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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Mensaje por Virginia Hlawatsch Mar 18 Ene 2022, 07:28



La cita se había dado con una puntualidad exquisita, propia y característica de la clientela inglesa con la que Virginia se había reunido para almorzar en esa jornada. La misma austriaca se había ocupado de seleccionar uno de los mejores restaurantes de la capital francesa y hasta inmiscuyo un poco con su opinión sobre los platos que serían servidos en aquella velada de negocios. La pelirroja quería que todo saliera perfecto y no iba a dejar que un plato de comida le arruinase lo que hacía un par de meses venía esperando.
Concretar una inversión en el Banque du France por parte de aquella pareja de magnates ingleses sería toda una victoria para la directora del establecimiento, siendo pionera en materializar contratos con ricos alrededor de toda Europa. La mujer se había ganado un prestigio envidiable siendo el apellido Hlawatsch sinónimo de confianza y responsabilidad financiera. Tal y como sus padres hubiesen querido que su apellido fuese recordado.

La charla con los invitados se había dado de forma muy natural, sin necesidad de esas protocolarias propias que a veces son necesarias para envolver a las personas o hacerlas sentir más importantes de lo que en realidad eran. Los ingleses estaban bien conscientes del poder que poseían y Virginia del interés que tenía en su caudal, que sólo en sus manos podía crecer como en ningunas otras. No había necesidad de habladurías, halagos ni nada por el estilo. A la pelirroja le gustaba esa frontalidad de aquel par extranjero, lejana a la de algunos apellidos de renombre francés, envueltos en parafernalias y excentricidades insoportables de tratar en ciertas ocasiones.
Virginia creía fervientemente que uno podía ser refinado sin necesidad de caer en la pedantería para resaltar. A mayor naturalidad y sencillez en los actos, más pureza se vislumbraba en los mismos.

- Verdaderamente, hemos quedado sorprendidos, por buenas razones con vuestra persona Lady Hlawatsch – profirió uno de los veteranos con una leve sonrisa mientras el otro señor asentía con la cabeza amablemente. Virginia curvó levemente sus labios mientras su asistente guardaba en unos finísimos folios la documentación que los ingleses habían firmado justo antes de deleitarse con el postre que les era ahora servido por los empleados del restaurante.

Todo había salido tal y como lo planeó. La austriaca podía anotarse otro punto victorioso en su tablero de metas alcanzadas. Se levantó de la mesa orgullosa tras haber terminado con el banquete para acompañar a sus ahora socios  a las afueras del local, donde sus respectivos carruajes estarían esperándoles para llevarles al hotel más prestigioso de la ciudad. La Directora no escatimaba en la atención para aquellos que terminarían dando más de lo que ésta ofrecía a largo plazo.

- Os volveré a ver mañana y prometo daros a conocer las bóvedas del Banco solo a ustedes – comentó por lo bajo la damisela, para luego reverenciarse y desearles a los señores una buena estadía en la capital francesa. Seguramente éstos tendrían mucho para ver en su paso por París, pero eso era algo de lo que Virginia no estaba a cargo.

Mientras los magnates iban cotilleando entre ellos por la acera parisina, comentándose el uno al otro lo maravillados que habían quedado por aquella mujer –sí, para su sorpresa, una mujer que les haría aún más ricos- la austriaca se les quedo observando mientras se alejaban, pensando en lo mucho que le gustaría que todos sus clientes fuesen tan francos y atentos como aquel par.


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Mensaje por Finn A. Goldschmidt Dom 23 Ene 2022, 03:58

Tres, cuatro…― contaba uno a uno los francos que conservaba en un pequeño y evidentemente deteriorado saco de tela, mientras mantenía el ceño ligeramente fruncido. Era la una de la tarde, de un frío día de invierno parisino, y el germano no había amanecido de un humor tan bueno. No estaba enojado, pero sí que estaba cansado. ―Cinco, seis…― continuaba contando, cada vez con menos ganas, cada una de las monedas que había ganado durante la noche anterior luego de una movida jornada atendiendo a una generosa cantidad de borrachos babosos. Si, esos que tanto despreciaba pero a quienes debía antender si quería continuar viviendo en ese lugar y sumando algunos francos.

Le pesaba, realmente le pesaba seguir viviendo en ese lugar. Pero para su desgracia, no contaba con alguna profesión que le permitiese dar un giro positivo a su vida como sí podían hacerlo otros muchachos de su edad. Por lo que, tenía claro que debía esforzarse al máximo y juntar la mayor cantidad de dinero posible si realmente deseaba poder irse de ahí. Se levantó de una modesta silla, al rincón de su habitación con evidente desgano y bajó las escaleras del inmueble hasta salir a la calle. El día era frío, como cualquier otro día de invierno. No se encontraba nevando, para su alegría, puesto a que su vieja vestimenta de invierno cada vez le protegía menos del frío. Comenzó a caminar con sus manos dentro de los bolsillos de su viejo abrigo, sin un rumbo fijo, su mirada estaba perdida y no hacía contacto visual con ninguno de los transeúntes, quienes al igual que él transitaban por las empredradas calles de la capital francesa.

Sus pensamientos estaban dispersos, buscando una manera adecuada que le mostrase un sentido positivo a su vida. No quería tener que vender su cuerpo a borrachos decrépitos por siempre, aún en contra de su voluntad pero sin poder oponerse a ello. Aún con poca fé, el creía que algo diferente podía mejorar su vida en algún momento. Aún se aferraba a una pequeña esperanza que le trajera tiempos mejores, quería creer que algo bueno vendría a su vida. Quería creer que su vida no estaba destinada a ser miserable por el resto de sus días. Y así, distintos pensamientos iban y venían a la mente del joven muchacho, mientras sus pasos le conducían al centro de la ciudad. Dejaba atrás las zonas más pobres de la señorial París, para adentrarse en esa zona que le era mostrada a la mayoría de los turistas y distintos visitantes; la cara agradable de París. Era una zona bastante acomodada con distintas tiendas y restaurantes caros. No cualquiera podía permitirse probar algún platillo de esos restaurantes o comprar una exclusiva pieza de ropa y demás articulos de valor en esas boutiques. La zona era frecuentada por la clase alta de París y distintos turistas adinerados, quienes incluían a la ciudad entre sus destinos a través de los distintos tours alrededor de Europa. Particularmente le parecía una zona agradable, aunque no pudiera él permitirse vivir como uno de los diferentes traunseúntes que pasaban a su lado, quienes le miraban con cierto desagrado clasista. Sin embargo, no era algo que le preocupase. Ya estaba acostumbrado a distintos desprecios de estas personas, no solo en esa zona de la ciudad, sino en muchas otras donde le miraban por encima del hombro solo por su humilde vestimenta.

Su estómago rugía, no había comido nada desde el día anterior y los pocos francos que habían en su poder no alcanzarían para llegar hasta final de mes. Ultimamente comía una vez al día y eso le preocupaba. Su cuerpo era cada vez más delgado y su piel era cada vez más pálida. De continuar así, podía enfermar fácilmente y ese no era el mejor de los escenarios, puesto a que así no podría continuar ganándose la vida. Por lo que buscar algo de comer era realmente necesario. Ni siquiera entendió el porqué fue a caminar hasta esa zona, allí no podría comprar nada que estuviera a su alcance. Negó con su cabeza ligeramente mientras se reprochaba así mismo lo distraído que se encontraba ese día.

Un par de elegantes caballeros, muy bien vestidos y con altos sombreros, se aproximaban frente a él, a medida que continuaba caminando. Dichos hombres se encontraban entretenidos conversando entre sí y ni siquiera miraban frente a ellos. Un reloj bastante brillante colgaba del bolsillo de uno de estos caballeros y los ojos del castaño se desorbitaron ligeramente. Era brillante, y la verdad no podía distinguir de qué material estaba hecho. Pero una cosa sí tenía segura; una persona como ese hombre, no usaría una baratija, a juzgar por elegante vestimenta. Por un momento dudó, no estaba en una zona que fuese muy familiar a su entorno. Si, había transitado esas calles en varias ocasiones, pero desconocía si había problema alguno para llevar a cabo lo que en su mente había decidido sin meterse en problemas; robar ese reloj. Entrecerró sus ojos rápidamente, debatiendo si debía hacerlo o no. Por un momento su moral le decía que no debía hacerlo, pero su estómago no paraba de rugir y el hambre cada vez era más voraz, por lo que su conflicto interno realmente no se extendió demasiado.

