara de tonalidad áurea, contando con una iluminación disminuida, en contraste con el alfombrado burdeo que, dependiendo el ángulo de visión, dejaba ver sus finas hendiduras trazando geometrías que podían encontrarse en las alfombras persas.
La atracción principal era la bebida y el espectáculo burlesco que ofrecían los cortesanos, también enmascarados, cuya danza reproducía con euritmia las cinemática de la fina película de humo de incienso que envolvía a los presentes. El aire, asimismo, traía consigo la suave confluencia de otros aromas que, probablemente, fueran sustancias psicoactivas. Pero esto no detuvo a la pelirroja de que desviase instintivamente su mirada a los extremos laterales del gran salón, donde se ubicaban dos entradas. Una de ellas, que conducía a la planta superior, ofrecía un espacio de juegos y apuestas, además de bailes temáticos, siendo estos últimos menos esporádicos. La segunda conducía a un subsuelo, del cual se emitía la decadencia de una luz roja que era, en verdad, el golpe de luz de unas bujías mortecinas con las paredes que ostentaban este rasgo sanguinario.

A diferencia de la sala principal, adentrarse al resto de cámaras requería la autorización de algún miembro que las frecuentara. En su búsqueda, Hela se encontraría con Madame Delbène, quien, además de sugerirle el seudónimo, puesto que ella misma era mercaderista, era conocida por protagonizar y arreglar los encuentros que se solían acontecer escaleras abajo. Había contactado con ella el día anterior y, para su sorpresa, había resultado ser bastante joven, o eso aparentaba. ¡Ah! Debían ser las famosas obleas de arsénico que comenzaban a popularizarse en las farmacias locales, las cuales prometían el rejuvenecimiento de la piel.
Ya un poco distante del decoro, la duquesa –con un segundo vaso de ajeno en mano– caminó por los rincones del lugar en búsqueda de Delbène, ya que sería su contacto directo de ingreso. Luego de unos minutos, dio con el perfil de una jovencita que, por sus rasgos, hubiera jurado que era la mujer.

—Mme. Delbène, al fin la encuentro. Soy Faye.

Con ella encontraría su fuente vitae, aquello que la consintiera con el beneplácito de la salud y la emulación de las experiencias de ese barco. Placeres efímeros que dejan rastros de su ferocidad y que, durante su ausencia, concientiza con la frecuencia muerta de los sentidos.



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Mensaje por Prudence de Neufville Jue Mayo 26, 2022 8:03 pm



Jamás hubiera creído que pudiera llevar con tanto estilo el aroma del vicio en su ropa, en sus labios, en su piel. Había tantos jamases en su estático papel de buena, de subestimada, de mártir. Podía resignarse a abrazar esas tres definiciones, por condescendientes que fueran, pero lo que no soportaba era haberse descubierto como un peón. Casi se había vuelto loca de rabia, de impotencia, de desazón. Rimaban sus entrañas sin ni siquiera proponérselo y cuando lo hacía, de su pluma sólo salían versos emponzoñados y retorcidos, hambrientos de provocar muertes más metafóricas que la viudedad en una niña que ya no buscaba consuelo. Buscaba sustento.

Las noches en las que Irene y su cuñado no dormían en palacio se habían convertido en un patio de recreo reservado a unos pocos traviesos, en una sala de baile más amplia y oscura que la de cualquier arquitectura aristocrática. La máscara de su ingenuidad había sido bien dispuesta entre los bolsillos más necesitados y las mentes más maleables del servicio, y había confraternizado con su guardia personal desde sus vicisitudes bajo el techo de los d'Orléans. Estaban de su lado durante sus eventuales escapadas. Aunque la máscara protagonista de aquella cruzada sería mucho menos abstracta.

