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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Heinrich de Wittelsbach Sáb Abr 30, 2022 11:59 pm

“Mi mayor legado como padre no sería haberlos engendrado
Eso cualquiera
Mi misión era ponerlos a prueba
Hasta que el deseo de superarse tragase cada uno de sus excusas”
Heinrich de Wittelsbach


Antes del alba, la comitiva organizada por Heinrich de Wittelsbach recorría los caminos polvorientos de las zonas de caza de París, para que el ilustre señor pudiese saber qué presas rastrear, el nivel de dificultad del terreno y en cuánto tiempo estimado obtendrían los primeros resultados. El plan era peinar el bosque con sus dos hijos mayores desde el amanecer hasta que el sol estuviese en lo más alto del cielo y luego darse un banquete de venado con ellos. De todas las máscaras del repertorio de Heinrich, no había ninguna con mayor trascendencia que la de un padre. Amaba a sus muchachos, pero si le importaba el porvenir de la familia, no podía ser su amigo. Eso implicaba, más de lo que desearía, decir cosas que no les gustaría oír, pero que agradecerían eventualmente. No a él. A él no le debían retribución alguna, pero sí al esplendor de su dinastía.

Antes de partir, Heinrich besó a su esposa con suavidad mientras ésta dormía y le acomodó algunos cabellos que se habían escapado de la trenza que usaba para acostarse. Incluso desprovisto de su título, él sentía esta necesidad de contribuir a la grandeza que junto a Irene seguían construyendo. Como hombre, era lo que correspondía. Como individuo, este era el motor de su vida.

Duerme en paz, querida. Tu marido no te fallará.

Y para asegurarse de eso, por esta vez, Irene no lo podía acompañar.


...


Heinrich cabalgaba con Roderick y Meinrad a su lado, como camaradas. No existían las órdenes de sucesión ni los privilegios cuando se ponían en movimiento, con los perros corriendo y ladrando ante los caballos, con los monteros siguiéndolos de cerca.

Ni siquiera en ese contexto sus hijos eran capaces de llevarse. Las disputas entre Meinrad y Roderick eran incabables. Casi buscaban un pretexto para no estar de acuerdo. Incluso el número de conejos bastaba para que empezaran sus intercambios. Algo que, a estas alturas, Heinrich no solamente aceptaba, sino que además gozaba. Con esos ímpetus y sólidas convicciones, no cabía la menor duda de a quiénes habían salido. Debía recoger esa energía y encaminarla para que beneficiara a todos. No sería él quien cortase las alas de los muchachos convenciéndolos de que estaban errando en su actuar, porque no podías llamarse equivocación a las dicotomías. ¿Para qué? Si eran perfectos. Tenían estrategias casi contrarias a la hora de hacerse con la presa, pero ambas daban resultado. Roderick era de un elegante sigilo, el cual le propiciaba más animales, aunque de menor envergadura. Meinrad, en cambio, se hacía de menor número, pero tenía la necesidad de hacerse con los venados más sanos y desafiantes.

Esa mañana, Heinrich percibió la tensión en torno a la boca de Meinrad y la ira apenas contenida en los ojos, bajo la gruesa capucha negra de la capa. Para él, esto tenía una trascendencia a nivel personal que Roderick, como primogénito y heredero, no entendería. Pero eso no era todo. Heinrich presentía algo más en el anciano aparte del orgullo herido. Casi se palpaba en él una tensión demasiado parecida a la de un adolescente Heinrich.

Luego de una fructífera mañana, casi al mediodía, los tres hombres llegaron a la casa de campo. Heinrich se miró a sí mismo con desagrado. Incluso en este contexto, verse en ese estado propio de un porquero, le producía rechazo.

A lavarse. No queremos contaminar la mesa mientras comemos — dijo inmediatamente mientras se dejaba caer el caballo —. Que los vistan con algo cómodo, pero a la altura de la ocasión. Soy un padre afortunado: Mis hijos han vuelto hechos unos hombres. Digo que celebremos. Quiero una mesa llena de risas.


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Mensaje por Meinrad de Wittelsbach Miér Mayo 25, 2022 11:10 am



El padre debe ser el amigo, el confidente, no el tirano de sus hijos.

Vincenzo Gioberti.