Bajó su cabeza, intentando disimular su mirada al frente mientras intentaba llevar su mano hasta su frente, para ocultar su rostro ―en la medida de lo posible― de sus potenciales víctimas. Sus pasos se hicieron más cuidadosos, y el descuido de los caballeros realmente jugaba a su favor, se encontraban bastante distraídos mientras intercambiaban palabras que el germano no alcanzaba a escuchar. Segundos más tarde, aceleró el paso y tropezó intencionalmente al caballero que portaba el reloj, arrebatándoselo ágilmente de su bolsillo mientras lo escondía en su mano con velocidad. ―Lo siento― murmuró haciendo su tono de voz más grave de lo habitual, evitando dar su cara al hombre. El par de caballeros voltearon extrañados y se detuvieron a mirar al castaño. Mientras este último aceleró el paso sin mirar atrás, deseando que nadie se hubiera percatado de lo ocurrido. El dueño del reloj, miraba aún con el ceño fruncido al joven quién lo había tropezado, pero terminó por darse la vuelta y continuar su camino en compañía de su interlocutor.

Un par de metros más adelante, y mientras intentaba guardar el reloj en el interior de su viejo abrigo. Tropezó accidentalmente, cayó de frente como consecuencia, mientras el reloj salía de sus manos y se deslizaba sobre la empedrada calle, unos pasos más adelante. El corazón del germano comenzó a latir con fuerza, a medida que los ojos de los transeúntes se dirigían en dirección hacia él. Su rostro se ruborizó por completo y su mente se bloqueó, no sabía qué hacer en ese momento. Lo único que deseaba con todas sus fuerzas era que el par de caballeros que había dejado atrás, no se percataran de la escena ni mucho menos del reloj que había desaparecido del bolsillo de su dueño.


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Mensaje por Virginia Hlawatsch Dom 23 Ene 2022, 05:23

Ya con aquel triunfo guardado en el bolsillo de su falda y en los documentos firmados que su asistente llevaría de inmediato al Banque du France, Virginia pensó en que se daría un merecido momento para deleitarse con una taza de té y un trozo de tarta de limón, ese postre que no pudo degustar en el restaurante dado que la pelirroja no era gustosa de comer tranquilamente frente a la mirada de otros. Pequeñas manías que hacían de ella una mujer única sin dudas. Pero si, Virginia veía el degustar las texturas, los sabores, hasta las temperaturas como un ritual en el que debía estar distendida, sin preocupaciones en su mente o atenciones que ofrecer a los demás. Quizás en ese detalle radicaba el delimitado comer de la austriaca; jamás tenía el tiempo necesario para cumplir todas aquellas pautas para disfrutar de su alimento como ésta deseaba. Pero en aquella ocasión habría una excepción. O al menos eso pensaba.

Su atenciosa y azulada mirada pudo darse con todo el suceso como si de una secuencia de fotografías se tratase. Acostumbrada a verse envuelta de muchas personas cotidianamente trabajando para ella, Virginia tenía costumbre de poner ojo en todo y cuando ésta decía eso, literalmente, lo hacía. Poseía una capacidad sorprendente para que nada se pasara por alto de sus zafirinos ocelos, esos que, inquietos analizaban todo desde un punto a otro sin distracción. Así la pelirroja se ahorraba muchas veces de corregir errores a futuro, o sino de saber quién era el encargado de dicha distracción, mínima que podría traerle al Banco la perdida de innumerables cantidades de francos.

Fue por esa misma atención que le vio, en cada paso. En cada acción. Virginia alzó una ceja notando como en cierto punto pudo sentirse como dentro de la misma mente de aquel joven y escuálido ladronzuelo. La damisela le mantuvo la mirada fija notando como aquel estaba tan concentrado en su misión que ni percatado estaba de los incisivos ojos que le seguían sin pausa alguna. La mujer le dejó ser, quería ver su destreza después de todo. Aunque no era una habilidad admirable o digna, Virginia valoraba la capacidad de los demás, creyendo que toda persona tenía algo para ofrecer al mundo. A veces ese poder era beneficioso para la sociedad, otras no tanto. Pero útil para algo, siempre.

Comenzó a caminar lentamente, apurando el paso a último instante. El sonido de sus tacos sobre el adoquinado suelo se hicieron más repetitivos a medida que ésta aceleraba su andar hacía el muchacho.
Pudo advertirles a sus amables clientes sobre lo que estaba a punto de pasar, pero prefirió no hacerlo. En el fondo sabía que la perdida material que podía llegar a tener alguno de aquellos dos era mínima. En otra oportunidad u ocasión  quizás, el veterano no hubiesen tenido reparo en regalar eso mismo que le sería quitado sin su consentimiento. Pero las circunstancias eran otras. Las fichas del juego estaban dispuestas de una forma diferente aquel día. Uno excepcional sin dudas.

Sorpresivamente, a pasos de su persona, el delgado bandolero tropezó, dejando a vista de Virginia el pequeño tesoro con el que se había hecho tan astutamente. Negando con la cabeza pero sonriendo levemente la pelirroja corrió disimuladamente hasta donde se encontraba aquel reloj de bolsillo y lo levantó del suelo, guardándolo habilidosamente en el bolsillo derecho de su abultada y refinada falda. Miró hacia ambos lados, simulando estar sorprendida por la caída de aquel jovenzuelo al que los transeúntes de turno miraban algo desconcertados.

- ¡Siempre tan torpe! ¿Acaso existirá el día que puedas hacer un recado para mi persona sin caer por ahí haciendo el ridículo? – se le acercó y antes de flexionarse para ayudarle al tonto bandido a reincorporarse, clavó su mirada en los ingleses que por lo visto ni enterados estaban de todo lo que había acontecido. Un alivio después de toda aquella desafortunada payasada para sus personas. Ahora Virginia se hacia pasar por toda una conocida del desgraciado frente a sus ojos. Una actuación notable para disipar a la chusma que se había conjugado en torno al leve incidente.

Clavó sus cinco uñas en el antebrazo del castaño y con fuerza lo levantó como quien zamarrea a un niño pequeño cuando se mal comporta. No le dejaría escapar, no estaba en sus planes. Con la cabeza le indicó moverse en dirección al restaurante. Virginia le vio tan pálido y flacucho que quizás eso le llevo a optar por aquel sitio nuevamente. También sabía que allí podría increparle a su gusto, pues su mesa estaba alejada del resto. Un espacio privado el que se había armado para aquel importante almuerzo en concreto. Y ahora sería utilizado como estrado, para sentenciar al impertinente mancebo al que la pelirroja adentró al establecimiento sin peros de nadie, sentándole de forma casi obligatoria en aquella mesa redonda.
Esperando no se resistiese más, Virginia lo dejo y se sentó en otra de las sillas libres, mirándolo fijamente sin pronunciar palabra alguna siquiera. Solo contemplándole seriamente, como analizándole o algo por el estilo. Buscando una segunda impresión, pues la primera no hacía nada en favor del muchacho.

Cuando la servidumbre se acercó a la mesa con intenciones de consultar como había estado todo con respecto al trato con los ingleses, la austriaca los detuvo y solicito aquella taza de té y postre que deseaba y a eso le añadió el traer un menú del día para el joven que ahora le acompañaba. Todo fue pedido entre leve sonrisas y algo de desconcierto por parte de los empleados del local, pues con una soslayada mirada notaron el mancebo que acompañaba a la distinguida dama nada tenía que hacer en aquel lugar. Pero quien paga manda, así que fueron a cumplir con la comanda ordenada.

- Antes de robar deberías de alimentarte, para no estar tan debilucho y caer con la primera piedra que se te cruce – comentó la dama mientras acomodaba el broche de piedras esmeraldinas que funcionaba como tocado en su elegante peinado – Y luego de comer, debes pensar. Por ejemplo, en cómo no ser tan estúpido. Mejor dicho, en cómo aprovechar de mejor forma esa inteligencia que crees poseer ¿No lo crees? – añadió, sacando el reloj de su bolsillo y golpeándolo contra la mesa, dejándolo a plena vista de su interlocutor.

Virginia se cruzó de brazos sin apartar la mirada del mancebo. Sin perder interés en lo que este tendría para decirle. La pelirroja era todo oídos para el en ese instante.  


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Mensaje por Finn A. Goldschmidt Mar 25 Ene 2022, 08:58

Podía sentir el germano como su rostro se iba calentando, conforme sus mejillas se iban ruborizando cada vez más. Era una situación penosa y hasta humillante para el muchacho. Cabe recordar que la timidez era una de las mayores características ―para bien o para mal― del joven hamburgués. Por lo que verse en esa situación era verdaderamente desagradable para él. Podía escuchar a su alrededor la voz de algunas personas quienes se acercaban hasta él para saber qué había ocurrido realmente. Su mirada fugazmente se paseaba sobre cada uno de los presentes, sin llegar a detallar el rostro de los mismos. Pero era fácil de distinguir que la mayoría ―por no decir todos― eran de buena posición económica. Su mente continuaba bloqueada y eso le impedía ponerse de pie nuevamente y desaparecer de allí de inmediato, sólo se le ocurría mirar a su alrededor sin poder hacer nada más. Dirigió entonces su mirada al frente, intentando dar con la recompensa de su fechoría, pero para su sorpresa había desaparecido, no había nada ahí frente a él. Sus ojos se desorbitaron un poco, extrañado y nervioso, todo su esfuerzo se lo había llevado el viento y había hecho el ridículo de manera gratuita.