Motivos dorados y de un escarlata profundo adornaban el amplio antifaz que le cubría hasta la nariz, a juego con el interminable vestido en el que se había encorsetado esa vez, derrochando desfachatez antes incluso de salir de su nueva prisión. Llevaba tanto tiempo sintiéndose cómoda en la rebelión que los consejos de la adrenalina la volvían cada vez más descarada. ¿A quién quería engañar? ¡Si se permitía embriagarse de seguridad, antes de cederle esa tarea a las alcoholizadas mieles del Olimpo que la esperaban en la Mascarada, no era por un exceso de coraje o confianza, sino porque sabía a ciencia cierta de la ausencia total de su hermana mayor! No en vano se estaba volviendo más astuta, no más descuidada.

Más desvergonzada, no obstante…

Sus labios también destilaban la jugosa visión de la sangre, desbancada dentro de las comparaciones poéticas sólo por la estimulante tonalidad del vino. Una vez subida en su discreto carruaje, cerró sus ahumados ojos y recibió la agradable sacudida del viento a través de la ventana por la que no debía asomarse. Inspirada por el ruido de los cascos rebotando entre las callejuelas más desérticas de París, llegó al exclusivo recinto del que había oído hablar gracias a sus ocultistas pesquisas. En esa ocasión, quizá algo dada a la curiosidad del hedonismo, y no tanto a la de la sobrenaturalidad.

¿Y por qué no a ambas juntas?

Aunque todo su cuerpo le pedía dislocar su nombre de pila hasta límites que ruborizaran a la mismísima Francheska, Prudence no iba a permanecer allí toda la madrugada. Sus criados estarían siendo leales y comprensivos ante la urgencia de riegos exóticos en una flor por tanto tiempo marchita, pero no por eso deseaban enfrentarse a la posible ira de su madre y hermana si aquel secreto salía a la luz. Debía, pues, administrarse bien las horas de las que disponía, mientras que una parte de ella se resistía a programarse la velada y renunciar al romanticismo natural del libre albedrío. El escenario por el que finalmente se introdujo era tan… desmedido, que lo primero que experimentó se parecía un poco al agobio de la agorafobia. Al cabo de un rato, comprendió que, muy en el fondo, sólo estaba abrumada. El hombre de la máscara de hierro también tardó en aprender a respirar aire puro, y pestañeó incontables veces antes de asimilar la luz del sol. En el caso de aquella ensangrentada margarita, la sordidez nocturna era el blindado exterior que le habían prohibido pisar desde su nacimiento.

¡Y qué bien se veía en la oscuridad!

Moviéndose entre los bailes, las conversaciones arreboladas y los juegos de índole perturbadora, la joven aventurera simplemente caminó, monopolizada por aquella falsa libertad de la que únicamente disponía cuando nadie de su familia miraba. No era su estilo conversar directamente con nadie, al menos no sin haber estudiado primero a sus posibles interlocutores. Curiosa, pero desconfiada, así rezaba un lema implícito en sus decadentes peripecias. Sin embargo, sabía mejor que nadie que el entorno no actuaba con la misma consideración, o la misma cautela. ¡Mirad dónde se encontraba! ¿Quién acudía allí para que lo tildaran de considerado o cauteloso? La dama que se dirigió a ella, por descontado, no lo hizo.

Prudence se la quedó mirando unos corteses segundos que aprovechó para pensar en cómo reaccionar a su error. La había confundido con otra persona y eso la intrigaba. A fin de cuentas, significaba que no resultaba fácil reconocerla, el anonimato de aquellos ambientes cumplía su función. ¿Cierto? Los ojos de aquella inesperada compañía brillaban al compás del ambiente, su atuendo denotaba una posición social similar a la de ella y su boca relucía entre las sombras, invitándola a seguir arriesgándose.

—¡Oh, Faye! ¡Mucho me temo que no soy Delbène, sino Florence! Pero yo también estoy buscándola, quizá podamos unir nuestras fuerzas…


Última edición por Prudence de Neufville el Miér Ene 25, 2023 11:30 am, editado 2 veces


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Mensaje por Hela de Orange-Nassau Miér Ago 03, 2022 11:38 am


Madame Delbène era hasta entonces un pseudónimo. Sus informantes no habían hallado demasiada información más allá de su reconocimiento dentro del establecimiento, en especial dentro del público masculino. Cuando la interesada era una mujer, sin embargo,  la curiosidad de quien a priori parecía ser una meretriz aumentaba. En especial cuando se trataba de una humana. Alguien que quisiera imponerse sobre los sobrenaturales y no al revés, como era la norma.
Quien fuera su guía no tenía conocimiento del rol de Hela en la realeza, pero sí tenía constancia de su poder adquisitivo y de su anhelo por la sangre. Luego de sus primeras averiguaciones y un fugaz intercambio de correspondencia, no tardó en llegar su admisión.

