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I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte 2WJvCGs


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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte

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I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte Empty I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte

Mensaje por Fausto Dom Abr 03, 2022 5:24 pm

I've got this feeling coming over me tonight
Lost in the shadows of your precious little light
Now you're on the run, run away, run away, get away
Outta luck, outta love, outta time, outta love

«My life», FM Attack

-:-

En cuanto la ruta capaz de despistar a sus perseguidores sin desviarse mucho del objetivo abandonó la tierra abrasada para fundirse con el marrón de los troncos, el bosque les dio la bienvenida antes de que pudiera hacerlo la tribu que poblaba toda esa carretera que ya había dejado de ser autopista. El nuevo escenario pospuso las intensidades de su conversación con aquel sucedáneo de vidente que tenía de copiloto, sólo para acabar arrojándose en un pozo de misticismo aún más indescifrable.

El territorio Navajo estaba en apuros y los dos habían llegado a tiempo de convertirse en sus huéspedes de honor. En los casuales voluntarios de una misión que no les incumbía y que, sin embargo, era perfecta para sus habilidades.

Un millar de murmullos en lengua nativa siguieron sus pasos en cuanto salieron del coche. Habían sido escoltados hasta allí por un grupo fornido de personas, extrañamente receptivas a la entrada de forasteros, como si aquello no fuera una reserva india sino una estación de servicio natural donde hacer picnics. Con la tajante excepción de no serlo en absoluto. Las cabañas y barracones estaban allí para corroborarlo, construido todo con los materiales naturales que tenían a mano y separándose entre sí con prudencia, aunque buscando la cercanía por encima de la diferenciación. Distintas fogatas disponían su cocinada comida del día y los niños correteaban de una a otra, seguidos por algún que otro pescador o tejedor que pasaba por ahí. Los árboles se alzaban siendo los principales protagonistas. Firmes y monumentalmente largos, se agolpaban en torno al espacio, como si estuvieran preocupados de emular el puntiagudo techo de un tipi, debatido entre el instinto protector y la claustrofobia.

En la carretera rebosaba el sol, pero dentro de allí el cielo se veía un poco más apagado.

Fausto había hablado en Diné bizaad para hacerse escuchar, igual de dictatorial en cualquiera de los tantos idiomas que dominaba. No pretendían quedarse mucho tiempo, les transmitió, no más que el necesario para repostar y llevarse algo al estómago antes de que el astro rey se desintegrara del todo y el mismo color de la calzada inundara el firmamento. Sus insistentes anfitriones, sin embargo, no habían hecho amago de oírle y les habían conducido hasta allí, en vez de a la gasolinera más cercana. Y así se habían visto obligados a acabar, comiendo directamente de un cuenco artesanal, mientras desperdiciaban horas de luz al resignarse a un indeseado descanso.

—Ya es suficiente —rugió Fausto, sentado sobre un tocón de muchos años, a escasos metros de un riachuelo. Su taladrante mirada no flaqueó, tras escupir un pequeño resto incomible de su mazorca que casi perforó el suelo a la par que sus fríos ojos—. Vayamos a ver a la jefa.

Como solía ser costumbre, se dirigía a Éline pese a no estar mirándola a la cara, ni esperándola cuando echó a andar y sólo uno de los hombres que custodiaban la cabaña central adonde se aproximaron le detuvo del hombro, inmediatamente disuadido por los susurros de sus compañeros. La mujer de platinos cabellos que encontraron en el interior parecía estar esperándoles, mas no por eso había adecentado el amplio habitáculo que le pertenecía. Lleno de tapices, cojines y pintarrajados símbolos, cuyas tonalidades surgían también de entre las llamas de la chimenea hacia la que estaba mirando.

—Esto no tiene ningún sentido y no estoy de humor para querer entenderlo. —volvió a hacer uso de sus conocimientos del idioma navajo, implacable en su descontento— Si no vais a decirnos dónde podemos repostar, dejad que nos larguemos.
—Hacía tiempo que un lobo herido no se perdía en nuestro bosque. —Por su parte, ella habló en inglés, todavía sin darse la vuelta— Fascinante, ser lobo, humano y cazador a la vez.
—¿Qué demonios-
—Pero hacía aún más tiempo desde que no veíamos a alguien con el Don. Y es aún más fascinante.

Cuando se giró definitivamente hacia el par de viajeros, les juzgó desde sus brumosas pupilas y su tostado rostro, alargado, animalesco, repleto de arrugas que barajaban el tono de su piel con las sombras del fuego que atenuaba la estancia y también les llegaba a ellos.