Casi sin poder pestañear y de manera sorpresiva, una voz elocuente, refinada y femenina se distinguía por encima de los murmuros de los presentes, mientras unas uñas largas se clavaban en su antebrazo derecho, a su vez que tiraban de él para intentar ponerlo en pie. Se dejó llevar realmente confundido mientras se disponía a ponerse de pie. No entendía nada de lo que estaba pasando, ni mucho menos sabía el porqué esa mujer se dirigía hacia él como si le conociese de toda una vida. Su ceño se frunció extrañado, mientras intentaba balbucear palabras algunas, a su vez que la mujer le indicaba ingresar a lo que parecía ser un restaurante. A regañadientes y aún confundido, el castaño era escoltado por la elegante damisela al interior del recinto. La decoración del lugar era verdaderamente exquisita, habían mesas y sillas de fina ebanistería, flores en hermosos jarrones de cristal, así como también arañas que engalanaban los altos techos de dicho restaurante. Fijó su atención al frente mientras sus pasos ―y su acompañante― le llevaban en dirección a una mesa que se encontraba apartada del resto, de hecho se mostraba mejor decorada y ubicada que el resto de las mesas del lugar.

Tomó asiento donde se le indicó, en silencio, mientras cruzaba sus manos de manera nerviosa por debajo de la mesa. Pudo escuchar la voz de algunas personas, quiénes se comunicaban con la mujer acerca de menús y platillos con raros nombres que él evidentemente desconocía. Hasta que finalmente la conversación se centró en él, o mejor dicho, con él. Fue en ese entonces, donde por primera vez el germano pudo intentar detallar un poco más a la mujer que le había levantado de la empedrada calle. Era una mujer pelirroja, con elegante tocado y un buen peinado digno de una persona adinerada. Su vestido era pomposo y portaba algunas joyas que lucían realmente costosas, mientras que su maquillaje se encontraba muy bien hecho. La mirada avergonzada del castaño detalló rápidamente a la mujer, y luego volvió a bajar su cabeza, apenado por haberse delatado de manera tan estúpida. Las palabras de su interlocutora eran firmes y frías, pudo intuir el muchacho que ella había espectado lo ocurrido, para su desgracia. Sus cejas se levantaron levemente cuando habló acerca de alimentarse, le sorprendía de alguna manera que aún luego de lo ocurrido, ella decidiera darle algo de comer. Solo en ese entonces, tuvo un poco de valor para volver a levantar su mirada e intentar hacer contacto visual con la mujer. Sus ojos azules se clavaron en los suyos, observándole de cierta manera inquisidora y con frialdad. Las manos del castaño temblaban ligeramente y jugaban nerviosamente por debajo de la mesa.  ―Debería hacerlo…― se atrevió a responder, para luego morder ligeramente su labio inferior. Respiró nerviosamente y continuó. ―Llamar a la policía. Está en su derecho de hacerlo.― continuó de manera escueta. Sabía él que sus acciones no eran nada positivas, pero una persona como aquella mujer difícilmente sabría lo que era no tener un franco en el bolsillo para poder alimentarse. Y lo cierto era que él no trataría de explicárselo, las acciones valían más que las palabras y eso jugaba en su contra en ese preciso instante. Su mirada se paseaba avergonzada sobre el reloj que había robado minutos antes y que la mujer había dejado sobre la mesa.

No excusaré mis acciones, y sé que usted poco interés tiene de conocerlas.― comentó con su acento germano, con evidente nerviosismo. Desde luego que no deseaba de ninguna manera ser entregado a la policía, pero sabía que el escenario era posible, pues robar era realmente mal visto para las personas de clase alta y él lo tenía bastante claro. Pudo notar un par de elegantes comensales, quienes pasaban al lado de la mesa y le miraban con cierto desagrado, pero a él poco le importó. Suspiró impotente por no poder irse de allí y poder borrar lo que había ocurrido minutos atrás afuera de ese local, pero ya no había vuelta atrás. El ambiente era evidentemente incómodo y un silencio denso se hacía en la mesa, solo interrumpido algunos segundos por algunas copas y pasos de los mesoneros quienes se desplazaban por todo el local atendiendo algunas mesas. ―¿Puede decirme qué quiere de mi? Aparte de lo evidente, no entiendo el porqué desea compartir mesa conmigo luego de lo ocurrido allá afuera.― hablaba con evidente incomodidad y nerviosismo, mientras movía sus pies de manera inquieta debajo de la mesa. Daría el muchacho lo que fuera por ser tragado por la tierra en ese preciso instante.


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Mensaje por Virginia Hlawatsch Lun 31 Ene 2022, 06:14

Por fin los platos llegaron a la mesa de Virginia y su acompañante. Si no fuese por aquello un sepulcral silencio continuaría presente entre los dos que se miraban fijamente uno a otro y no en son de complicidad justamente.

Frente al mancebo el mozo dejo una hermosa bandeja de plata que al destaparse, enseñaba unos bifes de lo que parecía ser pato condimentado con unas patatas asadas, adornadas con finas y fragantes hojas de romero. Un manjar para los sentidos sin duda.
Por otro lado, Virginia finalmente era agasajada con su pedido de té caliente y un trozo de tarta de limón. La austriaca sonrió alegremente, agradeciendo con un gesto al empleado del restaurante y dándole paso a que pudiese retirarse. No había más allí que éste pudiese hacer por aquellos dos. Y menos aún, enterarse de lo que entre el par acontecía.

- Solo quiero que ese plato te aproveche, ladrón mal educado – rio con la mano derecha frente a sus maquillados labios para contener el sonido de tal gesto, pues tampoco le parecía muy pertinente hacerse un festín con la desgracia ajena, más era su propia mente la que le jugaba esas malas pasadas donde ella misma se inventaba esos picarescos chistes en su cabeza – Por lo menos antes de excusarte por lo innegable, preséntate. Anda, no tendrás timidez ahora ¿O sí? – volvió a reír pero esta vez por menos tiempo. Bajo la mirada y observo un par de hilillos de vapor desprenderse de su té. Aun no lo probaría, por lo que tomo un tenedor plateado justo del lado izquierdo de su platillo y trozó una pequeña muestra de la torta. En verdad poseía gusto a limón. Virginia se preguntó mentalmente mientras degustaba el bizcochuelo, sobre cuantas ralladuras de cascara  de la fruta serían necesarias para alcanzar aquel gusto tan concentrado. Y aunque no fuese una aficionada a la cocina ni mucho menos, la pelirroja adoraba hacerse ese tipo de preguntas curiosas que a nada le llevarían de todas formas en hacerse o no con su respectiva respuesta.

Posó nuevamente sus ojos en el gallardo – Mi nombre es Virginia – informó amablemente con su típico acento, no muy alejado del que el muchacho poseía al proferir sus medidas palabras. Quizás compartían algo en común más allá que aquel espacio y comida.

Moviendo las cejas y con sus ojos fijados en el plato de él, la damisela parecía invitarle a comer de una buena vez. Sabía que el escuálido debería tener hambre. Ya no era tiempo de vergüenzas u orgullosos a relucir en el escenario. Era momento de comer. De sacar el hambre. De aplacar la necesidad. Y así después poder pensar con claridad, tal y como Virginia le había manifestado con anterioridad al torpe vándalo.

A la par que su té se enfriaba, la Directora del Banque du France pensaba en el porqué  de las acciones del chico. Lamentablemente no podía afirmar con seguridad que se debía a mera necesidad ya que en su mismo círculo de conocidos había un par de damiselas que gustaban hacerse con objetos de casas o lugares ajenos, los que posteriormente sus esposos debían de pagar silentemente a los dueños correspondientes para evitar problemas y habladurías. Así que la acción de robar para ella no tenía sinónimo de algo por el momento. Pero eso le sería aclarado tarde o temprano. Para bien o para mal. Virginia jamás se quedaba con dudas cuando las respuestas si le llevarían a cierto puerto.

Apoyó el tenedor sobre el platillo y delicadamente su mano se dirigió hacia el asa de la taza. Estaba tibia, lo que templaba un poco la fría mano de la pálida mujer, que parece ese entonces esperaba no parecer tan monstruosa como su interlocutor podría creer de ella.
- ¿Por qué crees que la vida te ha puesto en la posición de tener que robar para… estar vivo? - así la pregunta daba espacio a saber por qué sin necesidad de acusarle de algo.