Mi querida amiga: bienvenida a mi mundo. Le sorprenderá saber que en lo prohibido (por quimeras inexistentes, me temo), en aquellos recovecos donde la luz del juicio muere, encontrará las mentes más prodigiosas de la sociedad, con las que podrá compartir conocimiento y experiencia. Comprenderá que en el placer no existen los errores –mucho menos los arrepentimientos– y que lo verdaderamente criminal sería negarse a lo que nos ha otorgado la naturaleza. La moral religiosa no es más que un constructo absurdo de sometimiento, y, aunque entenderá que la doctrina se sirve de las clases populares para ejercer su control, se sabe que incluso en las más altas esferas hay un poco de este sesgo en la formación intelectual femenina temprana. Pero ha recurrido a mí, y estoy encantada de poder ayudarla a abandonarlo.

Se le había prometido un oasis. Manantiales en los que pudiera hallar tregua a su lamento durante las noches en las que aquel hombre no pudiera responder a su necesidad. Una nueva necesidad, que se había convertido en la más sustancial de todas. Cuando creyó encontrarla, esta se expresó por sí sola en aquel agarre sobre el antebrazo de la mujer. Pero bastó con que esta le devolviera esa mirada para que lo soltase como quien hubiese cometido un delito. Las palabras que siguieron a la sorpresa de la joven sólo lo confirmaron.


—Disculpe mi error —se limitó a responder, manteniendo el tono displicente que la caracterizaba.

Habiéndole dedicado una única mirada en respuesta a través de la máscara, decidió volver a tomar distancia e ignorar su sugerencia, a pesar de haberla oído, como si jamás hubiese tomado contacto con ella. A pesar de que su reacción se hubiese asemejado a la de un autómata, la respuesta de la más joven continuó rondando por su cabeza. ¿Por qué una suerte de doppelgänger de la meretriz iría tras el mismo cometido?
En su lugar y por primera vez en la noche, quiso buscar la atención de alguno de los mayordomos que se encontraban en la sala principal. Era como si la desesperanza comenzara a hablar por sí sola.

—¿Sabe usted si se encuentra Madame Delbène en el edificio?

—No he oído hablar de ella.

Su vista frívola volvió entonces a buscar a la otra doncella, que seguía en el mismo sitio.
Jamás se había detenido a pensar cuándo fue que se volvió tan paranoica; como quien en su mente proyecta películas sórdidas ante las musarañas más débiles del destino. Quizá siempre fue así e inconscientemente se lo ocultó a sí misma bajo la armadura de su carácter. Sólo que ahora, que había descubierto que incluso aquellos que poseían su tipo de autoridad no podían hacer enteramente su voluntad, había reflexionado sobre ello.
Al acercarse una vez más, dudó de sí misma. Sabía que había dejado una impresión desagradable. Su primer impulso, ante el parecido con Delbène, fue el de preguntar si poseía algún parentesco con ella. Si así fuera, encontrarla sería más sencillo. Pero como no conocía el porqué de sus intenciones temió que, en caso de esta buscase ventaja de algún tipo, su lengua le diera las herramientas para tal cometido.

—Florence. Si me lo permite, ¿con qué intenciones la busca?



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There is a version of perversion that is only for the lucky people — P.  Empty Re: There is a version of perversion that is only for the lucky people — P.