Tiempo atrás, cuando aún no le había salido la barba y sus aspiraciones eran meramente las de estar a la altura de que su padre se sintiera orgulloso, Meinrad habría anhelado ese momento, soñando despierto conque se produjera y abrazándolo con ímpetu, sintiendo todo ese fervor que un hijo debe profesarle a su progenitor. La caza no solo era el deporte más popular entre las familias nobles, sino que para los Wittelsbach siempre había significado un motivo de gozo y celebración, un acercamiento y unión aún mayor de Heinrich con sus hijos. Ahora, sin embargo, el muchacho no sentía toda esa ilusión que debería sentir corriendo por sus venas; ahora todo era distinto.

El regreso al hogar tras más de un año lejos de este siempre debía ser motivo de deleite y de profunda alegría, mas en Meinrad había supuesto todo un contratiempo, una brecha infernal que había abierto la caja de Pandora, sacando a relucir sus pensamientos más oscuros y deseos más primitivos. Cuando le anunciaron que volvería a reunirse con toda su familia, lo celebró como el que más, deseoso de volver a abrazar a su padre, de contemplar el hermoso rostro de su hermana e incluso de lanzarle alguna de sus constantes pullas a Roderick. No había nada como estar rodeado de los tuyos en un lugar donde se había echado raíces y que ya se consideraba como una segunda casa, pero aquella cena, la maldita cena, se encargó de hacer añicos sus sueños y de echar todos sus deseos por la borda.

Ahora Meinrad se sentía incapaz de camuflar sus sentimientos, incapaz de llevar a cabo las enseñanzas que su amada tía le había enseñado. Su interior bullía de resentimiento y odio, como si en lo más profundo de sus entrañas se estuviese librando una auténtica lucha con el averno como escenario. No sabía cómo resistiría a aquel martirio, cómo podría seguir viendo a su hermana con la certeza de que jamás sería suya. Que su historia, si es que alguna vez existió, estaba abocada al fracaso. Y en el grueso de toda aquella historia, en los anales del tiempo, siempre estaban ellos; las dos figuras que movían los hilos y entretejían el destino de sus hijos desde las sombras, los verdaderos titiriteros de aquel complejo entramado que representaba a las clases nobles.

Era en momentos como aquel en los que Meinrad desearía haber nacido como un simple siervo, que su apelativo de bastardo tuviera más peso que su propia sangre noble. Pues, de esa forma, podría amar libremente e ir allí donde le permitieran sus posibilidades. Pero, desgraciadamente, sobre él también recaía la maldición de su apellido, ser un Wittelsbach era sinónimo de poder y ambición, algo que tampoco le era ajeno.

Con tales genes en su ADN no era de extrañar que el odio también cobrase protagonismo, un odio que llevaba años alimentando hacia Irene y que ahora también parecía extenderse como una sombra hacia su padre y hermano. Al primero le culpaba de ser una simple marioneta a merced de las manos de aquella bruja, pues estaba convencido de que había sido su mujer la que había urdido todo ese ardid con su brillante cerebro y su lengua de serpiente; al segundo le odiaba por lo que representaba, por ser el heredero y creerse desde siempre mejor que él. Si alguna vez había existido hermandad entre ellos, un sentimiento de hermanos, éste había quedado sepultado bajo capas y capas de profunda inquina.

Y ahora, cuando ni siquiera habían pasado veinticuatro horas desde tal desafortunado incidente, se veía obligado a cabalgar junto a dos de las personas que más aborrecía en ese momento. Su tía Hela había hecho mucho hincapié en hacerle sabedor de lo importante que era saber ocultar los sentimientos, emplear mil máscaras diferentes y guardarse el rencor para uno mismo y saber aprovecharlo en su momento. Así que allí estaba, participando de aquella actividad en compañía de su familia, riéndole las gracias a su hermanito y contraatacando tal como ya era habitual en ellos, con esa pequeña riña que, a priori, parecía inofensiva. No obstante, a Meinrad le fue imposible ocultar del todo aquel brillo de recelo que brillaba en sus ojos desde la noche anterior. Tampoco le fue posible no hacer gala de la ira que le atormentaba y que desató sobre sus presas, arremetiendo contra las más grandes y fuertes sin preámbulos, de forma directa. Quien lo viera pensaría que buscaba su propia muerte, y tal vez fuera cierto, pues al menos de esa forma hallaría la paz que nunca había llegado a experimentar por completo.