—Estás en lo cierto, la hospitalidad no es el motivo que guía nuestra necesidad de reteneros. Esperábamos que fuerais vosotros quienes nos ayudarais primero. Aunque el mundano trueque de la gasolina no guarde relación con la naturaleza de la misión que os aguarda.

¿Acaso no había bastante con los desvaríos de una sola alma que hablaba en verso? Definitivamente, los demonios del asfalto y la arena se divertían a costa de su paciencia…


Última edición por Fausto el Vie Oct 07, 2022 11:15 am, editado 3 veces


I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte 3d-Imi1-Li-X

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I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte Empty Re: I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte

Mensaje por Éline Rimbaud Dom Mayo 01, 2022 2:05 pm

El motor del coche era ese lamento, ese gemido, ese aullido, traído desde el otro lado del mundo. Una vida que reclamaba otra, que se retorcía en las entrañas de la tortuga que cargaba con el universo a su espalda. Sombras de pinos y abedules demandaban su presencia trayéndole a esos dos forasteros en tierras indias el aroma de la salvia y la madera mojada. Pero no fue la brisa del bosque lo que erizó el vello de la piel de Éline. Aquí se respira la leyenda, pensó la profeta, la adivina, la demente, la chiflada. También el temor. El temor de esas gentes que conocían el saber por detrás del saber. Que escuchaban a sus antiguos en lugar de callarlos en las profundidades de su memoria.

Percibió el malestar de su compañero aún cuando no sabía interpretar los sonidos que salían de sus labios, usando la lengua originaria de aquella sagrada tierra.
—Tienen miedo de algo, o de alguien. ¿Es que acaso no lo hueles, lobo? —aspiró ella misma el aire. En sus pulmones penetró el olor del bosque pero también el enrarecido perfume de una magia ancestral. No había terminado su pedazo de mazorca pero obedeció sin inmutarse por el tono imperioso que era el verdadero lenguaje que el cazador estaba acostumbrado a emplear. Dejó el maíz tostado en el cuenco.

El sándalo la embriagó en cuanto fueron invitados al interior de la cabaña. El humo, como sibilina bruma, redondeaba el rostro de la mujer de gruesas trenzas platino, otorgándole a su figura un halo de misticismo borroso. Varios tapices con intrínsecos patrones tribales colgaban de las paredes de madera.
—¿Qué que eso que aterra a vuestra gente, chamana? Lo he sentido al llegar aquí, pero no puedo ver más allá de las nieblas de hoy —habló entonces Éline una vez Fausto y la bruja indígena hubieron intercambiado el primero pulso de esas verdades a medias que todavía perturbaban al cazador y hacían supurar una parte de su alma que se remontaba años y siglos en el pasado.

Éline acortó la distancia entre la mujer, el fuego y el incienso. El rostro aguileño y perlado de las arrugas de la experiencia la siguió con la mirada. Éline se colocó delante de la navaja, permitiendo que sus ojos se observasen por un momento, estudiándose, midiéndose cada una en su peculiar talento.
—Percibo la incomodidad, el miedo. Pero nada más. Es como si una esencia negra bloquease mi visión. Pero sé que es algo viejo de lo que sólo se habla en susurros. ¿Conocéis de qué hablo, chamana?

La anciana asintió. Despegó los labios y el sonido que salió de ellos era la voz del ahora y también del ayer. De una historia plagada de sangre, de conquista y, por último, de olvido.
—Vuestra astucia os asiste bien —concedió, verificando las sensaciones de la joven—. El Yee Naaldlooshii campa por nuestras tierras robando las apariencias de nuestros habitantes. Aquí todo el mundo teme al Yee Naaldlooshii y de este miedo se alimenta. Por eso os debo os preguntar, lobo y ruiseñor: ¿querríais ayudarnos a frenar este mal?


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I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte Empty Re: I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte

Mensaje por Fausto Jue Oct 06, 2022 7:32 am

No, por supuesto que Fausto no quería ayudarles. Ya le había faltado lo bastante al respeto a su propio hermetismo, ya había traicionado demasiado al sádico aguijón de la soledad que aún sentía, como para seguir jugando a ser el héroe de una historia imposible, junto a quien los cielos y el infierno condenaban como el trágico amor de su vida. Por eso, se negó oficialmente, ante lo cual, aquel pueblo, más cercano a la solemnidad que a la imposición que sus propias gentes soportaban en sus carnes desde hacía apenas unos siglos, fue igualmente hospitalario. El sol se había escondido durante su conversación con la jefa, de modo que quedaron invitados a la cena de esa noche para que, al día siguiente, partieran de allí con la gasolina y el estómago lleno.