Virginia no tenía planeado ofenderle en absoluto, ni siquiera por sentirse en posición de poder hacerlo moralmente. Ella quería entender para después saber que cartas en el asunto poder tomar desde su lugar. Uno que nada tenía que ver con la impartición de justicia en las calles de París.


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Mensaje por Finn A. Goldschmidt Vie 04 Mar 2022, 04:05

Sabía el hamburgués que sus acciones probablemente le traerían alguna consecuencia, sin embargo le extrañaba de sobremanera las formas de actuar de aquella mujer con él. No le conocía con anterioridad, y de buenas a primera, le sacó de aquel aprieto en el exterior del local y encima hasta le ofreció compartir mesa con ella. Definitivamente él no estaba acostumbrado a ser tratado con amabilidad y hasta con diligencia, todo lo contrario, gran parte de su vida tuvo que lidiar con diferentes tipos de personas quienes le daban cualquier trato, excepto bueno. El nerviosismo aún continuaba haciendo estragos en el cuerpo del muchacho, quién continuaba jugueteando nerviosamente con sus dedos por debajo de la mesa, aunque probablemente su rostro le delataba aún más si podía. Finn aún no dominaba una buena manera de disimular sus emociones, era después de todo, un muchacho bastante joven quién tenía mucho por aprender de la vida y sus diversas situaciones.

Un mozo llegó con una bandeja de plata, de buen tamaño, presentándose a la mesa con bastante educación mientras dejaba sobre la superficie de la misma aquella bandeja. Retiró la cobertura de la misma, dejando a vista de los comensales un platillo bastante apetecible, tanto en olfato como en vista. No sabía el castaño exactamente de qué platillo se trataba, puesto a que su alimentación era bastante limitada. Pero de una cosa estaba bastante seguro; aquello probablemente le costaría varias noches de ardua labor en aquel burdel de mala muerte donde se ganaba la vida diariamente. Así mismo se percató que para su acompañante,  una taza de té y un postre que lucía bastante apetecible, fueron dejados sobre la mesa. Las palabras de la mujer fueron algo graciosas, aunque no para él, quién se encontraba ya bastante incómodo con el hecho de haber sido atrapado en sus fechorías. Bajó su mirada con timidez mientras movía con impaciencia y nerviosismo sus pies bajo la mesa. ―Decide entonces usted dar de comer al ladrón al que acaba de encontrar ahí afuera.― mencionó con sorpresa, el hamburgués mientras señalaba con un gesto hacia el lugar del desafortunado encuentro.

Le avergonzaba de sobremanera revelar su identidad, pero después de todo aquella mujer no parecía ser tan inalcanzable y prepotente como el resto de personas de la alta sociedad, quienes miraban a personas como él por encima de sus hombros y hasta con expresión de asco. Ella le ofrecía compartir mesa y además alimento, algo que no se veía frecuentemente entre personas de su clase social. Parecía ser una mujer fría y distante, aunque sus acciones mostraban todo lo contrario. Tragó grueso y asintió ligeramente, mientras se decidía a dar el paso. ―Mi nombre es Finn.― mencionó escuetamente, con su acento germano mientras se rascaba un poco la cabeza. Escuchó también el nombre de la mujer y asintió un poco más tranquilo, mientras le veía invitarle a comer. Miró de reojo el platillo frente a él, verdaderamente lucía bastante suculento. Sin embargo, habían tantos cubiertos al lado de su plato, que no sabía cuál escoger ni por donde empezar. Maldijo internamente su falta de cultura en ese momento, deseaba no quedar aún más como un imbécil de lo que ya había quedado ahí fuera frente a Virginia, su anfitriona. Miraba dubitativo cada uno de los cubiertos, con ambas manos sobre la mesa. Cogió uno de estos y lo acercó tímidamente hacia el platillo, pero se dió cuenta de que el mismo no le sería útil. ―Diablos.― murmuró en voz baja, mientras dejaba sobre la mesa dicho cubierto. Luego tomó otro de estos y el resultado fue el mismo, definitivamente lugares como ése no eran lo suyo. Dejó nuevamente el nuevo cubierto sobre la mesa e hizo contacto visual con la mujer. ―Soy un fiasco ¿Podría decirme cual debería utilizar?― confesó refiriéndose a su desconocimiento sobre la cubertería con sus mejillas ruborizadas, llevándose la mano derecha hasta su frente y acariciando la misma.

Escuchó entonces con atención las palabras de la mujer de los cabellos rojizos, y su rostro se ensombreció ligeramente. Suficiente tenía con el vivir a diario para tener que recordar sus desgracias en ese momento, como si ya hubiera sido poco lo que había ocurrido más temprano durante ese mismo día. Sin embargo, lo menos que podía hacer por la mujer quién le estaba ofreciendo un plato de comida, era responder a su pregunta. Finn no era un muchacho a quién le gustara andar contando sus intimidades, muchísimo menos hablar de su pasado. Pero no se encontraba en el burdel y desde luego que las circunstancias en las que estaba conociendo a la mujer, eran muy diferentes a las que acontecieron al conocer a otras personas durante su vida. Suspiró con un poco de nostalgia y hasta tristeza, evitando hacer contacto visual con la damisela, pero mirando tímidamente hacia el platillo que todavía no había comenzado a degustar. ―La miseria y las carencias me han acompañado siempre desde que tengo memoria.― respondió con la voz trémula y negando ligeramente con su cabeza. ―Cuando no hay ni siquiera un franco para comer, cuando no hay manera de conseguir una manera decente de ganar los mismos pero hay mucha hambre, hay que apañárselas.― comentó aún con timidez y en voz baja, le avergonzaba hablar sobre su vida, pero ahí estaba contándole un poco sobre él a una extraña. ―Probablemente usted nunca haya vivido una situación como esta, y espero que no la viva. Por lo que es probable que jamás entienda mis razones para hacerlo, pero es lo que hay. No escogí este camino ni mucho menos esta vida.― comentó con resignación y su rostro se volvió serio. Y así una vez más, volvía a recordar lo miserable y amarga que era su vida.

Respiró hondo y tomó un sorbo de agua, gracias a una copa de cristal que había a su izquierda. Intentando relajar un poco el ambiente. ―Si me permite ¿Qué hay de usted?― preguntó con cierta inocencia y curiosidad. ―¿Iba pasando por la calle cuando…― tomó una pausa, mientras buscaba las palabras adecuadas y desorbitaba con fastidio sus ojos. ―Presenció esa situación mía?― mordió su labio inferior mientras llevaba su mano derecha hasta su cuello. No estaba seguro de saber si era buena idea preguntarle a la mujer sobre la manera en la que había dado con él, pero si ella preguntaba por él, daba por sentado de que la pelirroja no tendría problemas en también contar qué le había llevado a acercarse a él en esas circunstancias. Realmente le generaba curiosidad.


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Mensaje por Virginia Hlawatsch Vie 03 Jun 2022, 22:24

Decir que algunas cosas pasaban por suerte y otras no era algo que Virginia no llevaba muy bien consigo. Tenía presente que había factores en la vida que podían condicionar a las personas a la hora de velar por su futuro sin dudas. Nacer en cuna de oro o en la misma miseria no eran situaciones equiparables en absoluto, pero no por ello debían de ser vivencias sentenciadoras en la existencia humana. Virginia creía que todos y cada uno de nosotros tenía el poder de quebrantar el patrón predestinado para nuestras vidas y forjar uno nuevo. Eso sí, a base de sangre, sudor y lágrimas.

- Decido compartir una comida con alguien que tiene hambre. Y punto – la pelirroja parecía ser mucho más fría de lo que en verdad su exterior emanaba, sin embargo aquello no era más que un escudo que la misma debía llevar consigo a cuestas día y noche, sobre todo por la gente que le rodeaba y debía de tratar constantemente. En un mundo machista ser una mujer con poder e inteligencia podía ser más una desgracia que una virtud si no se tenían las armas mentales necesarias como para soportar la presión del patriarcado. Pero la austriaca había aprendido gracias a sus padres y a miles de tropezones como sobrellevar toda aquella marea de inseguridad y envidia masculina sin que le afectase, al menos, no tanto como en un pasado.

Finalmente se hizo con el nombre del nervioso muchacho. Su semblante se tornó pensativo al creer recordar que en su casa de campo cuando sus días eran de residir en Austria de que uno de los empleados de la finca tenía el mismo nombre que el mancebo al que ahora sus azulados ojos vigilaban sin disimulo. Era como si la pelirroja quisiese sacar la vergüenza del gallardo a base de su directa personalidad. Para esos momentos las tonterías debían quedar de lado y Virginia quería hacerle entender a Finn que nada tenía que avergonzarse, lo hecho ya estaba hecho.