Cuando las primeras luces matutinas dieron paso al mediodía y ya se sintieron conformes con el botín obtenido, el propio Heinrich y su séquito guiaron a los dos muchachos hasta una casa de campo, también propiedad de la familia. A Meinrad le sorprendió e interesó aquel alto en el camino, pues había dado por hecho que regresarían al castillo como ya era habitual, para que el servicio pudiera disponer de las reses y presas obtenidas dando lugar a una cuantiosa cena. Sin embargo, cuando entró al interior para atender las órdenes de su padre, descubrió que allí tampoco parecía haber rastro de otros miembros de la familia.

En silencio y elucubrando qué motivo podía haber tenido Heinrich para llevarlos hasta allí mientras su hermano no cerraba el pico, los dos muchachos fueron aseados y sus vestimentas empolvadas fueron cambiadas por una camisa de fino lino y unos pantalones de algodón. Ya de nuevo en presencia de su progenitor, Meinrad no pudo evitarle preguntarle.

- ¿Qué hacemos aquí, padre?


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Mensaje por Heinrich de Wittelsbach Mar Jul 19, 2022 6:04 pm

En la vida de un padre de familia, había ciertas obligaciones indelegables que debía cumplir a como diera lugar. No había hombre con hijos que no las conociera. Cuándo y cómo cumplirlas era la cuestión, una pregunta que cada uno debía resolver de acuerdo a cada integrante de su familia. Apresurarse podía quebrar a una persona, pero llegar tarde era garantía de quedar en segundo lugar, si no el último.

Heinrich creía que tanto Roderick como Meinrad, ambos lozanos y con su vigor de macho a flor de piel, estaban listos para lo que venía. Ya en más de alguna ocasión los había sorprendido mirando el trasero de alguna criada, todavía algo tontos para avanzar. Bendita fuera su inexperiencia; debían entender que se debían al renombre de su sangre y que merecían cien veces más que una simplona con olor a establo. Ellos podían, fácilmente, llenar la cama con las mujeres más selectas y exquisitas de cualquier corte. Y ya era hora de hacérselos notar.

Todo estaba listo. Vestido con un ropaje limpio y perfumado con notas eminentemente cítricas, Heinrich se dejó caer sobre su silla en el salón y esperó a sus hijos con controlada impaciencia.

Cuando se unieron a él sobre sus cómodos asientos, Heinrich sonrió con anticipación y dio la bienvenida a su modo.

Nada como el ejercicio para sentirse revitalizado. ¿No lo creen? Ahora que estamos todos presentables, quiero decirles esto: prepárense para tomar su lugar en esta familia como los hombres que son. Prepárense para estudiar al otro lado del mundo y brindar en otro idioma. Habrán notado que queda un buen trecho para llegar al castillo. No es casualidad. Quiero que se entretengan y que después de hoy cumplan con sus deberes sonrientes de oreja a oreja.

Como era de esperarse, la astucia de Meinrad amenazó la sorpresa que les tenía preparada. Heinrich sonrió a medio filo. Si bien las esperanzas de la sucesión estaban depositadas en Roderick, de quien no tenía duda alguna que se las arreglaría para salir victorioso ante los más ásperos escenarios, era Meinrad.

Todo a su tiempo, hijo. Puede que yo no sea el mejor ejemplo de paciencia para ustedes dos, pero tengo más edad. La suficiente para aconsejarles que no se dejen convencer por terceros; la impaciencia no es una desventaja. No como la pintan los rezagados que se conforman con lamer los pies de cualquier rey con tal de recibir migajas. No he invertido en su educación para eso. En momentos de crisis, suelen haber dos caminos para gente como nosotros: o huyes o peleas. No hay decisión correcta per sé, pero si van a elegir pelear, tienen que estar seguros de que ganarán. No existe segundo ni tercer lugar; sólo perdedores y vencedor. No hay más. ¿Quiénes son los pocos que salen victoriosos? Los que toman la decisión antes que todos los demás. Es decir… — extendió sus brazos para señalar a los presentes — nosotros, los impacientes. Pero ahora, hijos míos, estamos en familia. La cacería ha terminado y la impaciencia es algo que debemos mantener bajo control. El descontrol es algo muy propio de la clase baja. Somos distintos. Es mi deseo que compartan y disfruten como los hermanos que son. Y no está de más recordarles, antes de que empecemos el festejo, que si se quedan estancados en competir el uno contra el otro, están perdiendo el tiempo tontamente. Su competencia es el mundo. La dinastía es una sola. Y cuando los Wittelsbach vuelvan a ocupar los tronos más importantes del continente, no será porque pelearon más, sino inteligentemente, contra los verdaderos enemigos.