Acomodados nuevamente sobre tocones y rocas, una enorme hoguera, más alta y suntuosa que ninguna otra fogata, pasó a elevarse en el centro de aquel círculo inconsciente que disponía su jerarquía. O, mejor dicho, su unión. El humo se fundía con las sombras del cielo y las llamas cambiaban de color a cada cántico, o danza casual, lejos del exotismo barato que las gentes caucásicas asociaban a las tribus. Allí, las personas aprovechaban el abrazo de la naturaleza y la sabiduría de sus sueños para subsistir, conscientes de lo que su anciana historia provocaba en los demás y, aun así, pendientes sólo de lo que significaba para ellas. En cierto modo, dadas las hipócritas ínfulas del resto de la sociedad, resultaba admirable, pensó Fausto, mientras su estoica mirada atravesaba el fuego y algo de la traslucida frialdad de sus ojos menguaba unos segundos.

—Sé que tú tienes otra opinión, pero no me importa —murmuró, blandiendo la tenacidad de su parecer, aunque ya hubieran transcurrido horas desde su dictamen. Éline tampoco necesitó que la mirara directamente para sentirse apelada por sus palabras—. Ya te lo he dicho, soy el Cazador, no el Lobo. Y ni siquiera los lobos pueden salvar el mundo.
—¿Le gustan los lobos?

La voz de un niño, libre todavía, manchado sólo del barro de esas calles vegetales que amparaban su crecimiento, irrumpió, de repente, y le entregó la figura de dicho animal, tallada en madera. Fausto apenas se inmutó, pero sostuvo aquel inesperado presente entre sus dedos, viendo cómo absorbía los colores de la hoguera, igual que si estuviera hecho del reflejo de un riachuelo. Liviano, vulnerable, iridiscente…

—Son poderosos y temibles. ¡De lo contrario, no podrían forman parte de los tótems! Y los tótems protegen a la familia.

La estela de aquella enfermiza psicodelia de reflejos prosiguió en cuanto hubo correspondido las intensas pupilas del infante, que sonrió con una serenidad cristalina, antes de alejarse definitivamente y volver con su madre.

—No digas ni una palabra —gruñó, al dirigirse nuevamente a la pelirroja sin necesidad de que ésta abriera la boca, y le arrojó aquel animal de poder en el regazo con su despotismo habitual.

Cuando las cenizas de la hoguera dieron paso al descanso final de la noche, se acostaron en sus sacos de dormir y el manto de la duermevela cubrió por completo a los habitantes del lugar. Fue entonces que el alemán, ajeno a todo descanso, detectó un ruido tan suave que sólo podía ser inhumano. Ello le hizo aguzar sus sentidos y divisar finalmente a la bestia: escuálida, ilógica y regurgitante, se deslizaba a una velocidad fantasmal por encima de la tierra. Estaba alejándose del campamento y arrastraba consigo un cuerpo más tierno y pedregoso. Más pequeño. Y cuando sus quejidos desembocaron en llanto, reconoció la voz del chiquillo navajo.

Se puso en pie al instante y cedió a la escena su deformación profesional, que no respondía sólo a un instinto de caza, sino de... —no podía ser, lo que le faltaba— ¿Protección?

«Y los tótems protegen a la familia.»

A la mañana siguiente, el niño despertó a todo el pueblo con sus gritos de alerta, pero fue a Éline a quien zarandeó insistentemente, con un expresivo terror en el rostro y sin dejar de señalar al tótem del lobo que ella seguía atesorando.

—¡Ha luchado! ¡Ha luchado y me ha salvado! ¡Pero se lo ha llevado! ¡Se lo ha llevado! ¡Dice que sólo tú podrás encontrarlo!

No había rastro de Fausto a su alrededor. Y el que había, se perdía a través del bosque.


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I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte Empty Re: I want to drive you through the night, down the hills | Éline Rimbaud | 3ª parte

Mensaje por Éline Rimbaud Dom Ene 01, 2023 4:40 am

Fuego. El elemento que destruye y que ilumina. Que devasta, derriba, calcina y asola. Que guía, alumbra, da calidez, esclarece e inspira. El fuego engloba todo lo bueno y todo lo malo. Es el elemento, quizá, más equilibrado de todos, pues, ¿quién no es catástrofe y salvación a la misma vez? Las llamas bailoteaban delante de ellos, como hadas ardientes confiriendo una coreografía imposible. El humo ahogaba sus sentidos, volvía acuosos sus ovalados ojos, convirtiendo el azul del cielo en el azul del mar. Podría quedarse observando el curso de las llamas para siempre, pensó. Aprendiendo a descifrar su idioma, los mensajes que guardaban dentro de cada yesca, de cada rama. Era como si el alma de la tierra expulsase todos sus demonios, sus secretos, y éstos flotasen hacia arriba hasta perderse en el cielo de la noche, en la estrellas.