Sonrió levemente al observar de refilón como el hambriento joven no encontraba los cubiertos adecuados para hacerse con el suculento platillo frente a su persona. Descuidadamente Virginia no había tenido presente aquel pequeño detalle que podía herir los sentimientos de su contraparte o hacerlo sentir limitado. Pero para todo había una solución – Los cubiertos se utilizan de adentro hacia afuera dependiendo la rigidez de la comida servida – le explicó severamente, como quien daba una clase de etiqueta por una única y última vez  - Por ejemplo, imagina que el más cercano al plato sirve para la mantequilla y a partir de ahí todo se endurece. Pescado, pavo, hasta llegar a la carne de vaca o cerdo – comentó todo esto señalando cada uno de los cuchillos para luego de terminada la lección hacerse con un pequeño sorbo de té para humedecer sus maquillados labios - Ahora come, que el frío no espera por nadie y el pato helado no es manjar ninguno – sonrió levemente, dibujando dos hoyuelos en sus mejillas, uno para cada una de ellas.

Estaba claro que cada persona era un Universo, literalmente. Todo humano tenía sus historias, sus porqués y mil cosas más que le hacían únicos. Y también víctimas o victimarios de su forma de ser. Era cuestión de darse el espacio para que un Universo colisionara con otro y así poder descubrir las diferencias de esos mundos. No podía juzgarse a nadie sin conocer su pasado o mínimamente para no profundizar mucho, sus intenciones a la hora de ser o hacer algo. Al menos así lo creía Virginia y con esa forma de ver a las personas hasta el momento le había ido bastante bien en la vida. O al menos se había rodeado de las personas que creía correctas para su viaje a través de los años.

- Yo creo que así como eres consciente de lo que has vivido y de lo que se te ha grabado en el alma también puedes poseer la consciencia para poder darle un giro a tu vida antes de que sea demasiado tarde – llevo una de sus mano hasta su delicado mentón como si ésta misma reflexionase sobre las palabras que su misma boca había impartido ¿Sería ella capaz de hacer lo mismo que le aconsejaba al ladrón? ¿Podía Virginia cambiar el motivo de su vida a otro que no fuese solamente el buscar venganza por la muerte de sus padres? Aquellos comentarios habían escalado dentro de la austríaca más de lo que tenía planeado, pero eso era algo que no estaba dispuesta a hablar con Finn ni con otra persona.  No por ahora.

Trató de retomar foco en el muchacho y en atender si ya estaba disfrutando de la comida. Bebió otro sorbo de té y cuando se disponía a probar otro trozo de bizcochuelo la pregunta del infame le hizo alzar una ceja ¿Aquello sería curiosidad o simple descaro? Daba igual, haber mostrado un poco de interés le había causado cierta gracia a la pelirroja, incluso si aquella fuese solo una trampilla del mancebo para desviar la atención de su persona.

- El reloj prestado pertenece a uno de mis clientes. Justo les despedía cuando te vi “bailar” en las calles – negó repetidamente con la cabeza, como no pudiendo creer como un ladrón podía ser tan despistado y no tantear sus alrededores antes de hacer sus movimientos – Creo que soy muy atenta a mi entorno y todo aquello que me rodea – confesó con honestidad por así era. A veces la damisela no tenía tiempo de pestañear pues quien pudiese estar a sus espaldas podía tratarse ni más ni menos que un traidor a futuro. La vida no era tan fácil a veces para aquellos que lo tenían todo, por si alguien pensaba lo contrario.

- Nunca sabemos quién nos puede tender una mano Finn… Y tampoco quien nos la puede arrancar ¿No crees? – preguntó con seriedad, esperando internamente el muchacho ya hubiese dejado de lado un poco de ese nerviosismo que a ningún puerto le haría arribar. Aunque no se notase a primeras luces, Virginia estaba disfrutando su compañía. O más bien, tratando de comprenderla.


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Mensaje por Finn A. Goldschmidt Vie 08 Jul 2022, 06:36




No podía negar el germano que la condescendencia y la amabilidad en las acciones de la pelirroja destinadas a su persona, no terminaban de sorprenderle de cierta manera. Pues podía contar con una de sus manos la cantidad de personas que alguna vez se habían preocupado ―si es que cabía tal palabra― por el, en este caso de que se alimentase. También era necesario destacar lo surrealista que había sido aquel día para él; se había despertado con el estómago rugiendo, acto seguido se había debatido robar o no el reloj de un hombre adinerado, luego terminó por ejecutarlo pero cuando casi salía triunfante de allí, cayó de frente. No sólo fue descubierto, sino también interrogado por ese motivo y así mismo se le ofrecía comida. Todo aquello era bastante extraño y espontáneo para él. Ese día había sido totalmente diferente a lo que había vivido alguna vez durante sus pocos años de vida. Y eso era mucho decir, si se tomaba en cuenta las vueltas que había dado la vida del hamburgués, no solo durante su estancia en su natal ciudad, sino también en la señorial París. La respuesta de Virginia hacia su comentario sobre darle de comer, y así como también la pequeña lección de etiqueta donde le indicaba cómo utilizar cada uno de los cubiertos que reposaban sobre la mesa, habían sido suficientes para entender o al menos intuir, que probablemente no lo mandaría a la cárcel tal y como él temía inicialmente.

Eso le tranquilizó un poco, aunque desde luego no dejaba de sentir cierta incomodad, puesto a que no estaba acostumbrado a visitar lugares tan refinados como ese, donde distintos ojos le miraban de manera inquisidora y hasta despectiva desde otras mesas cercanas. No importa qué tan amable fuese su anfitriona, él sabía que no pertenecía allí y su entorno se lo hacía saber. Comenzó a comer, no sin cierta torpeza, utilizando algunos de los cubiertos necesarios para ese tipo de carne en particular. Llevó un pequeño de trozo de ese pato hasta su boca y le supo a gloria. Asintió en silencio y luego limpió un poco la comisura de sus labios. ― ¿Me creería si le dijera que es probablemente el platillo más delicioso que he probado jamás? ― respondió mientras aún se mantenía ese exquisito sabor en su cavidad bucal. Aquel comentario posiblemente podría ser tomado como halagos banales para agradar a la pelirroja. Pero lo decía honestamente, con sinceridad. ― Muchas gracias, mademoiselle. ― asintió y luego tomó un sorbo de agua. Podría ser un ladronzuelo y hasta un vulgar prostituto, pero siempre agradecía los buenos gestos y acciones que hacían por él.

Las palabras de la mujer eran bastante ciertas si se analizaban con detenimiento. Más allá de las buenas enseñazas que le impartió Jacqueline, su vecina quién se dedicó a educarle durante su infancia y parte de su adolescencia, nadie más se había sentado con él para aconsejarle o al menos hacerle ver las cosas ―de buena manera― desde una perspectiva diferente a la suya. Por lo que el germano escuchaba con atención y detenimiento cada una de las palabras de la educada dama que le acompañaba en ese momento. ― El problema es que muchas veces no sé cómo, ni por donde comenzar… ― confesó en voz baja y apenado de cierta manera. Muchos jóvenes de su edad ya estaban en la universidad o con situaciones más favorecedoras, mientras él no sabía qué hacer con su vida ni qué rumbo tomar, por lo que no podía evitar sentirse frustrado de alguna manera y hasta enojado consigo mismo por sus malas decisiones, pero esos ya eran otros temas que no iba a tocar. Le costaba demasiado hablar sobre sí mismo y más cuando no tenía confianza con alguien. Apenas le había conocido minutos atrás.

Continuó degustando de aquel delicioso platillo, podría haber comido de manera acelerada, puesto a que tenía demasiada hambre y la comida estaba exquisita. Pero no quería parecer un maleducado ni mucho menos incomodar con malos modales a su acompañante. Sus pálidas mejillas se ruborizaron cuando volvieron a mencionar el tema del reloj que había robado allá afuera del restaurant, no pudo evitar rascar nuevamente su nuca con cierta torpeza. No sabía como actuar en ese momento. ― Estoy seguro de que sí lo es, a decir verdad, no fue hasta que me trajo hasta acá, cuando me percaté de que fue la única que me vio… Tomar ese reloj. ― señaló al llamativo reloj que reposaba sobre la mesa, muy cerca de las delicadas manos de la señorita. ― Y de no ser por haberme tropezado, probablemente ahora mismo estaría lejos de aquí. ― comentó en voz baja mientras suspiraba y volvía su atención en el platillo, dando unos últimos bocados antes de terminar con el. Aquello que había vivido ese día, le había dejado como lección ser mucho más precavido con su entorno, a fin de evitar que otras personas pudieran percatarse de sus «acciones». Tuvo la suerte de toparse con Virginia quién hasta el momento no había mostrado indicios de acusarle, pero probablemente no correría con la misma suerte durante una próxima vez si no era más cuidadoso al respecto. No podía volver a cometer ese error, de ninguna manera.