Terminando con la ceremonia y con decir lo que le correspondía para mitigar los choques entre sus hijos, Heinrich hizo pasar a cuatro mujeres al salón. Cuatro bellezas elegantemente vestidas, de pieles claras y cabellos completamente sueltos. A vista de cualquiera, eran cortesanas. Éstas, por la forma grácil que tenían de moverse, la elocuencia con la que se expresaban y la suavidad de sus extremidades, era evidente que habían salido caras.

Estas amigas me contaron que se mueren de ganas por conocerlos y yo no tuve el corazón para negarme — dio por toda introducción, dejando que las risas coquetas de las féminas llenaran el vacío del lugar. Se dirigió primero a la pecosa de cabello cobrizo —. Tu nombre es… ¿Aimée, tal vez?
El que usted desee, mi señor.
¿Ya ven lo simpáticas que son? Pues bien, ¿qué pasa con el vino?
Aquí lo tengo — apareció la mayor del grupo enseñando la botella que pronto serviría. Tenía el cabello oscuro y el rostro con forma de corazón. Sus senos no eran tan abundantes como los de las demás, pero sí tenía las caderas más generosas.

Las otras dos, una rubia y una castaña, eran mellizas. Ninguna era virgen, pero estaban dispuestas a fingir que lo eran a cambio de una suma extra.

Heinrich no podía disimular lo intrigado que estaba por la recepción de los jóvenes. Daba igual si se llevaban a una, a dos o a tres. Si compartían o eran de una sola a la vez. Lo importante era que no salieran corriendo como gallinas asustadizas, que demostrasen de lo que estaban hechos.

No era amigo de la mediocridad y sus hijos tampoco debían serlo. Eso incluía, especialmente, las artes amatorias.


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Mensaje por Meinrad de Wittelsbach Lun Jul 25, 2022 6:34 pm



La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco.

Platón.


Aún con la intriga y el misterio del porqué habían hecho tal parada en el camino, Meinrad se obligó a tomar asiento y aguardar en silencio las instrucciones que tuviera a bien darles su padre. Si bien fue él quien hizo la pregunta primero, había una clara diferencia entre ambos hermanos; mientras que Roderick era todo impulsividad y derrochaba extroversión por cada poro de su piel, Meinrad era la parte más serena, el espectador que observa desde un rincón más apartado, sin perder detalle de todo lo que ocurre a su alrededor mientras su mente trama sus propios planes. Así había sido desde siempre y así se había acentuado en los últimos años, donde los niños ya no eran tan niños y estaban empezando el camino para convertirse en hombres. Una vez que se pusiera la primera piedra en el camino, aquella que probablemente Heinrich planeaba ponerles, ya no habría marcha atrás; los juegos de infantes dejarían de ser meros juegos para convertirse en una lucha a vida o muerte, en un combate por la supremacía y el poder que regía a cada una de las partes de esa familia. Porque, tal como les comunicaría el propio cabeza de familia más adelante, allí no había puestos para segundones o terceros, en esa carrera por el poder solo había lugar para salir vencedor o morir en el intento.

De alguna extraña y desconocida manera, cuando el mayor de los tres allí presentes habló, a Meinrad le dio mala espina. No se creía ni tampoco tenía ningún sentido que hubieran hecho aquel alto en el camino con el único fin de divertirse, no cuando alguien como Heinrich siempre se traía mil asuntos entre manos por resolver, no cuando llevaban toda su vida -desde que tuvieron uso de razón- cultivando su saber en las distintas ramas y artes para convertirse en personas sublimes y excelentes. La mediocridad no entraba dentro de los límites y parámetros de un Wittelsbach y eso era algo que cada uno de sus miembros sabía a la perfección.