Mensaje por Prudence de Neufville Mar Ene 24, 2023 2:59 pm



La indiscreta margarita que escapaba de sus esponjosos jardines para fundirse con el fango de las calles y probar su asfixiante, emponzoñado, sabor creyó que aquel intento tan futil de aventura se había acabado con la limitada respuesta de la mujer de nombre afilado. ¿Qué más daba? ¡Aquello no lograría cortarle las alas! Si no era ese figurín, sería otro. El lugar de esa última escaramuza estaba bien abastecido y ella, muy convencida de que nadie enmascaraba sus propósitos con tanto garbo y estilo si no ocultaban algún motivo interesantemente pérfido.

¿Y desde cuándo consideraba interesante lo pérfido? Desde que su familia política consideró insignificante su papel. Desde que su auténtica familia consideró débil su vulnerabilidad. Desde que la sociedad consideró divertida su vergüenza.

Desde que el mundo consideró oportuna su condena.

Pero allí, si algo del mundo se ocultaba, era sólo para descubrirse de nuevas maneras. Había comprobado que la oscuridad revela ojos y corazones, aunque éstos no estén acostumbrados a ver a través de ella. Aquello, de algún modo, le resultaba fascinante. Seguía teniendo miedo de lo que aún no podía verse, pero la curiosidad había ganado la batalla de esperar lo bastante como para llegar a acostumbrarse. Valdría la pena tarde o temprano.

Dicha espera le brindaría también toda clase de entretenimientos, mas no contó con que ese último regresara tan pronto a por ella. En cuanto Faye volvió a acercarse a la joven marquesa, ésta volteó como una muñeca de porcelana a la que su infante dueña había sorprendido moviéndose.

«Florence. Si me lo permite, ¿con qué intenciones la busca?»

Oh, sí, entretenimientos. Se volvían en su contra con facilidad, más todavía después de aventurarse a iniciar juegos que no sabía cómo acabar, motivada por su —en efecto, comprendió que la contrariedad de su nombre era la palabra apropiada— imprudencia. Sabía que se estaba convirtiendo en el paradigma más agitado de las advertencias sobre reflexionar detenidamente acerca de aquello que se desea. ¡Ja, a ella le bastaba con no ser el más previsible! ¡No iba a revertir ahora unos pasos que, por fin, aplastaban el dichoso barro sin anular, por ello, sus propios deseos truncados!

Si algo sabían hacer los Wittelsbach, incluso en la improvisación, era embaucar para su conveniencia.

—¡Oh, yo se lo permitiría! Mi único impedimiento es que, si la conoce como yo, usted también sabrá que madame Delbène valora la discreción. —La clave para ocultar tu propia ignorancia es hablar sobre lo que nadie más puede saber— Como le decía, me encantaría dar con ella, pero ya que me lo pregunta, ciertamente no es mi única motivación en una reunión enmascarada. ¿Cómo podría?

Lo siguiente en lo que se apoyó fue un hecho genuino, sacado de sus mismísimas entrañas, de forma lo bastante inmediata como para mitigar las posibles sospechas sobre lo anteriormente dicho. Acto seguido, contempló lo que había a su alrededor y dejó que a su conveniente sinceridad también la reforzara el brillo natural de sus ojos, al encontrarse rodeada de aquella colorida y misteriosa liberación que tanto ansiaba cada madrugada.

—Usted parece mucho más versada que yo en estos campos elíseos tan tenebrosos —continuó hablando, optando esa vez por apelar a su superioridad y volviéndola una ventaja propia por medio del elogio. Dada su parquedad, Faye seguramente no fuera alguien sensible a ellos, ni Prudence lo esperaba, pero si se señala de forma positiva al ego ajeno, será algo más complicado que logren detectar las carencias del tuyo—. ¿Debo creer que sólo ha venido para ver a madame D? —inquirió, con su mirada todavía fija en aquella clandestina ambientación que las hacía parecer dos siluetas insignificantes—. En tal caso, sería una pena aún mayor que no lo consiguiera, pero si le incomoda que le ofrezca mi ayuda…

Un cebo final concluyó con gracia su espontánea argucia. Las cartas estaban dispuestas. A fin de cuentas, había aprendido de los mejores. Y hasta los mejores tienen que arriesgarse de vez en cuando.


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