Volvió a prestar atención a las palabras de la pelirroja y se le quedó mirando con cierta extrañeza, no porque fuesen dichas palabras erróneas, todo lo contrario, tenían mucho sentido. Pero desde luego que le hacían reflexionar bastante al respecto. ― Tiene usted razón, mademoiselle. Aunque he de confesar que puedo contar con los dedos de una mano… ― mencionó y luego tomó una breve pausa mientras miraba sus propias maltratadas manos, pasados unos cortos segundos continuó con su diálogo. ― A cada una de las personas que me han tendido la mano durante toda mi vida. Pero usted ha demostrado hoy, que aún existen personas dispuestas a tender una mano. A pesar de las circunstancias. ― señaló al exterior del local, refiriéndose a la manera en la que coincidieron, mientras pronunciaba dichas palabras con un tono de voz nostálgico. A veces se preguntaba si la falta de sus padres durante gran parte de su vida, tenían mucho que ver con eso. Pues no había recibido nada más que malas acciones de terceros, pero a su vez quería creer que eso tarde o temprano podría cambiar. Había una pequeña luz de fé en su interior que se rehusaba a extinguirse. Y la pelirroja, de manera inconsciente, alimentaba esa luz en su interior con las acciones que hacía por el en ese momento.

La compañía de la mujer, aunque bastante inesperada y peculiar, agradaba al germano. Pudo la elegante dama acusarle con la policía o inclusive con el propio dueño del reloj quién era su cliente, según palabras de ella misma, pero en su lugar decidió optar por todo lo contrario ―y bastante inesperado― para charlar con él. Podía decirse que el hamburgués se sentía un poco más cómodo y tranquilo conforme pasaban los minutos, sentía en ocasiones hasta ganas de seguir conversando con la pelirroja, pero en cierta manera había un rechazo interno, no hacia ella, sino hacia sí mismo. No creía o sentía que hubiera manera de socializar con una mujer como ella, a simple vista era demasiado evidente cuán diferente eran ambos en infinitos aspectos, pero desde luego que no lo exteriorizaría.

¿Hay algo que pueda hacer por usted? ― preguntó de manera trivial y espontánea. ― He de agradecer sus atenciones conmigo, pero me gustaría retribuir de alguna manera la invitación. ― comentó con una sonrisa tímida, sin llegar a mostrar su dentadura. ― No me malinterprete, en realidad deseo retribuir el platillo de comida que me ha invitado hoy. ― finalizó alzando ligeramente sus cejas. Desde luego que no tenía en sus bolsillos ni siquiera la cuarta parte de lo que costaría un platillo en ese lugar como para retribuirle económicamente con una invitación a un sitio similar a ese, pero estaba seguro que algún favor o alguna manera habría de agradecer a la elegante mujer por el gesto que había tenido con él durante ese día. ― Y por favor, no diga que no es nada o que no espera que le retribuya el gesto. ― finalizó, esperando expectante a la reacción de su interlocutora, mientras le dio un último bocado al suculento pato.


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Mensaje por Virginia Hlawatsch Jue 28 Jul 2022, 15:55

Virginia tenía muy claro que casi todo lo que era hoy en día era gracias a sus padres. Al aliento constante que éstos le entregaban para no rendirse en un mundo donde las mujeres debían luchar el doble que los hombres para alcanzar los mismos logros. Se debía contar con una espalda firme y un carácter rígido para no rendirse en aquel mundo de caníbales donde la ley del más fuerte primaba sobre todo, o mejor dicho “del más poderoso”. Sin embargo el respaldo de la austriaca era excelso, sus padres habían hecho una fama a lo largo y ancho de toda Europa que de cierta forma aseguraba que Virginia llevaría en sus venas las mismas conductas y visiones que sus progenitores. El resto fue tener la tenacidad de demostrarlo y poco a poco irse dando un paso entre aquellos que en momentos se le paraban de frente como meros obstáculos que la mujer supo cómo sobrepasar sin caer en ninguna falta moral y ética.

Para Virginia la honestidad valía mucho más que cualquier otro sentimiento, quizás más que el amor, simplemente porque sabía que la traición era algo de lo que ella jamás podía recuperarse.

Sonrió levemente ante el comentario del muchacho sobre su improvisado almuerzo. No quiso decirle que ella odiaba el pato, pues le parecía un comentario de mal gusto para alguien que estaba degustando dicho platillo. Pero desde pequeña la pelirroja recordaba que tenía pavor a ser servida con aquella comida que quien sabe por qué tanta repulsión le daba al paladar. Pero lo que a ella podía darles disgusto a otros podía generarle el mayor de los placeres y Finn era un ejemplo viviente de ello.

La austriaca era una persona sumamente observadora. Muchas veces podía notársele mirando hacia asuntos u objetos que la mayoría ni siquiera notaría. Era como si tuviese un ojo analítico para detalles que le daban ventaja sobre las cosas a pensar o decir sobre temas en concreto. Con ese don innato y que con el tiempo aprendió a afinar era como la mujer tenía una reputación excelsa desde su llegada como Directora al Banque de France por cerrar tratos inmensos con sus clientes, quienes jamás se ponían en su contra.

Su manera de ver las cosas y expresárselas a otros ojos, dando perspectivas diferentes y opciones singulares era lo que hacía de Virginia una gran profesional. Y ella creía que eso también la hacía una persona especial de la cual sus padres –donde quisiera que estuviesen observándole- estarían orgullosos de ella.

A medida que el tiempo transcurría junto a la compañía del mancebo la cabeza de la austriaca comenzaba a tramar un plan. Uno que podía ser tan exitoso como todo aquello que plasmaba para la institución donde trabaja como una falla inmensa, tal y como venía siendo la búsqueda del asesino de sus padres en la capital francesa. Aquel tema no había avanzado prácticamente en nada y Virginia era más que consciente de ello, después de todo era uno de sus principales motivos de esfuerzo para no dejarse caer en las oscuras manos de la tristeza que llevaba resguardada por dentro desde hacía meses y que a veces, ni la dejaba dormir por las noches.
La vida de la mujer tras la pérdida de sus progenitores no había sido fácil, la diferencia es que ella no se lo había dejado notar a nadie. No podía darse ese gusto. Volvemos al dicho de “mundo de caníbales.”

Su té ya estaba frío y el bizcochuelo apenas había sido tocado por el tenedor de la mujer. Tomó delicadamente con sus frágiles manos la servilleta que reposaba en sus faldas y limpio la comisura de sus labios con una elegancia única. Todos aquellos gestos parecían coreográficos, sin embargo ya eran naturales en la forma de ser de Virginia.

Observó el plato del ladrón –aunque en su mente no quería seguir mencionándolo así- y pudo suponer que había acabo con el banquete. No quiso ofrecerle la opción de degustar un postre porque después de todo aquello no era una conmemoración ni mucho menos. Era el comienzo de algo y por ende, los inicios jamás vienen con todo servido en bandeja.

Se levantó de la mesa e hizo una reverencia a los empleados del restaurante que le miraban a lo lejos, tras la barra del lugar – Dejad todo a cuenta del Banco – advirtió para acomodar sus ropajes y poner los ojos sobre Finn – Toma esos dos folios que están sobre la mesa. Daremos un paseo – aquello sonaba más a una orden que a un favor, el semblante de la pelirroja había cambiado ligeramente, como si su persona se aprontase de cierta manera para afrontar el afuera – El primer paso del cambio, es mostrarle a todos que ya no eres lo mismo que antes. Llevarás esos documentos conmigo hasta el Banco caminando. Y los cuidarás como lo importantísimos que son. Irás a mi lado y todos aquellos que te conozcan sabrán que no quieres continuar siendo el mismo. Y no será fácil, pero la recompensa valdrá la pena – fue lo más sincera que pudo, no tenía otra opción, pues la prueba no era solamente para él de cierta forma. Ella se estaba jugando un poco de sí misma en aquella decisión.

Se acercó al pórtico del restaurante, acercándosele un empleado del lugar para abrirle las puertas de salida. Miró su reflejo en el espejo y liberó un pequeño suspiro de paciencia o esperanza quizás.

- Vamos, que estas cuestiones no pueden tomar todo un día – no volteó siquiera al pronunciarse, pero para ese entonces espero que Finn estuviese alistado y con la documentación atada a su persona como el más preciado de los tesoros.