Mientras que Roderick no podía quitarse aquella sonrisa que prácticamente le ocupaba toda la cara, preso de la exaltación y curiosidad, al bastardo se le fue abriendo un agujero en el centro del pecho que a cada segundo que pasaba se iba haciendo más grande y pesado. ¿Y si acaso habían descubierto los verdaderos sentimientos que le unían a su hermana? ¿Y si tenían planeada una segunda boda con él como protagonista? El ¿y si...? se abría paso en su psique de una y mil formas distintas, haciendo que el pecho se le encogiese y tuviera los nervios a flor de piel. De no haber recibido las enseñanzas por parte de su tía Hela y convertirse en un perfecto ocultista, lo más probable es que la máscara que portaba y que no dejaba mostrar sus verdaderos sentimientos se hubiese caído tiempo atrás, delatando su verdadera esencia y esa parte oscura que toda persona guarda, más todavía si porta el apellido Wittelsbach.

Sin poder compartir la misma expectación que su hermano ni extenderse hacia su propio rostro aquella sonrisa que el heredero portaba, Meinrad esperó pacientemente, pudiendo delatar únicamente sus nervios que cerrara el puño izquierdo en torno a la tela de su pantalón y que moviese el pie de forma inconsciente, delatando que no le hacía mucha gracia estar allí. Que, de alguna forma, se sentía observado.

Cuando su padre decidió romper el silencio que se había instaurado por unos breves segundos que se antojaron eternos, los dos hermanos no pudieron evitar compartir una mirada; la de Roderick parecía decir: «¿estás oyendo a padre, hermano? Está hablando de mí, yo siempre saldré vencedor y tú serás un segundón». La de Meinrad por contra era la cara oculta de la luna, la que no decía con palabras ni dejaba entrever nada, pero la que maquinaba la forma de convertirse en ganador aunque eso implicara llevarse a los suyos por delante.

Unos vítores de aprobación acompañados por un «así se habla, padre» brotaron de los labios del primogénito, mientras que el bastardo repasaba mentalmente cada una de las palabras de su progenitor, analizándolas concienzudamente. Conocía a su padre lo suficiente como para saber que siempre callaba más de lo que decía, que siempre se guardaba un as bajo la manga e iba un paso por delante de sus enemigos, haciéndoles creer a estos que lo tenían bajo sus pies para luego darles el revés definitivo. No por nada la casta de los Wittelsbach se había hecho tan fuerte y poderosa, si había algo que los caracterizara -además de su ambición y orgullo- era su astucia e inteligencia. Por eso, porque Meinrad empezaba a pensar que su padre sabía mucho más de lo que ocultaba y que se olía algo raro, es que debía andarse con sumo cuidado y medir muy bien sus siguientes pasos, distraer su objetivo de sí mismo y ponerse un paso por delante de él, algo que no sería ni por asomo tan sencillo.

Ahora mismo sus mayores enemigos eran su familia y su propia mente, que no dejaba de jugarle malas pasadas y de repetirle constantemente que debía encontrar la forma de quitárselos del medio o al menos, de apartarlos de sus verdaderos intereses, que no eran otros más que poder estar junto a Anneliese. Sin embargo, cualquier palabra que pudiera haber salido de los labios del bastardo o de su hermano -lo que hubiera sido mucho más fácil- quedó opacada y en el aire ante la presencia de aquellas bellas mujeres.

No había que ser demasiado inteligente ni tampoco adivino para deducir que eran cortesanas de alta alcurnia, de esas que elegían a sus propios clientes y que solo se movilizaban por una cuantiosa suma económica. De haberle dicho alguien que el entretenimiento que su padre les tenía deparado no era otro más que aquel, Meinrad no lo hubiese creído, tampoco supo muy bien cómo tomarse aquella sorpresa.

Mientras que Roderick parecía de lo más complacido ante la idea de poder jugar a placer con aquellas bellas mujeres y con el beneplácito de su padre, el menor de los tres no sabía muy bien dónde meterse. Había visitado algún burdel durante su estancia en Lorena, ante la insistencia de su primo y siempre en compañía de este, pero mientras era el otro quien se divertía, él sufría en un segundo plano, bebiendo vino para borrar de su mente el recuerdo de que aquello estaba mal mientras se veía obligado a rechazar a esas mujeres incluso de malas formas con tal de que lo dejasen en paz. La carne joven y fresca, después de todo, suponía un manjar en sitios como ese y esta vez no iba a ser diferente por más que el escenario distara mucho del de un lupanar.