El cazador sentenció su resolución, con la aspereza a la que ya la tenía acostumbrada desde su deliberado encuentro en la guarida de los cuervos.
—¿Pueden los pingüinos volar por mucho que crean poder hacerlo? —la pregunta salió a modo burla de la boca de la mujer de fuego, con la chispa de la mofa brillando en sus ojos. Ya aceptaría, llegado el momento, de que ninguno de ellos no estaban libres de los propósitos de las moiras.

Rodeó la figura con los dedos, repasando cada línea irregular que había llevado a otorgarle la forma de los que aullaban a la luna. A la luz de la hoguera, la madera parecía incluso más oscura.
—No desprecies lo que eres, lobo. Cada uno hemos nacido con el espíritu que nos ha bautizado —le  reprendió con los labios convertidos en una fina línea recta.

Cuando Náhookos ba'áádi se encontraba ya en su plenitud, las luces del campamento desaparecieron, arropando a los invitados solamente bajo el manto de las estrellas y el colchón de la tierra. Y no fue hasta que las primeras luces del alba se reflejaron en su rostro pecoso, que los gritos de ayuda del muchacho navajo taladraron cada oído de los allí reunidos. Sin perder más tiempo, el pajarillo con las alas cortadas derrapó hasta el coche, donde el lobo cazador guardaba todo el arsenal. El peso de la pistola de metal se sintió más ligero en sus manos esta vez.

El bosque la recibió como la hija pródiga que en verdad era. La línea de la tierra surcada por unas huellas que hasta el más oligofrénico de los tramperos hubiese sido capaz de seguir. La configuración de las pezuñas era una extraña mezcla animal y humana.

La sangre todavía estaba húmeda y relucía como pequeños rubíes salpicando las jumas de la arboleda.

El sonido metálico de la pistola al cargar era como música ancestral para sus oídos. La melodía que guiaba todos sus pasos, uno detrás del otro. Y el tótem del lobo descansado el bolsillo de su cazadora negra. Continuó andando a tientas, conteniendo la furia que solamente desataría cuando fuera el momento oportuno. Niké tendrá que esperar un poco más. Su respiración era su marcha marcial, el eco de sus costillas abriéndose y cerrándose contra sí mismas.

El bullicio repugnante, como el de una hiena devorando los restos de un elefante moribundo, la hizo contener una arcada. El crujido cesó en el mismo instante en el que Éline había puesto el pie en su territorio. No había rastro de Fausto por ningún sitio. Decidió tomar refugio tras el grueso tronco de un abeto. La criatura de brazos tan largos que rozaban el suelo salió en su busca a tientas. Apoyó la frente contra la pistola, encomendándose al dios de la sangre, el acero y el metal antes de abrir fuego.

La bala de plata consiguió rozarle solamente en la sien, pero fue suficiente para enfurecer a la criatura. Revelada su posición, a Éline no le quedaba más escapatoria que la de arrastrarse por la maleza en un intento de escapar de su campo de visión.

El impacto contra el suelo la hizo aguantar la respiración a la misma vez que ahogaba un grito. El peso del ser mitológico sobre ella la hizo querer vomitar, trayéndole a la memoria otro lugar, otro cuerpo, otro olor y otro momento en el que no había sido bendecida con la fuerza de la ira. Sus ojos quisieron llenarse de lágrimas.

Retuvo esos instintos para dejar salir otros mucho más primarios.

Fuego. Ella sería el fuego. Pero no el fuego que ilumina, sino el que destruye, devasta, derriba y calcina. Se acogió a sagrado en la protección de la furia de su pistola, como si fuera ésta una espada sagrada con la que partir las sombras y dividir las aguas.

El quejido del arma escupió su testamento final, el rostro de Éline maquillado con la sangre del enemigo. La pintura de guerra que la había perseguido desde su demencial estampida contra los cuervos que la tenían amarrada. El ser deforme rugió. Un aullido mucho más agudo que el de un león. Se revolvió y ambos se convirtieron en un amasijo de ramas y barro. El cambiaformas seguía peleando por su vida, mientras que a Éline le había dejado de importar la suya.

Solamente importaba el dolor infligido y la carne desgarrada. La de la bestia y la del pajarillo. Importaba tanto que había abandonado la pistola para sentir el calor que se le escurría entre los dedos, los labios, con el fulgor de sus propias manos asesinas.

Fuego desolador.


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