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Mensaje por Finn A. Goldschmidt Mar 02 Ago 2022, 00:52





El hamburgués observó a la damisela, quién con la elegancia que parecía caracterizarle, se disponía a ponerse de pie. Hizo lo mismo por su parte, no sin antes limpiar también la comisura de sus labios, pero de una manera más torpe y nada glamurosa como lo hacía su anfitriona. Miró a su alrededor y pudo percatarse de que el restaurant estaba un poco más vacío a diferencia de cuando el par entró a dicho recinto. Su atención volvió a la pelirroja, quién le comunicaba a los trabajadores del restaurant que el banco asumiría los gastos generados allí. No pudo el castaño evitar arquear ligeramente sus cejas, sorprendido por la capacidad que tenían los ricos para arreglar sus asuntos monetarios de una manera tan distendida que hasta parecía que podía ser igual para el resto de los mortales. Salvo que unos cuantos francos en los bolsillos o cuentas bancarias de estos, los separaban de tales realidades, muy diferentes para ambos bandos de la sociedad. Asintió con diligencia y en silencio cuando se le indicó tomar unos folios que yacían sobre la superficie de aquella mesa de elegante ebanistería. Tomando los mismos con cuidado y evitando fijar su atención en ellos, no quería parecer un entrometido ni mucho menos.

Admiraba la elegancia y la seguridad con la que se desenvolvía aquella mujer. Le hubiera gustado tener al menos un poco de la actitud que poseía la pelirroja, esa que le acompañaba y le hacía moverse decidida en dirección a la salida del restaurant mientras sostenía con cuidado su abultada y elegante falda. Seguía sus pasos pero no lo suficientemente como para ir justo a su lado, acto seguido, intentó pronunciar palabras cuando le indicaba que le acompañaría hasta el banco pero no fue posible para él verbalizar palabra alguna. ¿Por qué le llevaría hasta el banco? Frunció su ceño extrañado ante el destino que indicaba la mujer, pero después de brindarle algo de comer, no tenía intenciones de contrariarla ni mucho menos hacerle un desaire. ― Así será, mademoiselle. ― pronunció aquellas palabras con más duda que seguridad, y asintió en silencio.  ¿Lo importantísimo que son esos documentos que sujetaba y que debía proteger?, ¿recompensa?, ¿valer la pena? Muchas incógnitas en ese momento que, más que aclarar o despejar dudas, terminaban por generarle más confusión ¿Pero qué era todo aquello lo que se tramaba en la mente de la señorita Virginia? No desconfiaba de ella, desde luego, pero no sabía que esperar. Se sentía como alguien que iba caminando con una venda sobre sus ojos sin un rumbo fijo.

Aceleró el paso y terminó por caminar a la par de la señorita, una vez le indicó que se diera prisa y cuando ya habían salido al exterior. El clima se mantenía exactamente igual, pudo sentir el germano cómo la fría brisa del invierno chocaba contra sus pálidas mejillas, así como también se colaba hacia sus brazos y piernas a través de los agujeros de su viejo y descuidado ropaje. Generando un pequeño escalofrío que tensó su cuerpo en cuestión de segundos. Pero se mantuvo callado, mientras seguía los decididos pasos de su compañera. Le generaba cierta curiosidad saber o conocer al menos la importancia de aquellos folios que sostenía cuidadosamente con sus ásperas manos. Pero no era el hamburgués un chismoso o un entrometido, sólo un joven muchacho cuyo gusanillo de la curiosidad parecía picarle en ese instante. El sol comenzaba a asomarse entre las densas nubes que cubrían al cielo de la capital francesa, pero no tenía la suficiente intensidad aquel día para intentar hacer un poco más cálido el clima. ― ¿Podría decirme a qué tipo de cambio se refiere? ― preguntó repentinamente, con la curiosidad que caracteriza a un muchacho joven como él. Luego se arrepintió por ser tan curioso, pero ya era demasiado tarde para remediar aquello. Podía intuir a que dicho cambio empezaba por dejar de robar a desconocidos en las calles, pero le generaba cierta curiosidad saber exactamente de qué manera comenzaría a cambiar dichas acciones.

Minutos más tardes, en los que ambos intercambiaban palabras, y siguiendo la dirección que indicaba la pelirroja, parecían acercarse a un edificio alto y con una arquitectura exquisita. Pero lo que más atención le llamó al hamburgués es que no se trataba sólo de un banco, sino del Banque du France. El banco más importante de París, y por qué no, también de Francia. ¿Iba acaso la rubia hacia dicha institución para hacer una transacción financiera o tan solo se dirigiría a las inmediaciones de ese lugar? En cualquier caso, fijó su mirada en su vestimenta y arqueó sus ojos ligeramente. Definitivamente podrían echarle de ahí apenas pusiera un pie dentro de aquel edificio. ― Oiga, sé qué estoy acompañándole… Pero es probable que ni siquiera me permitan la entrada a un lugar como ese. ― comentó trivialmente, mirando a su interlocutora, para luego volver su mirada sobre sí mismo, refiriéndose a su apariencia durante ese día.

Se encontraban subiendo las pocas escaleras que daban entrada a la institución financiera, todo parecía marchar bien, o eso pensaba el germano ¿Qué podía salir mal? Había logrado salir airoso de aquel incidente afuera del restaurante donde había conocido a la señorita Virginia, y además aquella no le había acusado con la policía sobre lo que había hecho, por lo que parecía que todo marchaba bastante bien. ― ¡Lady Hlawatsch! ― o casi bastante bien… ― Qué bueno que pude finalmente localizarla. ― dijo una voz que le sonaba conocida al hamburgués y que hizo poner todo su cuerpo en tensión de inmediato. ― Nos devolvimos hasta el restaurant, pero nos anunciaron que ya había partido. Por lo que intuímos que volvería al banco. Qué bueno que no nos equivocamos. ― comentó con una sonrisa, uno de los elegantes hombres a quiénes el germano había rebatado aquel brillante y hermoso reloj en las afueras del restaurant. ― Iba llegando al hotel, pero me percaté de que ya no llevaba un reloj conmigo, específicamente en el bolsillo de mi abrigo. Por lo que me preguntaba si vuestra merced llegó a encontrarse, sobre la mesa que compartimos, dicho reloj. ― preguntaba interesado, el dueño del brillante artefacto. ― Es un obsequio de mi fallecido padre, y me genera una profunda tristeza el haberlo extraviado. Qué descuido el mío. ― suspiró con preocupación y evidente reprochose hacia sí mismo por su «descuido». El castaño se había quedado inmóvil y totalmente callado, mientras sotenía firmemente los folios que le habían sido encomendados para resguardar. Sus respiración comenzó a agitarse, y su mirada nerviosa buscó a la de su compañera. Sus mejillas se ruborizaron de inmediato y sin evitarlo o siquiera notarlo, comenzó a temblar levemente. Aquello no podía ser posible que le estuviera ocurriendo, juraría que estaba a punto de salir corriendo cuanto antes. Si el hombre lograba reconocer al menos su vestimenta, podría considerarse muerto.


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Mensaje por Virginia Hlawatsch Jue 01 Sep 2022, 02:52

Si no hubiese sido por el peculiar suceso con Finn, diríamos que la jornada de Virginia hubiese sido igual de aburrida que de costumbre. La pelirroja ocupaba la mayor parte de su tiempo en su trabajo y eso no era solamente por su excelso profesionalismo para con la Institución de  la que era ni más ni menos que Directora, sino que parte de ese sobre compromiso con el banco nacía de perder tiempo en ello para no ocupar su mente con sus asuntos personales. Interiormente la austríaca no venía sobrellevando muy bien el asunto de la perdida repentina de sus padres de forma tan trágica, por lo que la tristeza y la melancolía la invadían repentinamente, quitándole tanto el sueño como el hambre. Y a veces hasta las ganas de levantarse de su cama incluso. Pero no podía rendirse, debía mantener la cabeza en alto en honor a sus progenitores y todo lo que habían hecho por ella para estar donde se situaba ahora. Además sus brazos no podían quedar cruzados esperando saber quién había asesinado a sus familiares, cuanto antes debía conseguir nueva información que la llevase un paso más cerca del paradero del mal nacido asesino que les había arrebatado la vida al matrimonio Halawatsch en París.

Los pasos de Virginia eran firmes tal y como lo que proyectaba todo ángulo de su ser. Ni en un millón de años alguien se imaginaria siquiera los penares por los que la mujer vivía silenciosamente entre las paredes de su onerosa residencia. El tema era muy delicado para hablarlo con alguien y la damisela no era una persona de entregar su confianza con facilidad. Siempre debía poner a prueba a aquellos que fuesen a rodearla, al menos si éstos no generaban un sentimiento positivo o esperanzador en ella de primera mano.