- Gra... gracias. - Alcanzó a decir cuando fue consciente de que una de las mujeres, la rubia, le estaba ofreciendo una copa de vino, sin poder dejar de lado sus modales pese a que eran meras prostitutas. No era solo que su corazón ya tuviese dueña y le perteneciese por entero a su hermana, sino que aquella espina se clavaba en su alma como un estigma, preguntándose si acaso su verdadera madre no fue una mera fulana que también entretuvo a su padre cierta noche. Era esa mancha con la que cargaba a cuestas, ese enigma para el que no tenía respuesta, lo que le hacía mostrarse tan reticente en un aspecto por el que todo hombre perdería la cabeza.

Su hermano mismamente no tardó en hacerlo y, con toda la soltura que le caracterizaba ya pudo verlo extendiendo sus encantos y ganándose a dos de las cuatro mujeres. Mientras que otra acompañaba a su padre, la última y cuarta tomó asiento a su lado, dedicándole una arrebatadora sonrisa que podría haber dejado sin aliento a cualquiera mientras empezaba a toquetearle el brazo con movimientos sutiles.

- ¿Y bien? ¿Cómo te llamas, cielo? - Meinrad ni siquiera se atrevió a mirarla, se había quedado estático, sujetando la copa de vino con más fuerza de la debida mientras aquellas palabras eran susurradas en su oído como si de una abejita se tratase. - No estés nervioso, si es tu primera vez es comprensible, pero estoy aquí para satisfacer tus deseos y hacer de esta experiencia una que perdure para siempre en tu recuerdo.

No estés nervioso... Estoy aquí para satisfacer tus deseos... Lo único que él deseaba era poder ser libre, libre de amar a quien quisiera, libre de no tener que soportar tamaña carga que le prohibía pasar el resto de sus días con la única persona con la que deseaba hacerlo en realidad.

El corazón del muchacho empezó a bombear a toda velocidad, como miles de caballos corriendo salvajemente por las llanuras mientras su respiración se iba volviendo más lenta y pesada. Su torrente sanguíneo pareció paralizarse durante unos segundos, las voces a su alrededor dejaron de existir y lo que veía se volvió tenue y borroso. Sentía que se estaba ahogando y que no tenía forma de escapar de allí. Necesitaba correr, romper algo, gritarle a los cielos que le dejasen en paz. Y entonces sucedió.

Tal como había sucedido la noche anterior durante la fiesta de cumpleaños, la copa que sujetaba en su mano se hizo añicos ante su fuerte agarre, haciendo que cientos de cristales cayesen al suelo y que de la mano del muchacho empezara a correr un pequeño reguero de sangre. Sabía que no debía hacer caer la máscara, sabía que de esa forma estaría decepcionando a su padre y las esperanzas que éste tenía puestas sobre él, pero ya no podía seguir ocultándose por más tiempo. Ya no podía más, simplemente.


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Mensaje por Heinrich de Wittelsbach Vie Sep 30, 2022 11:39 pm

Tal y como había anticipado, Roderick se sintió atraído por las mujeres que más se asemejaban al fuego. Inquietas, ardientes, incapaces de permanecer en un mismo sitio. Al igual que él, sus deseos se propagaban o se extinguían. Dejaba huella en sus alrededores rápida y violentamente, sin dejar nada para los demás. Mentiría si dijera que no hubiese heredado eso de él.

Las manos del heredero abarcaban zonas prohibidas para otros, pero ofrecidas en bandeja para él. A palmas abiertas, hambrientas de piel desnuda, se esparcía como llama sobre el sillón. Las respiraciones agitadas no tardaron en hacerse notar.

Parece que su hijo mayor estaba a punto. Lo hacía esperar un día más y pintaba el techo — le susurró al oído Liliane, la del mismo tono oscuro que lucía Irene en su cabeza. La conocía desde hacía años, pero esa noche no le había pagado por su carne, sino por su expertiz. Necesitaba que lo acompañara para asegurarse de que sus hijos fueran bien atendidos.

Todos tenían deberes que cumplir, y ni Roderick ni Meinrad cumplirían con los suyos siendo unos críos de falda. Era menester que la infancia quedase atrás. Y cuando se refería a la infancia estaba hablando de toda la inocencia remanente. Si se aventuraban en el mundo de la realeza así como estaban, más que un obstáculo, su ingenuidad acabaría por derribarlos antes de lograr lo más mínimo.

Un ruido húmedo rompió con el festejo del momento. La sangre de Meinrad tiñó la alfombra y parte de la ropa de la joven rubia. Heinrich suspiró no de sorpresa, sino de exasperación. De alguna manera intuía que Meinrad tendría más problemas que Roderick en este ámbito, pero no había cuantificado hasta qué punto.

Señoritas, cuiden de él. Háganlo felíz — señaló a las nuevas amigas de Roderick para que se lo llevaran a su cuarto antes de que se le ocurriera fornicar en el mismo sitio o burlarse de su hermano.

De inmediato, Heinrich sacó su pañuelo, lo abanicó en el aire y se sentó junto a Meinrad para detener el sangrado.

Déjame ver. De modo que no fue profundo, pero si no lo vendamos perderás demasiada sangre. Toma esto. Manténlo presionado contra la herida — dijo al tiempo que tomaba la mano de su hijo y envolvía su piel magullada con el pañuelo. Estaba lejos de emplear el tono festivo del comienzo, pero tampoco sonaba enfadado —. En cuanto esté bajo control, seguirá la fiesta sin más contratiempos. Así como lo hacemos en nuestros festines.

Porque lo haría. Heinrich se aseguraría de ello. Aunque llorase, aunque sangrase. Aunque lo odiase después de hacerse hombre. Estaba dispuesto a que su propio hijo lo aborreciera, con el dolor de su alma, con tal de verlo imponerse ante la adversidad.

Irene y él habían accedido a que su hija se casara con el escamado del Duque de Orleáns. Anneliese tendría que llenar su cama, parir a sus hijos y permanecer a su lado como su fiel esposa hasta que la muerte los separara. Era lo que le había tocado, su deber. El precio de su prestigio y de su belleza. Meinrad tenía que pagar el suyo. Esto no era nada en comparación con lo que su princesa tendría que pasar. Podía tolerar que titubeara, pero no que rehuyera de su deber.

Sin pedir perdón ni permiso, Liliane se asomó detrás de Meinrad y empezó a masajear sus hombros más como un consuelo que como un modo de seducirlo, aunque podía ser ambos.

¿Pensando en una chica en especial? Debe ser muy afortunada — susurró lastimera —. Ah, no ponga esa cara. Nosotras siempre sabemos cuando un hombre está pensando en otra mujer.

La rubia asintió, procediendo a hincarse en el suelo y acariciar la otra mano de Meinrad.

Heinrich escuchó con atención. Nunca debía subestimarse a estas mujeres.

No nos molesta, señorito — dijo la rubia —. Puede cerrar los ojos, decir su nombre, y pretender que está con ella..

Heinrich sonrió complacido. Estaban valiendo cada franco invertido.


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Mensaje por Meinrad de Wittelsbach Mar Ene 24, 2023 7:07 am



Los sentimientos delicados que nos dan la vida yacen entumecidos en la mundanal confusión.

Goethe.


El ambiente festejo se tornó agrio echándose a perder y las risas de Roderick se evaporaron como humo en el agua ante el estallido de aquella copa. Meinrad no había tenido intención alguna de destacar en aquel inesperado encuentro, menos aún de aquella manera. Bastardo o no, por sus venas corría igualmente la sangre de los Wittelsbach; las gotas carmesíes que ahora bañaban la alfombra eran la clara promesa y representación de lo que se esperaba de él. Portar un apellido como aquel requería de grandes cosas y, desde luego, no dejaba espacio para la mediocridad.

Pero allí estaba...

Desde que cerró el puño y apretó fuertemente los ojos sintiendo como los finos cristales se clavaban en su piel, también sintió la mirada burlona de Roderick, mofándose de él, y la mirada reprobatoria de su progenitor. Durante años, el menor de los tres había dedicado cada segundo en parecerse a su padre, tomándolo siempre como ejemplo y midiendo mucho sus pasos para alcanzar parte de su gloria, para convertirse en su orgullo. Pero cómo cambiaban las cosas... qué diferente era la perspectiva desde la mente de un adulto a la de un simple infante.