Al parecer Finn había tenido algo de suerte y los azulados ojos de Virginia habían visto en él algo que ni siquiera el muchacho estaba enterado de poseer para el vislumbrar de aquella peculiar mujer de negocios.

Para aquella altura del paseo Hlawatsch intuía que el mancebo debería estar lleno de cuestionamientos que su boca no se animaba a pronunciar aún y por esa misma razón era que Virginia tampoco profería una palabra al respecto de todo lo que anteriormente había despojado en forma de pequeñas pistas. Así como poseía valentía para lanzarse a las calles y robar sin titubeo alguno, Finn debía utilizar esa misma fuerza para aclarar todo lo que por su mente pasase, incluso si esto llevaba a cuestionar a alguien que le intimidara como para ese entonces Virginia creía que lo hacía.

- Cambiar es no hacer siempre lo mismo Finn. Cambiar implica usar nuestras habilidades de forma distinta. Y por sobre todo, cambiar implica el abrirse a los terrenos de la incertidumbre – sus palabras seguían siendo algo confusas, como diciendo las cosas a medias. Parecía que a la mujer le entretenía tener al muchachito en ascuas a medida que iban llegando a su destino, del cual Virginia no había adelantado nada a su nuevo invitado para que toda la sorpresa se diese de un solo tirón, así también como las posteriores explicaciones que la austríaca sabía debería de asumir con el joven.

- Gustosa de verle nuevamente – respondió sonriente para disimular la sorpresa que le había generado ver al inglés en las escalinatas previas a la entrada del banco. Sinceramente Virginia se había hecho la idea de no verle la cara al hombre y su acompañante hasta la mañana siguiente donde había prometido enseñarle las instalaciones del Banque de France y hasta alguna de las bóvedas de seguridad donde próximamente aquel par guardaría parte de su inmensa fortuna tras el trato realizado con la mujer que llevaba la institución adelante.

Sus orbes se fijaron en Finn y alzando una ceja por un instante se mantuvo silente, aquello no podía servir mejor como lección. La pelirroja sabía el malestar que el muchacho debería estar pasando para ese entonces por lo que decidió actuar antes de que el mismo saliese corriendo o se desvaneciese junto a su lado – Puede olvidar esas tristezas, por suerte este jovencito encontró el reloj en la calle y lo acercó al restaurante. Al saber que le vería mañana no me preocupe mucho por el asunto ya que en mis manos, toda pertenencia suya siempre estará más que a salvo – comentó grácilmente en forma de chiste, haciendo alusión a las riquezas del inglés que ahora serían parte del caudal del banco.

- Les presento a Finn, que además de ser muy atento parece tiene madera para en un futuro ser mi mensajero personal gracias a su buen obrar ¿Qué les parece? La jornada de hoy ha sido muy buena para todos – tras aquellas palabras la damisela se acercó a su cliente y sacando del bolsillo de su falda el preciado reloj se lo entregó a éste para luego reglarle una protocolar reverencia –Ahora si me disculpan, debo continuar con mis tareas habituales. Más no olvidar nuestro encuentro de mañana – y sin más la pelirroja se volteó nuevamente al chico, haciéndole una señal con la mano para que éste le siguiese el andar.

Se detuvo un instante frente a los inmensos pórticos del Banque de France donde los guardias ya le esperaban con las puertas abiertas – Bienvenida nuevamente madame Hlawatsch – confirieron al unísono los empleados de la primer sección de la entrada a la institución financiera.
- No sé si presentarte a este lugar como mi segunda casa o la primera – le pronunció a Finn sonriente, como si dentro de aquel lugar la mujer se sintiese única y de un humor completamente distinto a cualquier otro sitio que soliese frecuentar.

No tuvo reparo ni comentario a todo lo que anteriormente había sucedido. El engaño, las mentiras y todo lo que eso conllevaba se dio con total naturalidad, no por ello había dejado de suceder. Pero eso era algo de lo que Virginia preferiría hablar con Finn ya en su oficina, completamente en privado.

Por el momento, dejaría que el muchacho se maravillase con cada rincón de aquel hermoso e importante ligar en el que recién se habían adentrado.


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Mensaje por Finn A. Goldschmidt Mar 06 Sep 2022, 07:02




No podía creer la situación que se estaba suscitando frente a sus ojos en ese preciso instante. Ni en sus más remotos pensamientos, pudo el germano siquiera imaginar que estaría nuevamente frente al par de caballeros a quiénes un buen rato atrás, había tropezado intencionalmente y había despojado a uno de estos de su reloj de bolsillo. Era una pieza hermosa, bien cuidada y además parecía tener unas cuantas décadas de fabricación. El material de este, no había podido ser analizado por el castaño puesto a que no tuvo mucho tiempo para detallar el mismo, pero apostaba a que se trataba de una pieza hecha con oro. Se mantuvo en total silencio, presenciando la escena y el intercambio de palabras que acontecía entre Virginia y el par de caballeros.

Estaba petrificado y sus manos se aferraban cada vez con más firmeza sobre el portafolios que le había sido encargado. Sus ojos se movían de un lado a otro, mirando a los presentes y observando sus gestos corporales. Nunca se había considerado a sí mismo como un hombre de fé, pero deseaba con todo su ser que sus plegarias fuesen escuchadas en ese instante, a cualquier ser omnipotente que rigiera el universo. Tomó entonces un momento para intentar calmarse una vez sintió la mirada de Virginia sobre él y asintió en silencio, dando a entender que todo estaba «bien», aunque se encontrara muy lejos de realmente estarlo. Pero se mantendría tranquilo hasta donde sus nervios o su valentía pudieran permitirlo. Cabe recordar que el joven Finn era de esas personas que fácilmente se incomodan en presencia de extraños, y más en casos como el que acontecía, ante la posibilidad de ser descubierto luego de lo que había hecho.

Arqueó sus cejas con sorpresa, cuando haciendo gala de su desparpajo habitual y esa seguridad que le seguía allá donde fuera, Virginia presentaba al castaño no sólo como su posible mensajero personal, sino también como aquel que había «encontrado» el extraviado reloj del caballero. Tragó grueso y sus mejillas se ruborizaron inevitablemente, todo aquello estaba sucediendo demasiado rápido y el joven hamburgués no había tenido ni siquiera oportunidad de asimilar lo que estaba sucediendo. ― U-un placer. ― comentó de manera torpe, y con evidente nerviosismo. Disimular definitivamente no era lo suyo, y eso era algo que debía aprender a como dé lugar. Sus ojos miraron con asombro el reloj, que iba a parar ahora en manos de su verdadero dueño. Suspiró hondo, lamentándose por haber caído como un idiota allá sobre aquella calle. Pero ya era demasiado tarde para lamentaciones, encontraría otra manera de ganar algo de dinero. Con una sonrisa falsa que no terminaba de mostrar su blanca dentadura, sonrió escuetamente al par de caballeros que ahora se despedían conformes con el admirable acto de «honestidad» que según sus pensamientos, había ejercido el castaño. Pobres de ellos, ¡si tan solo supieran!

Siguió con la mirada los pasos de su compañera, quién se adentraba en aquella gran edificación con una confianza absoluta que le sorprendía un poco al castaño. Siguió a paso tímido a la mujer, dubitativo mientras bajaba la mirada, evitando rodar por aquellas escalinatas y quedar aún más en ridículo de lo que ya había quedado anteriormente. El interior de aquel lugar era excelso, tenía una decoración exquisita y aquello para nada había pasado desapercibido para el germano. Quién asentía lentamente, observando su entorno, mientras escuchó las palabras de Virginia. ― ¿Su segunda casa? ― balbuceó en voz alta, era más un pensamiento suyo que una respuesta. No podía imaginarse lo que era «vivir» en un lugar tan hermoso como aquel, aunque fuera aquello alguna manera de expresar la pelirroja sus extensas horas en su lugar de trabajo. Cuando volvió su atención en la mujer, esta se había adentrado en un pasillo largo y fue abordada por un hombre, que intuía sería empleado también de la institución financiera.

Se distrajo el germano, contemplando cada detalle del lugar, estaba realmente hipnotizado con aquello. Era la primera vez que el joven Goldschmidt entraba en un lugar con una decoración tan hermosa, el restaurante que habían dejado atrás, no podía compararse de manera alguna con el banco. Deslizó su mano cuidadosamente, sobre una estatua de mármol que presidía el salón principal de ese lugar. Pero de inmediato la retiró, no quería ser reprochado. Se sentía fuera de lugar, imaginaba que en cualquier momento vendría un guardia a tomarlo del brazo y lo echaría a la calle como un perro. Él no era del tipo de personas aptas para visitar lugares como ese, lo sabía y lo tenía muy asumido. El origen y las clases sociales, no perdonaban.


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