Heinrich lo había decepcionado con sus mentiras y argucias, tramando planes secretos a sus espaldas que sin duda alguna le afectaban de manera indirecta, ¿qué problema había si ahora era él quien lo decepcionaba? Con una ira cada vez más creciente refulgiendo en su torrente sanguíneo, Meinrad se preparó para una fuerte reprimenda, para que le echasen en cara lo que la propia Irene le había estado escupiendo durante toda su vida de forma sutil: que era un estorbo, una vergüenza para la familia, que no merecía llevar el apellido Wittelsbach. Sin embargo, ese momento nunca llegó.

Cuando sintió la poderosa e intimidatoria presencia de su padre a escasos milímetros de distancia, cuando vio aquel pañuelo con el que él mismo le vendaba y cuando lo escuchó, supo cuán errado se hallaba. Pese a que ya no empleaba el mismo tono amigable que había empleado al comienzo, había una preocupación sincera en su voz, la de todo buen padre que se precie hacia sus hijos. Viendo aquella actitud, el vástago incluso se sintió mal consigo mismo por haber estado dispuesto a plantar cara a su progenitor, a quitarse de una vez la máscara de fingida indiferencia para alzar la voz en todo ese asunto. Por suerte o desgracia no lo hizo, aunque bastó con escuchar de nuevo a Heinrich para que toda esa ira bullera de nuevo como si fuese un volcán a punto de entrar en erupción.

«En cuanto esté bajo control, seguirá la fiesta sin más contratiempos. Así como lo hacemos en nuestros festines». Cómo no... un Wittelsbach siempre encuentra la manera de reponerse frente a la adversidad, hasta en el peor de los escenarios. Esta vez no iba a ser distinto, Heinrich se aseguraría de ello.

Meinrad tuvo que morderse la lengua para no echar por tierra todas las enseñanzas que su tía le había legado en los últimos seis años. Sin embargo, no pudo ocultar la sorpresa e incomodidad que le provocaron las palabras de la más avezada de las cortesanas. ¿Tan evidente era? Se había afanado en aprender a ocultar sus sentimientos para que nadie pudiera usarlos en su contra, pero ahora unas simples fulanas eran capaces de leerlos como si se tratase de un libro abierto. Tanto aprender para nada... Estaba claro que la culpa no era de su tía Hela, sino suya; todos esos sentimientos que guardaba hacia su hermana y los últimos acontecimientos le tenían hecho un mar de dudas, henchido de rabia.

Su cuerpo se crispó de forma inmediata ante aquel repentino contacto que para nada deseaba. Quería huir de allí y esconderse en el rincón más remoto, donde nadie lo encontrara, pero en lugar de eso abrió los ojos y encaró a su padre con la mirada, deseando borrarle la sonrisa del rostro.

- ¿Es esto lo que tú hiciste hace dieciséis años atrás? - Estaba claro de lo que hablaba, no necesitaba más. Tan solo aclarar una verdad que resultaba demasiado evidente, arrancarse de una vez aquel estigma que cada vez le pesaba más y más. - Nunca me has hablado de ella, ¿por qué? ¿Te avergüenza reconocer que no eres el fiel esposo que dices ser o es que crees que si no hablas de ello el tiempo pasará y será como si nunca hubiese ocurrido? - Pese a todas las desavenencias que pudiera tener con Irene, el bastardo no podía entender cómo su padre, teniendo a una mujer culta y bella a su lado, le había sido infiel con una vulgar ramera. Era algo que escapaba a su comprensión, pues en su corazón solo había lugar para una mujer, una a la que sabía que jamás podría tener.

Necesitaba respuestas, arrancarse de una vez aquella espina del pecho que había comenzado a enquistarse. De pequeño nunca le había importado cuál era su verdadera procedencia ni sus orígenes, no al menos hasta que la palabra "bastardo" había comenzado a resultar un insulto, a marcar diferencias y a separarle inexorablemente de una parte de la familia que le aborrecía con todas sus fuerzas. Puede que aquel día sí saliera ganando en algo, porque si al menos conseguía que su padre abriese la boca sobre ese tema, aunque para ello le costase sudor y hasta sangre, eso conllevaría una pequeña victoria para el bastardo.


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